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Joaquín Trincado

Álvaro de Luna

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 5 días
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ÁLVARO DE LUNA, célebre magnate español, favorito del rey Juan II de Castilla y de León. Vió la luz hacia el año 1388 en la villa fortificada de Cañete, población situada en la actual provincia de Cuenca formando cabeza de uno de sus ocho partidos judiciales.


Su padre, llamado también Álvaro de Luna, natural de Illescas, pertenecía a una familia de ricos hombres aragoneses, en su calidad de señor de las villas de Alfaro, Jubera, Cornago y Cañete – las tres primeramente mencionadas pertenecieron bajo el reinado del famoso Sancho IV al reino de Navarra – Convirtióse a la muerte de Juan I de Castilla (1390) en copero mayor del hijo de éste, Enrique III, El Doliente, llamado así por su delicada salud. Era además sobrino del cardenal Pedro de Luna, arzobispo de Zaragoza y luego papa bajo el nombre de Benedicto XIII del cual hablaremos más adelante. A la alta alcurnia de don Alvaro de Luna, padre, contribuía no poco su parentesco con la más alta nobleza aragonesa como ser los señores de Illuecas y Gotor, los condes de Morata y los marqueses de la Vilueña.


Su madre, natural también de Cañete, llamada María Fernández de Jarava, era asimismo de la familia noble y distinguida, cuyo padre fué alcalde de su pueblo natal, pero su falta de recato la hicieron perder la consideración que de otra manera hubiera merecido y que motivó que algunos la llamaran María de Urazandi, apellido materno. Basta decir que cada uno de sus hijos lo eran de distinto padre (uno de ellos llegó a ser cardenal arzobispo de Toledo) lo que naturalmente creó una atmósfera de poco respeto y desconsideración.


Está pues por demás agregar que Álvaro de Luna (cuyo nombre de pila era Pedro) era un hijo bastardo del noble de Luna, su padre. Esta circunstancia contribuyó no poco a la aparición de los rumores más variados sobre su nacimiento y primeros años de vida, que con el correr del tiempo han hecho poco menos que imposible afirmar datos fehacientes sobre esa etapa de su vida. Se discute su fecha de nacimiento y aun el lugar donde por primera vez vió la luz.


Refiere un historiador, que vivió poco menos que abandonado por su padre, pues según se quiere, dudaría de la paternidad de su vástago, y que a fin de no legarle nada, disipó en vida la mayor parte de sus bienes. Pero en las últimas horas de su vida, cediendo a las súplicas de uno de sus escuderos, llamado Juan de Olío, mandó que se diesen al niño 800 escudos (unas dos mil pesetas). Tenía siete años de edad.


Muerto su padre vióse colocado bajo la protección de su tío paterno don Juan Martínez de Luna, quien a su vez le dió por ayo a un tal Ramiro de Tamayo, que se encargó de su educación enseñándole a leer, escribir, montar a caballo, cuidar de sus armas, hacen de galán, hablar con afabilidad y cortesía y otras costumbres en boga entre la gente de posición.


La virilidad con que se distinguía y el afecto que sabía ganarse de cuantos le rodeaban, llamaron la atención de su tío abuelo Pedro de Luna, el papa o antipapa Benedicto XIII, que se ha hecho célebre por la solemnidad con que defendió el derecho sobre la tiara que le había sido confiado.


Este residía entonces en Avignon, ciudad que Clemente V había convertido en capital pontificia, dando lugar por la ambición del clero francés, según unos, o del italiano, según otros, a que ambas fracciones eligieran simultáneamente un pontífice propio, jefe que desde sus respectivos solios se anatemizaban mutuamente. Por ello, con concepto imparcial no es posible saber a quienes de ellos corresponderá el calificativo de Papas y antipapas, pues sólo siguiendo principios tradicionales se optó por declarar pontífices legítimos a los que tenían su solio en Roma.


La popularidad de Benedicto estaba en auge por los días en que nos ocupamos debido a que su rival de Roma, el Papa Pedro Tomaselli (Bonifacio IX), permitía que sus tropas saquearan a los peregrinos que visitaban a la ciudad eterna, cosa que desde luego suscitó enorme conmoción en las multitudes que entonces volvieron a concentrar su atención en Avignon.


Diversas personalidades de buen criterio, se esforzaban por poner fin al cisma eclesiástico, para lo cual invocaban un principio que pasó a la historia con el nombre de galicanismo, según el cual la primacía no residía principalmente en el Papa sino en el cuerpo episcopal entero reunido en concilio, estableciendo así una distinción entre la potencia espiritual y potencia temporal del Papa. Opositores a esta idea eran los ultramontanos que sostenían en cambio que el sumo pontífice es superior a los concilios generales.


Sería aventurado afirmar las causas que pudo tener Benedicto XIII para resistir a renunciar a sus derechos como jefe de la iglesia católica. Algunos sostienen que obró exclusivamente por un egoísmo personal. Otros en cambio opinan que se dejó llevar por la indignación que le causaba la falta de moral que existía entre sus competidores. Tal vez éstos últimos no estarían tan equivocados si se tiene en cuenta la ambigua actitud de Gregorio XII antes de asegurarse la simpatía del concilio general reunido en Pisa, ya que ese mismo cuerpo había decretado la deposición de ambos jefes como “cismáticos, herejes, perjuros, escandalizadores de la Iglesia, incorregibles, indignos de todo honor y dignidad”, a la que podemos unir la indecorosa actitud que pocos años más tarde asumió el Papa Juan XXII o XXIII.

 

Si la presencia de Álvaro de Luna en la corte del Papa incita a estas evocaciones, es recordando que él pudo observarlas de cerca y apreciarlas con juicio más certero que las recopilaciones de historiadores posteriores.


En 1408, según se afirma, abandonó Álvaro la corte pontificia para dirigirse acompañado por un sobrino del papa hacia la corte de Castilla y León. Hacía dos años que el rey Enrique III de éste país había muerto, dejando como único heredero a su hijo Juan II que contaba sólo dos años de edad, y que según testamento dejado por su padre, era regenteado simultáneamente por Fernando I El Honesto, rey de Aragón y Sicilia, y la reina madre, Catalina de Lancaster. Este pasaje histórico es de trascendencia, pues Fernando, hijo de Juan I, y por tanto hermano del fallecido Enrique III, se veía incitado por la nobleza castellana de aprovechar la circunstancia para ceñirse él mismo la corona, cosa que repudió respondiendo que él era el primero en reconocer a su sobrino por su rey y señor natural. Hizo al propio tiempo que el niño rey fuese proclamado como tal, en cuya ceremonia besó la mano del diminuto monarca y le prestó juramento.


Con mano de hierro y lealtad de regente desbarató todas las ambiciones de los nobles castellanos que trataban de pescar en mar revuelto y luego de jurar portarse bien ante las Cortes, viendo que serían inevitables algunas incidencias con su co-regentesa, aseguró el entendimiento encargando la regencia de Castilla la Vieja y León a la reina viuda, mientras que él mismo asumió su cargo en Castilla la Nueva y Andalucía, donde realizó verdaderas proezas contra los moros hasta que en 1410, muerto el rey Martín I de Aragón, fué llamado por los aragoneses partidarios de su madre, Leonor de Aragón, para ocupar ese trono.


Älvaro de Luna tendría unos veinte años cuando por encargo de Benedicto XIII y en compañía del sobrino de éste se dirigió a la corte de Burgos donde residía el niño rey en compañía de su madre; fué presentado por intermedio del ayo Gómez Carrillo y colocado al servicio del joven soberano quien al cabo de dos años lo nombró su paje, dando de este modo principio a su engrandecimiento.


Todos sus biografistas concuerdan en reconocerle el ascendente prodigioso que empezó a tomar desde aquel instante. La gracia de sus modales, el atractivo de sus palabras, su conducta prudente le aseguraban la estimación de sus inferiores, a quienes siempre trataba con atractiva afabilidad y llaneza; los de su categoría hallaban en él un sincero amigo y un compañero en cuyo rostro jamás se pintaba la tristeza, sino muy al contrario, una alegría sana y divertida; a sus superiores también los sabía ganar con su respeto y cordura.


Festivo y bullicioso con los niños, convirtióse en un amigo inseparable del joven monarca quien pronto no podía vivir sin su presencia, como quedó demostrado en una oportunidad en que Álvaro de Luna se ausentó con el fin de visitar a su tío el Papa. El rey entristeció de tal manera que la regentesa se vió precisada a solicitar su inmediato regreso. Estará demás decir el celo que provocaban estos éxitos en los demás cortesanos, todos los cuales por más veleidosos, siempre se veían eclipsados ante la franqueza, soltura y gentileza del gentilhombre hijo de aragoneses. Y no sólo era la conquista del afecto del rey su único triunfo, sino que tenía además gran ascendencia sobre las damas de la corte.


Temiendo sin embargo una futura privanza, decidió figurar en la comitiva de la princesa María, hermana mayor de Juan II, quien a pesar de sus catorce años, marchó a Valencia para desposarse (1415) con el entonces príncipe de Gerona que más tarde se ha hecho famoso como Alfonso V de Aragón.


Durante este viaje fué Álvaro obsequiado a porfía por sus parientes, tal vez para disimular su anterior indiferencia. Quien tenía motivos para sentirse orgulloso de Álvaro era el Papa Benedicto. Incomodado por el mismo emperador Segismundo que mandó a la hoguera al abnegado Juan Huss, hubo de abandonar el pontífice la ciudad de Perpignan para establecerse definitivamente en Peñíscola. Fué así que el anciano Papa pudo recibirle con la mayor ternura y bendecir sus buenas aptitudes.


La ausencia de Álvaro no había de ser de larga duración, pues el joven monarca que ya contaba con diez años de edad reclamaba continuamente su retorno. Lo mismo sucedía con las damas de la corte que a porfía le pretendían para galán o le codiciaban para esposo. Correspondía Álvaro de Luna con amabilidad a las unas, y se defendía de las otras pretextando ser aún muy joven y no poseer la fortuna necesaria. Situación un tanto molesta a la que quiso poner término la reina regente.


Cierto día le llamó a su cámara y le instó a que se casara en el acto con una dama de palacio llamada Constanza Barba, lo que él, a pesar de estar desprevenido, rechazó manifestando no haber dado motivo para que ninguna joven se ilusionara, retirándose de palacio.

Indudablemente sabía que el rey no tardaría en buscar una excusa para llamarle nuevamente, cosa que efectivamente sucedió: fué citado y sin que nadie hiciera mención de lo ocurrido fué reintegrado a su puesto.


Muerta Catalina de Lancaster (2 de junio de 1418) y declarado Juan II mayor de edad, marchó éste con su corte a Madrid. El rey era de carácter indeciso y voluble y por lo tanto más aficionado a las diversiones que a sus deberes de estado; cultivaba con entusiasmo, según se afirma, la música y la poesía. Teniendo pues toda su atención puesta en las diversiones, comenzó a entregar la responsabilidad del gobierno a Álvaro de Luna, quién aceptó este cargo con verdadera dignidad.


Este nuevo triunfo del abnegado huérfano, llevó a su extremo el rencor de tantos envidiosos quienes inútilmente habían puesto en juego sus intrigas para desplazarlo.


Comenzaron entonces a pensar una manera de quitarle de en medio, y no tardaron en hallarla: como todos los nobles, era Álvaro muy aficionado a la justa, que es un torneo o juego de a caballo en que los caballeros acreditaban su destreza en el manejo de las armas, combate que se hacía generalmente a lanza. Desafiándolo a enfrentarse con un ajustador de renombre llamado Gonzalo Cuadros, lo que lógicamente hubo de aceptar, y a pesar de su destreza fué gravemente herido, de los que se valieron sus enemigos para presentarle desmerecido.


El rey le mandó sus médicos y aún le visitó en varias oportunidades, ejemplo que imitaban los cortesanos. Dice un cronista que “las damas rogaron, rezaron y prometieron con gran devoción no comer cabeza jamás en algún tiempo de ninguna cosa que fuese, por él ser herido en la cabeza”.


La cura fué larga y peligrosa, pues se aseguraba que Gonzalo Cuadros fué contratado para malherirlo. Durante ese tiempo trasladóse el rey con su corte a Segovia, para, pasar una de sus habituales temporadas en el famoso alcázar de esa ciudad, edificio que fué bajo el principio del reinado de este soberano notablemente embellecido por los mejores maestros de alfarjía y de artesonado que derrochaban el oro en las preciosas labores y en los intrincados arabescos de las cornisas, en ellas se grabaron inscripciones como ésta: “Esta obra mandó faser la muy esclarecida sennora rreyna Catalina, tutora rregidora madre del muy alto é muy noble esclarecido sennor rrey D. Juhan que Dios mantenga a dexe vevir a rreynar por muchos tiempos, é buenos amén. E físolo faser por mandado de la dicho sennora rreyna, vecero de Arévalo vasallo del dicho sennor rrey. Acabóse esta dicha obra en el anno del nascimiento de nuestro sennor Jhu Xpo de mil cuatrocientos e doze annos”.


Durante su estancia allí recibió el monarca con gran esplendor a unas embajadas que le enviaron el rey Juan I de Portugal y el conde Juan VI de Bretaña, excusado es decir que los nobles hicieron cuanto era de su parte para borrar de la mente de Juan II el recuerdo de su compañero de infancia, intrigando cada uno por ocupar su puesto y gozar de la confianza y la influencia que él dignamente había sabido conquistarse.


Curado finalmente y llegado a su vez a Segovia, halló éste el triste espectáculo de tantos infames que procuraban entronizar su autarquía a expensas de la unidad de Castilla.


Todos los cortesanos le miraron con indiferencia, tal vez creyéndose haber vencido definitivamente sobre él, o quizás trataban de ocultar un temor interno. De ser esto, estaba bien fundado, pues la habitual franqueza y su perspicacia para dejar mal parados a las dobles intenciones de los merodeadores, volvió a imponerse en el inconstante carácter del soberano, el que en presencia de otros cortesanos, que codiciaban la misma distinción, invitó a Álvaro a acostarse a los pies de la cama real, aún cuando este favor fuera por un pedido de su prima hermana María de Luna, esposa de Juan Hurtado de Mendoza, mayordomo del rey.


Sea como fuere, lo cierto es que desde ese día, a pesar de no tener cargo ni destino oficial en el gobierno, comenzó a ejercer decisivamente su benéfica influencia en los desempeños oficiales, con lo cual trataba sin duda de contrarrestar los desastrosos efectos que dominaban el carácter del monarca.


La influencia personal de Álvaro de Luna era tan grande que ya en aquel entonces se creó una guardia personal compuesta de trescientos hombres armados, entre los que figuraban mancebos nobles e ilustres caballeros como ser García de Álvarez, señor de Oropeza; Alfonso Télles Girón, señor de Belmonte; Alfonso de Guzmán, señor de Santa Olaya y Pedro de Portocarrero, señor de Moguer.


Los cortesanos más ambiciosos que con esto habían visto naufragar sus descomedidas intenciones, una vez repuestos de su sorpresa acudieron como último recurso a la confabulación, procurando mediante toda clase de cohechos y murmuraciones enemistar al rey, la nobleza y el pueblo con Álvaro.


Los hijos menores del rey Fernando I, El Honesto, de Aragón, infantes Enrique, Juan y Pedro, hermanos de Alfonso V, que no poseían ninguna de las grandes virtudes de su padre, participaban activamente en el desorden ansiosos de aumentar sus cuantiosos bienes y su autoridad sobre el rey. Entre estos infantes estaba Enrique, el de carácter más fogoso, astuto y poderoso, pues ejercía el importante maestrazgo en Santiago.


El complot había ya adquirido varios alcances mientras residía Juan II en el famoso convento de San Pablo de Valladolid, pero cuando éste se trasladó a Tordesillas (1420) comenzó a hacer crisis. Los diversos nobles aunque aparentemente unidos para perder a Álvaro, intrigaban cada uno por su lado en un esfuerzo de imponer su predominio personal, creando así una situación de completa confusión y desorden. Enrique, queriendo aventajar a todos, apareció repentinamente con una fuerte tropa de gente armada, poniendo sitio a la mansión real. Daba como pretexto que venía a proteger la vida del monarca, aún cuando abiertamente presentó dos exigencias; que le fuera concedida la mano de Doña Catalina de Castilla, hermana del rey y que las rentas del maestrazgo continuaran en sus descendientes.


El prudente Álvaro de Luna, deseoso de evitar que el pueblo inconsciente participara en este drama y derramara su sangre, aconsejó al soberano que cediera. Pero Enrique mantenía el asedio, por lo cual resolvió el favorito poner a descubierto las verdaderas intenciones del infante. Pretextando una caza logró librar a Juan II de su encierro conduciéndole al castillo de Montalbán. Sabido ésto por el infante, estalló en ira y marchando rápidamente trató de apoderarse del rey por la fuerza o rendirlo por el hambre; la situación tuvo realmente una fase apremiante para Juan II, pero como Álvaro había tomado sus medidas, terminó por aparecer un poderoso ejército leal que obligó a Enrique a huir a Ocaña. Aquí supo Enrique que el marquesado de Villena, que le correspondía como dote por su casamiento con doña Catalina, le había sido negado. Dominado por el encono se lanzó a conquistarlo por la fuerza, pero no hizo más que complicar su situación, pues no sólo fué expulsado por las tropas reales sino que se le negó las rentas del maestrazgo.


Juró entonces vengarse de Álvaro de quien bien sabía la corrección; pidió y obtuvo su reconciliación con su indigno primo Juan II, y a la sombra de ella organizó por intermedio de su lugarteniente el condestable de Castilla, Rui Lope Dávalos, un complot en el que explotaba el egoísmo del rey moro Mohamed El Izquierdo,de Granada, que le incitaba para asolar el reino de Castilla en cuya empresa le prometía apoyar con sus partidarios. Una pieza de esta correspondencia cayó en poder de Juan II, dejando al descubierto toda la trama. Enrique fué preso y el condestable sólo logró salvarse apelando a la huída, pero los bienes de ambos y demás confabulados quedaron confiscados siendo la mayor parte de éstos, inclusive el título de condestable obsequiados a Álvaro de Luna en premio a sus servicios prestados al rey y a la patria.


Don Enrique, aunque confinado en el Castillo de Mora, logró comunicarse con sus hermanos Alfonso V de Aragón y, Juan, coronado mientras tanto rey de Navarra. Ambos amenazaron a Castilla con sus ejércitos, circunstancia que los enemigos internos del condestable aprovecharon para provocar tal estado de cosas que el rey de Castilla no sólo accedió a devolver la libertad a Don Enrique sino que aún se dejó imponer el destierro del abnegado Álvaro quien marchó en silencio al lugar que se le señaló. Sus traidores empero no guardaron el mismo porte, pues como chacales comenzaron a disputarse las prerrogativas que cada uno ansiaba conquistar. Provocando situación tan vergonzosa que el monarca, aconsejado por alguno de los mismos complicados pero pospuestos en sus ambiciones, llamara nuevamente a don Álvaro. Este triunfo que obtenido gracias a la discordia entre sus propios enemigos, había aumentado de sobremanera su popularidad, pues había quedado más que probado que él y no sus envidiosos contrincantes luchaba por el bienestar de su patria. Pero sería aventurado considerar que el incipiente Juan II sacara las consecuencias debidas porque la indecisión que domina a un hombre enviciado hablará siempre de una lucha entre sus malas inclinaciones y los dictados de su conciencia.


Álvaro de Luna creyó sin embargo que los ambiciosos nobles habían sufrido un buen escarmiento con su fracaso, dejándoles avergonzados ante sus propios súbditos, dándoles pie para encauzar su política por un rumbo más noble. Para esta finalidad pidió y obtuvo que el monarca ordenara que todos los privilegiados que ahora se aglomeraban en la corte regresaran cada uno a sus respectivos señoríos, lo que así hubieron de hacer, pero lejos de escarmentados, fueron tramando otros medios.


Entre los más implacables se hallaba don Enrique, quien diezmado en sus bienes veía que las riquezas de don Álvaro alcanzaban un nivel fantástico – se afirmaba que podía mantener a no menos de 20,000 vasallos, y que sus rentas se calculaban en cien mil doblas (cerca de un millón de pesetas) – pero lo que más hería al descomedido infante, era el sentirse despreciado por la opinión popular castellana a la que tanto daño había hecho, gozando en cambio el condestable de su merecida popularidad y respeto de la que el rey parecía participar adornando a su corte con las más lujosas fiestas, banquetes, torneos y monterías. Pero ni aún en estas festividades era el condestable un simple aficionado, pues de todas las circunstancias posibles se valía para convertir a la corte real en un gran centro cultural. Don Enrique, a pesar de ser un buen literato, no le permitió su orgullo y destemplanza sacar consecuencias de cuanto no se ajustaba a sus conveniencias y por ello no pensaba más que en vengarse del favorito. Nuevamente se confabula con su hermano Alfonso V de Aragón – en cuyo país tenía muchos satélites – para reiniciar las hostilidades contra Castilla. También el rey de Navarra envió tropas a la frontera, cuando tomó intervención en el asunto la digna reina madre, viuda de Fernando, El Honesto, quien con la ayuda del legado pontificio, cardenal Palafox, por un lado y la activa y hábil diplomacia de Álvaro de Luna por el otro, consiguió aparentemente que su hijo Don Enrique desistiera de sus propósitos, lo que no podía ser duradero pues tanto el rey de Aragón como el de Navarra estaban ansiosos de eliminar la influencia del condestable, por lo cual a la primera oportunidad arrojaron sus tropas sobre el ejército de Castilla. Pero por inesperada que fuera esta maniobra, hallaron una resistencia asombrosa. Los bizarros castellanos, convictos de que la causa de Don Álvaro de Luna era justa, se hicieron poco menos que inexpugnables y luego de resistir el primer empuje tomaron a su vez la ofensiva invadiendo los países ofensores donde vindicaron su indignación según el concepto de la época. Este contratiempo sacudió a la población de estas antiguas regiones españolas del sopor en que habían sido sumidas y obligaron entonces a sus revoltosos jefes a aceptar una tregua.


Don Enrique, que a los comienzos del conflicto reclutó gente entre el populacho castellano se había hecho fuerte en Alburquerque (Extremadura), pero ante el inesperado giro de las circunstancias vióse en el mayor de los apuros. A sangre y fuego quiso hacer frente a su adversidad, pero comprendiendo que no se impondría por este camino, fingió humildad y arrepentimiento, pidiendo y obteniendo misericordia de su apocado primo el rey de Castilla (1430). Su reconciliación no fué más que el manto que cubría una nueva trama consistente en otra guerra, pero que como las anteriores no arribaría al fin deseado.


El rey moro de Granada, por los motivos anteriormente dichos, a una señal de Don Enrique, desafió a Castilla, a pesar que a nadie más que a su condestable debía que la corona pesara aún sobre sus sienes. Provocando el conflicto armado (26 de junio de 1431), fué vencido tras grandes inconvenientes.


Sin embargo, tanto guerrear había exhausto las finanzas de Castilla, y desde luego los mismos causantes señalaron un solo culpable: Álvaro de Luna. Entre estos nuevos confabulados se distinguía por su poder y desconsideración el adelantado Pedro Manrique, quien como el infante Enrique tenía jurado llevar adelante sus propósitos aunque fuese a costa de la sangre de todos los castellanos.


El era el que comenzó a acaudillar a los disconformes. Su movimiento ya había alcanzado grandes proporciones, cuando fué descubierto por el mismo Álvaro que ya sabía por amarga experiencia que los ambiciosos no eran sensibles a ninguna razón, usó ahora de la misma arma que blandían sus enemigos: hizo prender al caudillo y enviarlo sin proceso alguno al castillo de Fuentidueña donde lo puso a buen recaudo.


Si la orden hubiese sido cumplida, tal como él la había indicado, indudablemente su medida habría surtido el efecto esperado sobre la aterrada nobleza que de un golpe tan magistral y saludable se vió privada del único individuo que bajo las circunstancias del momento era capaz de capitanearles. Por desgracia no faltaron quienes en la esperanza de una recompensa se dispusieron a la traición. Gracias a ellos pudo el adelantado huir de su cautiverio y anular los propósitos de Álvaro de Luna, cuyo amor a su patria y el bienestar de su pueblo le llevaría al martirio enfrentando a los codiciosos que viéndose nuevamente fuertes, dieron rienda suelta a sus rencores, acusando al unísono al condestable de pisotear todos su derechos. En medio de la baraúnda se hizo la confusión general. El pueblo que siempre es el último al que se le habla, dejó soliviantar en contra del único hombre que le amaba. Por millares tomaron las armas para “librar a Castilla de ese monstruo que despilfarraba los bienes de su patria”. Es innegable que Álvaro de Luna vivía en un esplendoroso pie de lujo en el que las fiestas y los derroches estaban a la orden del día, pero mirado a la luz de la razón se ve que su misión no era figurar en la lista de los predicadores de la humildad, sino que le tocaba la dificilísima tarea de sentar un principio moralizador en las altas administraciones para demostrar que ni el lujo ni la abundancia no son excusas para el vicio ni la inmoralidad. En la suntuosidad tal como la llevaba el condestable, hacía asomar el ejemplo del verdadero bienestar, y a la sombra de cada aparente exceso, descubría un principio moralizador y cultural con el que avergonzaba a los licenciosos de sus propias torpezas.


Don Enrique, que durante este último conflicto había estado ausente participando de una expedición navarra por Italia, regresó en el instante más propicio para pescar en aguas turbias. Un señorío tras otro se levantaba en abierta rebelión haciendo vanos todos los intentos y las razones que invocaba Álvaro de Luna para restablecer la calma: nadie se detenía a escucharle, ni pensaba en otra cosa que no fuera su perdición. Los reyes de Aragón y Navarra pusieron nota final a esta tragedia ordenando al aterrado Juan II de Castilla, a tomar nuevamente el funesto paso de desterrar al condestable.


Triunfando la reacción, tenían una vez más las manos libres quienes a sangre y fuego habían traicionado a su patria simulando su salvación. Dejaremos que Azcargorta nos relate este terrible episodio con los términos magistrales que reproduce en su “Compendio de la Historia de España”.


“Dueños sus enemigos de las principales ciudades y fortalezas del reino y superiores a cuantos obstáculos pudieran oponérseles, triunfaron de la debilidad del rey consiguiendo que hiciese salir desterrado al condestable por seis años a los pueblos que le señalaron, y quedando interceptada con el mayor rigor su comunicación con el monarca”.


“Las miras de los rebeldes se extendían sin embargo más allá de lo que prometían en la apariencia, y aunque la separación del condestable se había anunciado como el único medio de salvar los intereses del reino, sólo era necesario en realidad para los ambiciosos que deseaban reemplazarle. Pero éstos no podían ocupar todos a un mismo tiempo su lugar, ni a él podían arribar sino por la tortuosa senda de la intriga, caminando sobre la ruina de todos los demás, la rivalidad, los celos y la desconfianza, que eran consiguientes, no pudieron menos que producir desuniones; y el condestable se hubiera visto vengado con las armas de sus mismos enemigos, si previendo ellos las consecuencias de la discordia, no se hubiesen convenido en renunciar el supremo favor con tal que nadie lo lograse. Para esto se creyó indispensable no perder al rey de vista, confinar en ciertos y definidos lugares, separarlo de toda comunicación y no permitirle a nadie sin mucha precaución la entrada a su palacio. Se espiaban recíprocamente los pasos y las acciones, procuraban adivinar los pensamientos, las expresiones más indiferentes, preferidos al descuido se examinaban por todos sus aspectos y bastaba para alarmar a todos hablar al rey en secreto dos palabras. A tal extremo redujeron al monarca de Castilla los mismos que calumniaban a Don Álvaro con acusaciones injustas, y que suponían animados únicamente por el deseo de salvar la majestad de una vergonzosa esclalvitud, pero aún llegó a ser su prisión más rigurosa luego que sospecharon en el condestable algunos manejos ocultos para arrancarle de su poder. Al efecto, este hombre gravemente ofendido pero superior a los reveses de su fortuna, a los resentimientos que en otro hubiera excitado la inestable conducta de Don Juan, hacía ya mucho tiempo que meditaba desde su retiro el modo de romper sus cadenas, y sólo esperaba un momento favorable cuando la desunión de sus mismos opresores se anticipó a sus deseos, y le facilitó la ejecución”.


“El príncipe heredero don Enrique, que no pudo perdonar a su padre el tener un favorito, había depositado su confianza toda en un caballero llamado Juan Pacheco, cuyo favor e influencia le constituían verdaderamente temible a aquellos envidiosos cortesanos y le habían hecho por lo mismo el blanco de su celosa desconfianza. Pacheco aún cuando despreciase los simulados tiros que le dirigían por todas partes, no sólo se creyó dispensado a vengarse y rasgando el engañoso velo que ocultaba la ambición de aquellos revoltosos, descubrió al joven príncipe toda su inicua trama, que disfrazada con la máscara del bien de los pueblos, sólo había tenido por objeto subyugar al rey en términos tan injuriosos como intolerables. Exasperado el príncipe y resuelto a poner en libertad a su oprimido padre, se ocupaba en discurrir los medios de conseguirlo; con el mayor secreto recibió un aviso del condestable ofreciendo auxilios para tan digna empresa y doblar la cerviz a aquellos insolentes. Ya se creyó entonces superflua la menor dilación: se pusieron ambos de acuerdo, unieron sus fuerzas, y sostenido por el crecido número de vasallos leales que se disputaban la gloria de librar a su rey, se hallaron bien pronto en estado de poder medir las armas con sus enemigos. Éstos aunque desde luego se habían preparado, alistando a sus tercios y redoblando sus prisiones del rey, no pudieron evitar la evasión y menos la derrota que sufrieron bajo los muros de Olmedo, pereciendo en sus resultados el infante Don Enrique, y quedando prisionero el almirante de Castilla, uno de los principales corifeos de la rebelión”.


“Se creyó que con esta victoria más memorable que sangrienta iba a renacer en Castilla la serenidad; y con efecto muerto el inquieto maestre, presos o fugitivos los más terribles cabezas de aquellos movimientos y aplicado al fosco sus estados era de esperar que los demás rebeldes por miedo, impotencia, falta de apoyo, dejarían por algún tiempo descansar el reino de tantas inquietudes, pero inmediatamente aparecieron otras más escandalosas y de mayor trascendencia, cuya causa no es muy fácil de señalar”.


Una vez más había Álvaro de Luna triunfado de la iniquidad (1445); las riendas del poder que tan magistralmente sabía manejar estaban nuevamente en sus manos, y con firmeza reemprendió la tarea de aliviar la triste situación en que había caído el pueblo de su patria, pero esta gran obra era su sentencia de muerte; comprendieron sus enemigos que sólo con ello se podía librar el hombre que tanto había obstaculizado la realización de sus infames ideas.


El condestable no tardó en sospecharlo y aprovechando que el rey había enviudado de su primera esposa, María de Aragón, creyó distinguir alguna virtud de la joven y hermosa infanta Isabel de Portugal. Era a su parecer que la nueva reina daría más energía al versátil monarca. Pero también esta mujer defraudó sus más caras esperanzas, porque bien pronto demostró tener pasiones y caprichos que le hacían intolerable la presencia de un hombre austero, poniendo ella misma las bases para la conspiración contra la vida de Álvaro de Luna. Al mismo rey le acarrearon a la conspiración mediante la sugerencia de hacerle dueño de las inmensas riquezas que poseía el condestable.


El asunto sin embargo era complejo: ¿quién pondría el cascabel al gato? El condestable vivía en el corazón del pueblo, además 2,000 hombres armados habían jurado defenderlo con sus vidas. Estaban indecisos estudiando la manera de dar un paso decisivo, mientras mediante maquinaciones alejaban uno tras otro los mejores colaboradores de la corte, en tanto rendían a Álvaro los mayores honores. Este no ignoraba que se hallaba colocado sobre un volcán, pero como no tenía seguridad de dónde partía la conspiración, mandó encarcelar a varios funcionarios que se le hicieron sospechosos, entre los que figuraba el tesorero de Castilla, Alonso Pérez, que murió arrojado desde una de las torres de la prisión en que se hallaba. Y éste último hecho que parece ser obra de sus detractores, se tomó como base secreta para conseguir su perdición.


La ciudad de Burgos fué elegida como el sitio preferido para realizar el hecho que confirma a Juan II ante la historia como un verdadero miserable. No bien terminaba de celebrar la Pascua del mismo año 1453, se dirigió el rey hacia esa ciudad, donde según decreta, se reuniría un consejo de nobles, a la que naturalmente fué invitado Álvaro de Luna, quién anunció que no iría a Burgos mientras el rey no le escribiera prometiéndole formalmente que el castillo de Burgos quedara puesto a su disposición, a lo que los confabulados hicieron que accediera el rey inmediatamente. Álvaro de Luna acudió y en seguida fue puesta en juego la inicua trampa, pues no se le permitió entrar en el castillo y hubo de cobijarse en casa de uno de sus parientes.


Según el historiador español Juan de Mariana, el rey arrepentido le envió un mensaje secreto revelándose el peligro que le amenazaba instándole a huir de la ciudad. Era demasiado tarde y el condestable tenía mucha dignidad para ofuscarse por su seguridad personal, y además esperaba de un día para otro la llegada de su hermano, el arzobispo de Toledo y el arribo de su guardia armada.


El 5 de abril de 1453 firmó el rey un decreto convocando bajo armas la guardia de Burgos, la que había sido instigada contra Álvaro; un cuerpo de éstos recibió orden de apoderarse de él por la fuerza. El golpe fracasó pues hallaron la casa defendida por un grupo de sus partidarios que pusieron en fuga a los conjurados. Estaba próximo el arribo de su guardia pero la perfidia de los enemigos no conocía límites y enviaron un emisario del rey quien le aconsejaba entregarse. La cobardía del rey no podía consistir en ningún secreto para Álvaro, pero su propia hidalguía le impulsaba a aceptar.


Fué apresado y conducido simultáneamente al famoso castillo prisión de Portillo, situado a pocos kilómetros de Valladolid, a la vez que el rey confiscó todos sus bienes, se le instruyó un simulacro de proceso en el que se debía dar una sentencia preparada de antemano. Estaba a la vista que la única solución que encontraban aquellos a quienes estorbaba para sus mezquinos intereses, era la total desaparición del condestable, pues de otro modo siempre les sería una amenaza dada su popularidad.


Pronunciado el veredicto se le condujo a Valladolid en cuya plaza del Ochavo se había levantado el cadalso.


Era viernes, 22 de junio de 1453, el día señalado para la ejecución. Un pregonero iba delante del cortejo anunciando que la sentencia del reo era mandato de la justicia del rey “por los de servicios y maldades del tirano y usurpador de la corona”. En uno de estos anuncios el pregonero se equivocó diciendo: “por los servicios” a lo que el condestable replicó afablemente; “Dices bien, hijo, por los servicios me pagan así”.


Cerca del punto de destino habló a un caballerizo del príncipe de Asturias, “Rogad a vuestro señor – le dijo con tono sereno – que él en su día dé mejor trato a sus servidores que el que yo he recibido de su padre”.


A pesar de sus 65 años, Álvaro de Luna subió al cadalso con dignidad varonil. Llevaba en su alma esa santa tranquilidad del hombre convicto de no haber traicionado a su causa. Sólo rogaba al verdugo que le atara las manos con una cinta que llevaba oculta en el pecho en lugar del cordel ordinario. Después le preguntó qué significaba un garfio que sobre el madero había, y al contestarle que era para poner su cabeza luego de muerto, dijo sin inmutarse: “Después que yo fuese degollado, hagan lo que quieran con el cuerpo y la cabeza”. Tendióse enseguida en el estrado para recibir la muerte que según la costumbre de la época era horrible.


Con su muerte pudo verse cuán abnegado había sido en el servicio de su pueblo. Sin freno alguno se disputaban ahora los orgullosos grandes la primacía para convertir al miserable soberano en su instrumento y juguete.


Juan II preso del más hondo remordimiento, no pudo sobrevivir su complicidad en la muerte de aquel hombre honrado, falleciendo al año siguiente (21 de julio de 1454). En su lecho de muerte, llorando su propia perversidad, exclamó en un momento de desesperación: “Quisiera Dios que en vez de rey no hubiese sido más que un simple hijo de noble o un monje humilde”.

1° y 15 de Mayo de 1942.

BALANZA NÚMS.. 224 y 225.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

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