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Joaquín Trincado

Luis XIV

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 3 días
  • 24 min de lectura

LUIS XIV. Grandes verdades se han dicho sobre la historia de Francia, sin embargo, se puede afirmar que su historia aún no ha sido escrita; tantas cosas propias a la actualidad y aún al pasado, han quedado sin señalar hasta el instante en que los hombres sepan juzgar sin las parcialidades que hicieron de tantas cosas un laberinto de dislates.


Si comparamos las últimas palabras de Richelieu: “Que mi juez me excomulgue si alguna vez hubiera obrado algo que no contribuyera al engrandecimiento de la religión” con su sutil sistema de espionaje que obtenía mediante las confesiones a cargo del famoso monje capuchino, Francisco Leclere du Tremblay (El Padre José), no nos quedará duda alguna sobre el rumbo que imprimía en la política francesa cuyos frutos son los horrores de la revolución de 1789 y finalmente el singular nuevo orden y otras sinrazones que se debaten en el siglo XX.


Hijo de Luis XIII y de Ana de Austria, vió la luz el 5 de septiembre de 1638 en Saint-Germain-Laye. Su nacimiento dió lugar a una gran alegría popular, pues – el odio que Richelieu sentía contra la reina, por haber la noble mujer apostrofado al sacerdote en circunstancias que la requería de amores ilícitos, abrió tal brecha entre ella y el inconstante Luis XIII que vivían poco menos que divorciados, haciendo entrever un matrimonio infecundo – dejaba excluído el trono al impopular príncipe Gastón de Orleans, hermano del rey.


Luis XIV aún no tenía cinco años cuando perdió a su padre (14 de mayo de 1643). Su madre indignada por haber sido excluida por disposición de su esposo a la regencia, exteriorizó su protesta restableciendo los poderes del Parlamento que había sido humillado por el cardenal. El 18 de ese mismo mes y año se reunió el cuerpo legislativo, y el pequeño Luis que debía inaugurarlo, repitió ante él con voz afable las palabras que le había indicado su progenitora.


El Parlamento, en agradecimiento no sólo reconoció a Ana de Austria como regentesa legal de su hijo sino que le acreditó poderes supremos y aún el derecho de elegir por propia iniciativa a sus consejeros. Es probable que esta mujer abrigaba en sus aspiraciones los mejores propósitos, de no haber sido desviada por un grupo de personajes influyentes que ansiaban convertirla en un instrumento aprovechable. Uno de estos hombres era el cardenal Julio Mazarini (o Mazarino) que en 1640 llenó la vacante dejada por el Padre José y luego recomendado por Richelieu para reemplazarlo en el poder.


Mazarino o el segundo cardenal, como le llamaba el pueblo francés, era natural de los Abruzos italianos; luego de una empeñosa labor en favor del papado pasó a Francia donde Richelieu le procuró el birrete de cardenal (16 de diciembre de 1641) a pesar de contar sólo 39 años de edad. Como desafiando a la mortalidad que sujeta a todos los hombres, quiso Richelieu hallar en Mazarino el continuador inmediato de su obra. En la intención eran ambos hombres de un mismo molde aún cuando no en la manera de ejecutarla, pues mientras Richelieu no retrocedía ante las medidas más brutales, se abría Mazarino el camino escudado tras el disimulo y una fingida humildad, dando la apariencia de ser un hombre que sólo obraba con energía en la última necesidad.


Con este carácter quiso conquistar la voluntad de la simple aunque orgullosa Ana de Austria, convirtiéndose él de hecho en el verdadero gobernador de Francia y regente del niño rey.


Sólo el hombre capaz de obrar justicia sabe ser recto e imparcial. ¿Lo era Mazarino? lo dicho sobre su carácter basta para juzgar, pero dediquemos aún algunas palabras a su triste obra como amo de un pueblo.


Las terribles pasiones que imperaban en todos los ambientes sociales hablan de siniestros pensamientos que buscaban triunfar por los caminos más innobles. Esa locura de querer imperar uno más que el otro trastornaba toda armonía, pero lo más triste era que había individuos que dominando todo ese panorama, provocaban situaciones que les permitían imperar sobre todo ese mar de mezquindades.


Una de las primeras medidas de Mazarino fue la de cercenar nuevamente todo brote de democracia, y la víctima elegida era naturalmente el Parlamento. La política de despilfarro y de guerras sin fin, costaban mucho dinero y obligaban a sus empedernidos sostenedores a imponer gravámenes con el consiguiente resultado de miserias y congojas que ponían al pueblo en la desesperación.


El Parlamento por su parte reaccionó, disponiendo (13 de mayo de 1648) no admitir las medidas abusivas del poder ejecutivo, como asimismo que se abolieran los monopolios y privilegios vergonzosos y que no se permitiera que nadie pudiera estar más de veinticuatro horas privado de su libertad sin plena justificación de su arresto.


Era una bofetada dada a la autocracia, la que no tardó en extremar todas las medidas hasta lograr con fecha 26 de agosto del mismo año la disolución del cuerpo legislativo con el pretexto de enviar a los parlamentarios a provincias con diversas misiones, a la vez que se decretó auto de prisión contra sus más influyentes consejeros. Entre éstos se distinguía el anciano Pedro Broussel quien con su inviabilidad y rectitud se había ganado el corazón de los parisienses. Cuando circuló la noticia de que un cuerpo de guardias marchaba para reducir al venerado tribuno, se convulsionó la población. Bajo el grito de ”¡Viva la reina, viva el Parlamento!” invadía las calles, en todas partes surgían barricadas. Las tropas enviadas para dominar la situación se vieron virtualmente aprisionadas en medio de una inmensa muchedumbre que pedía justicia.


Mazarino, asustado por el giro de los acontecimientos, dispuso que regresaran los parlamentarios y quedaran en libertad los consejeros. Previno así el estallido de una fatal revuelta, pero no pudo evitar que su nombre corriera de boca en boca como sinónimo de desprecio y maldición.


En las calles y plazas de París solían entretenerse turbas de muchachos malcriados con batirse a pedradas con hondas (a coup de fronde), durante cuyo entretenimiento cometían tal de travesuras. Inútilmente procuraba la policía impedirlo, pues la muchachada sólo se dispersaba para reunirse en otro punto. El Parlamento prohibió estos juegos, y un día que un presidente defendía el punto de vista de la corte, su hijo, que era consejero, dijo: “Cuando llegue mi turno, apedrearé (fronderai) bien la opinión de mi padre”. Esta frase se hizo tan popular que pronto todos los enemigos de la corona tomaron el nombre de frondeur. También la moda se apropió de esta palabra. Diversos tejidos y objetos se comenzaron a denominar a la fronde para significar su valor; era invocado también para modo de comer, caminar y proceder. Se dice que personas de todas las clases sociales se daban corte con vivir a la fronde.


Los mazarinos o partidarios de la corte, se encargaban de ofuscar la creciente agitación del pueblo que no confiaba en las forzadas concesiones del cardenal y no sin motivo, pues éste sólo después de planear sus nuevos proyectos, hizo que la reina regente firmara una ley de acuerdo a las exigencias del Parlamento.


Bajo un punto de vista había triunfado el pueblo, pero como era instigado por aventureros sin escrúpulos, no supo sacar consecuencias, demostrando una inútil efervescencia y colocándose los frondeurs y mazarinos frente a frente como enemigos sistemáticos.


El cardenal, como si fuera ajeno a estos últimos acontecimientos, abandonó París en la noche del 5 al 6 de enero de 1649, dirigiéndose en compañía de la familia real a Saint-Germain, a donde citó también al Parlamento, que se negó a ello declarándose abiertamente de parte de la Fronda. La guerra civil quedó de este modo declarada, tomando el pueblo las armas, sin realmente saber para que se exponía.


Mateo Molé, presidente del cuerpo legislativo, uno de los pocos hombres sensatos, no había tenido otra mira que la de cercenar el despótico poder autócrata, pero no pudiendo contrarrestar el giro de las circunstancias, trató de evitar el derramamiento de sangre mediante un arreglo con Mazarino. Este noble pensamiento no mejoró en nada la situación, pues mientras los más exaltados le acusaban públicamente como traidor, aceptó el cardenal pero para debilitar el Parlamento, fomentando la mutua desconfianza que llegó hasta alcanzar contornos dramáticos.


Mazarino creyéndose dueño de la situación agudizó la excitación popular; el Parlamento indignado le declaró depuesto y colocado al margen de la ley. Fuera de París intentó Mazarino en un instante imponerse mediante la fuerza, apoderándose con 200 cómplices de la ciudad de Havre de Grace donde procuró ganarse a uno de sus poderosos rivales, pero fracasado huyó a Alemania, desde donde se mantuvo en estrecha relación con sus partidarios, disponiendo y dirigiendo las intrigas y confabulaciones tendientes a apoderarse nuevamente del dominio de Francia. Aún aquel mismo año logró su finalidad, pues el 30 de diciembre volvió a cruzar la frontera, pese a que el Parlamento de París ofreciera un premio de 150,000 libras a quien se apoderara de su persona viva o muerta. En Poitiers se reunió con Luis XIV que le recibió afablemente.


El famoso príncipe de Condé que antes había apoyado el trono y que ahora decía estar de parte de la Fronda comenzó a combatir las fuerzas reales, aún cuando el único resorte de todos sus actos no era más que una ansia de apoderarse de los destinos de Francia. El Parlamento de París así lo entendió rechazando sus ofrecimientos y recriminando su injusto proceder, también se negó a abrirle las puertas de la ciudad, pero sin embargo supo entrar por la traición cuando sus tropas se veían en la inminencia de ser diezmadas por los ejércitos leales al rey y a Mazarino. Estos pusieron sitio a la capital mientras que Condé con el proceder más indigno y valiéndose del populacho logró apoderarse del poder legislativo, convirtiendo la ciudad entera en un baluarte de sus intereses personales. Su predominio fué empero de poca duración, pues cuando además de la falta de alimentos se supo que el cardenal mediante maquinaciones había sabido impedir la llegada de los socorros que esperaba Condé, y especialmente al acceder el rey aceptando la exigencia del Parlamento de separar a Mazarino nuevamente del poder, comenzó el pueblo a repudiarle, obligándolo finalmente a huir a la Campiña.


Cuando Luis XIV hizo su entrada a París, le tributa la población una delirante bienvenida, sin embargo el destierro de Mazarino a Sedán era una artimaña sugerida por el mismo cardenal. Aparentemente alejado de toda política, formó una guardia armada de no menos de 4,000 hombres mientras que sus partidarios sostenían a voz en cuello que Condé y no Mazarino era culpable de todas las desgracias ocurridas.


El pueblo que es del último que les habla, comenzó a apiadarse de Mazarino, y cuando éste poco después, el 3 de febrero de 1653, se presentó en la ciudad apoyado por las armas fué recibido con una gran ovación. El amo de Luis XIV había sido restablecido en el poder.


El Parlamento privado de sus mejores miembros y los restantes desmoralizados por los excesos del populacho, la inconstancia del pueblo y la inconducta de la nobleza, nada podía ya contra el poderoso cardenal, quien con su sagacidad enseñaba ahora al joven soberano a despreciar al pueblo obrero. En tal forma cultivó los caprichos y la desconsideración en el rey, pintándose poderes omnímodos y derechos divinos, que el insensato instrumento repetía como una sentencia favorita: “El pueblo soy yo”; hasta que


en una oportunidad cuando supo que en el Parlamento se había sugerido la necesidad de investigar el porqué de algunos impuestos decretados por él. Irrumpió Luis XIV en el palacio legislativo con un látigo en la mano, amenazando con castigar como esclavos a quienes se atreverían a resistir sus decisiones.


Las intrigas de Richelieu habían envuelto a Francia en una larga guerra con España, cuyos contratiempos y sacrificios hicieron finalmente que ambos países ansiaran la paz, aún cuando ambos para su consecución surgió un obstáculo que Mazarino no había previsto. Él mismo había procurado que una de sus primas, la hermosa María Mancini, despertara tal pasión en Luis XIV que éste declaró públicamente que la haría su esposa. Esto no sólo estaba en pugna con la dignidad de rey, sino que podía traer trastornos políticos, que la corona española preveía, negándose a aceptar una paz conveniente a Francia si su soberano no rechazara a la intrusa para casarse en cambio con la infanta María Teresa, hija de Felipe IV. Mazarino no tuvo más remedio que aceptar; alejó a su prima pero consiguió que la paz se firmara, obteniendo Francia en el sur los condados de Rosellón y Cerdanya y en el norte los llamados Países Bajos españoles, siendo ahora la única exigencia impuesta por España que la nueva reina consorte de Luis renunciara formalmente a todo presunto derecho a la corona española. El día 9 de junio de 1660 celebróse la unión matrimonial.


Mazarino se sentía acariciado con sus triunfos políticos, pero a la vez sus intrigas por favorecer la imposición de los dogmas del fanatismo, le habían desterrado de todas las intimidades. Nadie le respetaba ni le quería, hasta el mismo rey le detestaba por los derechos que se abrogaba, y ni aún podía disimularlo en las suntuosas fiestas que el cardenal daba en su honor. Por ello fué grande su satisfacción cuando Mazarino expiró el 9 de marzo de 1661, a la edad de cincuenta y nueve años. Sobre los hombros del cardenal pesaba la misma acusación que en los sacerdotes egipcios quienes envanecieron el corazón del Faraón.


Luis XIV, dada la norma de conducta que se le inculcó desde su nacimiento no era sólo refrendado por los excesos de la nobleza sino en especial por el humillante servilismo con que el llamado bajo pueblo condescendía en las maquinaciones de quien impuso un destino al mismo rey. ¿Era pues de extrañar que el soberano, cediendo ante el mandato exigido por instituciones impostoras repitiera: “Quién ha nacido siervo, solo tiene el deber de la obediencia?”


Algunos pretenden que con la muerte del cardenal tomó el monarca las riendas del estado con propias manos, pero la fidelidad con que cumplía las disposiciones dejadas por Mazarino nos dan el más rotundo mentís.


Entre los hombres que habían sabido frenar un tanto el proceder del cardenal figuraba el superintendente de Hacienda, Nicolás Fouquet, persona culta y bienintencionada que más de una vez con sacrificio de sus propios bienes había salvado el tesoro público de un derrumbe fatal; sensible a las miserias del pueblo oprimido no dejaba de disimular los medios a su alcance para aliviarlas. Mazarino nunca se atrevió pese a sus cálculos, a atentar abiertamente contra este hombre poderoso; pero al sentir que se aproximaba el instante en que la Justicia Suprema pediría cuenta de su tortuosa andanza, temía que esta persona virtuosa pudiera ejercer influencia contraria en el rey, por lo cual, incorporándose en su lecho de muerte susurró a Luis XIV la imprescindible necesidad de no omitir oportunidad de deshacerse de ese ser indeseable. ¿Qué medios de ejecución le aconsejó para ello? Esto motivó otra triste página en la historia.


La traición era el arma elegida. Como herido por el rayo debía caer sin que nadie tuviera tiempo para salir en su defensa. Pero por impaciente que estuviera el rey para cumplirlo, estaba obligado a esperar el paso del verano, que era la hora en que con la recolección y venta de las cosechas, se pagaba regularmente los impuestos; mientras tanto debía imprescindiblemente servirse de los créditos que sabía conceder Fouquet. Con el fin de alejar toda posible sospecha, le agasajó Luis XIV demostrándole su confianza; era su invitado de honor en las más suntuosas fiestas y en las tertulias que con él mantenía lo supo mover a renunciar de su cargo de procurador general. El sincero superintendente no podía sospechar que se trataba de una maquinación para privarle del amparo del Parlamento. Dentro del mayor secreto se fueron tomando las medidas imprescindibles para el golpe decisivo.


Finalmente el 15 de septiembre, llegó la hora de la ejecución. El rey citó a Fouquet a Nantes, en cuya fortaleza mantuvo con él una prolongada entrevista. El confiando superintendente fué recibido con las mayores demostraciones de afecto. Pero cuando el monarca le autorizó a retirarse, se vió súbitamente reducido, enviándole bajo fuerte escolta a Angers y de allí a Vincennes. Como hongos surgían acusadores encargados de enajenar el afecto popular, a la vez que un cuerpo de jueces parciales debían hacerle un simulacro de proceso, debiendo ser acusado de alta traición y condenado a la última pena. Pero resultó sin embargo mucho más difícil de lo que era de suponer, pues la única acusación inobjetable que pudieron hacer pesar contra él era el haber desplegado un envidiable fausto, pero sus excesos repudiables no eran ni la sombra al lado de los de cualquier noble privilegiado, por lo cual no se atrevieron a condenarlo, más que a un corto destierro.


Esto no se ajustaba a los planes del rey, quien por cuenta propia cambió la pena impuesta por la más rigurosa prisión perpetua, siendo llevado a la ciudadela de Pignerol, donde terminó sus días el 23 de marzo de 1680.


Apenas quedó Fouquet a buen recaudo, se apoderó la corona de sus fabulosos bienes y fué en el cargo de Hacienda reemplazado por Juan Bautista Colbert, individuo que había prestado a Mazarino los más importantes servicios y por ello señalado para suceder al caído. En pocas palabras podemos relatar la obra de este hombre que según se decía “Venía a salvar al país de la ruina en que lo había arrojado Fouquet”: llamó a la vida un sistema mercantil que desequilibró las industrias, arruinó la agricultura, llevó a un extremo la reducción de los salarios y hallaba mil medios para inventar nuevos impuestos, que hicieran entrar incontables riquezas en el tesoro de la corona, pero también el día de su muerte hubo de ser enterrado con gran despliegue de tropas para evitar que la inmensa y furiosa multitud de desnutridos destrozara su cadáver. Sin embargo, tuvo Colbert el valor de echar en cara a Luis XIV que la licenciosidad y los derroches de su corte eran la causa principal de todos los males que afligían a Francia. En su lecho de muerte fué atormentado por un gran remordimiento y se dice que al querer llevar una carta del soberano, exclamó con profunda amargura: “Dejadme en paz, ya no quiero oír nada de él. Diez veces hubiera quedado a salvo si hubiera hecho en bien del Creador lo que hice por el rey”.


Día tras día crecía el abismo de la perdición en que se arrojaba el sistema legislativo del monarca. Y es que no sólo estaban vivos los frutos de Mazarino, sino que un orador de singular fecundidad, el obispo Jacobo Bossuet sostenía con extrema audacia el derecho divino de los reyes; fanatizaba a las multitudes que saludaban a Luis XIV como “Rey del Sol”. La disolución llegaba en la corte al punto de hallarse motivo de mofa en la fidelidad conyugal y la dignidad del hogar. En algunas oportunidades se hizo Luis XIV dar la bienvenida del pueblo estando acompañado de tres reinas, entre las cuales su esposa legítima era la menos influyente, pues la infeliz María Teresa había de presenciar impotente cómo sus impúdicas competidoras llevaban multitud de muchachas de todos los rangos sociales, especialmente instruidas, para provocar la sensualidad del rey.


Aún cuando según la declaración teológica era todo rey por voluntad de Dios, no dejaban de haber muchos que se esforzaban por presentar al francés como el más fausto de todas las testas coronadas; el mismo Bossuet participaba de esta idea y tal orgullo despertó, que el soberano no titubeó en enredarse con el mismo emperador pontífice de Roma, Alejandro VII, quien después de sufrir en silencio algunos vejámenes, llamó a sus soldados bajo armas, los que según costumbre eran voluntarios que acudían desde todos los países adictos al Vaticano, a la vez que procuraba una alianza con Austria y España.


Todo el mundo católico se exacerbó ante la conducta “herética” del rey francés, llegando a tal extremo el fervor religioso que en uno de los desórdenes que solían producirse entre las indisciplinadas tropas pontificias, trató un cuerpo de su ejército tomar por asalto la legación francesa. No lograron penetrar en la misma debido al valor y la sangre fría desplegada por sus defensores. Luis XIV dispuso en represalia que el pontífice separara de su cargo al comandante en jefe de sus tropas y depusiera al gobernador general de Roma, advirtiendo que de lo contrario anexaría a Avignon y Venaissin que pertenecían aún al Patrimonio de San Pedro. Como el papa oponía resistencia hasta convencerse de que España y Austria le negaban su ayuda, había provocado tal grado de irritación en el rey francés que tuvo que enviar a dos sobrinos a París para implorar perdón en público. Con este acto se convertía Luis de hecho en el primer autócrata del mundo.


La impotencia de Alejandro VII se hizo extensiva a sus dos sucesores, Clemente IX y Clemente X, pero el siguiente, Inocencio XI (1676-1689), tomó la resolución de restablecer su primacía. Esta imposición imprevista puso en apuros al obispo Bossuet, dando lugar a un breve entredicho que el mismo Bossuet hubo finalmente que conjurar, pues los cuatro artículos que confeccionara para ensalzar al rey, ocasionan desastrosa consecuencia para la influencia religiosa en la política universal.


Por motivos reservados existía hasta entonces en la capital pontificia una disposición que concede a las legaciones extranjeras el derecho de amparo para todos los perseguidos que pisaban las mismas. Como esta acarreaba ahora trabas a la soberanía papal, resolvió Inocencio XI abolirla. Todos los reyes y príncipes obedecieron, menos Luis XIV que con ello se creyó humillado a un pie de igualdad con los demás soberanos.


Quiso la circunstancia que falleciera por esos días el representante francés, decretando entonces el pontífice que no admitiría otro delegado de este país mientras no se cumpliera el requisito exigido. Luis XIV ofuscado nombró su representante al marqués de Lavardin (1687), quien amparado por una fuerte escolta, entró en la ciudad de Roma y se instaló como amo en el palacio de Farnesio sin que la desconcertada guardia pontificia atinara a hacer resistencia alguna. El Papa se negó sin embargo a reconocer al ministro y Luis ordenó en represalia la ocupación de Avignon y Venaissin. La insistencia pasiva de Inocencia XI venció finalmente en el ánimo de los católicos franceses y el rey hubo de inclinar la cerviz.


La inconsciencia de Luis XIV nos la revela el siguiente juicio de la duquesa de Orleans: “En cuestión de religión no se puede ser más ignorante de lo que era el rey. Cuanto le decían los sacerdotes lo aceptaba con un afán como si se tratara de la palabra de Dios mismo. Jamás había leído una sola palabra de la biblia y no sabía más de lo que le afirmaba su confesor. Le habían inculcado la convicción de no estar permitido el emitir juicios sobre cuestiones religiosas, ya que muy al contrario, para alcanzar la bienaventuranza había que sujetarse al razonamiento.


“Si Luis XIV ha conquistado laureles entre los jesuitas y los allegados de éstos por su enemistad con los jansenistas – dice otro historiador – aún ha sido esta gloria mucho más enaltecida en todo el mundo católico, por su persecución a los hugonotes y más aún, por haber declarado nulo el edicto de Nantes”.


Como es notorio, en 1598 había Enrique IV, quien recibió el apodo de el último rey de Francia, hecho firmar en la ciudad de Nantes un edicto sobre la libertad de conciencia, con el fin de amparar a los cristianos protestantes de persecuciones tan fatales como la “noche de San Bartolomé”, y aún cuando con ello no pudo acallar del todo el furor fanático de la tendencia imperante, impuso al menos una aparente tranquilidad. Luis XIV se demostraba reconciliante con ellos por haber defendido su causa durante la revolución de la Fronda. Sin embargo aprovechando el revuelo que los jansenistas ocasionaban con su tésis agustina y anti jesuítica, fué el rey movido por su confesor, una de las reinas (la célebre marquesa de Maintenon) y el facundo Bossuet, para que dispusiera la organización de un movimiento tendiente a imponer en toda Francia el catolicismo como único credo.


Bossuet trastornó el país con su famosa oratoria, y cuando a pesar de ella quedó la mayoría de esos protestantes fiel a su doctrina, se dispuso la intervención del ministro de guerra, pues según se sostenía, no merecían esos “impíos” ser convertidos por clérigos ni predicadores, sino por soldados, encargándose esa tarea a los dragones, por lo cual ha pasado esta medida a la historia con el nombre de Dragonadas.


Por expreso mandato del rey tenía cada familia de hugonotes que admitir en su seno a un dragón, portador de la siguiente disposición: “El rey ha dispuesto que sea tratado con el mayor rigor todo aquel que se niegue a aceptar su religión en pos de una falsa gloria”, que convertía a estos viciosos y rudos soldados en amos absolutos de los bienes y el honor de cuantos fueran puestos bajo su protección. Sin escrúpulo alguno libraban en esos infelices protestantes sus bajas pasiones y egoísmo sin control, sus sacerdotes, ante la menor protesta, eran sometidos a la pena de la rueda; los hijos pequeños arrancados de los brazos de sus padres para ser educados en instituciones del credo oficial.


Miles de hugonotes vencidos por tanta brutalidad renegaron de su religión. En una ocasión al entrar un cuerpo de dragones en una pequeña ciudad, mostróse toda la población protestante dispuesta a la conversión. Furioso por esta resolución que dificultaba el pillaje, dió el oficial del cuerpo notificación del acontecimiento a su jefe en los siguientes términos: “General, estos malhechores os tomaron el pelo, ni siquiera nos dejaron tiempo para instruirlos”.


Quedaba empero el edicto de Nantes como amparo nominal de los disidentes, y los más entusiastas propulsores de la conversión no podían tolerar la existencia de tal documento, haciendo que el rey lo anulara (17 de octubre de 1685). El decreto de su prescripción decía en su parte fundamental; “Los reyes Enrique IV y Luis XIII abrigaron la santa idea de restablecer la unidad de la iglesia, empero múltiples motivos, entre ellos las guerras, impidieron su cumplimiento. Después de firmada la tregua de 1684, en los actuales tiempos de prosperidad y bienestar, constituye un deber máximo, demostrar nuestra gracia a Dios con la prosecución de este plan. En vista de que muchos hugonotes han entrado ya en el seno de la verdadera iglesia, queda la superfluidad del edicto de Nantes manifiesta y debe por tanto ser suprimido, ya que con ello se borran los recuerdos de pasados desórdenes y profanidades ocasionadas por una falsa religión cuyos restos conviene sean exterminados. En consecuencia cesarán todas las ceremonias religiosas de los reformados, tanto en los templos como en sus domicilios particulares. Sus escuelas se clausurarán y sus hijos serán educados en la fé católica. Quien intentare sustraerse a esta orden apelando a la expatriación será reducido a galeote con confiscación de bienes. A los delatores se les premiará con la mitad de los bienes confiscados. Los sacerdotes que se convierten, inmediatamente recibirán una pensión un tercio matyor que la que perciben actualmente; los que a ello se niegan abandonarán el país dentro de los catorce días.


No juzguemos por este decreto, la debilidad del monarca, hagámoslo con sus indignos aduladores que enaltecen sus caprichos y lisonjeaba sus vicios y que ahora señalaban el estertor de los moribundos y el clamoreo de los deshonrados como un sublime canto de fe. Hombres de todas clases sociales, artistas, escritores, académicos, funcionarios de gobierno, en una palabra, millares de cartas y demostraciones recibía el soberano con exagerados aprecios sobre su proceder. Le comparaban con héroes de antaño, adoraban su sabiduría y bondad y hasta hubo quien sostenía que entre sus súbditos no había uno sólo desdichado. Bossuet, el campeón de los oradores exclamaba con delirante oratoria: “¡Dejad que nuestros corazones latan de admiración por la piedad de Luis XIV!” Haced que nuestras aclamaciones lleguen hasta el cielo. Digamos a este nuevo Teodosio, a este nuevo Marciano, a este nuevo Carlomagno lo que una vez dijeron los 130 padres de la Iglesia en el concilio de Calcedonia: Tú afirmaste la fe, tú exterminaste los herejes, ésta es la acción más excelsa de vuestro gobierno, éste es vuestro singular carácter. ¡Rey de los cielos, proteged al rey de la Tierra! Esta es la oración de la Iglesia, la oración de los obispos”.


Diversos príncipes y personalidades del extranjero solicitaban misericordia para los perseguidos, algunos de ellos hasta apelaron ante el papa, pero éste se limitó a condenar el proceder con estas palabras: “Jesús no ha indicado tal proceder para la conversión, deberíais conducir los gentiles a los templos y no arrastrarlos brutalmente”. El clero francés desde luego no prestó oídos a tan displicente advertencia, ya que en el desfogue de las pasiones había perdido todo concepto de disciplina.


Durante muchos años continuaron las persecuciones, millares de hugonotes buscaron un refugio en el extranjero a donde llevaron su comercio e industrias. Finalmente en 1702 se agotó la paciencia de los restantes. El 24 de julio de dicho año se amotinaron en el centro de Francia bajo el grito de “No más impuestos y libertad de conciencia”, asaltaron las prisiones para libertar a sus correligionarios presos, y al hallar a muchos de estos destrozados por los suplicios, juraron terrible venganza.


Con enorme despliegue de armas quiso Luis XIV aplastar la revuelta, reduciendo a cenizas más de 400 pueblos de los rebeldes – quienes por llevar en sus ropas una blusa blanca, recibieron el nombre de camisardos – pero de hecho no lo consiguió hasta que en 1705 restablece ciertas libertades de conciencia.


El ejemplo de los intrigas y traiciones que Mazarino había desplegado en el escenario de la política exterior, sustrayendo al firme Felipe IV de España varios territorios cuando la firma de la paz de los Pirineos, y despertó en sus adictos el deseo de sacrificarlo todo a sus intereses o su vanidad llegando al descaro de algunos de hasta atropellar el derecho de primacía que gozaba España ante las cortes europeas, lo que el rey francés apoyó amenazando con la guerra si no cedían a sus exigencias.


Por más que ese derecho correspondiera a la diplomacia española, no quiso Felipe IV que corriera sangre de sus súbditos, cediendo ante las pretensiones del desquiciado rey francés. Luis XIV, sin comprender la nobleza de ese gesto, se jactó entonces de haberse colocado por encima de España.


Muerto Felipe IV, a quien sucedió el incapaz Carlos II, consideró llegada la hora para aventurarse a nuevas conquistas, empezando por la República de las Siete Provincias Unidas (Holanda), empresa que tal vez habría llevado a feliz término si con su insolencia no hubiera desconcertado a otros países de Europa que tenía engañados con sugestivas promesas. El gobierno holandés cuyo diminuto ejército de mar y tierra hizo proezas de verdadero heroísmo, aprovechó ese desconcierto para aliarse con Alemania y España. aun cuando luego firmó por separado la paz de Nimega (10 de agosto de 1678) dejando a sus aliados en situación poco ventajosa.


Restablecida la calma dedicóse Luis XIV a sobornar a diversos funcionarios de gobiernos extranjeros para que fomentaran su proclamación como el rey más poderoso del mundo, cometiendo a su sombra indignos atropellos para desmembrar a Alemania, Italia y Holanda, las que contestaron formando la llamada Liga de Augsburgo. El soberano francés, considerando con ello insultada su auto consagración apeló a las armas dando lugar a otra guerra que duró por espacio de nueve años (1688-1697), imponiéndose finalmente la paz luego de haber obtenido resonadas aunque estériles victorias.


Apenas hacía tres años que se había firmado la paz, cuando falleció Carlos II de España, dejando la corona vacante por falta de sucesión. Luis XIV, sin reparar en la desesperante situación a que había reducido sus finanzas y su pueblo, volvió a sus habituales intrigas hasta lograr que su nieto, Felipe de Anjou ascendiera al trono de España (17 de noviembre de 1700). Aunque en realidad debió este triunfo al apoyo que le prestaron varias potencias europeas ante el temor de que el trono fuera ocupado por un príncipe de la casa de Habsburgo, comprometió Luis XIV la paz con su lenguaje autócrata. Así dijo a su primer nieto cuando éste partía para Madrid: “Vuestro primer deber es ser desde hoy un buen español, empero no debéis olvidar jamás que naciste en Francia y que de las relaciones de ambas coronas depende el bienestar y la paz de las dos naciones”. Pocos días después declaró que el nuevo rey de España mantendría todos sus derechos como si aún residiera en Francia.


Ofensa tan grosera arrojada contra el equilibrio político de Europa no podía ser tolerada por el emperador Leopoldo I de Alemania, quien exigiendo la coronación de su hijo Carlos como rey de España rompió las hostilidades en el norte de Italia.


Un instante probaron los gobiernos de Gran Bretaña y Holanda evitar la propagación de la guerra, pero la orgullosa actitud del rey francés anuló esa intención. Uno tras otro entraron en la contienda todos los electores del imperio alemán, excepto Baviera a quien Luis XIV había prometido el Tirol. Inglaterra y los Países Bajos no tardaron en unirse a la causa de Leopoldo. La guerra comenzó a desarrollarse en forma indecisa, pues mientras los franceses avanzaban en Alemania, los aliados entraron en Flandes. En 1703 se sumaron Portugal y Saboya a los partidarios de Carlos. Luis, al saber la decisión de Saboya que hasta entonces había sido de su parte, respondió al duque Víctor Amadeo: “Ya que parece que la religión, honor, intereses, pactos, ni aún vuestra propia firma son capaces de mantener nuestra unión, le comunicará el duque de Vendome con sus tropas mi respuesta”. En efecto, el territorio del infeliz ducado fué arrasado a sangre y fuego.


El éxito francés en Alemania sufrió un serio revés cuando en la batalla de Hustedt quedó vencida Baviera. En memoria de esta acción mandó el emperador alemán erigir en el campo de batalla una columna, cuya inscripción terminaba con estas significativas palabras: “Que sepan los reyes comprender que las intrigas con los enemigos de la patria jamás quedan sin castigo, y que Luis XIV reconozca que nadie debe antes de su muerte ser tenido por feliz ni por glorioso”.


En el año siguiente (7 de septiembre de 1766), sufrieron los franceses tal derrota en Italia que Luis XIV, que internamente luchaba contra la revuelta de los camisardos, se consideró perdido. Ofreció una paz que encerraba el derrumbe completo de su gloria si los aliados hubieran sabido aprovecharla. Estos querían vengarse obligándole a continuar la guerra, para cuya justificación aceptaron capitulaciones generales en Italia que aumentaron de tal forma los efectivos militares de Francia que le permitieron algunos éxitos aislados.


En la corte de París renacía por unos instantes el optimismo, aunque la situación era desesperada. La extenuación de su pueblo había llegado a tal extremo que no contaba ya con medios para armar nuevas tropas ni para proveer a los veteranos, a todo lo cual se unía el crudo invierno de 1708, en cuyas noches heladas sucumbían más soldados que en muchas batallas. Nuevamente ofreció la paz; sus enemigos volvieron a responder con mezquindad: además de cláusulas humillantes querían obligar a declarar la guerra a sus aliados España y Baviera. Indignado rechazó el soberano francés tales proposiciones continuando la guerra. La caída de Luis XIV se aproximaba a pasos de gigante, cuando un acontecimiento inesperado cambió la situación de las cosas.


El 17 de abril de 1711 falleció el emperador alemán, José I (sucesor de Leopoldo I), quien por no tener descendencia dejó como sucesor a su hermano, el flamante candidato al trono de España, quien uniría de este modo a Alemania y España bajo un mismo cetro. Los aliados de Alemania no aceptando este giro de las circunstancias, resolvieron reconocer los derechos de Felipe V, y luego de mucho intrigar, firmaron Inglaterra, Saboya, Portugal, Prusia y la República Unida de los Países Bajos el 11 de abril de 1713 la paz con Francia. Alemania quiso seguir la lucha, pero vencida en Friburgo, vióse Carlos obligado a retirar sus pretensiones sobre España (7 de septiembre de 1714), dejando librados a su suerte a los catalanes que por su causa continuaban derramando su sangre. Felipe V pidió ayuda a su abuelo y un ejército francoespañol, con la toma de Barcelona, puso fin a la contienda.


Francia no había salido oficialmente de esta guerra como un país derrotado, pero en los hogares de sus súbditos no reinaba el mismo parecer, pues la nación que hacía setenta y dos años se hallaba en un alto pie de poderío y esplendor, había caído en la mayor pobreza, solamente los réditos de la deuda de guerra exigían la imposición de impuestos imposibles de satisfacer. Las guerras y las persecuciones religiosas habían virtualmente enlutado todos los hogares. El desaliento por lo demás tenía que repercutir forzosamente en el ánimo del rey quien sólo con una imponencia exterior ocultaba su desencanto al ver fracasados sus sueños de gloria y de grandeza. El hambre y la miseria le acusaban por todas partes, en millones de ojos febriles podía leer qué lugar ocuparía en la historia de los siglos.


Sus aduladores aún no le habían abandonado y encabezados por la tristemente célebre marquesa de Maintenon, que en su aparente simpleza y humildad había influenciado en el rey tantos excesos, no perdonaban medio para resucitar en él las más bajas pasiones. Hizo formar un cuerpo de espionaje que recorría los hogares para luego divertir al monarca relatándole con todos los pormenores cuantos actos indecorosos habían logrado presenciar; hasta pusieron censura a la correspondencia en busca de frases incultas.


Todo ese lisonjero morboso ahondaba su amargura ya que fallecieron en corto plazo los más importantes miembros de su familia. Y finalmente, en agosto de 1715 cayó él mismo, enfermo.


Era el comienzo de la hora de las reivindicaciones; todos cuántos le habían envanecido, comprendiendo que ya nada podían esperar de él, se mostraron bajo su verdadera personalidad, abandonándole. Entre éstos figuraba la Maintenon. El rey en su triste agonía, clamaba por ella; un instante regresó al palacio para visitarlo, pero luego se fué para no volver. También su confesor le abandonó disgustado por no haberle concedido cierta prebenda.


Rodeado únicamente por lacayos ceremoniosos, expiró Luis XIV en la madrugada del 1° de septiembre de 1715. La noticia de su muerte corrió como un reguero de pólvora a través del país.


El mismo pueblo que antes le había aclamado como un dios viviente, se situaba ahora colmado de ira en el camino que conduce de Versalles a Saint Denys para asaltar el cortejo fúnebre y vejar su cadáver, lo que los conductores lograron evitar tomando caminos de gran rodeo.


Tal fué el fin de un rey que creyó poder conquistar la gloria eterna a la sombra de la vanidad y de la fe ciega.


1° y 15 de Junio de 1942.

BALANZA NÚMS. 226 y 227.

 

Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

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