top of page
Joaquín Trincado

Solimán II

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 4 días
  • 20 min de lectura

SOLIMÁN II, el sultán otomano apellidado el Grande, el Magnífico, el Conquistador y el Legislador, ha sido sin duda alguna el más célebre de los emperadores turcos, quien por haber sacrificado sus más caros ideales en aras de una pasión, debilitó la energía de su carácter que de otra manera hubiera podido ser ejemplar, ya que ni aún hoy, se ha desvanecido por completo ese descabellado anhelo del engrandecimiento dentro de la parcialidad en la que las circunstancias obligan a haber vencedores y vencidos en vez de sólo vencedores como es el mandato universal impuesto a todos los hombres.


Solimán (Suleiman), desde que abrió los ojos en 1495, hubo de presenciar los más tristes acontecimientos de ambiciones, banalidades, traiciones, vicios y tantas otras acciones injustificables. ¿Qué ejemplo le podrá haber brindado a su joven mente, que Hixamgii Mohemet, Gran Visir de su bisabuelo Mahometo II, a la muerte de su amo, confabulara para hacer recaer la sucesión del trono en Zozimo (Giem) en perjuicio de su hermano mayor Bayaceto II? Este logró empero imponerse por contar con el apoyo de los jenízaros e hizo huir a su hermano a Rodas donde Zosimo creyó hallar un refugio seguro bajo la protección de la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, los que en realidad le acogieron en calidad de prisionero y aún se valieron de su persona para arrancar crecidas exacciones de Bayaceto II, hasta que el pontífice de Roma, acariciando el mismo pensamiento, exigió su entrega y aún llegó al extremo de negociar su muerte con el sultán a cambio de grandes compromisos políticos y financieros, cometiéndose el asesinato dentro de la mayor reserva mediante el suministro de un veneno activo. Tampoco puede haber ignorado Solimán que su padre Selim, apellidado el feroz, a fin de asegurarse el cetro en perjuicio de sus hermanos mayores se apoderó del trono con la complicidad de los jenízaros, y luego, temeroso que el autor de sus días lograra recuperar el poder y castigar su culpable conducta, le mandó envenenar como así también a sus hermanos y sobrinos.


Designado gobernador de Manisa, vivía Solimán completamente apartado de las horribles matanzas ordenadas por su padre, en que la sangre corría por mares y que motivó que el papa León X creyose en el deber de castigar su ferocidad incitando, aunque en vano a una nueva cruzada o guerra santa, aun cuando la intención del pontífice parecía obedecer principalmente al hecho de saber que el sultán abrigaba la intención de arrojar de Rodas a los Caballeros de Jerusalén, que importunaban seriamente el comercio y la influencia turca en el Mar Mediterráneo, y luego vengar otros agravios con extender sus conquistas por Europa. Ya tenía Selim una escuadra de 200 naves concentrada en los estrechos de Bósforo y los Dardanelos y un ejército de más de 60,000 hombres en las costas de Asia menor para su expedición, a la mencionada isla mediterránea, cuando repentinamente sucumbió el 21 de septiembre de 1520 a consecuencia de una grave enfermedad epidémica.


Solimán que sólo contaba 25 años de edad y que por su proceder tranquilo y pacífico era considerado por los europeos como un hombre poco apto para ocupar el tan temido trono imperial, vióse saludado por todo el mundo con indescriptible alegría, hasta hubo quien dijo que: “El león había sido reemplazado por el cordero”.


Su primera atención, luego de ser coronado se concentró en dictar prudentes y provechosas leyes con las cuales dispuso reparar en lo posible las injusticias que su padre había volcado sobre sus desdichados súbditos. No por eso dejó de obrar con mano firme, pues aún los temidos jenízaros, si bien les entregó el acostumbrado obsequio y hasta un aumento en la paga, que reclamaba este impositivo como indisciplinado cuerpo de infantería, frenó sus ambiciones desmedidas mostrando su autoridad con castigar severamente a cuántos de ellos no se conformaban con lo concedido.


La paz externa, sin embargo, no pudo mantenerla por mucho tiempo, pues tal número de enemigos atisbaban todos sus movimientos, especialmente desde Europa, donde por diferencias de creencias, sus súbditos y aún él mismo estaban catalogados como “infieles”. El primer choque fué con Hungría, donde los magiares hostigaban los distritos fronterizos. En vano, envió el sultán una delegación de parlamentarios al rey Luis II, pues la única respuesta del insignificante aunque altivo soberano húngaro consistió en estrangular a los enviados y arrojar sus cuerpos a los peces.


Ofensa tan grande no pudo Solimán tolerar. Exigió en represalia que Luis II rindiera vasallaje a la Sublime Puerta y uniendo la acción a la palabra, invadió Hungría con un poderoso ejército.


La consternación del monarca magiar fué intensa cuando vió por resultado de su insolente proceder, que el poderoso ofendido avanzaba mientras derribaba casi sin esfuerzo alguno la insignificante resistencia opuesta. Sin embargo le pareció a Solimán poco digno cumplir su amenaza contra un enemigo tan indefenso, por lo cual, el seguirse negando Luis II a someterse voluntariamente al dominio turco, no llevó su avance más allá de donde creyó necesario para imponer respeto a su tan irreverente vecino regresando con la mayor parte de su ejército a Constantinopla (octubre de 1521).


Apenas volvió Solimán II de esta expedición cuando dispuso se llevara a cabo la acción punitiva que su padre había venido proyectando contra los Caballeros de Rodas. Esta institución de carácter religioso fué creada a mediados del siglo XI poco antes de organizarse la primera cruzada. Su fundador, Perdo Gerhard, había solicitado y obtenido licencia del califa de Egipto para establecer en Jerusalén un hospital donde poder acoger a los peregrinos cristianos durante su estancia en esta ciudad, y las personas que lo atendían tomaron por nombre de Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Esta finalidad no tardó en enturbiarse, pues ya en el año 1120, mediante una bula del papa Calixto II, se convirtió en Orden de Caballería y obligada a ceñirse la espada so pretexto de auxiliar a los peregrinos. Los abusos y crueldades que los cruzados cometieron luego en Palestina dió pié a que la Orden de Sanjuanistas no se considerara por más tiempo segura dentro de Jerusalén, y luego de haber deambulado por varios lugares pudo, gracias a la colaboración del rey Felipe VI de Francia y del papa Clemente V, organizar una cruzada con la que se apoderaron tras sangrientas batallas de la isla de Rodas (15 de agosto de 1300), jurisdicción del Imperio Cristiano Ortodoxo, aprovechando los momentos en que el emperador Andrónico II Paleólogo se debatía contra los vengadores del célebre ex-Templario Roger de Flor. Como un pueblo independiente y sin otras restricciones que la obediencia a los Papas, se fortificaron convenientemente.


Sin embargo y pese a los trastornos que estos Sanjuanistas ocasionaron a los turcos, pudieron actuar impunemente durante varios siglos pues seguían ostentando siempre sus votos de obediencia, pobreza y castidad, y siendo un propio jefe islamita que había autorizado su fundación, escapaban a una verdadera reacción de los sultanes demasiado ocupados en sus propios manejos.


Felipe Villiers de L´Isle fué el gran Maestre de la Orden (1521-1534) que advirtió en la ira de Solimán II, que el gran sultán estaba dispuesto a no conceder más tregua a vecino tan molesto, y como era lógico, pidió auxilio al Papa; pero Adriano VI, teniendo presente la fracasada prédica de su antecesor León X, no quiso aventurar sus escasas fuerzas militares, pero le ofreció en cambio toda su ayuda espiritual. El Gran Maestre había también solicitado ayuda al protector de su Orden, el rey Francisco I de Francia, más éste se hallaba demasiado ocupado en disputarle el trono imperial a Carlos V, por lo cual no le quedaron a Villiers más recursos que defenderse con sus propios medios.


La escuadra preparada por Solimán II estaba integrada por no menos de 300 navíos, mientras que el sultán en persona venía al frente de un ejército de 100,000 soldados. En junio de 1522 inició su campaña con el sitio de la isla, y si hemos de dar crédito a las leyendas, hallaron no sólo cien mil islamistas la muerte en arrebatar la isla a apenas 7,000 Sanjuanistas entre soldados y caballeros, sino que aún hubo el sultán de acudir a los medios más enérgicos para evitar la sublevación de su gente que se acobardaba ante tan singular resistencia.


Es sin embargo un hecho que durante esta acción mandó Villiers decapitar a su segundo, Andrés de Amaral (30 de octubre) acusado de estar en relaciones con el enemigo, y también cuando el Gran Maestre capituló el 25 de diciembre de 1522, fué felicitado por Solimán II por su heroísmo, siéndole permitido además regresar triunfalmente a Europa con sus 4,000 sobrevivientes, armas, reliquias y demás propiedades de la Orden.


La caída de Rodas consternó al mundo católico, y de no haber continuado el pleito sobre la posesión de la corona imperial alemana se habría prestado atención a la voz del Pontífice de Roma sobre una acción armada en común contra los “infieles”. Pero la coronación de Carlos V tenía tan contrariado a Francisco I que éste, olvidando sus promesas envió valiosos obsequios y un correo secreto a Solimán II solicitando el concurso de las armas turcas para el logro de sus ambiciones. Sólo la carta llegó a destino, pues la embajada que custodiaba los tesoros fué asaltada y saqueada mientras atravesaba la Bosnia. Tampoco demostró el sultán algún interés en la empresa; tal vez lo consideraría un tanto extralimitado que la misma corona que siempre le había abrigado enemistad, procurara ahora complicarle en una empresa tan peligrosa. El piadoso rey francés debe haber sentido remordimiento por sus arrebatos ya que en enero de 1535 se le ha visto con sus tres hijos descubiertos y con cirios en las manos invocar arrodillados al Dios de las Misericordias, ante las piras inquisitoriales que provistas de silla levadiza ardían en las seis principales plazas de París durante una solemne procesión de penitencia.


Solimán volvió mientras tanto a ocuparse con problemas de orden interno, fortaleciendo el orden y la disciplina dentro de su dilatado imperio. Habiendo enviado al general Ahmed Bajá para sofocar una revuelta en Egipto, se sublevó éste a su vez con miras de independizarse; pero el sultán al ser informado de ello envió contra el rebelde a su favorito Ibrahim Bajá, al frente de un ejército tan poderoso que Ahmed se vió abandonado por todos los suyos, vencido y ajusticiado.


Los húngaros mientras tanto, a pesar de la lección recibida no quisieron aún escarmentar, tal vez por obedecer a disposiciones reservadas; Solimán II por lo menos así pareció entenderlo, pues envió un nuevo ultimátum (1524) en el que advertía que al frente de un poderoso ejército se apoderaría de Buda (capital de Hungría) para desde allí extender su conquista por Europa.


Luis II, que como todos los monarcas húngaros desde Esteban I (año 1000) estaba consagrado rey apostólico, contaba únicamente con 18 años de edad, y no sólo había sido educado para llevar una vida despreocupada, sino que el libertinaje y los abusos de los ambiciosos nobles del país le había anegado de casi toda su autoridad y del afecto popular. Sin embargo quiso esta vez hacerse fuerte consiguiendo reunir un pequeño ejército de unos 20,000 hombres, y además, aunque en vano, pidió ayuda a Alemania; en este país la disidencia y la confusión interna a consecuencia de la naciente Reforma había llegado a tal extremo que ni el pueblo ni las autoridades civiles y religiosas se preocupaban por los turcos. Tal vez obedeciendo a una inspiración tendiente a calmar los ánimos trastornados había exclamado el reformador Marín Lutero al saber de la desesperación del rey húngaro: “Combatir a los turcos, es resistir a Dios mismo que con este azote nos castiga por nuestras infamias”.


El 28 de agosto de 1526 arribó Solimán II a las llanuras de Mojácar al frente de 100,000 guerreros y 30 piezas de artillería, donde le esperaba el rey Luis II con su puñado de hombres. La batalla fué corta pero violenta, pues los húngaros combatieron con bravura; vencidos por la aplastante superioridad numérica del enemigo, hallaron todos honrosa muerte, inclusive un cuerpo de sacerdotes que durante la campaña trocaron la cruz en espada. Varios meses después, en un pantano próximo en el que se había precipitado con su caballo, se halló cubierto de heridas el cuerpo del joven monarca húngaro.


Solimán II obtuvo con esta batalla un triunfo completo; sin hallar oposición alguna entró pocos días después en Buda, ciudad que pese a haberlo prohibido, fue saqueada por sus soldados (10 de septiembre). Portándose como un amigo y no como conquistador reunió a la nobleza húngara es Pest (situada en la margen izquierda del Danubio, frente a Buda), en la que proclamó el 10 de noviembre de 1526 como rey de Hungría al voivoda (príncipe) Juan Zapolya de Transilvania. Esto era la voluntad popular, pero no concordaba con la Hungría oficial, pues cuando la coronación de Luis II había la casta reinante dispuesto que para el caso de morir el rey sin descendencia sería sucedido por Fernando, archiduque de Austria, hermano de Carlos I de España. Y contando con el apoyo del paladín húngaro Esteban Battory y la viuda de Luis, se apresuró a hacer valer sus derechos.


Solimán II, considerando haber obrado con justicia emprendió el regreso a Constantinopla sin dejar en Hungría guarnición ni soldado alguno a pesar de haberse desatado allí la guerra entre Zapolya y Fernando, que terminó con el triunfo de éste gracias a poderosas ayudas militares que recibió desde Alemania para, luego de derrotar a los húngaros y expulsar del país a su rival, hacerse coronar oficialmente rey en Buda.


Ocupado nuevamente en cuestiones internas se hallaba el sultán cuando recibió una embajada de Zapolya (que mientras tanto había huido a Polonia) pidiéndole ayuda contra Fernando. Solimán II no pareció estar muy dispuesto para intervenir en asuntos que no eran de su incumbencia, pero su primer ministro, Ibrahim Bajá, sobornado por los emisarios del voivoda, supo dar tal cariz al asunto que el soberano turco creyó justificada su intervención. Pero quisieron las circunstancias que llegara por esos instantes también una delegación de Fernando, que de haber procedido los embajadores con más prudencia, sin duda habrían modificado la actitud del padischá. Movidos por un vano orgullo expusieron con tono descomedido que su rey deseaba vivir en paz y buena vecindad con el sultán, pero que para ello era imprescindible que evacuara incondicionalmente los territorios húngaros que poseía desde su primera campaña.


Solimán II quedó sorprendido ante las exigencias de un hombre que por aquel entonces, aún no era más que un reyezuelo. ¿Veis allí esas siete torres repletas de tesoros? – respondió con desdén mientras abría una ventana para que pudieran ver mejor – “Si vuestro amo exige tal amistad y buena vecindad, conozco para ello un solo camino: que evacúe Buda y Hungría para luego entablar nuevas negociaciones”.


Como los emisarios insistían en sus pretensiones, los despidió con estas palabras: “Hasta el presente no ha experimentado vuestro amo el peso de nuestra amistad y buena vecindad, pero pronto la comprenderá; podéis decirle sin rodeos que en persona llegaré hasta él con todas mis fuerzas para devolverle las fortalezas que reclama. Incitadle pues para que se prepare a recibirme dignamente”.


Durante la primavera de 1529 entró Solimán II al frente de 300,000 guerreros en Hungría. Llegado a las llanuras de Mojácar fué Zapolya a su encuentro, y al besarle genuflexó las manos, le preguntó el sultán cuáles circunstancias le habían movido, en vista de la incompatibilidad existente entre las doctrinas cristiana e islámica, para este deferencia. A esto respondió el voivod: “El padischá es el legislador del mundo, sus huestes son innumerables tanto en musulmanes como en gentiles”.


El arzobispo Pablo de Gran, príncipe de la Iglesia que había coronado a Fernando, pero que ahora acompañaba a Zapolya. se arrodilló asimismo para besar la mano del soberano turco.

Sin hallar virtualmente resistencia alguna avanzaba Solimán II por el país, cayendo en sus manos la corona que cuatro siglos antes había ungido al Papa Silvestre II y que desde entonces era considerada la reliquia más sagrada de Hungría; según era tradicional se reconocía a su poseedor como rey legítimo del país. El padischá la entregó inmediatamente a Zapolya.


Como Fernando había abandonado el país para hacerse fuerte en Viena, marchó el sultán sobre ella y le puso un corto sitio (26 de septiembre – 16 de octubre de 1529), pero luego de haber ordenado algunos asaltos contra las murallas que obligaron a sus 18,000 defensores a luchar desesperadamente, desistió, retirándose luego de enviar una misiva a los jefes de la guarnición en que exponía que no había venido con intenciones de conquista sino para rendir cuentas con Fernando de acuerdo a lo prometido a sus embajadores, pero que en vista que le faltaba hombría para mostrarse personalmente, había decidido regresar sin mayores trámites a Constantinopla.


Durante su viaje de regreso se detuvo nuevamente en Buda donde coronó oficialmente a Zapolya – que había tomado el nombre de Juan I – y presenció cómo los grandes del país le rendían pleitesía. Esta fué la verdadera respuesta de Solimán a Fernando de Austria.


Era de esperar que las dificultades internas con que tropezaba el archiduque para su coronación como rey alemán en representación de su hermano Carlos V, le tornara más sensible para un arreglo amistoso con Solimán II. Sin embargo no fué así. Siendo católico obstinado no podía tolerar más que una solución humillante para los sarracenos. Dentro de Alemania misma le contemplaban los jefes de la nobleza, en su mayoría protestantes, con aversión, pues viéndose por los mismos principios de la Reforma cohibidos para defender su creencia por las armas, esperaban lo peor de este príncipe y sus satélites que les acusaban de ser sediciosos, dando pié a la famosa réplica de Martín Lutero que en uno de sus párrafos dice: “Los papistas se hallan mucho más inclinados hacia el libertinaje, que se llama sublevación, porque no les asisten derecho divinos ni humanos, sino que obran por malicia, atentando contra la justicia como lo hacen los delincuentes, malevos y perjuros”.


Solimán II se preparaba mientras tanto para una nueva campaña contra Austria, pues Fernando además de obstaculizar el buen entendimiento había logrado sublevar gran parte de la nobleza húngara contra Zapolya mediante el pretexto de ser “un cristiano renegado”. La entrada del poderoso ejército turco de cerca de 300,000 guerreros en Hungría ocasionó enorme consternación en Alemania. Carlos V pidió el apoyo de Francia. El rencoroso Francisco I respondió con evasivas y manifestó estar sólo dispuesto a enviar 50,000 hombres a Italia, lo que significaría una velada colaboración con los musulmanes.


Para felicidad del Santo Imperio Romano se entretuvo el comandante turco, Ibrahim Bajá, catorce días ante Gunz empeñado en vencer la heróica resistencia de los 30 hombres que defendían la ciudadela, tiempo que Carlos V pudo aprovechar para fortificar a Viena, delante de cuyos muros concentró 67,000 infantes y 11,000 jinetes, ambos cuerpos mejor armados y disciplinados que los turcos, por lo cual dispuso Solimán II el regreso de su ejército sin aceptar batalla, excepto 15,000 hombres que destinó para saquear el país, lo que tampoco logró pues esta fuerza cayó inmediatamente en una celada. La retirada voluntaria emprendida puede casi ser interpretada como una derrota, pues también vió fracasar su intento de invadir Italia, principalmente por la derrota que infringió a su escuadra el valiente almirante genovés, Andrés Doria, en aguas de Grecia.


Así terminó esta campaña cuyo único fruto fué el restablecimiento en el poder de Zapolya. Y aún cuando la fama del sultán no había alcanzado desde algunos puntos de mira su apogeo, comenzó ya a declinar su verdadera gloria, y ésto, porque había permitido la mayor injusticia dentro de su propio hogar. Entre las esclavas al servicio del palacio imperial había sido agregada una joven de 15 años, de origen incierto, pero poseedora de una hermosura extraordinaria, una prudencia y astucia suma, más también de una entraña ladina y perversa. Su nombre era Yurem (Roxelana o Roxolana), y poco a poco supo ir llamando la atención del sultán e intimidarse con él mediante una sutil condescendencia, fingida ternura y un calculado proceder para explotar todas las debilidades de Solimán II. La esposa principal de éste, una bella circasiana, cuyo nombre no nos ha legado la historia, estalló por ello en una justificada indignación, llegando en una oportunidad a maltratarla. Yurem, sabiendo sacar provecho de este acontecimiento, logró que la sultana fuese desterrada con su hijo Mustafá a Amasia y que ella misma ocupase el puesto de favorita, éxito que luego amplió con hacerse declarar libre y coronar emperatriz. Esta mujer se encargó de perder, en holocausto a su vanidad, las buenas inclinaciones de Solimán II hasta convertirle en un filicida y miserable déspota.


En 1533 habían estallado las hostilidades con Persia debido a que el Sha Thamasp se negaba a reconocer al sultán como califa, además de existir un desacuerdo sobre límites, Solimán II al frente de un poderoso ejército invadió el Irán conquistando la Mesopotamia, el Kurdistán y gran parte de Azerbaiyán, al cabo de lo cual regresó haciendo su entrada triunfal en Constantinopla (8 de enero de 1536).


La sultana Yurem que mientras tanto venía haciendo cálculos de someter al país entero al dominio de sus caprichos, vió en la fidelidad del primer ministro Ibrahim Bajá un serio obstáculo. Resuelta a deshacerse de él, hizo creer a Solimán II que el funcionario había entrado en trato secreto con Austria para de este modo apoderarse del trono turco. Tal habilidad desplegó la sultana en esta maniobra que el padischá se dejó sugestionar, y sin comprobar la veracidad de las acusaciones ni tener en cuenta los sinceros y antiguos servicios de su ministro, dispuso que inmediatamente y dentro de la mayor reserva fuera estrangulado en su lecho (5 de marzo de 1536).


Un tratado ofensivo y defensivo que Francia firmó con Turquía puso al servicio de Solimán II al famoso pirata Khaireddin (Kayden) llamado comúnmente Barbarroja, que con su escuadra asolaba las costas de España e Italia y aún se apoderó de Túnez y Argelia, aún cuando de la primera de estas posesiones volvió a ser arrojado por el bizarro Carlos V, y cuando este emperador español logró burlar a Francisco I con ganarse las simpatías de varios príncipes protestantes de Alemania, declaró Francia conjuntamente con Turquía la guerra abierta a España. Inmediatamente apareció una escuadra aliada que asolaba las costas españolas e italianas. Resalta en esta campaña el odio del rey francés contra Carlos V, pues a pesar de su fervor religioso permitió que Barbarroja saqueara los conventos y destinara las 200 monjas más hermosas para el harén de Solimán II.


En 1540 había muerto Zapolya, quien dejó firmado un arreglo con Fernando de Austria, por el que le entregaría el país a su muerte. Su viuda y algunos nobles no estaban de acuerdo con este proceder, y reclamando el trono para el príncipe Segismundo, hijo de Zapolya, solicitaron la ayuda de Solimán II, quien acudió inmediatamente, pero ya no con la recta intención de otros tiempos, pues las sutiles redes que le tejía la ambiciosa Yurem habían apagado se hidalguía y trastornado su conciencia. De este modo invadió Hungría y bajo el pretexto de actuar como regente del pequeño príncipe, subyuga todas las regiones que alcanzó a conquistar. Finalmente en 1547 firmó con Fernando una tregua de cinco años que permitía al archiduque de Austria, mediante un tributo anual de 30,000 ducados, disponer de las tierras húngaras que había logrado conquistar.


Yurem que era madre de tres hijos, no se conformaba ya de ser la dueña despótica del corazón de Solimán II, también ansiaba que se hijo Selim escalara el trono de su padre; para ello existía un gran inconveniente, pues Mustafá, el hijo de la esposa expulsada, era intensamente amado en todo el país por su rectitud y sano juicio. Tal vez venía este príncipe a recoger una buena siembra paternal y continuarla para bienestar de su patria. Ël a su vez era padre de un hijo que como él daba grandes esperanzas. Todo esto no importaba a la taimada sultana, que no tenía otros horizontes que sus ambiciosos proyectos y especulaba en el hecho de que siendo Selim un joven depravado, sería un dócil instrumento en sus manos; con la complicidad de su favorito Rustem Bajá que había ocupado el lugar que había dejado Ibrahim, hizo creer a Solimán II que Mustafá había sobornado a los jenízaros con el fin de hacer asesinar a su padre, y como circunstancialmente surgiera un nuevo conflicto con el Irán, aseguró que el príncipe estaba en relaciones secretas con el enemigo, instándole a castigar estas traiciones con la muerte.


Corría el año 1553. cuando el sultán al frente de sus tropas, levantó su campamento en Eregli, donde citó a Mustafá, que a la sazón era gobernador de Amasia. Algunos amigos enterados de la infame confabulación contra su vida advirtieron al príncipe que no acudiera a esta cita. Aún al arribo al campamento le rogó uno de sus íntimos que apelara a la fuga. Mustafá no se inquietó por ello; su conciencia limpia no admitía la consumación de acto tan vergonzoso y respondió con toda nobleza al aterrado amigo: “No habiendo ofendido a nadie, debo cumplir con el mandato paterno; además, quien me ha dado la vida tiene derecho a quitármela; en prueba de ello me presentaré sin armas delante de mi progenitor para besar obedientemente su mano paternal”.


Al penetrar en la carpa de Solimán II rechazó éste al hijo y genuflexó gritándole:”¿Aún tienes la audacia de presentarte ante mí, perro?” Mustafá no tuvo tiempo de pedirle una aclaración, pues siete mudos se arrojaron sobre él para estrangularlo. Por dos veces logró deshacerse de sus asesinos implorando a su progenitor: “¡Padre , Padre, escúchame!”. El sultán no quiso escuchar y la voz terminó por ahogarse en la garganta del príncipe vencido.


Cuando el padischá regresó a Constantinopla con el cuerpo inerte del hijo y los confabulados dijeron a voz en cuello que el país había sido salvado de un traidor, se inflamó el corazón del hijo menor de Yurem, que padecía de una grave enfermedad. Tal vez ignoraba la perversa política de su progenitora, pero la conducta de Solimán II le llenó de horror. “¡Padre desnaturalizado – gritó en un arranque de amargura – en vez de una tumba habéis cavado dos!”. En efecto, expiró al poco tiempo.


El remordimiento se apoderó unos instantes del sultán, más la sangre derramada reclamaba más sangre; nuevamente se dejó convencer por su favorita de que el hijo de Mustafá, un muchacho de 14 años, vengaría la muerte de su padre de no ser eliminado de inmediato. Cuando un eunuco se presentó ante el infante en Bruza y le dijo en un lugar apartado mientras le mostraba el cordón fatal: “El sultán ha dispuesto vuestra muerte”, respondióle el niño mientras ofrecía su inocente cuello: “Las órdenes de mi abuelo me son tan sagradas como si procedieran de Dios mismo”.


Después de estos dos crímenes le quedaban a Solimán II dos hijos de Yurem; el segundo, Bayaceto (Bayezid) no era tan apático ni vicioso como su hermano mayor, pero algunas malas lenguas comenzaron a decir que estuvo en relaciones con Mustafá, que luego apoyó a un falso Mustafá que había intentado apoderarse del poder, y que ahora tramaba contra Selim para asegurarse la herencia del trono. Fué en vano que Solimán II tratara de poner fin al conflicto enviando a Bayaceto como gobernador de Amasia, pues éste, fuera de sí por tan graves calumnias se levantó en armas contra su hermano mayor.


El sultán filicida no quiso tolerar tal revelación y decretó la muerte del hijo sublevado. En las llanuras de Konia se encontraron las tropas de ambos bandos (29 de mayo de 1559). Bayaceto completamente derrotado, huyó a Persia, pero el Sha Tahmasp que para evitar un descalabro completo había firmado en 1555 una paz poco ventajosa con Turquía y no se atrevió a oponerse al pedido de extradición. Permitió en consecuencia que los perseguidores se apoderaran de Bayaceto y tres de sus hijos que le acompañaban y les ejecutaran al instante. Un cuarto hijo, un niño de seis años que había quedado en Brusa, corrió con la misma suerte.


Después de la muerte de sus hijos y nietos – dice un historiador – perdió Solimán II todas las ganas de vivir. Un intenso remordimiento le acometió por los malos pasos tomados, acompañado de un profundo temor por sus consecuencias. En su imaginación se veía rodeado de traidores; con cada día se tornaba más retraído y desconfiado, y creyendo hallar consuelo en las prácticas religiosas, se apoderó de él una creciente y singular superstición. Su amor por el arte quedó apagado y si antes se inspiraba en las hermosas armonías de música enervante, dispuso ahora destrozar los instrumentos y expulsar a los artistas. El esplendor que había caracterizado a Solimán II “el Magnánimo” había desaparecido; vajillas toscas de alfarería sin valor reemplazaron a los utensilios de oro y plata”.


Yurem contrariada por este cambio de carácter del sultán y que le privaba del tren de soltura y lujo en que se había embarcado, resolvió deshacerse lo más pronto de él. Para tal fin tramó un complot que fué descubierto, siendo su cuello el único de todos los confabulados que escapó a la acción del cordón mortífero. Sin embargo, después de haber sido instigadora de tantos crímenes, no alcanzó a ver a su hijo Selim en el trono del imperio Otomano, pues ya en 1561 puso la muerte fin a sus siniestras andanzas.


Solimán II, abrumado bajo el peso de sus culpas, quiso distraerse predicando una guerra sagrada. En el año 1565 despachó una gran escuadra compuesta de 200 nave y 30,000 gentes de desembarco bajo las órdenes de Piali Bajá, con el encargo de apoderarse de la isla de Malta, que habiendo sido tierra española, fué cedida a los Sanjuanistas por Carlos V en 1530 con la recomendación de que la emplearan como base de operaciones en su persecución de los “infieles”.


Si la nobleza del sultán, cuando el sitio de Rodas, le permitió obtener grandes laureles; ahora que había manchado su gloria, le esperaba una vergonzosa derrota. El Gran Maestre de los Caballeros Sanjuanistas, Juan Parissot, movió a Felipe II de España a organizar una cruzada, en la que reunió un gran ejército con la gente venida de España, Francia e Inglaterra; a esto se unió que estallaron discrepancias entre los jefes de las legiones musulmanas quienes acusando a Piali Bajá de errores cometidos, le disputaban el mando supremo. Así fué que luego de una campaña de cerca de cuatro meses (mayo-septiembre de 1565) sufrieron los turcos, luego de algunas ventajas parciales, una derrota aplastante.


Se dice que cuando la confusión se apoderó de los muslimes, procuraron los cruzados cortarles la retirada, dando origen a una terrible matanza, pues los orientales presos de una honda desesperación sólo atinaron a huir. Sólo una pequeña parte logró alcanzar las naves para emprender cubierta de ignominia y tristeza el regreso a Constantinopla.


Solimán II no queriendo darse por vencido decidió entonces continuar la guerra santa en tierra firme, y a pesar de sus 72 años púsose en la primavera de 1566 al frente de un ejército de 80,000 hombres con el que invadió Hungría. El emperador Maximiliano II de Alemania, sucesor de Fernando, reunió a su vez una cruzada con voluntarios venidos de varios países. También esta vez tropezó Solimán II ante una ciudad cuya pequeña guarnición oponía una prolongada y heróica resistencia, y ante los muros de esta población, falleció el sultán víctima de un fulminante ataque de apoplejía, el 6 de septiembre de 1566, antes que el grueso de ambas fuerzas contrincantes alcanzara a enfrentarse, y que ya no tendría lugar, pues el nuevo sultán Selim II ofreció inmediata la paz, entregando excepto la Transilvania, todo el resto de Hungría a Alemania mediante el mismo tributo aceptado en 1547 por su padre.


De este modo terminó tristemente el mismo sultán que en el comienzo de su reinado se distinguiera dedicando todos sus cuidados en la administración de justicia, en mejorar la situación del Tesoro, en crear hospitales, academias y bibliotecas; que habiendo tenido en sus manos la oportunidad de pasar a la posteridad como un prócer de su raza, sacrificó todo para gustar de la efímera galantería de una mujer hipócrita que no hizo más que procurar su perdición.

1° y 15 de Septiembre de 1942.

BALANZA NÚMS. 232 Y 233.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado 

 
 

Entradas recientes

Ver todo
bottom of page