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Joaquín Trincado

Saracos

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 5 días
  • 9 min de lectura

SARACOS (Sarak o Sardanápalo), último rey de reyes de Asiria, existió por el siglo VII antes de Jesús, y como todos sus antecesores vivió identificado con los sacerdotes de la religión entonces imperante.


Tal vez se puede considerar el imperio Asirio, terminado de derrumbar bajo el gobierno de este rey como una repetición del régimen impuesto por la malicia que fueron consiguiendo las generaciones que habitaron la Atlántida, pero que no fué causa de que ésta mereciera su fin, sino que bastó la acción humana, que tantas veces, aunque en escala menor se ha consumado a través de los siglos. Cabe esta comparación porque si el esplendor de la Atlántida quedó reducido al mero campo de la leyenda, desapareciendo bajo la inmensidad de las aguas del Océano, cubrió la tierra los escombros del Asirio durante más de dos milenios hasta que investigaciones de hombre eminentes abrieron el camino de poder comprobar la grandeza, el esplendor y la monstruosidad que se estaba desarrollando dentro de las dos inmensas urbes asirias. Quien sabe también algún día sea permitido que los hombres investiguen y comprueben a la luz del sol la verdad sobre la existencia y los desvaríos de la Atlántida.


La religión de los asirios y babilonios – dicen los historiadores – había surgido de la contemplación de la naturaleza. Adoraban las fuerzas de ella, de la cual sus divinidades constituían símbolos. En un concepto, empero, se diferenciaban de las normas de una adoración a la naturaleza, pues invocaban a un Dios cuyo ser no se limitaba a las fuerzas naturales sino que era muy superior a ellas, dominándolas por completo; la denominaban Bel o Baal y a él estaba dedicado el gigantesco templo de Babel. Era señor del cielo y del fuego, creador de la humanidad, que residía en el cielo y señalaba a los astros su recorrido.


Por más que se diga, no alcanzó el cálculo ni el fanatismo estudiados tan minuciosamente por algunas tendencias humanas alterar el primitivo período monoteísta, y del mismo modo que de algunas ramas de la actual administración social no se han podido borrar las disposiciones que los primitivos sacerdotes edificaron sobre el descubrimiento de Peris, así tampoco lograron los teólogos crear una religión basada exclusivamente sobre un Dios único como juez supremo de los hombres sin la intervención de dioses secundarios, santos, beatos, genios y otras influencias. Queda por tanto plenamente comprobado que ningún ente dogmático puede ver cumplidos sus propósitos sin la intervención confusa de seres inmediatos. Así hacían aparecer el lado de Baal una deidad femenina llamada Baaleth, Bellis o Milyta, que según se pretende personificaba el agua y la tierra, pero cuya misión real era procurar la desfiguración de la virtud de la mujer que por la desmoralización de los vicios contribuiría a su propio cautiverio trayendo como consecuencia la esclavitud del pueblo entero en manos de los administradores de ese Dios.


Se celebraba con tal fin la fiesta dedicada a Milyta en un bosque inmediato al templo de la diosa, que se hallaba situado no lejos de la ciudad de Babilonia.


Esta fiesta, descrita en todos sus horrores por el inmortal Herodoto, se completaba con un mercado de esposas, que se celebraba una vez por año. Todas las jóvenes casaderas eran reunidas en un lugar determinado de la ciudad. Un martillero las presentaba una por una en venta iniciando su labor con la más hermosa, que prestamente hallaba comprador por un precio elevado, pues las ofertas se hacían al estilo remate. Luego de las que quedaban volvía a elegirse la más bella; así se continuaba mientras quedaban encantos que atrajeran a las clases pudientes. Hecho esto llegaba el turno a las carentes de hermosura, que eran ofertadas por precios al alcance de la gente pobre, y las más feas, por las que nadie quería pagar un centavo no sólo eran regaladas, pues ninguna de estas jóvenes debían quedar sin un poseedor, sino que se les agregaba un regalo en dinero efectivo cuyo monto era mayor o menor según su fealdad o defectos. La mujer por ello no era más que una esclava del hombre, aún cuando aquellas que necesitaban dote para hallar esposo podían invocar ciertos derechos, pues de no cumplir el marido de acuerdo a las reglas existentes era condenado a devolver el importe recibido.


Según las inscripciones cuneiformes y las esculturas halladas entre las ruinas de Nínive y Babilonia, demuestran que los sacerdotes de mayor jerarquía reinaban despóticamente al lado del rey y durante los sacrificios llevaba éste último la túnica de sacerdote. El monarca era representado con un garrote en la mano; en el cuello llevaba pequeños ornamentos que simbolizaban la luna y los cinco planetas conocidos, como así también un bidente y una gorra provista de cuernos. Usaba asimismo barba crecida y bien cuidada, cabellos enrulados y túnicas largas adornadas con encajes.


Saracos, que había heredado el trono de sus antecesores, daba como ellos preferencia al sensualismo, alternando con las habituales cacerías organizadas contra leones y toros salvajes, deporte que practicaban para exhibir su valor y arrojo ya que para los asirios el hombre que de una forma u otra no se dedicaba al derramamiento de sangre no era más que un ser despreciable. Sin embargo no era Saracos partidario de guerrear, motivado tal vez, como afirman varios biógrafos, por su afecto a la vida licenciosa, ya que según costumbre oriental poseía un harén bien provisto de mujeres. Además nos revelan algunos grabados hallados en las ruinas de Nínive los lujosos banquetes, magníficos moblajes, valiosas alhajas, todo lo cual unido a otras escenas sobre el florecimiento de la industria y la altura alcanzada en el arte, nos atestiguan del progreso material de que disfrutaban.


La Asiria, cuyos límites primitivos se habían extendido desde Egipto hasta la India, comenzó su ruina definitiva cuando Ciajares, rey de Media, uno de los estados vasallos, concibió el plan de convertirse él en el fundador de un nuevo imperio.


Al frente de un poderoso ejército marchó contra Nínive, sede de Saracos (años 633 antes de Jesús). Las tropas enviadas por éste para hacer frente al sublevado fueron dispersadas en los primeros encuentros. La inmensa ciudad quedó pronto sitiada y el rey asirio creyó llegado ya el fin de su dominio, cuando Ciajares fue informado que la Media había sido invadida por los escitas. Resuelto levantó el sitio y corrió al encuentro del invasor, pero por más coraje que puso de su parte no le fué posible detener el avance de los escitas. Estos, como consumados jinetes, mientras sus caballos avanzaban en desenfrenada carrera enviaban a gran distancia sus flechas envenenadas, sin errar jamás su blanco. De este modo provocaban la confusión y el espanto entre las filas enemigas a las que atacaban finalmente con hachas, espadas, puñales y lanzas. El cuero cabelludo de los vencidos llevaban colgados como trofeos de las riendas y los cráneos los empleaban como jarros de agua. Además de cada cien presos se sacrificaba uno, comenzando por verter vino sobre sus cabezas, luego recogían la sangre de las víctimas en una bolsa de cuero para de ahí arrojarlo sobre una espada de hierro, símbolo de su divinidad, y finalmente tiraban en alto el brazo derecho del sacrificado para abandonarlo allí donde caía.


Su brutalidad no conocía límites, así por ejemplo, si se enfermaba el rey se requería la presencia de tres adivinos encargados de revelar al soberano el nombre del súbdito cuyos malos pensamientos habían ocasionado su postración. La acusación debía ser confirmada por otros seis agoreros; si el informe de éstos concordaba con el anterior, el acusado era decapitado sin fórmula de proceso alguno. Pero si los seis no señalaban la misma persona, se citaban sucesivamente nuevos adivinos hasta obtener una mayoría contraria a los primeros tres. Estos quedaban entonces acusados de falsarios y eran arrojados al campo atados en una pira armada sobre un carro tirado por bueyes.


Si el rey llegaba a morir, se afeitaban los escitas sus cabellos y cortaban una parte de sus orejas. El cadáver del monarca luego de haber sido exhibido a todos sus súbditos era colocado en una gran fosa cuadrada en la que eran arrojados asimismo una de sus esposas, sus sirvientes más fieles y sus caballos favoritos. Luego llenaban la tumba con tierra y levantaban una colina funeraria. Pasado un año sacrificaban a cincuenta de sus servidores que con sus caballos eran sometidos a un proceso de desecación y luego montados con la ayuda de palos alrededor de la tumba.


Saracos vió salvado su trono por la invasión de estos bárbaros, los que sin embargo saqueaban sus tierras con la misma sagacidad, convirtiendo numerosas ciudades y pueblos en ruinas humeantes. Sólo las ciudades de Babilonia y Nínive quedaron a salvo gracias a sus defensas, y sus habitantes, sin preocuparse por los desdichados campesinos, continuaron con su vida licenciosa.


Ciajares, a pesar de la magnitud de su desgracia no perdió la serenidad y pasado un tiempo supo apoderarse mediante una treta de los jefes escitas dándoles muerte. Luego consiguió en acción aislada debilitar a los hordas salvajes hasta lograr finalmente su alejamiento.


Apenas libre la Media de los escitas, volvió su rey a prepararse para marchar nuevamente sobre Nínive, pero fue estorbado por Alyattes, rey de la Lidia, otro de los estados sometidos a la Asiria, quien para sí abrigaba los mismos propósitos de predominio. La guerra estalló entre ambos rivales. Si Saracos en momento oportuno hubiera actuado como aliado de Alyattes e interpuesto como tal su influencia arbitral, le habría sido posible levantar su decaído imperio. Para su desgracia no procedió así, creyendo tal vez que los dos pueblos sublevados se aniquilarían mutuamente, quedó inactivo para continuar distrayéndose en prácticas poco edificantes.


El 30 de septiembre del año 610 antes de Jesús, sostenían lidios y medas una de sus sangrientas batallas cuando ocurrió un eclipse de Sol. Aterrados arrojaban los soldados de ambos bandos sus armas mientras la superstición interpretó en ello la ira del astro del día que adoraban como su Dios.


Cediendo ante el temor general, firmaron Ciajares y Alyattes una tregua la que fue hábilmente aprovechada por Nabopolasar, gobernador de Babilonia para concertar una acción común contra el gobierno asirio.


A mediados del año 609 antes de Jesús, reunieron los tres aliados un ejército que se cree no era menor de 400,000 hombres, con el cual marcharon contra Nínive. Saracos, al saberlo, dando muestras de una singular energía, reunió con presteza un poderoso ejército, saliendo con él al encuentro de los rebeldes. Estos no esperaban tal proceder del viciado rey. En varios encuentros sufrieron tales derrotas que Nabopolasar tuvo que emplear toda su astucia para evitar que sus aliados desistieran de la campaña.


Las tropas de Saracos entusiasmadas con sus triunfos, comenzaron a descuidarse del enemigo. Esta circunstancia fué aprovechada por Nabopolasar quien una noche hizo sorprender el campamento imperial. Las tropas asirias tomadas de sorpresa apenas atinaron a defenderse y fueron masacradas en número tan grande que el Tigris parecía haberse convertido en un río de sangre. Pero a pesar de esta desgracia no perdió Saracos el ánimo y con los restos de su ejército regresó a Nínive.


La soberbia capital asiria se hallaba ubicada a la orilla izquierda del río Tigris, con un perímetro de 480 estadios o sean 60 millas y una población que se cree pasaba de dos millones de habitantes. La rodeaba una muralla de cien pies de alto y tan ancha que podían marchar sobre ella tres carros de frente. Sobre esta muralla se hallaban edificadas 1,500 torres fortalezas cada una de doscientos pies de altura. Entre la ciudad y la muralla había un extenso terreno de tierra cultivada para así evitar la escasez en caso de ser sitiada.


Como no se conocían aún máquinas de guerra, resultaba esta muralla una verdadera defensa inexpugnable. Existía también una sentencia que decía: “Nadie conquistará la ciudad de Nínive mientras el río no le sea contrario”. Basándose en ello supo Saracos mantener la unidad entre tropas y pueblo; más de dos años habían los sitiadores gastado en infructuosos ataques cuando lluvias torrenciales hicieron crecer el cauce del Tigris. Las aguas de su rápida corriente embestía con tal furia contra la muralla que ésta se derrumbó en un trecho de veinte estadios, inundando gran parte de la ciudad.


Ahora se consideró Saracos vencido, juzgó imposible toda defensa habiendo caído en desgracia ante la divinidad. Dispuso pues aplacarla con su propia destrucción. Hizo levantar dentro de su palacio una gigantesca pira en cuyo interior se había dispuesto una habitación donde llevó sus mujeres, servidores y tesoros. Prendió el fuego y Saracos se dejó consumir por él con todos los suyos.


Las llamas que envolvían el soberbio palacio se extendieron a otros edificios y así se convirtió gran parte de la ciudad en una inmensa hoguera.


Los aliados que sitiaban la ciudad al saber la extrema determinación de Saracos entraron triunfalmente por la brecha completando la destrucción de la ciudad y sellando con un reparto la desaparición del soberbio imperio de la Asiria.


Las ruinas de Nïnive se convirtieron con el correr de los siglos en simples montículos de tierra que cubrieron los restos y dieron pie a que durante más de dos milenios se creyera que la tradición sobre estos acontecimientos no eran más que cuentos fabulosos e infundados hasta que en recientes investigaciones fueron hallados rastros inconfundibles de la grandeza de Nínive y de su sin igual incendio.


La ciudad de Babilonia, sustraída por unos instantes a su destrucción por la enérgica actitud de Nabopolasar y su hijo Nabucodonosor, no tardó empero en caer luego de su conquista por el rey persa Ciro. Sus ruinas se cubrieron asimismo de tierra y con ella desapareció el último vestigio del lujoso y soberbio imperio Asirio, cuyo derrumbe puso fin a una era de excesos vergonzosos y que arrastró con su caída todo su esplendor que sus descendientes no han logrado resurgir hasta el día de hoy.


Pero el resto de la humanidad no ha querido sacar consecuencias de tan dura lección; en su ceguera extendieron sobre todo el mundo otra Gran Babilonia, sobre bases mucho más refinadas, en la que otros Saracos y sacerdotes pontifican. Pero sobre ellos también se cumple la profecía de otro Jonas y caerán aunque hagan proezas de un valor digno para una causa más noble.

1° y 15 de Febrero de 1943.

BALANZA NÚMS. 242 Y 243.

 

Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado 

 
 

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