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Joaquín Trincado

Zenón de Somodevilla y Bengoechea (Marqués de la Ensenada)

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 5 días
  • 12 min de lectura

ZENÓN DE SOMODEVILLA Y BENGOECHEA (Marqués de la Ensenada), célebre político español, nació el 2 de junio de 1702 en el ayuntamiento de Alesanco, Villa que pertenece al famoso pueblo judicial logroñés de Nájera, (nombre dado por los árabes y que significa “lugar entre las peñas”) pues en dos oportunidades pertenecía este territorio al reino de Navarra (Siglo XIII) siendo Nájera su majestuosa capital.


Esta causa es motivo para reconocer en la grandeza de este hombre la sangre navarra que tanta majestad ha inculcado en las luchas de la España misionera. Vástago de una familia de nobles, eran sus padres Don Francisco de Somodevilla y Villaverde, natural y vecino de Alesanco, y Doña Francisca de Bengoechea, también del mismo partido de Nájera, pero del ayuntamiento de Azofra.


Dos años antes de nacer (1° de noviembre de 1700) falleció el enclenque rey Carlos II, llamado “el hechizado” que llevaba este nombre por suponérsele dominado por los malos espíritus y que exorcistas astutos supieron aprovechar para librar a España de la dinastía austriaca, cosa que mirado por un lado no dejó de ser un bien, pero tampoco oculta por el otro un cúmulo de intenciones oscuras. Relataremos algo de lo sucedido, ya que se relaciona con los primeros acontecimientos que acaecieron en vida del entonces futuro Marqués de la Ensenada.


Luis XIV de Francia y Leopoldo I emperador del “Santo Imperio Romano del Occidente de la Nación Alemana” eran ambos hermanos políticos del rey Carlos II de España; como el monarca ibero no tenía descendencia, ansiaba el primero de los nombrados que el trono fuese heredado por su nieto Felipe de Anjou, mientras que el emperador deseaba que el sucesor lo fuera su hijo Carlos. También había un tercer pretendiente en la persona de José Ferdinando, hijo de Maximiliano Emanuel, elector de Baviera y nieto de Leopoldo. Como el rey francés cuando su casamiento con María Teresa hubo de renunciar a todo derecho a la corona española, temió que sus aspiraciones no serían satisfechas, por lo cual trató de interesar al príncipe Guillermo III, de las Provincias Unidas de los Países Bajos y rey de Inglaterra, para elaborar un plan tendiente a dividirse los territorios que España poseía aún en Europa fuera de la península ibérica y que eran el Milanesado, el reino de Nápoles, Cerdeña y Flandes, o sean los Países Bajos españoles. Sin consultar a España elaboraron las tres potencias un tratado de división, en el cual se dispuso que José Ferdinando ocupase el trono de España mientras que los territorios en Italia serían repartidos entre los otros dos pretendientes, Felipe y Carlos. Pero cuando al año siguiente 1699, falleció el príncipe bávaro, se hizo un segundo plan de división según el cual sería Felipe soberano del territorio español, excepto de las tierras italianas. Este segundo reparto impuesto por las circunstancias no era ya tan del agrado del soberano “rey sol” francés, por lo cual, en secreto supo ganarse a Carlos II para que éste declarara a Felipe de Anjou sin excepción alguna como sucesor de todos los territorios españoles. Y para dar más éxito a sus planes granjeándose la simpatía del pueblo español aprovechóse del apocamiento del rey. Fué así, que comenzó el infeliz Carlos a sentirse “hechizado”, por lo cual fueron llamados renombrados “exorcizadores” quienes llenando el papel que les estaba asignado, terminaron por acusar a la dinastía austriaca, cosa que desde luego produjo el consiguiente revuelo popular.


Muerto el rey en 1700 y abierto su testamento, marchó Felipe a Madrid donde fué proclamado por los españoles con toda solemnidad como su rey. Luis XIV desde luego declaró que respetaría lo dispuesto por Carlos, pero el emperador Leopoldo insistió en respetar lo pactado en 1699 por lo cual resuelto a hacerse valer por las armas, logró que por intermedio de Guillermo III se promoviera la Gran Liga de La Haya y que dió pie a la desastrosa guerra de sucesión (1701-1714).


Sólo cuatro años de edad contaba el futuro Marqués de la Ensenada cuando sus padres, obligados por los azares de esta guerra, tuvieron que abandonar Alesanco, para dirigirse a Santo Domingo de la Calzada, donde en 1711 perdió a su padre. Terminada su instrucción primaria, entró a los 18 años como oficial supernumerario en el Ministerio de Marina. En 1725 era ya comisario de matrículas y al año siguiente trabajaba en Santander a las órdenes del ministro José del Campillo que estaba encargado de activar las construcciones navales en el astillero de esa ciudad.


En 1728 fue enviado a Cádiz con el grado de comisario real de Marina. Mientras esto ocurría firmóse entre España, Francia, Gran Bretaña y los Países Bajos, el tratado de Sevilla (9 de noviembre de 1729) por el que se anularon los pactos de Viena y autorizaba a Felipe V para enviar 6,000 soldados españoles a Liorna, Porto Ferraio, Parma y Placencia a fin de asegurar la sucesión del infante don Carlos (más tarde Carlos III de España) por lo cual se hicieron los necesarios preparativos militares que no llegaron a ser de utilidad debido a que falleció inesperadamente el Duque de Parma y Placencia, Antonio Farnesio, a lo que ajustaron Austria, España y Gran Bretaña el nuevo tratado de Viena que reconocía al Duque don Carlos I.


Aún cuando los pertrechos de guerra reunidos no tuvieron motivo para la proyectada empresa, fue de opinión el Ministro interino del despacho de la Guerra don José Patiño, Marqués de Castelar, que esos gastos no debían ser estériles, por lo que propuso que fueran empleados en una tentativa de reconquistar el Orán que desde 1708 estaba en poder de los reyes de Berbería.


Zenón de Somodevilla en su empleo de comisario de Marina había sido llamado urgentemente a Cartagena y puesto a las órdenes del general José Carrillo de Albornoz, Conde y Duque de Montemar, embarcando en el navío “San Felipe”, una de las 54 naves de guerra que en unión de 500 transportes, llevaban un ejército de desembarco integrado por 30,000 hombres que se dirigieron hacia la mencionada tierra donde gobernaba el rey moro Hassan. La lucha fué de poca duración. Desembarcados el 29 de junio de 1732 en el paraje llamado las Aguadas, fueron apoderándose de todos los cerros a pesar de la desesperada resistencia de los nativos. El 5 de julio siguiente cayó la ciudad de Orán en poder de los españoles, con lo cual terminó la campaña, emprendiendo el viaje de regreso. El recibimiento que les tributó el pueblo español fué brillantísimo y los ascensos estaban a la orden del día.


Somodevilla fue ascendido a comisario ordenador de marina y se le envió a Ferrol, Galicia. Pero en 1735 fué llamado nuevamente para integrar otra campaña armada que organizó a causa de que el famoso Lorenzo Corsini, a la sazón Papa Clemente XII de los Estados Pontificios, amenazaba con apoderarse de los ducados de Parma y Plasencia. Esta expedición, aparte de ocupar durante un corto plazo la mayor parte del territorio papal con la amenaza de tomarlo todo, cosa que sin embargo no se hizo para hacer patente la generosidad del espíritu español, tuvo por consecuencia ganar para Felipe V también el reino de las dos Sicilias.


Tan a satisfacción de sus superiores portose en esta jornada Somodevilla y Bengoechea, que el Marqués de Castelar le concedió de orden del rey, 100 escudos de vellón por mes además de todos los sueldos que ya gozaba. Pero al mismo tiempo recibió orden de volver inmediatamente a Italia para continuar ejerciendo las funciones de ministro principal del armamento naval de la expedición española.


Carlos I que ya había ascendido al trono de las dos Sicilias, no contento con recomendarle muy eficazmente a Felipe V, le concedió espontáneamente el título de Marqués de la Ensenada (8 de diciembre de 1736). Al año siguiente fué nombrado secretario del Consejo del Almirantazgo que en esa misma fecha fué creado, recibiendo además los empleos de secretario honorario del rey e intendente de marina, con 300 escudos mensuales de sobresueldo.


Ha sido creador de la cédula de formación de las matrículas de mar, de su alistamiento, privilegios y obligaciones, la ordenanza general de arsenales, el reglamento de sueldos, gratificaciones, prestaciones de la armada, la formación del arsenal de Cartagena, la piadosa institución de inválidos, el fomento de la fábrica de América, y el plan y preparativos de unas ordenanzas generales para el régimen de los diversos cuerpos de la armada.


En 1741 estalló la guerra de sucesión por la muerte de Carlos VI de Alemania, en la que varias naciones invocan derechos por parentesco, y en el que Felipe II de España, reclamaba los reinos de Bohemia y Hungría, como descendiente de la casa de Austria, de una hija de Maximiliano II, pero que se limitó su pedido sólo a procurar que su hijo Felipe pudiera apoderarse de la Lombardía.


Mientras tanto falleció Felipe V, y aún cuando el historiador suizo Leonardo Sismondi dice de él “que había nacido para gobernar, y lo fué toda su vida” y que mezcló su país en sangrientas luchas militares, no se le puede negar el mérito de haber beneficiado las verdaderas fuentes de la cultura de la riqueza pública, el haber frenado muchos abusos que se cometen en la percepción de impuestos, de abolir el federalismo y el haber limitado en lo posible las prerrogativas del Santo Oficio.


El Marqués de la Ensenada que en esta guerra de sucesión sólo ocupó un papel secundario, no bien ocupó Fernando VI el trono español, le expuso las inutilidades de esa lucha, primero por la presencia de una poderosa escuadra inglesa en el Mediterráneo, y segundo, que la lucha sería solamente ventajosa para Francia que a la sazón era su aliada. Pero el único resultado que obtuvo de este consejo fué que se le obligó a abandonar Italia para hacerse cargo del secretariado del despacho de Guerra, Hacienda, Marina e Indias. En vano apeló a que se le anulase ese nombramiento pues finalmente hubo de acceder y el 8 de mayo se presentó en Aranjuez ante el rey, rogándole inútilmente una vez más que se anulara el decreto. Al día siguiente recibió el título de Secretario de Estado.


Sucesivamente se le confió el cargo de superintendente general de las rentas generales del reino, la comisión para entender en el manejo de la unión del resguardo de todas las rentas del campo y puertas de Madrid, y otra comisión para que entendiese en la superintendencia de rentas generales, con la distribución de caudales y absoluta inspección sobre toda materia de Hacienda y gastos, de cualquier especie que éstos fueran. También se le nombró lugarteniente general del Almirantazgo en ausencia del infante don Felipe y extinguido este cargo se le reservaron los honores que las Ordenanzas Generales de marina concedían a los que se hallaban revestidos de tan alto rango.


El preferente cuidado de Ensenada fué siempre la buena administración de la Hacienda. Quitó el famoso Ministro a los arrendadores que esquilmaban a las provincias todas las rentas de la corona; abolió los impuestos que se exigían por el transporte de granos de una provincia a otra; simplificó la recaudación de las rentas; derogó los decretos que prohibían la exportación de la plata; procuró destruir el monopolio sobre el comercio de América; logró las rentas de 1750, comparadas con las de 1742 un aumento de más de 5 millones de escudos por año, y se acreditó de eminente hacendista; suprime tributos sobre los consumos, reemplazándolos por una sola contribución directa sobre las utilidades líquidas de las tierras, industrias, ganados, casas y comercio de los poseedores legos y sobre las utilidades de los eclesiásticos; ordenó y ejecutó una valoración y catastro general que costó 40 millones de reales, y que al presente se encuentra consignado en 150 volúmenes existentes en el archivo de Simancas; logró grandes beneficios para el Erario haciendo por cuenta de éste, y no por medio de casas de comercio, la remesa de fondos al extranjero; y en suma, merced al talento de Ensenada los ingresos, en tiempo de Fernando VI, subieron a más de 360 millones de reales por año, cuando en 1737 eran sólo de 200 millones, y a la muerte de aquel monarca había en caja un sobrante de 300 millones de reales.


Igual desvelo y solicitud mostró Enseñada para aumentar, instruir y regimentar el ejército y la marina. Reconociendo la imposibilidad de que España tuviera iguales fuerzas en tierra que Francia y de mar que Inglaterra. Aspiró sin embargo, a que el aumento de unas y otras hiciese al monarca árbitro de la paz y de la guerra entre aquellas dos potencias rivales.


Emprendió la apertura del canal de Castilla, que riega cerca de 7,000 hectáreas en un recorrido de 227 kilómetros y que corre desde Valladolid hasta Alar del Rey (Provincia de Burgos) con un ramal de enlace con el río Sequillo; procuró el restablecimiento de las antiguas fábricas de seda de Talavera; atrajo a España constructores, ingenieros y sabios de otros países; envió a otras naciones, para aprender ciencias y artes un gran número de españoles; ideó la magnífica edición del Quijote hecha por la Academia Española, fundó en Cádiz el Observatorio Astronómico de Marina, hizo aumentar elementos para levantar la carta geográfica de España, evitando que se acudiese a los mapas del país hechos en Francia y Holanda; propuso la fundación de una Academia de Ciencias y Buenas Letras en Madrid y en diversas capitales de provincia, etc.


Siendo un hombre tan activo tenía que tener forzosamente un gran número de enemigos envidiosos y contrincantes, que hacían todo cuanto estaba a su alcance para perderle. Estos le acusaron de haber entablado negociaciones secretas con Francia; de haber prestado auxilios a la Compañía Francesa de las Indias Orientales para promover allí hostilidades contra los ingleses; de mantener correspondencia reservada con la corte de Nápoles, y de haberse concertado con Francia para un ataque general contra los establecimientos ingleses en América, todo sin anuencia del rey. El embajador inglés en Madrid presentó copias de instrucción atribuídas al Marqués de la Ensenada, y dirigidas al virrey de Nueva España y a los comandantes de los buques preparados en la Habana para tal expedición.


Al saber el Marqués de la Ensenada de tales intrigas, quiso apartarse del gobierno, pero ninguna de sus peticiones de retiro fué atendida. La realidad de los hechos fue muy distinta, pues lo que había ocurrido era que por consejo de Gran Bretaña propuso Portugal a España la cesión de la colonia del Sacramento a cambio de siete colonias del río de la Plata. Somodevilla y Bengoechea no supo nada de esto hasta cuando ya estaba acordado. Como un supremo esfuerzo por evitarlo avisó secretamente al rey Carlos I de Nápoles, hermano de Fernando VI y cuya protesta desbarató el flamante proyecto. Pero a pesar de haber quedado aclarada esta conducta patriótica fué decretado su destierro con fecha 20 de julio de 1754, al mismo tiempo que su exoneración de todos los empleos y cargos que el rey tenía puestos a su cuidado. Sacado en la madrugada del mismo día de su casa, fué conducido en coche desde Madrid a Granada, con orden terminante de presentarse allí todos los días en la presidencia de la cancillería. Como única gracia se ordenó al tesorero de aquel distrito que facilitase al desterrado cuanto pudiera necesitar. En septiembre de ese mismo año le concedió el rey como una limosna una pensión anual de 12,000 escudos de vellón. Vivía allí retirado y estrechamente vigilado hasta julio de 1757 en que a consecuencia de una enfermedad le aconsejaron los médicos un cambio de clima, en vista de lo cual se le autorizó para trasladarse al Puerto de Santa María, cabeza de partido en la provincia de Cádiz, en la Bahía del mismo nombre y a orillas del río Guadalete. Aquí transcurrió su vida de la misma forma hasta la muerte de Fernando VI (10 de agosto de 1759) quien por no tener descendientes fué sucedido por su hermano inmediato Carlos que para tal renunció al reino de las Dos Sicilias y que asumió su nuevo gobierno el 11 de septiembre del mismo año. Como amigo de Somodevilla lo puso inmediatamente en libertad y con derecho de residir donde quisiera y para presentarse en la corte.


La caída y el destierro de éste habían causado gran asombro en Europa y América. Sólo Gran Bretaña celebró el acontecimiento con regocijo público, y cuya causa dejó entrever el embajador de ese país en Madrid cuando dijo al saber la humillación y desgracia del gran político español; “Los grandes proyectos de Ensenada sobre la Marina se han desvanecido, no se construirán más navíos”.


Sin embargo no había de ser de mucha duración la restitución de sus derechos, pues un famoso motín, aparentemente motivado por la protesta contra la implantación de una nueva moda, fué aprovechada por los enemigos del Marqués para complicarle nuevamente. El amotinamiento del pueblo al menos, tenía por motivo una protesta contra un decreto del famoso napolitano Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, amigo y ministro de Carlos III, prohibiendo que ninguno llevase sombrero chambergo, bajo de copa y ancho de ala, ni capa larga, y en el paseo público, ni gorro ni redecilla, todo lo cual había de ser sustituído con el que se llamaba entonces traje militar, consistente en capa corta y sombrero de tres picos.


Para ridiculizar al ministro fué publicado este versito:

“Yo, el gran Leopoldo el primero,

Marqués de Esquilache augusto,

Rijo la España a mi gusto

Y mando a Carlos tercero,

Hago en los dos lo que quiero;

Nada consulto ni informo,

Al que es bueno lo reformo

Y a los pueblos aniquilo;

Y el buen Carlos, mi pupilo,

Dice a todos: Me conformo”.


Pero a pesar de la educación mezquina e interesada que Esquilache había recibido en su juventud, hizo muchos esfuerzos para mejorar la situación española, especialmente en lo que atañe a la higiene y las buenas costumbres. El aseo y limpieza de las calles de Madrid y otras ciudades y la creación de paseos públicos. Lo que ocurría era que el ministro en cuestión tenía muy poco afecto a la influencia clerical, cosa que desde luego no era de conveniencia para muchos interesados. Esto incubó la formación del movimiento que condujo a su retiro del poder. La calumnia, el cohecho, la murmuración, de todas partes surgían voces ocultas para acusar al italiano de algún abuso. De cualquier acontecimiento, de cualquier descontento, de cualquier fantasía que se pintaba al populacho tenía Esquilache la culpa, y cuando el señalado en medio de esta barahúnda hizo el mencionado decreto sobre el modo de vestir, estalló el famoso motín (26 de marzo de 1766). La furia del pueblo fué tan intensa, que el rey atemorizado hubo de ceder y expulsar al ministro.


Que el decreto en cuestión no fué más que un pretexto, quedó más tarde de manifiesto cuando el rey impuso la misma moda y todo el pueblo la acató sin oposición.


Como el nombre de Ensenada figuró también en la lista de los organizadores, aún cuando se carecía de toda prueba, fué desterrado una vez más, en esta ocasión a Medina del Campo, Provincia de Valladolid, donde vivió hasta que le sorprendió la muerte el 2 de diciembre de 1781.

 

1° y 15 de Diciembre de 1941.

BALANZA NÚMS. 214 Y 215.



Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

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