Wouter Schouten (Tercera parte)
- EMEDELACU

- hace 5 días
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Volvamos a la descripción de nuestro viaje. Mientras cargábamos arroz, llegó la efeméride de Navidad, la cual por caer en un sábado, causó un inexplicable asombro entre los naturales. Estos que en aquel entonces aún les era permitido subir a bordo de nuestras naves, al vernos reunidos, creyeron que nos habíamos equivocado en todo un día de la semana y nos preguntaron risueños por qué celebrábamos nuestro sabbathen sábado. En vano tratamos de hacerles comprender que se trataba de una fecha fija, pero les pareció demasiado extraña y sorprendente para merecer crédito.
Antes de abandonar el país pedí permiso para visitar en compañía de algunos amigos de a bordo la capital del reino y sus alrededores. Esta licencia nos la concedió el coutval de Bandel, sin la cual no era permitido a ningún europeo hacer tal visita. Y esta licencia consistía en hacernos acompañar por un funcionario del mencionado jefe.
Embarcados en el lakno de la compañía nos dirigimos primero a un punto situado dos millas al norte de la capital, donde residen numerosos portugueses. Estos son mercenarios al servicio del rey para combatir a los bengaleses, paganos, siameses y otras tribus orientales.
Cada uno de ellos era capitán de una jeliasa y cumplían su misión con tal cautela y acierto que el rey les tenía en alta estima de dejarlos en completa libertad de vivir a su gusto y modo. Muchos de ellos se habían casado con hijas del país, las cuales estaban muy agusto con las costumbres europeas que las convertían en verdaderas y ordenadas amas de casa. Cuando nosotros llegamos muchos de estos mercenarios habían partido en dirección a Diange para hacer frente a una posible acción del sultán Yembla.
Un anciano portugués nos brindó hospitalidad durante las horas que estuvimos en este lugar y en su compañía almorzamos; después de agradecerle su amable recepción nos dispusimos a visitar la ciudad capital. Y como deseábamos hacer el viaje a pie, ordenamos al jefe de los remeros que nos esperara con el lakno en la puerta de la ciudad de Arakan que conduce a Bandel.
Mientras recorríamos el camino, observábamos el hermoso espectáculo que nos ofrecían los campos de cultivo, los ganados y sus pastoreos. Llegamos finalmente a la ciudad capital, que se halla rodeada de una barrera de altas y puntiagudas rocas, las que unidas a la resistente pared edificada sobre ellas, hace de esta población un reducto virtualmente intomable. Atravesada la puerta de acceso, recorrimos varias de sus calles industriales, en cuyas tiendas se exhiben todos los productos de origen asiático. Uno de nuestros principales deseos era visitar el palacio real que en medio de una inmensa plaza, se encuentra en el punto céntrico y más populoso de la ciudad. Se halla rodeado de una poderosa fortaleza por encima de cuyas altas paredes emergen majestuosas el palacio, de magnífica construcción como así la casa destinada para las esposas del monarca. No se nos permitió penetrar dentro de la fortaleza, pero el funcionario con quien nos hizo acompañar el coutval y sin cuya presencia no habríamos podido entrar en la ciudad, nos reveló que dentro de la fortaleza habían hermosos elefantes, caballos y otros animales dignos de admirar. Aquí en este país escasean mucho los caballos. Yo durante mi estancia no ví más que dos de estos animales, son empero reemplazados por los elefantes que hacen todo el trabajo pesado. Generalmente son conducidos por niños de corta edad, sentados sobre su cuello. Vimos muchos de estos animales arrastrando carros y otros vehículos pesadamente cargados.
Para dar una corta descripción de este país, sus habitantes y sus costumbres, diré que se halla situado entre los grados 18 y 20 latitud septentrional, limitando al Oeste con el Golfo de Bengala, al Este con los reinos de Siam y Ava, al Norte con Bengala y por el Sur con el reino de Pegu.
Sus hermosos campos son atravesados por multitud de ríos y arroyos y que contribuyen a la fertilidad de su suelo. Todas sus ciudades y pueblos son sumamente populosos, y debido indudablemente al clima sano, es que no emigran ni siguiera para ampliar su comercio, tal vez también a consecuencia del sistema de poligamia.
El área de la ciudad capital es pequeña. todas sus calles y plazas están sin empedrar y por ello virtualmente intransitables con tiempo lluvioso. Las casas de los ricos como las de los pobres están construidas tan amontonadas y de tamaño diminuto que antes dan el aspecto de un campamento de carpas y no de las residencias de un pueblo tan importante. Estas casas, edificadas con cañas, palmeras y hojas de coco, bien provistas de puertas y ventanas, se hallan colocadas sobre postes que emergen hasta 6 pies del suelo a fin de que sobresalgan por encima de la intensas nieblas que durante las noches cubren hasta esa altura el suelo. Las casas carecen de cocinas por lo cual realizan las mujeres esta función fuera de sus viviendas debajo de un refugio construido para tal fin.
A pesar de la gran fertilidad del suelo no se encuentra en esta región trigo ni centeno, y a modo de pan elaboran pastas muy cocidas a base de arroz. Las frutas que aquí abundan son los cocos, los higos de la India (bananas), mangos, naranjas, limones y otras muchas de la flora oriental. La bebida popular es llamada oru y se extrae del tronco de árboles parecidos a pequeños datileros. Esta bebida es dulce y sabrosa cuando es fresca, pero a los tres o cuatro días queda completamente avinagrada. El monarca de Arakan ostenta el título de rey del elefante blanco. Este título del que se enorgullecen los reyes asiáticos, perteneció primero al monarca de Siam a quien se lo arrebató el de Pegu, para pasar finalmente por derecho de conquista al de Arakan. Todos los años el rey elige doce de las más bellas doncellas de su reino para aumentar con ellas su harén. Pero antes de ser aceptadas son puestas a prueba, pues una vez que se hallan reunidas en un sitio adecuado son vestidas con ropas de lino y expuestas durante seis horas al sol radiante donde sudan copiosamente. Hecho ésto, llevan estas ropas a personas entendidas que han de establecer si su sudor carece de hedor repugnante o enfermiso, en cuyo caso son declaradas esposas del monarca. Aquellas muchachas declaradas inaptas tampoco son desestimadas, sino dadas como mujeres a los principales cortesanos, los que al aceptarlas son altamente recompensados por el monarca con altos puestos y dignidades. Estas mujeres a la usanza oriental son muy diestras en manejar instrumentos de cuerda, especialmente la guitarra, como así también en bailar y otras ejecuciones artísticas, arte que los más pudientes enseñan a sus hijas en la esperanza de que algún día puedan ser elegidas como esposas del rey.
Entre las costumbres indudablemente más curiosas del país puede señalarse la hermosura que se atribuye a las orejas más dilatadas. Ya desde muy niño se perfora el lóbulo inferior en cuyas perforaciones van introduciendo rollitos de pergamino cada vez más grandes, por lo cual se consigue que los lóbulos se extiendan de tal modo que finalmente llegan a caer sobre los hombros. Estas aberturas así obtenidas se cubren luego con verdaderas cadenas de vidrio y otras composiciones y que suelen caer hasta sobre el pecho. Si bien usan este adorno las personas de ambos sexos, llevan las mujeres aparte de eso, también sendos anillos en los dedos de las manos y pies como así también brazaletes en las muñecas, tobillos y arriba de los codos. Pero como toda esa multitud de sortijas no deben ser muy cómodas en el trabajo se ven muchas amas de casa, que no estando en condiciones de mantener sirvientes, se contentan con ostentar sólo cinco o seis de estas alhajas.
Los talpos o talponis (sacerdotes) guardan el celibato, pero sobre su conducta con sus discípulos que son muchachos elegidos por ellos mismos, se murmuran cosas poco edificantes. Estos sacerdotes se visten generalmente de amarillo que es el color eclesiástico aunque a veces van también de negro, y a modo de ermitaños viven en pequeñas casas apartadas. Cuando pasan por las calles usan siempre un porte muy altanero.
El carácter del arakanés es generalmente muy orgulloso, por lo cual todo el que apenas tiene medios para ello se hace acompañar por servidores. La honra de las mujeres solteras en cambio no es tomada en cuenta, sobre lo cual se relatan hechos singulares.
Cuando fallece una persona, alquilan sus deudos a “llorones” que aún sin verter una sola lágrima, gimen y lamentan lastimosamente en la presencia del muerto durante todo el tiempo que estipula la paga. Muchas noches no nos dejaban dormir esos gritos ridículos.
Llegado el momento del funeral se reúnen los familiares y allegados a una comida y terminada ésta se procede a cremar el cadáver. Pero los pobres que no pueden costearse la adquisición de leña que escasea en este país, llevan sus muertos a la orilla de los ríos en las horas de poco caudal para que sean arrastrados por la corriente de la tarde. Estos cuerpos generalmente quedan flotando en los alrededores hasta que son totalmente consumidos por las aves de rapiña que abundan de tal modo que atacan y comen hasta vacas y búfalos vivos a los que asaltan por el cuello donde les arrancan las carnes pese a la desesperada oposición de los animales que terminan por desangrarse, después de lo cual son devorados prestamente
Los naturales tienen también la costumbre que cuando un familiar es muy viejo y achacoso, o sufre una enfermedad dolorosa, lo llevan al lecho de los ríos para que cuando llegue la creciente ésta los arrastre y ponga fin a su existencia[1].
Después de habernos provisto de lo necesario, abandonamos el puerto de Bandel en febrero de 1661. Las otras dos naves permanecieron aún un tiempo para completar su cargamento. Conducidos por la corriente bajamos unas seis millas río abajo, echando ancla en las inmediaciones de un banco de arena movediza. Una nave holandesa que unos años antes había encallado en este banco, fué tragada completamente en pocas horas, desapareciendo con mástiles y todo. Aquí, siempre rodeados por las jeliasas de guerra que nos vigilaban para evitar una posible fuga del sultán Chasausa, cargamos más de doscientos esclavos de ambos sexos; eran bengaleses capturados en acciones de guerra. Acondicionado el cargamento humano que iba destinado para Batavia, continuamos nuestro viaje río abajo hasta llegar al golfo de Bengala donde con saludos amistosos se separaron de nosotros las jeliasas que volvieron a remar río adentro. Las primeras doscientas millas las marchamos viento en popa, pero luego nos encontramos en la calma chicha, flotando durante tres semanas sin poder mantener rumbo alguno y bajo los rayos de un sol abrasador, sufriendo mucho de sed por la escasez de agua dulce. Pero la peor parte tocó a los esclavos quienes amontonados en el interior de la nave, sentíanse aún más sofocados, además eran personas que acostumbraban a beber agua en abundancia, se mostraban a menudo enloquecidos, queriendo a viva fuerza beber agua salada del océano con los consiguientes trastornos digestivos, por lo cual nos veíamos en muchos casos obligados a aumentarles la ración de bebida. La situación aún se agravó cuando estalló una epidemia entre los niños, a los que hubimos de llevar a cubierta a fin de que el aire no les resultara tan sofocante. Por suerte no falleció ninguno y ya estaban totalmente repuestos cuando atracamos a la rada de Batavia.
Los bengaleses adoran de mañana el sol y de noche a la luna. Su alegría es inmensa el día primero de luna nueva, bailan y cantan entonces al son de palmadas, fiesta que celebraron a pesar de su afligente situación.
Hallándonos en Batavia, llegó el día 24 de junio de 1661 la fragata “María” con la triste nueva que el pirata chino Coxenga al frente de cien juncos chinos, una gran fuerza armada y gran cantidad de parque había desembarcado sorpresivamente en la isla de Formosa[2] a la cual conquistó totalmente excepto la fortaleza de Zeelandia que aún resistía desesperadamente a sus no menos de 40,000 atacantes. La fragata “María” era una de las tres naves holandesas que se hallaban ancladas frente a la fortaleza mencionada cuando comenzó el atraco. Al principio hicieron resistencia pero al volar una de ellas se hizo la situación de las otras dos harto difícil para hacer frente a una escuadra enemiga tan formidable, por lo cual recibieron orden de partir en busca de auxilio. Apenas llegó la noticia, armóse inmediatamente una expedición de socorro compuesta de once naves que bajo el mando del almirante Jacobo Cauw púsose en camino en dirección a la fortaleza amenazada.
Mientras esta escuadra hacia su punto de destino, diré algunas palabras sobre los habitantes y el atentado mencionado contra esta isla que los chinos llaman Pacanda[3] pero que los exploradores portugueses por su fertilidad y magnífica ubicación dieron el nombre de Formosa. Situada entre los grados 22 y 25 latitud norte, cuenta con numerosas y altas montañas de las cuales permanecen aún algunas sin explorar. Sus campos dan muchos productos alimenticios como son azúcar, cocos, etc. Entre la fauna animal se cuentan ciervos, cerdos salvajes, liebres, conejos, etc. La población nativa estaba subdividida bajo el dominio de multitud de señoríos formosanos, entre quienes siempre se estaban guerreando, varios de esos señoríos habían reconocido el dominio de los holandeses.
Los naturales son perezosos. Los hombres gastan su tiempo en cazar, dejando que las mujeres se encarguen de la pesca. Las saetas y flechas están provistas de una campanita cuyo tintineo revela el lugar de la caza si han logrado herirla. Cuando guerrean buscan atrapar al enemigo mediante emboscadas o asaltar inesperadamente sus poblados, donde decapitan a todo contrario, llevando las cabezas como trofeo.
La poligamia no existe entre ellos, muy al contrario, pues aún cuando un mancebo suele festejar a una muchacha y tomarla por mujer no viven juntos hasta que el hombre tenga la edad de cuarenta años, antes de cuyo tiempo sólo se ven de noche y ha hurtadillas. También está vedado a toda mujer concebir antes de los 36 años. Si alguna falta a este mandato, al notar las primeras señales de la preñez, es arrojada al suelo por sus familiares y pisoteada brutalmente hasta liberarse de su carga.
Cuando alguien muere se celebra un singular banquete durante el cual numerosas mujeres ejecutan bailes exóticos, luego se secan junto a hogueras los cadáveres hasta no quedar más que los huesos que recién entonces son enterrados. Los que sufren largas o dolorosas enfermedades son conducidos a puntos determinados donde se les estrangula para acortar sus sufrimientos. Creen que la supervivencia del alma está en penas y recompensas divinas. Sus actos religiosos son presididos por nibs (sacerdotisas) y consisten en ofrendas, oraciones y gesticulaciones diversas.
Por indicación de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales que comprendió la importancia de esta isla, se había en la misma construido diversas fortalezas y puertos comerciales donde se traficaba en artículos venidos desde China y reembarcados en nuestras naves de la Compañía para reexportación a Amsterdam.
Los chinos hacía tiempo, ya venían abrigando la intención de apoderarse de la isla y algunas intentonas hechas en tal sentido no dieron resultados. Pero mientras tanto habíase impuesto en la China la dinastía de los tártaros, cuyo emperador Zung Teus, por intermedio de su mariscal Usangueyus, no tardó en hacerse reconocer como nuevo jefe de gobierno en todo el Imperio Celeste. Muchos chinos descontentos con este cambio de gobierno buscaron un refugio en el mar, donde formando una enorme escuadra de juncas reconocieron por jefe al famoso pirata Chin Chin Lung, quien en poco tiempo se hizo tan poderoso que se atrevió a hacer sus planes para aspirar al trono imperial. El tártaro impuesto de ello, supo apoderarse de su persona mediante engaño, pero los piratas eligieron entonces como sucesor al no menos astuto y valiente Coxenga.
Este jefe, según se dice, odiaba a los holandeses, por lo cual dispuso arrojarlos de la isla de Formosa. Algún tiempo antes de este ataque comenzaron a notarse fenómenos extraños dentro y cerca de las guarniciones holandesas. El primero fué un devastador terremoto que agrietó las paredes más resistentes. A las doce de la noche siguiente (15 de abril) oyóse en una de las torres de la fortaleza Zeelandia, un persistente e intenso ruido extraño que despertó a los soldados que alarmados tomaron sus armas, algunos mosqueteros procedieron a encender sus mechas y todos se preguntaban confundidos qué era lo que ocurría, sin que nadie pudiera explicarse la causa de esa perturbación. En la rada frente al arrecife de Bax Amboy se encontraban las tres naves de las que ya he hablado, las que la noche después fueron vistas desde el fortín Zeelandia como envueltas en llamas y haciendo numerosos disparos de artillería sin que se escuchara ruido alguno. Los de las naves a su vez veían lo mismo en la fortaleza mencionada, fenómeno que continuó hasta la llegada de la alborada. El 29 de abril hacia la tarde vióse la figura de un hombre que por tres veces se elevó por encima de las aguas del puerto. Ese mismo día vióse en el mar frente al fortín
Holandia, una ninfa con cabellos muy rubios, la que también emergió varias veces del agua. Estos y muchos otros fenómenos sembraron un estado de intranquilidad entre la población[4] como presagio de terribles acontecimientos que no se hicieron esperar, pues el día siguiente (30 de abril de 1661) cuando el sol de la mañana levantó la espesa niebla, vióse desde la fortaleza Zeelandia el mar literalmente cubierto de naves. Esta enorme escuadra dividióse al poco tiempo en tres escuadras distintas, la primera, pasando por el frente a la fortaleza ancló a unas tres millas hacia el sur. La segunda siguió rumbo al norte hasta el estrecho de Laginovs que separa la isla del arrecife de Bax Amboy, la tercera se mantuvo en alta mar a un tiro de cañón de nuestras naves.
De las dos escuadras que tocaron tierra desembarcaron millares de piratas armados que cual tigres enfurecidos se arrojaban sobre los holandeses, formosanos y residentes chinos, saqueando y destruyendo a fuego y sangre. El comandante de las fuerzas holandesas Federico Coyet, dispuso el envío de cuatrocientos soldados para reforzar la pequeña guarnición del castillo de Sijam, pero sorprendidos en el camino por el furioso invasor logró sólo una pequeña parte llegar a su destino, sucumbiendo el resto en el camino en desesperada lucha.
Rendido el fortín de Sijam (4 de mayo), cuya guarnición fué tratada inhumanamente por el vencedor, comenzó el debilitamiento de nuestro poder en la isla, pues las demás fortalezas fueron asimismo cayendo una tras otra, en manos de los piratas. De los naturales y de los chinos residentes, ninguna ayuda podíamos esperar ya que ellos habían sido asesinados, huidos o entregados a los avasalladores. Pronto fue Zelandia la única resistencia que, fuera de las tres fragatas de que ya hemos hablado, encontraba aún las fuerzas de Coxenga. Estas tres naves, la Héctor, la Gravelandia y la María en formación de combate, luchaban furiosamente contra las juncas chinas que las rodeaban como hormigas. Pero al volar la primera de las fragatas mencionadas, no pudieron las otras dos respaldarse debidamente y hubieron de buscar un amparo cerca del fortín Zeelandia, disponiendo entonces el gobernador, como ya sabemos, que marcharan en solicitud de auxilio.
Los chinos sitiadores, con tal de desmoralizar a los holandeses sitiados cometieron diversas crueldades. Así por ejemplo, habiendo apresado al hijito del capitán Tomás Pétel, enviaronlo horriblemente mutilado a su padre. Éste, lejos de desanimarse, juró venganza, pidiendo la colaboración de voluntarios para hacer una salida. Doscientos hombres le siguieron, llevando además tres piezas de artillería colocadas sobre embarcaciones pequeñas y que le acompañaban cerca de la costa. La batalla no tardó en hacerse efectiva, pero los chinos acudían en número tan considerable que el pequeño grupo de hombres vióse completamente rodeado. Y cuando finalmente cayó el valiente capitán después de una desesperada lucha, apeló el resto de los soldados a la huída, alcanzando unos ochenta hombres a llegar a nado hasta las navecillas con las cuales pudieron volver a la guarnición.
El anciano predicante evangelista, Antonio Hambroek, quien con la mayor parte de su familia había caído en poder de Coxenga, fué obligado bajo amenaza de ser masacrados todos los suyos y connacionales a exigir del gobernador holandés que rindiera la fortaleza. Este Atilio Régulo holandés, dirigióse efectivamente al lugar indicado, pero lejos de cumplir su mandato incitó a los sitiados a la más desesperada resistencia, agregando que tal sería la respuesta que llevaría al pirata. El comandante comprendiendo el fin que esperaba a este hombre abnegado, trató de inducirlo a que se quedara en la fortaleza, pero el sacerdote respondió que su palabra estaba empeñada y que además de la afrenta que ante su conciencia significaba el violarla, podría agravar aún la suerte de sus connacionales que quedaron como rehenes. Dos de sus hijas que asimismo se hallaban en la fortaleza, rogándole con emocionante desesperación que se quedara, abrazándolo con la fuerza del dolor a fin de que no pudiera abandonar el recinto sin arrastrarlas a ellas también. Era todo inútil, su progenitor quedó inconmovible y tan categórica fué su respuesta sobre el cumplimiento de su deber que presas de un desmayo desprendiéndose de los brazos filiales del anciano, e indudablemente haciendo un esfuerzo supremo, marchose sin atreverse a echar una postrera mirada sobre esos cuerpos queridos. Con lágrimas en los ojos y abriéndole los soldados las puertas de la fortaleza, camino a la muerte. No se equivocaron. Furioso el pirata por la respuesta categórica del predicante, dispuso que fuera ajusticiado, pero antes de expirar hubo de presenciar la profanación de su anciana esposa y varias de sus hijas con el anticipo que luego serían entregadas como esclavas de las indisciplinadas hordas.
Sin embargo, como luego veremos, tuvieron las palabras del anciano honda impresión en el pirata, pues si bien le había dicho que el comandante estaba decidido resistir hasta el último hombre, estaría dispuesto a entablar negociaciones honrosas para el pabellón del príncipe de Orange Nassau.
En esto (9 de agosto de 1661) apareció la escuadra comandada por el almirante Cauw, renaciendo la esperanza de los sitiados, pero ésta sólo era efímera, pues una súbita y horrorosa tempestad dispersó las naves sin contar una que se destrozó sobre las rocas. Reunidas nuevamente consiguieron los chinos incendiar la Santa Bárbara de otra de las naves que voló con toda su tripulación. De las restantes desembarcó un contingente que trató de reconquistar la población inmediata a la fortaleza, pero la hallaron tan fortificada que era imposible tomarla. Muchos soldados embarcados en chalupas trataban de exterminar a las juncas mediante el empleo de granadas de mano, pero los chinos sabían atajar los explosivos mediante el empleo de lonas y rebotarlos magistralmente hacia los nuestros, causandonos enormes bajas. A los prisioneros se les cortaban las narices, orejas y manos, y ensartados y colgados del cuello a modo de collar, les mandaban de vuelta a la fortaleza. Con los muertos se hacía idéntica operación arrojándolos luego al mar, que virtualmente se cubrió de estos cuerpos mutilados.
El almirante Cauw viendo la inutilidad de lograr triunfo alguno, resolvió marchar a China para invocar la ayuda del emperador tártaro, pero sorprendido por una nueva y prolongada tempestad, fueron arrojados tan lejos de su ruta que con tres naves llegó al Siam desde donde, todos muy averiados hubieron de regresar a Batavia. Las dos restantes volvieron al fuerte Zeelandia.
Los chinos mientras tanto mediante continuo cañoneo consiguieron abrir varias brechas en las murallas de la fortaleza, cuya guarnición se hallaba además en un lamentable estado, pues la mayoría de los novecientos sobrevivientes se hallaban enfermos o heridos, por lo cual resolvió su comandante entablar negociaciones con el sitiador; y si bien hubo de entregar a los chinos los bienes de la fortaleza inclusive dos toneles de oro y cuarenta piezas de artillería, pudieran abandonar con su demás armamento y a tambor batiente la isla.
Con esta retirada terminó para siempre el dominio de los holandeses en la isla de Formosa[5].
Volvamos a lo que a mí me atañe. El barco en que navegué durante dos años había integrado la expedición a Formosa, y como yo no tenía deseos de participar de ese conflicto con los piratas chinos, solicité y obtuve mi traslado al navío León Punzó. Por estos mismos días terminaba el contrato con la Compañía de las Indias Orientales que había firmado hace tres años, por lo cual hube de optar entre volver a la patria o firmar nuevo contrato. Mis deseos de viajar fueron tan grandes que opté por lo último.
En esto destinóse nuestra nave para conducir al señor Far Natty, fiscal de Batavia, hacia el reino de Bantam, viaje que emprendimos el día 15 de julio de 1661. Este reino se halla situado en la misma isla de Java[6], a cuya capital Bantam, arribamos dos días después. Obtuve permiso para bajar con algunos compañeros a tierra para visitar las puertas de acceso a la ciudad, sus fortalezas, defensas y todo cuanto pudiera llamarnos la atención. La multitud nativa que nos miraba, gritaba mientras movían despectivamente la cabeza: “O orang holanda, tida back” (los hombres blancos no son dignos). Indudablemente nos tomaban por espías, pero nosotros, como simples turistas desde luego no nos afligimos por estos insultos y continuamos tranquilamente nuestra visita. Lo más curioso que hallamos aquí era un tambor que medía no menos de ocho pies de altura y de más o menos igual anchura. Cuando se tocaba, en él se escuchaba el ruido a varias millas por los alrededores. Finalmente dispuso el fiscal emprender el viaje de regreso.
La guerra estallada entre holandeses y portugueses sobre la posesión de las Indias Orientales seguía aún interrumpida a pesar que los últimos, que hace 60 o 70 años eran dueños de todas estas regiones, habían perdido ya casi todas estas colonias.
En la costa Malabar conservaban aún los fuertes de Cochin, Crangamor y Coulant, desde donde perturbaban las rutas holandesas entre la metrópoli y nuestra colonia de Ceilán, por lo cual se ordenó a las altas autoridades coloniales de Batavia para organizar una expedición militar que se uniría a las fuerzas que ya se hallaban en Colombo[7] y tratar de expulsar a los portugueses de Malabar.
El 12 de agosto de 1661, partimos en unión con otras once naves armadas bajo el mando del almirante van Goens, en dirección a Ceilán, y luego de los inconvenientes propios de los trópicos avistamos el 5 de diciembre, las verdosas montañas de Ceilán y después de unas horas de desorientación pues una fuerte corriente nos había apartado un tanto de nuestro rumbo, anclamos en el puerto de Puntogal, donde recibimos orden de tomar un cargamento de areca. Este es el fruto de una especie de palmera que está muy difundida por todo el oriente pero especialmente en Ceilán y la costa de Coromandel. Estas frutas del tamaño de una nuez y de un gusto agradable las cortan los indígenas en rebanadas que envuelven luego en hojas de betel y le agregan un poco de chunam o sea una especie de cal obtenida del caparazón de algunos moluscos. Esta mezcla la mastican hasta tomar la saliva un color semejante a la sangre. El uso de la areca perfuma el aliento, purifica el cerebro, fortifica las encías, el estómago, siendo además un gran purificador de la sangre. Con esta carga tomamos rumbo a Nagapattinam, puerto holandés situado en la costa de Coromandel, donde descargamos la areca. Nagapattinam tiene por origen una fundación portuguesa, pero desde 1658 pertenece a los holandeses. Tomamos aquí un cargamento de arroz con el cual nos dirigimos a Colombo, a donde llegamos el 1° de noviembre de 1661. Esta famosa ciudad fué también fundada por los portugueses hace más de ciento cincuenta años atrás, contando con amplios y hermosos edificios, pero durante la heróica resistencia durante el sitio no menor de siete meses que precedió a la capitulación de la ciudad a favor de los holandeses, quedaron barrios enteros reducidos a ruinas. Durante mi estancia tuve oportunidad de visitar varias regiones nativas de la isla[8].
Finalmente el 19 de noviembre de 1661 abandonamos el puerto con una escuadra compuesta de veinticinco naves y pasamos frente al puerto de Tucorín, famoso por la pesca de perlas. Como tuvimos que permanecer unos días en este puerto a consecuencia de un incendio declarado a bordo de una de nuestras naves, tuve la oportunidad de presenciar una jornada de pesca de perlas. Los buscadores de estos adornos se internan un tanto en el mar embarcados en canoas dentro de las cuales se hallan sus auxiliares. Luego, provistos de una canasta y llevando para mayor peso una piedra de unas treinta libras, se zambullen bajando hasta el fondo del mar donde con un hierro modelado para tal fin arrancan las ostras con las que llenan la canasta. Cuando quieren volver a la superficie dan un tirón a la soga que es recogida rápidamente por los de la canoa. El agua es aquí tan clara que se puede verlos trabajar. Completada la carga vuelven a la orilla donde se extienden las ostras en el suelo y por efecto de los fuertes rayos solares se abren, quedando entonces a la vista si contienen o no perlas, pues si bien algunas poseen varias, otras no contienen ninguna. Las perlas luego de ser limpiadas son separadas según tamaño mediante el empleo de coladores construidos para tal fin. Las pequeñas se venden al peso y las más grandes al mayor postor.
Esta industria cuesta, sin embargo, muchas vidas. Algunos mueren comidos por los tiburones o ahogados, y otros en la orilla a consecuencia del hedor de las ostras.
Continuando nuestra marcha llegamos el 5 de diciembre frente a la ciudad de Coulant en cuyas cercanías desembarcamos un cuerpo de ejército. Por un natural de estas tierras fuimos informados que los portugueses y nativos, en número de unos cinco mil se habían atrincherado a una milla tierra adentro donde nos preparaban una celada. La noticia nos fué sumamente provechosa, pues nos permitió maniobrar de modo de atacar a esa tropa por la retaguardia. Los nativos cuando nos divisaron comenzaron a atacarnos furiosamente con la esperanza de conseguir la desorganización de nuestras filas, aunque en vano, pues los nuestros con la mayor calma rechazaban a los indígenas sembrando el campo de cadáveres. Ganada esta batalla, en la que sólo tuvimos trece muertos y unos treinta heridos, volvimos a la costa donde conquistamos, una tras otra, las baterías emplazadas y llegamos a la ciudad de Coulant, a la cual encontramos abandonada. Sólo un portugués se presentó ante nuestro comandante y le explicó que era un viejo residente de esta población por lo cual solicitó si podía continuar residiendo en la misma sin ser molestado en sus bienes y hacienda. Nuestro jefe desde luego accedió de inmediato a quien tan humildemente se acogía al pendón de Orange Nassau.
A fin de no dar tregua al ejército de nairos que la reina de Coulant, mantenía bajo el mandato de los portugueses, marchó un cuerpo de ejército nuestro no mayor de mil hombres hacia las negrerías a donde había huído la soberana. Nuevamente hicieron allí frente a los nairos, pero éstos al ser rechazados huyeron hasta un templo donde bajo la protección del ídolo, creyeron tener mayor éxito. Pero cuando pese a ello fueron una vez más diezmados, se les fué toda la gana de continuarnos combatiendo.
De regreso a la costa nos reembarcamos al anochecer dejando sólo una pequeña guarnición en tierra y ya nos preparábamos para zarpar apenas llegara el alba del día siguiente cuando una repentina tempestad nos puso en inminente peligro de destrozarnos contra las rocas de la costa. Una de las naves hundióse en efecto; el viento soplaba con tal violencia que amenazaba arrancar los mástiles. Olas gigantescas, verdaderas montañas de agua para cuya fuerza hercúlea no parece existir resistencia alguna, se arrojaban con estrépito ensordecedor sobre las rocas que bordeaban la costa y de las cuales nos hallábamos apenas a tiro de mosquete. Nuestra nave rolaba tan intensamente que hubo de temer que las piezas de artillería pudiesen romper sus amarras, lo que habría significado nuestra destrucción. Tomábamos además tanta agua que las bodegas se iban inundando cada vez más. La proximidad de las rocas hacia donde nos empujaba el huracán, el horrísono cielo, la furia del mar, todo parecía indicar que nuestra última hora había de llegar en esta terrible noche (19 a 20 de diciembre de 1661), por ello, hasta los hombres más insensibles y brutales hablaban de Dios e invocaban su clemencia, justificando así una vez más el antiquísimo proverbio de que “quien no sabe orar ha de navegar los mares”.
La pequeña guarnición que había quedado en tierra vivió horas angustiosas al ver el peligro de las naves pues comprendía que quedando desamparada, se hallaría a merced de los naturales y luego de los portugueses.
Después de dos días de furia, comenzó a amainar el temporal, haciéndonos posible emprender la marcha hacia Cranganor. Esta ciudad se halla situada a unas cinco millas al norte de Cochin. Cranganor se halla dividida en dos partes, la malabar y la portuguesa. Nosotros llegamos a la primera, donde recibimos la visita del Zamorin o emperador de los malabares acompañado por el rey de Cranganor y otros príncipes y magnates a los cuales prometimos nuestra mayor protección contra la dominación portuguesa. La ostentación con que nuestros jefes les recibieron fueron tal de su agrado que gustosamente aceptaron la protección de nuestro pendón.
El día 2 de enero de 1662 desembarcó nuestra gente para iniciar la acción contra la ciudad fortificada de Coulant, uno de los principales centros de los portugueses. Comenzaron por desfilar ante el Zamorin, quien después de revistar nuestras tropas, nos reforzó con grandes contingentes de sus nairos.
Los Nairos se jactan de ser nobles, quienes luego de la familia real y la casta sacerdotal, se consideran de alta cuna. Son generalmente de constitución fuerte y bastante orgullosos, fastuosos y grandes enemigos de los cristianos. No tienen ningún concepto de moral, y cómo les está vedado contraer matrimonio, procuran infiltrarse en los hogares malabares, cuyas hijas sólo les guardan fidelidad obligadas por la tradición. Los obreros, pescadores o agricultores que hayan en su camino les deben esquivar, pues de no hacerlo así tienen derecho de darles muerte, por lo cual al ver aproximarse a esos desdichados gritan ufanamente ¡po! ¡po! (fuera de aquí, fuera de aquí). Desde su juventud son adiestrados en el manejo de las armas y en el ramashque consiste en diversos movimientos tendientes a ejercitar las articulaciones para amaestrarse en diversas luchas. En la esgrima son muy diestros y también son buenos arqueros. Cuando se presentan en batalla no llevan más ropa que una pequeña faldilla. Su piel oscura la untan con aceite a fin de hacerla más reluciente y los cabellos los llevan atados por encima de la cabeza. Los lóbulos de sus orejas les caen sobre los hombros y dejan crecer sus uñas como señal de nobleza. Cuando combaten constituye su artimaña en apelar a la huida, especialmente en las regiones boscosas pues con la gran rapidez con que se mueven procuran hacer un rodeo para atacar al enemigo por la espalda.
Como la ciudad de Cranganor se hallaba así mismo en poder de los portugueses marchamos primero contra esa población, a la cual pusimos sitio. Los portugueses, tratando de romper nuestro bloqueo, hacían salidas todas las noches, aún cuando era en vano.
Yo que hasta ahora había quedado a bordo, recibí orden de bajar a tierra para integrar el cuerpo de cirujanos del hospital expedicionario. La tropa mientras tanto se hallaba ocupada en emplazar baterías y cavar trincheras y las naves más pequeñas subieron cuanto pudieron el río Cranganor a fin de aislar por completo a la ciudad de las restantes guarniciones portuguesas.
Hasta aquí había marchado todo bien, pero a los pocos días comenzó a haber escasez de alimentos. Esto se debió a que las provisiones que nos prometió enviar el Zamorin no llegaban, a causa según se dijo, que los indígenas temían entrar en nuestro campamento que de tanto en tanto era el blanco de la artillería y salidas sorpresivas de los sitiados para de este modo estorbar nuestros trabajos de fortificación. Tengo que confesar que en todos los años que he andado por los mares jamás he sufrido tanta hambre como durante los primeros cinco días que pasamos aquí como sitiadores. Dinero no me faltaba y con gusto hubiera dado un ducatón holandés[9] por un pan duro, pero no lo había. Esta situación por suerte no duró mucho, pues nuestro comandante mandó traer alimentos de a bordo consistentes en carne, tocino, arroz, pan, etc., con lo cual quedó la situación solucionada. Además al solicitarse del Zamorin el cumplimiento de su promesa la que desde luego ofrecimos recompensar ampliamente, nos aseguró que haría todo lo posible por mover a sus súbditos a servirnos.
Los nairos o tropas indígenas no nos servían de ningún servicio como tiradores pues cuando hacían fuego daban vuelta la cabeza, por lo cual iban todos sus tiros al aire. En el manejo del cuchillo en cambio, eran sumamente diestros.
El día 14 de agosto (1662) que era sábado, despachamos una misión para intimidar a los sitiados a rendirse. Estos empero respondieron que estaban dispuestos a luchar hasta la muerte por el honor de su patria. Entre ellos se hallaban algunos traidores holandeses que años anteriores habían abandonado los nuestros para plegarse a los lusitanos. En medio de infinidad de improperios nos dijeron en nuestra propia lengua que estaban ocupados en construir horcas donde ajusticiar a sus paisanos.
El comandante dispuso entonces que al día siguiente, a pesar de ser domingo, se hiciera el ataque contra la ciudad. Fingiendo una completa inactividad, oíamos las campanas de las iglesias católicas llamando a los portugueses a misa. Cuando hacia el atardecer llegó el momento de acción, se hicieron varios disparos de cañón y algunos fingidos movimientos de tropas en el punto opuesto a fin de confundir a los sitiados. Luego, protegidos tras una cortina de humo, iniciamos el asalto al continuo grito de “¡Al ataque, al ataque!”. El gobernador de la ciudad, capitán Urbano Fialha Ferreira, honrando a su pabellón y a su patria, dió muestras de un inmenso valor. Su presencia en los puntos de mayor peligro daba tal ánimo a sus soldados que por momentos pareció que nuestras tropas serían rechazadas. Aún cuando los holandeses alcanzaron a escalar las murallas mediante el empleo de granadas de mano, continuaron los defensores haciendo una resistencia asombrosa. Pero cuando finalmente el valiente Ferreira, quien a pesar de hallarse cubierto de heridas, continuaba alentando a los suyos, cayó exánime, apelaron sus subordinados a la huida refugiándose en la gran iglesia de los Jesuitas que se encuentra en el centro de la ciudad. Luego salieron varios oficiales a nuestro encuentro ofreciendo la rendición. Nuestro comandante aceptó la paz y garantizó el amparo de los rendidos y se comprometió a trasladar a los soldados portugueses y sus familiares a Portugal o a Goa, según el deseo de cada uno. Los traidores holandeses en cambio fueron ajusticiados, porque según se resolvió en consejo de guerra, sus inicuos improperios vomitados el día anterior no tenían perdón. En la acción tuvimos setenta muertos y los portugueses ciento noventa, esto sin contar el número de caídos en las tropas indígenas a su servicio, que era enorme. Teníamos además ochenta heridos graves y unos ciento cuarenta lesionados. Muchos nos rogaban lastimosamente ser los primeros atendidos, pero nuestro deber de médicos era comenzar por los más graves. Estuvimos los tres cirujanos trabajando tres días y sus noches en vendar a todos.
Anunciada la toma de la ciudad, hicieron su aparición el Zamorin y otros príncipes indígenas (18 de enero) quienes se mostraron impresionados al ver en nuestro hospital tantos heridos, pero su asombro pareció llegar al colmo cuando supieron que ni en la acción ni durante toda la contienda, no había caído uno solo de sus nairos, porque nuestro comandante que no les tenía confianza les había alejado cuando el ataque a fin de evitar posibles traiciones. Sin embargo, disimulando ese conocimiento, preguntó nuestro comandante al Zamorin cuántos muertos y heridos había contado entre sus nairos. El emperador visiblemente confundido, respondió que si hubiera tenido noticias del momento de la acción, sus nairos nos hubieran hecho el honor. El señor van Goens, aprovechando la piedad que los reyes indígenas demostraron por nuestros heridos dijo entonces a los visitantes: “Nobles soberanos, vosotros que veis aquí a tantos heridos cuya situación es verdaderamente lastimosa, que generosamente vertieron su sangre para librar vuestro país de vuestros y nuestros enemigos, ¿será pediros mucho para que ahora les ayudéis con la abundancia que produce vuestro país, para cuando nuevamente sanos sigan prestando nuevos servicios a vos y a nosotros?” El emperador prometió que ordenaría se cumpliere lo solicitado y salió muy satisfecho mientras se hicieron varios disparos de cañón en su honor. Aún esa misma tarde y días siguientes, comenzó a enviar abundantes frutas, verduras, ovejas, gallinas, huevos, leche, etc., que no sólo benefició a los heridos sino también a nosotros.
Los heridos portugueses fueron atendidos en nuestro hospital con la misma solicitud que los nuestros. El valiente capitán Ferreira, cubierto de heridas mortales y a quien además una bala de cañón había destrozado una pierna, fué atendido personalmente por nuestro cirujano mayor. Empero, no sobrevivió su derrota, falleciendo a las pocas horas. Envuelto su ataúd en el pendón lusitano fué enterrado mientras nuestras tropas hicieron los honores correspondientes al héroe que supo honrar a su rey y a su patria.
Tomado Granganor nos sería ya más fácil marchar sobre Cochin.
1° y 15 de Septiembre de 1941.
BALANZA NÚMS. 208 Y 209.
[1] No hay duda de que estos y otros actos de salvajismo descritos en esta obra causan horror y parecen inverosímiles, pero si se analizan y se comparan a otros casos que suceden en la época de la más avanzada civilización habrá que reconocer en descargo de aquellos, que esos actos se fundaban en una razón; hasta su poco progreso es una razón.
[2] En esta isla cuya superficie es de cerca de 40,000 kilómetros cuadrados se habían establecido los portugueses a mediados del siglo XVI. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales, poderosa empresa comercial que contaba con medios inmensos, vió en esta isla un magnífico punto de enlace para el mercado chino. Insinuada por la mencionada empresa naviera aprovechó el Gobierno de las Siete Provincias Unidas de los Países Bajos la guerra existente con Portugal, para expulsar a los lusitanos de la isla, cuya realización estuvo a cargo del general Federico Coyet. Hecha la conquista se empeñaron los nuevos amos en civilizar a los naturales mediante el envío de maestros holandeses. Esta labor fue interrumpida por Coxenga o Cong Sing, pirata chino que antes había sido empleado en una sastrería holandesa, en Taiwan, capital de la isla, pero que por su valor llegó a convertirse en jefe de los piratas chinos y almirante al servicio de su patria.
[3] También solían dar a esta isla otros nombres.
[4] Es notorio que en los tiempos pasados eran más frecuentes estos fenómenos tanto por la credulidad general como así también por la mayor ignorancia que permitía con más facilidad las materializaciones de esta especie.
[5] Aún hoy, existe, fuera de la ciudad de Taiwan (Tai-uan-Fú), las ruinas de la fortaleza de Zeelandia y que los chinos señalan como un trofeo conquistado sobre los europeos.
[6] Actualmente sólo existe de nombre.
[7] Capital de Ceilán y entonces importante puerto colonial holandés. Perteneció a este país hasta 1796 en que por orden del príncipe Guillermo V de Orange Nassau, quien huyó a Londres ante la invasión francesa, la entregó a Inglaterra conjuntamente con las demás colonias holandesas.
[8] No es posible transcribir las interesantes costumbres que relata el autor por ser demasiadas extensas.
[9] Antigua moneda equivalía a 3.15 florines o sea 0.75 pesetas.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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