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Joaquín Trincado

Wouter Schouten (Segunda parte)

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 22 jun
  • 38 min de lectura

Poca tranquilidad existe para el ser humano en este mundo en eterna convulsión. Sus días transcurren como las agitadas aguas del jamás inmóvil océano; siempre luchando con una pleamar y bajamar de preocupaciones. Desde afuera nos vemos amenazados diariamente con una multitud de peligros, a la vez que nuestra alma es asaltada y reducida múltiples veces por pasiones que moran dentro de nuestro ser; los más juiciosos se ven a menudo vencidos por atractivos y boatos del mundo, ahogando sus propósitos y sentimientos, inhibiendose de resistir la corriente general, por lo cual han de flotar en la misma hasta que la muerte corta el hilo de sus vidas.


Así como las gentes estamos sujetos a alteraciones diversas, así también los caracteres se muestran distintos. Mientras para unos no habría modo posible de hacerles abandonar su patria, no habría tampoco forma para mantener en ella a otros, por sus deseos vehementes de admirar el panorama de otras regiones. Es marcable que cuando el deseo de viajar se impone en una persona sobre sus demás pasiones, no hay nada capaz de sustraerse de sus propósitos, pues arrastra todos los peligros inevitables en los viajes largos[1], ni aún los desastres a que nos exponen capaces de retener; con alegría da el adiós en muchos casos, a una vida tranquila y desahogada trastocando su sosiego en pesares y su comodidad en preocupaciones. Su curiosidad le hace emprender cualquier empresa, le conduce a la cima de altísimas montañas y a introducirse en las selvas vírgenes e inexploradas. De este modo suele vencer miles de obstáculos, imposibles a simple vista de superar, de las aguas inquietas de los mares inmensos.


Por lo que a mí se refiere, cuando regresé a Batavia luego de una ausencia de diecisiete meses[2] visité inmediatamente a mis mejores amigos y conocidos quienes me recibieron con muestras de gran alegría y afecto. Empero ello no era capaz de apaciguar mi deseo de viajar y conocer otras regiones de Asia. Nuestro barco que había quedado resentido durante los viajes hechos por las islas Orientales, debía ser calafateado amén de otras reparaciones en su casco y velamen, por lo cual tuvimos que trasladarnos al islote de Onrust[3], situado a unas tres millas de Batavia y donde las naves de la Compañía de las Indias Orientales eran sometidas a arreglos. Por lo cual se encuentran aquí gran número de carpinteros, herreros y obreros de otros oficios, los que viven en esta pequeña tierra y ejercen sus profesiones bajo una férrea disciplina, por lo cual no lleva este islote en vano el nombre de Onrust. Tan pronto atracamos fué la primera tarea de nuestros marinos despejar el barco de todos sus enseres, después de lo cual comenzaron los carpinteros su trabajo.


El hijo menor de nuestro capitán tuvo aquí la desgracia de sufrir una caída en la que se quebró una pierna, la que sin embargo, gracias a la ayuda del Creador y mis conocimientos pudo ser sanado en poco tiempo.


Una vez hechos los arreglos volvimos a Batavia donde recibimos la orden de partir con un cargamento al afamado reino de Arakan, distante más o menos unas seiscientas millas de navegación a vela[4]. Este era un viajecito de mi agrado. Tan pronto quedaron terminados los preparativos nos despedimos de nuestros amigos, y el 12 de septiembre de 1660 abandonamos el puerto de Batavia en compañía de otras dos naves, todas con el mismo destino. Marchamos con una favorable brisa Sudeste durante cinco días hacia el Oeste, en que calculando hallarnos a cincuenta millas del estrecho de Sonda que hubimos de cruzar, viramos rumbo al Noroeste y luego al Norte. A esta altura comenzó el firmamento a cubrirse de espesos nubarrones, y en la oscuridad de la primera noche nos vimos separados de los otros dos barcos. Marchando siempre al Norte pasamos a cálculo el Ecuador, ya que las nubes no permitían observar la altura del sol y navegamos sin ver tierra alguna hasta el golfo de Bengala. Aquí nos azotaban violentos vendavales y lluvias torrenciales que nos quitaban toda visibilidad y terminaron por desorientarnos.


Creció con esto nuestra intranquilidad, pues sabíamos que anualmente por septiembre u octubre, hay unas tempestades de descomunal violencia que ponen término a la temporada de las lluvias y que por su fuerza destructora lleva ese vendaval el nombre de huracán elefantino. Pudiendo ser sorprendidos a cada instante por esa violenta perturbación atmosférica, creció al extremo nuestra intranquilidad, pues en un instante de calma relativa pudimos sondear, revelándose la poca profundidad al hallarnos próximos a la tierra firme por lo que corríamos el inminente peligro de destrozarnos sobre las rocas que rodean las bocas del gran río de Arakan, en cuyas inmediaciones calculamos hallarnos. El temido vendaval que siempre sopla del sudoeste no tardó en hacerse efectivo, por lo cual recogimos todas las velas excepto el de mesana, que colocó a la nave con la proa sobre las olas, con lo cual nos abandonamos a la voluntad del Altísimo. Nuestro temor no había sido en vano, pues cuando hacia el amanecer, cedió el temporal y un viento norte dispersó los nubarrones divisamos a la distancia la costa de Arakan. Y cuando el sol se elevó por encima del horizonte, bañándonos con sus benéficos rayos, salió de todos nuestros pechos una exclamación de gratitud y de respeto para el autor de todo lo grande.


Continuamos pues navegando con la bandera del príncipe de Orange Nassau en tope[5] y al llegar a las bocas del gran río de Arakan divisamos dos navíos que reconocimos como los de nuestros compañeros de viaje, ocasionando este encuentro intenso júbilo.


A pesar de que teníamos que subir el río en un trecho de 18 kilómetros donde se halla la capital del poderoso reina de Arakan[6] hubimos de anclar junto a la isla de Butting, a consecuencia de las fuertes corrientes del mencionado caudal de agua. Los indígenas al enterarse que éramos holandeses nos vendieron abundantes y sabrosos alimentos por precios ínfimos y nos facilitaron además un piloto fluvial.


La mañana siguiente, guiados por una agradable brisa marchamos las tres naves río arriba, empresa en que nos ayudaba la marea que hacía elevar el nivel de las aguas del río, pero en cambio al anochecer redujo la bajamar de tal forma el caudal del agua que tuvimos que echar ancla hasta el día siguiente en que continuamos nuestro camino. El viaje era muy agradable, pues a ambas orillas se extendían hermosos campos donde pacía abundante ganado bajo el cuidado de pastores de ambos sexos, como así también magníficos y bien cuidados huertos; asimismo divisamos multitud de poblaciones de típica construcción y en el fondo altísimas e imponentes montañas cubiertas hasta la cima con profusa vegetación.


Pasamos a lo largo de la ciudad de Oryenton, cuya pagoda es considerada muy sagrada por los arakaneses y a donde los naturales acuden diariamente en peregrinaciones para hacer sus ofrendas y ceremonias religiosas.


Finalmente llegamos después de dos días de navegación a la populosa Bandel[7] y nos colocamos frente a las oficinas de la Compañía Oriental de las Indias Holandesas. El río era aquí un poco más ancho que la eslora de nuestros barcos y en vez de echar ancla sujetamos las naves con cables a las viviendas. Una vez amarrados hicimos disparos de cañón en honor al rey de Arakan.


El soberano cuya capital se extendía a solo una milla del lugar donde nos hallábamos, podía oír muy bien los estruendos de nuestra artillería ya que los montes y valles circundantes repetían sus ecos. El monarca, en señal de amistad envió a nuestro encuentro sus sicas (consejeros de estado) y otros dignatarios, embarcados en jeliasas o sean galeras reales movidas a remos, embarcaciones que estaban engalanadas con banderolas singulares y que se nos acercaban al son de flautas y tambores. Nosotros por nuestra parte, volvimos a cargar nuestros cañones con pólvora, izamos banderas e hicimos sonar los clarines y trompetas de a bordo. Nuestra nave, que conducía la insignia de almirante, era portadora de una carta y regalos que el gobernador general de Batavia destinaba para el rey de Arakan. Por lo tanto se tomaron las medidas pertinentes para recibir con toda dignidad a las personalidades reales. El primero en llegar a nosotros fué la galera que conducía al sica principal, quien como se nos advirtió era el personaje quien al lado del rey gobernaba el país. Luego llegaron los demás dignatarios quienes con ceremoniosa ostentación subieron a nuestra nave donde fueron recibidos con todo esplendor por nuestros jefes los que les condujeron a los departamentos del capitán. Venían acompañados por un séquito tan numeroso que la cubierta estaba repleta de gente.


En compañía de algunos otros oficiales de a bordo me había colocado sobre el entrepuente a fin de poder observar cómodamente todos los acontecimientos cuando uno de los orgullosos dignatarios naturales ofendido por tener que pasar por debajo de nosotros y creyendo que en nuestro país imperaban las mismas costumbres orientales, interpelaba al jefe local de las oficinas de la Compañía Holandesa, señor Gerardo van Voorburg, diciéndole: “¿por qué permitís que nosotros tengamos que pasar por debajo de vuestros esclavos?”. Nuestro jefe supo explicarles que nosotros ignorábamos los usos del país, y volviéndose luego contra nosotros, nos dijo en bajo alemán[8]: ”Oh amigos míos, colocaos de un costado o sino bajad, porque estos pueblos no quieren pasar por debajo de ningún puente ocupado por otros”.


Esos Grandes eran casi todo hombres de edad corpulentos, con una expresión de majestuosidad en sus facciones, muy ceremoniosos en sus movimientos y exagerados en sus expresiones.


Hecha la ceremonia de la recepción, entregó nuestro capitán al jefe de las oficinas holandesas la carta destinada al rey de Arakan y luego se comenzó a obsequiar a los sicas y otros de los principales nobles con paquetes conteniendo pimienta, clavos de especia, moscada, canela como así también, un espejo con marco dorado, con todo lo cual se mostraban sumamente satisfechos y pudimos leer en sus rostros que sus ceremoniosas etiquetas no eran más que el manto que cubría un vehemente egoísmo. Así cuando terminó la visita cargó cada uno, sin tener en cuenta rango ni dignidad, con su regalo a cuestas para embarcarse en sus respectivas jeliasas, acompañados por las autoridades holandesas, tanto de las oficinas como de nuestras naves. Nuevamente tronaron los cañones y sonaron las trompetas, flautas y tambores. A fin de apresurar el viaje de regreso y no cruzar por debajo de ningún puente con los nobles y la carta real, cosa que interpretaban como un rebajamiento, recorrieron solo un pequeño trecho hasta el lugar donde esperaban elefantes, ricamente engalanados que habían de conducirles a todos primero a nuestras oficinas y de allí a la ciudad capital del reino.


Mientras esperábamos el momento en que nuestros jefes podrían presentarse ante el rey de Arakan y ofrecerle los obsequios y la carta, nos llegó una tristísima noticia: El yate holandés “Coromandel” que en viaje desde Paliacate, situada en la costa de Coromandel, con destino al reino de Pegu[9] había sido sorprendido por una tempestad en la que naufragó, causando la muerte de algunos centenares de personas. La nueva nos la trajeron algunos de los pocos sobrevivientes que lograron salvarse en los botes salvavidas.


Según nos narraron, conducía la nave alrededor de treinta tripulantes y unos quinientos pasajeros de distintos pueblos orientales, siendo en su mayoría comerciantes que en compañía de sus esposas, hijos y esclavos se dirigían a Pegu con fines de comercio. El viaje debía durar unos ocho días. Con el tiempo más hermoso habían abandonado el puerto de Paliacate y ya faltaba poco para llegar a destino cuando sobrevino la tempestad. La alegría que reinaba entre el pasaje enmudeció de pronto ante la furia de las aguas. La frágil navecilla sobrecargada resistía a pesar de sacudirse violentamente, pero cuando una repentina ráfaga de viento inclinó peligrosamente el esquife, perdieron los aterrados pasajeros el pie y rodaron hacia el costado inferior del barco, que perdiendo su estabilidad se tumbó con un golpe de mar.


Los sobrevivientes casi no encontraban palabras para narrar el episodio que sucedió a continuación de este accidente. El barco poseía un pequeño bote y una canoa que consiguieron poner a flote y en los que entre holandeses y naturales cupieron en total unas treinta y cuatro personas. Estos en un instante se sobrecargaron de náufragos y mientras se veían los cuerpos de numerosas mujeres con el de un tierno hijo fuertemente abrazado, flotar a merced de la furia de los elementos, apresurábanse cuantos supieran nadar en dirección a las frágiles navecillas que con su ya excesiva carga humana amenazaban hundirse y quedó entonces demostrado el egoísmo humano en la lucha por la vida; muchos de estos infelices, que en un esfuerzo sobrehumano lograron asirse a las navecillas, fueron rechazados por los que habían conseguido cabida en los mismos, y a golpes y mordiscos se obligaba a los desdichados a desprenderse del único sostén de salvamento para hundirse sin esperanzas bajo las espumas de las furiosas olas. Algunos otros trataban de ganar el caso tumbado del yate que habían escalado varias mujeres y niños, indudablemente esposas e hijos suyos, pero antes de conseguir su propósito un golpe de mar arrebató a sus seres queridos sin darles el consuelo de un postrer adiós.


Poco a poco fueron desapareciendo definitivamente los desesperados nadadores y las navecillas iniciaron su peregrinación en busca de la costa. Separados durante la tempestad, lograron los de la canoa llegar felizmente a la tierra de Arakan, donde fueron muy bien recibidos. Los del bote, en cambio, navegaron sin rumbo fijo durante una semana y cuando finalmente pudieron desembarcar, hambrientos y desfallecidos, resultó la tierra hallada una isla deshabitada, en cuyos bosques no hallaron árboles frutales ni plantas algunas para su manutención. El hambre les obligó a masticar las hojas agrias de tamarindo. Durante una quincena moraron en ese lugar, pero cuando comenzaron a sufrir los primeros agudos trastornos digestivos comprendieron que les quedaban pocos días de vida si continuaban en ese lugar, por lo cual resolvieron reembarcar nuevamente, alcanzando finalmente la tierra firme del Arakan.

 

En un principio fueron bien recibidos por los campesinos nativos, pero cometieron la imprudencia de decir que habían naufragado en camino al Pegu, nación con la que el Arakan se hallaba en guerra, por lo cual fueron considerados como colaboradores del enemigo, pidiéndose para ellos la pena de muerte que sólo el rey podía ordenar para hacer efectiva; con este motivo se dispuso enviarlos a la capital del reino. Fueron, pues, engrillados, con una soga al cuello, bajo la aplicación de repetidos azotes y casi sin alimentación conducidos de ciudad en ciudad, en cada una de las cuales debían comparecer ante las principales autoridades que generalmente terminaron por repudiarlos. Sin embargo, en una de estas poblaciones fueron conducidos ante un personaje de alto rango que se hallaba en compañía de numerosas personalidades, entre los que había no pocas damas. El anciano marino holandés, Juan Horl, quien dominaba mejor el idioma arakanés, resolvió dirigir la palabra a los magnates en pedido de clemencia, pero durante las exageradas genuflexiones que exigía las etiqueta oriental, se le escapó una ruidosa ventosidad, efecto de la gran inflamación que había ocasionado la alimentación con hojas de tamarindo. El hecho ocasionó indescriptible indignación entre los personajes naturales, quienes haciendo muecas de repudio exclamaban: “¡fiu! ¡fiu”! (vergonzoso, vergonzoso). El anciano marino quedó como petrificado de espanto porque sabía que lo sucedido bastaba para merecer según el concepto arakanés el más horrible de los suplicios. Felizmente no perdió su serenidad el tercer capitán, Juan Spring, que como le fué dable supo dar a entender que el acontecimiento ocurrió como efecto de las peripecias sufridas. Logró de este modo que esos personajes se apiadaran de ellos e intercedieron para que recibieran mejor alimento y menos castigo, como así también que se les librara de las esposas y de la soga puesta alrededor del cuello y se les permitiera hacer el resto del viaje en una galera nativa a fin de evitar el cansancio de tan larga caminata.


A bordo de esta embarcación pasaron una mañana al lado de nuestras naves, comenzando a dar gritos que nosotros oímos. Intercediendo por nuestros paisanos no tardaron en obtener su liberación.


Finalmente llegó el día en que su arakanesa majestad se dignó conceder una audiencia a los holandeses para que estos le hicieran entrega de la carta y los obsequios. Para tal fin, según lo exigía la etiqueta, fueron enviados varios elefantes ricamente adornados, como así también una comisión para conducirlos


A partir de la legación holandesa abría la comitiva el cautval, o sheriff, señor en jefe de la populosa Bandel, quien sentado sobre un enorme elefante era conducido en actitud de gran dignatario y rodeado de una guardia personal, sirvientes y esclavos, quienes le seguían descalzos y sumisos. A continuación, sobre otro elefante y rodeado de idéntica servidumbre marchaba el ros o vice sheriff. Luego venía un cuerpo de músicos arakaneses que con sus instrumentos a viento congregaban a la población indígena. Detrás de estos músicos seguían los elefantes conductores de los representantes holandeses y sus obsequios, consistentes en diversos objetos de origen japonés, como así también espejos, géneros punzó, especias y otras cosas. El primer lugar lo ocupaba, naturalmente, el jefe local de las oficinas de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, señor Gerardo van Voorburg, quien de tanto en tanto, mostraba al pueblo la carta dirigida al rey para demostrar así, de acuerdo a la costumbre arakanesa, la buena amistad y relaciones existentes entre ambos países. El último elefante conducía al jefe de nuestra escuadra, Jacobo Heinzoom Mooner, a quien acompañaba el mercader holandés Diego Fraai. Cerraba la comitiva un cuerpo de mosqueteros holandeses, quienes durante la marcha daban salvas con sus armas de fuego.


Cuando la comitiva se puso en marcha tronó la artillería pesada de nuestras naves, y una vez llegados frente al palacio real, apearon el cautval y el ros, como así también nuestro legado, almirante y mercader, y fueron conducidos a través de tres grandes puertas de material que abrían el paso cada una a igual cantidad de altas y resistentes paredes que rodeaban el palacio real. A su paso se hallaban gran multitud de dignatarios, cortesanos, alabarderos y guerreros nativos. Luego se les indicó que los tres holandeses tenían que descalzarse a fin de evitar que deshonraron el sitio señorial y a continuación atravesaron varios aposentos lujosos hasta que entraron en el salón de recepción donde hallaron a los grandes sicas sentados según uso oriental, sobre valiosísimos tapices. Apenas entraron los holandeses hubieron de arrodillarse con la cabeza inclinada hasta el suelo y taparse los ojos con las manos, en cuya humilde posición habían de esperar la llegada del rey. El monarca no tardó en aparecer, inclinándose entonces también los más altos dignatarios nativos, pues según la etiqueta se consideraba una grave falta dirigirle la mirada y como una clemencia especial para con los extranjeros que por falta de costumbre podrían delinquir sin quererlo, se hallaba al lado de cada holandés un camarlengo que tomándoles de la cabeza evitaba que pudieran levantar o torcerla. Entregada la carta y los regalos por intermedio del intérprete nativo, gran dignatario de su majestad, pidió el rey por la salud del gobernador de las Indias, al que como gesto de complacencia llamaba “su hermano”. Luego dispuso compensar los regalos recibidos: consistían en cuatro pedazos de lienzo cuyo valor no alcanzaba a tres rijks aalders[10] y que eran colocados sobre la cabeza del señor Gerardo van Voorburg. Al capitán y al mercader se les obsequió con idéntico género, los que, como es de suponer, demostraron profundo agradecimiento por tal “gracia”.


Puede comprenderse la avaricia de este rey que en riqueza y poderío no era eclipsado por ningún rey de la India. Terminada la recepción retiróse el monarca nuevamente y se les permitió a los holandeses abandonar su posición tan extremadamente incómoda y en compañía de los notables emprendieron el viaje de regreso en el mismo orden y esplendor que a la ida.


A pesar de las medidas tomadas para que nuestros enviados no vieran al soberano, pudieron, sin embargo, disimular alguna mirada furtiva. Era el soberano un joven de unos dieciocho años de edad, corpulento y bastante blanco de cuerpo. Vestía una túnica escarlata y un turbante adornado con brillantes. Llevaba además, brazaletes de oro, valiosísimos pendientes y collares de perlas y diamantes.


Habíamos llegado a este país con el propósito de tomar un cargamento de esclavos de ambos sexos, como así también una partida de arroz. Pero como este producto estaba aún en flor, nos vimos obligados a permanecer hasta la época de la cosecha.


Teníamos así tiempo para visitar diversos pueblos y campiñas de esta región. A veces hacíamos largos paseos por tierra, o embarcados en un lakno de nuestra compañía naviera. Estas embarcaciones son una especie de galera, movida por cuarenta remeros y sobre la cual se extendía una hermosa carpa con mesa y bancos. Con esta nave solíamos recorrer los ríos, todos de corriente muy rápida. En todas partes encontrábamos la población muy ocupada con la ganadería y la agricultura. A veces visitábamos las montañas que se encontraban a nuestra diestra, cubiertas de matas, pero no por ello desprovistas de senderos. De noche abundaban por allí tigres, víboras y otras alimañas, pero de día se podía pasear por allí sin peligro alguno. Desde las cimas de estas montañas se distinguía la ciudad real y su palacio con los techos dorados, como así también un enorme número de pagodas y templos arakaneses que se hallaban dispersas por todo el país. A veces nos dirigíamos a los tanques, que son fuentes de agua y que son muy abundantes en el continente asiático. Generalmente tienen la forma de un cuadrángulo y algunos medían hasta sesenta y aún cien varas[11] y son muy útiles para personas y animales; nosotros a veces nos bañábamos en estos tanques.


Los elefantes abundan en las selvas y no son cazados por la violencia sino mediante astucia, con la ayuda de elefantes ya amansados. Preparan para tal fin lugares cercados dentro de los cuales los animales ya domesticados hacen el papel de señuelos. Atrapados algunos, saben atarles de tal manera que no pueden emplear su hercúlea fuerza para romper las ligaduras. Conducidos luego a los establos, son amansados por personas especializadas hasta tal punto que parece que entienden cuanto ellos les dicen. Llegan entonces a ser tan obedientes, manuables y majestuosos que es realmente admirable verlos andar. Los moros los venden luego por buen precio que algunas veces alcanza a las mil rupias.


Cuando nos dirigíamos por los ríos tierra adentro y desembarcábamos para visitar los poblados y campos, nos veíamos siempre inmediatamente rodeados por una gran multitud de curiosos. Algunos de éstos, que parecían ser los personajes más importantes del lugar, nos invitaban amigablemente con su saludo oriental, el salaam, a detenernos unos instantes para que nos pudieran observar mejor, cosa que revelaba que no habían visto nunca hombres blancos. Si acampábamos en algún lugar para merendar, comida que consistía en gallinas, patos u otras aves fritas que gustábamos en compañía de un buen vasito de sake, o sea vino persa, aparecían muchos saltarines, bailarinas y otros ejecutores de pasatiempos que por una moneda exhibían su arte.


En uno de estos paseos visitamos la pagoda principal de una población donde se hallaba uno de los ídolos más gigantescos de todo el reino. Para llegar al templo había que subir una larga escalinata esculpida en las rocas. La monstruosa figura se hallaba sentada, como todas las deidades arakanesas, con sus piernas bastas dobladas bajo el cuerpo. Estaba moldeada en arcilla endurecida y pintada de negro. De los lóbulos de sus orejas, que según la usanza de los naturales de esta región están tan estirados que descienden hasta los hombros y se hallaban cubiertos de perforaciones, pendían valiosos pendientes de las más variadas y curiosas formas. A fin de que el ídolo no tuviera frío, había sido cubierto con ricas telas también a la moda de sus adoradores. El rostro y vientre del fetiche estaban dorados. Delante de él se hallaban depositadas coronas de flores, como así también especias, gomas, frutas, arroz, numerosos artículos de seda, algodón, hilo, etc., a fin de que no pudiera carecer de nada.


Mientras nos hallábamos dentro del templo, llegaron los talpos (sacerdotes arakaneses), los que después de arrojarse delante del ídolo, depositaron con extrañas muestras de humillación sus ofrendas consistentes en olorosas especias y flores, demostrando luego en cánticos y la ejecución de infinidad de gesticulaciones y caprichos su fervor religioso.

El templo era amplio, circular y terminando su parte superior en forma piramidal. Estaba edificado sobre una gran roca, por lo cual había que subir no menos de treinta tramos. Casi todas las pagodas y templos idólatras que pudimos divisar se hallan edificados sobre colinas, montañas y rocas.


Cada lustro, generalmente el día 15 de noviembre, abandona el rey de Arakan su palacio para presentarse en público ante toda la ciudad real. Pero ni el día anterior ni el posterior le está permitido a nadie dirigirle la mirada; y si hay alguien que cumbrara tal posición que su real majestad le concediera la gracia de mirarle, es el agraciado elevado hasta los cielos por la opinión popular y venerado como un dios.


El día de la exposición real era pues esperado con marcada ansia. Ya cuando a nuestra llegada, recorrían mensajeros y emisarios todo el país para poner en conocimiento de todos los súbditos que la aparición del rey en público tendría lugar el día 15 de noviembre (1660). Al anuncio se unía el mandato de que todos los súbditos sanos de ambos sexos comprendidos entre los dieciocho y sesenta años debían congregarse en la ciudad real a fin de presenciar la aparición del rey. Cuantos desobedecían esta disposición habían de pagar una multa equivalente a cincuenta centavos moneda holandesa.


Constituía esta medida indudablemente una manera para procurarse un respetable caudal, pues los habitantes de las lejanas y populosas regiones preferían en su inmensa mayoría pagar esta pequeña multa antes que realizar un costoso viaje hasta la capital. A pesar de ello, era enorme el número de nativos congregados. Los caminos estaban abarrotados de la multitud que durante varios días se movía ininterrumpidamente en dirección a la corte real.


Los ríos se hallaban virtualmente cubiertos con embarcaciones de diverso calado; algunas de éstas eran sumamente hermosas, viéndose dentro de un magnífica carpa con las cortinas recogidas, a hombres, mujeres y niños sentados sobre alcatifas, tapetes y colchones, sobre los cuales dormían durante la noche; sus esclavos, mientras tanto, surcaban las aguas con sus pangayas, o remos, a fin de apresurar el viaje. Muchas de estas naves pasaban frente a nuestros buques, a los que observaban con una marcada curiosidad, especialmente los adornos de alto relieve de las torres de popa y arriba de las galerías.


Finalmente, estaba la ciudad de Arakan colmada de gente ansiosa de presenciar la magnífica y esplendorosa aparición del rey. Cuando llegó el tan esperado día se habían levantado alrededor del palacio – que se hallaba situado en el centro de la población – numerosos palcos, tribunas y escenarios, como así también un importante stock de fuegos artificiales. Las calles principales hallábanse despejadas y provistas, donde lo creyeron necesario, de apoyos y cercos: estaban además cercados ambos costados por una fila de soldados y servidores para evitar que la inmensa multitud pudiera invadir el lugar destinado para el paso de la comitiva real.


Al son de trompetas, hautbois y tambores, se abrieron las grandes puertas de la residencia real e hizo su aparición el soberano sentado sobre un elefante blanco. Se hallaba vestido con valiosos tejidos asiáticos adornados con perlas y toda clase de piedras preciosas. Sobre la cabeza llevaba un turbante real y una corona de inmenso valor. Cubríale un magnífico dosel sujeto en el lomo del elefante, sobre cuyo cuello se encontraba sentado un noble arakanés para guiarlo.


El elefante que era de enorme estatura, se había cubierto con tapices en los que se veían brillar muchas perlas. Algunos hombres llevaban una sombrilla a fin de evitar que los rayos solares molestaran al monarca. Rodeábanle muchas personalidades, como asimismo una resplandeciente guardia armada.


Seguía al soberano un príncipe moro, y detrás de éste los grandes sicas y otros nobles del país, cada uno sentado sobre un elefante lujosamente ataviado y, como el monarca, rodeados por guardias, camarlengos y músicos; constituía todo ello en conjunto un desfile de singular esplendor y majestuosidad.


Es imposible describir el inmenso tesoro en joyas, perlas, rubíes, toda clase de piedras preciosas, oro, plata y tejidos costosos exhibidos en este desfile. Una multitud de banderas bordadas, insignias y sombrillas encantan asimismo la vista. Los soldados que se alineaban a lo largo de las calles y plazas vestían ropas de lienzo blanco y estaban armados con espadas desenvainadas, picas, lanzas, arcos, saetas, escudos, catapultas y fusiles de poco calibre. Cerraban el desfile los talpos (sacerdotes) y músicos.


De esta manera recorría el rey con su nobleza, cortesanos y Grandes del país los barrios principales de la ciudad para regresar finalmente a la gran plaza frente al palacio real. Entonces se verificaba el tradicional juramento popular de fidelidad al soberano, retumbando al aire la voz de la inmensa multitud al pronunciar su voto de obediencia. A esto seguían salvas de artillería, se lucían músicos y cantores, y habiendo caído mientras tanto las tinieblas de la noche, se encendían fuegos artificiales, arte en que se distinguían los arakaneses por encima de los demás pueblos de la India. La fiesta se clausuraba con cantos y piezas teatrales, ejecutadas desde los escenarios levantados, mientras que el rey y su corte regresaban al palacio. Después de haber pasado la mayor parte de la noche en diversiones de toda índole, regresaba cada uno a su hogar o alojamiento y a la mañana siguiente partían los forasteros de vuelta a sus pueblos.


Sin embargo, luego de la alegría de esta fiesta, levantóse un negro nubarrón que puso a todo el país en gran apuro, pues un soberano moro venía huyendo a buscar un amparo en el reino de Arakan.


A fin de que el lector pueda darse una idea de los acontecimientos que dieron lugar a este suceso, diremos algo sobre su origen:


El Gran Mogol de la India Mayor, llamado Choran Schach, o también Chach Jehan, que significa “rey del mundo” tenía cuatro hijos y dos hijas. El mayor de aquellos, el sultán Dara, era astuto pero muy orgulloso y de mal genio, por lo cual se hizo odioso ante su pueblo y magnates. El segundo hijo, Chasausa, otros le llamaban sultán Suiag, o sea “soberano valiente” era más bondadoso, pero en cambio su pasión por el bello sexo le hacía desatender las obligaciones del Estado, lo que fué finalmente la causa de su perdición. El tercer hijo, Orang Chef o Aureng Zeeb, que traducido dice “joya del trono”, era muy simulador; fingía despreciar el trono y el lujo de su rango para, en cambio, aspirar a hacerse fakir o derviche, por lo cual se hizo amado de todos y hacer general el voto de que él y no su hermano mayor, siguiera a su padre en el trono del Gran Mogol.


El hijo menor, Morad-Bakche, o sea “los deseos satisfechos”. Era muy bueno de carácter, pero demasiado afecto a la bebida y al deporte de la caza. Sin embargo, habría habido posibilidad para él de ascender al trono si hubiera sabido unir a su valentía un proceder prudente y acertado.


De las dos hijas del Mogol, era la mayor Begum Zahed, que significa “maestra de las soberanas”, era una princesa alegre y suspicaz que procuraba ganar la simpatía de su padre para sí misma y para su hermano mayor. La segunda, llamada Begum Rauchenara (“Luz de los príncipes”) no era tan hermosa ni ingeniosa como su hermana, pero sí de un carácter alegre. Amaba a su hermano Orang Chef y, según se presumía, le mantenía al tanto de todos los secretos de la corte.


Cuando el Gran Mogol notó que una creciente envidia dividía a sus hijos en la que mutuamente trataba cada uno de asegurarse la herencia del título paterno, cosa que comprendía sumamente grave para la unidad del país, en vista de que todos ellos estaban casados y contaban con muchos prosélitos entre los Grandes de la nación. En previsión de hechos fatales dispuso separarlos y darles el dominio de un reino. Con ese fin dió a Dara las regiones de Kabul y Multan; Bengala al sultán Chasausa; Decan a Orang Chef, y Guferate a Morad Bakche. Por lo menos en apariencia tomaron agradecidos la posesión de estos dominios, aún cuando el sultán Dara, en su calidad de su hijo mayor residía generalmente en el palacio de su padre. Desconfiando los unos de los otros tenía cada uno un ejército poderoso so pretexto de estar al servicio de su progenitor.


Mientras tanto surgió un conflicto interno en el reino de Golconda[12] cuyo soberano temía la creciente influencia de su mariscal Yembla. Esté, siendo persa de origen y por lo tanto de otra religión, se enriqueció saqueando los templos paganos no sólo de Golconda, sino también del reino de Carnática[13]. Cuando surgió, pues, el conflicto entre el rey de Golconda y el emir Yembla, púsose éste en relación secreta con Orang Chef, a quien prometió el reino si lograra apoderarse de la persona del monarca. Convinieron que éste lo realizarían mediante una treta que consistía en fingirse mediador en el conflicto, pero cuando el hijo del Mogol se aproximaba al frente de un ejército, descubrió el rey a último momento la trama y tuvo tiempo apenas para huir a la famosa fortaleza de Golconda. Orang Chef se apoderó de todos los bienes del monarca, excepto de sus mujeres. No pudiendo tomar la fortaleza, firmó una paz ventajosa, en la cual se disponía que su hijo el sultán Machmout se casaría con la hija mayor del emir Yembla y que esta pareja heredaría el trono del reino.


El mariscal Yembla supo ganarse mientras tanto la confianza del Gran Mogol, en quien éste esperaba hallar un eficiente colaborador para guardar la paz entre sus cuatro hijos. Pero habiendo enviado al mariscal en una expedición al reino de Visapur, enfermó el anciano Gran Mogol que ya contaba con 70 años de edad, motivando gran efervescencia entre los hijos, pues sabedores éstos que su padre cuando se aseguró el reino, hizo asesinar a sus hermanos, correrían ellos igual suerte por parte del que ahora consiguiera abrirse camino a la corona.


Una falsa noticia sobre la muerte de Choran Schach llevó a la India a la mayor confusión. El imprudente Chasausa, príncipe de Bengala, apoyándose en su poderío y la ayuda que esperaba de los persas, se puso en campaña, anunciando que su hermano mayor había envenenado a su progenitor y por lo tanto era indigno para ocupar su sitio. Inútilmente se le enviaron datos fehacientes, inclusive una carta de su padre, para indicarle que el Gran Mogol estaba casi completamente restablecido de una ligera enfermedad, pues Chasausa continuaba acusando a Dara como parricida y que estaba dispuesto a salvar la sucesión paterna de manos innobles. El Gran Mogol envió entonces a su nieto Soliman Chekouk, hijo de Dara, al frente de una poderoso ejército contra el hijo sublevado, aunque con el encargo de tratar por todos los medios de convencerle, pero al notar que su tío sin querer escucharle se dispuso a presentarle batalla, no le quedó más remedio que organizar la resistencia y con tan buen tino, que el atacante fué vencido, dejando gran cantidad de parque en manos de su joven sobrino.


Pero a pesar de esta victoria quedaba un peligro aún mayor, pues el astuto Orang Chef supo ganar mientras tanto, con las falsas promesas, a su hermano menor, Morad-Bakche, y al emir Yembla, cuyos ejércitos unidos marcharon contra la capital Agra. En vano envió el Gran Mogol sus dos más preclaros mariscales para hacer frente a este formidable ejército; una derrota completa fué inevitable. Morad-Bakche, a quien su hermano había engañado ofreciéndole el trono sin otro requisito para sí mismo que permitirle una posición honrosa dentro del imperio, quiso hacer masacrar a las tropas enemigas ya dispersas y apresurar la entrada en la capital, a lo que Orange Chef se opuso astutamente, pues era su intención saber si su padre y en especial la nobleza, estaría de su mano para lograr sus verdaderas intenciones. Dara, sin embargo, aprovechó la circunstancias para recorrer el país con el consentimiento de su padre, logrando reunir noventa mil jinetes y veinte mil tropas de infantería, ejército mucho mayor que el de sus hermanos, a pesar de que éstos habían logrado la colaboración de muchos pequeños rajás o reyezuelos que moraban en regiones montañosas casi infranqueables, donde bajo la apariencia de servir al Imperio se enriquecían con el saqueo y otros medios atentatorios al buen orden.


El emir Dara ardía de deseos de medirse con sus competidores, por lo cual, a pesar de las advertencias de sus generales y aún de su padre, no esperó el avance enemigo sino que pasó directamente a la ofensiva. La lucha fué ardua, pues también sus hermanos enardecían a sus soldados a la resistencia y la victoria, pero luego de varias alternativas comenzaron los ejércitos de los aliados a retroceder y finalmente, pese a la desesperada energía de sus jefes, se dieron a la fuga en completo desorden. Pero uno de los generales de Dara, que en secreto conspiraba contra éste, le indujo a abandonar el elefante sobre el que condujo a su gente a la victoria y montar a caballo para así perseguir y diezmar con más éxito a las tropas fugitivas por las regiones montañosas casi infranqueables. Esto fue su perdición. Sus soldados, que según el uso oriental no forman filas ni cuerpos ordenados, por lo cual basta muchas veces un mero rumor para desorientarlos completamente, al ver el elefante del príncipe sin su jinete creyéndole muerto, por lo cual se apoderó de ellos el desaliento y la confusión, circunstancia que aprovechó otro de sus generales, Calil Ullachan, quien también odiaba a su jefe, para pasarse con treinta mil hombres al enemigo.


Morad-Bakche, reanimado con este refuerzo inesperado y comprendiendo por los gritos y lloriqueos de lo que ocurría en el campo vencedor, consiguió reunir nuevamente gran parte de sus tropas y tomó la ofensiva contra los ahora inactivos vencedores, que casi sin resistencia fueron diezmados en terrible matanza.


El desleal Orang Chef cantó a su hermano menor como el héroe predilecto de esta jornada y diciéndole que desde ese momento le consideraba su señor y soberano. Hizo además comparecer ante sí al general Ullachan para que expresara su adhesión y obediencia al joven Bakche, quien acariciado en su orgullo se creyó ser ya rey de reyes del Indostán, por lo cual no pudo suponer que su hermano en secreto trabajaba por ganar para sí mediante emisarios, cartas, obsequios y sugestivas promesas a los principales magnates del país, asegurándose así el camino de escalar el tan codiciado trono de la India Mayor[14].


El desdichado sultán Dara, viéndose repentinamente abandonado de todos, no pudo hallar seguridad para su vida en Agra, por lo que, aconsejado por su anciano padre, huyó con sus mujeres, hijos y una pequeña corte a Delhi. Orang Chef, mientras tanto, trataba mediante halagüeñas promesas, regalos y graves amenazas, ganarse a Soliman Chekouk, quien en persecución de Chasausa se hallaba aún al frente de un ejército. El hijo de Dara al oír la situación creada, dejó caer el ánimo. En esta circunstancia fué aconsejado por algunos de sus generales, que en secreto ya se habían plegado al enemigo, para abandonar sus tropas y buscar en las montañas el amparo de algún rajá o reyezuelo. Así lo hizo, pero uno de aquellos, ya entendido con el rajá Yesingue, tendieron al fugitivo una trampa, asaltándole infamemente en el camino y robándole todos sus tesoros que había procurado poner en seguro.


Mientras esto ocurría situóse Orang Chef delante de las puertas de Agra y escribió una carta a su padre, el Gran Mogol, en la que le exponía su dolor por la triste situación en que había caído el país y de la cual culpó a Dara, como así también que anhelaba fervorosamente presentarse ante él para demostrarle su amor filial y rendirle obediencia. Esta carta le fué enviada por un eunuco quién convenientemente instruido de su misión, supo conducirse de tal modo que el anciano quedó en extremo conmovido. Sin embargo, al consultar luego a sus consejeros privados, recordose el carácter falaz y ambiguo de ese hijo, por lo cual se resolvió atraerlo dentro de la ciudad para luego apoderarse de su persona y poner a buen recaudo.


Con tal fin le fué enviada una carta de su padre en la que éste le aprobaba su proceder y conceptos sobre el proceder de Dara y que el Gran Mogol anhelaba a su vez estrecharle en sus brazos para así entre los dos disponer el gobierno de la gran nación.


Si es que el astuto Orang Chef malició o que alguno de sus múltiples espías que se movían en todas partes le puso al tanto de las cosas, no es posible saberlo, pero lo cierto es que a pesar de enviar más cartas con los mismos deseos de antes no se presentaba personalmente bajo cualquier pretexto, pero mientras tanto trabajaba activamente para ganarse los principales funcionarios de gobierno que aún apoyaban a su padre. Cuando finalmente consideró que había llegado el momento de obrar, envió inesperadamente una misiva a su progenitor anunciándole su visita. Pero tampoco en esta oportunidad presentóse personalmente, sino que envió a su hijo el sultán Machmout, quien cumpliendo las órdenes de su padre, entró enérgicamente en la ciudad al frente de un cuerpo de ejército, derribando a sangre y fuego todo cuanto creyó capaz de ofrecerle resistencia o serle desafecto. Ni aún el castillo real se libró de esta masacre.


Hecha esta “limpieza” entró Orang Chef triunfalmente en la ciudad y sin siquiera visitar a su padre dispuso que éste fuese encerrado, aún cuando le hizo llegar la promesa que le visitaría una vez que lograra la paz y unidad del país.


Los dos hermanos triunfantes fueron adulados como dioses hasta por aquellos que habían sido sus más francos adversarios. Los cortesanos y demás dignatarios, según la humillante costumbre mora, se sometieron ante ellos reconociéndoles como reyes del mundo.


Una vez dispuesto todo nombró Orang Chef a un tío suyo llamado Chah Chestan, un hombre tan falaz como él mismo, intendente de Agra y se marchó en unión de su hermano a quien siempre mantenía engañado con la falsa promesa del trono. Tomaron el camino a Delhi para apoderarse de Dara y enviarle a mejor morada.


Ya en camino recibió Morad Bakche varias cartas de sus mejores amigos en las que le advertían de la falsedad de su hermano; hasta un día se le informó secretamente que si no se cuidaba mucho, en esas mismas horas caería víctima de una ignominiosa trampa. Todas estas advertencias cayeron empero en saco roto, pues su hermano le había jurado sus promesas sobre el corán, cosa que según concepto islamita era un pacto inviolable. Llegada la noche invitó Orang Chef a su hermano para pasar un rato agradable dentro de su carpa. Este acudió confiadamente y fué recibido de la forma más halagadora. Disimuladamente le hizo beber tanto vino que el joven perdió el control de sus actos. Conseguido esto fingió irse a dormir, pero encargando a algunos jefes cómplices de la trama que continuaran haciéndole beber hasta que perdió por completo el conocimiento. Al ser informado de ello presentóse el ladino Orang Chef repentinamente, y demostrando inmensa indignación hizo despertarle brutalmente y le increpó por su “inmoral glotonería” mientras que preguntaba a los oficiales que hizo reunir, si semejante “bestia” era digna para llevar la corona real. Dispuso por tanto que se le atara de manos y pies y que fuera conducido a la fortaleza de Slimger, situada en las inmediaciones de Delhi, donde permaneció bajo severa vigilancia. Hizo publicar a grandes voces por todo el país que Morad Bakche era un infame beodo[15] haciendo correr además la versión que no sólo había injuriado a su hermano sino también a toda la nobleza y vomitado tales ultrajes que fué de imperiosa necesidad reducirlo a fin de evitar que arrojara al ejército y a la nación entera en la más deplorable desorientación.


Obsequiando luego a jefes y soldados y haciendo las promesas más halagüeñas supo ganarse todas las fuerzas armadas, incluso toda la nobleza de Agra[16] como así también las tropas adictas a su tan traidoramente vencido y calumniado hermano menor.


El desdichado sultán Dara que como sabemos había huído a Delhi, al comprender que allí no podría hacer frente con sus reducidas fuerzas al poderoso ejército de Orang Chef, se trasladó con sus familiares, amigos y tesoros a Lahore y de aquí, al verse siempre perseguido, a Multán, que es una ciudad y provincia que se halla situada a orillas del río Indo. Pero continuamente en peligro dirigióse finalmente a la fortaleza de Tatabakar, edificada sobre la isla del Indo.


Orang Chef, en la imposibilidad de apoderarse fácilmente de su hermano y comprendiendo que una ausencia demasiado prolongada de Agra sería nefasta para sus propósitos, abandonó la persecución y volvió a la capital; llegado supo que no sólo el sultán Chasausa se aproximaba al frente de un poderoso ejército sino que también Soliman Chekouk, hijo de Dara, consiguió reunir numerosa gente armada con la cual venía marchando a paso redoblado.


Orang Chef arrojóse decididamente sobre las tropas del primero, que se había hecho fuerte en diversas colinas situadas a lo largo del río Jemina. Sus esfuerzos resultaron estériles, pues además de no conseguir desalojar al ejército de Chasausa de sus posesiones se le sublevó Jessomsingue, antiguo mariscal del Gran Mogol quien sorpresivamente atacó la retaguardia de su jefe y saqueó sus tesoros, parque y provisiones. Orang Chef viéndose pues atacado por todos los lados perdió el control sobre sus aterradas tropas y hasta los esfuerzos del valiente mariscal Yembla hubieran sido estériles si Chasausa no hubiese cometido el mismo error que Dara, lo que varió la situación de combate. Aquél también abandonó su elefante para dirigir con el mayor éxito la masacre del enemigo vencido y a su vez creyeron sus soldados muerto al jefe cundiendo entre ellos la confusión que aprovechó el contrincante para convertir su derrota en victoria, la que resultó tan aplastante que Chasausa apenas pudo salvar su pellejo. El vencedor le hizo perseguir por Yembla al que prometió que si lograra alcanzarlo y darle muerte le ofrecería aparte de ricas recompensas, el ducado de Bengala.


El vencido al saberse perseguido logró reunir en su huída nuevamente los restos de su ejército disperso y aún cuando no pudo evitar algunas escaramuzas con las vanguardias de Yembla, supo ganar la orilla opuesta del río Ganges, donde sorprendió a ambos contendientes la iniciación de la temporada de las lluvias que paralizó todas las operaciones militares durante cuatro o cinco meses. Pero durante ese tiempo se acusó a Machmout, hijo de Orang Chef, que acompañaba a Yembla, de haber intentado entenderse con su tío, por lo cual cayó en desgracia ante su padre quien le ordenó que se presentara ante él, para justificarse, pero al mismo tiempo dispuso que fuera asaltado en el camino, apresado y conducido a la fortaleza de Gualor donde en compañía de su tío Morad Bakche había de gastar el resto de su vida.


Mientras Yembla iniciaba la persecución de Chasausa, había el infeliz Dara abandonado la fortaleza de Tabakar y con sus reducidas fuerzas ocupado la población de Ahmedabad donde trató de hacerse fuerte. Pero prestando por su desgracia oídos a las falsas promesas de Jessomsingue; éste al ver la triste situación de su amo se había puesto secretamente al servicio de Orang Chef, pero fingiéndose siempre fiel a Dara, propuso y obtuvo que éste abandonara la ciudad para unirse con las fuerzas de Jessomsingue; pero cuando luego de un largo y cansador viaje llegó al punto de destino no halló al que creyó su colaborador sino tropas adictas a su hermano, fué tal la sorpresa y desaliento general que sus tropas exhaustas se negaron a combatir cuando el enemigo les presentó batalla y sólo con un puñado de hombres logró escapar de la masacre. Huyó primero a Ahmedabad, pero como el gobernador que se había declarado partidario de su hermano le negó la entrada, no le quedaba más reparo que buscar su salvación en los campos despoblados donde deambulaba con sus mujeres e hijos sin amparo alguno hasta que finalmente fué atrapado de una manera infame y conducido esposado a Delhi donde su hermano sin compasión alguna le hizo desfilar por las calles en la forma más denigrante y cuando finalmente creyó satisfecha su venganza dispuso fuera degollado en su prisión. Su sobrino Solimán Chekouh con otros partidarios de Dara fueron eliminados, según se afirma, por un veneno lento, pero supo hacerlo de tal manera mediante la colaboración de unos delincuentes que había sobornado, que su hermano Morad Bakche fuera acusado de ser el instigador de esas muertes. Llevado ante un tribunal fué declarado culpable y ejecutado mediante torturas inenarrables.


Chasausa constituía ahora pues el único obstáculo que podía oponerse aún a los anhelos del monstruoso fratricida, y para conseguirlo fueron ideando tal de planes y medidas. Yembla recibió orden de apoderarse de su persona a cualquier costo y precio. El sultán había sin embargo reunido mayores fuerzas y comprado varias piezas de artillería a los holandeses y portugueses en Ugly, Pipeli y otros puertos del Bajo Bengala, pero a pesar de todos los preparativos hechos no pudo hacer frente a sus perseguidores y luego de una derrota aplastante huyó a Daca, puerto situado en el límite oriental de Bengala, donde esperaba hallar una nave que le condujera a Persia en procura de apoyo para su causa.


Llegado allí no encontró medio de embarcarse quedándole sólo dos caminos; el entregarse a merced de Orang Chef o huir al reino de Arakan. Resolvió tomar el segundo y se puso en camino seguido de unos centenares de partidarios armados. LLegados en las inmediaciones de la ciudad de Arakan fueron detenidos en su marcha por funcionarios del gobierno para desarmar a su gente e inquirir sobre su procedencia, a lo cual respondió Chasausa que era el príncipe de Bengala que huía de la injusticia de su hermano y que venía para implorar al rey a quien creía incapaz de rechazar el amparo a un príncipe tan desventurado. El rey puesto al tanto del hecho, le prometió protección y le recibió con grandes muestras de afecto, pero en su avaricia ya tenía calculado adueñarse de sus bienes para luego, a fin de evitar posibles complicaciones internacionales hallar una forma que le permitiera entregar al desdichado príncipe a sus perseguidores. Pero el sultán no tardó en sospechar estas intenciones, por lo cual empeñábase en hallar medio de huir hasta Pegu y de allí dirigirse a Persia. No hallando forma de obtener consentimiento del rey para alejarse de la ciudad, acudió a una trama. Fingiendo que el aire de la región le perjudicaba su salud, obtuvo finalmente el ansiado permiso para dirigirse al campo. Necesitando colaboradores armados, cruzaron para tal fin con todo sigilo ochenta bengaleses partidarios suyos la frontera. Habían recorrido ya la mayor parte y se hallaban a pocos kilómetros de donde estaban nuestras naves, cuando fueron advertidos e interrogados. Cuando dijeron que eran partidarios del príncipe se les dijo que podrían seguir su camino, siempre que entregaran sus armas.


Como esto anularía el propósito de su presencia y trataron de convencer a las autoridades militares que ponían esa condición, diciéndoles que no atentarían contra nadie. Pero cuando comprendieron que era inútil todo esfuerzo en tal sentido, trataron de avanzar locamente mediante el empleo de sus armas. Acorralados cada vez más por una abrumadora superioridad, creyeron los pocos que aún no habían sido derribados, distraer a sus adversarios con sembrar la confusión incendiando las casas de los arakanos. Estas, por la prolongada sequía eran fácil pasto de las llamas y ayudadas por un fuerte viento no tardaron en hallarse abrazadas millares de viviendas. El fuego se aproximó tan peligrosamente al lugar donde se hallaban nuestras naves, que nos empezábamos a preocupar seriamente en buscar un lugar más seguro, pero gracias a la enérgica acción de los arakanos fué detenido el vertiginoso avance del flagelo antes de llegar a la orilla del río.


Este incendio descomunal que redujo a cenizas pueblos y campos enteros en un área de muchas millas, no mejoró en nada la situación de sus causantes, pues los pocos bengaleses que no habían sucumbido en la lucha fueron apresados y con sogas al cuello conducidos a la ciudad capital donde fueron clavados en palos y quemados vivos.


Entre los naturales de Arakan y especialmente del reino de Achin, se tiene la costumbre de clavar en palos a los delincuentes condenados a una muerte ignominiosa. Esto sucede de la siguiente manera: Se coloca al condenado con el vientre sobre un palo provisto de una afilada punta. Luego le presionan hacia abajo de modo que el madero atravesando los intestinos termina por salir junto al cuello. Como el otro extremo del palo está clavado en la tierra, queda la víctima así prendida en espera de la muerte pronta o tardía según la gravedad de las lesiones en los órganos internos.


Chasausa, temeroso de la venganza del rey de Arakan se escondió de tal manera que durante varias semanas se ignoraba en absoluto su paradero. En esto corrieron rumores que el temido emir Yembla, a quien los arakanos llamaban comúnmente Nabab, había llegado al frente de un poderoso ejército hasta las proximidades de la ciudad de Diange, situada sobre los límites lejanos del país, con los propósitos de derribar a sangre y fuego a los arakanos, que se opusieran a su persecución contra Chasausa. Esta noticia puso a todo el país en el mayor apuro. Hasta el lugar donde nos hallábamos nosotros, veíamos como los nativos huían apresuradamente con sus mujeres, hijos, esclavos y bienes en dirección a la capital del reino. La confusión llegó a tal punto y la situación tan grave, que el señor Gerardo van Voorburg, nuestro jefe regional, consideró imprescindible realizar un consejo con los jefes de nuestra escuadra a fin de resolver qué hacer ante la situación creada. Algunos eran de opinión de llevar todo a bordo desde que los depósitos y la oficina holandesa podrían ser saqueados sin mucho impedimento. Otros en cambio creyeron conveniente esperar el momento del peligro real para recién entonces tomar medidas decisivas. Este último pensamiento prevaleció.


El rey mientras tanto envió millares de emisarios por todo el país con el fin de reunir gente, de modo que en corto plazo reunió a su vez un poderoso ejército. Una multitud de jeliasas o galeras a remo se veían listas para partir cargadas con soldados, artillería y otros pertrechos de guerra hacia Diange. Nosotros observábamos con asombro desfilar esas grandes fuerzas de tierra y mar, reunidas en tan poco tiempo, en dirección a la frontera para amparar al país, de toda posible invasión enemiga.


Tan pronto fué informado de lo que estaba aconteciendo, detúvose el astuto emir Yembla en los límites sin tomar otras medidas bélicas que saquear o incendiar de tanto en tanto algún poblado a fin de mantener la agitación dentro del pueblo arakanés.


El rey había ordenado además se buscara empeñosamente el paradero del príncipe de Bengala. Se reforzaron las guardias y se prohibió terminantemente que cruzaran los límites, personas algunas vestidas a la usanza mora que no poseyeran una autorización especial del soberano. Todos los ríos, las aguas interiores y hasta las costas del mar fueron ocupadas con jeliasas y otras naves a fin de evitar que nadie se alejara sigilosamente. A todo moro o arakanés, so pena de perder la vida y bienes le estaba vedado subir a bordo de nuestras naves. Cuando nos aprestamos para zarpar, nos rodearon numerosas embarcaciones que espiaban recelosamente todos nuestros movimientos. Cualquier bote o chalupa que se arrimara a nuestras naves, aunque estando sólo tripulados por nuestros marinos, no podían hacerlo sin antes haber sido inspeccionados por los guardias del rey para asegurar que Chasausa no estuviera presente, sea disfrazado u oculto.


Poco después de nuestra partida, descubrióse el paradero del infeliz hijo del Mogol; conducido preso a la ciudad capital, fué acusado de infidelidad y recibió ignominiosa muerte en la cárcel. Sus partidarios se dispersaron; algunos de éstos fueron también habidos y castigados aún cuando la mayoría quedó amparada en hogares del pueblo donde pasaron por naturales del país. En cuanto a los tesoros del desdichado príncipe, no cayeron en poder del ávaro monarca, sino que casi todos quedaron en manos de los campesinos pobres, y cuando al año siguiente arribaron al puerto de Bandel otras naves holandesas compraron sus tripulantes mucho oro y piedras preciosas a cambio de bagatelas o a precio ínfimo.


Cuando el emir Yembla supo de la muerte de Chasausa, retiróse de las fronteras del Arakan, regresando a Bengala, donde por enviados de Orang Chef recibió múltiples congratulaciones, ricas recompensas y grandes títulos nobiliarios, además del territorio de Bengala.


Orang Chef, viéndose ahora librado de todos sus hermanos, mandó encerrar a su anciano padre en un rincón aislado del palacio, y aún cuando trató de disimular su inicuo propósito procurando algunas distracciones, no podía su progenitor abandonar esta prisión y en ella expiró hacia el año de 1665.


He aquí lector, una corta narración del cruel proceder de estos soberanos indígenas para alcanzar el mando supremo, y que culminó con la actitud impía e infame de Orang Chef para asegurarse el trono de Gran Mogol. ¿Quién no adorará al ser supremo que sin miramiento de razas, rangos ni creencias hace arrojar de su pedestal a unos déspotas y aún cuando otros vuelven a ocuparlo no deja de señalar lo efímero que es hasta el poder de los reyes, y que nada es estable sino sujeto a la evolución del progreso?.


1° y 15 de Agosto de 1941

BALANZA NÚMS. 206 Y 207 


[1] Hemos de tener presente que el autor escribió ésto en aquel tiempo en que no había radiocomunicaciones, vapores ni instrumentos de precisión. Se aventuraban al mar en navecillas de madera, que resultaban frágiles frente a la gigantesca fuerza de las aguas en tiempo tempestuoso, y aparte de no existir otros remolcadores que chalupas movidas a remos no tenían tampoco, si naufragaban, medios de anunciar su triste situación como no fueran disparos de armas de fuego, débiles estampidos que las más de las veces eran superados por el estruendo de los elementos o se perdían en la soledad por lo cual no habiendo medio de refugiarse en algún puerto, tenían que salvarse en las chalupas o tratar, aún en los momentos de mayor peligro de enviar algunos tripulantes a tierra en procura de auxilio, hecho que por sí mismo ya habla elocuentemente del valor y abnegación que requería el oficio de marino como asimismo, el concepto majestuoso y desdichadamente a veces también místico que estos tenían sobre las leyes que rigen la inmensidad de los mares.

 

[2] Onrust es una palabra holandesa que significa agitación o también intranquilidad.

 

[3] Las millas a que hace referencia el autor son las alemanas, que tienen una longitud de 7,407.5 metros, distancia que equivaldría pues a unas 2,400 millas españolas o sea cerca de 4,500 kilómetros.

 

[4] En el número anterior hemos publicado sus destinos durante ese lapso de tiempo.

[5] A pesar de constituir Holanda, por ese entonces la famosa República de las Siete Provincias Unidas, no carecían los partidarios del estatuderato de poder en algunas regiones y ambientes del país, por lo cual continuaban las naves de la Compañía de las Indias Holandesas y otras muchas naves paseando por el mundo el pendón principesco de los estatúderes, representando al príncipe Guillermo Federico de Orange Nassau.

 

[6] Arakan o Aracán se halla en la región de la actual Indochina Inglesa (Birmania), en cuya capital, Arakan o Myo-Hung residían sus reyes, cuyo poder imponía respeto a todas las tribus vecinas que sin embargo, terminaron por conquistarla (1784) y finalmente en 1826 quedó sometido al dominio inglés, cuyos reyes ciñen desde 1912 en esos territorios la corona imperial.

 

[7] Bandel era el puerto fluvial de la ciudad capital, entonces centro de un importante comercio.

 

[8] El idioma holandés hasta la primera mitad del siglo XIX se denominaba bajo alemán, por haberse derivado de éste, y careció de reglas gramaticales definitivas propias hasta 1865; siendo desde entonces que ha venido creando una rica y abundante literatura, gracias a las bases hechas por los famosos gramáticos De Fries y Ten Winkel.

[9] La costa de Coromandel abarca según algunos, gran parte de Madras y según otros toda la costa hasta Bengala. En cuanto a Pegu, hallábase bajo el dominio de los reyes de Ava /1661), formando un poderoso estado que se extendía al sur y este de Arakan.

[10] Rijks aalders (se pronuncia reiskalender) o “tálero nacional” es una moneda holandesa cuyo valor alcanza a cinco pesetas españolas.

[11] La vara de Amsterdam medía trece piés (algo más de 3.75 metros).

[12] Actualmente constituye el Hyderabad, reino feudatario de Gran Bretaña, situado en la India Central.

 

[13] Carnática o Karnatic, constituye actualmente parte de la provincia de Madrás, sobre la costa de Coromandel.

[14] Los marinos de los siglos pasados solían dar los nombres de India Mayor o Anterior a la actual India Británica, para distinguirla de la Posterior o Insulindia, que constituyen el imperio de las Indias Orientales Holandesas.

[15] De acuerdo a una ley del Corán, se prohíbe terminantemente a todos los creyentes ingerir cualquier sustancia que anestesia los sentidos.

 

[16] La ciudad de Agra, entonces capital del imperio de los Mogoles se halla situada a orillas del río Jemma (o Jemina) y es actualmente sede de las autoridades coloniales de las Provincias Unidas de Agra y Oudh.



Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

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