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Joaquín Trincado

Wouter Schouten (Libro primero)

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 22 jun
  • 39 min de lectura

WOUTER SCHOUTEN. Apuntes tomados del libro de viajes escrito por el famoso cirujano holandés en sus jornadas hacia y a través de la Insulindia.


LIBRO PRIMERO


Dos motivos había – dice el autor a modo de introducción – que me incitaban ya antes de haber cumplido los 19 años de edad a iniciar el viaje a la India. Un intenso deseo de viajar y un anhelo de aprender en la vida de la experiencia.


El oportuno apoyo de amigos bien intencionados permitieron que mis servicios fueran aceptados por la Sociedad Naviera de la Compañía Oriental. Mientras hacía mis preparativos para emprender tan grande viaje, me sentía el ser más feliz de toda la Tierra. Preso de una inmensa alegría me despedí de mis amigos y allegados y me dirigí hacia el puerto de Tessel Diepte donde esperaba el navío “Nieuwpoort” que me había de alejar de la patria hacia las por mí tan ansiadas regiones del lejano oriente.


Yo que nunca había navegado, tenía forzosamente que chocarme un tanto al compartir los trabajos rudos del mar como así también los conceptos y modos bastos de los marinos. Pues en lugar del orden en que había recibido mi educación me hallé repentinamente en una verdadera escuela de irregularidades, tan común entre la oficialidad soldadesca y otros empleos en la navegación. Opté por relacionarme con los que más discretos me parecieron.


Muchos de nuestros compañeros de viaje llegaron acompañados por sus esposas y los seres que más cercanos parecían hallarse en su corazón. Pero finalmente aproximose la triste hora de la despedida; pues el práctico –a quien todos estaban obligados, desde el capitán abajo, a rendir la mayor obediencia a quien al abandonar el fondeadero tenía el mando supremo– había subido a bordo, por lo cual despidiéronse las dulces acompañantes de sus amados. Pero temo que la pesadumbre de muchas de aquellas solo era fingida, pues creo que entre éstas no se hallaban pocas cuya virtud estaba lejos de ser envidiable. Algunas ocultaban una indudable alegría de verse por un tiempo libre de la compañía de un libertino, bebedor, jugador o esclavizado a otros vicios.


Muchos de estos licenciosos habían de encontrarse asimismo fuera de su ambiente, pues al partir de la patria tenían que decir también adiós a sus deleites y excesos para en cambio guardar obediencia y recibir órdenes de quienes antes habían rehuido toda relación.


Entre ellos había uno que por disposición de sus familiares fué llevado contra su voluntad a bordo. Según se afirmaba era un hombre que en la mejor parte de Holanda había poseído riquezas y las más suntuosas comodidades, pero con el juego, diversiones y continuo gastar, había hecho tales derroches que la familia dispuso enviarle al mar. Antes de partir vino su esposa a hacerle una corta visita, dejándole a bordo un petate muy pobremente provisto, y luego de despedirse con el porte que le pareció conveniente quedó el infeliz, en calidad de soldado raso, sin cariño ni dinero, todo confuso y con el solo recuerdo de la abundancia pasada, obligado a emprender en compañía de compañeros rudos e incultos un viaje de 3,600 millas hacia otros continentes.


En la época más apacible de la primavera, el 16 de abril de 1658, hacia el anochecer, abandonamos Texelsdiepte, juntamente con otros dos navíos, el “Leerdam” con destino como el nuestro a la Inda y el otro con rumbo a la Guinea. Entramos en el Mar del Norte en dirección al Canal de las Cabezas[1] el que atravesamos empujado por una brisa noreste.


Avanzando día y noche no tardamos en internarnos en las aguas del Mar Español[2], donde encontramos un barco que regresaba a nuestra patria procedente de los Barbados. Les hicimos entrega de un paquete de cartas para nuestros allegados y continuamos rumbo al Sur.


Tan conveniente nos fué la prolongada brisa del noroeste que ya el 7 de mayo avistamos el Archipiélago de las Canarias, el cual atravesamos prestamente. En una de estas islas distinguimos el Pico del Infierno, la montaña más alta del mundo[3], la que según afirmaciones de escritores dignos de ser creídos, es visible en un contorno de 60 millas. El pico mismo, por su altura asombrosa, parece elevarse hasta el cielo, y según afirman algunos, impera en su cumbre un frío ininterrumpido como así también una capa de nieve eterna.


Varios días después llegamos a la vista de las Islas Salinas[4], siendo una particularidad que el mar suele aparecer en esta región completamente verde; a veces rodeaban nuestro barco verdaderos monstruos marinos como ser: tiburones, puercos marinos, delfines y otros a los que llaman “demonios marinos”.


Estos últimos son peces de cerca de dos metros de largo que se mueven con tal rapidez en el agua que parecen más bien volar a través de las olas que nadar. También había milanos que a veces suelen aparecer en cardúmenes sobre la superficie del agua. Y si algunos, a fin de ampararse de otros peces y aves marinas, volaban hasta dentro de cubierta, no tardaban en dar a la sartén como plato muy suculento.


Tuvimos tanta suerte con la ininterrumpida brisa noreste que, sin sufrir las calmas habituales tan temidas por los marinos en la región tropical, pudimos aún antes de terminar el mes de mayo, observar cómo el sol de mediodía se inclinaba hacia el norte. Como el capitán del “Leerdam” dispuso navegar dos grados más hacia el oeste, de lo que creyó conveniente el nuestro, nos separamos de aquella. Que nuestro comandante tuvo más razón lo demuestra que llegamos a Batavia seis semanas antes que la otra nave.


Ya pasada la línea equinoccial, se separó también de nosotros la tercera nave para tomar rumbo a Guinea, por lo cual continuamos ahora solos nuestro camino.


Era el 16 de junio hacia el atardecer, cuando advertimos hacia el sudoeste un barco que con todas las velas desplegadas venía en dirección nuestra; hacia el anochecer distaba sólo una milla de nosotros. A fin de demostrarle que éramos holandeses, enarbolamos la bandera del príncipe de Orange Nassau; pero tan pronto cubrió la oscuridad de la noche la superficie del mar, distinguimos en la otra nave una luz con la cual parecía indicar sus deseos de aproximarse. En la creencia de que se trataba del “Leerdam” elevamos idéntica señal luminosa, sin cambiar de rumbo.


Cuando el alba, volvimos a distinguir la nave a menos de una milla a nuestra espalda y haciendo todos los esfuerzos posibles por alcanzarnos. Fué entonces que descubrimos que se trataba de un gran navío portugués que nos perseguía con fines de conquista. El capitán dispuso por tanto tomar las medidas pertinentes de defensa, emplazando las piezas de artillería y distribuyéndose armamentos entre los soldados. La tripulación era asimismo alistada y armada con mosquetes, balas, pólvora, picas y sables; en una palabra, todo fué preparado para resistir a los portugueses. Terminadas todas estas medidas se recogieron las velas, desafiando así resueltamente al pirata. Sin embargo, después de habernos acercado tanto que la batalla parecía inminente, viró repentinamente y se alejó de nosotros con la misma velocidad con que antes nos había perseguido. Indudablemente le asustó nuestra decisión y coraje.


Luego de algunas peripecias más o menos graves, divisamos el 23 de julio los montes sudafricanos y dos días después pudimos echar ancla en la bahía de la Tabla, delante de la fortaleza holandesa de la “Buena Esperanza”, situada unas cincuenta millas al norte del cabo del mismo nombre.


Admiramos aquí la floreciente industria agrícola de nuestros paisanos[5] como así también la vida miserable que llevan los naturales u hotentotes, cuyo idioma se asemeja al canto del pavo. Estas gentes que solían rodearnos en considerable número, andaban enteramente desnudos a pesar de que nos hallábamos en pleno invierno. Como carecen de hogares, se amontonan durante la noche como un tropel de animales debajo de los árboles o en los accidentes del terreno. Durante el día suelen rodear a los blancos en procura de tabaco y chucherías. Empero, reacios a la civilización, viven en un ambiente lastimoso.


Luego de habernos provisto de la abundancia que ofrecen estas ricas tierras, nos dispusimos a recorrer las mil seiscientas millas que nos separaban aún de Batavia. Durante catorce días tuvimos vientos fuertes pero favorables que nos hacían avanzar entre las 40 y 48 millas cada veinticuatro horas. Al cabo del tiempo mencionado nos alcanzó un temporal de tal magnitud que comprendimos hallarnos en el mayor peligro.


Cuando los vientos con estruendosa violencia soplan simultáneamente de los cuatro ángulos de la tierra[6] y parecen chocar furiosamente, dicen los experimentados marinos que reina el huracán. Con horrísono silbido parecen descender desde el cielo sobre las aguas evitando con su fuerza que las trastornadas olas se elevan. Si en cambio estos vientos peligrosos soplan sólo de uno de los cuatro ángulos terrestres, llamándolo los navegantes la “cola del huracán”. Entonces se elevan con furia terrorífica las olas que azotan peligrosamente a las naves.


Los poderosos vendavales que nos azotaban, no soplaban desde un mismo punto sino a intervalos desde todos los rumbos marcados en la rosa de los vientos. Tanto marinos como soldados trabajaban con ahínco en extraer las aguas que con cada golpe de mar se precipitaban en el interior de la nave. Las velas se hicieron añicos; todos nuestros esfuerzos parecían inútiles frente a la fuerza destructora de los elementos. Era de noche y algunos afirmaban que nos estábamos hundiendo lentamente. Esta impotencia frente a las fuerzas naturales abatía a los corazones más orgullosos. Veíase asomar la humildad y el respeto en la fisonomía de los hombres más rudos y tempestuosos y en los ojos de aquellos que de ordinario sólo con rutina y dudosa intención recordaban sus oraciones, veíanse ahora asomar lágrimas de arrepentimiento como si sólo la imposición de los elementos fuese capaz de hacerles meditar sobre la grandeza y magnanimidad del Autor del Universo.


Con la llegada del día comenzó a amainar la violencia de la tempestad y hacia la tarde nos animaron los rayos solares que aparecían entre los claros de las nubes que ya se iban dispersando. La nave volvió a su nivel normal de flotación y la tripulación ya más animada colocó nuevas velas en reemplazo de las destrozadas por el temporal. Con marcha rápida continuamos nuestro rumbo al Este-Nordeste.


Rendidos por el frío, los contratiempos y el cansancio, fueron más de cincuenta tripulantes entre marinos y soldados, atacados por fiebres delirantes, dándonos a mí y al cirujano principal mucho trabajo para atender convenientemente a todos. Pero aún cuando todos se restablecieron prestamente fué la alegría de poca duración, pues a los pocos días estalló una peligrosa y contagiosa enfermedad entre la gente, muriendo entre 30 y 60 horas casi todos los atacados del mal. Las constituciones más fuertes parecían las víctimas predilectas, mientras que los más enfermos quedaban inmunes. La mayoría comenzaba a delirar y se tornaban furiosos. Tumores pestíferos aparecían en todo el cuerpo. Algunos perdían abundante sangre por la nariz, sin que ello aligerara el mal; otros sufrían accesos de vómito o terribles diarreas que degeneraron en ataques de rabia y delirio, a los que la muerte sólo ponía término. La erupción morbosa era tan violenta que la boca de los enfermos desde la garganta hasta los labios se cubría de costra, unida a una supuración negruzca. La respiración se hacía por ello tan difícil que el enfermo sentía sofocarse; y apenas con remedios apropiados se había hecho desaparecer la postilla, volvía con no menor violencia.


En una palabra, la sofocación llegaba en algunos a tal grado que presos de una loca desesperación trataban de suicidarse ahorcándose. Había que apelar en muchos casos a la violencia para evitar que los desdichados consumaran su siniestro propósito, aún cuando también era en vano, pues a las pocas horas expiraban lastimosamente a pesar de toda medicación. Los cadáveres tomaban al rato un tinte azul o violeta, otros se cubrían de llagas que segregaba un tumor hediondo. En pocos días perdimos alrededor de treinta personas, entre ellos el segundo y tercer capitán, el consolador de los enfermos[7], el escribiente que era mi mejor amigo, y otros oficiales. Uno de los cadetes de marina, cuyo padre era una persona de grandes medios, se arrojó durante la noche en uno de esos accesos de desesperación, a las aguas del mar, aprovechando que sus cuidadores habían ido a buscar agua para beber. En lo que se refiere a nosotros los dos médicos, a pesar de nuestro roce con los enfermos quedamos sanos.


No pasaba día sin que expiraran trágicamente algunos de los nuestros para recibir en la inmensidad del océano su sepultura. A la desgracia descrita no tardó en sumarse otra, pues una continua brisa sudoeste y una corriente contraria habituales en una época determinada del año, se habían anticipado y nos empujaban hacia la costa suroeste de la isla de Sumatra, sin darnos tiempo a alcanzar el estrecho de Sonda que necesitábamos atravesar. Con grandes sacrificios y pérdida de tiempo podríamos vencer este obstáculo, pero debido al lamentable estado sanitario de la tripulación y la vista de la hermosa vegetación de la tierra que se divisaba a la distancia, impulsaron a la realización de un consejo marino en el que todos, excepto el capitán, votaron por hallar un lugar inmediato de desembarco. Hecho esto descubrimos a poco andar una amplia bahía que algunos marinos reconocieron ser la de Sidebar, causando general alegría, pues esperábamos hallar buena acogida y abundantes víveres, ya que no podíamos suponer lo que en realidad habíamos de esperar de los naturales de esta región.


La bahía de Sidebar, que se halla bordeada de altas montañas, tenía fondo tan malo para echar ancla que temimos fuéramos a estrellarnos sobre algunos de los bancos de arena que las olas castigaban con estruendosa violencia, pero felizmente no sucedió así, pues a último momento resistieron nuestras anclas.


Izamos entonces la bandera de la paz y según es costumbre efectuamos un disparo de cañón a fin de atraer a los nativos a bordo. Pero cuando pasaron las horas sin que desde tierra apareciera embarcación alguna, resolvimos, cediendo ante el ruego de enfermos y moribundos, que lastimosamente pedían alimentos frescos, enviar dos chalupas a tierra. Estas se tripulaban con voluntarios, algunos de los cuales se armaron prudentemente con mosquetes, pistolas y sables. El mercader y el piloto tomaron el mando en cada embarcación y se dirigieron resueltamente a tierra. En la orilla hallaron un orankais[8] rodeado por gran número de indios portadores de insignias de paz, los que nos estaban esperando. Después de haber inquirido a nuestros dos intérpretes la causa de nuestra llegada, nos proveyeron amigablemente de agua fresa que cargamos en toneles traídos expresamente por nosotros y nos respondieron que volviéramos al día siguiente para obtener abundante alimentación a cambio de los cual prometimos buena paga. Pero cuando al día siguiente volvieron los nuestros pusieron los sumatranos, cuya felonía es universalmente conocida, de manifiesto sus verdaderos sentimientos. A una señal de orankaia arrojáronse los nativos repentinamente sobre nuestros intérpretes con el grito de: “Malditos holandeses, este es el trato que os brindaremos: ¡Fuera de aquí!”. Los dos infelices tomados de sorpresa procuraron inútilmente buscar su salvación en la huída. De todas partes surgían grupos de nativos armados con lanzas y flechas que no tardaron en rodearlos y luego de haberles arrastrado y pisoteado durante un trecho los degollaron elevando en alto sus cabezas tomadas de los cabellos como señal de trofeo. Los restantes tripulantes ganaron las chalupas en las que se hallaban ocultas las armas de fuego pero la escena fué tan rápida que cuando pudieron hacer fuego ya todos los naturales habían desaparecido mostrándose la orilla solitaria y despoblada. La ferocidad de estos infieles no conoce límites como nos lo prueba la experiencia, pues aún ese mismo año (1658) consiguieron adueñarse de dos naves holandesas a cuyas tripulaciones dieron muerte onerosa. Estas traiciones han sido vengadas por nuestro gobierno con la destrucción de Palimban, población principal de estos indígenas en la región de Sidebar.


Hacia el anochecer teníamos todo listo para abandonar esta región inhospitalaria, cuando sobrevino una horrísona tempestad que amenazaba arrojarnos sobre la orilla y entregarnos como presa codiciada a los nativos sedientos de sangre que desde sus guaridas – en las que al calor de hogueras encendidas, cuyas llamaradas alcanzamos a divisar – hacían indudables votos por nuestra destrucción.


El cielo empero no lo quiso así y con la llegada del nuevo día conseguimos internarnos nuevamente en la inmensidad del mar.


Luego de grandes inconvenientes debidos principalmente a la corriente y al viento contrario, y rechazando atractivas invitaciones de los desleales nativos de la tribu de Bante, a la que pertenecen los de Sidebar y que habitan toda la región Sudeste de Sumatra y la costa occidental de Java lindante con el estrecho de Sonda, anclamos finalmente el 15 de octubre de 1658 en el puerto de Batavia.


Luego de los procedimientos de rigor recibió el capitán orden de dirigirse a la isla de Banda con un cargamento de arroz. Yo deseaba participar también de este viaje, pero muy a mi pesar dispuso el gobernador que pasara a residir en la fortaleza de Batavia, y no quedándome más remedio que obedecer, hube de despedirme de mis compañeros de viaje y especialmente de mi sincero amigo el cirujano principal, maestro Hermanus Benedictus[9] a quien desde entonces no volví a ver.


Me dirigí pues, con mi equipaje hacia la fortaleza indicada en cuyo hospital anexo había de prestar mis servicios como médico y donde el gran número de enfermos me daban bastante ocupación.


Una escuadra mercante que anualmente retornaba a la patria y que se componía de ocho naves, todas cargadas con valiosas mercaderías, estaba lista para el regreso, esperando la celebración de un colectivo día de ayunos y oraciones a fin de implorar la protección del Altísimo, después de lo cual levantaron ancla.


En Java vive una importante colonia de residentes chinos, de los que relataré algunas de sus costumbres interesantes. El 23 de enero, celebran los chinos su día de año nuevo. Esta gente, descendientes de los habitantes de la poderosa China, mostrábanse en esta fecha excepcionalmente alegres. Algunos instalaban en la calle, frente a sus domicilios, verdaderos escenarios en los cuales caricaturizaba a sus personajes históricos en forma cómica. Otros de más baja condición, envueltos en pieles de animales, en su mayoría de búfalos, deambulaban por las calles como tontos y mentecatos de carnaval y que en las posturas que solían tomar frente a las casas de sus connacionales parecían en las tinieblas de la noche verdaderas figuras dantescas. Tampoco faltaban desde luego, rateros que a costillas de los petulantes se hacían “su ganancia de año nuevo”.


Los más serios, rendían en esa fecha culto a su religión sin misericordia. Colocaban en sus domicilios hileras de velas de sebo encendidas en veneración al demonio infernal a quien adoraban como su dios, y no era que no reconocían al Autor del universo, pero como a éste lo reconocen bueno, consideran innecesario rendirle tributo ni reverencia alguna. Pero en cambio el demonio, al que les habían enseñado como un soberano poderoso, capaz de arrojar grandes males sobre la humanidad, le rinden toda la pleitesía que sea capaz de engendrar el temor. De ésto podemos sacar la conclusión de que estos desdichados no creen que dios pueda frenar la acción del ángel caído, quien sin su consentimiento nada puede ejecutar. Al demonio consagran los chinos sus hijos primogénitos y colocan las velas encendidas delante de figuras o bien pinturas en las que el demonio ha sido retratado de modo dantesco, y ante los que aún en nuestra presencia, realizan con genuflexiones y modos extravagantes la exteriorización de su temor religioso, mientras murmuran palabras ininteligibles, se golpean con la mano en la frente, el pecho y así sucesivamente todas las partes del cuerpo hasta llegar a los pies. Hecho ésto, ofrecen al espíritu maligno, flores, frutos y diversos platos apetitosos, servidos todos en pequeños platos. Luego toma el amo de la casa o el principal de la asamblea un montón de papeletas, en cada una de las cuales están dibujadas figuras infernales, las que con movimientos que demuestran la mayor reverencia son arrojadas al fuego. Hecho esto, quedan todos como si esperaran la llegada del fantasma nefasto. Pero pasados unos minutos, visto que este no llega[10] a fin de recibir estos sacrificios, siéntanse todos los hombres formando un círculo y se dan suculento banquete. Satisfechos todos hasta más no poder dejan los restos para las mujeres las que ubicándose a su vez formando un círculo, se saciaban hasta donde alcanzaban los alimentos y se divertían a su manera.


Muchos de los chinos son empedernidos jugadores que al ser perdedores no titubean en empeñar a sus mujeres e hijos, los que el ganador generalmente reduce a la condición de esclavos. Algunos apuestan hasta su propia libertad y dignidad que consiste en su larga cabellera. Y aún cuando el gobierno holandés de Batavia ha prohibido terminantemente estas tafurerías, suelen suceder sin embargo. En cuando a algunas otras de sus costumbres de vida diré que los chinos residentes en Batavia usan poco ceremonial en sus casamientos debido a que sus mujeres, en su mayoría, las han adquirido antes en calidad de esclavas, se casan además con tantas como les plazca, viéndose estas mujeres, a excepción de la primera, obligadas a buscar su propio sustento si es que no quieren ser castigadas. No es raro ver a estas mujeres reñir, movidas por los celos, a veces en plena calle, arrancándose mutuamente las ropas y arañándose el cuerpo, hasta que aparece su señor y esposo común que violentamente pone término a la reyerta y a palos las hace entrar nuevamente a la casa.

Durante el mes de febrero presencié algunas sentencias de fumadores de opio. Esta gente al exceder en el vicio se apodera de ellos una violenta locura que se llama Amok, palabra malaya que significa “matar” y que los desdichados repiten sin cesar en su desenfrenada carrera por las calles mientras apuñalan todo ser viviente que encuentran a su paso. Estos individuos, una vez reducidos, son ejecutados públicamente a fin de servir de escarmiento. La pena consiste en arrancarles los pechos con tenazas candentes y a continuación son enrodados, comenzando la mutilación por los miembros inferiores. Pero a pesar de las penas cruelmente impuestas, suelen repetirse casos de locura con bastante frecuencia.


Antes de continuar con mis viajes, relataré un acontecimiento singular que impresionó muy hondamente a la opinión pública.


Mientras mi estancia en Batavia, arribaron algunos náufragos del navío holandés “El Dragón”, dando a conocer que la embarcación había embarrancado en la costa inexplorada de la Tierra del Sur[11]. Inmediatamente se dispuso que el navío “Boya Alerta” marchara hacia el punto indicado donde había quedado el resto de los náufragos, dispuestos a esperar la llegada de auxilios, en un refugio apropiado construído por ellos mismos. Llegado al punto indicado donde aún se distinguían los restos del barco naufragado, despáchese una chalupa, cuya tripulación una vez en tierra, halló el refugio reducido a escombros sin encontrar trazas de los náufragos. En vano fueron revisados los alrededores como así también los restos del naufragio. Sin embargo, antes de dar por perdidos a los desaparecidos dispuso el capitán que otro grupo volviera a tierra a fin de intentar una última investigación por los alrededores. Despachose pues, nuevamente la chalupa que esta vez tripulada por el tercer capitán y otros doce marinos, los que luego de otra inútil búsqueda regresaron finalmente a la chalupa. Ya habían remado un trecho en dirección al navío cuando les sorprendió una súbita tempestad que les obligó volver a tierra. Las furias de las aguas obligaron también al navío a internarse en el mar si no quería exponerse al peligro de estrellarse sobre las rocas y bancos de arena. La furia de los elementos fué tan violenta y de tan larga duración, que el capitán que había vista a la chalupa en el agua antes de hacerla invisible la lluvia torrencial, creyó que la misma había naufragado, por lo cual inducido tal vez por el estado lamentable en que había quedado reducido el barco, dispuso regresar inmediatamente a Batavia, donde aseguró lo que no era más que una mera suposición.


Los tripulantes de la chalupa, una vez aclarada la atmósfera, aunque no distinguían al barco, no se alarmaron, pues suponían que este había buscado refugio más seguro, por lo cual permanecieron en tierra hasta que se calmara un tanto la terrible agitación de las olas. Pero cuando una vez embarcados se internaron en el mar y hubieron de convencerse que el navío había desaparecido, comprendieron su triste situación. Inútilmente hicieron algunos disparos con armas de fuego, pero nadie respondió. Regresaron nuevamente a tierra en busca de alimentos, pero la región abrupta y desolada no ofrecía nada para su sustento a excepción de agua para beber con el que llenaron algunos recipientes que habían traído en la chalupa para ese fin. Finalmente encontraron también una especie de ostras, pero comprendieron que con ellas no podrían conservarse mucho tiempo máxime que había que consumirlas crudas, por lo que no quedaba otro remedio que embarcarse en la frágil chalupa y tratar, guiándose por el sol y las estrellas, de ganar la costa sur de la Gran Java[12], aún cuando para ello habían de recorrer una distancia de cerca de cuatrocientas millas. Durante varios días flotaron sobre las aguas, mojados hasta la camisa, pues las olas cubrían a menudo la frágil embarcación y haciéndoles sufrir mucho los fríos nocturnos como el calor sofocante de los rayos del sol tropical. La falta de alimentos hacía más dura su suerte, pues aún cuando la provisión de ostras que habían reunido trataban de conservarla mediante raciones reducidas, comenzaban a descomponerse haciéndose inaptas para el consumo. Ya había el agotamiento físico, llevado a la desesperación a su extremo cuando divisaron la costa de la Gran Java. Esta se presentaba cubierta de profunda vegetación y tupidos bosques que se distinguían claramente a pesar de la distancia que aún los separaba. Reanimados y con la esperanza de hallar frutas y otros alimentos pusieron rumbo a tierra, pero luego de haberse acercado lo suficiente se vieron defraudados en sus esperanzas pues la orilla estaba virtualmente sembrada de peligrosas rocas sobre las que golpeaba el mar con inusitada violencia. Nueve de los tripulantes, desafiando los peligros y haciendo oídos sordos a las advertencias de los restantes, se arrojaron al agua para ganar la costa a nado, cosa que en efecto lograron sin accidentarse ninguno. Haciendo señas desde tierra comenzaron a buscar empeñosamente un punto donde podría atracar la chalupa. En esta ocupación les sorprendió la noche. Los cuatro tripulantes de la chalupa resolvieron internarse un tanto en el mar a fin de no exponerse al peligro de ser arrojados sobre las rocas, ya que el estruendo de las olas sobre la misma resonaba con angustioso estrépito en la oscuridad. Sin embargo, al despuntar el nuevo día, no tuvo límites su asombro; pues conducidos indudablemente por alguna fuerte correntada, se hallaban ante un panorama completamente distinto. La costa no mostraba más que una tierra árida y accidentada.


Desembarcados, fue sin embargo su alegría tan intensa que besaban el suelo hospitalario. Luego de haberse refrescado un tanto en un bosque que se distinguía a la distancia, hicieron vanos esfuerzos por orientarse hacia la región donde habían quedado sus compañeros. Cuando en un intento de reembarcarse destrozóse la embarcación, sobre un banco de arena, no les quedó más remedio que emprender una fatigosa marcha a través de esta tierra sumamente accidentada y desconocida. Se alimentaban con hierbas, raíces y hojas de árboles. Finalmente hallaron un ermitaño malayo quien impuesto de sus aventuras por uno de ellos que hablaba el idioma, les dió albergue y en su compañía vivieron una temporada hasta que fueron sorprendidos por una banda de piratas javaneses quienes al ver hombres blancos se dispusieron a darles muerte ignominiosa, pero el anciano eremita, implorando por sus vidas les refirió con tanta expresión los pesares por ellos sufridos, que los malhechores se sintieron inclinados a la misericordia y se ofrecieron a guiar a los cuatro holandeses hasta la ciudad de Chapare, desde donde les sería fácil hallar navíos para Batavia. Llegado a destino narraron sus aventuras y penurias. Sobre la suerte corrida por sus nueve compañeros y de los otros náufragos jamás se supo nada, ya que indudablemente habrán caído exterminados por los naturales o tal vez devorados por las fieras del bosque.


A pesar de ser Batavia la ciudad más hermosa, importante y poderosa de cuantas posee los Países Bajos en el continente asiático, no me sentía agusto desde que me impulsaba siempre un vehemente desde de viajar. Y a pesar de que las autoridades me negaban permiso para embarcar en el navío “El Ciervo Punzó” destinada a América, pues alegaban que debía cumplir mis servicios de cirujano por tres años, supe sin embargo conseguir por intercambio del comerciante mayorista Guillermo Reyertz que me dieran de baja, y fuera incluído entre la tripulación del mencionado barco. En el mes de marzo de 1659 salimos de Batavia junto con otras cuatro naves, tres de las cuales con destino a Amboina (una de las islas Molucas y donde tiene su sede el gobernador de esa región) y la cuarta, como nosotros, rumbo a América. Hicimos tales progresos gracias al viento favorable que diez días después echamos ancla en el puerto de Chapare[13]. Esta es verdaderamente una ciudad internacional porque en ella se hallan mercaderes de virtualmente todos los pueblos asiáticos. Las casas están ubicadas en forma desordenada por lo cual parecen sus calles tortuosas más a un laberinto que a una población regular. No se le puede atravesar sin peligro por el singular celo que los javaneses y chinos guardan por sus mujeres, pues la más inocente mirada basta para exasperarles. La mayoría de estas mujeres son de aspecto feísimo, pues la hermosura de las javanesas, tan famosas en todo el mundo, sólo dura durante sus años de juventud.


Con algunos compañeros de viaje había bajado a tierra y caminando nos incitó la curiosidad de visitar una mezquita, ignorantes del peligro a que nos exponíamos, pues según el rito muslim, todos los individuos que no pertenecen a su rito son impuros y por lo tanto les es vedado bajo pena de muerte penetrar en el templo. Como las puertas estaban abiertas las atravesamos y nos encontrábamos en un amplio jardín en cuyo centro se encontraba el templo sagrado rodeado de varias casitas para vivienda y solaz de sus sacerdotes. Rodeaba el oratorio un canal provisto de agua muy limpia en el cual se bañaban numerosas mujeres moras, las cuales al divisarnos huyeron, a pesar de hallarse desprovistas de ropas, en dirección a sus moradas dando alaridos de alarma. No atribuyendo importancia a este acontecimiento, nos dispusimos a seguir avanzando cuando repentinamente nos vimos rodeados por una multitud de furiosos javaneses quienes nos hubieran dado muerte si una oportuna intervención de los sacerdotes, quienes nos defendían diciendo que aún no habíamos puesto los pies en el santuario, no hubieran conseguido calmarlos un tanto. Se dice que la entrada de un extraño en ese edificio es considerado tan grave que no sólo se da muerte al sacrílego sino que también se entrega el edificio entero a las llamas, excepto si con creaciones muy fervientes y ceremonias complicadas se consigue declarar el edificio purificado. Una vez librados de este peligro, volvimos a bordo y poco después levantamos ancla abandonando este centro industrial situado en el dominio del gran Mataram[14], emperador de los javaneses.


Marchando siempre hacia oriente llegamos luego de muchos y grandes contratiempos a la isla de Andlau, situada al sudeste de la isla de Boero, las que como todo el resto del archipiélago de las Molucas se halla bajo el mandato de los Países Bajos. El jefe holandés de esta isla nos presentó al humilde reyezuelo y su corte, quienes nos obsequiaron con betel y otros productos del suelo que nos ofrecieron con los ademanes propios de su raza.


Nosotros por nuestra parte obsequiamos al rey y su corte con un vaso de árak que es un aguardiente oriental. Pero al presentarles un plato conteniendo jengibre en confite, creyó el monarca que se trataba de carne de cerdo. Levantándose alarmado exclamó en lengua malaya: “¡O orang, holanda garuhapé pocanire guacar ape mau, fonjo bate tiida marcanbabey!” (Oh, hombres blancos, ¡por qué atentais contra mi tranquilidad!) ¡De ninguna manera como tocino! como algunos de los nuestros celebraran la ingenuidad con una carcajada, aumentó aún la confusión de los indígenas, a lo que puso remedio nuestro escribiente quien tomando a su negra majestad de un brazo, pronunció el siguiente discurso: “Oh rey y soberano de Andlau, ¿por qué rechazais confite tan sabroso? ¿Por qué alteraís vuestra tranquilidad? No es tocino como os lo imagináis, sino una excelente confitura. Dígnanos observar detenidamente, y su sabor agradable os confirmará que no se trata de ningún alimento prohibido por vuestro más alto profeta Mahoma. Tomad y comed de ello; en nada os dañará”.


Con esta disculpa quedó toda confusión aclarada y el soberano moro – que como sus cortesanos, no llevaba más ropas que una corta falda de algodón – ingirió una buena parte del dulce con sumo apetito y hasta se volvió chistoso luego de haber bebido otros varios vasos de árak. Mientras tanto habíamos levantado ancla y navegamos hasta el otro extremo de la isla donde el soberano se despidió de nosotros sumamente satisfecho.


Luego de haber pasado por la importante isla de Amboina donde capeamos una tempestad y escapamos milagrosamente a la acción de un tromba marina, seguimos viaje hasta la isla de Ternate, que pertenece también al grupo de las Molucas, cuyo gobernador, Simón Kors, nos había de informar si debíamos o no seguir rumbo a América. Un motivo importante hizo que se desistiera de ese viaje por lo cual se dispuso que el rico cargamento que conducíamos fuese descargado en este mismo puerto para tomar en cambio especias y completar luego la carga en Amboina, destinada para Batavia.


Ansioso de visitar la ciudad de Ternate, bajé a tierra, donde con gran asombro hallé un compañero de mi juventud, quien aún cuando era natural de Surinam (Guayana holandesa) había recibido su educación en Haarlem. Con él hacía frecuentes paseos fuera de la ciudad donde había hermosos bosques de claveros, cuyas aromas me encantaban. Los indios de las Molucas trataban de arruinar estos árboles arrancándoles la corteza a fin de perjudicar a los españoles con quienes se hallaban en guerra.


Vimos varios castillos y fortalezas hispanas, entre ellas la famosa Gammalamme que consideran su capital, y el fuerte Calamatta que se halla a una milla de distancia de la fortaleza holandesa de Orange. También tenían algunos reductos insignificantes en las islas vecinas. Estas guarniciones españolas, como si se tratara de desterrados, viven muy sobriamente, y esperanzados únicamente en la producción de claveros cuyo comercio da buenas ganancias, pero desde que la enemistad con los naturales les venía privando de esos beneficios, retiráronse casi todas esas guarniciones hacia las Manilas[15] y la Nueva España[16].


Como mi amigo dominaba el idioma español, hicimos una visita a la fortaleza Calamatta, situada sobre una colina. Tan pronto como fué advertida nuestra presencia abrióse la puerta y apareció una doble fila de soldados. El capitán español nos recibió muy cariñoso y nos condujo a través del castillo hasta sus habitaciones, donde aunque sobriamente, nos fueron ofrecidos alimentos y bebidas. El militar era muy modesto en su modo de expresar sus pesares como indulgente, respecto a nuestras contraexposiciones. Entre otras cosas, se quejaba de que los holandeses en estas lejanas tierras se muestran tan inamistosos para con los españoles, sin tener en cuenta de ser todos hijos de una misma raza, lo que debía ser suficiente motivo como para la existencia de una fraternal cooperación que serviría de ejemplo para la educación de los indígenas que hoy destruyen nuestras cosechas y asesinan traidoramente a los abnegados soldados españoles que llegan a su alcance; todo ello cometido por los naturales al amparo de una íntima amistad con las autoridades holandesas.

En la sencilla cómo elocuente oratoria con que el jefe militar ponía de manifiesto sus quejas y pesares se traducía el gran amor y respeto que guardaba por su patria y aún cuando nosotros contrarreplicábamos de una manera que considerábamos digna para el honor de nuestra patria, haciendo entrever que un día Holanda sufrió grandes males bajo el dominio español, había algo en nuestro interior que nos parecía asegurar que las razones expuestas por este militar tenían amplio fundamento.


Luego agradecimos al capitán por su generosa recepción, y después de haber visitado la fortaleza, hizo presentar nuevamente la guardia, acompañándonos hasta fuera del edificio, donde nos separamos después de haberle agradecido una vez más por su amabilidad. Este oficial, un tiempo después, libró una batalla contra los indígenas de la isla de Tydor, en la que fué vencido y sucumbió a manos de sus feroces enemigos.


Como no será exento de interés relatar cómo llegaron los españoles a Ternate, isla que aún cuando de pequeñas dimensiones constituyó en otro tiempo un poderoso reino cuyo soberano no sólo extendía su dominio sobre 72 islas adyacentes sino que hasta el temido rey de Célebes le rendía pleitesía. Era de este modo, el centro del comercio en especias. Vino empero un tiempo en que la envidia de los reyes vasallos dieron comienzo a una serie de rebeliones en las que uno tras otros se independizaban del imperio que de este modo fué mermándose considerablemente. En un esfuerzo por reconquistar lo perdido, estalló la guerra en la que una escuadra unida a los sublevados derrotó definitivamente al rey de Ternate, poniendo así fin a sus ambiciones. En esta última acción participaron también los españoles que dejaron en estas tierras varias guarniciones y puntos fortificados, quedando así en sus manos un riquísimo comercio en especias. Si bien tomaron luego también los portugueses algunos puntos, no pudieron estos imponerse a las armas del pendón de Castilla. Pero finalmente llegaron los holandeses, quienes luego de expulsar a los portugueses, hicieron tales promesas al rey nativo que éste dando la espalda a los españoles rindió pleitesía a los últimos llegados, asegurándose además todo el comercio en especias. Los españoles menospreciados de este modo y coartados en todos sus actos por la acción iracunda de los naturales, optaron por dejarlos bajo el patrocinio de los nuevos amos y no sólo abandonaron casi todas sus guarniciones en la isla de Ternate, sino también las de Amboina, Banda, Timor, Makyam, Solor y otras, todas riquísimas en especias.


Los habitantes de Ternate son muy afectos al ocio. Cada cual está conforme con lo que posee; construyen su propia casa y ropa; del tronco de un árbol hacen una canoa con la que se alejan de la costa para pescar, o bien se internan en la selva para cazar. Las casas carecen virtualmente de muebles. Como no hay nada para robar no cierran las puertas ni ventanas durante la noche. Las ventanas carecen de vidrios. Unas pocas esteras les sirven de sillas, mesa y cama, las que en unión con una olla para preparar la merienda forman todo el moblaje. Cuando un hombre no está conforme con su esposa, toma otra u otras, tantas como desea. Las mujeres de buena posición poco aparecen en la calle y las de condición inferior suelen vender frutas a fin de ganar el sustento para ellas y sus perezosos maridos.


En cuanto al actual rey, llamado Manderzaba (1659), cuando sale de paseo se halla generalmente rodeado de sacerdotes moros, que como es común van vestidos todo de blanco, a los que siguen los príncipes, nobles y orangkaias. Síguele, asimismo, una importante guardia provista de mosquetes, lanzas, saetas y otras armas. El rey es muy respetado. Sus nobles jamás se le acercan sin las mayores genuflexiones; juntan las manos y las llevan a la frente, así haciendo reverencias se aproximan hasta dirigirle la palabra. Lo que llama la atención es que mientras sus cortesanos llevan el cuerpo cubierto a la usanza oriental, va el monarca vestido según la moda holandesa y cuando encuentra a un holandés lo saluda muy amablemente y a veces le dirige la palabra para saber las últimas noticias de Holanda.


Cuando nos preparábamos para proseguir la marcha supe que se había dispuesto que me dirigiera a la fortaleza de Manades, situada en la parte noreste de la isla de Célebes, donde debía prestar servicios de cirujano durante tres años, pero gracias a la intervención oportuna del capitán de mi buque, quedó esta orden sin efecto.


Salimos del puerto en compañía de otras cinco naves, y como el gobernador de estas islas, Simón Kors, dispuso trasladarse a Amboina a borde del nuestro, partimos saludado por una salva de artillería de la fortaleza de Orange, al batir de tambores y son de trompetas. Luego de un viaje no exento de curiosidades y peligros logramos arribar a la bahía de Amboina.

 

Apenas pusimos los pies en Amboina, el gobernador de esta isla, Jacobo Hutzert, a la vez gobernador general de las islas Molucas, ordenó que me quedara en esta isla para prestar mis servicios. Traté en vano que el capitán lograra mi sustitución, pero el gobernador le respondió secamente: “Órdenes, son órdenes y mis disposiciones no las retiro”. Mi tristeza no conocía límites, pero en la fortaleza “Victoria” donde había de actuar no tardé en tener tanta influencia que el gobernador consintió mi sustitución y me colocó en una nave con el empleo de cirujano principal, con lo cual renació mi esperanza de llegar pronto de regreso a Batavia.


Recibimos orden de cargar madera en la isla de Boero, donde los nuestros desembarcaron para cortar árboles y acondicionarlos para el embarque. De regreso a Amboina dispuso el gobernador que nos preparásemos para una acción armada, en la que participarían también otras cinco naves holandesas y cierto número de corrocorros y galalis, que son embarcaciones orientales en las que se transportaban las tropas indígenas de las islas amigas y que según convenio firmado debían acompañarnos para intervenir en caso necesario para por medio de la fuerza de las armas llamar a la razón a las tribus enemigas que vivían en las islas de Goram, Salavaqui y Manabique, cuya infidelidad se proponía castigar.


En agosto de 1659 levantamos ancla y llevado por viento favorable no tardamos en anclar en la costa norte de Ceram en las inmediaciones de la población de Atuwee. Cuando el almirante dispuso que los orankaias del lugar se presentaran a bordo, vinieron humildemente, pidiendo se les permitiera vivir en amistad con los holandeses, ofrecimiento que desde luego fué aceptado de inmediato, firmándose la paz que los orankaias sellaron arrojándose ceremoniosamente un poco de agua por encima de sus cabezas. Luego nos ofrecieron regalos consistentes en sagú, pescado en salmuera y otros productos de escaso valor, todo lo cual recibió nuestro almirante con muestras de suma reverencia y a los cuales respondió haciéndoles ricos regalos.


Terminados los agasajos tomamos rumbo a la negrería de Arakia. Cuando a pesar de haberse desplegado la bandera de la paz y efectuado un disparo de cañón solicitando la presencia de los orankaias, no se presentó nadie, dirigiose el almirante en persona a la orilla en compañía de dos chalupas armadas. Repentinamente se congregó una gran multitud de negros que con gritos destemplados pedían qué era lo que queríamos de ellos. Cuando el almirante les respondió que solicitaba una pacífica y obediente colaboración, contestaron alborotados que no querían ninguna relación con nosotros y que “antes de ser serviles preferían luchar hasta el último hombre” y haciendo muecas que denotaban la ferocidad y crueldad de su estirpe agregaban que “deseaban medirse con nuestras armas”.


El 5 de octubre de 1659 vimos hacia el oeste aproximarse una escuadra nativa de Amboina encabezada por el mismo gobernador de las Molucas, quien tomó el mando como almirante general. El señor Hutzert ordenó la realización de un consejo en el que dispuso atacar a Arakia y destruirla totalmente si así era posible.


Al despuntar el alba partieron las fuerzas, encabezando los reyes de las islas amigas personalmente sus respectivos guerreros. Después de una corta pero intensa lucha conquistamos la población de Arakia, que fué destruida. Los derrotados que alcanzaron escapar con vida huyeron a las montañas, pero nuestro jefe ordenó que todos los árboles de fruto comestible fueran destruídos. Luego de hacer esto, dispuso que los prisioneros fuesen conducidos en calidad de esclavos a Amboina, aunque esta medida resultaba a veces un poco difícil pues los naturales amigos, entusiasmados con el triunfo solían decapitar a los vencidos. Pero si la población de la isla había quedado virtualmente exterminada, también los nuestros sufrieron varias bajas, pues los defensores habían construído trampas cubiertas con bambúes envenenadas. Cerca del lugar donde nos encontrábamos anclados hallábase un islote en el cual cazábamos iguanas y murciélagos, estos últimos estando con las alas extendidas, medían ampliamente una brazada[17] y que a falta de platos mejores los consumíamos con mucho gusto.


Marchamos luego para Goram, donde destruímos muchos pueblos de los negros que aún cuando feroces y ofensivos en la amenaza, abandonaron toda resistencia después de la primera derrota y huían a los bosques hasta donde eran perseguidos. Nuestros aliados indígenas decapitaban aquí muchos enemigos, sacando sus cabezas al sol para conducirlos luego como trofeos a sus respectivos hogares; como para secarlas las colgaban del borde superior de sus embarcaciones, aparecían estas naves indígenas rodeadas de una hilera de tan singular adorno. No faltaban también quienes preferían conducir su trofeo vivo a casa, por lo cual se cargaban gran número de prisioneros.


Convencidos de haber obligado a los rebeldes a conducirse más juiciosamente, volvimos luego de un largo paseo por entre las islas amigas, nuevamente a Amboina.


Todos creímos poder gozar ahora de un prolongado descanso, pero nos vimos defraudados pues al segundo día recibimos orden de marchar a la Isla de Boero, hacia donde según se decía marchaba el poderoso rey de Célebes al frente de una escuadra dispuesta a arrojar a los holandeses de las islas Molucas. Cuando llegamos a Boero, bajé con un amigo, el abanderado de a bordo, a tierra para dar un paseo, pero al volver a nuestro buque en una canoa que nos había facilitado el gobernador de la isla, nos sorprendió tan violento huracán que nos creímos perdidos y sólo a duras penas pudimos volver a tierra, donde hubimos de esperar hasta que mejorara el tiempo. Cruzando entre las numerosas islas sin encontrar señales de las naves enemigas, recibimos orden de anclar en Chayele, población situada en la parte norte de la misma isla de Boero. Aquí nos tocó presenciar cómo una tremenda tromba marina destrozó y volcó una pequeña nave holandesa, parte de cuya tripulación pereció durante el siniestro. El capitán de la nave naufragada fué acusado de imprudencia y conducido encadenado a Batavia donde sin embargo pudo comprobar su inocencia y recuperar la libertad.


La población nativa de Boero vive en casas hechas de cañas y según convenio firmado con los holandeses deben cortar árboles y quemar malezas a fin de obtener la mayor extensión de terreno cultivable, algunas son fieles a la religión de Mahoma aún cuando la mayoría son idólatras.


Los nativos para casarse, según la costumbre de su pueblo, tienen que comprar a su futura esposa, sea con comestibles u otras cosas de escaso valor, pero aún así, los padres que poseen muchas hijas no dejan de hacer buen negocio.


Cuando en un hogar nace un hijo, no lo visten ni lo cuidan como lo hacen los europeos, aquí tampoco existen parteras ni madrinas. A las pocas horas se levanta la madre para bañarse ella y su hijito, en el río más próximo. Sólo el padre se finge sumamente débil y enfermo como consecuencia del parto, obligando a la parturienta a servirle confortables viandas para restablecerlo del susto. Cuando alguien se muere se reúnen los allegados para hacer ruidosas lamentaciones pero luego de haberlo enterrado en una especie de bóveda a fin de protegerlo de toda alimaña, se reúnen todos en un festival donde bailan, o mejor dicho, saltan como monos.


Se dispuso que volviéramos a Amboina. Durante el viaje, capeamos un violento huracán y divisamos una nave que salía a nuestro encuentro, pues en Amboina había corrido la noticia de que habíamos naufragado.


En la isla de Célebes se encuentra el reino de Macassar que domina además sobre los demás reinos tributarios que ocupan el resto de esa tierra. Los habitantes de Célebes, aún cuando valientes y decididos son muy traidores y tercos. Derrotados en grandes batallas simulaban obediencia a los holandeses, pero al hallar alianza con los portugueses volvían a las suyas esperando oportunidades propicias para conquistar el archipiélago de las Molucas, mercado mundial en la producción de especias. Finalmente resolvieron las autoridades de Batavia llevar una acción decisiva contra Macassar para darles una severa lección y curarles para siempre de su orgullosa desobediencia y felonía. Con tal fin se había reunido en Amboina una considerable escuadra entre la que figuraban no pocas fuerzas indígenas de las islas amigas. Luego de un día de fervorosas oraciones a fin de invocar la ayuda divina, marchamos rumbo a Célebes. Durante el viaje, mientras que estábamos reunidos en una ceremonia religiosa chocamos violentamente con otra de nuestras naves, haciendo que a consecuencia de la confusión del momento la ceremonia se interrumpiera, pero felizmente no fueron los destrozos irreparables. Pasando frente a la isla de Sodor, nos visitó la reina para solicitar que estableciéramos en su territorio una guarnición a fin de protegerla de las ambiciones portuguesas, a lo que se accedió prometiendo llevarlo a la práctica tan pronto terminara esta acción.


Los indígenas que nos acompañaban ignoraban cuál era el enemigo a quien proyectábamos combatir; en nuestra nave había un cuerpo de héroes nativos cuyo jefe, haciendo alarde del valor de su gente, juró no comer carne en salmuera hasta no haber hecho antes un banquete ante los vencidos. Pero cuando supo que la acción era contra el aguerrido reino de Macassar, quedó lívido de terror. Su heroísmo no era para tanto.


El 10 de julio de 1660 llegamos frente a Macassar, desde donde vimos partir una embarcación que navegaba a nuestro encuentro y nos hizo suponer que venía portador de alguna proposición pacífica; no sucedió así, pues llegado a una prudente distancia viró como para observarnos bien y luego desplegando todas las velas emprendió rápido regreso

En esto se descubrió que en el puerto de Macassar se hallaban seis naves portuguesas, por lo cual se dispuso abordarlos a fin de dar a los naturales un ejemplo del arrojo de los holandeses. Al despertar el alba comenzó la acción que duró varias horas pues los portugueses hicieron una heróica defensa hasta que finalmente voló repentinamente la nave insignia portuguesa a lo que siguió un incendio y hundimiento de otras dos, otras dos en un intento de huir encallaron en la costa y la sexta nave, la “Nostra Signora de Remedio” fué apresada y hallose que era portadora de un rico cargamento de sedas y productos de origen chino.


La derrota de los portugueses ocasionó enorme revuelo en Macassar, pero en vez de invitarlos a la obediencia, vimos aparecer un numeroso ejército indígena, tanto de infantería como caballería. Entre estas tropas se encontraban también muchos soldados portugueses.


Al día siguiente marcharon las treinta y cinco naves que componían nuestra escuadra rumbo a la costa mientras disparaban sucesivamente sus cañones. Este proceder debe haber impresionado hondamente a los naturales, pues vimos una engalanada embarcación salir a nuestro encuentro, conduciendo dignatarios que una vez a bordo de nuestra nave insignia, dijeron que venían enviados por su rey en amistosa misión a fin de saber por qué habíamos venido frente a su capital con una fuerza tan considerable, a lo cual se les respondió que cansados de tantas traiciones y falsos testimonios de tributo, habíamos resuelto demostrar nuestro descontento por la fuerza de las armas y hacerles comprender la conveniencia de ser más fieles en lo futuro. Dicho esto se obligó a los dignatarios macasserinos a regresar prestamente si no querían quedar hechos prisioneros. Volvieron pues a tierra para notificar a su soberano quien creyó haber obtenido un nuevo triunfo diplomático con esta entrevista, pues nunca habían los nuestros dado una respuesta tan categórica como la presente.


Cuando cayó la noche se prepararon once de nuestras naves para una acción destinada a bombardear el castillo real de Samboupo, a fin de atraer allí todas las fuerzas armadas del rey nativo y permitir así que las demás naves pudieran intentar un desembarco cerca de la fortaleza de Pankoke que se encontraba de un lado de la ciudad de Macassar. Apenas despuntó el alba del 12 de junio de 1660 desplegamos las velas y marchamos en dirección a la costa que procuramos acercar lo más posible. Mientras navegábamos en fila rogamos por la ayuda divina, después de lo cual izamos la bandera de la sangre. En los castillos de tierra vimos izar asimismo numerosas banderas de la sangre. Inmediatamente respondimos disparando nuestros cañones contra el fuerte de Pankoke; en un principio respondieron sus cañones sin hacer mucho blanco, pero pronto los silenciaron nuestros tiros certeros. Hecho esto comenzamos la treta propuesta, marchando hasta colocar nuestras naves frente al castillo real, el cual atacamos con gran violencia. Podíamos observar claramente los grandes destrozos que ocasionaron nuestros disparos. Y como supimos más tarde, una concubina del monarca con quién éste se hallaba conversando fué decapitada por un proyectil, ocasionando una honda consternación en el ánimo del rey. La batalla se tornó sin embargo muy reñida, pues un cuerpo del ejército portugués llegó en defensa del afligido soberano y sus tiros nos causaron también importantes destrozos. Pero a pesar de ello conseguimos nuestro propósito, pues las tropas indígenas acudieron de todas partes para defender el palacio real, abandonando por lo tanto sus fortalezas y puntos estratégicos, lo que permitió al resto de nuestra escuadra hacer un sorpresivo desembarco. Estas tropas marcharon rápidamente sobre el puerto de Pankoke que tomaron casi sin oposición, pues la pequeña guardia que había quedado en ella apenas atinó a hacer resistencia. Y aún cuando la mayoría de esos soldados fueron muertos, lograron algunos huir y dar la voz de alarma, por lo cual, volvieron inmediatamente millares de guerreros de Samboupo que iniciaron bajo terribles alaridos un violento ataque para reconquistar la fortaleza perdida. Pero los nuestros que habían dispuesto todo para la defensa, a pesar de su gran inferioridad numérica, respondieron con tal energía y certeza que la mayor desorganización cundió entre el inmenso ejército enemigo, circunstancia que los nuestros aprovecharon para a su vez pasar al ataque, originando una espantosa matanza entre los nativos que huyeron despavoridos, los nuestros los persiguieron sin descanso hasta entrar en la misma ciudad de Macassar donde incendiaron todos los templos, edificios, casas y astilleros para vengar con la mayor destrucción su deslealtad y crímenes.


Cuando desde nuestras naves vimos ondear la bandera de Orange Nassau en la fortaleza de Pankoke y que las llamas devoraban la ciudad de Macassar, suspendimos el bombardeo contra el palacio real que casi se hallaba ya en ruinas, y seguimos viaje a lo largo de la costa, sobre la que se extendió la ciudad. Pasamos así frente a las oficinas de la Compañía Oriental de la Indias Inglesas, donde se hallaba anclada una nave de esa nacionalidad. Los ingleses eran entonces nuestros amigos y aliados por lo que evitamos allí todo motivo de provocación. Pasado este punto volvimos a abrir nuevamente el fuego contra las concentraciones enemigas. Cuando llegamos frente a los cuarteles de los portugueses, dispuso su jefe, el señor Francisco de la Vygero, una acción contra nosotros, indudablemente para vengar la derrota de su escuadra. Comenzaron por hacernos blanco de un nutrido fuego, durante el cual recibimos serios impactos. Nosotros desde luego contestamos con la misma energía. Seguimos sin embargo navegando hasta la fortaleza “d´Jou Pandan”, que defendía el otro extremo de la ciudad y que bombardeamos asimismo seriamente. Cuando finalmente se ocultó el sol tras del horizonte, nos alejamos esperanzados en haber obligado a los naturales a la concertación de una paz estable.


El día siguiente, 13 de junio, enterramos nuestros muertos y hacia la tarde partió una magnífica nave nativa desde el castillo de Samboupo y se dirigió hacia la nave del almirante general, conduciendo a los emisarios del rey para solicitar una tregua. El jefe holandés les respondió que teniendo en vista el triunfo obtenido estaba decidido a no soportar sugestiones ni fingidas demostraciones de arreglo. Agregó que si había logrado una victoria tan importante, pensaba completarla dentro de poco ya que esperaba una escuadra mucho más poderosa que debía llegar de Batavia. Esta decidida manifestación asustó tan sobremanera a los emisarios nativos que instaron a firmar una tregua a cualquier precio, la que aceptó el jefe holandés bajo las siguientes condiciones: “Firmamos con los de Macassar una tregua de cuarenta y ocho horas dentro de cuyo plazo deberá enviar el rey sus representantes responsables para firmar con el gobernador general de las Indias Holandesas, señor Juan Maarsuiker, una eterna paz”. Hecho esto volvieron los representantes indígenas a tierra para informar de lo hecho a su rey. Este aceptó y dispuso que una comisión encabezada por un príncipe de edad avanzada, llamado Craín Papa, cumpliera lo establecido. Este se presentó a las puertas de la fortaleza de Pankoke, donde uno de nuestros oficiales le exigió que mostrara sus credenciales. “Las llevo dentro de mi sangre – respondió el anciano con solemnidad – además Su Majestad me ha dado las instrucciones necesarias para saber actuar en todas las circunstancias”. El oficial despectivamente exclamó: “Id y volved antes de expirar el plazo estipulado con un documento firmado por vuestro rey”.


Dejando una guarnición de quinientos hombres en el fuerte de Pankoke y una escuadra de cuatro naves, volvimos los restantes a Batavia (agosto de 1660) seguido por los representantes de Macassar que hicieron el viaje en sus naves orientales. Estos firmaron una paz estable la que violaron sin embargo en 1665 cuando desembarcaron sorpresivamente 10,000 guerreros en la Isla de Botton, donde trataron de conquistar los fuertes holandeses, pero la oportuna llegada del almirante Cornelio Speelman, defraudó sus esperanzas, no obstante lo cual continuó la guerra hasta 1667. Dos años más tarde quebraron una vez más su palabra, pero esta vez conquistaron los holandeses no sólo todo el poderoso reino de Macassar sino también el mandato holandés y con ello una paz estable.


Poco antes de iniciar nuestra ya descrita expedición a Macassar, había embarrancado un pequeño navío holandés en sus costas, siendo su tripulación apresada por los naturales, quienes los condujeron tierra adentro y donde les hicieron objeto de brutales vejámenes, además de tener que mendigar su alimentación, la que era tan reducida, que un día al encontrar en el bosque una serpiente muerta de enorme tamaño, les indujo el hambre a abrir su hinchado vientre del cual retiraron un cerdo grande, el que devoraron como un plato delicioso[18].


Como consecuencia de nuestro triunfo decidieron los naturales ponerles en libertad, consiguiendo llegar hasta nosotros virtualmente desnudos y presos de una intensa emoción.

 1° Y 15 de Julio de 1941

BALANZA NÚMS. 204 y 205.

 


[1] Worten Schouten nació en Haarlem, capital de la provincia de Holanda del Norte, hacia el año de 1638. En abril de 1658 embarcó con el cargo de cirujano en una nave de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, con destino a Batavia. De allí visitó Amboina, Ternate e islas adyacentes, el imperio de Aracán, Bantam, Ceilán y las costas de Coromandel hasta la desembocadura del río Ganges, luego de haber sorteado grandes peligros regresó en 1665 a su ciudad natal donde falleció en 1704. Su obra Viajes hacia y a través de las Indias Orientales y del cual publicamos en este número apuntes del tomo primero, fué publicado en tres tomos y reeditado en cuatro ediciones sucesivas; las dos primeras sin fecha y la tercera y última en 1740 y 1775 respectivamente, todas en Amsterdam. N del T.

 

[2] Nombre que daban al Golfo de Vizcaya. N. del T.

 

[3] El pico del Infierno o de Teide mide sólo 3,715 metros de altura, pero como los marinos y exploradores carecían de instrumentos para una medición exacta de las alturas y que se hacían a ojo, daban pie a muchas confusiones. N. del T.

 

[4] Son las de Cabo Verde que así las llamaban por la por las abundantes salinas existentes en su suelo.

[5] Hasta 1703 fué la colonia del Cabo posesión holandesa. N. del T.

[6] Ruego al lector interprete el concepto de los marinos de aquel entonces. N. del T.

[7] El consolador de enfermos era un pastor protestante que acompañaba a los marinos en sus largos y atrevidos viajes. N. del T.

 

[8] El orankaia u orangkaia (orang; hombre y kaia: notable)), es un Grande entre los malayos. N. del T.

[9] Era costumbre en los siglos pasados latinificar en los países anglosajones los nombres de las personas a quienes se quería dar importancia. Es además indudable que el nombre de Herman, tan común en Holanda y Alemania, sea una degeneración de la palabra hermano introducida allí cuando el emperador Carlos V unió por herencia esos territorios bajo el cetro de España. N. del T.

[10] Estará demás, decir que no llegaba nunca. N. del T.

[11] Tierra del Sur era el nombre que daban los marinos holandeses a Australia, traduciendo así el nombre dado por los españoles a ese continente. N. del T.

[12] A Java se le solía llamar Gran Java para distinguirla de la isla de Bali que denominaban Pequeña Java. N. del T.

[13] Chapare o Dyapara, es capital de la regencia distrital del mismo nombre, situada en la costa norte de Java. En 1618 fué esta ciudad incendiada a fin de castigar al suchuan (emperador indígena) por haber permitido que sus súbditos saquearan el edificio de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. N. del T.

[14] El Mataram era un poderoso imperio. En el siglo XV abarcaba virtualmente toda la isla de Java, pero iniciada la conquista europea en 1597 y que tomó incremento en la toma y destrucción de Yácatas por los holandeses en 1619, sobre cuyas ruinas fundaron la ciudad de Batavia, acortose su extensión considerablemente. En 1775 fué dominado completamente y subdividido en dos regiones: Mataram (o Surakarta) y Dyokdyocarta. El sushúan o emperador reside en la actualidad en Surakarta, pero su mandato es sólo nominal, pues el país es regido por un regente holandés dependiente a su vez del gobernador general o virrey de la Insulindia. N. del T.

[15] Nombre que se daba a las Islas Filipinas. N. del T.

 

[16] Se solía denominar Nueva España al entonces virreinato de México. N. del T.

[17] La brazada a que se refiere mide 1 metro 698 milímetros. N. del T.

[18] Algunos lectores dudarán tal vez que puedan haber serpientes de tal tamaño, sin embargo en la isla de Célebes, no escasean. N. del T.



Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

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