Wouter Schouten (Cuarta parte)
- EMEDELACU

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Una vez dotado a Cranganor de una prudente guarnición y abundantes provisiones y pertrechos de guerra, resolvió nuestro jefe no perder tiempo y marchar inmediatamente sobre el objetivo inmediato, que era Cochin.
El río Cranganor que separa la ciudad de ese nombre de la de Cochin se halla a esta altura bifurcada en dos brazos del cual el del Norte conserva su nombre y el del Sur toma el de Cochin, ambos brazos crearon así sobre una longitud de unas nueve millas hasta su desembocadura en el mar Índico, la isla de Vypin, en la que desembarcamos luego de cruzar el río Cranganor y cuya población, enemiga encarnizada de los portugueses, nos tributó una calurosa bienvenida. En la costa opuesta de esta isla, frente a Cochin, hallamos una iglesia portuguesa y el palacio obispal, al lado del cual levantamos una fortaleza que dimos el nombre de Nueva Orange y que dotamos convenientemente de artillería pesada.
El río era aquí tan angosto que la distancia entre nuestro fuerte y la ciudad de Cochin no alcanzaba a un tiro de mosquete, circunstancia que trataron los portugueses en vano de aprovechar para neutralizar nuestros trabajos de fortificación mediante el empleo continuo de su artillería.
En lo que se refiere a nosotros los tres cirujanos, nos encontramos con que luego de una estancia de catorce días en Cranganor nos hallamos con casi todos los enfermos completamente repuestos de sus heridas, por lo cual consideró nuestro incansable comandante, el señor Ryklof van Goens, llegada la mejor hora para que el pequeño ejército de tierra iniciara simultáneamente con la escuadra una acción directa contra la ciudad de Coulant. Por lo tanto nos embarcamos con los setenta heridos en una pequeña embarcación que siguió la corriente del río hasta la desembocadura en el mar donde transbordamos al navío “Vlieland”. Mientras tanto, yo estaba ocupado en preparar mi botiquín a fin de dejarlo en condiciones para la próxima acción.
Una vez transbordados, levantó la mayor parte de la escuadra ancla y siguió a lo largo de la costa de Malabar hasta cuatro millas al Sur de Cochin donde esperamos el nuevo día. Al amanecer, se aproximaba a nosotros una navecilla conduciendo al rey de Cochin, acompañado de algunos cortesanos, para ofrecer a nuestro jefe la colaboración de algunas tropas que aún le eran fieles como así también para advertirle que mediante un precio módico podría nuestra gente ser provista de abundantes alimentos. Lo único que nos rogó fué que se procurara no ofender ni perjudicar en nada a los nativos.
Este rey era el señor legal de estas tierras, pero debido a sus simpatías por los holandeses, había sido destronado por los portugueses para ser reemplazado por su madre que era dócil instrumento en manos de los lusitanos. Pero a pesar de esto, continuaba el rey siendo amado y reconocido por la mayor parte de los súbditos, excepto por los nairos que apoyaban a la reina.
El señor van Goens prometió al rey cumplir fielmente todo cuanto fuese razonable y justo, pero le rogó a su vez que mediante una buena recompensa nos hiciera guiar, por los caminos hacia la ciudad. Hecho el acuerdo retiróse el rey de a bordo.
Llegada la hora conveniente, aproximáronse nuestras naves lo más posible a la costa y se procedió al desembarco de las tropas. Una vez todos en tierra recibió nuestro jefe nuevamente al monarca, fundiéndose ambos en un abrazo efusivo. El soberano que en ese momento estaba acompañado solamente de un sacerdote brahmán, se mostraba muy satisfecho. Estaba armado de un escudo oblongo y una espada sin vaina. Su única vestimenta consistía de una faldita de algodón que le cubría desde las caderas hasta los tobillos. Sus cabellos, según la costumbre de los nairos, los llevaba recogidos en el occipucio de donde caían formando un haz compacto. En los dilatados lóbulos de sus orejas y en los antebrazos llevaba anillos de oro y adornos de piedras preciosas, y alrededor de su desnuda cintura colgaba una cadena de oro. Era de alta estatura, regularmente grueso y parecía dispuesto, astuto y de carácter alegre. Su tez era bastante blanca y su edad, a mi juicio no debió pasar de los 34 años. Dominaba muy bien la lengua portuguesa.
Dividido el ejército en tres brigadas, iniciamos en orden marcial la marcha a lo largo de la orilla río arriba. Hacia la tarde, arribamos a una aldea situada a una milla de la ciudad de Cochin. En esta aldea hallamos viviendas magníficamente construidas y rodeadas de hermosos cocos bajo cuya sombra hallábamos un magnífico refugio contra los rayos abrasadores del sol. Su población había apelado a la huída al saber de nuestro avance, pero tranquilizada por la presencia del rey y nuestra promesa de protección, regresaron todos a sus hogares. El soberano a su vez logró reunir a varios de sus nobles y brahmanes o sacerdotes de Brahma, a los cuales llevó hasta nuestro comandante ante quien declararon su afecto al pendón de Orange Nassau. Celebrando este reconocimiento desahogó el rey su alegría dando grandes saltos, durante los cuales supo, al menos desde el punto de vista de sus subordinados, conservar su dignidad y granjearse el mayor respeto y afecto de los suyos.
Nuestro comandante prohibió bajo pena de muerte que nuestra tropa hiciera el menor daño material ni moral a los naturales, a los que en cambio debíamos demostrar la mayor cortesía y congratulación. Este medio tuvo por resultado que los malabares vieran en nosotros a sus amigos y salieran a nuestro encuentro en compañía de sus mujeres e hijos. Todos parecían tener manifiesta curiosidad de presenciar la llegada del ejército cristiano holandés que había venido para expulsar a los portugueses, idea que les llenó de júbilo y les hacía expresar el voto que nuestro triunfo les librara de la dominación lusitana, para que su vida, bajo nuestra protección, pudiera desarrollarse justicieramente.
Luego de un descanso de tres horas, que fueron las de mayor calor del día, continuamos nuestro avance a tambor batiente, con el pendón de Orange Nassau desplegado y al son marcial de nuestra banda de música. Nuestra marcha era rápida a lo largo de la costa. Los portugueses, en la creencia de que nuestro desembarco hubiera sido cerca de la ciudad misma, habían construido en ese punto algunas trincheras a lo largo de la costa, pero como desembarcamos mucho más hacia el Sur, resultaron esas defensas completamente ineficaces.
Sin encontrar pues resistencia alguna, hallamos a poco más de media milla de la ciudad una iglesia portuguesa construida en honor a Santiago y que se hallaba rodeada de un hermoso bosque de cocos. Los naturales del lugar habían desaparecido pero tranquilizados por los otros malabares que nos acompañaban no tardaron en reaparecer y confraternizar con nosotros.
Estando ya muy avanzada la tarde y por entrar la noche, resolvimos pernoctar dentro del templo el cual hallamos cerrado. Poco tardamos empero en franquear la entrada, hallándose entonces con la sorpresa de que la iglesia estaba completamente vacía; hasta las estatuas que los católicos adoran al lado de Dios parecían haber huido junto con sus creyentes rumbo a la ciudad. Nuestras tropas por lo tanto no hallaron dentro de ella nada para saquear.
En esto se abrió paso un viejo porotugués quien, acompañado por dos hermosísimas hijas, pidió una entrevista con nuestro comandante. Cuando el señor van Goens le recibió con su habitual cortesía, explicó que había habitado durante muchos años este lugar como hombre libre sin inmiscuirse en las acciones de guerra que había venido realizando su patria y rogaba por tanto se le permitiera continuar viviendo en compañía de sus hijas y esposa sin ser molestado. Accedido a todas sus súplicas marchó de regreso a su vivienda. Al día siguiente volvió, pero vertiendo amargas lágrimas y arrojándose a los pies del comandante para exponerle en dolorosa queja que durante la noche soldados de nuestro ejército invadieron su casa para deshonrar a sus hijas. El señor van Goens respondió que señalara a los culpables para darles su merecido castigo, que indudablemente sería el de muerte, pero como el anciano se negó a indicar a los profanadores, hubo de regresar sin hacer posible ninguna medida disciplinaria. A mi juicio debió ser el hecho más que nada de la imprudencia del portugués, pues de no haber exhibido a sus hijas ante nuestros soldados, nadie habría ido a hacer irrupción en su domicilio, pues según reza una máxima: “Lo que no ven los ojos no anhela el corazón”.
Nuestro ejército pasó la noche en la playa mientras que el cirujano mayor y nosotros los tres cirujanos, dormíamos sobre una amplia mesa de juego que junto a una cancha de bochas había sido construida frente al templo. Nuestras ropas nos debían servir de cama y frazadas y nuestros brazos de almohadas.
Apenas se asomaron los hermosos rayos solares anunciando el esplendor del nuevo día, quedaban nuestras tropas nuevamente en orden marcial y al ritmo de la alegre música de campaña abandonamos la aldea y continuamos marchando en dirección de la ciudad, mientras no lejos de la costa navegaba nuestra escuadra con sus velas desplegadas para sitiar a los portugueses desde el mar mientras que nosotros debíamos atacarlos por el lado de tierra.
A los lejos divisamos la iglesia de San Juan que estaba situada a un tiro de mosquete de la ciudad y se hallaba envuelta en llamas. No dudábamos, como así quedó más tarde confirmado, que ello era obra de los mismos lusitanos ante el temor de que pudiéramos emplearlo como un refugio. Cuando llegamos a la misma consiguieron los nuestros tras la ruda tarea de apagar el incendio, y como la mayor parte se hallaba en ruinas pudimos apenas hallar un refugio en algunas galerías, celdas y salas laterales. El edificio, construido totalmente de ladrillos, era de grandes dimensiones y se hallaba rodeado, como si se tratara de una fortaleza, de una muralla que se extendía desde un bosque de cocos hasta junto a la playa. Aquí habían construido una palizada y una trinchera, con la intención probable de hacernos frente, pero optaron por abandonarlos. Esta defensa que ellos habían dejado por inservible nos era de gran utilidad, pues habiendo en este lugar bastante profundidad podía la escuadra acercarse a tierra, para desembarcar cuando nos hiciera falta sin que los lusitanos pudieran oponer ninguna traba para evitarlo.
De aquí en adelante hasta la muralla de la ciudad no había más que campo llano, el cual atravesamos pese al fuego de los mosqueteros y artilleros enemigos y llegamos junto al muro de la ciudad fortificada, pero como aquí podíamos correr el peligro de una sorpresiva salida envolvente de los sitiados, optó nuestro comandante regresar hasta el bosque de cocos más cercano a fin de refrescarnos un tanto y protegernos de los rayos abrasadores del sol.
La ciudad de Cochin era después de Goa la ciudad más importante que los portugueses poseían aún en las Indias Orientales. Su predio por el lado de tierra adentro alcanza a media hora de camino, pero de ancho es muy angosto. No lejos de donde nos hallábamos se encontraba el palacio de la anciana reina de Cochin, como así también una de las pagodas más importantes de la región malabar, en este punto se habían congregado los nairos formando un poderoso ejército. Nuestro jefe les prometió que nuestra acción estaba dirigida exclusivamente contra los portugueses, por lo cual con sólo mantenerse neutral no serían molestados en nada. Pero incitados por la reina que se hallaban en convivencia con los lusitanos, de los que comúnmente eran enemigos, rechazaban nuestro ofrecimiento y parecían tomar disposiciones para atacarnos por la espalda. Ante esta situación nos sugirió nuestro buen amigo el rey destronado que antes que nada nos midiérmanos con ellos a fin de privar de este modo a los portugueses de sus aliados. El comandante, considerando buena la idea, lanzó dos brigadas contra los nairos que en formación de combate opusieron una enérgica resistencia. La batalla fué reñida pues como los naturales contaban con algunas piezas de artillería y de otras armas de fuego, solían abrir grandes brechas en nuestras filas, pero finalmente fueron vencidos y apelaron a la huída, unos hacia el palacio y los demás en dirección a la pagoda, donde bajo la protección del ídolo creyeron hacerse invencibles, pero el fetiche pareció preocuparse muy poco o nada por la suerte adversa de sus creyentes que después de otra corta pero reñida resistencia fueron dispersados totalmente. También al palacio se extendió la masacre. Varios de los nuestros que supieron obrar con rapidez hicieron un buen botín de guerra, arrancando orejas y dedos a los vencidos muertos y agonizantes a fin de despojarlos de sus anillos y alhajas.
El palacio real de Cochin era amplio y de construcción maciza, contando con varios pisos. Muchos nairos perseguidos con tenacidad, arrojándose por las ventanas altas en una desesperada intentona de escapar a la furia y rapacidad de los vencedores, aunque sólo pocos lograron ponerse a salvo, pues casi todos cayeron en manos de los soldados holandeses ansiosos de exterminar a los vencidos.
Yo vi a uno de los nuestros desahogar su sed de venganza hundiendo su daga repetidas veces en el cuerpo de un nairo agonizante que yacía cubierto de heridas en las inmediaciones del palacio. Cuando le observé por esa conducta me respondió con vehemencia: “¿por qué no me saciaré en estos monstruos si a mí me cortaron la nariz?” Le faltaba en efecto ese órgano, pero bajo mi cuidado y con el empleo de medicamentos apropiados para hacer crecer la carne, conseguí proveer nuevamente de un respetable bultito.
En cuanto a la población nativa, no fué molestada en lo más mínimo, y aún cuando algunos habían huído, fué la mayoría testigo desde lejos de la lucha, sin preocuparse en lo más mínimo por la suerte de los nairos aliados de los portugueses.
Nuestro abanderado, el cadete Enrique van Rheede, fué quién apresó a la anciana reina. Nuestro comandante ordenó que se cuidara por su vida y se le diera buen trato por tratarse de la madre de nuestro aliado, pero por encargo de este mismo, la mantuvimos a buen recaudo, no por su belleza – pues se trataba de una vieja de horrible fealdad aunque sí cubierta de collares y sortijas – sino por que no inspiraba confianza.
Conquistado el palacio, entregó el señor van Goens solemnemente la posesión del mismo al rey legítimo dejando a su servicio una guarnición compuesta por dos compañías de soldados.
Nosotros, los cirujanos militares, hubimos de presenciar de cerca la batalla a fin de poder prestar nuestra ayuda inmediata a los heridos. Un cuerpo de lascarinos[1], les transportaban luego a la iglesia de San Juan donde sólo en apariencia se hallaban fuera de peligro, pues aparte de la completa falta de comodidad amenazaban las ruinas del mencionado templo con un inminente derrumbe.
El día siguiente fué dispuesto el asalto a la ciudad, pero los portugueses, a pesar de que tratamos de confundirles haciendo un simulacro de ataque por el lado opuesto de donde se proyectaba la acción, adivinaron nuestra intención y prepararon todo para una tenaz defensa. El capitán mayor, Pedro Was, recibió orden de dirigir el ataque, logrando en efecto escalar la muralla y apoderarse de varias casas inmediatas a la misma. El avance tomó tal empuje que algunos de los nuestros que le acompañaban creían ya ganada la batalla, pero en esto lograron los lusitanos incendiar varios de los edificios tomados lo que hizo cambiar la suerte de los holandeses, pues éstos se veían ahora rodeados por todas partes; trataron en un desesperado esfuerzo por abrirse paso a través de la valla que les separaba del resto del ejército. Sólo algunos lograron su propósito, pues la mayoría, inclusive el valiente capitán mayor que les encabezaba, dejaron la vida en el campo de batalla.
A pesar de este revés, quedamos sin embargo dueños de un suburbio de la ciudad y nuestro ejército aún cuando muy debilitado, fué dividido en tres cuerpos a fin de procurar completar en lo posible el sitio. En la parte de la población conquistada habíamos convertido a la iglesia de Santo Tomás en un hospital, ejerciendo yo mi función de cirujano delante del altar de los católicos. Mientras tanto se combatía con denuedo por ambas partes, en la cual los nuestros lograron sin embargo, avanzar lentamente. Pero en esto llegó la noticia que el rey malabar de Percate, también llamado Porca, venía marchando al frente de un ejército de siete mil nairos en defensa de los lusitanos.
Nuestro comandante comprendió la gravedad de la situación creada, pues no sólo se había menguado el ejército expedicionario a sólo mil cuatrocientos hombres, sino que asimismo las provisiones que conducía la escuadra se encontraban casi exhaustas. Eran ya tres semanas completas que sitiábamos la ciudad. Resolvió por lo tanto que un tropa intimidara a los sitiados a la rendición. El valiente gobernador lusitano, Ignacio Sermento, respondió que estaba dispuesto a honrar a su patria y a su rey hasta el último sacrificio.
Fracasada la intimidación se dispusieron nuevas medidas, pero la falta de gente hizo imposible un sitio riguroso, por lo cual consiguieron los portugueses introducir durante las noches grandes refuerzos y pertrechos de guerra procedentes desde Goa. Demostraban por ello su alegría echando al vuelo las campanas e izando banderas. Estos refuerzos enemigos y la proximidad del ejército de Percate, obligó a tomar medidas defensivas, siendo la primera la evacuación del suburbio ocupado, pero cuando una entrada prematura de la temporada de las lluvias vino a complicar la situación, decayó el ánimo de tal modo en nuestras filas que el señor van Goens resolvió levantar el sitio y regresar a las naves, cosa que se llevó a cabo durante la noche del 2 al 3 de marzo de 1662.
Como era necesario obrar en el mayor secreto para evitar que los portugueses se percataran de ello y con una salida sorpresiva convirtieron nuestra retirada en una derrota, ofrecióse uno de nuestros marinos a pernoctar solo en las trincheras abandonadas, las que recorría repitiendo incesantemente el grito de alerta, como es costumbre en los campamentos. Tenía que cambiar siempre la voz, pues él mismo tenía que contestar.
Al despuntar el alba, regresó a su vez a su nave. Cuando se controló a bordo la asistencia, no faltaba más que un esclavo de color.
Recién dos días después descubrieron los portugueses que el sitio estaba levantado. Desde lejos podíamos observar sus demostraciones de alegría mientras ponían fuego a las defensas que habíamos abandonado. No era infundado su temor por nuestro regreso que repetiríamos el año siguiente como más adelante relataré.
Levantada el ancla echamos vela hasta la fortaleza de Nueva Orange, del cual fué nombrado jefe el valiente Capitán Pierre du Pont, al mando de una guarnición compuesta por setecientos hombres, siendo su encargo estorbar en lo posible el comercio de la ciudad. Dispuesto esto iniciamos el regreso con la mayor parte de la escuadra a Cranganor donde asimismo dejamos una guarnición de quinientos hombres bajo el mando del señor Verspreet, con encargo de defender la plaza contra los posibles ataques de los portugueses.
Como la mayoría de los heridos había quedado mientras tanto repuesta, recibí orden de ocupar la plaza de cirujano mayor en la nave almirante, la “Mirística”, cuyo cirujano mayor había recibido orden de permanecer durante un año en la fortaleza de Cranganor. Teniendo pues que acompañar al almirante en su regreso a Batavia me despedí de mis amigos y compañeros de viaje y ocupé mi puesto en la nave que me había sido designada y donde entre holandeses y cingaleses[2] había no menos de cuatrocientos cincuenta personas[3]entre los cuales se encontraban no pocos enfermos, por lo cual me vi frente a una intensa labor de la que me veía libre apenas algunas horas durante la noche.
Mientras nos hallábamos en este puerto, había mucho movimiento a bordo. Continuamente subían y bajaban altos jefes, que eran saludados por redobles de tambores y son de trompetas, a lo que se unía la banda de los lascarinos. Varias veces nos visitó aquí el Zamorin o emperador de Malabar, del cual ya he hablado antes, y quien llegaba en compañía de otros jefes nativos y nairos, todos los cuales revistaban con sumo interés las dependencias de nuestro barco.
Si en el primer libro he hecho una corta descripción de las islas situadas al Oriente de la Gran Java, en este segundo, aparte de lo dicho del reino de Arakan, daré una descripción de la región que se extiende al Oeste de la misma, comenzando por el Mar Rojo por extenderse hasta allí las rutas importantes de la navegación holandesa[4].
La India, que debe su nombre al río Indo, es considerado el país más fértil del mundo entero. Aún cuando se sabe de su existencia desde los tiempos de Alejandro Magno, que extendió sus dominios hasta las orillas del río Ganges, nunca fué tan conocido como lo es ahora. Algunos sostienen que cuenta en su suelo con no menos de cinco mil ciudades y su costa es tan dilatada que los veleros más veloces necesitan no menos de sesenta días para recorrerla de un extremo a otro.
La India se divide generalmente en dos regiones; la parte situada al Oeste del río Ganges y que los persas y árabes llaman Indostán, el que a su vez se subdivide en numerosas naciones y regiones como ser el Dominio del Gran Mogol, Guferate, Decan, Malabar, Coromandel, Oixa, Golconda, Ceilán y un archipiélago llamado de las Maldivas. La otra región de la India, situada al Este del Ganges, abarca los países de Ava, Arakan, Pegu, Manasseri, Quedapatana, Malaca, Siam, Cambodja y un innumerable grupo de islas que se extiende hasta la Nueva Guinea, y entre las cuales se cuentan las de Gran Java, Sumatra, Borneo, Célebes, Mindanao, Ceram, Gilolo, las Molucas, Amboina, Banda, Solor, Timor, etc. Algunas de éstas se hallan a su vez subdivididas en reinos independientes.
La tierra firme de la india comienza al Oeste del río Indo, sobre cuyas ambas orillas se encuentra el reino de Sinde o Diul, que se extiende a lo largo del mar Pérsico[5], por el Norte y Noroeste con los montes Taurus y con la China, y por el Este y el Sur limita con los mares Oriental e ïndico[6].
Los holandeses que en la actualidad frecuentan esta inmensa y poderosa India no sólo navegan activamente sobre Suratá y Persia, sino también sobre el Mar Rojo, llamado asimismo Mar Arábigo.
El Mar Rojo comienza en el Cabo Guardafui y se extiende hacia el Norte hasta Suez, con una longitud de 380 millas, siendo su anchura de 40 a 45 millas. Su navegación no está exenta de peligros debido a la gran cantidad de rocas, bancos, islotes, pajonales y aglomeraciones de otras plantas acuáticas. Causas todas ellas de que el mar es frecuentado de día, siendo pocos los que se aventuran en ella durante la noche. Sus aguas son sumamente claras y no rojas como suelen afirmar algunos, y su fondo se distingue hasta una profundidad de 5 a 6 brazadas. El fondo está constituido de arena blanca como así también corales, algunas de las cuales son de tamaño tan grande que son empleados para construir casas, como también exponiéndose al fuego se fabrica con ellos una especie de cal. Numerosas ciudades de importancia se encuentran emplazadas en sus orillas, siendo la principal de todas la Meca, situada en la Arabia Feliz. En un principio era una ciudad de poca importancia pero desde que está bajo el dominio turco ha tomado gran importancia. Como la ciudad se encuentra en una región árida, debe importar sus productos de las regiones más fértiles de Arabia, Egipto y Etiopía. Sólo tres templos islámicos (mezquitas) se hallan en su predio. A una milla y media tierra adentro, se encuentra una montaña donde, según afirman los mahometanos llegó un día Abraham dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac. Los mercaderes moros conducen tales productos a la Meca procedentes de la India, Malaca, Teferi, Pegu, Arakan, Bengala, Coromandel y Surata. Pero siendo los moros malos navegantes suele la honorable Compañía Holandesa de las Indias Orientales, facilitarles pilotos y condestables[7].
Yo conocí muchos pilotos que habían navegado durante años en naves moras. Los principales productos que conducen a la Meca y otras ciudades arábigas del Mar Rojo son algodón, tejidos de lino, seda, resina, índigo, porcelanas, gomas, especias, azúcar, jengibre, tabaco, arroz, trigo, etc., y exportan de las mismas, resina sangre de drago, goma arábiga, azafrán, mercurio, vermillon, cameltoe, satín, terciopelo, diversas clases de corales, rubíes, dátiles, almendras y otros productos. Salen generalmente en los meses de marzo y abril y vuelven por septiembre y octubre pues el viento sopla allí generalmente durante seis meses desde el Norte y los otros seis desde el Sur. Los holandeses, ingleses y portugueses comercian también muy activamente en el Mar Rojo. Por orden del sultán de Turquía hace una vez por año una gran nave turca el viaje hasta Surata, conduciendo importante cargamento y numeroso pasaje, para regresar hacia enero con valiosos productos orientales.
No sólo las naves sino también numerosas caravanas y catáfilas[8] conducidas generalmente por mercaderes turcos, árabes y armenios, procedentes de El Cairo, Damasco, Alepo, etc., llegan comúnmente por el mes de marzo, luego de un viaje de unos dos meses, pues el intenso calor les impide viajar de día. Suelen entonces juntarse en la Meca unos cuantos millares de camellos.
Del comercio marítimo cobra el sultán turco anualmente una respetable suma en concepto de impuestos. Las naves turcas, árabes e indias deben abonar del 8 al 10 por ciento del valor total de su cargamento; los europeos, por privilegios especiales solo pagan el 3 por ciento. Pero aparte de este impuesto deben pagar un derecho para anclar, que es bastante elevado y que no se calcula sobre el tamaño de la nave sino por el número de sus mástiles, de modo que una nave de tres palos debe pagar casi el doble que otra de dos.
Todos los mahometanos que llegan con estos motivos comerciales no vuelven a partir antes de haber visitado la tumba de Mahoma, después de cuyo acto realizan una ceremonia religiosa en la mezquita principal y para lo cual sacrifican gran número de ovejas. Reciben entonces la absolución general del gran sacerdote, con una especie de bautismo que consiste en arrojarles un chorro de agua.
El templo donde se muestra la tumba de ese profeta, que se encuentra en la ciudad de Medina, es un edificio grande y cuadrado. Es de construcción arqueada y descansa sobre cuatrocientos pilares, siendo iluminado por trescientas lámparas. Las paredes están cubiertas de tapices de seda, pero están desprovistas de estatuas, pues los mahometanos reducen toda la santidad a Dios.
Adén, es otrora la ciudad más importante de la Arabia Feliz, por ser el centro del comercio entre India, Persia, Etiopía, Turquía, Egipto y otros puntos, fué luego eclipsada por la creciente importancia de la Meca. Antiguamente dependía del sultán Sequer o rey de reyes de la Arabia Feliz, pero cuando éste hubo de ceder ante el poder de los persas, vióse el rey de Adén obligado a pagar a estos últimos un subsidio anual de varios miles de ducados. Pero un día apareció el jedive de Egipto, Solimán Poloponeso, quien por orden del sultán otomano marchaba con una escuadra de sesenta naves tripuladas con turcos y jenízaros a fin de expulsar a los portugueses de la India[9], al pasar frente a Adén, supo atraerse a bordo al rey y desembarcar tanta gente que el territorio quedó en poder de Turquía. Cuando el rey de Adén le reprendió esta conducta traidora, fué ahorcado con varios de sus cortesanos del jefe mayor de la nave capitana.
Desde la antigüedad ha sido la Arabia dividida en Feliz, Pétrea y Desierta. A la primera pertenecen aparte de Adén, las regiones Forta Que, Defar, Pontas, Maffa y se extiende hasta el cabo Moncadón. La Arabia Pétrea debe su nombre según se supone a la ciudad de Pétrea y no por causa de su tierra pedregosa. La Arabia Desierta mantiene en su seno grandes desiertos y es poblada casi exclusivamente por piratas.
Entre sus pobladores se distinguen los beduinos que deambulan por los desiertos por no querer vivir en viviendas, por considerar que las paredes les inhiben en su libertad y los sometería al respeto de leyes que no quieren reconocer.
Hacia el Este de la Arabia se extiende la Persia cuyo rey o sofi, es considerado el de mayor esplendor en toda Asia. Es digno de mencionar que puede tomar tantas mujeres como desee. De tiempo en tiempo realiza con ellas una cacería, la cual es anunciada un tiempo antes, pues está terminantemente prohibido que ningún súbdito presencie el paso de las esposas a menos de un tiro de mosquete. Los persas creen en un Dios, también reconocen en Jesús un profeta, pero niegan que sea hijo de Dios, pues según afirman, Dios no tiene esposas y por lo tanto no puede tener hijos. Es un país muy fértil y varias de sus regiones tienen fama por producir un vino delicioso. Este vino, a mi juicio, bebiéndolo con moderación es excelente para estómagos flemáticos.
Pasando la isla de Ormus, el Cabo Jack y la antigua Carmania, arribamos al gran río Indo que teniendo su origen en el monte Pyramis y que corriendo hacia el sur, se arroja en el mar Índico luego de haberse subdividido en cinco brazos. Aquí se halla el reino de Zinda o Diul, y contiguo a ello el reino de Gufarate o Cambaia que constituye una de las provincias más importantes del dominio del Gran Mogol. Su capital, Amrabat, es circundada por una resistente pared, provista de doce puertas, y cuenta con calles muy anchas y bordeadas con hileras de árboles que le dan un aspecto magnífico. A unas cuarenta millas de éste se encuentra la ciudad de Gufarate, de gran importancia por el comercio que mantiene con los principales puertos europeos. Todas sus defensas se constituyen de armamentos comprados a las naves que allí naufragaron.
Los habitantes de Gufarate, son de color bastante negro y a veces amarillo, como consecuencia de la fuerza de los rayos solares. Son fervientes pitagóricos. No se alimentan con nada que tenga sangre, pues temen hasta matar al animal más pequeño e insignificante. Algunos son tan supersticiosos que colocan a lo largo de los caminos y en las dehesas recipientes conteniendo agua, trigo, verduras y otros productos a fin de poder alimentar las aves y toda otra alimaña. Muchos hasta llevan consigo una pequeña escoba para barrera el lugar donde van a tomar asiento a fin de evitar que puedan destrozar con su peso el cuerpo de alguna lombriz, hormiga y otro animalillo.
En Goa suelen los naturales comprar a los portugueses las aves y otros animales destinados para el consumo, para luego devolverles la libertad, pues están convencidos que en esos irracionales encarnaron las almas de sus familiares y amigos muertos.
No lejos de Goa se extiende la región de Canara, cuyos habitantes en su mayoría son agricultores, pescadores o conductores de embarcaciones de carga. Sus costumbres se asemejan a las de los malabares pero se distinguen por su idolatría, de la que mencionaré su Dios. Que Bilinga, el que en su función viene a ser como Priapo entre los romanos. A ese Dios deben haber pertenecido todas las doncellas que van a contraer nupcias, y cuando termina la ceremonia en que multitud de familiares y amistades presencian la impresionante escena, arrojase el novio delante del ídolo para agradecerle su generosidad, pues se asegura que todo matrimonio inaugurado por el inmortal Que Bilinga a de ser feliz.
Marchando más hacia el Sur encontramos la región de Malabar, que algunos sitúan entre Mangalore y Cananor, pero que otros hacen extender hasta el Cabo de Ramos o sea a sólo 10 millas al Sur de Goa.
Si todas las costas asiáticas son hermosas, se luce la costa malabar por encima de todas, con sus bosques de palmeras y otros árboles que están alternadas con magníficos campos de cultivo, los que son cruzados por multitud de ríos de corriente tranquila y que enriquecen la fertilidad del suelo y proveen a los habitantes de abundante pesca. Parece como si la naturaleza hubiera arrojado sobre esta región lo más hermoso y amable que fuese dable ofrecer a las criaturas humanas.
En otros tiempos estaba la costa malabar gobernada por un soberano supremo que conjuntamente con el Zamorin, tenía su residencia en Calicut, pero actualmente está dividida entre los reinos de Cananor, Calicut, Cranganor, Cochin, Coulant, Trevacour y otros reinos más pequeños.
Calicut, la residencia del Zamorin, fué el primer punto que tocaron los portugueses de la expedición de Vasco da Gama; cuando ello, ocurrieron grandes luchas entre los naturales y lusitanos, enemistad que obligaba a estos últimos a hacer tal despliegue de fuerzas que los gastos no eran equilibrados con las ganancias, cosa que provocó un estado de cosas que los holandeses supieron aprovechar para poder expulsar a los portugueses sin gran esfuerzo.
Algunos moros cultos cuentan que hace unos seiscientos años reinaba sobre todo el Malabar el emperador Asarama, quién falleció cuando regresaba de una peregrinación a la Meca. Y que con su muerte, según su propia disposición se subdividió en los reinos que ya mencioné antes, excepto Calicut que obsequió a su primo, para que lo gobernara conservando el título de Zamorin.
La ciudad es de superficie bastante extensa y sus casas son de construcción liviana, amplias y con techos hechos de hojas de coco. Hacia el año 1604 firmó el almirante Steven van der Hagen el primer pacto comercial entre Calicut y Holanda. El Zamorin que gobernaba el país en el tiempo que nosotros estuvimos allí, era un gran amigo de los holandeses como así también un enemigo mortal de los lusitanos. Visitó varias veces al señor van Goens no sólo en su campamento, como asimismo en Cranganor, y luego muchas veces a bordo de nuestras naves. En una de estas oportunidades lo condujo por toda la nave capitana a fin de que pudiere apreciar su construcción, dió muestras de gran admiración sobre la imponencia y amplitud de la misma y muy especialmente en la cabina del condestable donde se le mostró la paleta del timón, con la cual un solo hombre podía dirigir la marcha de toda la embarcación. Cada vez que llegaba o abandonaba nuestras naves era saludado con salvas de artillería y ejecuciones de música de bienvenida. El emperador malabar mostraba tener unos cincuenta años de edad. Sus cabellos y barbas canosas no eran crecidas, era pequeño de estatura y fuera de una gorra de algodón punzó no llevaba otra vestimenta que un tejido de algodón blanco que, dando dos o tres vueltas alrededor de sus caderas, le caía hasta los tobillos. La gorra estaba adornada con galones de plata, perlas y piedras preciosas. Alrededor del cuello y de la cintura llevaba cadenas de oro. En sus brazos, muñecas y orejas, lucía asimismo multitud de anillos de oro con piedras preciosas.
Su séquito ostentaba el mismo esplendor y vestimenta, excepto la gorra punzó. Parecía que el soberano ya comenzaba a chochear dando muestras de una debilidad de memoria, como consecuencia del uso excesivo del opio del cual están esclavizados la mayoría de los indígenas orientales.
El pequeño reino de Cranganor se halla situado entre los de Calicut y Cochin. Aún cuando tiene su propio soberano, depende por completo, del Zamorin, quien también en esta capital tenía su palacio. Este edificio, al cual asimismo visitamos, se encuentra situado en medio de un pequeño bosque, pero al igual que Calicut, no tiene ningún aspecto de esplendor. La población entera nos tributaba muestras de gran amistad. Cerca de esta ciudad se encontraba un enorme tanque que se halla situado entre árboles y arbustos cubiertos todo el año de verde follaje. Allí nos dirigimos muchas veces a refrescarnos. En su orilla se hallaban casi siempre una multitud de mujeres ocupadas en lavar las ropas de lino, cosa que a la usanza india hacían sin jabón, sino con alguna solución y golpeando las prendas contra una piedra grande. A estas pobres mujeres no les cubría ropa alguna, pero la simplicidad de su existencia, les dejaba el amparo de toda malicia.
El reino de Cochin, que comienza en las márgenes del río Cranganor, se extiende por cinco o seis millas al Sur del Cochin portugués hasta terminar en los límites del reino de Porca.
La ciudad de Cochin, que según ya he dicho se encuentra situada frente a la isla de Vypin, de la que es separada por el río Cochin, es una población importante y se halla situada a unos diez grados latitud norte por encima del Ecuador. Por el año 1504 fué fundada por Alfonso d´Alburquerque. Al principio vivían los portugueses confundidos con los moros y malabares, pero cuando la ciudad comenzó a crecer guardaron los lusitanos para sí la mejor parte y los mayores derechos. Sus defensas no eran inferiores a las de cualquier ciudad europea, y fué motivo de que nuestra primera expedición fracasara, pero cuando a la segunda hubo de rendirse, hallamos famosos templos de los jesuitas y las basílicas de los agustinos, dominicos y franciscanos. Sus calles son anchas aunque sin pavimentos. Contaba con grandes edificios construidos a la moda portuguesa, los cuales en su mayoría carecían de jardines. El río que corre junto a esta ciudad es navegable para embarcaciones pequeñas durante la estación seca, pues durante la de las lluvias, cubre la violencia del mar la boca del río con arena. Durante esta temporada es toda la costa peligrosa para la navegación por la fuerza de los huracanes.
El Cochin Malabar se extiende un tanto tierra adentro y es de regular superficie y bastante poblado, tanto a lo largo de la costa, como en sus campos. Se hallan multitud de pequeñas ciudades y poblaciones menores, a los que los portugueses sin distinción llaman aldeas; también se encuentran numerosas iglesias grandes de piedra, pertenecientes a la orden de Santo Tomás. Sus campos son regados por multitud de corrientes, tanques y lagunas.
Hacia el Sur de Cochin se encuentra el reino de Percate y Porca. Tierra adentro se hallan dos o tres reinos de menor importancia, cuyos soberanos se habían preparado para atacarnos enemistosamente cuando nuestro primer sitio a Cochin, pero que más tarde hubieron de firmar un tratado de paz y de colaboración, habiendo además que rendir vasallaje al rey de Cochin, por haber sido éste siempre el sincero amigo de los holandeses.
El reino de Porca se extiende entre Cochin, hacia el Sur, hasta Calicoulang. Sus reyes fueron hasta entonces buenos amigos de los lusitanos pero al imponerse irresistiblemente nuestras armas, se convirtió en aliado de los holandeses, perdiendo los privilegios en su comercio exterior. Los ingleses tuvieron aquí también una oficina para explotar el comercio de pimienta.
La fuerza armada de estos naturales se compone de un numerosos ejército de nairos bien pertrechados y una buena escuadrilla de fragatas de guerra, cuando la temporada de las lluvias inundan las plantaciones de arroz, suelen dirigirse hacia el Norte y el Sur hasta cerca del Cabo Comorín para asaltar las costas de los pueblos con los cuales están en guerra, en cuyas acciones sorpresivas suelen generalmente obtener la victoria.
La monarquía de Calicoulang arranca desde el Sur de Porca para extenderse hasta los límites de Coulant. Su rey, asimismo buen amigo de los neerlandeses, les ha favorecido con el privilegio de su comercio, siendo su producto principal una buena clase de pimienta. Hasta hace poco llevaban los moros y sarracenos un activo comercio entre ésta y los principales puertos del Mar Rojo. Ahora constituye para los holandeses un magnífico centro comercial. Nuestras naves cargan aquí pimienta para Surata, Persia y el Mar Rojo para regresar de allí con rico cargamento a Batavia.
Finalmente queda el reino de Coulant, el más meridional de la costa de Malabar, y que se extiende desde Calicoulang hasta el Cabo Comorín. Su costa mide unas quince millas y su puerto principal, conquistado por los nuestros por segunda vez, no se halla lejos de Calicoulang. Ha sido ahora rodeado por un foso de agua y murallas capaces de ponerla al amparo de toda acometida. Ruinas y restos de grandes edificios hablan de la otrora importancia de esta ciudad. Un poco tierra adentro se encuentra el palacio y la pagoda del Coulant Malabar, edificios que a consecuencia de la derrota infringida a los nairos[10], habían quedado en un estado deplorable. Múltiples y pequeñas ciudades y aldeas pintorescas completan este populoso reino. Sus campos son sumamente fértiles y ricos en árboles. En su mayor parte es de nivel bajo y plano. En su suelo no hay montañas y sólo desde el Cabo Comorín se distingue la imponente cadena de las montañas Bacalate, la que dirigiéndose tierra adentro se pierde más allá del horizonte y que sirve de límite entre las dos costas, Malabar y Coromandel. Todos estos reinos ya mencionados son regados por el Gran Océano.
Habiendo brindado con esto al lector una corta descripción de estos reinos, pasaré ahora a describir las costumbres y modos de vida de sus pobladores.
La mayoría de los malabares, tanto los gobernantes, la nobleza, los nairos, agricultores y jornaleros, todos son fervientes idólatras, y aún cuando algunos incitados por los moros abrazaron el mahometismo, otros se hicieron cristianos de Santo Tomás, y aún otros abrazaron el catolicismo, y mezclan sus nuevas creencias con las nativas de modo que casi es imposible adivinar qué religión profesan.
El Zamorin como los demás reyes de la región de Malabar, tienen un cierto concepto de la existencia de un Dios, pero con esto se ha dicho todo; en cierta forma se parecen en sus prácticas a los banianos de los que más tarde hablaré. Creen, como dije, en un Dios Supremo, creador de todo el universo, pero afirman, qué si Dios quisiera auscultar todas las obras buenas y malas de los hombres, no hallará jamás tranquilidad alguna y tendría que perder todo ánimo en continuar gobernando; que por ello encargó esa tarea a otros dioses que están munidos de plenos poderes para premiar y castigar a los hombres por sus obras buenas o malas. Siguen luego a éstos los dioses menores, que se adornan con diversos títulos de honor.
Tanto los dioses mayores como los menores son representados con efigies monstruosas, cabezas terroríficas, ojos furiosos, fauces muy abiertas y grandes garras. Algunos llevan coronas doradas hechas con arcilla, metal y otras sustancias. Otros, sentados o de pie se hallan en actitud de destrozar con sus garras a las almas humanas, representadas en pequeñas estatuitas; otros están en actitud de meterlos en la boca que en muchos casos se asemeja a la de un gato o perro; otros llevaban cuatro cuernos o bien orejas de burro. La mayoría empero se representan sentados con las piernas cruzadas debajo del cuerpo. Algunos aparecen acompañados de otros ídolos, pero todos sin distinción están adornados con especias olorosas y coronas de flores.
De sus templos, algunos son circulares, cuadrados otros, construídos con gruesas paredes, y a veces también con materiales ligeros, con pequeños agujeros para la entrada de la luz y con techos en forma cónica hechas con gramíneas o bien con palmas. Algunos son limpios y otros en cambio están sucios y abandonados, cosas que dependen de los brahmines (sacerdotes) cubren la cabeza con un trapo de algodón dándole dos o tres vueltas; sus largos cabellos los llevan sueltos. Como única vestimenta llevan además una falda también de algodón que les cubre desde la cintura hasta las rodillas o a veces hasta los pies si quieren hacer ostentación de gala. Algunos usan zapatillas punzó o bien zapatos con los talones aplastados. Llevan adornos en las orejas, cuello y cintura, además de un cordoncito que varía según la orden a la que pertenecen. Algunos de ellos, han hecho del oficio divino su “modus vivendi”, otros en cambio trabajan además como mercaderes, corredores y ejercen la medicina o participan en las campañas guerreras. Cuando la lucha por conquistar el palacio de la reina de Cochin, fué herido el Gran Brahmín del rey nuestro aliado, por un nairo enemigo en la espalda. La herida era tan profunda y extensa que tuve que dar no menos de doce puntadas para cerrarla. El sacerdote se portó muy varonil, pues afrontó los más terribles dolores de la curación sin que una sola expresión alterara la serenidad de su rostro.
El pueblo malabar tiene el mayor respeto para con los brahmines, pues son los más notables después del rey. Hasta tienen poderes sobre el Zamorin y los demás soberanos, los que siempre van acompañados de uno o varios de estos sacerdotes. Sus caprichos, supersticiones, advertencias y consejos son escuchados con la mayor devoción. Hacen los más singulares relatos sobre la influencia de sus dioses, teniendo entrada en todos los hogares, inclusive los de los magnates. Se cuenta que todo marido se siente muy honrado cuando un brahmin ansía a su esposa.
Cuando los malabares penetran en los templos dejan sus calzados fuera de los mismos, y luego se arrojan delante de sus ídolos, juntando y separando las manos incesantemente sobre la cabeza mientras pronuncian sus oraciones. El sacerdote mientras tanto contribuye en los oficios atendiendo el altar, haciendo con las manos los mismos movimientos que los demás fieles, se inclina también, pronuncia palabras ininteligibles, quema incienso y perfumes, rocía, unta y bendice a los presentes mientras ejecuta movimientos estrambóticos. Pero estas ceremonias suelen ser muy diferentes unas de otras.
Se me ha asegurado que del alimento de los reyes primero es ofrendado parte a los ídolos, después de lo cual sirven los brahmines al soberano.
En cuanto al derecho de sucesión al trono, existe en la región malabar una costumbre singular; se da el título de reina a la hermana mayor del Zamorin, recibiendo los hijos de ella el título de príncipes y princesas. Esta reina posee plenos poderes al lado del rey, pues a las esposas del Zamorin se les desconoce todo derecho real. Ni éstas ni sus hijos pueden por tanto suceder al soberano.
Si el Zamorin no tuviese hermana, será buscado el sucesor entre sus amigos más íntimos, pero siempre corresponde a la línea femenina el privilegio. Cuando la mayor o única hermana del Zamorin sucede a éste en el trono sin tener descendencia y luego se casa con uno de los reyes vecinos, tienen los hijos surgidos de este matrimonio, derecho a suceder a la madre. La causa por la cual los hijos del Zamorin no tienen derecho al trono consiste en que la esposa de éste es conocida antes por el mayor de los brahmines, derecho que este conserva toda la vida. Y esta costumbre no rige sólo para el Zamorin, sino también para sus súbditos, y por esta misma causa consideran los jefes de familia siempre dudosa la procedencia de sus hijos, quienes por tanto, sólo pueden heredar de la madre.
Los malabares están divididos en dos clases: los nairos y los poliars. Los primeros, como ya dije antes, son de la más alta nobleza, de lo que están muy orgullosos. Los del río Bergera, de Porca y otros sitios, eran temibles piratas que no sólo asaltaban a las naves indígenas sino también a las portuguesas, obligando a éstas últimas a crear una escuadra permanente para proteger la navegación. No se casan, pero festejan a otras mujeres cuyos maridos no pueden darse por muy honrados. Estos nairos llevan siempre sus armas consigo; jamás las abandonará ni las cambiará por otras. El nairo que pierde sus armas pierde asimismo su nobleza y respeto. Reciben paga de su rey.
La otra clase (los poliars) está integrada por manufactureros, agricultores y pescadores, quienes no pueden llevar armas ni son dignos de ningún respeto. Las mujeres e hijas de estos infelices están obligadas a servir incondicionalmente a los nairos en todas sus pretensiones.
Según la costumbre malabar se casan los hijos a la edad de ocho años. La ceremonia es realizada delante de un ídolo con muy poco ceremonial, durante el cual advierte el brahmin oficiante a la esposa que el marido tiene todos los derechos para rechazarla cuando le plazca, a ella y a sus hijos.
Las casas son de construcción muy baja y sus paredes son revocadas con bosta de vaca, excremento que es tan altamente estimado que hasta las habitaciones de los reyes son untadas con ella. Las puertas son tan diminutas que hay que inclinarse para traspasarlas. Carecen de ventanas, cerraduras, fallebas y chimeneas. Los alimentos consisten generalmente en arroz, aves, huevos, leche, frutas, alubias y pescado seco. No usan tenedores ni cuchillos, sino que comen con los dedos.
Las mujeres al tener familia no tienen ayuda de nadie, ellas mismas bañan al pequeño y lo colocan en la arena para exponerlo a los rayos del sol, lo que nos explica el por qué el oscuro tinte de esas gentes. La parturienta no guarda jamás cama alguna. Dan el pecho durante seis meses y luego los crían con leche de vaca, cabra y búfalo.
Los malabares hablan su propia lengua, aunque hay muchos, especialmente en la clase privilegiada que dominan también el portugués que les resulta mucho más fácil que el holandés.
A sus muertos los incineran generalmente en fosas cavadas para ello. Cuando el muerto es de alguna categoría son sus cenizas guardadas por sus amigos. Los de menor condición son generalmente enterrados cerca de sus viviendas.
Aparte de la idolatría se practican otras religiones, una de ellas son los partidarios de Santo Tomás. Según ellos fue este apóstol de Jesús el primero en predicar su doctrina en estas tierras. Ellos se llaman a sí mismos cristianos Tomasistas y cuentan de este apóstol los hechos más inverosímiles, así por ejemplo afirman, que siendo Tomás contrariado en todo por los sacerdotes idólatras, influyeron éstos para que el rey no le permitiera levantar una capilla. En esto fué uno de los puertos principales obstruido por un árbol gigantesco arrojado allí por el mar y que se agarró tan fuerte en el lecho del puerto que todos los esfuerzos hechos con la intervención de elefantes, fueron impotentes para arrancarlo. El rey asustado por este acontecimiento consintió entonces que el discípulo de Jesús edificara su capilla bajo condición de que librara el puerto de ese estorbo. El apóstol accedió y desafiando las burlas de los sacerdotes idólatras, aseguró su cordón a una de las ramas del árbol arrastrándolo luego sin esfuerzo alguno hasta dejarlo sobre la fierra. Cuentan además que no pudiendo los sacerdotes sufrir el quebranto de su idolatría con el triunfo del apóstol, lo asesinaron por la espalda mientras se hallaba en Mayapur. Otros cuentan en cambio que murió lapidado.
En siglos posteriores llegaron otros predicadores distinguiéndose sobre todo el célebre Francisco Xavier.
En cuanto a la fauna vegetal, están en primera plana la palmera cocotera. Bebiendo fresca la leche de los cocos, además de apagar la sed es un buen diurético y muy recomendable para ciertas enfermedades ardientes y fiebres altas; bebida caliente y en momento oportuno cura completamente el flujo sanguíneo de vientre, cosas que yo he podido constatar en muchos enfermos.
Tan útil como es el coco por las utilidades que presta, tan admirable es el árbol milagroso o balete, cuyo tallo crece en su comienzo como cualquier otro árbol pero luego aparecen de sus ramas mayores otras raíces que descienden y se fijan en la tierra, dando luego lugar a nuevos tallos que a su vez se extienden de la misma manera hasta abarcar un lugar capaz de albergar más de mil personas a su sombra.
En Cranganor vimos un árbol al que llaman triste, que durante la noche abre tal multitud de flores blancas que parece un inmenso copo de nieve, pero apenas llega el alba, se vuelven a cerrar éstas para no mostrar más que hojas de un delicioso verdor.
También existe en Malabar el árbol sensible, cuya fruta al ser tocada comienza a saltar intensamente.
Existe en esta región además una planta llamada dutura o datura; cuya semilla cuando es mezclada con agua, vino u otros líquidos, convierte en un tonto exaltado a quien lo bebe, aunque a otros suele darles un sueño muy prolongado o una tristeza tan extremada que lloran amargamente. Si se suministra en una cantidad mayor, se producen los mismos efectos con mayor intensidad, seguidos de la muerte. Muchas mujeres de esta tierra suministran este brebaje a sus maridos, a fin de tener las manos libres para fines deshonestos.
La fauna animal es también numerosa, pero a lo que más temen los naturales es a las serpientes, algunas de las cuales son muy venenosas y de enorme tamaño. De una especie de estas últimas llamada popogh, fué hallado en una oportunidad un ejemplar en la isla de Banda, en cuyo estómago se halló el cuerpo de una mujer indígena.
Como se afirma que esta especie no es venenosa, nuestros soldados llevados por el hambre al hallar a alguno de estos animales que mientras tragaban una oveja o un ternero se habían asfixiado, como les suele suceder, libran a la víctima de las fauces del reptil y si no había entrado ya en estado de putrefacción hacían con la misma un apetecible guiso.
Hay también una especie de serpientes que llaman ratoneras, por ser muy diestras en la caza de estos roedores, pero para el hombre son inofensivas. Buscan muy a menudo un refugio dentro de las casas y durante las noches suelen pasar por encima de los cuerpos, sin hacerles jamás daño alguno.
1° y 15 de Octubre de 1941.
BALANZA NÚMEROS. 210 Y 211.
[1] Los Lascarinos eran soldados nativos de Ceilán que acompañaban a sus entonces amos, los holandeses, en calidad de ayudantes.
[2] Nombre que se da a los naturales de Ceilán.
[3] Por diversas causas eran las naves de pequeña estructura lo que no permitía comodidad para una gran tripulación.
[4] Como el espacio no permite una publicación completa de estas descripciones, sólo he transcrito algunos de sus párrafos, aún cuando es de lamentar, pues lo interesante y la instrucción que nos brindan estas memorias escritas por una persona de la capacidad del cirujano mayor Wouter Schouten, cuya naturalidad y sinceridad en sus descripciones son de inmenso valor para los estudiosos.
[5] Los datos geográficos que aquí introduzco literalmente nos dan una idea evidente de la confusión en que vivían los geógrafos de antaño, ya sea porque daban nombres a su antojo o tal vez más que nada a la inaccesibilidad de diversos lugares por la xenofobia predicada por algunas religiones y el antagonismo entre éstas, daba lugar a que se confundieran unas regiones con otras.
[6] Lo que hoy denominamos Océano Ïndico, se denominaba antes, indistintamente Mar ïndico y Océano Oriental, lo que ocasionaba que los marinos, debido a la forma triangular de la India, aplicaban esos nombres como mares distintos a las aguas que bañan la costa oriental y occidental de esta tierra.
[7] Solíase dar ese título a los marinos expertos en el manejo del timón y también en el de las piezas de artillería, en las naves.
[8] Las catáfilas son caravanas pequeñas.
[9] Vasco da Gama acababa de descubrir la ruta a la India.
[10] Véase el número correspondiente a Agosto último.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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