Vasco da Gama (Segunda parte)
- EMEDELACU

- 4 jun
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VASCO DA GAMA. Al terminar la fiesta volvió el rey a tierra y ordenó a su pregonero para que proclamara por las calles de la ciudad que cualquier cosa que adquirieran los portugueses, no les debía ser cobrado más que su precio real. Al día siguiente visitó Vasco la ciudad, y desde entonces mientras su estancia en ella gozaron los portugueses tanta libertad de circular por Malindi como si se tratara de la misma Lisboa.
Los marinos calafateaban los barcos, cargaron provisiones y aprendían de los nativos a hacer sogas de fibras de coco. En el uso hallaron que estas sogas no se endurecían tanto al contacto del agua salada como las que ellos usaban.
El rey, a fin de dar otra prueba más de su simpatía por los portugueses, hizo obsequiarles a bordo con una caldera de arroz, carne de oveja asada, pasteles de arroz, aves guisadas con arroz, higos y otras frutas.
El almirante y los capitanes, sentáronse inmediatamente y apetecieron de todos los platos en presencia del enviado del rey, a fin de demostrar su confianza en que los alimentos no estarían envenenados.
A su vez envió el comandante al monarca varias peras en conserva, colocadas entre dos fuentes, cubiertas con una servilleta, y con la advertencia que habían de ser consumidas como postre luego de haberlas sumergido en agua.
El rey comió las conservas asimismo en presencia del enviado de Vasco “también para poner de manifiesto su confianza en la honradez de los jefes portugueses”.
Tocábale ahora al monarca retribuir los cumplimientos con una visita a la “Sao Gabriel”. Embarcose con tal fin en un bote de remos, acompañado de una multitud de músicos que tocaban las sivas y timbales, luciendo todas las naves del puerto nuevamente sus banderas. Una vez que revistió la nave capitana, fué conducido a la cabina del almirante, tomando sitio ante una opípara mesa cargada con almendras en conserva, confituras, olivas y mermeladas. Las fuentes eran de plata, y las servilletas hechas de paño de Flandes, estaban ricamente bordadas en oro.
Cuando el rey terminó de comer “tomó Vasco una palangana dorada y un jarro y se dirigió al rey a fin de servirle personalmente en su lavado de manos”. El monarca deslumbrado con tanta cortesía declinó la gentileza y se quedó mirando fijamente los utensilios de mesa.
“Si estos usan todo de plata – suspiró – su soberano no tendrá nada que no sea de oro”.
Cuando la expedición se aprestó para partir de Malindi, envió el rey sus regalos de despedida, consistentes en bizcochos, arroz, manteca, cocos, ovejas vivas y carne en salmuera, como así también, “mucho azúcar en polvo”. Pero lo que los marinos más apreciaron fué el hábil piloto-Malemo-Cana o Caneca, quien por ser natural de la región de Guyerate, perteneciente al Oeste de Indostán, estaba en condiciones de aportarles muchos pormenores sobre las costumbres y etiquetas usadas en Calicut.
Con sus grandes velas desplegadas y empujadas por una fuerte brisa, siguieron las tres carabelas las instrucciones del piloto, quien las conduce tan hábilmente que luego de un viaje de sólo veintitrés días, atravesaron todo el mar arábico hasta pasar a la vista de las Islas Laquedivas, a cuya altura viraron más hacia el Este ya en dirección directa a Calicut.
El vigía no tardó en divisar los picos de las montañas de la ambicionada costa de Malabar. Ante esta noticia subieron todos los marinos apresuradamente a cubierta, siendo imposible dar una idea de la magnitud de las demostraciones de alegría desenfrenada que tuvieron lugar a bordo. Vasco da Gama sintió también una emoción tan intensa que ordenó que subieran a cubierta todos los presos “para que participaran de la alegría y no quedara nadie a bordo con aflicción”. ¡El momento más álgido que vivió la expedición portuguesa había llegado!.
Como si el espectáculo fuese demasiado grande para los europeos, surgieron repentinamente negros nubarrones por entre las montañas que constituyen las cadenas de las Gatas Occidentales y una intensa lluvia tropical tendió una tupida cortina entre la tierra y las naves europeas.
Cuando la tormenta cedió, haciendo la tierra firme, nuevamente visible, pudo el piloto asegurar otra vez la ruta y anclar las naves frente a Calicut. Esto aconteció en el mes de Mayo de 1498, a los diez meses y medio de haber abandonado el puerto de Lisboa.
De los visitantes a los barcos como también de emisarios que envió a tierra, recibió Vasco mayores informaciones sobre las riquezas de Calicut y de Zamorin.
Supo también que ese monarca vivía en un palacio construido de piedra, situado fuera de la ciudad, siendo un verdadero Versailles de Malabar. Que era un hindú y que su numerosa corte estaba compuesta de sacerdotes bracmanes vegetarianos y los peliandros, o sean hombres carnívoros que ostentaban el título de Naires y eran descendientes de la casta guerrera.
Uno de estos últimos visitó la nave capitana y la tripulación asombrada vió aparecer un oscuro, ágil, menudo y pequeño hombrecillo, que fuera de un cinto negro con el que cubría la parte inferior del tronco, carecía de otra vestimenta. Sus cabellos estaban muy bien cuidados y en sus orejas usaba pendientes de oro. Llevaba además un escudo con abrazaderas de oro y una corta pero ancha espada. Sea de día o de noche, despierto o dormido, jamás mientras vive, se separa un Naire de su espada ni su escudo. Se había contado a Vasco da Gama que Zamorin estaba en condición de reunir 20,000 guerreros encabezados por estos Naires, aun cuando tales datos eran indudablemente muy exagerados.
Los bracmanes eran los aristócratas de los hindúes. Las castas nativas inferiores, que comprenden la gran masa del pueblo común, estaban reducidas al nivel máximo de la docilidad humana y tratados de una manera más despectiva que la de los esclavos que en otros tiempos se importaban en Europa. Correa describe a ese “bajo pueblo” considerado “tan maldito” que ni siquiera podían transitar por los caminos sin advertir su presencia a grandes voces, pues si un Naire tropezara con ellos improvisadamente, les daría muerte como a un reptil.
El distrito Malfair de Calicut abarca hileras de cómodas casas de madera con techos de palmera. Allí vivían los fanáticos moplash, verdaderos príncipes en lo comercial, que habían heredado la religión de sus padres mahometanos y su actividad en los negocios de sus madres, en su mayoría hindúes, creando el monopolio musulmán de tráfico marítimo. Y este tráfico de Calicut estaba muy lejos de carecer de importancia.
A pesar de ser con Vasco da Gama la primera expedición europea que echara ancla en este puerto, ya hacía muchos años que Calicut exportaba las especias que enriquecían los manjares en todas las ciudades de la civilizada Europa.
Hoy en día las especias han tenido que ceder ante el azúcar que ocupa ahora la base en la elaboración de los postres. El pimentero, la raíz del jengibre y el canelo constituían tan gran atractivo para los españoles y portugueses primero y los holandeses e ingleses después, que les incitó a realizar las expediciones más atrevidas y que condujeron a los descubrimientos más importantes que han registrado los anales de la geografía.
Las especias que se consumían en Europa, se pagaban a precios exorbitantes. Por ese entonces una libra de especias constaba tanto como dos vacas. Excusado es decir que esas delicias estaban muy por encima de los alcances de la sociedad media, y la clase obrera no hace falta ni mencionarla siquiera.
No era extraño que esas delicias fueran de tan alto costo si tenemos presente que los comerciantes marítimos árabes cargaban la canela en Calicut, procedente de Ceilán, clavos de especia de Malaca y jengibre y pimienta en otros puntos de la India. Como estas embarcaciones orientales podían navegar únicamente con viento en popa, tardaban generalmente varias semanas en cruzar el mar Arábico, pasar el estrecho de Bab-el-Mandeb y seguir la ruta por el mar Rojo hasta Cheetah (o Yidda), puerto de la Meca. Allí, previo el pago de los respectivos impuestos eran reembarcadas en naves más pequeñas que las transportaban a los puertos del Golfo de Suez, donde eran cargadas a lomo de camellos que en un viaje de diez días las conducían a El Cairo. De allí eran transportadas en embarcaciones fluviales que bajaban por el río Nilo hasta el puerto de Rosetta, donde una vez más eran los productos cargados a lomo de camello hasta Alejandría donde permanecían almacenados esperando la llegada de las galeras de Génova o Venecia y de estas ciudades reexpedidas hacia las diversas poblaciones europeas para su consumo. Si se tiene presente el costo de semejante viaje y el fuerte peaje que se cobraba en cada etapa de tránsito es de comprender que el consumidor debía de pagarlas a precios que convertían a estos productos en artículos de lujo y sólo accesibles a las mesas de las clases privilegiadas.
El inmenso caudal que estos impuestos producían, permitió a los masticadores de betel de Calicut, darse el lujo de poseer salivaderas de oro, sedujo a un soberano de África del Norte a hacer creer al sultán de Egipto que se estaba preparando para llevar la guerra contra el poderoso Prestes Juan y dió lugar a la construcción de lujosos palacios en las repúblicas de Venecia y Génova, reliquias que aún actualmente constituyen la admiración de los turistas que visitan Italia.
Vasco da Gama comprendió que su llegada colmaría de furia a los mercaderes musulmanes y por ello en previsión a un probable acto de venganza, resolvió no quedar anclado en el puerto de Calicut sino en Pandarani, un refugio situado a unas quince millas al norte de la ciudad real, donde desembarcó dirigiéndose a la capital en palanquín (litera oriental).
Los propietarios de palanquines, como supo más tarde, habían de pagar un emolumento o impuesto. Algunos de esos vehículos eran muy lujosos. Una litera “limousine”, por ejemplo – como podríamos llamarle comparativamente en nuestro tiempo – constituíase en un colchón suspendido de dos vigas cuyos extremos eran de plata. El colchón era de seda con encajes de oro y adornado con lujosos flecos. Además estaban provistos de almohadas también de seda. Eran transportadas por seis hombres.
A mitad del camino, fueron invitados por un dignatario nativo a visitar su residencia donde les obsequió con arroz a la manteca servido en hojas de higuera y pescado hervido.
Una vez llegados a Calicut pasaron antes que nada a visitar un templo hindú. Encontraron que el edificio se hallaba constituido de piedra con pisos embaldosados. De la enorme puerta por la que penetraron al edificio pendían siete campanas, Vasco da Gama y sus piadosos acompañantes creyeron hallarse en una iglesia católica, confundiendo las efigies de las deidades hindúes con las de su propia religión, suponiendo tal vez que las imágenes estaban toscamente esculpidas desde que algunas figuras mostraban dientes salientes y otros con dos, cuatro, seis y hasta ocho brazos y apareciendo las efigies colocadas con los pies sobre una cabeza de elefante, también esculpido, ignorando que este animal figura entre los símbolos sagrados de la India.
Uno de los portugueses nos demostró su confusión cuando describió las ceremonias que presenció de la siguiente manera: “Vertieron sobre nosotros agua bendita y diéronos cierta tierra blanca que los cristianos de estas tierras tienen la costumbre de frotar sobre la frente, alrededor del cuello y sobre los brazos”.
La “tierra blanca”, no era otra cosa que una mezcla que se componía de cenizas, bosta de vaca y polvo que los ministros del culto de brahma emplean en sus ceremonias. Los que los expedicionarios tomaban por cristianos eran en realidad hindúes.
De acuerdo a lo escrito por otro cronista, dirigióse Vasco da Gama a una casa puesta a su disposición por uno de los negociantes con quien había trabado relación a fin de vestirse para la recepción solicitada al Zamorin, según lo pronunciaban los portugueses, pues su nombre real era Tamuri o Samudri-Radjá que en malabar significa “Rey del Mar”. Las prendas que había de vestir el almirante para tal fin constituían en un saco largo de satín punzó con forro de brocado y una túnica azul bordada en oro. De un cinturón también punzó, colgaba una hermosa daga, y un ancho collar de esmalte descendía desde sus hombros.
Llenados estos requisitos, pusiéronse en marcha el almirante y los oficiales portugueses que le acompañaban en la marcha, cruzando las calles seguido de los trompeteros de a bordo, cuyos instrumentos pulimentados estaban decorados con grímpolas de seda.
El paso de los europeos llamó enormemente la atención del pueblo, primero asomáronse multitud de curiosos en puertas, ventanas y techos, pero finalmente creció en cantidad de público de tal modo que Vasco da Gama y su séquito se vieron virtualmente bloqueados por todos los lados. Por suerte para ellos no tardó en hacerse presente un oficial de la casa real, que al frente de un cuerpo de guardias había sido enviado a su encuentro. Pertenecía este personaje a un cuerpo de investigaciones, estando autorizado para ajusticiar a cualquier individuo considerado persona non grata. Este oficial dispuso se abriera paso a los portugueses, pero en las inmediaciones del palacio de Zamorin era la multitud tan compacta que los guardias reales hubieron de abrirse paso a viva fuerza, durante la cual numerosos nativos resultaron heridos.
Como recordaremos halló Vasco da Gama a Zamorin ataviado con joyas preciosísimas, masticando hojas de betel bañadas en una mezcla de cato con jugo de limón y con una enorme salivadera en la mano izquierda. Había además un tercer personaje en escena. Era un moro natural de Túnez, un rico mercader que sabía hablar el español, y aún cuando no estaría presente en la entrevista, hizo valer su influencia como intérprete para explicar al soberano los propósitos de Vasco y hacer así posible que aún por señales, ambos se pudieran mutuamente entender.
Era ya una hora muy avanzada de la noche cuando el almirante portugues concluyó su famosa visita al soberano malabar; cuando se volvió a reunir con su séquito que le esperaba pacientemente en un balcón, halló a sus connacionales muy ocupados en examinar las grandes lámparas de hierro, provistas cada una de cuatro mecheros que ardían alimentados por aceite y que estaban construídos en forma de candelabros.
Como en esos momentos caía una lluvia torrencial que inundaba la calle, fue Vasco con su atavío de gala conducido a la velocidad que lo permitían las piernas de los conductores de un palanquín, hasta la residencia adecuada más cercana.
Al día siguiente, un martes, comenzó a preparar sus regalos para Zamorin, esto, a pesar de las prudentes advertencias de algunos nativos bien intencionados de que esos obsequios eran inadecuados para un soberano tan mimado con lo más precioso y sublime que el progreso material había alcanzado. El miércoles, las presentó ante el rey de Calicut. En esta visita hubo de esperar cuatro horas antes de ser recibido por el magnate, quien recibió los regalos con el mayor desdén, preguntando al almirante que es lo que producía Portugal, sin embargo permitió que desembarcara las mercaderías que la expedición traía para intercambio.
Los moros interín no quedaron inactivos. Aprovechando la impresión desfavorable de Zamorin, trataron de hacerle creer a él y a sus ministros que el Vasco da Gama no era un fugitivo colocado al margen de la ley en su patria, había de ser un espía enviado bajo la apariencia de un mercader.
Algunos biografistas consideran que el mismo Zamorin llegó a formar parte en la trama, o por lo menos que los moros habían sobornado a la guardia que el rey designara para conducir a los portugueses de vuelta a sus barcos. Otros en cambio, interpretan las dificultades que experimentó Vasco de ser simplemente fruto de confusiones.
La primera contrariedad la sufrió al ofrecerle un caballo desensillado para regresar al puerto. El almirante rechazó este medio de locomoción y pidió se le suministrara un palanquín, en lo cual fue satisfecho. A pesar de la interpretación del portugues no debe haber sido un desprecio el ofrecerle un caballo desensillado, por cuanto en Calicut era costumbre usar así a esos animales.
De camino a Pandarani, donde se hallaba anclada la flota, creció la desconfianza de Vasco al descubrir que algunos de sus compañeros habían desaparecido. Más tarde quedó aclarado que debido a que no pudieron correr a la par de los rápidos conductores del palanquín, quedaron atrás y terminaron por perder el camino.
Cuando finalmente se hallaban todos reunidos en la población mencionada, se había el sol ya puesto, por lo cual le suplicaron los guías al almirante que pernoctara en tierra para volver a bordo al día siguiente. Vasco no tuvo más remedio que acceder, pero se enfureció tanto que no pudo ingerir alimento alguno. A la mañana se le aconsejó que hiciera aproximar las naves más hacia la costa, de modo que fuera más fácil alcanzarlas a remo, pero Vasco da Gama temiendo un acto de traición avisó a su hermano que mantuviera los buques bien lejos del puerto.
Durante la noche había hombres armados rondando la casa donde se hospedaba el comandante, lo que éste interpretó como una señal de estar vigilado, pero indudablemente no debe esta actitud ser interpretada más que como una custodia con la cual Zamorin quiso poner de manifiesto sus consideraciones para con el europeo.
Pero aún cuando el jefe portugues era un tanto exagerado en la desconfianza respecto a la honradez de los guardias del monarca de Calicut, no era fantasía la envidia de los mercaderes muslimes, especialmente cuando llegó a oídos de éstos la suerte adversa que sufrieron las mercancías que Vasco había ofrecido como regalo a Zamudri-Radjá.
Varios días antes de iniciar los europeos el viaje de regreso a Portugal, había Vasco dispuesto llevar a tierra las mercaderías que conducía como muestra para abrir nuevo mercado en las nuevas tierras descubiertas. Los musulmanes comenzaron desde luego a mirarlas con desprecio y cuando divisaban a un portugues, ponían de manifiesto su desdén escupiendo ostentosamente en el suelo.
Zamorin, al ser informado de estos vejámenes y menosprecios por las mercancías europeas, dispuso que mercaderes hindúes las apreciaran, y cuando tampoco éstos mostraron interés alguno por adquirirlas, ordenó que fueren transportadas a sus expensas a Calicut donde hallarían mercado más fácil.
El iniciar en un país, con el cual no existen relaciones comerciales, la venta de mercaderías no familiares a los nativos, había de dar lugar a un interesante procedimiento, por no existir tasa de cambio.
El comandante dispuso que uno de sus mayordomos, acompañado de un ayudante destinado a actuar de secretario, marcharan a Calicut adonde se hallaban ya las mercaderías en cuestión consistentes en “un quintal de ramas de coral en crudo, otro tanto de cochinilla; una barra de azogue, cincuenta varas de cobre, veinte sartas de coralinas, cinco portugueses, cincuenta cruzados y cien testones”. Los portugueses, cruzados y testones eran monedas de aquel entonces, la primera de oro y las otras dos de plata.
Hizo además colocar una mesa cubierta con un paño verde a modo de mostrador y una balanza de madera con sus correspondientes pesas.
El inspector enviado por Zamorin examinó cada artículo y fijó un precio en moneda local, y como el almirante deseaba que fuese reconocido también su dinero, evaluó el funcionario las diversas monedas portuguesas con el empleo de una piedra de toque que manejaba muy diestro, después de lo cual fué calculada una escala de precios y otra de medidas.
Vasco da Gama había ordenado a su mayordomo ya mencionado que no regateara, por lo cual aceptó éste las tarifas y medidas fijadas sin reparo alguno, quedando de este modo de manifiesto que estas disposiciones eran sumamente desventajosas para los portugueses. También tenía orden de recibir, sin objetar su calidad, a todas las mercaderías que le fuesen ofrecidas.
Cierto día solicitaron los portugueses una cantidad de jengibre, la mercadería llegó muy empastada con una arcilla roja. Consistía una medida corriente en Malabar untar así esa mercadería a exportarse a fin de prolongar su conservación, pero en este caso había sido puesta mucha más arcilla que de costumbre, por lo cual rogó el almirante se admitiera una condición adicional a la tasa de exportación fijada en la que se dispusiera que la mercadería constituyera de más jengibre y menos arcilla, pues deseaba llevar buena muestra de cada producto exportable a fin de poderlas presentar a su rey.
Las disposiciones surtieron el efecto deseado, pues Zamorin estaba muy entusiasmado con semejantes compradores que aceptaban las mercaderías sin hacer objeciones algunas. Pero sin embargo, surgió una imprevista dificultad.
Los moros resolvieron enviar una nota al soberano oriental que en concreto decía así: “Os repetimos sinceramente que esos hombres blancos no pueden ser mercaderes. Podemos asimismo asegurar que no se trata de gente tonta; por esto mismo debe tratarse de espías o piratas disfrazados de comerciantes. Además ¿que puede Vuestra Majestad esperar con un mercado situado a una distancia de un año de navegación?”.
Mientras las negociaciones de tasa y compra bajaban diariamente, pequeños grupos de marinos portugueses bajaban a tierra para vender ropas y brazaletes a fin de reunir fondos para adquirir muestras de especias y jengibre.
Como el procedimiento de venta no daba resultado alguno por no encontrar las mercaderías comprador, dispuso el almirante dar las negociaciones por terminadas. Preparándose ya para echarse a la vela, optó por enviar una solicitud a Zamorin para que le concediera algunos regalos para ser ofrecidos al rey de Portugal. El emisario encargado de llevar la solicitud, Dogo Días, volvió sin los obsequios esperados, pero en cambio se le había entregado una factura en que el rey exigía el pago de una suma equivalente a unos mil dólares en concepto de derechos de aduana por las mercaderías desembarcadas y transportadas a Calicut; traía además la advertencia que la cuenta debía ser pagada antes de obtener licencia para partir.
A fin de obligar al almirante a satisfacer el pago requerido, rodearon numerosos y celosos agentes reales el depósito donde aún se almacenaban las mercaderías portuguesas, quedando además el mayordomo, su secretario y numerosos marinos, detenidos en calidad de rehenes.
El explorador quiso desquitarse a su vez apoderándose de la persona de dieciocho hindúes. Entre estos para desgracia de Vasco, se hallaban seis Naires, los cuales habían de ser canjeados debido a que declaraban la “huelga de hambre” por negarse a comer alimentos preparados por manos impías”.
Corrían ya los últimos días de agosto. Las naves que habían estado ancladas fuera del puerto de Pandarani desde junio, fueron ahora conducidas al de Calicut. Mientras tanto hizo Dogo Días una segunda visita al soberano oriental a quien aparentemente llegó a convencer de que Vasco estaba convencido que todas las medidas tomadas contra los expedicionarios no habían emanado del rey, sino de súbditos sobornados por los muslimes. Zamorin expresó entonces que nada sabía de la suma reclamada ni de la prisión de varios marinos portugueses en calidad de rehenes; siendo en esta ocasión, según parece, que escribió esa famosa carta ya mencionada en el comienzo de mi relato, destinado al rey Manuel I de Portugal y ordenó la libertad de los rehenes y devolución de las mercaderías detenidas.
Vasco retuvo cinco súbditos de Calicut, tanto como una indemnización por una parte de las mercaderías que no pudo recuperar, como así también a fin de poder promover buenas relaciones para cuando volviera a la India.
Amenazando vengarse de los mercaderes árabes, abandonó la escuadra el puerto de Calicut el día 29 de agosto de 1498. Como necesitaba reparar sus naves, dirigióse al norte en busca de un refugio apropiado. Poco había andado cuando fué alcanzado por numerosas embarcaciones moras y naturales del país. Gracias a su artillería pudo deshacerse de ellas.
Al parecer pudieron los mercaderes muslimes convencer nuevamente a Zamorin de la peligrosidad de los portugueses, asustándolo indudablemente con que éstos le arruinarían la opulencia del intercambio mediante una ruta menos rendidora; lo cierto es que envió ochos naves armadas en persecución de la expedición, a la que dieron alcance varios días después. Pero incapaces a su vez de hacer frente a la artillería europea, hubieron de regresar con grandes pérdidas, y desde entonces no fué molestado más.
Marchando siempre hacia el norte, descubrió frente a las costas de la actual colonia de Goa, un pequeño grupo de islas, las Angedivas. Estas islas se hallan a una distancia de 50 kilómetros de la tierra firme. En la mayor de ellas echó ancla y una vez hechas las reparaciones pertinentes se echaron nuevamente a la vela, el día 5 de octubre de 1498.
Una nueva desgracia, empero, cerníase sobre la expedición que mandaba el insigne almirante, pues luego de una serie de violentas tempestades hicieron revivir las angustias sufridas en el cabo Corrientes; sin embargo no constituyó este contratiempo un insignificante preludio de lo que sobrevendría a continuación. A las tempestades sucedió una calma terrorífica en la que la ausencia absoluta de viento era reemplazada por una temperatura de elevación mortal.
En esta angustiosa tempestad que se prolongaba día tras día, volvió a hacer su reaparición el tan temido escorbuto. Esta enfermedad que ataca frecuentemente a los marinos, es sumamente contagiosa y es consecuencia generalmente de una mala alimentación, del abuso de conservas, del consumo de aguas impuras y estancadas, etc. Sus síntomas son una debilitación progresiva, ulceraciones en las encías, hemorragias cutáneas, diarreas y otras alteraciones profundas de la nutrición. Hasta el siglo XVIII fue este mal una verdadera plaga para los marinos, pues no sólo ignoraban durante mucho tiempo que su profilaxis la hallarían en el consumo diario de legumbres frescas y frutas ácidas, sino que también se hallaban frente al problema de conservar estos productos en estado fresco durante los largos viajes.
El malestar aumentaba de día en día; no menos de treinta hombres sucumbieron del mencionado mal y de los restantes cayeron tantos postrados en cama que apenas había siete y ocho tripulantes en cada nave, aptos para trabajar. Durante esta triste situación que se prolongó durante tres meses ocurrieron numerosas sublevaciones, pues era opinión general que si querían salvar la vida deberían volver a la India. Tan grave habíase tornado la situación que el mismo indomable Vasco da Gama, comenzó a titubear y ya se disponía a prestar oídos a las exigencias de su tripulación cuando avistó el puerto etíope de Mogadiscio, capital de la actual Somalia italiana.
Es de imaginar que el 9 de febrero de 1499, al ser recibido con manifestaciones hostiles por parte de los nativos “ya que no se hallaba de buen humor, diera orden de bombardear la ciudad con su artillería, hundiendo las naves del puerto”.
Navegando hacia el sur, halló a su paso unas ocho embarcaciones árabes, a las que ordenó atacar, consiguiendo hundir algunas de ellas, mientras que las restantes alcanzaron apelar a la huída y hallar un refugio en el puerto de Malindi, en el que también los portugueses hicieron su entrada, siendo recibidos con grandes demostraciones de bienvenida por el rajá, quien volvió a obsequiar a la tripulación con abundantes verduras y frutas frescas que hicieron nuevamente desaparecer toda traza de escorbuto.
Hacia fines de febrero llegaron a la isla de Zanzíbar, donde encontró a los nativos activamente comprometidos negociando en percal con Mombasa, en oro que traían de Sofala y plata adquirida en la isla de Madagascar. Los portugueses desde luego tuvieron muy en cuenta estas fuentes de riqueza.
Al llegar cerca de Mozambique, resolvieron abandonar la “Sao Raphael” ya que carecían de gente para tripularla a través de la región de las tormentas. Entregada la nave a las llamas, doblaron las dos naves restantes nuevamente al Cabo de Buena Esperanza el día 20 de marzo de 1499 y favorecidos por veintisiete días de viento llegó con sus dos barcos a las inmediaciones de la Isla de Santiago, que es la mayor del grupo sur del archipiélago de Cabo Verde, situada entre las de Mayo y la del Fuego. Aquí, según unos historiadores, una tempestad separó a ambas naves, siguiendo Nicolás Coelho rumbo al norte mientras que el almirante se dirigió a esta posesión portuguesa. Lo que es cierto es que el hermano del comandante, Pablo da Gama, había enfermado gravemente, por lo cual resolvió hacer alto en la Isla de Santiago y con el indudable fin de no retrasar más la noticia sobre sus aventuras en la India habría indicado al capitán de la “Berrio” que continuara viaje a Lisboa, donde llegó el día 10 de julio de 1499. Vasco comprendía que a su hermano le quedarían pocos días de vida, pero deseando que expirara en su país natal, trató de reanimarlo con la noticia de haber obtenido una carabela de marcha más rápida, con la que se echó a la vela con toda premura, confiando la “Sao Gabriel”, que quedó anclada en el puerto de Villa de Praia, al cuidado de Juan de Sa.
A poco de navegar sufrió Pablo un agravamiento tan sensible que Vasco, temeroso de tener que sepultar el cuerpo de su hermano en el océano, volvió sobre sus pasos, alcanzando esta vez la Isla de Terceira, en cuya capital y puerto, Angra do Heroísmo, entró con el agonizante quien falleció al día siguiente.
Hacia los principios de septiembre de 1499, pues se ignora la fecha exacta, llegó la nave insignia a la rada de Belén, donde Vasco da Gama guardó luto durante diez días en memoria de su hermano, al cabo del cual hizo su entrada triunfal en Lisboa.
Había perdido a su hermano, a la mitad de sus naves y las dos terceras partes de su tripulación, pero en este viaje de dos años de duración había logrado sus propósitos. Pues halló lo que buscaba y Portugal era la dueña de la ruta marítima hacia la India.
El rey Manuel I autorizó para que se antepusiera a su nombre el Don que en aquella época concedíase solamente a los personajes más ilustres, le otorgó además una pensión considerable y más tarde lo ascendió también a almirante de la India, con cuyo título obtenía ciertos privilegios de importancia que había de enriquecerlo rápidamente en su día.
El monarca se dió a sí mismo los títulos expansivos de “Rey, por la gracia de Dios, de Portugal y las Algarves, ambos a este lado del mar, y allende ella, Señor de la Guinea y de la Conquista. Navegación y Comercio de Etiopía, Arabia, Persia e India”.
La supremacía de Portugal fué breve, pero la actitud de la “pequeña pero heróica nación” causó honda impresión en todo el Mundo Occidental, Vasco da Gama había sondeado la cadena comercial que en el Viejo Mundo enriquecía a los mercaderes de Alejandría, Génova, Venecia y Milán, los que al igual que los piratas turcos y bárbaros se habían cebado en la artimaña que convertía las rutas por el mar Mediterráneo en verdadera dueña del mercado mundial entonces conocido, y arrancando el velo a proceder tan imperialista, creó nuevas rutas comerciales partiendo de Cádiz, Lisboa, Bristol y Amberes. Las riquezas que durante tantos siglos habían llenado de opulencia a diversas ciudades italianas, se desplazaron gradualmente hacia España, Gran Bretaña, Francia y los países del mar del Norte, cuyos pueblos crearon así nuevas artes e ideales que habían de introducir grandes cambios en la vida europea.
Este éxito fue también motivo para el arribo de los portugueses al Nuevo Mundo, donde el Brasil constituiría por varios siglos una gigantesca colonia portuguesa. Este descubrimiento fue casual, pues Pedro Alvares Cabral, a quien encomendó el rey Manuel una expedición inmediata hacia la India, había sido aconsejado por Vasco de eludir los obstáculos y dificultades que tal vez hallaría en el Mar de Etiopía y sus inmediaciones, perseveró en la ruta hacia el Sudoeste, hallando así una tierra que él denominó Santa Cruz, y que constituye el actual territorio brasileño. A pesar de haber perdido siete naves de las trece que componían la expedición, emprendió desde allí decididamente el viaje a Calicut, soñando que la tierra del Nuevo Mundo que tan circunstancialmente hallara, sería de mucha mayor importancia para su patria que la India Oriental; esta convicción, empero naufragó, pues de vuelta a Portugal fue recibido fríamente, hasta el punto de no confiársele en adelante ninguna misión oficial, por lo cual no volvió a citar la historia el nombre de este valiente marino.
Vasco da Gama realizó dos viajes más a la India, pero pertenecen más bien a los anales de colonización que a los de la exploración. El segundo era en todo sentido una expedición de venganza; la tercera con fines de introducir reformas administrativas en los vasallos portugueses de Oriente.
Todos los portugueses que Alvares Cabral había dejado en Calcuta – donde el rajá de esa región le había invitado a instalar una factoría atendida por unos 150 lusitanos – habían sido asesinados en un movimiento popular.
“Sire – dijo Vasco a su soberano Manuel I, luego del retorno de Alvares Cabral – el rey de Calicut me arrestó durante mi estada allí y me trató con humillante injusticia. Y por no haber vuelto para vengar esa injuria, ha cometido ahora otro agravio mayor, atropello que ha hecho nacer en mi pecho un vehemente deseo de volver a esas tierras para dar a su pueblos el trato que se merecen”. Hemos de tener presente que el rajá de Calcuta como casi todos los jefes del centro del Indostán, rendían pleitesía al poderoso soberano de Calicut.
Vasco da Gama no necesita ser mirado con cristales especiales para merecer el título de héroe; el terror que sembró y las torturas que mandó ejecutar durante sus dos últimos viajes deben ser mirados de acuerdo a los sentimientos de aquella época en que los “infieles” no eran considerados como seres humanos y también a que ya no tenía a su lado al bondadoso Pablo da Gama.
Con el título de Almirante de la India inició el 10 de febrero de 1502 su segundo viaje al frente de una escuadrilla de quince navíos tripulados por no menos de mil hombres. Como esta expedición era más que nada una jornada punitiva, estaba organizada militarmente, ardiendo todos su tripulantes desde el comandante hasta los grumetes, de iniciar la acción bélica con la que se proponían “lavar con sangre” las ofensas que los súbditos orientales habían inferido al rey lusitano, flamante “señor de la Conquista, Navegación y Comercio de Etiopía, Arabia, Persia e India”. Cuando luego de un viaje sin contratiempo de mayor importancia había cruzado los Cabos de Buena Esperanza y Corrientes, detúvose en Mozambique y Sofala para fundar factorías; tomando a la vez las medidas pertinentes para imponer la soberanía portuguesa y asegurar la buena acogida de las naves mercantes en las rutas que venía a establecer. Hecho esto siguió viaje a Kilwa, población situada en una isleta cerca de la costa de la actual colonia Tanganika, cuyo rey había tenido algunas diferencias con Alvares Cabral. Luego de bombardear la ciudad, impuso un tributo punitivo. Puesto nuevamente en marcha, ejerció otras represalias contra los moros que caían bajo su alcance. Ya frente a las costas de Malabar halló una dhows árabe, cargada con inmensas riquezas y en la que iban muchos peregrinos musulmanes. Hizo que la nave fuese incendiada en la que murió abrazada la tripulación y peregrinos, excepto veinte niños. Este proceder les pareció muy lógico a sus contemporáneos, pero aún un cronista que frecuentemente se ha manifestado muy piadoso, relata ese encuentro de la manera siguiente:
“Apresamos una nave de Meca a cuyo bordo se hallaban 380 personas entre hombres, mujeres y niños, nos apoderamos de no menos de 12,000 ducados, y de mercaderías por valor de otros 10,000. Hecho esto pusimos el barco en llamas mediante el empleo de pólvora, quemándose con toda su tripulación, castigo que ejecutamos el día primero de octubre del año 1502”.
El comandante advertía que “quien manumisa a un enemigo morirá a sus manos” y ordenó que los niños cuya salvación había dispuesto fuesen bautizados.
Mientras la nave era presa de las llamas, consiguieron algunos árabes arrojarse al agua, y uno de ellos – usemos la expresión original de Correa al descubrir este episodio – “Un moro que nadaba, halló flotando una lanza, y tan enérgico como pudo, la arrojó dentro de uno de nuestros botes, atravesando a un marino a quien dió muerte; y como esto nos parece muy importante lo he incluido en mi relato”. Como se ve bastaba un hecho como el transcrito para apoyar en su concepto de venganza a Vasco.
Cuando la escuadra llegó a Calicut, trató el Zamorin (Samudri–Radjá) de parlamentar sobre el incidente de Calcuta, pero el almirante respondió que su soberano hasta de una palmera esculpiría un radjá más digno que Zamorin. Acto seguido arrojóse sobre la escuadra del rey, naves mercantes y las de pesca, hundiéndolas todas. Sus tripulaciones que había hecho apresar mandó cortarles las manos, narices y orejas, enviando partes de ellas a tierra con un mensaje al radjá para hacer arrurruz de ellos. A los restantes, una vez atados por los pies unos a otros, y luego de haberles hecho saltar todos los dientes y muelas de la boca, a fin de evitar que pudieran morder las cuerdas, fueron amontonados sobre una balsa, tapándose esa pila de seres que se retorcía en la agonía con esteras y hojas secas a las que se prendió fuego, soltándose finalmente para que la barca ardiente flotase con su carga humana en dirección a la costa, apestando el ambiente con el tufo de carne achicharrada.
Hecho esto comenzó a bombardear con su artillería a la indefensa ciudad durante tres días.
Vengando de este modo los agravios hechos, inició tratados de alianza con los reyes de Cannanore, Cochin y otros puntos de la costa Malabar donde organizó factorías y ubicó agentes. De este modo marcó este segundo viaje el principio de un importante y regular tráfico comercial para el que había allanado el camino. El 20 de diciembre entró de regreso en Lisboa con casi todas sus naves. Sin embargo, ocasionó la indignación por su excesiva crueldad que fuera recibido fríamente y que el rey Manuel I, tal vez a instigación de los enemigos del almirante , le condenó a un retiro de toda actividad pública durante veintiún años.
Mientras tanto, en 1505, fué despachado a la India el primer virrey Francisco de Almeida. Este gran almirante sostenía ahora que Vasco da gama había procedido erróneamente. Instó a su rey para no anexar posesiones allende los mares, ni edificar fortalezas, excepto naturalmente aquellas que habían de ser destinadas para proteger los centros de comercio, y advirtió que la acción de la armada debía de ser reducida en lo posible para proteger las nuevas rutas.
Al encuentro de esta nueva expedición salió la flamante escuadra que el jedive egipcio había hecho construir para evitar que los lusitanos habilitaran la ruta a la India doblando el Cabo de Buena Esperanza. Pero a pesar de haber sido engrosada por numerosas naves armadas islamistas, les infirió Almeida tal derrota que Albuquerque pudo marchar a su vez a Oriente para plantar la bandera lusitana en puntos estratégicos como Goa, Malaca, Ormuz y Adén. Hasta entonces Portugal no había reclamado un solo palmo de los territorios que Vasco descubriera.
Durante el sitio de Goa, fué la expedición encabezada por Albuquerque, sorprendido por una calma mortífera, viéndose tanto imposibilitado para lanzar un ataque como para retroceder a fin de reponer alimentos. Comenzaron por tanto no sólo a escasear angustiosamente las provisiones sino lo que quedaba se agriaba bajo la acción de la temperatura ardiente. El sha de Goa que había reconquistado la plaza, sospechó las penurias de los lusitanos, y envió una nave cargada de alimentos con bandera de tregua. Pero el almirante comprendiendo la treta, organizó un simulacro de banquete con los pocos comestibles que quedaban. Los espías muslimes veían como los portugueses se ubicaban alrededor de mesas cargadas con abundantes manjares que habían sido guardados para los enfermos. Cuando los espías regresaron convictos que las provisiones abundaban aún a bordo de las naves expedicionarias, fueron nuevamente guardadas ante las miradas ansiosas de la tripulación hambrienta, a fin de conservarlas para la mayor emergencia.
En la carrera de Albuquerque abundan los actos de heroísmo, pero su fama descansa sobre su valor como general y estadista que solidifica el imperio portugues de las Indias Orientales.
Su administración corrió sin embargo la suerte que sucede a todos los dictadores, pues el gran Albuquerque, no dejó sucesor. Por esta causa, a los diez años de su muerte ocurrida en 1515, había toda traza de orden y concierto desaparecido bajo la desmedida ambición de aventureros sin escrúpulos. También el rey Manuel I había desaparecido del mundo de los vivos.
Don Vasco da Gama quien luego de su segundo viaje, contrajo enlace y residía tranquilamente en su hogar disfrutando de su alcurnia y fortuna, fué finalmente llamado de su retiro por el rey Juan III a fin de restablecer el poder lusitano en los dominios de ultramar.
Se había convertido en un anciano canoso, irascible y corpulento que partió orgullosamente al mando de una escuadra compuesta por catorce naves, de Lisboa el 9 de abril de 1524, ostentando el título de virrey.
Tenía ahora más el aspecto de un sibarita que de un marino. Un cuerpo de hombres provistos de clavas de plata estaban destinados para servir como escolta, incluyendo su corte también, un mayordomo, pajes con collares de oro, una caballeriza bien provista, etc.
“Era servido en la mesa como un rey – relata Correa con orgullo – y todas las atenciones de que era objeto ostentaban un trato real”.
Cuando toda traza de tierra firme desapareció detrás del horizonte, resurgió en él, el imponente concepto de dictador que tanto le había distinguido un cuarto de siglo atrás. Un día hallándose ya en las inmediaciones de la India, agitándose continuamente las aguas que formando gigantescas olas hacían rolas intensamente las naves. Como no se notaba vestigio alguno de tempestad, pues el tiempo permanecía serenísimo, comenzó a dominar el terror entre los tripulantes. Pero Vasco da Gama que comprendió que se trataba de un maremoto y conservando su inalterable tranquilidad pronunció estas famosas palabras: “¿Qué os asusta? Es que el mar tiembla delante de nosotros”.
Llegando a Calicut arrestó al gobernador portugués en vista de las irregularidades cometidas en su administración y cuando un hermano del detenido también persona de figuración le pidió clemencia explicándole que el acusado no había vendido ninguno de los bienes reales, como lo hicieron otros, respondió el virrey: “Señor, si vuestro hermano se hubiera manchado con tales procedimientos, no tendría la cabeza donde la tiene ahora, pues habría ordenado decapitarlo”.
Castigó sin miramiento a todos los transgresores. Y si algunos le imploraban clemencia cristiana, respondía ásperamente que si un malevo no era culpable y profesaba la fe cristiana, recibiría fuera de toda duda clemencia cristiana en el otro mundo. “Jamás – agregaba – recibirán de mi otro trato que severidad y castigo”.
En muchos puertos asombraba su proceder al rechazar todo obsequio con que pretendían comprarle las autoridades locales, fuesen árabes, hindúes o portugueses. Muchos habían ido a la India para labrar su propia fortuna; Vasco en cambio demostró que había ido para acrecentar la fortuna de su rey.
Introdujo un tosco sistema de organización civil y personalmente revisaba las solicitudes de cuantos anhelaban a cargos eclesiásticos. Hizo inscribir a todos los funcionarios de gobierno en estas tierras orientales. Puso coto a la adulteración de las especias con arena y arenisca. Licenció marinos; abolió los subsidios y raciones que se distribuían a los colonos y que recibían por el solo hecho de haberse casado con mujeres nativas; prescribió un uniforme para marinos durante su permanencia en tierra y recogió numerosas piezas de artillería que habían sido robadas. Según términos modernos se podría decir que “limpió” la India.
También procuró organizar un sistema de patrullaje de ríos y costas que estaban infestadas de veloces embarcaciones de piratas musulmanes. Un astillero genovés cuyos servicios fueron contratados, aseguró a Vasco que construiría naves velocísimas; se afirma que dijo al virrey: “Señor, yo le construiré bergantines tan veloces que serán capaces de alcanzar a un mosquito”.
En el término de 20 días tenía el astillero listo dos lanchas a remo construidas según estilo levantino y que se tripulaban de la siguiente manera: “Cada uno de los remeros guardaba debajo de su banco un peto y un yelmo de acero, una lanza, un escudo y dos potes con pólvora; de este modo, al divisar una presa se armaban y se colocaban los yelmos cuyo brillo se distinguía desde lejos, y cuando alcanzaban a los piratas largaban los remos para tomar sus lanzas, escudos y potes de pólvora que arrojaban tan pronto se hallaban al lado de la misma; como cada lancha venía tripulada por treinta hombres armados de este modo, que combatían y obtenían fáciles victorias; de esta forma, con remos, velas y armas no se les escapaba nadie”.
La muerte de Vasco da Gama, no fué dramática como la de Bartolomé Días, que murió ahogado durante una tempestad al naufragar su carabela, que formaba parte de la expedición de Alvares Cabral, en las inmediaciones del Cabo de Buena Esperanza, ni como la de Francisco Almeida que fué muerto por los hotentotes del Cabo: Vasco sucumbió tranquilamente en Cochin el 25 de diciembre de 1524 como efecto de unos grandes rumores que se le localizaron en el cuello.
Su primer viaje marcó la ruta hacia la India; el segundo sembró el terror entre los nativos y con el tercero puso de manifiesto una lealtad y honestidad realmente admirable para su tiempo.
Si en cambio hubiese podido regresar a su patria, tal vez habría caído en desgracia como le sucedió a Albuquerque, quien pocos días antes de expirar supo que el rey, cediendo a sus enemigos, le había depuesto de toda autoridad. Vasco fue sepultado en Cochin, y cuando algunos años después fueron sus restos transportados a Portugal, tuvieron un recibimiento de héroe nacional.
Actualmente descansan sus restos en Belén, al lado de los de Camoens, en una de las tumbas más hermosas del mundo, en el convento Dos Jerónimos, la “abadía Westminster” de Portugal.
Si es una lástima que en sus hazañas careciera de un libro diario de viaje, como lo llevaban Colón y Cook, en cambio éstos no tuvieron un Camoens, que a la par del tuerto poeta-soldado, les inmortalizara con rasgos tan magistrales como los que cantan los viajes de Vasco en los versos de “Los Lusiadas”.
Esta ilíada fué escrita en Macao, y según la tradición, hallábase Camoens de regreso a su patria, cuando naufragó la nave que le conducía, salvándose la vida nadando hasta la costa mientras apretaba en una mano los pliegos conteniendo cinco o seis de los cantos de su inmortal obra maestra y que constituye el monumento más sublime que haya podido ser erigido en memoria de Vasco da Gama; y una investigación sobre los efectos de sus viajes unieron una confirmación histórica a la percepción intuitiva del poeta sobre tan magnífica hazaña.
1° y 15 de Junio de 1941.
BALANZAS NÚMS. 202 Y 203.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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