Vasco Da Gama (Primera parte)
- EMEDELACU

- 4 jun
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VASCO DA GAMA, Interesante artículo de J. B. R., Hildebrand, en el que describe la célebre actuación de este gran explorador portugués que descubrió la ruta de la India por el Cabo de Buena Esperanza y que ha sido publicada en “The National Geographic Magazine” de Washington, Estados Unidos, en Noviembre de 1927 bajo el título de “The Pathfinder of the East” (El Vanguardista de Oriente).
¡Colón había errado en sus cálculos! Si bien es verdad que halló tierra, no era ésta la que comerciaba en jengibre, clavos de especia, nuez moscada y canela. Los naturales desnudos con sus cuerpos pintados con colores fantásticos y cargados de coralinas y oropeles, moradores de las islas que descubrió, no constituían una plaza de intercambio comercial como el que ansiaban los cómodos y rutinarios mercaderes europeos, interesados únicamente en el hallazgo de una ruta más viable hacia la fastuosa India. Esta expresión lacónica refleja el desencanto sufrido y por ello se dijeron con maliciosa satisfacción los comerciantes de Lisboa “después de todo tiene razón nuestro rey Juan II”, luego que los negativos resultados obtenidos por Cristóbal Colón en su primer viaje pusieron término a la angustiosa situación que les acarreó el hecho de no haber su monarca puesto traba a la partida decidida del descubridor de América.
“Es hora – decían – que nuestras exploraciones continúen por el camino trazado por nuestro infante Pedro “El Navegante”. Ese gran visionario que con hábito de monje y alma de marino soñaba juiciosamente sobre sus cartas marinas en su sombrío estudio de Sagres, palacio de estilo morisco por cuyas ventanas carentes de vidrios soplaban los vientos cálidos de mares desconocidos.
Llegaron viajeros con noticias del legendario Prestes Juan, quien contaría con amplios recursos para socorrer al Islam resentido, como así también datos de otras fuentes, por fabulosos que parecieran, pero que como más tarde se ha comprobado no exageraban la prosperidad de las Indias Orientales.
El joven rey Manuel, no estando dispuesto a esperar la llegada de algún explorador inoportuno, dispuso la salida de una expedición que continuara la ruta iniciada por Bartolomé Días, confiando el mando a un hombre joven y dispuesto, llamado Vasco da Gama.
Los primeros portugueses de esta expedición que habían de poner los pies en la India, escribieron sin sospecharlo una de las páginas más gloriosas de la historia marítima de Portugal.
La llegada de Vasco da Gama a la corte del rey Zamorin de Calicut confirmó la habilidad del primero y la clarividencia de su soberano. ¡Qué contraste comparado este arribo con el encuentro de Colón con los primitivos e ingenuos indígenas de Guanahani!.
El almirante portugués en compañía de trece hombres decididos marchó hacia el interior de Calicut, hallando a su paso una siempre creciente multitud de hombres barbudos con arillos en las orejas y mujeres cargadas de joyas, entrando finalmente en los magníficos jardines de un palacio donde, entre los árboles aparecían numerosas fuentes. Cruzando lujosas plazoletas y galerías, se llegaba a una habitación amplia, deslumbrándoles los múltiples y valiosísimos tapices con los colores del arco iris y de relucientes joyas.
Zamorin descansaba sobre un diván de terciopelo verde, con dosel bordado en oro. El instante en que Vasco da Gama y sus compañeros entraron en el aposento, estaba el soberano con una enorme salivadera de oro en la mano izquierda y a su derecha se encontraba un recipiente también de oro, de tal anchura, que apenas podría una persona corpulenta abarcarlo con ambos brazos. Contenía nueces de areca envueltas en hojas de betel y bañadas en una mezcla de cato con jugo de limón.
Un brahmán, ayudante de Su Majestad, estaba junto al recipiente para alcanzar a Zamorin otra baya cada vez que este terminaba de masticar la anterior y de escupir los hollejos en el bacín real.
Cuando alguien se aproximaba al trono llevaban todos los cortesanos respetuosamente la mano a la boca. También los visitantes eran con anterioridad instruidos en las prácticas de saludar al rey, que consistían en unos movimientos similares a ejercicios que se practican actualmente en la educación física de nuestra juventud. Este rito cumpliéronlo también los portugueses con la mayor respetuosidad. Los servidores mudos traían luego agua para que bebieran los sedientos viajeros, quienes habían sido advertidos asimismo que era considerado extremadamente antihigiénico tocar el jarro con los labios. Satisfacer esta ceremonia en presencia del rey no era solamente un trance incómodo por exponerse a verter parte del líquido sobre las ropas, sino que constituiría además una grave “falta de urbanidad” para con el soberano.
Terminado este cumplido, se presentaron pajes mudos que sirvieron bananas y melones. Pero fijémonos en la enjuta personalidad de Zamorin: Era éste un hombrecillo menudo y moreno, envuelto desde la cintura hasta las rodillas en un paño de percal blanco, aunque tejido con mayor delicadeza que el lienzo que se fabrica en Europa. Prendidos de un costado de esta vestimenta colgaban hermosos anillos en los cuales se hallaban incrustados grandes rubíes. En uno de sus brazos, por encima del codo llevaba tres hermosísimos brazaletes brillando, en el del medio un diamante del tamaño del dedo pulgar.
Un largo collar con perlas del grandor de avellanas, haciendo dos vueltas alrededor de su cuello, caía sobre su regazo; llevaba además otro collar más corto, que era una cadena de oro reluciente del que pendía una enorme esmeralda rodeada de una hilera de deslumbrantes perlas y rubíes, incrustados en la misma.
Mejor que los soberanos europeos se ingeniaba este rey para lucir sus inmensos tesoros. Sus largos cabellos hallábanse recogidos en una sola trenza adornada profusamente con piedras preciosas y perlas. De sus orejas colgaban pendientes de magnífica hermosura. También su ayudante llevaba rica vestimenta y brazaletes de oro, además de un escudo de color punzó que estaba bordeado de piedras preciosas. La inesperada llegada de los portugueses no impresionó en lo más mínimo a los habitantes de Calicut. En cambio pudo da Gama comprobar que este despliegue de lujo en la corte de Zamorin, no era una simple ostentación como la de los bárbaros, sino el fruto de un floreciente comercio entre Calicut y los mercaderes persas, árabes y de las tierras africanas. Su aparición si ocasionó un recelo en estos mercaderes que ingeniaron todas las artimañas para que el almirante portugués, apareciera ante el concepto del soberano oriental, como un aventurero pirata.
Por esta causa demostraba Zamorin muy poco interés por saber los motivos de la presencia de Vasco da Gama. Éste, sin embargo, burló la intención de los celosos mercaderes al solicitar del rey una entrevista.
Zamorin accedió, y luego de las ceremonias ya descritas, se retiró con el jefe portugués a un recinto más pequeño, pero no menor en lujo, donde el monarca se acomodó sobre otro diván cubierto con una tela bordada de oro.
Una vez solos, sacó el almirante de un bolsillo una carta, la que luego de haberla llevado a sus ojos y la frente, la ofreció de rodillas al soberano.
Puede ser que esta carta fuese auténtica, aunque se cuenta que al oír da Gama del esplendor de la corte de este soberano, la mandara escribir imitando la firma del rey Manuel. Lo que es cierto es que el portugués hubo que disculparse luego de haber querido corresponder a Zamorin ofreciéndole sus mejores presentes que consistían en doce piezas de género rayado, cuatro capuchas de color escarlata, seis sombreros, cuatro collares de coral, una caja de seis palanganas, un cajón con azúcar, dos barricas con aceite y dos con miel.
El soberano recibió estos obsequios con la más fría indiferencia y hasta preguntó si los portugueses creyeron encontrar estatuas insensibles o gente educada. Declaró además, que los más mezquinos mercaderes de la Meca hacían regalos mejores, y terminó por considerar que el rey de Portugal había de ser una persona inconsecuente y carente de sentido común para atreverse a ofrecer al poderoso soberano de Calicut cosas tan fútiles.
Vasco da Gama vióse pues obligado a hallar una excusa. Según algunos historiadores declaró que su rey lo había mandado a buscar mercados por lo cual no llevaba regalos sino muestras; otros sostienen que hizo creer al soberano oriental que había salido de Lisboa al frente de una violenta tempestad y que los regalos de que era portador estaban embarcados en las naves que se perdieron.
El almirante era, fuera de toda duda, un gran navegante y explorador quién aún en nuestros días sería reconocido como un hábil comerciante.
Tanto la historia de sus credenciales como la de sus regalos es dudosa, y debe tener origen en las críticas de los árabes. Pero lo cierto es que Zamorin reconoció al soberano de Portugal como un monarca poderoso como así también la buena intención de su enviado, por lo cual entregó a éste una carta para Manuel II; en ella, que era una hoja de palmera, había escrito lo siguiente: “Vasco da Gama, un caballero vasallo vuestro me ha complacido en llegar hasta mi reino. En mis dominios abundan canela, clavos de especia, jengibre, pimienta y piedras preciosas. Yo os pido en cambio oro, plata, corales y paños escarlatas”.
Luego del retorno del almirante portugués, un historiador veneciano hizo este juicio: “Cuando el éxito del navegante llegó a Venecia, ocasionó un profundo estupor, y los más conscientes declararon que fué la peor novedad que en tiempo alguno habían recibido”. Y tenían razón, pues desde entonces comenzaron hileras de naves a desfilar por el estrecho de Gibraltar hacia el Atlántico en dirección al sur para luego de doblado el Cabo de Buena Esperanza, internarse en el Océano Índico.
El sultán de Egipto que sacaba grandes ganancias mediante el tráfico de importación entre Venecia y Oriente por la ruta a través del Istmo de Suez, sintiose sumamente disgustado. En consecuencia, dispuso se enviaran al Cairo cargamentos de madera veneciana, la cual llevada a lomo de camello hasta el mar Rojo, sirviera para construir apresuradamente una insignificante escuadra destinada para atacar a los portugueses si éstos se atrevieran a visitar una vez más a la India.
Probablemente no ha habido otro explorador que como Vasco da Gama obtuviera a consecuencia de su descubrimiento un éxito tan presto e importante para sí y su patria. Él culminó el sorprendente surgimiento del Portugal, convirtiendo el insignificante feudo Leonés del siglo once en el temido dueño de los mares del siglo dieciséis.
Luego de su segundo viaje, y debido a la escasez de marinos, se comenzó hasta a recorrer las chacras y viñedos a fin de reunir gente con que tripular las carabelas destinadas a traficar con la India.
Así ocurría que en estas escuadras comerciales aparecieran naves tripuladas por paisanos que antes no se habían preocupado siquiera en saber cuál era su mano diestra y cual su siniestra y que ahora por las peripecias de la vida marina se vieron obligados a penetrar en las maniobras de babor y estribor, tan complejos en los veleros. Así se cuenta que un capitán que tenía bajo su mando una tripulación de marinos improvisados, al notar que seguían confundiendo babor y estribor, ató de aquel lado del barco una ristra de ajos y de éste una de cebollas, y cuando daba sus órdenes al timonel gritaba: “a cebollas el timón” o “a ajos el timón”.
El poder de Portugal comenzó luego a declinar frente a la importancia que adquirían los sucesivos descubrimientos en las Américas, pero ello no puede opaquizar las notables aventuras y las sorprendentes hazañas del primer viaje realizado a la India.
Por ello, si existiera una lista de los siete principales acontecimientos de la edad media, seguramente que la expedición de Vasco da Gama, que salió de la boca del Tajo el día 9 de Julio de 1497, figuraría a la cabeza. Sigamos pues este viaje desde su comienzo.
Cuatro carabelas de fondo llano se encontraban ancladas en la embarrada rada de Rastello. Numerosos marinos se movían sobre sus castillos de proa y popa, algunos ocupados en proveer la despensa de las últimas provisiones como ser carne de vaca y de cerdo, bizcochos y vino; otros, haciendo los trabajos previos para poner las grandes velas cuadradas dispuestas para cuando fuera dada la orden de izarlas. Cada una de estas velas llevaba dibujada en su centro, según la costumbre de la época, una enorme cruz de la “Orden de Cristo”.
Una compacta multitud de personas de todas las clases sociales se hallaban congregadas en la orilla para despedir a los valientes que se aventuraban a viajar hacia lo desconocido. Algunos daban vítores, otros, especialmente las mujeres lloraban desconsoladamente, y no era para menos. ¿No se pintaban a los mares desconocidos como llenos de horripilantes misterios? ¿No se afirmaba que en las regiones ecuatoriales hervían las aguas largando columnas de vapores parecidas a los géiseres y que el sol arrojaba sobre las tierras cálidas rayos abrasadores como furiosas llamas?.
¿No se decía que aproximándose a los bordes del mundo se caían las naves en un espantoso precipicio? ¿No hablaban las cartas marinas de terribles y gigantescas serpientes marinas y otros monstruos que moraban sobre las rocas, de la existencia de unicornios capaces de traspasar de una sola cornada a tres carabelas puestas en fila y del siniestro obispo de los mares con su mitra fosforescente?.
Doce penitenciarios, bajo la correspondiente vigilancia, paseaban a bordo; la dificultad con que resistían la luz demostraba que acababan de salir de oscuros calabozos. Estaban destinados a acompañar la expedición para explorar el terreno en regiones donde el comandante considerara aventurado exponer la vida de sus experimentados marinos.
En esto, abrióse la multitud congregada en la orilla para dar paso a los jefes de la expedición quiénes cada uno con una vela encendida en la mano precedían en lenta procesión a un grupo de sacerdotes y monjes que entonaban melodías melancólicas. Venían de la capilla de los marinos construída bajo el patrocinio del príncipe Enrique, donde habían pasado toda la noche en vigilia.
Embarcada la oficialidad fué izado en medio de un estruendoso aplauso el Pendón Real en el palo mayor de la nave capitana “Sao Gabriel”, palo que se elevaba a 110 pies por encima de la cubierta. El aplauso se repitió para saludar la colocación de la bandera escarlata, insignia del comandante en la atalaya del mismo barco. Tanto la “Sao Gabriel” como su gemela la “Sao Raphael”, que estaba bajo el mando del hermano del comandante, Pablo da Gama, habían sido construidos especialmente para esta expedición por Bartolomé Díaz, quien ya había doblado antes por el llamado “Cabo de las Tempestades” pero que su soberano hizo denominar “Cabo de Buena Esperanza”.
El tercer barco expedicionario, la “Berrio”, que estaba al mando del capitán Nicolás Coelho, era una carabela provista de velamen latino, tipo de naves de navegación rápida y que poco después portarían la bandera portuguesa hacia los principales puertos mundiales desde Brasil hasta la lejana Catay[1]. La cuarta nave de la expedición, cuyo capitán era Pedro Nuñez, conducía las provisiones.
Sus torres de proa y popa eran denominadas “citadelas” pues desde ellas arrojaba la tripulación granadas y dardos cuando eran atacados por piratas o pueblos salvajes. Y si bien las naves portaban cañones y culebrinas, carecían sus tripulantes personalmente de armas de fuego; aún los primitivos arcabuces eran considerados demasiado peligrosos en manos de hombres que en cualquier caso de peligro o descontento podían sublevarse. Estaban provistos en cambio de ballestas, espadas, picas de abordaje, hachas y lanzas. Algunos poseían armaduras de acero, pero la mayoría no tenía más que petos y corazas.
Los departamentos del capitán se encontraban en el castillo de popa, los de los oficiales estaban ubicados unos en esta misma citadela y los restantes en la de proa. El resto de la tripulación dormía bajo cubierta.
Los plateros y los mercaderes en especias y telas que también habían acudido para presenciar la partida de los expedicionarios, hicieron furtivos comentarios sobre la personalidad de Vasco da Gama cuando éste subió a bordo. Era un hombre de cuna noble con trazas de ser muy resistente, austero y que demostraba estar en la flor de la edad. Gastaba barba y cabellos crecidos.
“Es jugar al azar – dijo alguien – el construir dos barcos y comprar otros dos más para finalmente confiarse a un novicio”.
“Es el tercer candidato – replicaba otro– su padre, el principal magistrado de Sines, había sido elegido para este puesto cuando murió repentinamente; luego se dijo que Pablo le sucedería, sin embargo se terminó de confiar el mando a Vasco. Este empero, sólo quiso aceptar el cargo a condición de que su hermano lo acompañara como capitán de una de las naves”.
“Y todo esto sucedió por el apresuramiento del rey – objetaba un tercero – se asegura que le vió pasar y le llamó la atención su porte varonil, su mirada profunda, dándole la impresión de ser un hombre nacido para el mando; esto es todo el motivo. Tiene sólo 37 años de edad y es soltero. Será una suerte para nosotros si consigue llegar a la India y aún más si logra volver”.
“Será verdad que jamás ha explorado – opinaba otro – pero seguramente habrá ganado sus méritos combatiendo contra los piratas franceses y los infieles moros. Se dice que es un hombre que no teme a Dios ni al diablo”.
Con viento en popa, que hacía hinchar las grandes velas, salió la flotilla del río Tajo hacia el Océano Atlántico, haciendo su primera escala en las Islas Canarias donde la tripulación se proveyó de pescado; la segunda y última etapa en terreno conocido eran las Islas de Cabo Verde. El 3 de agosto de 1497 abandonaron ese puerto para iniciar la escala más larga de un viaje sumamente atrevido para aquellos tiempos.
Las pequeñas naves recorrieron más de 4,500 millas por mares de los que no existía aún ninguna carta marina, sin ver tierra durante noventa y cinco días. Colón desde que abandonó las Canarias había recorrido 3,500 millas cuando avistó las Islas Bahamas.
El comandante en jefe tomó esta atrevida ruta a fin de esquivar las corrientes y la calma chicha que Díaz y otros exploradores habían encontrado más cercanas a la costa africana. Describiendo un arco hacia el Oeste cruzó el ecuador a los 19 grados longitud Oeste, hallándose a menos de 600 millas de las costas de la América del Sur cuando viró nuevamente para marchar en dirección del Cabo de la Buena Esperanza, por lo cual hizo todo este trayecto por el Océano Atlántico, sin internarse en el Mar de Etiopía (el actual Golfo de Guinea).
Para alcanzar su objetivo sin tener a la vista ninguna costa era para Vasco da Gama una empresa que requería mucho más coraje de los que a nosotros nos podrá parecer.
Los marinos de aquel entonces preferían los peligros que acarrea navegar a la vista de la costa a las inseguridades del Océano abierto, porque podían bajar frecuentemente a tierra a fin de corregir los errores inevitables a consecuencia de la imperfección de sus instrumentos rudimentarios.
Vasco poseía sin embargo todos los aparatos que se conocían en su tiempo como ser un astrolabio marino de madera, construido en tiempos del príncipe Enrique, siendo un infantil precursor del sextante para hallar las latitudes. El cálculo de las longitudes era un problema imposible de resolver. Probablemente se basó el almirante portugués para sus cálculos en las variaciones de la aguja de la brújula, porque era sabido que los rayos que emanan del polo magnético estaban en constante relación con los del polo geográfico. De modo que si en dos sitios distintos marcaba el compás igual desviación era señal que se hallaban sobre el mismo meridiano. Tenían además las “agujas genovesas” o sean compases marinos, plomos para medir la profundidad, relojes de arena y una soga que a popa bajaba hasta el agua para controlar la dirección que seguía la nave. No tenían corredera para medir diariamente la distancia recorrida ni ningún cronómetro. La velocidad del barco se calculaba de varias maneras pero todas basadas en meras suposiciones. Solamente con mar en plena calma, se solía salivar al agua o arrojar cualquier cuerpo flotante a fin de tener así un punto relativamente fijo para con su alejamiento y la ayuda del reloj de arena calcular su velocidad.
Durante algún tiempo lucharon con vientos desfavorables y violentas tempestades. Luego tuvieron vientos que soplaban del occidente, arrastrando al barco rápidamente en dirección a las costas sudafricanas. Hacia fines de octubre encontraron aves marinas, luego avistaron una ballena y después “ lobos de mar". Días más tarde hallaron malezas propias de las costas sudafricanas y el 7 de noviembre, encontraron un refugio en una bahía que el comandante denominó de “Santa Elena”.
En tierra firme vieron un hotentote que buscaba miel entre los arbustos. Le llamaron para almorzar con ellos y finalmente le enviaron para reunir a sus compañeros de tribu. la tripulación se tornaba más alegre al oír ladrar perros y el canto de aves conocidas como ser el de cuervos marinos, gaviotas, alondras y tórtolas.
Otros hotentotes se aproximaron. A modo de pendientes llevaban caparazones de animales testáceos y pedazos de cobre, se apantallaban con una cola de zorro fijada en un palo y llevaban un fuste de cuyo extremo estaba incrustado un cuerno de rupricapra y que usaban para cazar peces que llegaran a su alcance. Los portugueses les mostraron oro, perlas, clavos de especias y canela, cosas que no les interesaban, pero en cambio les encantaban otros objetos como ser pequeñas campanillas y anillos.
Los hotentotes de la actualidad viven en el mismo grado de progreso material que cuando los encontró Vasco, solamente que ahora moran más hacia el norte en una reducción situada en Monte Bukkares, África del Sudoeste, donde tiene su sede la estación de la National Geographic Society para la observación de la radiación solar.
El miércoles 16 de noviembre continuaron los portugueses su viaje en dirección al Cabo de Buena Esperanza que divisaron el sábado siguiente, pero teniendo un fuerte viento contrario pudieron doblarlo recién el 23 de ese mismo mes. Pocos días más tarde llegaron a la Bahía de Mossel.
Otros hotentotes les tributaron un homenaje con chillones instrumentos de música de viento, llamados goras siendo pipas de las cuales algunos producen notas agudas y otras graves y que sólo pueden sonar agradables para quienes carecen de oído musical; sin embargo los negros bailaban al compás de esos sonidos discordantes. Los portugueses a su vez respondieron con otra exhibición de baile al son de las trompetas de a bordo y tan grande era la alegría que se vió bailar hasta al austero Vasco da Gama.
Los portugueses repartieron gorras y campanillas, recibiendo a su vez brazaletes de marfil, producto que evidenciaba la abundancia de elefantes. Compraron un buey cuyas carnes encontraron sumamente sabrosas.
Los hotentotes usaban bueyes sin cuernos como medio de locomoción, ensillándolos con monturas hechas de ramas. En la bahía vieron los viajeros la Isla de las Focas (Seal Island) que conservó su nombre a pesar de haber desaparecido ya estos animales.
El “Roteiro” nos habla de focas, de las cuales “algunos son tan grandes como osos con enormes colmillos; que mientras los mayores rugen como leones, balan los pequeños igual que cabras. Abundan aves tan grandes como patos pero no pueden volar a causa de carecer de plumas en sus alas y rebuznan como asnos”. Podemos sólo suponer que lo visto por los portugueses eran pingüinos del Cabo.
Ha sido una pérdida lamentable para los anales de la exploración que Vasco da Gama no llevara un diario para la anotación rigurosa de cuanto observaba, como lo han hecho Colón y Cook. El descriptivo Correa y el animoso “Roteiro” son datos recopilados muy posteriormente a cuando acaecieron. Gaspar Correa llegó quince años después que Vasco a la India y halló las notas recopiladas en poder de un sacerdote, uno de esos cuidadores de la historia medieval, con cuyos datos y otros de fuente aún más insegura compuso su relato que desde un punto de vista histórico nos merece poca fe. Una versión que poseemos actualmente fué hallada perdida en una confitería de Lisboa. El “Roteiro” es más auténtico pero demasiado lacónico. Por ello hay que adivinar el significado de algunas de las notas curiosas, como por ejemplo, lo mencionado respecto de la Isla de las Focas.
La expedición reanudó su viaje pasando el “más lejano norte” alcanzado por Díaz después de haber doblado el Cabo, y aquí pareció como si el receloso mar intentara una máxima resistencia contra el avance de los intrusos.
Se levantó una súbita tempestad que convirtió el día en una oscura noche. Todas las velas excepto la del trinquete fueron recogidas y nuevas cuerdas se colocaron a fin de asegurar más los mástiles.
El huracán azotaba a las pequeñas naves con terrible furia; estruendosos e ininterrumpidos rayos y relámpagos deslumbraban la débil luz de las lámparas que habían sido colocadas a fin de evitar que las naves se separaran. El trueno resonaba con estrépito por encima de los silbidos del viento, del rugir de las olas y el crujir del maderamen. El capitán y el segundo de la “Sao Gabriel” incitaban a Vasco da Gama para volver hacia el Sur si quería salir vivo de la tempestad. El almirante respondió que cuando cruzó los bajos de arena de Lisboa había jurado llegar a su destino sin retroceder un solo palmo y que estaba dispuesto a arrojar a cualquiera al agua que se atreviera a sugerirle que faltase a su promesa.
Con cada ola se sacudían las pequeñas naves con tal furia que daba la impresión de que la siguiente las haría pedazos. Rolaban tan intensamente que los expertos marinos habían que sujetarse fuertemente para evitar que no rodaran de un costado a otro de sus barcos, los que comenzaron a tomar agua por todos los lados, obligando a que se trabajara desesperadamente en desaguarlos.
“Los mares subían hasta el firmamento y volvían a bajar mientras una lluvia torrencial inundaba los barcos – escribe el sugestivo Correa – no pudiendo verse los de una nave a la otra, excepto cuando una ola los levantaba, dándoles la impresión de hallarse entre las nubes”.
Los tripulantes disputaban con sus capitanes; a bordo de la “Sao Gabriel” Vasco da Gama engatusaba, amenazaba, participaba de todos los trabajos y amilanaba a su gente con “una furia que sobrepujaba a la tempestad”.
Transcurrían las horas y numerosos tripulantes comenzaron a enfermarse, hasta algunos fallecieron de agotamiento. Vasco empero, sostenía que cualesquiera que fueran las penurias, prefería hundirse con sus naves antes de retroceder.
En las tres naves los marinos clamaban y exhalaban lamentos, oraban y maldecían, lanzando las más terribles imprecaciones contra el almirante, ya sea en nombre de Dios, del diablo, o en el de sus mujeres e hijos.
Cuando hubo una tregua en la tempestad – nos cuenta Correa – estalló una insurrección. El almirante hizo que se reunieran todos los jefes descontentos a bordo de la nave capitana – hazaña dificilísima debido a la gran marea – y les indicó que se dirigieran hacia su cabina para firmar allí un documento en que constaría que justificaban a su rey que todo intento de avanzar más al norte sería una hazaña irrealizable. Una vez que a todos tuvo reunidos – afirma Correa – les hizo engrillar y arrojando al mar sus instrumentos náuticos exclamó que sólo Dios le guiaría hacia las tierras indias.
Cuando mejoró el tiempo se hallaban en la corriente de Agulhas, uno de esos inmensos ríos oceánicos que entonces aún no habían sido registrados y que trastornan todos los cálculos de los marinos de aquellos tiempos, pues llegaron a comprobar que habían retrocedido más de doscientas millas.
La “Sao Gabriel” tenía quebrado el palo mayor, había perdido un ancla, y debido a que las reservas del agua potable se habían perdido en su mayor parte, no sólo hubo que reducir la ración diaria en menos de una pinta, sino que los alimentos habían de ser cocidos en agua salada.
Era navidad cuando avistaron la tierra que, en vista de la fecha de su descubrimiento recibió el nombre de Natal. El intrépido almirante intentó virar nuevamente mar adentro a fin de eludir las dificultades que le acarreaba el impulso de lo corriente marítima en que se hallaba, pero al no lograrlo hubo de desistir y echar ancla en la desembocadura de un río que actualmente conocemos como Limpopo.
Multitudes de amigables bantú, una tribu africana donde el número de mujeres parecía alcanzar el doble del de los hombres, se apiñaban en la orilla. Vasco obsequió al cacique con una chaqueta, pantalones punzó, una gorra y un brazalete. El reyezuelo se visitó con esas prendas y recorriendo orgullosamente la población exclamaba: “¡Vean lo que me han regalado!”. Con estas prendas debe haberse asemejado a un portero de los modernos hoteles americanos.
Los portugueses pronto observaron que el cobre y el estaño existían en abundancia por esos parajes. Todos los nativos llevaban anillos de cobre en sus brazos y piernas y barritas del mismo metal retorcidas en sus cabellos, mientras que el estaño lo usaban en las empuñaduras de sus espadas que portaban en vainas de marfil.
Nuevamente se puso el almirante en marcha rumbo hacia el norte, pasando en enero de 1498 el Cabo de Corrientes. Llegó ahora en situación de poder desmentir las sugestiones de todos los exploradores que le anticiparon, pues mientras avanzaba a lo largo de estas costas desconocidas, comenzaba la civilización a pronunciarse en forma progresiva[2]. La razón de ello se encierra en un interesante estudio geográfico.
Los hombres reconocen a las montañas como barreras naturales y extienden su civilización siguiendo el curso de los ríos. El océano tiene también sus barreras y sus regiones señaladas para las rutas.
Vientos periódicos y mareas que fluyen por los múltiples estrechos de la Insulindia, crean las corrientes del Océano Índico que se “mueven de Este a Oeste formando un inmenso círculo” entre la bahía de Bengala y el mar Arábico.
La circunferencia de este gigantesco camino de agua cálida tropieza con la parte norte de la isla de Madagascar y arrojándose a través del estrecho de Mozambique choca contra una corriente fría Antártica.
Los mercaderes árabe encontraron en las tempestades que azotan al Cabo Corrientes una barrera no menos poderosa que los Montes Rocosos de Estados Unidos para los pobladores del tiempo de las carretas.
Hacia el norte, tanto persas como árabes organizaron rutas comerciales que daban píe a la fundación de ciudades, donde la industria en oro y marfil adquirían gran importancia, especialmente debido a que de los harenes que allí solían establecer estos orientales, surgían mestizos que actuaban como revendedores locales. De este modo transformaron los mahometanos el mar arábico en el Mediterráneo del Asia Del Sur y sus burdas dhows o sean naves de un sólo palo provisto de una vela tejida de hojas de palmera, traficaban en todos los puertos activos de la Persia, Arabia y la India. Vasco da Gama se encontraba ahora en una de esas rutas comerciales.
El primer puerto que halló en este nuevo mundo Oriental fue el de Kilimani (o Quelimane). Allí observaba como hombres desnudos de piel negra proveían de agua y provisiones a las dhows surtas en el puerto. Pero cuando los portugueses bajaron a tierra se encontraron con “dos caballeros… muy orgullosos” que miraron con desprecio a los regalos que aquellos les ofrecieron. Uno de ellos llevaba en la cabeza un tocado con flecos bordados en seda; el otro, un gorro de raso verde.
En compañía de estos dos “caballeros” iba un hombre más joven quien había venido de un país lejano donde ya anteriormente había visto naves como las de Vasco da Gama.
En este amigable puerto sufrieron los marinos los terribles efectos del escorbuto, una enfermedad que constituía un obstáculo insalvable para los exploradores hasta que el capitán Jaime Cook halló los medios para evitarla.
Barros, a quién se ha llamado el Livy de los portugueses, dice de esta enfermedad: “Tan hinchadas tenían sus encías, que apenas podían cerrar la boca, y mientras se hinchaba entraba en putrefacción, y pegaban tajos en ella como si fuera carne de cadáver; daba compasión el verlo”.
Pablo da Gama cuidaba a los enfermos suministrando los medicamentos que tenía para su uso particular. Muchos estaban todavía enfermos cuando llegaron al puerto siguiente, Mozambique, y aquí llegaron ya a convencerse que cuanto más avanzaban mayor riqueza encontrarían. En primer término por los mercaderes mahometanos, vestidos con prendas de lienzo o algodón con rayados de varios colores y de magnífica hechura. “Todos llevaban un tocado en la cabeza cuyo borde era de seda bordado en oro”.
Hecho aún más llamativo era el encontrarse en el puerto cuatro naves árabes “cargadas con oro, plata, clavos de especia, pimiento, jengibre y anillos de plata, como así también cantidades de perlas, alhajas y rubíes”.
En Mozambique contrató Vasco a dos pilotos y cuatro mestizos; pero aquellos trataron de escapar al llegar a Mombasa cuando supieron que sus patrones eran “perros cristianos”.
El rey de Mombasa obsequió a los expedicionarios con una oveja, naranjas y limones, caña de azúcar y una anilla, y cuando Vasco envió a su vez una comisión para visitar al monarca, fueron escoltados por cuatro puertas, cada una vigilada por un negro guerrero con machete desenvainado.
Luego de la recepción revistaron al pueblo, encontrando allí dos mercaderes que ellos tomaron por cristianos por los cuadros que vendían, pero las imágenes representaban indudablemente al dios y diosa de los hindúes.
Dos días habían pasado cuando las maniobras de un barco cargado de “moros” les llamó la atención. Tanto en África como en la India se daba el nombre de “moros” a la gente que no son nativos del lugar. Eran musulmanes, aunque muchos de ellos parecían de sangre cruzada.
Considerando que los mestizos que mantenían presos pudieran arrojar alguna luz sobre las intenciones de los “moros” se resolvió “interrogar” a dos de ellos “goteándoles aceite hirviendo en la piel a fin de obligarlos a confesar cualquier traición contra nosotros”.
Hacia media noche vió la guardia del barco lo que parecía ser un cardumen de delfines; pronto empero descubrieron que esos “pescados” no eran otra cosa que hombres armados que nadaban en dirección al barco con el propósito de cortar los cable de amarre. Cuando la guardia de “Berrio” dio la señal de alarma, se alejaron en silencio.
“Estas y otras artimañas malignas fueron intentadas contra nosotros por esos perros – dice el “Roteiro” – pero el señor no les permitió tener éxito, porque son infieles”.
Todo el tiempo que los portugueses estuvieron en Mombasa, saborearon “las mejores y más grandes y dulces naranjas que jamás se habían visto”, y cuando se echaron a la vela hacía Malindi, había desaparecido toda traza de escorbuto.
Animados por la creciente riqueza se habían reanimado los marinos. Desde el capitán hasta el grumete, todos tenían olvidadas las tormentas y el escorbuto. Para los mismos que antes habían maldecido a Vasco, llamándole un demonio, le admiraban ahora como un semidiós. El almirante participaba de esta exaltación, pues ya todo el Océano Índico era suyo desde Zanzíbar hasta Hindu Bar. En el camino halló a dos sambucas (especie de barca costera de carga) de las cuales una logró huir. Iniciada ventajosamente la persecución de la otra, advirtió con grandilocuencia a los perplejos musulmanes que la bandera del “Sao Gabriel” era el emblema del rey de Portugal, y que les ordenaba se rindieran en nombre del soberano, pues de los contrario mandaría a la sambuca y su tripulación al fondo del mar. Resolvió proceder así con cualquier barco que se atreviera a desobedecerle.
Los nombres de Portugal y Manuel eran sin duda desconocidos para el aterrado capitán de la embarcación nativa. La tripulación había resuelto echarse al agua y ganar la costa a nado, pero en vista de que el capitán tenía a bordo a su joven y hermosa esposa, la que ordenando sus joyas trataba a la vez de consolar a otras cuatro mujeres asustadas que estaban a su servicio, resolvió su marido acceder a la rendición.
Vasco da Gama envió a diez portugueses para investigar la nave, comprobando entonces que llevaba un cargamento de marfil. En la tarde de la víspera del domingo de pascua ancló la expedición y su presa frente a Malindi.
A la mañana siguiente resplandecía el deslumbrante sol tropical sobre un ancho semicírculo de esbeltas casas blanqueadas que bordeaban una magnífica bahía. Más allá de estas viviendas se distinguían hermosas plantaciones de cocos, campos sembrados con maíz y jardines bien labrados.
Numerosas banderas ondeaban en la ciudad para tributar una calurosa bienvenida a los portugueses y, también los barcos en el puerto izaron gallardetes en señal de un saludo amistoso.
“A la vista de este espectáculo – exclamaba el piadoso Correa – experimentaron nuestras gentes una gran alegría y alabaron a Dios por haberles conducido a semejante país”.
Malindi no se halla en la India, sino en lo que actualmente constituye el África Oriental Británico, pero era el último puerto que visitara antes de llegar a Calicut, y tenía propuesto establecer una colonia portuguesa en este punto estratégico del Océano Índico. Como era su costumbre, volvió aquí a poner de manifiesto su habilidad de diplomático y estadista.
Apenas tuvieron los portugueses tiempo para contemplar plenamente el hermoso espectáculo que se ofrecía a su vista, cuando se acercó una canoa conduciendo a “un hombre muy bien vestido” que inquirió lo que necesitaban y les informó que su rey había ordenado que todos los deseos de sus visitantes fuesen cumplidos”.
Como esto parecía demasiada amabilidad para ser considerada sincera, dispuso el almirante que un moro vestido con prendas coloradas bajase a tierra para investigar la veracidad de ese cumplimiento. El emisario volvió con un cargamento de regalos y acompañado del gran sacerdote del rajá. Vasco recibió a éste con una cumplida ceremonia, obsequiando a su vez con conservas que le ofreció en un jarro de plata, como así también agua y una servilleta. Esto último era una demostración de gran cortesía para con su huésped.
Pocos momentos después comenzó a circular alrededor de las naves expedicionarias una pequeña y chata embarcación. En ella descubrieron los portugueses al rey que llevaba una vestimenta real de damasco orlado con satín verde. Se hallaba sentado sobre dos sillas de bronce y protegido por una sombrilla de satín carmesí. La real banda de música le acompañaba tocando sivas o sean una especie de trompetas hechas de marfil, cobre y madera, con una embocadura colocada en la mitad del instrumento. Las sivas eran del tamaño de un hombre y estaban magníficamente labradas.
Al lado del rey se encontraba un paje llevando una espada con vaina de plata.
En homenaje a la presencia del monarca dispuso Vasco que fueran izadas las banderas y luego de haber realizado una maniobra que colocó a sus naves fuera del grupo de navecillas que les rodeaban, hizo con sus piezas de artillería disparos de saludo “haciendo temblar a la ciudad”. Algunas de las balas rozaban las olas del mar, causando inmenso estupor entre los espectadores nativos.
Luego se dejaron oír las trompetas de a bordo y Vasco da Gama hizo los preparativos para el regreso del gran sacerdote a tierra con congratulaciones para su rey. El emisario titubeaba, y uno de los moros sugirió al almirante que el rey desearía tal vez invitarle a ser su huésped.
El prestigioso jefe portugués ofreció una sarta de corales al gran sacerdote en premio a sus oraciones y le rogó le comunicara a su rey que la bondad de su majestad era la mejor garantía, desde luego, sin hacer alusión al terror que había sembrado en la multitud nativa con sus disparos de saludo.
Pronto llegaron más regalos valiosos, incluso clavos de especia, jengibre, nuez moscada y pimienta. El almirante al fin de no dejarse superar, respondió a estas demostraciones devolviendo la libertad a la tripulación mora de la sambuca cautiva y envió la nave con su carga a tierra a fin que el rey dispusiera sobre su suerte.
Interín discutían Vasco y Paulo da Gama sobre quién de ellos bajaría a tierra. El afecto del comandante se ponía siempre de manifiesto como si fuera para disimular que su carácter fuera de ordinario sumamente rudo. Vasco había deseado que su hermano comandara la expedición, pero desde que esto fué denegado, trató de protegerlo de todo peligro de traición y si a veces causaba aflicción a Paulo, era para evitar que la expedición no interrumpiera su itinerario.
Una vez arreglado este asunto “se abrazaron ambos hermanos vertiendo lágrimas de sincero afecto”. Cuando el rey de Malindi invitó al comandante que bajara a tierra respondió este, tal vez desde un punto de vista estratégico o de dignidad, que su propio monarca le había prohibido acceder a tales honores pero sugirió en cambio que el rey subiera a bordo de la “Sao Gabriel”.
“Si yo hiciera esto – respondió el rey – ¿qué opinaría mi pueblo de tal proceder?
Llegóse a un arreglo cuando el rey fue conducido en una silla gestatoria hasta la orilla; toda la población de la ciudad se hizo presente y Vasco en compañía de sus oficiales, bajó en las chalupas de sus barcos. Los capitanes “se habían vestido con distinción y esplendor”. El almirante estaba sentado sobre una silla cubierta de terciopelo verde. Las chalupas estaban engalanadas con mantas, carpetas y banderas y armadas cada una con dos culebrinas.
Para entretenimiento dispuso el rey que cuerpos de caballería hicieran un simulacro de batalla.
El rajá subió entonces a bordo de la chalupa de Vasco da Gama y prometió fidelidad al rey de Portugal. El almirante a su vez le ofreció una espada con vaina esmaltada y “una lanza de hierro dorado, y un escudo forrado de satín trabajado en oro”.
1° y 15 de Mayo de 1941.
BALANZA NÚMS. 200 Y 201.
[1] Catay era el nombre con que los geógrafos de la Edad Media señalaban a la China.
[2] Para dar fe de este triunfo envió nuevamente a Lisboa a la nave que capitaneaba Pedro Núñez.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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