Numa Pompilio
- EMEDELACU

- 4 jun
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NUMA POMPILIO. ¿Quién se atrevería a certificar actualmente la existencia histórica de este legendario rey de Roma que gobernó entre los años 714 hasta 671 antes de Jesús según los cálculos de Varrón? La leyenda ha tejido una red de fantasías a cuya sombra otras intenciones han hecho el resto hasta crear una confusión virtualmente posible de desenredar.
Si la grandeza de Roma se debió originariamente a la fusión de tres tribus (vascos, griegos y sabinos) no se puede menos que reconocer la intervención en esa etapa de los más grandes espíritus misioneros que luchaban angustiosamente por encauzar la regeneración de aquellos hombres que en una etapa anterior, se hicieron sordos a la voz del progreso y que aún en esta etapa, se resistían a convertirse en “buenos maestros” a pesar del pésimo ambiente en que habían de actuar.
Si Rómulo había de aparecer como el fundador de la ciudad, no con historia de hombre sino de divinidad en la que se convertiría definitivamente después de una sacrílega muerte, puede señalarse claramente que hubo interesados en ocultar la verdad de los hechos y fomentar el confusionismo. Rómulo hubo de ser un dios, porque sólo dioses podían ser una justificación de las fantasías. A la sombra de dioses se ataban y desataban derechos, pudiéndose a capricho convertir en justo lo injusto, lo grande en pequeño, lo solemne en ridículo, lo sagrado en anatema. Para cuantos intereses puedan oponerse a la integridad de la historia, descúbrese la mezquindad de una conveniencia de momento.
Pero a pesar de todo, las leyes de justicia y de afinidad llevan a cada ser a ocupar el lugar que le corresponde dentro de cada agrupación de hombres, ya sea en la formación de tribus, pueblos o naciones, hasta finalmente lograr por el razonamiento de la experiencia, unirlos en un solo haz que conocemos bajo el nombre de Quinto Amor.
Grecia había así señalado una etapa a la que puso término su propio servilismo para con las pasiones; sus despojos habían de ser recogidos por otro pueblo naciente, formado con elementos que protestaron de su prevaricación.
De este modo, al reunirse las tres tribus que contribuyeron a la fundación de Roma y casarse un capitán de la colonia griega con la hija del jefe de la colonia vasca, puede que estos dos personajes representaran a Numa Pompilio y su esposa Egeria. Y nos apoya Monlau al definir el nombre de este rey como legislador de los hombres y sacerdote de los dioses, que eran generalmente los cargos que asumen cuantos señalaban el comienzo de una etapa.
Numa Pompilio amaba la justicia y fué quien colocó las bases de una nueva organización en la que señalaba las reglas que habían de regir a las clases civiles y religiosas que por aquel entonces no estaban sujetas a ninguna ley, pues ni la de Seth había llegado allí prohibiendo los sacrificios humanos.
El puesto de rey se obtenía por elección popular, y naturalmente al imponerse la colonia vasca a cuyo frente se hallaba un jefe digno como tal, se hizo imprescindible hallar un personaje de moral y aptitudes reconocidas. Pero como los hombres justos generalmente no se apresuran a ofrecer sus servicios mientras no lo exige el imperio de la voluntad popular, aún siendo el candidato más conveniente, se dejó en libertad al senado para que a su juicio tomara todas las medidas que creyera necesarias hasta confirmar al nuevo rey en su puesto. Este cuerpo legislativo tuvo por tal causa en sus manos las riendas del mando supremo de las tres colonias. Pero en este lapso de tiempo se hizo tan odiado ante el pueblo por sus errores y abusos que la población exigió la elección inmediata del nuevo rey.
Confirmado en su cargo, inició Numa Pompilio su gobierno, que fué muy beneficioso para su pueblo y cabe suponer que su esposa tuvo buena y acertada actuación en ello, siendo tal vez el alma de esa dura como delicada empresa.
Una de las primeras medidas de Numa fue la de frenar las exageradas ambiciones, señalando a cada uno, una situación con la que había de conformarse. Consistía especialmente en obligar a cada uno a respetar los bienes de los demás y proclamar que si había desvalidos, éstos lo eran por su propia culpa. La rememoración de este decreto se celebraba anualmente con una solemne festividad llamada Terminalia, durante la cual, a pesar de transcurrir en alegría, estaba vedado el entregarse a abusos de cualquier índole.
Esta medida desde luego ocasionó protestas por parte de muchos encumbrados aventureros quienes no toleraban frenos en sus pasiones desordenadas y sin control, por lo cual para hacer valer su disposición hubo Numa de decretar que quien la violara se colocaba a sí mismo al margen de la ley. Y con el fin de predisponer un tanto a sus incultos subordinados a un concepto de moral, implantó la adoración del dios Jano, que en aquellos tiempos era una divinidad de las más importantes, pues representaba nada menos que la vida, por lo cual estaba encargado de cuidar las salidas y puestas del sol. Por esta causa lo presentaban con dos caras; una dirigida a Oriente y la otra al Occidente. Todas las mañanas era invocado bajo el nombre de Padre Matutino, y así despertar el sentimiento de respeto.
Los pueblos desordenados, acostumbrados a las continuas reyertas, guerras y saqueos, eran poco menos que imposibles para frenar. Sin embargo mostróse Numa Pompilio dispuesto a dificultar en todo lo posible estos arrebatos, para lo cual fundó el colegio de los 20 fetiales que tenían por riguroso mandato el no permitir el estallido de ningún conflicto armado mientras existiese una sola forma de transacción que permitiese un arreglo amistoso. Que esta creación fué oportuna y que la logró crear libre de trampas diplomáticas, nos lo demuestra que durante todo el tiempo que este organismo estuvo bajo su control, no pudo hallarse justificación para el estallido de una sola guerra. Por esta causa permanecieron durante todo su reinado cerradas las puertas del templo de Jano, que sólo en caso de guerra podían ser abiertas.
En aquellos tiempos no se podía sentar ningún juicio como axioma, ni ningún ejemplo por moral que fuese, como mero acto de conciencia. Todo tenía que imponerse por el temor a la ley o por mandato de dioses omnímodos por esta causa, a fin de frenar todo estallido de descontento entre el pueblo que era como siempre con el último que les habla, creó el colegio de los cuatro pontífices, que estaba regido por un sumo pontífice quien a su vez se hallaba subordinado al senado. Este colegio tenía a su cargo evitar la degeneración de los diversos cultos, cosa que en aquel tiempo de ignorancia, lejos de constituir un rito, era realmente llamando a servir de aguijón para despertar los sentimientos dormidos. Uno de esos cultos era el de las vestales que estaban al servicio de Vesta, la diosa del hogar. Se hallaban encargadas de mantener en alto el ejemplo de la virtud y la castidad, sirviendo de freno a los desfogues de la carne, fuente de los más tristes excesos, aún cuando en aquel entonces no habían llegado a esa concupiscencia que con singular refinamiento ha comenzado a deshonrar los siglos posteriores. Para tan alto fin debían hacer sus sacerdotisas voto de vivir alejadas de todo vicio y sacrificar hasta el derecho de dar nuevas vidas durante todo el tiempo de su ministerio como ejemplo de la más rigurosa castidad. Al pueblo se le enseñaba a respetar a estas mujeres, inculcando la infamia que consistía en atentar contra la dignidad de una sacerdotisa de Vesta. En cambio las que faltaban a su voto, sufrían un terrible castigo, pues eran enterradas vivas. Pero en cambio, cumpliendo su ministerio eran miradas con tan alto respeto que gozaban de honores y privilegios considerables, teniendo hasta la facultad de perdonar la vida a los criminales que encontraban por casualidad en el camino del suplicio. En el templo de Vesta, en el altar de la diosa, ardía un perpetuo fuego sagrado que hoy podríamos reconocer como símbolo del espíritu, y mientras este fuego se mantenía ardiente se consideraban los romanos al amparo de grandes catástrofes. ¿Podrían las religiones ser malas bajo una protección tan acertada y oportuna como la de Numa Pompilio? Sin embargo, qué mal uso hizo de su facultad ese senado en tiempos posteriores cuando creó divinidades que eran verdaderos atentados contra la dignidad de las mujeres.
Otra de las grandes innovaciones de este monarca fué la reforma del calendario cuya creación se atribuye a Rómulo y cuya contextura era en extremo deficiente, pues no abarcaba más de 304 días, divididas en diez meses. Numa sometió el asunto a estudio y mandó agregar dos meses más, con lo cual se redujo considerablemente los alcances de los errores en el cálculo del tiempo.
Digamos también algo de su esposa, Egeria. La leyenda dice que ella guiaba a su cónyuge al bosque sagrado, que era su fiel compañera en todos los actos de su vida, y cuando participaba de las fiestas, se transformaban los más sobrios alimentos en un delicioso néctar, y las toscas vasijas de barro cocido en que eran servidas, se convierten como por encanto en artículos de lujo. Es la expresión de la época, pero ¿qué otro significado podía encerrar que la descripción de un espíritu preclaro que da vida y ánimo en todos los círculos donde se mueve y contagia energía a todas las personas con las cuales se relaciona? Ella es presentada como ninfa, porque según el concepto antiguo no cabía persona benefactora ni sabia que no fuese una divinidad, en contraposición de los siglos de la llamada cultura en la que las mentes orgullosas de los sabihondos se predisponen a arrojar a la cloaca de la calumnia a todo lo grande que no se dobla, no se vende ni consiente en servir de manto para mezquindades.
Numa es señalado como el segundo rey de Roma, pero tal vez podrá ser considerado como el primero que tal nombre merezca, pues Rómulo, como organizador político-militar, puede muy bien haber sido el último de una serie de cabecillas que encabezaban a una de las tres tribus cuya unión engrandeció a la primitiva Roma, y ser por lo tanto la persona que concibió la idea de fomentar la unión, acudiendo a curiosas medidas, entre las que se destaca el famoso robo de las vírgenes sabinas, para así poner fin a diversos sambenitos que como tribus rebeldes les habían sido colgados, y con lo cual consiguió imponer respeto y sobre ellos idear un ordenado sistema de legislación civil. Por esto cabe preguntar: ¿No podría Rómulo representar al jefe vasco cuya hija convirtióse en esposa de Numa Pompilio?.
No es posible escribir historia sin pruebas palmarias e irrefutables cuando éstas han sido borradas por la maldad, y tergiversado cuanto por la tradición pudo llegar hasta nosotros. Pero debemos sin embargo tener presente que todos los legisladores que han sabido serlo de verdad, sin excepción, fueron respetuosos y disciplinados, con lo que demuestran que a conciencia estaban al servicio de una causa grande; de que reconocían por encima de la conciencia a un ente por el cual el hombre es hombre y está llamado a trabajar incansablemente en el infinito jardín del universo por una causa que tantos indisciplinados se esforzaron en desfigurar.
Sólo los que trabajan de verdad por el bien, saben cuánto sacrificio cuesta la lucha cuando los gobernadores son tercos, irreverentes e indisciplinados, reclamando martirios para sus sentimentalismos y sin renunciar a la inconstancia de prestar oídos a la banalidad. Por ello, si tenemos presente que los dos primeros reyes que sucedieron a Numa Pompilio (Tulio Hostilio y Anco Marcio) imprimieron en su gobierno un rumbo completamente opuesto a éste, nos podremos explicar el por qué dice la leyenda que cuando la noble Egeria enviudó, dió rienda suelta a su amargura, deshaciéndose en lágrimas hasta convertirse en fuente….
1° y 15 de Febrero de 1942.
BALANZA NÚMS. 218 Y 219.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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