Marco Licinio Craso
- EMEDELACU

- 4 jun
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MARCO LICINIO CRASO, famoso patriota romano, cuya vida merece ser estudiada, como testimonio de la debilidad de tantos hombres que en sociedad pervirtieron a los de su misma condición.
Nacido en Roma hacia el año 115 antes de Jesús, había de presenciar las terribles turbulencias que en su tiempo agitaban tan hondamente a los apasionados y viciosos como consecuencia de los grandes proyectos y disposiciones de los Gracos, que se habían impuesto el deber de hacer resurgir los principios de Moisés que ya estaban caídos en el olvido. El pueblo apoyaba desde luego tan fausta como acertada medida, pero se tropezaba con la desvergonzada supremacía de los cabezas de gobierno y toda clase de mandones que para cubrirse de gloria o enriquecerse a cualquier precio, se disputaban arbitrariamente el derecho de encabezar conquistas de pueblos vecinos, y proclamar públicamente de hecho el vasallaje de sus conciudadanos por lo cual fomentaban contra toda liberalidad la más singular oposición. Y este proceder convirtió en un infierno lo que podía haber sido una escuela armoniosa, ya que Roma era por esos tiempos portadora de los designios supremos.
Tenía Craso cerca de treinta años cuando el famoso general Cayo Mario – vencedor de Yugurta y de los cimbrios y siete veces cónsul, aprovechando la ausencia de Lucio Cornelio Sila que le tenía expulsado de Roma – regresó a la capital donde durante varios días se ensañó en los partidarios de su contrincante.
Entre las víctimas que fueron apuñaladas por orden de Mario figuraban el padre y un hermano de Craso. Este temiendo correr idéntica suerte, huyó a la península Ibérica donde permaneció hasta el regreso de Sila a Roma.
De nuevo en la capital de la república, fué bien recibido por Sila quien para vengarse de sus contrincantes dispuso numerosas proscripciones con lo que enriqueció a sus amigos. Uno de estos era Craso. Este encumbramiento conseguido por medios tan inhumanos como injustos fué muy superior a sus fuerzas morales, por lo cual, enredado en los abusos que la tradición había convertido en leyes, convertíase cada vez en más despiadado y orgulloso. ¿Era culpa suya o de la sociedad? A ambos cabe tildar, pues el pueblo está constituído de individualidades, cada uno de los cuales viene a recoger su parte de culpabilidad, pero que sin embargo se reconcentra en quien más responsabilidad asume con su acción y no sabe frenar a sí mismo ni a los que avasallan en su sombra.
Muerto Sila y valiéndose de su renombre adquirido, siguió Craso ocupando distintos cargos que en el año 71, siendo pretor de Roma le fué encargada la tarea de poner fin a la guerra de los esclavos.
Esta guerra de los historiadores de siglos muy posteriores han señalado bajo otro cariz, no fue interpretada por sus contemporáneos en el concepto que los participantes invocaban, excepto naturalmente en los momentos de su mayor gloria, cuando la reacción temblaba indecisa ante el avance de las huestes de Espartaco, quien más que un simple cabecilla puede ser juzgado como un predecesor de los famosos comuneros de Castilla, pues su lema asimismo era la dignificación incondicional de todos los seres humanos frente a los horribles abusos que reducía a los hombre no ser esclavos del hombre sino de sus pasiones, que es lo más triste y vergonzoso que ha afeado a tantas políticas levantadas con miras de despotismo. Espartaco era de cuna noble, y siendo reducido a la esclavitud por un vencedor inícuo sintió en carne propia los horrores de esa injusticia. Indudablemente se había impuesto este trance para como hombre ofrecerse como mártir frente al movimiento que asombró a la historia, e indudablemente habría llegado a mayores frutos si sus subordinados le hubieran respondido con la sinceridad que él reclamaba. Pero éstos no quisieron tener presente que los déspotas son como ellos mismos, hombres del pueblo que encumbrados por cualquier circunstancia abusaron de la benevolencia de unos y aprovecharon las pasiones de otros individuos del pueblo mismo para, a su sombra, erigirse en dueños de vidas y bienes. Y al desobedecer este principio que Espartaco tenía bien presente, comenzaron a aparecer los inevitables síntomas de desorganización. Así luego de vencer a varios cónsules y guerreros romanos como Clodio Glabro, Claudio Pulcher, Publio Valerio, Publio Léntulo Sura, etc., se hacían cada vez más evidentes los estados de descomposición dentro de las filas de los sublevados, pues enardecidos, se pugnaba cada cabecilla de esclavos en levantarse un pedestal desde el cual imponer una supremacía que traicionaba el fin que les había agrupado. En vano trató Espartaco de controlar sus desfogues haciendo vista ciega a ciertas crueldades comunes de su época; enceguecidos y enorgullecidos se creían estos nuevos encumbrados haberse convertido en amos de la aristocracia consagrada, lo que apresuró la perdición de la causa en que Espartaco había puesto todas sus esperanzas, su esfuerzo y su sacrificio. Trató sin embargo de apoderarse de Roma, pero el pretor Craso, encargado de poner fin a la guerra, con la restitución de los patricios, les hizo frente con gran táctica de guerra y logró finalmente en la batalla de Silaro, un triunfo decisivo sobre los esclavos rebelados.
Vuelto a Roma, fué recibido casi sin honores. Algunos de los esclavos eran considerados como gente tan vil y abyecta que se sostenía ser un baldón hasta la simple mención de haberlos combatido. Hirvió pues de envidia al presenciar el grandioso recibimiento que se hizo de Cneo Pompeyo cuando a su regreso de España y su elección de cónsul para el año 70; su astucia le incitó sin embargo a frenarse y convertirse en colega de Pompeyo en el desempeño del consulado.
En el año 67 fué nombrado Censor, pero al poco tiempo renunció al puesto a consecuencia de sus disensiones con su colega Quinto Lutecio Cátulo con motivo de defender éste la candidatura de Pompeyo para encabezar la expedición contra los piratas del mar Mediterráneo.
El triste privilegio que la mayor parte de las clases privilegiadas se atribuía de aprovechar las proscripciones, las rapiñas, el pillaje, la usura, el tráfico de esclavos, las desgracias privadas, en una palabra, el de valerse de todas las calamidades públicas para enriquecerse sin preocuparse de las consecuencias morales o materiales entre los damnificados, iba tomando un cariz cada vez más grave, señalando a la historia con esta prevaricación del pueblo de Roma que estaba echando su suerte del mismo modo que lo habían sufrido otros pueblos con anterioridad por el mismo motivo.
La dilapidación que Craso hacía en pos de bienes mayores, venciendo y sobornando voluntades ajenas, motivaron que se sintiera atraído a la famosa conspiración que tramara Lucio Sergio Catilina, movimiento que tenía la apariencia de una acción libertaria pero que en realidad no constituía en sus efectos más que una tentativa anárquica de hombres viciosos y apasionados que querían vengarse de sus reveses políticos e individuales mediante la creación de una especie de dictadura popular. Aparte de esto los verdaderos orígenes de este movimiento no quedaron nunca aclarados, debido a una serie de circunstancias laterales como así también por la tensión que reinaba entre los conspiradores y sus contrincantes que lo eran del partido senatorial, pues ambos se esforzaban mutuamente y sin miramiento alguno por señalarse como enemigos de la república. Craso, al parecer, no tuvo una actividad directa en esta empresa, por lo cual no pudo ser comprobada su participación.
Ansioso por explotar su popularidad para apoderarse de la suprema jefatura del país, hallóse frente a otros dos ambiciosos; Pompeo y Julio César, quienes aspiraban a lo mismo, por lo que consideró conveniente el aliarse con ellos y como primera medida, afianzar su popularidad apoyando la candidatura de César para Pretor de Hispania. Hízose notar con un gesto de generosidad que le dejó muy bien colocado ante los partidarios de César, pues cuando éste no pudo partir debido a que sus inmensas deudas tenían alarmados a sus acreedores, salió Craso en su auxilio dando una fianza de 830 talentos (más de tres millones de pesetas españolas). A su regreso a Italia renunció César a los honores que conquistó con su acción en Galicia y la prosperidad en que dejó a la península Ibérica y alcanzó, por el crédito de Pompeyo y Craso, el consulado, bajo cuya sombra crearon estos tres hombres rivales y sólo unidos por la conveniencia esa especie de sociedad por la que se repartían el territorio de la república para gobernar a su antojo, sociedad que pasó a la historia con el nombre de Primer Triunvirato.
Era pues la necesidad que les obligó a unirse para triunfar de todos sus enemigos y prepararse para el día en que el más poderoso se librara de sus rivales, hecho que las circunstancias brindaron años más tarde a César.
Las grandes victorias daban a Pompeyo su inmensa popularidad; Craso debía su influencia a sus innumerables caudales económicos y César lo era por su vasto genio político. Henos pues ante tres hombres que por su posición y capacidad podrían haber ofrecido grandes valores morales a su patria, sosteniendo en alto el destino a que estaba llamada y laureándose con una gloria eterna como buenos servidores y apóstoles de la humanidad. Su ambición empero, dirigió sus pasos por un camino errado completamente distinto del que habían comenzado y del cual no supieron recoger ningún bien constante. Apoyados en las pasiones populares en las que las mezquindades jugaban su rol principal, echaron a rodar la buena inspiración, eclipsando de este modo las bondades de que pudieron ser acreedores.
Después del agitado consulado del año 58 (antes de Jesús) se repartieron la república pese a la oposición del Senado, tocando a Craso la Siria. César se adjudicó las Galias, mientras que Pompeyo se hacía cargo de Italia.
Craso soñaba con la derrota de los partos y la conquista de la India, con cuyas glorias esperaba eclipsar a sus dos rivales. Al principio tuvo en efecto algunas victorias en la Mesopotamia. Pero los partos, cuyas emboscadas han sido de resonancia mundial, no tardaron en atrapar al atrevido Craso, quien creyéndose ya victorioso en una importante acción, se internó en un desierto de arenas y pantanos en persecución de un enemigo cuya huída era sólo un ardid de guerra. Repentinamente vióse rodeado por todas parte y su ejército confundido por tan repentino contraste fue completamente diezmado (año 53 antes de la era vulgar).
En un esfuerzo por salvarse la vida, entregóse Craso preso con los restos de su gente y pidió una entrevista con el jefe parto. Este accedió en apariencia, pero estando el preso en marcha a su campamento, fue degollado durante una simulada emboscada.
El mencionado jefe después de haber dispuesto que la cabeza de Craso, fuese exhibida en la punta de una pica, la envió al rey Orodes, quien para burlarse de la ambición del romano, mientras le hacía llenar la boca de oro fundido exclamaba sarcásticamente: “Sáciate ahora de éste metal del que tan hambriento estuviste”.
Así terminó la acción de este hombre que en su mayor auge llegó a ser dueño de la fabulosa suma de más de ochocientos treinta mil talentos, pero que anteponiendo su ambición a sus obligaciones, se forjó el fin que le marcaron sus obras, legando a la posteridad una lección como un alerta para los que como él se dejan arrastrar por codicias y mezquinas ambiciones.
1° y 15 de Enero de 1942.
BALANZA NÚMS. 216 Y 217.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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