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Joaquín Trincado

Gustavo Adolfo Domínguez Bécquer

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 4 jun
  • 4 min de lectura

GUSTAVO ADOLFO DOMÍNGUEZ BÉCQUER, el poeta cuya fama recorría el orbe con tanta gloria póstuma como ingrata, dura y oscura había sido su vida material. Muy pequeñito era cuando perdió simultáneamente a su padre, el eximio pintor paisajista Don José Domínguez Bécquer y a su madre, doña Joaquina Bastida.

 

Por suerte para Gustavo Adolfo y sus hermanitos apenas mayores que él, residía en la ciudad de Sevilla, (pueblo natal donde el futuro poeta había visto la luz el 17 de febrero de 1836), un tío político quien salvó del desamparo a los pequeños vástagos del paisajista. Este tío, sea que decidió destinar a sus sobrino a la navegación, sea que notó aspiraciones en tal sentido en el mozalbete, la cuestión es que lo hizo ingresar en el Colegio de Pilotos de San Telmo.

 

No tardó empero en presentarse el primero de los amargos contratiempos que señalaría la vida del famoso poeta, pues habiéndose dispuesto la realización de reformas en el Instituto donde estudiaba, se procedió a su clausura.

 

La delicadeza de los sentimientos que acompañan a los poetas del alma, hubieron de hacer crisis en este joven desilusionado en sus anhelos de escalar una meta honorable. Su madrina de pila, impresionada por la simpleza y sentimientos que el joven ponía de manifiesto en su dolor, lo recogió en su regazo y volcó sobre él sus sentimientos de madre, como asociándose a esa otra madre, su progenitora, que sólo con la inspiración podía guiarle.

 

En su nuevo hogar recibió la mejor educación que la persona que se apiadaba de él, podía darle. Fué aquí donde comenzó a surgir su vocación de poeta y ensayaba sus primeros pasos como literato.

 

Temeroso tal vez de abusar de la bondad y el bienestar que tan generosamente se le ofrecía; anhelante de hacerse útil y ganarse su sustento, resolvió abandonar Sevilla rumbo a Madrid. Corría el año de 1855, tan célebre en la historia de España por sus convulsiones políticas, en las que se debatían progresistas y retrógrados con la vehemencia imaginable en el seno de un pueblo misionero.

 

Ya en Madrid, donde, a pesar de su débil y enfermiza constitución, se dispuso abrir su senda de poeta sin más apoyo ni antesala que su propia pluma, conoció a un periódico muy liberal y valiente, fundado y sostenido por el insigne periodista y político José Luis Albareda, titulado El Contemporáneo. En sus páginas comenzaron a figurar pronto sus producciones como las de tantos que en España se hicieron famosos por su amor a una libertad de principios bien entendida.

 

El pueblo agitado y dividido por tantos enemigos ocultos, traicionado tantas veces en sus más caras aspiraciones como para desorientar y desacreditar a los héroes que todo lo afrontaban por salvarla de la opresión de capitales manejados por manos inescrupulosas. Ese mismo pueblo comenzó a repetir el nombre del poeta que trabajaba sin descanso y, con voluntad superior a sus fuerzas físicas, lo que le llevó a un rápido agotamiento. Obligado a buscar un descanso en una vida de campo no dejó sin embargo de producir esas obras que lo acreditaban de escritor castizo y gran pintor de costumbres.

 

Siendo reducidos sus medios, tornábase cada día más dura la lucha por la vida, hecho que fué observado por el liberalísimo don Luis González Bravo, tan célebre por la altura con que defendió la libertad de imprenta, siendo a la sazón Ministro de Gobernación. Le ofreció a Gustavo Adolfo el puesto de censor de novelas, que le permitía cobrar un modesto sueldo. La lucha se tornaba cada día más sombría. El valiente González Bravo, empeñandose en sacar bien del mal, se arrostraba por extender la ilustración popular a pesar del desastroso gobierno de Isabel II. Fué en vano, la reacción cegada viéndose burlada por la acción de tantos hombres ilustrados, comenzó a agudizar la confusión; las conspiraciones, los atropellos, los insultos y las calumnias se sucedían a paso redoblado; la angustia enajenaba uno tras otro a los liberales del lado de González Bravo, pero el Ministro haciendo honor a su apellido, afrontaba solo como roca inconmovible los horrores de la tempestad… Murió Narváez, sin titubear llenó la brecha. Fue en vano, la exaltación era ya indómita para sujetarla a la voluntad más suprema humana, la pesca en aguas turbias había llegado a su máximo y en el mes de septiembre de 1868 fué derrocada la reina que avergonzó a su pueblo. González Bravo, tildado de lo que no era, hubo de huir a Francia donde habría de sorprenderle la muerte.

 

La caída del gran Ministro fué también la muerte de Domínguez Bécquer. El autor de Rimas y Las Golondrinas, esa alma tan noble como sencilla que al igual que las avecillas “sólo sabía cantar”, suprimida la plaza de Censor de novelas quedó una vez más reducido a su sola enfermiza existencia. No decayó por ello su ánimo, aceptó en 1870 la dirección del periódico semanal La Ilustración de Madrid, donde agotó las fuerzas que aún le quedaban. Su hermano Valeriano, pintor y dibujante de renombre que le apoyaba en su delicada labor, expiró en septiembre de 1870. Esta partida quebrantó de tal manera el ánimo del poeta incansable, que tres meses después, el 22 de diciembre, a pesar de contar sólo treinta y cuatro años de edad, entregó a la tierra su triste materia.

 

Después de su muerte subió su popularidad hasta el delirio. El pueblo, aunque tarde, se dispuso a hacerle justicia así como las generaciones venideras harán justicia a la patria. que le vió nacer.

 

1° y 15 de Noviembre de 1941

BALANZA NÚMS. 212 Y 213.

 

 

 
 

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