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Joaquín Trincado

Detente hombre y mira tu obra

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 5 días
  • 12 min de lectura

DETENTE HOMBRE Y MIRA TU OBRA. Hace ahora doce siglos, el 20 de abril del año 742, nació en el castillo de Salzburgo en Baviera, un niño que fué bautizado con el nombre de Carlos. Era vástago de una genealogía que pasó a la historia con la denominación de Carlovingia, la que aprovechando la debilidad de los reyes de cabellos largos y la influencia de un arzobispo (598) se hicieron mayordomos de esa corte donde aumentaron su influencia hasta que cuando Carlos Martel, se enseñorearon por completo del país, faltando a éste únicamente el título de rey que no se atrevió a tomar por su propia mano ante el temor de que el pueblo y la nobleza no toleraran su falsa posición. La suerte le fue empero favorable pues en Italia luchaban los papas con un idéntico fin. Estos habían ya alcanzado cierta independencia en lo que a sus ideas se refería, pero en lo positivo quedaban en Roma poderes civiles que no podían vencer y que eran su mayor estorbo.


El rey de Lombardía al quedar informado de los propósitos del papado desaprobó tal conducta y amenazó con tomar medidas tan radicales que Gregorio III se dirigió a Carlos Martel con la promesa de que si apoyaba su causa él a su vez defendería la del usurpador franco. El papa tomó la iniciativa consiguiendo que las autoridades de la República Romana reconocieran al carlovingio como subrey, patricio y cónsul, sin tomar en cuenta naturalmente que éste en una oportunidad saqueara las iglesias que halló bajo su alcance a fin de reunir caudales con qué pagar a las tropas mercenarias que estaban a su servicio…


Gracias a esta distinción consumió Pipino El Breve, hijo de Martel y padre del niño Carlos la ruina definitiva de los Merovingios consagrándose públicamente rey de los francos, recibiendo la corona de manos del papa Esteban II que derrotado por las armas lombardas vino a implorar socorro. Pipino en respuesta, cumplió la palabra dada por su padre; contando con un ejército poderoso arrojó de Roma a sus legítimos dueños entregando la ciudad al papa conjuntamente con el exarcado de Rávena, con lo que injurió la memoria del Emperador León III de Oriente, que había mandado arrojar los ídolos de los templos cristianos.


Al fallecer Pipino, fué el reino dividido entre Carlos y su hermano menor Carlomán. Pero que aquél viera esta división con muy malos ojos lo demuestra el hecho que con la repentina muerte de Carlomán (771) quien contaba sólo veinte años de edad, expulsó Carlos a sus tiernos sobrinitos y usurpó los territorios que les correspondían por herencia.


Los infortunados hijos de Carlomán, amparados por su madre Gerberga huyeron hacia Italia hallando refugio en la corte del rey lombardo Desiderio. Este monarca envió emisarios al papa Adriano I, solicitando que interpusiera su mediación en favor de los desamparados príncipes, pero el pontífice rindiendo homenaje al más fuerte dió su bendición a Carlos.


Indignado Desiderio por esta monstruosidad que hacía entrever hechos fatales para el porvenir de su patria, apeló a las armas y marchó sobre Roma, “ciudad sagrada” donde pocos años antes el papa Constantino I, rival de Esteban II, había sido arrastrado por las calles para que el verdugo le sacara los ojos y finalmente arrojado malherido a un potrero para que expirara como un anatemizado. Al agitarse el pueblo indignado por tan horrendo e injustificado suplicio, ordenó el papa vencedor recoger y reconfortar un tanto al desdichado para que pudiera comparecer ante un simulacro de concilio en el cual fué acusado de haberse elevado a la silla pontificia siendo laico. Al tratar éste de justificarse citando a otros pontífices que habían sido elegidos en idénticas condiciones, mandó Esteban II ahogar la voz temeroso de que sus palabras trascendieran al auditorio, y ante toda posible eventualidad dispuso a su regreso al calabozo y que el verdugo le arrancara la lengua y quemara el acta de su elección.


La primera medida de Adriano fué disponerse a la defensa contra el avance de los lombardos, pero apoyado sólo por exaltados, pues los italianos dudaban de sus derechos temporales y los extranjeros obraban con miras exclusivamente egoístas, comprendió que toda resistencia era inútil y confiando en la retribución de Carlos, le envió un mensaje desesperado solicitando su ayuda inmediata. El soberano franco regresaba en ese momento de una expedición victoriosa que no se puede pasar en silencio. Celoso de propagar por todos los medios el cristianismo como si en ello pensara agradecer a la Silla de San Pedro los favores prestados – aunque los reglamentos de la Iglesia los cumplía sólo en apariencia pues los obispos, abades y otros dignatarios eclesiásticos de su país los nombraba personalmente y aún llegó a protestar de las disposiciones del papa en el concilio de Frankfurt – estaba dispuesto a vengar la repugnancia con que los gentiles recibían la doctrina cristiana. Los sajones, sus primeras víctimas, habían despreciado a unos emisarios religiosos. Furioso reunió Carlos un enorme ejército que marchó para aleccionar a esos infieles. Los sacerdotes católicos apoyaban esta expedición armada con indescriptible entusiasmo anunciando a los cuatro vientos que Dios mismo guiaba la expedición. Repentinamente cayó sobre los infelices sajones con despiadada dureza; destrozándose los templos paganos y quedaron exterminados los hogares de cuantos osaron protestar. Luego trató de atraerlos a su causa, pero los sajones dispuestos a defender su independencia y su religión eligieron por jefe al valiente Widukind y durante muchos años hicieron frente a los que se habían hecho sus amos, hasta que finalmente diezmados y dispersos los restantes por otras tierras, consiguió Carlos imponerse. En su reglamento que compuso para los paganos sometidos no había más que una pena: la de muerte. En algunas de sus cláusulas dice:


“Quien penetrara violentamente en una iglesia con intenciones de robo, saqueo o incendio, sufrirá la pena de muerte”.

“Quienquiera que consuma por el fuego, según el uso pagano, el cuerpo de un difunto, reduciendo a cenizas su osamenta, sufrirá la pena de muerte”.

“Quienquera que en adelante eluda el bautismo o no se ofrezca voluntariamente a ello, sufrirá la pena de muerte”.


Al recibir Carlos el pedido de auxilio de su benefactor, se puso inmediatamente en marcha al frente de sus enormes fuerzas expedicionarias, y cruzando los Alpes a paso redoblado, atravesó la Alta Italia y se arrojó sobre Pavía, donde halló una desesperada resistencia que venció en poco tiempo. Después de esto redujo todas las demás ciudades lombardas, hizo separar de la sociedad a sus jóvenes sobrinos encerrándolos en un convento y mandó asesinar a sus partidarios, para finalmente hacer su solemne entrada en Roma.


La fuerza que empleaba Carlos en sus campañas era deslumbradora. El monje de Saint Gall, en otrora famoso historiador, gran admirador del rey franco y del que osó decir: “pasarán los siglos pera nada sucederá que no haya pasado por la mente de Carlomagno”, nos pinta su llegada ante Pavía con las siguientes palabras.


“Hace algunos años aconteció que uno de sus reyes más importantes, llamado Otkar, provocó la ira del temido emperador, teniendo que huir a Desiderio. Cuando entonces supieron de la proximidad del poderoso monarca, subieron a una alta torre que les permitía ver a gran distancia. Cuando distinguieron un cuerpo de ejército aún mayor que las expediciones de Darío y Julio, habló Desiderio a Otkar preguntando: “¿Está Carlos con este inmenso ejército?”. El interpelado respondió: “Aún no” Cuando detrás de éstos seguía el cuerpo principal de los expedicionarios, volvió a decir a Otkar con tono convencido: “Indudablemente se encontrará Carlos entre estas tropas”. “Ni aún entre éstas figura” era la respuesta. Entonces comenzó el rey a tornarse angustioso mientras exclamaba: "¿Qué haremos si viene con aún mayor número de guerreros?”. Otkar dijo: “Tú lo verás cuando llegue Carlos, pero ignoro lo que será de nosotros”. Y ved, mientras hablaban, apareció su corte. “¡Ahí viene Carlos exclamó el rey!”, pero Otkar volvió a responder: “Aún no, ni siquiera figura entre éstos”. Después aparecieron los obispos, los abades, el clero y los capellanes con sus ayudantes. Al distinguirlos el soberano, que ya sentía repugnancia por la vida y no ansiaba más que la muerte, murmuraba con dificultad aún las palabras “descendamos para ocultarnos bajo la tierra de la ira de un monarca tan poderoso”. Pero Otkar que en tiempos anteriores había conocido el poder incomparable de Carlos y aún tratado con él, respondió dominado por el temor: “Cuando veais la llanura cubierta de tallos de hierro y que el Po y el Tesino arrojen sus olas color de hierro con la fuerza de las del mar contra los muros de la ciudad, será ello la señal de la llegada de Carlos”, no había aún terminado de hablar cuando hacia el Occidente se presentó algo como una nube oscura que transformó el día más claro en la noche más oscura. Pero cuando el emperador fué poco a poco aproximándose, reflejó en sus armas un día más sombrío para los longobardos que la noche más oscura. Ahora contemplaban a Carlomagno en persona, cubierta la cabeza con yelmo de hierro, los brazos con brazaletes de hierro, el amplio pecho y fornidos hombros protegidos con armadura de hierro. Con la mano siniestra mantenía en alto una lanza de hierro, mientras que en su diestra estaba siempre lista para empuñar la espada victoriosa. Sus muslos que otros tenían sin protección para facilitar el montar a caballo los llevaba él cubiertos con quijotes de hierro, de sus canilleras de hierro no necesito hacer mención, pues las empleaban todos sus soldados. Esta armadura la llevaban según sus fuerzas todos cuantos le rodeaban. El hierro retumbaba por las llanuras y caminos; los rayos solares reflejados en el hierro deslumbraban el paisaje. Petrificada de angustia rindió la población su pleitesía al hierro mudo; el terror al hierro penetró hasta lo profundo en la tierra. “¡El hierro! ¡el hierro!” era el único grito que exhalaba la población aterrada. La fuerza del hierro hizo tambalear las murallas y el valor de los jóvenes sucumbía ante el hierro que cubría a los ancianos. Este panorama que yo, anciano tembloroso y sin dientes, he procurado describir con pulso inseguro, lo abarcó de una sola mirada el sincero observador Otkar quién dijo entonces a Desiderio: “He aquí el hombre a quien provocaste tan ufanamente”. Con estas palabras se desplomó sin vida a tierra”[1].


Con gran pompa recibió Adriano I a su salvador triunfante cuando traspasó las puertas de Roma. Carlos por ello halagado reiteró la posesión temporal del papado dado por su padre Pipino, agrandandolo ahora con los territorios conquistados, donación que mandó refrendar por los obispos, abades y demás dignidades de su comitiva. Cabe mencionar que el papa tuvo la prudencia de no deponer a los soberanos que ahora quedaban bajo su gobierno, indudablemente con el fin de atraerlos al nuevo orden de cosas, pero el rey lombardo y los duques de Benevento, Espoleto y Clasium negándose a acatar un sistema legislativo reñido con el sentido común, rebelándose contra su flamante amo; pero dominados nuevamente con el auxilio de Carlos, puso éste fin a la lucha expulsándolos y dividiendo sus territorios con el pontífice.


Sería aventurado tratar de describir lo que hicieron el rey y Adriano I durante su entrevista.

De regreso Carlos a sus pagos, comenzó a preparar una gigantesca expedición destinada a invadir España y sin otro objeto, según se afirmaba que la de proteger a los pocos cristianos que hasta entonces habían osado infiltrarse en ese país pagano. Que la empresa era temeraria nos lo demuestra que la misma nobleza y aún el clero franco oponía serios reparos. Pero el rey estaba dispuesto a llevar a cabo sus promesas y con la sugestión de “Bajo la protección y salvaguarda de Dios” se puso el inmenso ejército en marcha, atravesando los Pirineos y haciendo de lo suyo en Cataluña y Aragón. Que los guerreros hispanos no estaban quietos y que sabían demostrar su valor frente a los ejércitos más poderosos lo prueba el hecho de una vez llegado ante los muros de Zaragoza, no pudo Carlos mantener por más tiempo el valor entre sus subordinados, viéndose por tanto obligado a emprender la retirada. Las acometidas con que los defensores obsequiaba a los intrusos a la manera vasca no hizo más que aumentar el temor supersticioso y la angustia entre los acorazados francos, quienes finalmente después de largos días de caminata acamparon ya entrada la noche a los pies de los majestuosos Pirineos. Esperaban la llegada del alba para comenzar el paso por el angosto desfiladero de Roncesvalles.


Los vascos mientras tanto preparaban los medios para decir a Carlos que de nada le servirían los poderes que invocaban él y los suyos. Burlándose de los cristianos durante esa angustiosa noche un grupo de mujeres vascas, todas ancianas y achacosas habían encendido una enorme fogata alrededor de la cual bailaban montadas sobre escobas dándoles sus cabellos al aire y sus rostros demacrados a la luz rojiza de las llamas un aspecto de brujas salidas del infierno. Con los ojos dilatados por el espanto observaban los francos desde lejos la dantesca escena. El estrépito con que latían sus corazones les debe haber hecho presentir lo que les esperaba, confirmándose esa famosa máxima: “Lo que un vaso quiere, lo quiere Dios”.


En ningún pueblo sin embargo falta nunca alguien que por un jornal de Judas, venda su dignidad personal y la de su patria. Un traidor vasco se infiltró en el campamento y reveló que del inmenso ejército no se salvaría uno solo, ofreciéndo al rey, si obraba con suma rapidez, conducirle sano y salvo a la frontera franca. Carlomagno acompañado sólo de dos o tres miembros de su estado mayor partió inmediatamente, pasando con el mayor silencio y amparado por las sombras de la noche a través del paso de Roncesvalles sin que los defensores vascos que vigilaban las cumbres notaran su presencia. El orgulloso Hardland (Roland u Orlando) se hizo entonces cargo del ejército, guardando estricta reserva a fin de evitar toda posible alarma. Risueño vió como el rey se alejaba presuroso y comentaba con los jefes de los diversos cuerpos de ejército su convencimiento de que serían capaces de burlar la acción de los vascos con una honrosa retirada.


A la llegada del alba púsose el inmenso ejército en marcha, entrando en interminables filas los rendidos soldados por el angosto sendero de Roncesvalles. Imitando la leyenda del Mar Rojo, dejaron los vascos que toda la tropa se hallara dentro del desfiladero para evitar fuga alguna, e inmediatamente comenzaron, elevando su grito de guerra, a arrojar grandes piedras que aplastaban las pesadas armaduras y lo que dentro de ellas había. Inútilmente agitaron algunos sus lanzas y espadas o disparaban sus flechas, en vano besaban otros sus amuletos y escapularios bendecidos por el papa o invocaban los santos de su predilección, las piedras en su caída destrozaban cuando hallaban a su paso.


Después de algunas horas de indescriptible espanto no era el desfiladero más que un inmenso cementerio de cadáveres destrozados. Dícese que Hardland al verse vencido dió un toque tan fuerte en su trompeta que fué oído más allá de la frontera franca, pero lo más probable es que sea lenguaje poético para pintar la testarudez del conde de la marca de Bretaña quien como los demás dejó allí sus huesos.


¿Qué motivos habrá habido para que esta batalla se convirtiera en una leyenda? Sean las que quieran, pero podemos estar seguros de que Carlos supo el por qué y no poca preocupación le habrá causado esta derrota. Más no por ello escarmentó, pues sació su encono en pueblos menos fuertes.


Mientras tanto había muerto el papa Adriano I (795) teniendo por sucesor a León III (795-816). ¿Qué hizo este para que se sublevara su pueblo y le amenazara con derrocar su trono? Sólo diré que una muchedumbre encabezada por los familiares de su víctima penetraron en el palacio papal infringiendole varias heridas. Aún cuando un guardia logró expulsar del palacio a la indignada multitud, estaba previsto que su situación se había tornado desesperante. Pudo huir y fué en busca de Carlomagno a quien halló en Paderborn. Carlos no había de inmutarse por una conducta que también era la suya, por lo cual al frente de un ejército marchó a Roma, dispersó y persiguió a los que pedían justicia y restableció el trono pontificio.


No me atrevo a desmentir a los que opinan que ambos obraron en complicidad común, pero tampoco es de creer que el rey franco colaboró desinteresadamente y los hechos confirman que León III creó en nombre de Dios el “Santo Imperio Romano de Occidente” del que ungió a Carlos soberano.


“La importancia que el acto de su coronación, verificada en Roma el día de Navidad del 800, revistió – afirma un historiador – está perfectamente expresada en el entusiasmo y la admiración con que todos los viejos cronistas dan cuenta de ella. Con este acto el papado, a la par que sacudir la tutela de Constantinopla, atribuíase sobre el emperador una autoridad hasta allí desconocida. En nombre de Dios le coronaba; ¿no podría arrancarle aquella misma corona también en nombre de Dios? Por otra parte, aquel nombre de Carlos Augusto con que los romanos habían aclamado al vencedor de los sajones, era todo un símbolo. Karl, el nombre germano, representaba la barbarie imperante, el feudalismo, el guerrero con su frámea; Augusto, el nombre romano, recordaba el Imperio con todos sus vicios y grandezas, con su decrepitud, pero con una organización social completa. Carlos Augusto era símbolo de la fusión de ambas cosas… No puede negarse que la coronación ante el altar de San Pedro fué cosa convenida entre el rey y el papa. Sin embargo, Carlos se hizo el sorprendido.


Hasta aquí su ambicionado esplendor. Los triunfos justos no se pierden jamás. El triunfo de Carlomagno apenas conseguido empezó a tambalear. Los normandos comenzaron a asolar las costas de su imperio amenazando con cercenarlo en día cercano. De sus hijos sólo uno, corroído en su conciencia por los vicios y el fanatismo que sembró su progenitor, quedaría para seguirle: en la indecisión de Luis “El Piadoso” se leía la lucha entre su bondad espiritual y la brutalidad de las costumbres inculcadas en su materia. Las hijas de Carlomagno, por sus costumbres disolutas merecieron todas el encierro, excepto la jóven y virtuosa Tetralda, que falleció ante la mirada inclemente de su padre, al serle negado un amor sincero.


Como supremo esfuerzo para evitar el derrumbe total de una obra con la que contrajo grandes deudas morales, dispuso Carlos el reparto de su imperio entre sus nietos para cuando la muerte de su hijo Luis. También este intento fracasó, pues apenas había cerrado los ojos el 28 de enero de 814, estallaron entre ellos guerras fratricidas que no terminaron hasta que todos hubieron desaparecido. Sin embargo no faltó quién, varias generaciones después reanudara la misma obra, la que forma otro capítulo de triste historia.

Juan Fibbe.

1° y 15 de Abril de 1942.

BALANZA NÚMS. 222 y 223.


[1] Por aplastante que haya sido el despliegue de fuerzas, si comparamos el empuje del hierro de aquel entonces con los horrores de la guerra contemporánea, queda el poder de Carlomagno relegado a una insignificancia y nos prueba de que la destrucción humana no forma capítulo en el código del universo y que sólo germina y florece bajo la astucia y la inclemencia de los que no entienden de verdadero respeto ni misericordia.



Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

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