Carlos Manuel de Céspedes y Borges
- EMEDELACU

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CARLOS MANUEL de CÉSPEDES Y BORGES, célebre poeta y prócer de la independencia cubana, nació en Bayamo, provincia de Oriente, el día 18 de abril del año 1819.
Su primera infancia la pasó en el campo, y llegado a la edad de instruirse, ingresó en un instituto de su ciudad natal donde estudió latín y bellas artes. Sus progenitores, alentados por la inteligencia y aplicación del joven, le enviaron a la Habana donde se graduó de Bachiller y siguió un curso de Filosofía en la Universidad de esa capital.
En 1840, al poco tiempo de haber regresado al pueblo de su nacimiento, trasladóse a España. completando sus estudios en la Universidad de Barcelona y dos años más tarde se dirigió a Madrid, donde se graduó en Jurisprudencia y aprendió los idiomas francés e inglés. Allí trabó amistad con el famoso militar Juan Prim y Prats, marqués de los Castillejos, interviniendo activamente en la conspiración que éste fraguaba con el regente Baldomero Espartero que se había hecho antipopular por la protección que dispensaba a algunos funcionarios odiados por su crueldad y ambiciones, y estando él mismo acusado de haber firmado un pacto poco ventajoso con Gran Bretaña, agravó su situación con otros errores que motivaron la disolución de las Cortes.
Descubierta la participación de Céspedes en el movimiento contra el gobierno, fué expulsado del país, dirigiéndose hacia Francia, de donde pasó a Inglaterra, Alemania y finalmente al Estado Pontificio, pero no agradándole el eco que la expansión de sus ideales encontraba en esos países extranjeros, embarcose por el año 1844 de regreso a Cuba, donde continuó la vida literaria que había comenzado en Madrid, escribiendo diversidad de poesías líricas, tradujo una parte del célebre poema La Eneida de Virgilio, publicó numerosas poesías en los periódicos principales de la Habana y compuso también una comedia que tituló Las dos Dianas.
Cuba era una de las pocas tierras americanas que no habían imitado el movimiento evolucionista de las demás colonias hispanas del Nuevo Mundo, cosa que sí entonces podía ser interpretado como un afecto a la madre patria, e indudablemente así lo era, pero que no dejó de arrastrar tras de sí graves consecuencias de las que aún constituye Puerto Rico un ejemplo vivo. Era por ello que los cubanos más preclaros, interpretando el verdadero orgullo de su estirpe, ansiaban ver a su patria convertida en una nación independiente, libre de toda tutela. Agravaba ese descontento la errada y abusiva actitud de algunos gobernadores y otros funcionarios españoles que por cualquier causa menos por méritos habían escalado los más altos e importantes puestos. Entre estos últimos se destacaba el tristemente célebre general José Gutiérrez de la Concha, capitán general de la isla, cuya ambición no conocía límites, y que por las medidas que tomó contra los próceres cubanos, a los que abiertamente señalaba como filibusteros, provocaba la más viva indignación entre todas las personas de ideas liberales.
Ya hacía muchos años, por ese entonces, que habían los más prominentes desterrados constituído su centro en Nueva York, desde donde procuraban dignamente allanar los caminos hacia la tan anhelada independencia nacional. Por el año 1851 dispusieron que el prócer Narcizo López al frente de un puñado de hombres intentara una invasión, la que coincidió con el levantamiento de Aguero en la provincia de Camagüey. Pero el feroz capitán general que tenía las cabezas de los patriotas puestas a precio, supo apoderarse mediante ello de estos valientes jefes cubanos para darles ignominiosa muerte.
Tal proceder había de irritar lógicamente a todos los hombres liberales, y Céspedes, reverberando de ver a su patria libre, no pudo menos que dar muestras de su indignación. Acusado de abrigar ideas subversivas fué detenido y llevado a la Habana. Pero siendo patriota sincero no era partidario del derramamiento inútil de sangre, por lo cual optó por retirarse aparentemente de la vida política a la espera de una circunstancia más favorable. Logró de este modo recuperar su libertad y regresar a su ingenio Demajagua que poseía en las inmediaciones de la ciudad de Yara.
Retirado definitivamente el siniestro capitán general de la Concha (1859) fué sucedido por Francisco Serrano y Domínguez, de tendencia liberal (1859-1862) y a éste reemplazó el general Domingo Dulce y Garay, quien puso de manifiesto tanta honestidad en el desempeño de su puesto de capitán general, que mereció el siguiente elogio del eminente escritor cubano don Francisco Calcagno:
“Difícil y azarosa fué la época de su primer gobierno en Cuba; las guerras de Santo Domingo, México y Estados Unidos, cuestión con las repúblicas del Perú y Chile, sublevaciones en Haití y Jamaica, riesgos continuos para la paz de Cuba, le dieron repetidas ocasiones de patentizar su prudencia y rectitud; ha sido quizás, después de Las Casas, el mejor de los gobernantes que ha mandado España a Ultramar, y fue uno de sus mayores méritos el haber inflexiblemente opuesto (como hicieron Pezuela y algún otro) a la prosecución del tráfico de África. Uno de sus primeros actos fué sustituir a cierto gobernador acomodaticio en ese asunto, y desterrar a cierto magnate por reincidente en el mismo; consta que en 1863 y 1864 se hizo presa de 3565 negros en seis expediciones, por lo que mereció el aplaluso del gobierno británico y de los hombres rectos de esta Antilla; hasta el escritor cubano Don Gaspar Betancourt (Lugareño) salió de su prolongado retraimiento para cantar la alabanza de Dulce en El Fanal, por haber fundado una sociedad con objeto de destruir de raíz la inícua trata. En noviembre de 1863 ocurrió el caso de Arguelles, de cuyo suceso he aquí una serie de comentarios a que dió lugar una de las versiones que nos parecen más verídicas. Arguelles, siendo gobernador de Colón, verificó la aprehensión de una expedición de negros para el ingenio Aguica, y el gobierno, como correspondía, recompensó su servicio con la cantidad de 15,000 pesos. En seguida se retiró Arguelles a Nueva York, pretextando quer iba a comprar La Crónica; más en su ausencia, se descubrió que había vendido 141 negros de los que había capturado. Pidió Dulce extradiciones diplomáticas entre el gobierno superior y el secretario M. Seward. En nota de Ravager, cónsul americano en la Habana se decía: “Los 141 negros vendidos como esclavos por Arguelles, fueron presentados como muertos de enfermedad después del desembarco, y el cura de Colón fué acusado de haber firmado un nuevo registro de defunciones en las que se incluían las de los 141 negros aprehendidos en Colón”. El manejo de este asunto hizo honor a la inteligencia y energía del general Dulce; esa activa persecución de la trata, cuya continuación a poco más hubiera imposibilitado en sus sucesores; la creación de escuelas gratuitas superiores; el arreglo de la recaudación; la latitud que su sagaz tolerancia permitió a la prensa; la exposición para la Junta informativa, son otros tantos recuerdos que eternizan en esta Antilla la memoria de un cubano más, como dijo en su despedida; son recuerdos que justifican la exposición a la reina en junio de 1865 para que continuase en el mundo, y la gran serenata que dispuso, y regalo cívico que el 21 de mayo de 1866, a nombre del Ayuntamiento y pueblo, le entregó el conde Cañongo, así como la sincera expresión de gracias a su partida… Llegado a la península dió su honroso informe, en que apoyó la idea de vientres libres que ya había emitido en la isla con escándalo de ciertos círculos”.
Pero si Dulce abría con su ecuanimidad la puerta que conduciría hacia una honrosa independencia con el beneplácito de todos los hombres de tendencias liberales, hacía estallar en furia a otros círculos donde se agrupaban individuos refractarios y sensibles sólo a principios mezquinos e innobles. Y fueron éstos los que levantaron la bandera de una rebelión infausta. Si pudiéramos leer en los corazones de los verdaderos patriotas cubanos la página correspondiente a aquella época veríamos con qué dolor contemplarán esos levantamientos de aventureros que con sus discordias estorbaban lo que esbozaba defender.
Tal vez fue por cobardía, tal vez creyendo que con su renuncia pondría fin al derramamiento de sangre cuando Dulce depuso su cargo pese a los ruegos de las personas bien intencionadas. Indudablemente constituyó esta medida un delito cuya responsabilidad le ha de haber pesado.
Su sucesor, Francisco Lersundi y Ormaechea, era ya hombre de otra pasta, pues aunque aparentemente trataba de imitar a su antecesor, colocaba sus intereses personales por encima de sus deberes de gobernador, ocasionando así graves desequilibrios en las finanzas de la isla, y aún con el beneplácito de elementos reaccionarios en el gobierno de Madrid a los que encabezaba a las mil maravillas la famosa reina Isabel II, pidió un empréstito a Estados Unidos, ofreciendo en garantía las rentas y propiedades de esta colonia española, lo que equivalía a vender la isla.
En esta situación, Céspedes que hasta ese entonces había vivido apartado de la política – dedicándose al ejercicio de su profesión y al cuidado de su hacienda, pero en realidad pertenecía secretamente a clubs conspiradores y logias masónicas que fomentaban una acción común para la emancipación de la isla – dió el grito de independencia desde su ingenio de Yara y rompiendo las hostilidades con un ejército que no alcanzaba a cuatrocientos hombres. Inmediatamente editó un Manifiesto de la Junta Revolucionaria de la isla de Cuba, dirigido a los cubanos y a las naciones de todo el mundo, que le valió varios miles de satélites. Exponía en su manifiesto su queja contra el régimen opresor a que España tenía sometida la colonia, la inmoralidad de los empleados y la pesadez insoportable de los tributos, y ofrecía la emancipación gradual de los esclavos mediante indemnización, igualdad de derechos, respeto a las vidas y propiedades de todos, sufragio universal y libre cambio.
Esta sublevación se debió en gran parte a la agitación ocasionada en Cuba por un ruidoso motín promovido por un grupo de negros en Puerto Rico, pero más que nada porque Céspedes creyó que el desconsiderado Lersundi había decretado su detención.
A pesar de los alcances que comenzó a abarcar de inmediato este movimiento, no se había logrado unificar aún la opinión cubana, pues mientras unos acudían alarmados para conquistar la independencia con las armas, pedían otros, convencidos tal vez por intereses particulares, la anexión de Cuba a los Estados Unidos, y aún otros, seguían esbozando la idea del ex capitán general Serrano de dotar a la isla de las libertades políticas necesarias. De no haber habido poderosos factores que impedían la realización de este último proyecto, pues a todo verdadero patriota le preocupa sobremanera evitar por todos los medios posibles desgastes inútiles, pero las exigencias ambiciosas que con miras tan heterogéneas gravitaban desde el exterior, amenazando la tranquilidad interna, aconsejaban la prosecución de la guerra.
El inhábil Lersundi rebalsó sus desaciertos pretendiendo conjurar a la fuerza con la fuerza y decretó de inmediato el estado de sitio. Céspedes que se había convertido en el alma de la revolución, dictó a su vez severísimas penas contra los que se mostraron hostiles al pensamiento de la independencia de Cuba.
La insurrección tomó inmediatamente una proporción alarmante que el capitán general creyó poder conjurar fomentando un sistemático odio entre españoles y cubanos; esta triste medida – que agravó con rechazar como subversiva a una comisión de españoles y cubanos que le solicitaban tomar rumbo hacia una política expansiva y reformista, – cercenó un supremo intento liberal hecho en favor de una solución pacífica, e hizo que aumentara aún más el ensañamiento de ambos bandos. Fué en estas circunstancias que el gobierno de la regencia que se había formado en Madrid luego de destronada Isabel II, señala nuevamente el general Dulce y Garay – que se encontraba a la sazón en las islas Canarias, a donde había sido deportado por el régimen depuesto – como capitán general de Cuba. Dulce que sufría ahora de un cáncer de estómago, con el indudable propósito de enmendar su debilidad anterior, aceptó y desafiando su grave mal se embarcó para la Habana donde el 4 de enero de 1869 relevó a Lersundi. Pero era ya tarde; la misma población que tres años antes le había despedido tan cariñosamente le recibió ahora fríamente, gravitando en ello de un modo ostensible el odio que le guardaban los reaccionarios que veían en él a su peor enemigo. Lograron éstos pronto confundirle mediante maquinaciones ocultas, de modo que luego de unos vanos esfuerzos por pacificar los antagonismos como ser levantar el estado de sitio, decretando la libertad de prensa y una amnistía general. La única puerta que aún quedaba abierta para una probable solución pacífica y que constituía la instalación de conversaciones, se cerró al ser asesinado misteriosamente el parlamentario comisionado por los insurrectos.
Las circunstancias obligaron a Céspedes a tomar medidas enérgicas, exigiendo el reconocimiento inmediato y sin ambages de la independencia de su patria. El 10 de abril de ese mismo año (1869) estableció un Consejo en Guáimaro, donde proclamó la emancipación de Cuba bajo un régimen republicano federal y que dotó de una Constitución. A continuación convocó una Asamblea Constituyente en la que por unanimidad fué aclamado presidente.
Nombrado comandante en jefe del ejército su cuñado Manuel Quesada, procuró Céspedes afianzarse en el poder solicitando de Ulises Grant, presidente de los Estados Unidos, que influyera para que su gobierno reconociera la independencia cubana, pero ese primer magistrado, más afecto a pescar en aguas turbias, ofreció en cambio sus buenos oficios al gobierno español cuya causa parecía compartir, pero con la intención de adquirir la isla mediante un pago en metálico. Esta política imperialista que había de ocasionar intensas amarguras y dificultades a la Gran Antilla, fué recibida con gran indignación por la opinión pública española y aún por un gran sector de los mismos Estados Unidos de Norte América, pero en nada influyó para que continuara la misma política aún luego que Dulce, a los pocos meses de haber asumido su alto cargo, entregara el mando a su sucesor el general Caballero de Rodas.
Las consecuencias de estos manejos no se hicieron esperar. No faltó elemento que se prestara a fomentar la discrepancia entre los patriotas. Tal es así, que Manuel Quesada, se halló un día acusado de abuso de mando por una corte marcial disidente, viéndose obligado a entregar el cargo de generalísimo a un súbdito estadounidense, y tampoco el mismo Céspedes pudo escapar al fantasma de la calumnia para quedar señalado por los confabulados de haber hecho usurpación del poder, por lo cual fué depuesto y perseguido (octubre de 1873).
Vencido y abatido por la iniquidad, vagó desde entonces este hombre patriota, sin medios ni ayuda de nadie, de un puerto a otro de Cuba. Hallábase proscripto dentro de su propia patria a la que había soñado grande y libre y a la que sacrificó todas sus energías y sus bienes, hasta que finalmente, delatado por un negro protegido suyo, cayó preso siendo ejecutado en el campamento de Santa Bárbara, el 22 de marzo de 1874.
1° y 15 de Diciembre de 1942.
BALANZA NÚMS. 238 Y 239.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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