Benjamín Franklin
- EMEDELACU

- 16 abr 2025
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Actualizado: hace 6 días

Fue nuestro biografiado, ante todo, un hombre de estado, un economista, un sociólogo. En estos aspectos su figura adquiere singular relieve en la historia política norteamericana de mediados del siglo XVIII, que coincide con los primeros movimientos de emancipación de aquel país, hasta tal punto que los biógrafos unen su nombre al de Washington, como realizadores de aquella gesta.
Su padre, que no era rico, trató de interesarle en las profesiones mecánicas, y es así cómo cuando contaba con 12 años le hizo firmar un contrato por nueve años al ingresar como aprendiz, en la imprenta de su hermano Jacobo. Pronto fue Benjamín un hábil cajista. Luego de sus tareas, dedica aun hasta horas de la noche para estudiar, de modo que a los 16 años estaba muy instruido; había aprendido Aritmética y estudiado a fondo Filosofía y Lógica. Algunas obras como las de Collins y Shaftesbury le habían llevado a la incredulidad.
Había ensayado sus dotes de poeta, pero tuvo que renunciar a componer versos cediendo a las amonestaciones de su padre, que decía que los poetas no servían para cosa buena, aunque más tarde escribió artículos y poesías ocultándose bajo un seudónimo.
En su mocedad publicó un periódico para divulgar sus ideas acerca de algunos problemas de importancia vital para su patria y publicó más tarde obras acerca de las mismas cuestiones. Ya su palabra era autorizada por su gran caudal de conocimientos y experiencia y dieron por resultado su intervención en cosas públicas y que sus conciudadanos le demostraran su consideración y le confiaran delicadas e importantes misiones, que Franklin realizó y finiquitó con el éxito que consignan los anales políticos de EE. UU.
Son dignos de mención su famoso "Almanaque del Buen Ricardo", que empezó a publicar en 1732, y "Proverbios del Viejo Enrique", obras éstas que adjuntas a otras muchas publicaciones, hicieron su nombre popular en su patria y en Gran Bretaña.
Fundó fábricas de papel e introdujo instrumentos de civilización desconocidos en su país. En Filadelfia fundó por suscripción la primera biblioteca común, la primera sociedad académica y el primer hospital.
Introdujo el uso de las estufas económicas, impuso el empedrado de las calles, su barrido y el alumbrado público.
En 1747 se le nombró miembro de la asamblea nacional de Pennsylvania; cinco años después director general de comunicaciones de todas las colonias anglo-americanas, y poco más tarde agente de negocios de Pennsylvania ante el gobierno inglés.
Volvió a Filadelfia como miembro del Congreso, pasando luego con un importante cargo en el comité de seguridad, desde donde influyó notablemente en la independencia norteamericana. Viaja a Francia en 1776, en donde se le recibe con todos los honores por sus ideas democráticas y dos años después pasa a ser ministro plenipotenciario de las trece colonias que formaban su país de origen. Es en esta época en que Franklin pasa a ser uno de los hombres públicos más caracterizados de Norte América, pues como ministro plenipotenciario toma parte en las negociaciones de paz en París, en 1783, que determinaron la soberanía de los Estados Unidos.
No es posible excluir las referencias, aun someras, de su descollante acción pública sin inferir un agravio a la memoria del gran estadista que fue Benjamín Franklin. Es que precisamente por este camino llegamos mejor al gran físico y observador que hubo en él y adquieren más relieve las investigaciones que de él heredó la ciencia. Y en efecto, la suma de labores tan dispares no fue obstáculo como para sofocar en el gran hombre todas las inquietudes que en su múltiple espíritu se agitaban, ávido de conocimientos y capaz de las más nobles sensaciones. En las ciencias, pocos hombres se nos han manifestado de un modo tan complejo.
Autodidacta por excelencia, devora libros, se instruye, quizás sin método en los momentos que sus apremiantes ocupaciones le dejan libre. Hace versos a edad temprana, es impresor, y periodista después. Un cuerpo sano al servicio de una voluntad tenaz hace prodigios. Una idea fija le obsesiona: Quiere ir a Gran Bretaña, conocer aquel país al cual pertenece políticamente; quiere saber cómo piensan más allá de los mares. Y realiza el viaje. A pesar de su humilde condición, cultiva la amistad de distinguidos personajes políticos y de ciencia.
Es probable que de estas entrevistas surgiera el físico eminente que hallamos más tarde. De regreso a su país de origen, instala una imprenta, lanza a la circulación un periódico y más tarde se establece con una librería. Los libros lo rodean con profusión. Su sueño se ha materializado y pronto dará los frutos más sanos. ¿Qué puede hacer ahora Franklin sino dedicarse a estudiar metódicamente y a escribir? Nota que las ciencias físicas lo atraen irresistiblemente y sin abandonar sus estudios sociales, repite las experiencias sobre electricidad, que en aquella época empezaban a preocupar a varios hombres que la posteridad reconoce y venera. Franklin, dueño de un profundo espíritu de observación, halla solución de inmediato a los problemas, explica las investigaciones más complejas e inicia experimentos propios que va publicando. Fue ingenioso en extremo y lo prueban la construcción de la armónica y un tipo de chimeneas económicas. Durante un viaje al Viejo Mundo, realizó un estudio interesantísimo con respecto a las distintas temperaturas de las corrientes de los golfos. En 1747, inicia los trabajos ""para acumular electricidad", que culminan con la primera batería eléctrica cinco años después.
Lanza la teoría de "las electricidades" de dos signos contrarios, según la naturaleza del cuerpo que las origina. Pero el instrumento que hizo famoso el nombre de Benjamín Franklin, fue el pararrayos. Fue su observación exclusivamente la que originó este dispositivo de tan inestimable valor en la práctica. Halló gran semejanza entre la chispa eléctrica originada en su laboratorio y la atmosférica, por lo cual se decide a remontar una cometa en un día tormentoso, a fin de atraer las chispas de las nubes. Y así ocurre y como la cometa estaba provista de puntas metálicas agudas y el hilo también era metálico, produjo el efecto conocido del pararrayos, con una fuerte descarga para su descubridor, que pudo haber tenido fatales consecuencias, que después estudió y perfeccionó fijando inclusive la forma de calcular la zona que puede proteger un pararrayos. Casi en la misma época ideó el anteojo que lleva su nombre y antes que Rumford realizó estudios profundos sobre el calor económico.
En fin, las placas de Franklin, que constituyen lo que hoy conocemos con el nombre de condensador eléctrico; el tubo del mismo nombre, muy usado en los laboratorios de física para demostrar el efecto de las escasas presiones; la ley que establece la conservación de la carga eléctrica, se debe a este hombre insigne que alternó tan distintas actividades y que sin embargo fué prominente en todas.
En la época en que sus trabajos científicos estaban avanzados, envió a un amigo de Londres el resumen de los mismos, quien los hizo conocer al mundo científico y tuvo como consecuencia el nombramiento de Franklin como socio de la Royal Society (1753) y el otorgamiento de una medalla de oro por sus trabajos.
Las obras de moral y sociales del gran hombre de estado están recopilados en 10 volúmenes a los que últimamente se agregaron sus escritos sobre los diversos temas científicos que abarcó. Muchas de estas obras han sido traducidas a varios idiomas.
Sus lecciones de moral práctica, las resume en admirables máximas y proverbios. Ellas dan una idea del carácter de Franklin; practicaba escrupulosamente la moral que a los demás enseñaba, corrigiendo lo que llamaba "erratas de juventud".
Sintiéndose feliz, quiso enseñar a otros el arte de la felicidad que da la buena conducta.
Escribió con el título de "Arte de la Virtud". una obra en la que demostraba que cuantos quisieran ser dichosos aun en este mundo, debían estar interesados en ser virtuosos.
En sus últimos años decía que la moral es el cálculo razonable para la felicidad particular y el fundamento de la felicidad pública.
"Si los pícaros supieran todas las ventajas de la virtud, (decía), se harían honrados por picardía".
En ocasión de su muerte, el congreso norteamericano decretó un mes de luto nacional "en honor del ciudadano más esclarecido". Tal ocurría el 17 de abril de 1790.
Por su parte, el gran Mirabeau, ante la convención nacional francesa, hizo decretar dos días de duelo en todo el país.
Los viajeros admiran en Boston una hermosa estatua del gran patricio, que sus conciudadanos erigieron a su memoria en la mitad del siglo pasado y cerca de allí, en Gobernor's Eiland, nació Benjamín Franklin el 17 de Enero de 1706.
Enero 15 de 1939.
LA BALANZA NÚM. 146.

Libro:Biografías de la Revista Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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