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Joaquín Trincado

Alfonso de Valdés

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 2 feb
  • 6 Min. de lectura

ALFONSO DE VALDÉS. Escritor español, nació en Cuenca en 1490, murió en Viena en 1532. Su padre era de origen asturiano, fué regidor perpetuo y procurador en Cortes de Cuenca. Alfonso, si no discípulo directo de Pedro Mártir Anghiera, se carteó con él, no siendo clérigo ni teólogo, como han creído algunos. Probablemente tampoco hizo estudios académicos, pero las lecciones que había recibido de Anghiera las completó por su cuenta conservándose aún apuntes suyos, de los primeros años que pasó en la Cancillería.


Suena su nombre por primera vez en tres cartas que en 1520 dirigió a Pedro Mártir desde Flandes y la Baja Alemania, desempeñando entonces un modesto empleo de la Cancillería del emperador, a las órdenes de Mercurio Gattina. En ellas describe como testigo presencial la coronación de Carlos V en Aquisgrán en la Dieta de Worms y se muestra desfavorable a Lutero “audaz y desvergonzado”.


Al regresar a España, siguió en la Cancillería; en 1524 siendo ya relator y contrarrelator redactó unas ordenanzas por encargo del Canciller, que se conservan,  de su puño y letra; en 1525 debía de desempeñar el cargo de Secretario del Canciller y al año siguiente el Emperador le nombró Secretario de Cartas Latinas, con salario de 100,000 maravedises anuales, redactando las que Carlos V dirigió a Clemente VII y al Colegio de Cardenales quejándose de los agravios recibidos del Papa y pidiendo la celebración de un Concilio general. 


Siguiendo la Corte Imperial en sus viajes por España, redactó y escribió muchos documentos oficiales, entre ellos la investidura e infeudación del ducado de Milán a Francisco Sforza (1534); la carta del emperador a Jacobo Salviati (1527) sincerándose del asalto y saqueo de Roma; la carta al rey de Inglaterra (1527) sobre lo mismo, y la Liga Clementina; la respuesta al cartel de desafío de los reyes de Inglaterra y Francia (1528) al emperador; una carta al emperador de Londres sobre el divorcio de Enrique VIII (1529); el tratado de paz con Clemente VII en Barcelona (1529); la cédula de Carlos V, reconociendo a su hija natural Mme Margarita (1529), etc. En 1525 había escrito la “Relación de las nuevas de Italia, sacadas de las cartas que los capitanes y comisarios del emperador y rey nuestro señor han escrito a su majestad: así de la victoria contra el rey de Francia como de otras cosas allí acaecidas”.


En 1527 su influencia era ya grande y se le consideraba desde entonces como jefe del movimiento erasmista. Se ignora la fecha en que comenzó su correspondencia con Erasmo, pero la carta más antigua de Valdés, que se ha incluído en el epistolario de Erasmo, es de 1527, y a juzgar por su contenido, debió ser la primera.

 

Sus relaciones con Melanchton son ciertas también, pero nacen del sentido que algunos han creído. Esto fué con motivo del intento de conciliación entre católicos y protestantes iniciado en Augsburgo.


A mediados de junio de 1530 comenzaron las conversaciones entre de Valdés y Melanchton, y aunque no se conocen al detalle aquellas, sí se sabe que de Valdés dejó entre los alemanes un recuerdo imborrable por su dulzura y carácter conciliador. 


Las negociaciones duraron hasta fines de julio. Su obra más notable de aquella época es “Diálogo de Lactancio y un arcediano” “Tesoro de lengua”, según Menéndez y Pelayo, se publicó en 1528, retocado por su hermano Juan y recargado en la dureza por el editor de París 1586. Trata en esta obra del saqueo de Roma defendiendo a Carlos V. “El Arcediano”; narra el saqueo en estilo dramático, fogoso  y pintoresco y “Lactancio”, “mancebo, seglar y cortesano”, en quien se reviste de Valdés, toma la defensa del emperador, echando la culpa al papa, que promovió la guerra y se alió con Francia, y repitiendo muchas de las diatribas de Erasmo contra frailes y clérigos y contra la corrupción de la iglesia, acaba clamando por la reforma. Como erasmista que era, más erasmista que Erasmo, se propuso en su obra, más que pintar los horrores del asalto y saqueo, hacer ver los vicios que dominaban a buena parte del clero. Menéndez y Pelayo creen que la reforma deseada por  de Valdés era la de Lutero, pero como dice Cejador, “no habiéndose nunca hecho Luterano y siendo bien quisto de los católicos erasmistas españoles, no se le puede colgar tal sambenito; la reforma que él quería era la que querían los demás erasmistas: la reforma eclesiástica dentro del catolicismo.


Las obra de Valdés fué denunciada al nuncio Castiglione por el primer secretario Juan Alemán, enemistado ya mucho antes con el autor. Castiglione pidió al emperador la hiciese recoger y quemar, el cual le respondió que la vería y llevaría al Consejo, aunque tenía a de Valdés por buen cristiano, incapaz de escribir herejías a sabiendas; en el Consejo hubo divergencias de pareceres, si bien la mayoría resultó favorable a de Valdés.


En vista de ello, el emperador hizo que examinasen  la obra el Dr. de Praet y el Dr. Granvela. El inquisidor general Alonso Manrique, erasmista, a quien también acudieron Alemán y el nuncio, declaró que no hallaba en la obra denunciada, doctrina sospechosa, y el arzobispo de Santiago, presidente del Consejo de castilla, absolvió a de Valdés y a su libro de los cargos de la injuria y calumnia.  


Böhmer conjetura que la primera edición es de 1529. La edición conocida sin lugar ni año lleva el título siguiente: “Diálogo: en que particularmente se tratan las cosas acaecidas en Roma: el año MDXXVII”. Cita  Böhmer ejemplares de las Universidades de Rostock y Gotinga; de la tercera en el museo Británico; de la cuarta en la Biblioteca de Munich; de la quinta en la Nacional de París y Munich, tiene variantes, y se imprimió suelta. Se imprimió siete veces en italiano desde 1546 y se tradujo al inglés en 1590.


En 1529 salió de Valdés de España acompañando a la Corte, asistió en Bolonia a las vistas de Clemente VII y el emperador, y en Alemania, a la dieta de Ratisbona. En 1530 estaba en Augsburgo; en 1531, en Colonia; en 1532 en Ratisbona.


En la dieta de de Augsburgo debieron de entenderse bien él y Melanchton, el cual, oídas las explicaciones de Valdés, en nombre del César, formuló por escrito la creencias luteranas en la famosa conferencia de  Augsburgo (1532). De Valdés las leyó antes de presentarse a la dieta y halló “amargas e intolerables”  algunas proposiciones; luego la tradujo por orden de Carlos V al italiano. De esta obra se han hecho numerosas ediciones, siendo la última la de José F. Montesinos (Madrid 1928) con un erudito estudio bibliográfico. Otra obra notable de Alfonso es el “Diálogo de Mercurio y Caín”, que había sido atribuido a Juan y ha sido reimpreso varias veces. La patria conquense de Valdés ha quedado definitivamente esclarecida por el padre Zarco Cuevas, agustino, con la publicación del testamento de aquél, hecho en Viena el 5 de octubre de 1532, con el cual se confirma que el famoso secretario de Carlos V no fué otra cosa sino erasmista, sin llegar a las doctrinas luteranas, pues en el instituye mandas pías y ordena mil misas por su alma, manifestación terminante de sus creencias católicas.


Los extranjeros ponen a de Valdés a la cabeza de los reformistas españoles; Fermín Caballero vindica su ortodoxia y Menéndez y Pelayo le tiene por un fánatico erasmista, erasmiciorem Erasmo, que participó “de todos los errores de su maestro”. “El juicio”, añade, que de este informe se le considere católico (aunque nulo), ya como hereje debe aplicarse punto por punto, a Alfonso, que nunca vió más que por los ojos del humanista Roterdonense. Sin estar separados uno y otro pública y ostensiblemente del gremio de la iglesia, sostuvieron principios de disciplina y aún de dogmas incompatibles con lo ortodoxia, una y otra vez condenados, e hicieron cuanto en su mano estuvo por concitar los pueblos contra Roma, menoscabar, el prestigio de la dignidad pontificia y acelerar y favorecer los progresos de la Reforma.


Sino reformistas, “son padres y precursores de los reformistas, y bien hacen estos de contarlos entre los suyos”. Cejador después de copiar estos párrafos añade: “No fueron luteranos ni Erasmo ni Alfonso de Valdés, ni reformistas heterodoxos, sino reformadores dentro de la iglesia, aunque en el fragor del combate se saliesen  a veces de la razón y al criticar los desmanes  de clérigos y frailes generalizasen demasiado. El pueblo no podía escandalizarse de que les pintase la vida desarreglada que él mismo veía en tanta gente de iglesia.


Julio 1° de 1939.

LA BALANZA NÚM. 157.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado 

 

 
 

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