top of page
Joaquín Trincado

Beatriz Cenci

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 16 abr 2025
  • 12 Min. de lectura

Actualizado: hace 6 días



PRIMERA PARTE


Es otra de las víctimas que' parecen haber sido elegidas para demostrar a dónde conducen las virtudes y moral religiosa, puesto que no es más que el resultado del desenfreno de las pasiones, convirtiendo a sus representantes y sostenedores, excepto raras excepciones, en hombres retrógrados y aun desmoralizados que no ven obstáculo en relegar su dignidad cuando pueden halagar su ambición.


Beatriz Cenci era una joven de extraordinaria belleza que había nacido en Roma el año 1577. Su padre, Francisco Cenci, era un rico patricio romano, famoso por su perversidad e instintos feroces que le convirtieron en tirano hasta de sus propios hijos, siendo varias veces acusado por sus delitos, pero como con su inmensa fortuna compraba a sus jueces, se hacía por ellos declarar inocente. A tres de sus hijos, al llegar a la mayoría de edad, los expulsó de la casa paterna, abandonándolos sin recursos. Muerta su primera mujer volvió a casarse en segundas nupcias con Lucrecia Petrona.


Beatriz, que era una de sus hijos menores, cuando tenía catorce años de edad, fué llevada por su padre, que se había enamorado de su belleza, junto con su hermano menor, Bernardo, a su castillo de Rocca Petrella, feudo que poseía en el reino de Nápoles, haciendo a ambos víctimas del más repugnante sadismo. La joven que, a pesar de su corta edad, demostró poseer un carácter enérgico, resistió durante mucho tiempo a su padre que, para atemorizarla, la había encerrado en un inmundo calabozo donde la hizo sufrir hambre durante muchos días, hasta que, al fin, convencido que no conseguiría nada por ese medio, se abalanzó sobre ella, venciéndola por la fuerza bruta ante los ojos de su esposa, quien la incitó a sublevarse contra su padre, que continuó por algún tiempo haciéndola víctima de sus pasiones.


La joven elevó una súplica de amparo al papa Clemente VIII, pero el orgulloso pontífice que no retrocedía ante ningún delito como Gregorio VII, pues llegó a figurar en una confabulación para asesinar a la reina Isabel I de Inglaterra, pero que sobre todo se ha hecho famoso por sus luchas contra el austero rey Enrique IV de Navarra y Francia a quien tuvo la osadía de querer obligarlo a ir descalzo a Roma, sin sonrojarse siquiera al ver su impotencia de imponerse ante el "último rey de Francia".


Su Santidad rechazó el pedido de amparo de la niña, sin duda en atención a la gran fortuna del padre de la joven, porque cuando Francisco Cenci murió repentinamente a consecuencia de sus pasiones desenfrenadas, mandó Clemente VIII arrestar a Beatriz, sus hermanos Jacobo y Bernardo y su madrastra Lucrecia, bastando la falsa acusación de dos malevos que atestiguaban que Francisco Cenci había sido asesinado a instigación de Beatriz, para iniciar contra ella un inicuo proceso, durante el cual fué la joven sometida a los tormentos más crueles para arrancarla una confesión conveniente, pero viendo el pontífice que la joven sufría todos los vejámenes en silencio, pues no la pudieron arrancar ninguna palabra con que comprometerla, declaró a Beatriz convicta del delito de asesinato premeditado, condenándola a ser decapitada, conjuntamente con su hermano Jacobo y su madrastra, hecho que se llevó a cabo el 10 de septiembre del año 1599 en la plaza del puente de San Angelo.


Beatriz, que apenas contaba veintiún años de edad, a pesar de su horrendo martirio sufrido, marchó con una calma impresionante, que hablaba claro de su inocencia, desde la prisión hasta el lugar del suplicio. Y cuando investigaciones posteriores demostraron que la acusación había sido fraguada, revivió el recuerdo de la "hermosa parricida", Beatriz, en el alma del pueblo romano que la hizo su patrona y la perpetuó en sus cantos como una víctima de la supremacía religiosa.


La joven elevó una súplica de amparo al papa Clemente VIII, pero el orgulloso pontífice que no retrocedía ante ningún delito como Gregorio VII, pues llegó a figurar en una confabulación para asesinar a la reina Isabel I de Inglaterra, pero que sobre todo se ha hecho famoso por sus luchas contra el austero rey Enrique IV de Navarra y Francia a quien tuvo la osadía de querer obligarlo a ir descalzo a Roma, sin sonrojarse siquiera al ver su impotencia de imponerse ante el "último rey de Francia".


Su Santidad rechazó el pedido de amparo de la niña, sin duda en atención a la gran fortuna del padre de la joven, porque cuando Francisco Cenci murió repentinamente a consecuencia de sus pasiones desenfrenadas, mandó Clemente VIII arrestar a Beatriz, sus hermanos Jacobo y Bernardo y su madrastra Lucrecia, bastando la falsa acusación de dos malevos que atestiguaban que Francisco Cenci había sido asesinado a instigación de Beatriz, para iniciar contra ella un inicuo proceso, durante el cual fué la joven sometida a los tormentos más crueles para arrancarla una confesión conveniente, pero viendo el pontífice que la joven sufría todos los vejámenes en silencio, pues no la pudieron arrancar ninguna palabra con que comprometerla, declaró a Beatriz convicta del delito de asesinato premeditado, condenándola a ser decapitada, conjuntamente con su hermano Jacobo y su madrastra, hecho que se llevó a cabo el 10 de septiembre del año 1599 en la plaza del puente de San Angelo.


Beatriz, que apenas contaba veintiún años de edad, a pesar de su horrendo martirio sufrido, marchó con una calma impresionante, que hablaba claro de su inocencia, desde la prisión hasta el lugar del suplicio. Y cuando investigaciones posteriores demostraron que la acusación había sido fraguada, revivió el recuerdo de la "hermosa parricida", Beatriz, en el alma del pueblo romano que la hizo su patrona y la perpetuó en sus cantos como una víctima de la supremacía religiosa.


SEGUNDA PARTE


Cuántas virtudes y cuántos crímenes ha tejido la imaginación de los trovadores alrededor de esta infeliz mujer. Emocionante es la monstruosidad de la desmedida ambición humana que ha echado sus tentáculos en este caso, al igual que en todas las tragedias humanas que avergüenzan y empequeñecen a la humanidad misma.


Sin embargo, esta joven, sea cual fuera su carácter y su participación en los actos de que fué acusada, sirve el juicio que se le ha seguido y su suplicio como una prueba fehaciente de los tristes resultados a que conducen las pasiones que so pretexto de justicia han satisfecho individuos más dignos de vilipendio que aquellos a quienes quieren juzgar.


Si ninguna ideología en sí puede ser mala, entonces las religiones aún en su más tergiversada presentación tendría que ser una velada representación de la voluntad del Autor de la vida universal. Y como así lo interpretaron algunos individuos sencillos y honrados, aparecen personas que con verdadero concepto de la fe, suelen hacer buenas obras que luego servirán de escudo a los que extorsionan y se esfuerzan para preparar el terreno cada vez más propicio para el reinado de la sinrazón.


Desde luego, que si no existiera la malicia que introdujo las mixtificaciones en los principios que le habían de servir de base, podríamos asegurar que en todo el mundo no habían existido más que religiones benévolas, hasta el día de la emancipación humana, ya que no habrían tenido lugar de ser, actos que destruyan la fe en la verdad porque trajeron la confusión al consagrar crímenes


¿Pero de qué sirve todo lo tergiversado, puesto por los que se han divinizado al servicio del cultivo del desdoro y la venganza?


Es así que toda persona sensata al dialogar con la razón siente sus dudas pero no es vencida. El ruin escala posiciones y su valor se medirá por su descaro como hoy lo vemos en algunos déspotas que son aclamados y obedecidos por multitudes tan grandes, como los hay que ansían participar en las pasiones que roen sus pechos. El hombre hecho monstruo se eleva como una montaña de espuma que parece dejar pequeñitos a los que son gigantescos en sus virtudes. Pero no es el descarado que locamente expone su pecho a la bala o el puñal, ni su rostro a la bofetada o el escupitajo; la obra la ejecuta el cómplice entre el populacho que como la fiera huye de la luz y de la actividad y en las tinieblas de la noche pega la dentellada que ha de inocular el virus e infecta la noble y lo bueno… Así cayeron siempre los mártires en los patíbulos levantados por la innoble inconstancia popular.


Las pasiones más violentas en su efervescencia, más extrañas en su aparición, necesitan para tomar forma, recorrer un proceso, es decir, que para darles una triste forma es indispensable que aparezcan maestros que las cultiven; ese papel lo han desempeñado ocultándose tras lo más sagrado. Justamente como existe dentro del alma humana algo que es imperecedero y reluciente, pero que por la imperfección de la materia no ha podido en muchos, aparecer reluciente, buscó la materia refinada la construcción de un dique con verdades veladas que producirían el sentimentalismo para sobre ello edificar el castillo fantástico de las más deplorables consecuencias.


Ese fue el camino impreso a las amalgamas, simbolizan ellas un abismo sin fondo, pero la culpa mayor no es de los infelices que, enloquecidos por sus propios desmanes, terminó por descarrilarlos sin que por nada quieran oír la voz que suena en su interno y con lo cual podrían sujetar a los que se convierten en sus verdugos y que en sus horas de meditación y remembranza lo maldicen y culpan de su desgracia. Esta es la única defensa que podemos hacer en favor de las tristes figuras que dirigen la rebelión contra los destinos de la vida.


Desconsolador es el paso marcado por muchos pontífices de Roma, y no sería aún tanto por la crueldad y fanatismo que parecían propios de aquellos tiempos sino más porque a la sombra del Padre de la vida Universal, se hacía adorar como representante de un poder fantásticamente omnímodo que como ente sin sentimientos ni escrúpulos, buscaba abrirse paso para imperar y pisotear los fueros sagrados del Autor de todo lo grande. Si no existiera esa sublime legislación que marca la armonía en el universo infinito donde cada mundo es un paraíso desde el momento que sus agrestes bosques han sido transformados en un hermoso jardín bajo la acción del hombre al hacerse conciencia; si no existiese esa sublime legislación, repetimos, entonces resultaría hasta la más brutal imposición una obra de piedad, pues aún en tal caso, demostrarían poseer más amor y conciencia que el que señalan como dios maldiciente y vengativo. Pero lo amargo es que los que como tal se hacen adorar, son conscientes de que reverencian y hacen reverenciar sus propias pasiones…


Podríamos tomar los pontífices romanos del siglo quince como ejemplo, porque así corresponde a la biografía de que nos ocupamos, y también porque ese siglo es uno de los que han señalado rumbos más tristes en el camino del progreso espiritual. Si todo el mundo vivía atemorizado, quedaban aún restos del primitivo innatismo que esa iglesia se había propuesto apagar.


Para ilustrar haremos aquí una corta reseña de los papas que se sucedieron a partir de 1550 hasta 1599 en que fué decapitada Beatriz Cenci.


Julio III (1550–1555) practicaba amores amorales, en lo cual puso tal empeño y concedió tanta importancia, que admitió como tratado dogmático de su religión un poema escrito sobre este motivo por el arzobispo de Benevento, el reverendísimo Juan de la Casa.

Marcelo II (1555) solo fué pontífice durante un mes. Se dice que tenía buenos propósitos que no pudo llevar a la práctica.

Pablo IV (1555–1599) quiso restablecer la disciplina que había quedado muy relajada bajo el pontificado de sus infalibles antecesores. Con tal propósito restableció el tribunal de la Inquisición y procuró la ruina de la influencia española en Italia. Desde su juventud y hasta siendo cardenal predicó este santo varón el retiro y la pobreza, pero tan pronto llegó a papa desplegó tal fausto, magnificencia y ostentación que a su muerte se sublevó el pueblo que quemó su estatua y el tribunal inquisitorial. Su cadáver hubo de ser enterrado inmediatamente y en el mayor secreto para sustraerlo del oprobio que quiso hacerle víctima la indignada opinión pública.

Pío IV (1559–1566) no sólo perdonó todos los desmanes con que desahogó el pueblo su ira contra su santidad Pablo IV, sino que con el fin de atraerse la simpatía de sus súbditos formó un tribunal ante el cual arrastró a los cardenales y con la breve reseña hecha, se puede tener una idea del ambiente creado en aquellos tiempos.


La fortuna que poseía el padre de Beatriz Cenci para desgracia de sí mismo y de sus infortunados hijos, no era de lejana procedencia ni de adquisición, por decir, muy legítima.


Comenzó por el abuelo, quien en su cargo de tesorero de la Cámara Apostólica bajo el pontificado de Pío V, donde, imitando a su amo, quedaban entre sus manos fabulosos bienes. ¿Era, pues, de extrañar el proceder del fogoso Francisco Cenci, en ese ambiente donde los potentados extorsionaban casi impunemente al comercio y se creían dueños de vidas y bienes, bajo la disculpa de privilegios religiosos y civiles? Además era único heredero, llegando todos los bienes de su padre, íntegros a su poder.


Cegado por los ejemplos llegó a sobrepasar en descaro y audacia a los demás encumbrados del Estado Pontificio. Derrochador en el vicio y la perversión, escatimaba hasta la avaricia los gastos para lo que llamamos la decencia. En la alta sociedad comenzábase a murmurar de él y hasta solían acusarlo y perseguirlo; era demasiado descarado y nada disimulaba en los momentos necesarios. Francisco Cenci no lo hacía y aún más para sus víctimas no guardaba distinción. Esto ocasionaba que muchas veces era encarcelado, pero el desesperado estado financiero motivado por la desastrosa política llevada en el Estado Pontificio, hacía que el papa se mostrase generoso e indulgente cuando el preso ofrecía una fuerte suma de dinero.


Ni su casamiento, ni el nacimiento de numerosos hijos trajo variación alguna en su conducta, muy al contrario, debido a que los vástagos se burlaban de los excesos paternos comenzó a mostrarse hostil hacia ellos. Dos de sus hijos varones sucumbieron como efecto de sus excesos, y de sus dos hijas, al casarse la mayor, quedó sólo Beatriz al amparo de la potestad paterna.


Beatriz era una mujer hermosa, de carácter varonil, cuyo porte altanero encerraba una muda protesta contra la inconducta de su padre. Este, que después de haber perdido a su primera mujer, Ercilia Santacroce, y volvió a casarse en segundas nupcias con Lucrecia Petroni, no dejó de sentirse atraído hacia las hermosas formas de su hija, y temiendo un escándalo social si fuesen divulgados sus siniestros planes, desde que Beatriz no dejaba de ser festejada por encumbrados mancebos, resolvió retirarse al siniestro castillo de Rocca Petralla, el que más que una mansión señorial parecía una inmensa prisión. Allí llevó a su mujer, a Beatriz y al joven Bernardo, único hijo que no había abandonado el hogar paterno. Alegaba que tomaba esta medida para evitar su ruina financiera.


Francisco, que había quedado desfigurado por una terrible sarna, comenzó por dar un trato brutal a su hija, que a la sazón contaba con catorce años. Esta brutalidad tenía por fin intimidar a la niña a ceder ante sus infames propósitos. Beatriz, a pesar de su terrible angustia, mostrábase inflexible frente a los improperios de su padre. Enloquecido Francisco por la resistencia opuesta por su hija, la venció mediante la fuerza bruta. Algunos autores sostienen que Beatriz dió a luz un hijo; de ser cierto, habrá sido fruto de este ultraje.,


Al cabo de algunos años consiguió la desconsolada Beatriz, enviar una carta de súplica al papa Clemente VIII. El pontífice rechazó el pedido y la carta terminó por caer en manos de Francisco. Enfurecido volvió Rocca Petrella y dió tan brutal castigo a su hija que perdió todo control sobre sí misma y juró vengarse. Su madrastra, Lucrecia, que ya en varias oportunidades la había incitado a rebelarse contra el hombre monstruo, pues había sido testigo de los mayores vejámenes de que fué objeto su hijastra, le sugirió esta vez que eliminara a su padre, mediante el crimen, pues estaba convencida que la justicia pontificia no investigaría siguiera el atentado, pues el papa estaba enterado de todo.


El crimen tuvo lugar y el pueblo miraba con cariño a la “bella parricida”. Existía una ley según la cual eran confiscados los bienes de los patricios acusados de crimen. Unos truhanes, esperanzados de obtener como premio una parte de los bienes de los Cenci, pusieron en acción a los esbirros. Inútilmente trataron los acusados paralizar la investigación, pero siendo Clemente VIII inflexible en su decisión de apoderarse de los cuantiosos bienes, mandó torturar primero a unos villanos y luego a los mismos Cenci.


Todos declararon por el dolor, lo que se les ordenó decir, excepto la joven Beatriz quien a pesar de los horribles tormentos que algunas veces se prolongaron durante largas horas, sostenía sin vacilación su inocencia. Estaba convicta que su actitud no podía constituir delito ante los vejámenes sufridos, los que testimoniaba desde cuando fué rechazada su súplica de amparo. Estaba presa sin esperanza de poder huir ni de urgir nada para salvarla de una situación, que si la toleraba, la reduciría a un rango de miserable.


Inútilmente fue su heróico proceder que emocionaba a todos cuantos comprendían su actitud. El pueblo, ignorante de los siniestros resortes que movía el juicio, esperaba el indulto del papa Clemente VIII. Por eso presenciaron con ojos atónitos el ajusticiamiento de la familia Cenci, y cuando por fin Beatriz, quien a pesar de su sin igual suplicio conservaba su radiante belleza y su porte varonil, subía con paso firme los escalones del tablado donde esperaba el verdugo, no pudo ahogar la compacta multitud congregada en la plaza del puente de San Ángelo de Roma, un grito de emoción. Era una exclamación de protesta e indignación contra el que está a la sombra de un dios de clemencia.


La ejecución tuvo lugar el 10 de septiembre de 1599. Los “malos católicos” no pudieron reprimir la ternura del recuerdo del suplicio y por mucho tiempo se hicieron peregrinaciones a la tumba de Beatriz, demostración que Clemente VIII no se atrevió a reprimir.


Algo hay imperecedero dentro del hombre y ese algo habló a los romanos cuando la hicieron su patrona y la perpeturaron en sus cantos.


Beatriz simboliza a las mujeres que atadas como esclavas sin precio al carro de las pasiones de los individuos, son impotentes de hacer valer los medios que proporciona ese sentido del que vienen unidas las criaturas destinadas a ser compañeras del hombre. Su suplicio, recuerda a las infelices que vencidas por mil situaciones, son incapaces de guardar en sus pechos lo que es más sagrado para la mujer.

 

 

Mayo 15 de 1939.

LA BALANZA NÚM. 154.

 



Libro:Biografías de la Revista Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 
bottom of page