Bartolome Diaz
- EMEDELACU

- 16 abr 2025
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Actualizado: hace 6 días

Célebre navegante portugués, descubridor del Cabo de Buena Esperanza.
En los comienzos del siglo XV, cediendo ante las imperiosas necesidades de expandir el comercio y las industrias, avivado por algunos descubrimientos hechos por intrépidos marinos en la costa africana, surgió en Portugal el entusiasmo de explorar el entonces casi desconocido continente de África.
Viendo los estudios que se realizaban para emprender tan magna obra, tomó interés por ella la famosa "Orden de Cristo" (sucesora de la de los Templarios); sin detenernos en juzgar las verdaderas intenciones que pudiese abrigar, diremos simplemente que esta Orden, dueña de grandes riquezas, se manifestó dispuesta para sufragar los gastos de las primeras expediciones con la sola condición, según decían de "convertir infieles''.
Desde 1412 a 1484 ya se habían llevado a cabo varias expediciones, la última de las cuales había llegado más al sur de la desembocadura del río Congo.
En 1486 salió una nueva expedición a las órdenes del intrépido marino Bartolomé Díaz. Este gran descubridor unía a su ingenuidad e intrepidez grandes sentimientos humanitarios, virtud de que han carecido y carecen desgraciadamente tantos que bajo la sombra de la cruz pretenden ser portadores de la civilización. Díaz no sólo puso empeño en servir a su patria llevando a cabo la empresa de hallar países legendarios, sino que cuidó también de repatriar varios indígenas que a viva fuerza habían sido conducidos a Portugal durante expediciones anteriores, con lo cual no dejaba de contribuir en fomentar lazos de unión entre los habitantes de ambos continentes.
Los expedicionarios siguieron la costa occidental de África hasta el Cabo Negro (en la actual colonia portuguesa de Angola), donde poco antes se había detenido el explorador Diego Cam (1484). Desde allí comenzaron una serie de memorables descubrimientos. En el 240 de latitud Sur, en un punto inexplorado de la costa alcanzaron el pilar de demarcación en el paraje llamado Serra Parda. Dejando estos parajes y siguiendo adelante, tras cinco días de penosa navegación arribaron, por el 29°, a la bahía que llamaron Angra das Voltas. Avanzaron hacia el Sur durante trece días, y con gran sorpresa notaron, a medida que adelantaban, un descenso en la temperatura, y sintieron un frío bastante intenso.
Después de pasar el cabo de Buena Esperanza (que él llamó de las Tormentas) y el de Las Agujas, buscó Díaz tierra hacia el Este, pues según el prejuicio reinante se creía que la costa africana de Norte a Sur no tenía límite. No hallando lo que buscaba se dirigió hacia el Norte, y a su vista apareció la región que denominaron Angra das Vaccas porque veían a lo largo de la costa tribus de cafres que guardaban numerosos ganados. Las dos naves portuguesas tenían una carga de cincuenta toneladas, y con tan frágiles embarcaciones los atrevidos navegantes, sin perder de vista la costa, siguieron hasta el 33 40° de latitud, donde Díaz fijó un pilar con las armas de su patria, por lo que aquel punto tomó el nombre de Punta do Padrao. Bartolomé Díaz comprendió que había doblado el extremo sur del continente, desmintiendo así una fantasía fruto de la malicia. Lleno de esperanzas quiso continuar su exploración y buscar las regiones vagamente designadas con el nombre de "Tierras del Preste Juan''; el Preste Juan era un personaje alrededor del cual se habían tejido los más fantásticos relatos, pero podemos suponer que la leyenda se había tejido a raíz de alguna noticia difundida referente al antiguo imperio de la Etiopía.
Los proyectos del gran navegante se estrellaron empero contra la oposición de los tripulantes, que no querían ir más allá.
La idea generalizada en la edad media de la cuadratura de la tierra, es atribuida como creencia de los antiguos, lo que constituye un craso error, pues el hecho de que algún aberrado y pretendido astrónomo sentara esa hipótesis y que la iglesia católica lo incluyera luego entre sus dogmas, no puede desmentir de que los antiguos tenían conocimiento que la tierra era un mundo igual a esos innúmeros puntos luminosos que brillan en el firmamento. No sólo lo había sentado científicamente el filósofo griego Demócrito, sino que también lo sostenían algunas religiones, entre las que contamos a los Druidas. El temor despertado de poder llegar al límite de la Tierra no era pues más que efecto de una amenaza que revela claramente lo los motivos de su origen, y hecha la advertencia evitará por más tiempo el atribuir tal error a una simple concepción de la ignorancia de los antiguos.
Díaz, sin embargo, resolvió tomar solemne posesión del país, o, como en sus tiempos se decía, santificar su viaje erigiendo la cruz en aquellas regiones inexploradas, y para esta ceremonia eligió un islote de la costa que los ingleses más tarde denominaron Alagos Bay o Puerto Isabel. Plantó él mismo una cruz de madera hecha por el carpintero de su barco, y comulgó con sus compañeros al pie de este signo.
El recuerdo de un acto de violencia, al oponerse los naturales en una región de la costa oriental, indudablemente movido por motivos religiosos a que los expedicionarios se surtieran de agua, resultando en la refriega de un indígena muerto, hizo olvidar los actos pacíficos que habían favorecido los progresos de Díaz, y que contribuyó aún más para confundir a los aterrados tripulantes que terminaron por negarse a obedecer por más tiempo la orden del navegante de continuar la exploración.
Antes de emprender el viaje de regreso, reunió Díaz por última vez en consejo a los oficiales de los barcos y les expuso el deseo de los tripulantes, contrario al defendido por el jefe de la expedición; y cuando el consejo votó en sentido favorable a los marineros, el alma enérgica de Bartolomé Díaz no quiso aprobar con un consentimiento tácito lo que juzgaba una defección. Así lo hizo firmar a los oficiales el acta destinada a atestiguar la resolución que acababan de tomar, rehusando por tal medio la responsabilidad de las consecuencias de semejante medida. En el islote de la Cruz, al pie del signo que había elevado poco antes, resolvió Díaz definitivamente abandonar toda exploración. En el momento de la partida hubo en el alma del intrépido marino una de esas luchas cuya grandeza acaso no pueden comprender los que por ellas no han pasado.
Vuelto a su patria, ocupó este audaz, noble y desinteresado explorador, puestos secundarios hasta que en 1500 fue puesto nuevamente al frente de una expedición que marchó a las Indias, donde asistió al memorable descubrimiento del Brasil. Pero al alejarse nuevamente de las costas del Nuevo M Mundo, diezmó una violenta tempestad las naves expedicionarias, encontrando el gran navegante su tumba entre las olas (25 Mayo 1500).
Junio 15 de 1937.
LA BALANZA NÚM. 108.

Libro:Biografías de la Revista Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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