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Joaquín Trincado

Arístides

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 5 días
  • 21 min de lectura

ARÍSTIDES, uno de los generales y magistrados más famosos de la antigua Atenas, nació hacia el año 524 antes de Jesús. Pertenecía a la clase social más elevada, los Pentacosiomedimnos, y por ello desde su más tierna edad estuvo en situación de cultivar su sensible carácter con las medidas liberales de Clístenes.


No era la elocuencia ni un talento insuperable, dicen algunos de sus biógrafos, lo que distinguía a Arístides, sino la pureza de su moral, su rectitud, su abnegación e inviabilidad. En medio de la triste situación en que se debatía su patria, había de resaltar su actuación como un verdadero apóstol de las buenas costumbres para indicar a sus conciudadanos que no se debe olvidar el boato y la magnificencia de las luchas pasadas para imponer la gloria que había tocado a Grecia de abrir una etapa como cabeza de la civilización occidental, aun cuando las ambiciones y todo cuanto se inclina al desenfreno se encargaría de que ni él ni nadie evitara el cumplimiento de la terrible sentencia que los helenos habían atraído sobre sí mismos.


Si los diversos estados despóticos en que estaba dividida la Grecia hubieran colocado el amor a la patria por encima de sus intereses particulares y pequeños, su época de gloria no se hubiera reducido a los recuerdos de la historia, sino que indudablemente habrían alcanzado una perpetuidad hasta la unión fraternal de todos los hombres. Hacia esa finalidad luchaban los grandes hombres que surgían de todas las clases sociales.


Uno de éstos, Aristágoras, al saber de los preparativos del orgulloso Darío, rey de Persia, contra Grecia, concibió el plan sublime de encender en todos sus compatriotas un solo amor patrio y con ello obtener la unión. Consiguió en efecto, levantar en rebelión a los jonios que ya habían sido conquistados por el persa, luego, en súplica de ayuda, recorrió las distintas regiones de su patria solicitando una ayuda común, pero en todas partes fué recibido fríamente, pues los déspotas reinantes vieron en esta unión el término de sus lucros, abusos y desmanes y por ello mismo, preferían hacer el papel de patrioteros.


Sólo en Atenas halló ambiente debido a la influencia que prestaron algunos miembros de la Asamblea popular y que dió por resultado el envío de una pequeña escuadra de auxilio compuesta por 25 naves. Esas fuerzas reunidas eran demasiado reducidas para reconquistar la Jonia. Sin embargo, tuvo por resultado el demorar el avance de los persas.


Debía este acontecimiento haber servido como una advertencia para los griegos, pero no fué tomada en serio, pues en particular los tiranos de Esparta aprovechaban la circunstancia para imponer su hegemonía sobre sus vecinos.


Sólo en Atenas trabajaba un grupo de hombres ilustres para consolidar el régimen republicano sobre bases liberales, entre los que se distinguían Arístides y Xantipo, este último un familiar de Clístenes. Arístides, a pesar de hallarse aún casi al principio de su vida, era ya una de las más populares figuras de Atenas, pues por su recto proceder y sano juicio preferían los atenienses a él en vez del arconte, como juez en sus disputas. Fielmente seguía el rumbo que le indicaba su conciencia sin afectar lo que podrían decir de él sus amigos o enemigos y aun en muchas oportunidades gastaba su propio peculio en bien de sus conciudadanos.


A pesar de sus grandes dotes carecía de una oratoria brillante, la que por desgracia poseía otro miembro de la aristocracia ateniense, Temístocles. Éste, en contraposición a Arístides, era ingenioso y astuto, adquiriendo con sus sugestiones y facilidad de palabra una enorme popularidad, pues el pueblo no advertía que tras esa gallardía y persuasión se ocultaba un carácter venable y falto de verdadera conciencia.


Temístocles sostenía que el arte del canto y la poesía, de la que hablaba con desprecio, no le correspondía, y cuando durante una fiesta alguien le reprendió por este parecer, respondió sonriente: “Yo no se representar ni cantar, pero en su lugar conozco el arte de convertir un pueblo en grande y célebre”.


Mientras tanto, había llegado a Atenas el famoso Milcíades, quien luego de la derrota jónica volvía a su ciudad natal. Arístides y Xantipo, temían que el acaudalado militar intentara emplear sus tesoros y la gran obediencia que le prestaba la gente que traía en sus cuatro naves de guerra, para convertirse en tirano. Como antecedentes estaba acusado de haber empleado métodos en el Quersoneso de Tracia; sin embargo supo justificarse, pues se sometió como simple ciudadano a las disposiciones imperantes en Atenas.


Mientras Arístides y sus colaboradores se hallaban ocupados en borrar dentro de lo posible la influencia de la antigua tiranía mediante saludables innovaciones, se hacía sentir cada vez más inminente el peligro de una invasión de los persas.


Cuando Darío recibió la noticia del incendio de Sardes, durante la sublevación de los jonios, se limitó a preguntar quiénes eran los atenienses, y cuando quedó informado, tomó su arco, lo cargó con una flecha y tirando hacia arriba, exclamó: “Zeus, permitid que me vengue sobre los atenienses”. Preparó, por tanto, una fuerte escuadra de guerra y un poderoso ejército bajo la dirección de su yerno Mardonio. El principal instigador era sin embargo, Hipias, ex tirano de Atenas que a costa de la soberanía de su patria, ansiaba recuperar su cargo bajo el dominio persa. El ejército de Darío atravesó los Dardanelos, y casi sin oposición se sometieron todos los reinos de la Tracia a la soberanía persa. Pero cuando, a pesar de estos triunfos iniciales, le llegó a Mardonio la noticia que su escuadra de 300 naves en que transportaba otros 20,000 hombres, fué tragada por el mar durante una gran tormenta, no se atrevió a continuar la expedición y regresó a Persia.


Darío empero no se afligió por ello y emprendió personalmente una nueva expedición a Naxos. Se hacía preceder por heraldos que reclamaban tierra y agua como símbolo de obediencia pacífica de los estados griegos para con el soberano persa. Todos los pueblos helenos obedecieron, excepto Atenas y Esparta, que dieron muerte a los enviados. Al tener los atenienses noticias de que el poderoso ejército persa había acampado en las llanuras de Maratón, enviaron los diez estrategas entre los que se distinguían Arístides, Temístocles y Milcíades, un correo a Esparta (1 de septiembre 490 antes de Jesús), a fin de solicitar su ayuda contra el enemigo común. Estos accedieron, pero a condición de acudir sólo después de luna llena por ser así la costumbre espartana.


El gobierno de Atenas se veía por esta circunstancia en gran apuro, pues el ejército de Darío se componía de 100,000 soldados de infantería, 10,000 de caballería y 100,000 de marinería. Unos opinaban que convenía fortificar la ciudad, otros de intentar obstaculizar el camino a fin de retardar el avance de los persas hasta la llegada de los espartanos, y otros, en presentar batalla en campo abierto. Esta última idea era de Milcíades, que ampliaba su proposición con que la ciudad fuese defendida por ancianos y civiles que no poseían armadura, mientras que todos los demás hombres debían marchar al encuentro del enemigo.


El consejo de Milcíades era de gran peso, pues nadie podía poner en duda su talento militar, pues además era el único entre los atenienses que conocía a fondo la táctica guerrera de los persas. Arístides unió su opinión a la de Milcíades, pero otros estrategas temían que el presentar tal batalla a la enorme superioridad de los iranenses equivaldría a una empresa suicida, y que la derrota culminaría con la conquista de la ciudad.


Había empate, pues cinco estrategas estaban en favor de la batalla y cinco en contra, correspondiéndole entonces al polemarca Calímaco decidir en ambas opiniones. Este decidió en favor de Milcíades. En consecuencia marcharon 10,000 hoplitas al encuentro del inmenso ejército persa. La única ventaja que tenían los griegos era que sus tropas contaban con yelmos y escudos de metal, canilleras de hierro y largas lanzas, mientras que las armas principales de los persas sólo consistían en pequeños escudos, arcos y flechas. Estos estaban preparados para combatir a la distancia a fin de confundir al enemigo y rematarlo luego con el empleo de la caballería, mientras que los griegos estaban magníficamente adiestrados en la lucha de cuerpo a cuerpo.


Milcíades, que había asumido el mando supremo de las tropas, espiaba los movimientos de su adversario, y cuando el 11 de septiembre, en circunstancias en que estaba su ejército fortalecido con mil hoplitas plateos, vió que los persas se aprestaban para tomar la iniciativa, y sin darles tiempo a completar todos sus movimientos, se lanzó con un puñado de hombres a la ofensiva. El centro estaba bajo el mando de Arístides, el ala derecha bajo el de Calímaco y la izquierda bajo la dirección del jefe plateo. Mientras las flechas persas se estrellaban contra las armaduras griegas, se produjo con enorme empuje el choque de ambos ejércitos, y a pesar de su inferioridad en armamentos, oponía la infantería medo-persa, tal oposición que aún logró poner en gran apuro a las tropas de Arístides, pero como no pudieron detener el avance de las dos alas restantes, no tardó en cundir el más tremendo pánico entre los iranios. Todo esto se debía a la estrategia de Milcíades, pues los persas habían dejado, según su táctica, la caballería a la espera de la señal para entrar en batalla, y ésta sólo fué dada cuando la derrota estaba ya en su fase final.


En desesperada carrera alcanzaron los derrotados las naves y se hicieron a la vela, sin embargo no pudieron evitar que siete de éstas cayeran en manos de los griegos, como así también todo el parque y provisiones.


Los persas dejaron 6,400 muertos en el campo de batalla. Los griegos por su parte habían perdido al polemarca, dos estrategas y 192 hoplitas, más alrededor de mil heridos.


Milcíades no por ello descansó sobre sus laureles, y viendo que las naves fugitivas tomaban el rumbo de Atenas, comprendió que trataban de conquistar la indefensa ciudad. Por ello, luego de confiar a Arístides la delicada tarea de vigilar el botín iranio, marchó con el resto del ejército de regreso a la capital, frustrando así el plan de los persas, aun cuando la estratagema era de Hipias.


El homenaje que Milcíades recibió de la población de Atenas era enorme; fue saludado como salvador del país y recibió por ello poderes que le podrían servir de arma para realizar su sueño de convertirse en tirano. El humilde Arístides así lo preveía. Por suerte se le ocurrió a Milcíades buscar aún mayor popularidad con emprender una expedición hacia las Cícladas, donde cometió tales crueldades y abusos que descubrieron su verdadera personalidad, y que motivaron que en vez de amo de su patria, se viera despreciado, acusado y condenado a muerte.


Pero si había caído un engreído, otro se levantaba. Ya, mientras los atenienses cantaban a Milcíades como un ser divino, mostrábase Temístocles con aire sombrío, y cuando le preguntaron por su preocupación, contestó: “El festín del vencedor Milcíades me quita el sueño”. Ponía con ello de manifiesto el deseo de convertirse a cualquier costo en ídolo del pueblo.


Comenzó por advertir que los persas no abandonarían su empresa y que era por tanto menester hacer nuevos preparativos que consistían principalmente en una poderosa escuadra. En la forma en que proyectaba tripularla, ocultaba la táctica de asegurarse las simpatías de la última clase popular.


Arístides, que comprendía el peligro que aparejaba esta medida para la tranquilidad de la comuna, pues no le eran desconocidas las intenciones autocráticas de Temístocles, se opuso cuanto pudo a esta idea. Sostenía y con razón, que los grandes gastos bélicos no correspondían a un régimen democrático.


La nobleza apoyaba la opinión de Arístides, pero todo era inútil, pues la elocuencia de Temístocles se imponía en las asambleas populares. Su opinión era que había que aprovechar el momento, ahora que Atenas poseía inmensos tesoros. Su proyecto se convirtió en un hecho.


El populacho entusiasmado, afirmaba con creciente interés la autoridad de Temístocles. Pero los industriales y los comerciantes sobre quienes caían los exorbitantes impuestos que la construcción de la escuadra requería, se veían grandemente afectados. Temístocles por ello no se afligía y aún cuando se creyó bastante poderoso, provocó que se realizara un plebiscito, para decidir si el pueblo de Atenas prefería a Arístides o a él, pues consideraba que la comuna no podía tener simultáneamente dos jefes que no actuaban de común acuerdo.


En el invierno entre los años 484 y 483, se señaló el día destinado para el plebiscito. En gran número aparecían los partidarios y enemigos de Arístides y Temístocles, a fin de entregar las tejas en que escribirían el nombre del rival que aborrecían. Cuando en la plaza del Mercado se llevaba a cabo este juicio popular, un hombre de humilde condición, que no sabía escribir, pidió a Arístides que se hallaba a su lado que estampara en una teja su nombre; después de cumplir su deseo, le preguntó: “¿Qué daño te ha hecho Arístides?” “Ninguno – era la respuesta – ni siquiera le conozco pero en todas partes le llaman “el justiciero” y eso me irrita”.


Una vez contados los nombres escritos en las tejas, llevaban la mayoría el de Arístides, por lo cual quedó sentenciado, depuesto y desterrado. Lleno de una honda tristeza abandonó Atenas y cuando ya fuera de la ciudad echó una mirada para atrás, rogó a las divinidades que la adversidad jamás obligara al pueblo a tener que recordarlo.


El destierro era por diez años, y la resignación con que el desterrado aceptaba su suerte hablaba bien alto de la conveniencia de que el destierro le tocara a él y no a su contrincante, pues Temístocles en su lugar, no hubiera omitido medio para vengarse a expensas de la tranquilidad de su patria.


Temístocles tenía ahora las manos libres. Logró que se eligiera Gran Arconte, pues desde este cargo tenía la suficiente autoridad para llevar a cabo sus planes.


El recodo de Faleron, que hasta entonces constituía el puerto de Atenas, era pequeño e inadecuado, por lo tanto hizo construir otro gigantesco en Pireo, el que debidamente fortificado no sólo podía albergar la proyectada escuadra, sino aún servir de refugio a toda la población de la ciudad capital en caso de peligro. Dispuso además que cada ciudadano quedaba obligado a proveer la jarcia menor de un barco, elegir su tripulación y cuidar de su manutención. Ese cargo se le señalaba durante un año, y durante este tiempo llevaba el honroso título de triarca. Con esta medida, aún cuando significaba un gran sacrificio, logró halagar el orgullo de los pudientes, y por tanto atraerse la amistad de las clases aristocráticas, industriales y comerciantes.


Darío, que en una nueva expedición contra Grecia fué distraído por una sublevación en Egipto, falleció el año 485 antes de Jesús, siendo sucedido por su hijo Jerjes. Varios soberanos griegos ya destronados o deseosos de vengarse de sus connacionales, le incitaban para apresurar la conquista del país de los helenos. Para tal fin encargó a los fenicios y egipcios la colocación de dos puentes o pontones sobre los Dardanelos, construídos con 340 y 360 naves respectivamente. Ya todo estaba preparado para el paso cuando un furioso temporal destruyó estos pasos. El orgulloso persa estalló en ira; no sólo mandó decapitar a los constructores, sino que aún hizo azotar el mar con pesadas cadenas. Con cada latigazo pronunciaban los verdugos la siguiente sentencia: “A vosotras, aguas amargas, os impone nuestro amo este castigo, porque lo habéis ofendido sin que él os hiciera daño alguno. El rey Jerjes os cruzará, con o sin vuestro consentimiento; justicieramente no ofrendáis a nadie que no sea mediante un embate traicionero”.


Más de dos años transcurrieron en preparativos antes que el rey persa iniciara la marcha a través de la Tracia para atacar a Esparta y Atenas, a las cuales quería tomar incondicionalmente.


Temístocles había preparado a su pueblo para la guerra, pero a fin de asegurar la alianza con Esparta, ofreció a este país el mando supremo en la conducción de la guerra. Los espartanos, con el pretexto de los juegos olímpicos no enviaron más que 300 soldados, que en paso de Termópilas cosecharon fama mundial. Por una traición el paso fué tomado y los persas entraron en Atenas. La triste situación de los aliados se vería empeorada debido a que los jefes de las escuadras enviadas por los reinos del Peloponeso, estaban acobardados ante la enorme superioridad de las naves persas. Temístocles hacía inútiles esfuerzos para evitar el inminente desbande y el desperdicio de tan precioso tiempo. La desesperación iba ya apoderándose del orgulloso ateniense, cuando hacia medianoche fué avisado que alguien le esperaba fuera de la Asamblea. Esta persona era el humilde Arístides.


En esta hora aciaga – decía el recién llegado – tenemos el sagrado deber de demostrar quién de nosotros dos es capaz de ser más útil a su patria. Además, he venido hasta tí como testigo ocular para decir que cualquiera sean los proyectos que los peloponesios discuten para huir, es todo inútil, pues estamos completamente rodeados por el enemigo; volved a la Asamblea y comunicad mis observaciones”.


Temístocles tomó a Arístides de la mano y le llevó delante de los estrategas peloponesios, mientras le decía: “Venid, comunicadlo tú mismo; nadie creería en mis palabras”. Arístides habló y apoyado en sus palabras por un comandante de una nave de Tenos que se había pasado a los griegos, les impulsó nuevo coraje y pudo moverlos a librar la batalla naval que tan desastrosa resultaría para la escuadra persa. Él mismo en persona se puso al frente de los hoplitas. Jerjes, afectado por tal desastre, quedó completamente desalentado y renunció a continuar dirigiendo personalmente la conquista. Luego de encomendar a su general, Mardonio, a permanecer en Tesalia al frente de 260,000 hombres y reanudar en la primavera siguiente la guerra, regresó él mismo con el resto del ejército a Persia. Temístocles, queriendo asegurarse la simpatía del rey enemigo, le envió en secreto su esclavo Sicino, quien le habló de esta manera: “Me envía Temístocles, el general de los atenienses; con la intención de haceros un servicio, se ha opuesto a que los helenos persiguieran a vuestras naves en su huída y que destruyeran vuestros puentes sobre el Helesponto. Podéis regresar, pues, sin inquietudes”. Lo extraño del caso es que Temístocles fué justamente el principal partidario de la persecución y la destrucción de los puentes, lo que no se llevó a cabo por los vigorosos reparos que opuso en su cargo de comandante en jefe de los aliados, el general espartano Euribíades.


La ley de las compensaciones no se dejó empero esperar, pues el ansia con que Temístocles y los demás jefes militares se disputaban el primer premio de honor, les hizo empequeñecer ante la opinión popular; llegóse, además, a comprobar que Temístocles había cometido extorsiones en una expedición que hizo a las islas Cícladas. Frente a estas ambiciones desmedidas, se destacaba la honradez e inviabilidad de Arístides; el homenaje que le tributó el pueblo fué magnánimo, como si con ello quisiera borrar la injusticia que antes había permitido contra él. Y cuando al año siguiente (480) se realizó la elección de estrategas, fué Temístocles desplazado por Arístides y Xantipo.


Mardonio permanecía mientras tanto en la Ática, donde esperaba los refuerzos que Jerjes le mandaba desde Tracia bajo el mando del general Artabazo. Este jefe se vió obligado a permanecer un tiempo en la Tracia con sus 60,000 soldados, a fin de sofocar la revuelta que había estallado en varias ciudades. Mientras tanto, resolvió Mardonio mediante una hábil política desunir a los helenos, para lo que contó con el rey Alejandro de Macedonia, quien marchó en persona a Atenas para sugerir una alianza con Persia contra Esparta, ya que los espartanos por su incumplimiento, se habían mostrado tan inamistosos con Atenas. Aquellos supieron, sin embargo, a tiempo del asunto y enviaron inmediatamente una delegación que presenció la exposición de Alejandro.


Los espartanos, cuando el rey terminó de hablar, advirtieron a Atenas que un tirano intercedía aquí por otro tirano, por lo cual no debían los atenienses dejarse convencer por Alejandro, ya que los bárbaros no entienden de honradez ni fidelidad. Ofrecieron además apoyar activamente a su aliada Atenas, durante todo el tiempo que durara la guerra, velando por sus mujeres e hijos.


La asamblea, bajo la dirección de Arístides, declaró a su vez que jamás firmaría un tratado con Jerjes en perjuicio de ningún estado heleno y que la sola preocupación de los espartanos ya era una ofensa hecha a la rectitud y nobleza demostrada por Atenas, pidiendo a la vez que Esparta enviara cuanto antes tropas hacia Ática a fin de colaborar en la campaña contra Mardonio.


Con grandes protestas de amistad juraron los delegados espartanos cumplir todas sus promesas, pero no eran más que meras adulaciones, porque si en Atenas gobernaba un régimen democrático con Arístides y Xantipo, imperaba la nobleza autocrática en Esparta.

En julio del año 479 antes de Jesús, llegó la noticia que Mardonio, cuyo ejército aumentó con las tropas de refuerzo a 360,000 hombres, había iniciado la marcha sobre Atenas, y también que los espartanos, lejos de cumplir su compromiso, habían disuelto su ejército. En medio de una inmensa consternación general se envió una comisión a Esparta a fin de recordarle sus promesas. Todo fué en vano, no recibían más que respuestas esquivas y cuando finalmente Cimón y Mirónides les obligaron a concretar, dijeron que según costumbre no podrían enviar tropa alguna antes de la celebración de una de sus fiestas religiosas y que requería aún algún tiempo.


Casualmente se encontraba en Esparta Cileo de Tegea, un hombre muy reconocido por su sabiduría, quien recalcó de tal modo la impotencia de defenderse Esparta aisladamente contra Mardonio, que aún aquella misma noche se pusieron en marcha 30,000 hoplitas y 10,000 esclavos espartacos, y al saberlo los demás estados griegos contribuyeron con un ejército auxiliar de 30,000 hoplitas, 20,000 esclavos y 40,000 ilotas armados de hondas; al pasar por Atenas se unió a ellos Arístides al frente de 8,000 hoplitas y 800 arqueros.


Con escasamente 110,000 hombres habían los griegos de hacer frente al enorme ejército del temido general persa. A esa inferioridad había que agregar la indiferencia y la cobardía del jefe espartano Pausanias. Si éste hubiera tenido el afán de batir a un enemigo común, tal vez le hubiera sido fácil cubrirse de gloria, pues los iranios que saqueaban la Ática se hallaban desventajosamente dispersos en una región montañosa. Pero a fin de demostrar su mala gana, hacía avanzar sus ejércitos con la mayor lentitud posible, lo que aprovechó su enemigo para tomar posiciones. Finalmente, al cabo de seis semanas llegó al límite de la región montañosa, donde se detuvo. Frente a él se extendían las llanuras de Beocia, donde le esperaba Mardonio.


El jefe persa comenzó a incomodar seriamente a los hoplitas de Megara que pidieron ser relevados. Por propia iniciativa se ofreció Arístides a ocupar el puesto con 300 de sus hombres, que no sólo hicieron honrosa resistencia, sino que aún obtuvieron una brillante victoria. Ésta acción aislada convenció a Mardonio que la inactividad de los griegos restantes se debía a la cobardía del jefe espartano, por ello colocó frente a las tropas de Esparta las suyas escogidas, mientras que las reservas daban frente a los atenienses. Asustado Pausanias y sin preocuparse de que manchaba la honra de su patria, dispuso que Arístides con su gente ocupara el lugar de los espartanos. Mardonio a su vez cambió también el orden de sus contingentes. Abiertamente puso Pausanias de manifiesto su temor y apenas observó el movimiento persa cuando ordenó que las tropas volvieran a su primer estado, movimiento estratégico que fué también imitado por los persas.


Mardonio, cansado ya de tanto esperar, inutilizó la fuente Gargafia que proveía a los griegos de agua potable, sin que los espartanos que se hallaban en sus inmediaciones se atrevieran a impedirlo.


Arístides, viendo el desánimo que la indecisión del jefe ocasionaba entre sus tropas, instó inútilmente que Pausanias tomara la ofensiva. El cobarde espartano no resolvió otra cosa que el alterar nuevamente la posición de su ejército durante la noche. La madrugada sorprendió a Arístides cumpliendo esta orden. Mardonio al ver abandonada la posición ocupada antes por los atenienses, creyó que habían huido y ordenó una ofensiva general a fin de exterminar a los fugitivos. La medida podía haber sido acertada, pues Pausanias aún quiso apelar a una imprudente retirada que habría sido la perdición del ejército heleno. Nuevamente fué el abnegado Arístides quien con tanto patriotismo instó a la batalla que el espartano hubo de ceder, y virtualmente bajo la dirección del ateniense comenzó la terrible y desigual lucha.


Sentado en su magnífico caballo gris encabezaba Mardonio en persona a sus guerreros, cuando una pedrada en la cabeza le hirió de muerte. Al ver caer a su jefe desbandáronse los persas sin que su segundo jefe, Artabazo, fuese capaz de sujetarlos para continuar la lucha. Arístides se arrojó entonces sobre los griegos de Macedonia, Tesalia, Fócida, Lócrida y otras regiones que habían hecho causa común con el invasor, haciendo huir a todos batidos y avergonzados.


Solo quedaban las alturas de Asopo que los persas habían fortificado y donde guardaban su parque y provisiones. Nuevamente fué Arístides quien tomó la iniciativa de ataque. Seguido de los espartanos y otras tropas aliadas asaltaron esta fortaleza donde continuó la matanza pues Pausanias viéndose vencedor ordenó que no se tomaran prisioneros. Se dice que más de 100,000 iranios fueron masacrados.


Cuando después de la batalla contemplaron los griegos las sugestivas harenes de los jefes persas, sus deslumbrantes carpas, la inmensidad de carros repletos de copas, platos, y otros utensilios de oro, entonces se preguntaron asombrados por qué hombres tan colmados de riquezas pudieran tener interés en subyugar a la pobre y exhausta Grecia.


Esta batalla de Platea, así llamada por haber ocurrido cerca del poblado de este nombre, y el triunfo naval de Leotíquidas sobre los iranios en Micale, puso fin a los planes de conquista de los persas en el país de los helenos. Sin embargo no puede menos que llamar la atención que la despótica Esparta que con algunos hechos de armas se había hecho conceptuar como símbolo del valor viril, frente al verdadero peligro se mostró vergonzosamente traidora y desleal, mientras que en la democrática Atenas con Arístides a la cabeza y un puñado de colaboradores abnegados, se había encarnado el verdadero peligro se mostró vergonzosamente traidora y desleal, mientras que en la democrática Atenas con Arístides a la cabeza y un puñado de colaboradores abnegados, se había encarnado el verdadero espíritu griego.


La gloria de Arístides había llegado a su apogeo en Atenas; virtualmente todo el pueblo le propuso a unanimidad para el cargo de arconte (478). Su rectitud y fidelidad quedaban inalterables en todas las circunstancias, así también para con sus más envidiosos enemigos, entre los que se hallaba Temístocles, a quienes brindaba ejemplar hidalguía de saber olvidar las injurias recibidas. Cuando Temístocles solicitó mayores derechos para la última clase popular, apoyó a Arístides con gran entusiasmo el proyecto y consiguió que se considerara la moral individual como única credencial para que las personas de todas las clases sociales tuvieran derecho a los más altos cargos públicos, incluso el arcontado. También le apoyó en sus planes de fortificar Atenas, y cuando los demás pueblos griegos, movidos por la envidia trataron de evitarlo, discurrieron ambos una trama para distraer a los espartanos que a mano armada se disponían a evitar la construcción de las murallas y torres. En una misión especial oficial marcharon a Esparta para entretenerlos, y recién cuando recibieron la noticia de que las fortificaciones habían sido terminadas, se disculparon diciendo que nada pudieron contra la voluntad soberana del pueblo.


La nobleza espartana, empeñada en mantener su primacía sobre los demás estados griegos, comenzó a predicar una nueva campaña contra Tesalia para castigar a sus habitantes tildados de ser amigos de los persas. Una poderosa escuadra combinada, al mando de Pausanias se puso en marcha el año 476 en dirección a la isla de Chipre. Arístides dirigía las treinta naves con que contribuía Atenas. Tomada esta isla marcharon a Bizancio, último baluarte europeo que aún se hallaba bajo el dominio de Jerjes. Los personas creyendo imposible que los griegos se atrevieran a atacar una ciudad tan poderosamente fortificada, habían omitido tomar medida alguna, de modo que cuando se produjo el inesperado sitio no tardó en producirse en sus filas la mayor confusión que les obligó a rendirse. Pero si la fama de Esparta se había puesto con esto una vez más en todos los labios, también concibió el espartano Pausanias una nueva traición, pues sabiendo que su nombre pesaría en el ánimo del rey persa, envió secretamente Jerjes una carta concebida en estos términos:


“Pausanias, comandante espartano, quien apresó a esta gente (se refería a los iranios rendidos en Bizancio), ha dispuesto hacerlos regresar a vuestro dominio a fin de prestaros un servicio. Yo estoy dispuesto, si es de vuestro agrado, para casar con vuestra hija y comprometerme a colocar tanto a Esparta como la Grecia restante bajo vuestro cetro. Con vuestra ayuda me considero capaz de llevar a cabo este plan. Si es que os place haced que un hombre de confianza me entreviste para permitirnos entablar relaciones más concretas.


Jerjes, estupefacto por tamaño ofrecimiento envió inmediatamente al general Artabazo, portador de una carta real que decía así:


“Esto dice el rey Jerjes a Pausanias: Vuestra noble conducta de salvar a mi gente allende el mar, en Bizancio, le ha merecido para mí y los míos una gratitud eterna; la propuesta es aceptable. Por tanto, no perdáis el tiempo en la ejecución de vuestra promesa, ni reparéis en gastos ni en medios, pues podemos sobrellevar todas las dificultades con Artabazo, mi enviado de confianza, para conducir los hechos por un camino ventajoso para ambos”.


Pausanias preparaba todas sus tramas dentro del mayor silencio, aunque no tardó en delatarse, pues comenzó a rodearse de un lujo y usar unos modales propios de los persas. Las diversas escuadras griegas optaron entonces en agruparse alrededor de Arístides que tenía conquistado todo su afecto, de modo que cuando Esparta envió un relevante, se encontró con que el gran patriota ateniense había sido proclamado unánimemente como jefe supremo de la escuadra. Este propuso entonces que todas las islas y ciudades jónicas contribuyeran en la manutención de una escuadra unida y la creación de un tesoro común. Y tan grande era el prestigio de Arístides que no sólo aceptaron su proyecto, sino que aún encomendaron a él su organización, estipular las cuotas, con que debía contribuir cada pueblo y guardar el tesoro, que él depositó en el templo de Apolo.


De este modo procuró colocar las bases para la unidad de los griegos. Y mientras Arístides exteriorizaba tan sinceramente su afán de afianzar la grandeza de su patria, trabajaba Pausanias para traicionarla. Llamado Esparta para justificarse, logró liberarse gracias al poderoso partido que le apoyaba, regresando a Bizancio. Ya estaban casi todos los pasos dados para firmar el infame pacto con Artabazo, sólo una última carta esperaba el general persa, cuando el esclavo que la debía llevar observó que ninguno de cuantos llevaron las misivas anteriores habían regresado. Violó la correspondencia confiada a su cuidado y leyó horrorizado que Pausanias encomendaba a Artabazo dar muerte al conductor de la misiva. El esclavo, temiendo por su vida, delató la traición a su amo y aún logró mediante un ardid que este mismo lo confesara. Viéndose perseguido, buscó su salvación en el templo de Atenas de donde no podía ser sacado a viva fuerza, pero fué emparedado acabando el hombre con su vida. Una guardia que le vigilaba desde arriba, pues el techo había sido quitado del templo, esperó tranquilamente hasta que entró en agonía, entonces entraron en el edificio y retiraron pacíficamente al moribundo en medio de un desprecio general.


La sentencia ejecutada contra el traidor espartano, también puso en cuidado a la población de Atenas para auscultar la honestidad de sus gobernantes; así mientras honraban a Arístides como el hombre más noble del país, acusaban a Temístocles como un traidor archimentiroso y vendido. Se había llegado a saber de nuevas exacciones por él impuestas en Salamina, como así también medidas secretas para imponer la hegemonía de Atenas en perjuicio de los demás estados. Además, entre los documentos de Pausanias se hallaron cartas que demostraban que Temístocles tenía conocimiento de la traición de aquél. Viéndose acusado como enemigo de la patria huyó a diversos lugares, siempre perseguido por sus acusadores, y finalmente a Persia, donde fué coronado rey vasallo de Magnesia, hasta que murió por el año 449 en circunstancias que preparaba una expedición persa destinada a intentar una nueva conquista de Grecia, su patria.


Arístides, en cambio, respetado por todos, conservó hasta su muerte el cargo de tesorero general de Grecia, mostrando una severa integridad.


Se ignora la fecha de su muerte de este preclaro ciudadano, aún cuando se supone haya sido el año 468 antes de Jesús, lo cierto es que al fallecer quedó tan pobre que el Estado hubo de costear sus funerales y cuidar de sus deudos.


Este desinterés hacía un singular contraste con el egoísmo de Temístocles, quien comenzando su carrera casi sin medios, dejó inmensos bienes cuando huyó de Atenas.


Sólo el día de su desaparición tuvieron todos los atenienses, cabal cuenta de cuán virtuoso había sido el abnegado Arístides, que manejando los grandes tesoros públicos no tuvo otro concepto que responder honradamente a la confianza que en él se había depositado, y contribuir de hecho al bienestar de su patria.

 

1° y 15 de Agosto de 1942.

BALANZA NÚMS. 230 Y 231


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

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