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Joaquín Trincado

Apolonio de Tiana

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 18 feb
  • 3 Min. de lectura

APOLONIO DE TIANA: Fue un filósofo que nació cuatro años antes que Jesús en una aldea de Capadocio. Era descendiente de los fundadores del pueblo de su nacimiento.


A los catorce años fue llevado a estudiar retórica con Eutidemo, en Tarso, pero pronto se sintió repugnado por la relajación de las costumbres.

 

A ejemplo de Pitágoras, sólo se alimentaba de legumbres y se abstenía del vino y de las mujeres. Sus costumbres y su lenguaje hicieron buena impresión en el vulgo y no tardó en verse con numerosos discípulos.

 

En Siria, en Efeso, en Esmirna, en Corinto, en Atenas y en muchas otras poblaciones le tomaron como un maestro, corrigiendo las costumbres y predicando las virtudes y la reforma de todos los abusos.

 

En Roma, a donde dijo que iba para ver qué clase de animal era un tirano, criticó  las costumbres y condenó el uso de los baños públicos, hasta aseguró que hizo milagros. Dícese que al pasar por delante de él, el entierro de una joven perteneciente a una familia consular, Apolonio se acercó al féretro pronunciando unas frases místicas y la joven se levantó y fué por su pie a casa de sus padres, quienes le ofrecieron una fuerte suma de dinero que él no aceptó.

 

Otro día que la gente espantada miraba un eclipse de sol, Apolonio mirando al cielo dijo: “Algo grande sucederá y no sucederá”. A los pocos días cayó un rayo en el palacio de Nerón y derribó la copa que el emperador tenía en la mano, el pueblo creyó ver en aquello el cumplimiento de la profecía de Apolonio.

 

Vespasiano lo miraba como hombre divino y le pedía consejo.

 

En ocasión que Nerón había cantado en los juegos públicos, Tigelino preguntó a Apolonio su opinión sobre el emperador a lo que el filósofo respondió: “Le hago mucho más favor que tu, que lo crees digno de cantar; yo de callarse”.

 

El rey de Babilonia pidióle un medio de reinar con tranquilidad y Apolonio le contestó: “Ten muchos amigos y pocos confidentes”.


Aquel mismo rey le preguntó a Apolonio como podría castigar a cierto esclavo a quien había sorprendido con su favorita: “Dejándole la vida”. Como el rey le demostrara su sorpresa él añadió: “Viviendo sin amor será el mayor suplicio”.

 

Sus mismos discípulos le menguaron atribuyéndole hechos que le presentaron como un impostor y le colocaron a la altura de cualquier embaucador.


Uno de los compañeros de Apolonio llamado Damis escribió su biografía. En sus escritos auténticos se conserva la “Apología”.

 

Quiso ser admitido en los misterios de Eleusis, pero se le trató de mago y se le prohibió la entrada en ellos.

 

En el reinado de Domiciano, Apolonio fué acusado de magia, y encerrado en un calabozo. Le cortaron el pelo y la barba y le cargaron de grillos y cadenas. Fué desterrado después por el mismo emperador y murió al poco tiempo. Todas esas persecuciones no fueron obstáculo para que a su muerte se le hicieran honores divinos y se le erigieran estatuas. Tiana le dedicó un templo y obtuvo en su memoria el título de ciudad sagrada, lo que le daba el derecho de elegir magistrados. 

 

Rodas, Efeso y la Isla de Creta se disputan el poseer su tumba.


Se asegura que el emperador Alejandro Severo tenía en su oratorio el retrato de Apolonio entre los retratos de Jesús, Abraham y Orfeo.

 

Vapisco en la “Vida de Aurelio”, dice que debe de honrársele como ser superior a la humanidad y añade que hizo cosas que sobrepujan el límite de las facultades humanas.

 

La reputación de Apolonio se mantuvo viva hasta el siglo 5° aún entre los mismos crisianos.


Sidmio Apolinar, obispo de Auvernia, tradujo la vida del filósofo escrita por Philotrasto. El obispo hizo su traducción sobre el ejemplar más correcto y con una carta ensalzando las virtudes del filósofo, lo remitió a León, ministro del rey de los visigodos diciendo que habría sido perfecto si se hubiera hecho cristiano[1]

 

Diciembre 1° de 1937. 

LA BALANZA NÚM. 119.

[1] ¡Y existen tantas perfecciones fuera de la cristiandad!


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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