Alejandro Nicola Jewitch
- EMEDELACU

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ALEJANDRO NICOLA JEWITCH, nació en Moscú el día 29 de abril de 1818, siendo sus padres el entonces príncipe heredero Nicolás Pawlowitch (después Nicolás I) y la princesa Luisa Carlota de Prusia, quien tomó los nombres de Alejandra Feodorowna luego de ingresar en la iglesia ortodoxa.
Complicada y ardua es la tarea de escribir la biografía de un soberano por la manera cómo la sociedad considera a los individuos, según les haya concedido privilegios y adulaciones para luego gestar a su sombra todas las intrigas que les sugiera las ambiciones y la codicia, con su triste carga de odios y venganzas. Ello ha hecho verter tantas lágrimas amargas, ha torcido tantos derroteros y fracasado muchos buenos propósitos y nobles iniciativas en hombres que debían haber merecido mejor suerte y consideración. Es por esto mismo que algunos de los tildados tiranos no habrían sido tan malos si la adulación de una multitud de exaltados no les hubiese levantado como pendón y ellos dejándose arrastrar por el enredado ambiente de la reacción arbitraria, para terminar por identificarse con ellos.
Es cierto que no son los propósitos sino las obras que hacen al hombre y de los cuales ha de responder, pero si la ley obliga a la reivindicación impulsando muchas veces a los mismos abusadores a asumir en una nueva etapa de la vida universal la jefatura de movimientos tendientes a combatir principios que ellos mismos en otra época habían implantado o sostenido, nos dirá lo difícil de la tarea a emprender, porque el ambiente forzosamente ha de incitar a errar de nuevo, y casi siempre por esta imposición de manejos ocultos guiados por determinadas instituciones que se tomaron la libertad de estudiar no sólo los errores humanos sino también la forma de explotarlos, han creado de este modo un arma que realmente son pocos los valientes que han sabido hacerle frente de lleno sin caer en la trampa que se les había preparado.
La época en que nacía Alejandro Nicola Jewitch era de intensa lucha, pues a pesar de todas las medidas practicadas por los feudatarios a fin de secular la imposición de su código, veíase seriamente amenazada por un giro en la opinión pública, no tanto por la tan cacareada revolución francesa, que a su vez no fué más que un nido de crímenes y horrores, sino por la llegada de un precursor, Napoleón I, a quien hubiéramos sin embargo podido considerar como un simple y corriente usurpador del poder de no haber protestado los protocolos del servilismo, con lo cual se acarreó el odio de sus sostenedores.
Si se había logrado apagar para siempre las piras inquisitoriales, fueron reemplazadas por ideas más siniestras aún y que se gestaron en una singular asamblea que ha pasado a la historia con el nombre de “Santa Alianza” donde el absolutismo era el supremo pensamiento. Pero decir absolutismo no significa abarcar su concepto, pues ello lo tienen reservado sus participantes, pero de sus alcances nos dará una idea el hecho de que años más tarde pudieron aparecer hombres que tuvieron la audacia de proclamarse “infalibles”. ¿Por qué no lo habían hecho antes? La historia nos responde con miles de hechos que demuestran que sólo los mandatos de la ley de la vida son imperecederos e inconmovibles; todo de cuanto de ella se aparta tiene vida efímera y germina sólo en su ambiente y en camino forzado.
Alejandro Nicola Jewitch no pudo menos que ver de cerca los acontecimientos que se desarrollaron en la sociedad a la que pertenecía. Debió llegar pues a comprender que cuando su tío, Alejandro I, siendo emperador abandonó a su suerte al pueblo griego, era sin otro motivo que el temor de que triunfando la liberalidad helena sobre sus opresores otomanos, pudiera contagiar a sus propios súbditos, y esto principalmente bajo la presión de los acomodados que le rodeaban. Queriendo o no había de presenciar las confabulaciones de los mismos que veían en la libertad del pensamiento al enemigo común, pero que a la vez conspiraban ocultamente los unos contra los otros como si el escenario de la política no fuese más que una tabla de ajedrez y sus pueblos simples piezas del juego. Pero veía por el otro lado a los humildes con sus penas, sus vicios y sus miserias; solían levantarse protestas sin concepto de justicia; hablando de sus pesares a los que oponían derechos que no corresponden a sus pensamientos pues encerraban más de una vez propósitos inconfesables, unos sedientos de represalias y venganzas, otros ansiosos de delatar por un “jornal de Judas” a cualquiera que propusiera hacer algo en favor de la moral popular.
Tenía siete años cuando falleció su tío Alejandro I, víctima de una fiebre endémica en Taganrog (1° de diciembre de 1825) a donde había ido a pasar el invierno debido a que la delicada salud de su esposa María de Wurtemberg no podía resistir el crudo invierno de San Petersburgo. Como no tenía hijos, recayó el trono en su hermano inmediato Constantino Pawlovich, quien a pesar de que había renunciado hacía varios años (14 de diciembre de 1822) a la sucesión a raíz de su casamiento morganático con la polaca Juana Grundzisja, a la que amaba, fué proclamado emperador por voluntad popular a la que se asoció el pueblo polaco. Constantino que era rey de Polonia insistió en la renuncia en favor de su hermano menor Nicolás Pawlovich, declarando que creía no poseer el talento, la capacidad, ni la energía necesarias para regir a tan dilatado imperio. Su hermano Nicolás no se atrevió por varios días a aceptar el trono ante la agitación que el acontecimiento produjo. Y aún cuando tomó el paso creyendo tranquilizado el ambiente hubo de hacer frente a una formidable insurrección militar.
Desde el instante en que Nicolás se colocó la corona imperial, convirtióse Alejandro Nicola Jewitch en príncipe heredero. Confiada su educación al poeta Schukowsky, se inició en el triste ambiente de subyugación que dominaba en su patria por falta de una sólida cultura. El continuo temor de que cualquier acontecimiento pudiera cambiar la opinión pública, la eterna ansia de triunfar por la patraña, los ardides de extender su propia influencia en detrimento de los países vecinos y cuya víctima del momento lo era el decadente sultanato de Turquía, no eran en realidad más que auto mortificaciones que se imponían quienes manejaban las riendas del poder.
Los resultados de esta última política fueron la guerra de Crimea, pues el sultán Abdulmeyid apoyado por Francia y Gran Bretaña resistió la exigencia del Zar que reclamaba el protectorado para todas las poblaciones que profesaran la religión griega. Los reveses que sufrían sus armas en la península mencionada a consecuencia de la desesperada resistencia de los turcos, minaron la salud de Nicolás I, que falleció víctima de una afección pulmonar descuidada (2 de marzo de 1855).
Alejandro Nicola Jewitch, el mayor de los 17 hijos dejados por su padre, tomando el nombre de Alejandro II, hubo de ceñirse la corona en tan trágicas circunstancias.
En persona se dirigió al escenario del conflicto y a pesar de que continuaban los reveses de sus ejércitos en esta terrible masacre – cuyas peripecias adicionales, el riguroso invierno y las epidemias, conmovieron a todo el mundo, pues fueron inmolados cerca de un millón de vidas humanas – negóse el emperador a firmar la paz hasta tanto no hubo conseguido alguna ventaja sobre sus enemigos, como la toma de Karts, o un episodio glorioso, como la evacuación de Sebastopol.
Restablecida la paz, dedicóse a contemplar el panorama interno de su patria, que era harto triste en medio de un sistema estrictamente feudal. Resultaría verdaderamente singular que un hombre educado para ver la vida social desde un punto completamente parcial fuese capaz de procurar cercenarlo si no fuera notorio que la ley de la vida universal vibra en todas las moléculas existentes imponiéndoles obediencia y respeto.
Con fecha 19 de febrero de 1861 firmó Alejandro II el emocionante decreto por el cual abolía el servilismo y decretaba la libertad de pensamiento. Un grito de entusiasmo se difundió a través de todo el imperio. De todas las bocas de los oprimidos salía como una bendición el nombre del gran soberano que proyectaba poner fin a sus penas, pues de un solo plumazo habían quedado siervos y señores en un pie de igualdad. Pero si era grande la alegría de los oprimidos, era aún mayor el encono de los opresores vencidos que prestamente idearon mil medios para estorbar la realización del proyecto imperial, máxime que los grandes terratenientes no habían podido ser despojados de sus bienes, pues la nueva ley exigía solamente que éstos respetaran los derechos de sus ex siervos arrendándoles las tierras que antes habían cultivado en el cautiverio.
Esta resistencia por parte de los mandones y acomodados de toda laya, excitó pronto entre los intelectuales más exaltados el aguzamiento de las tendencias anárquicas que ocasionaron una intensa agitación cuyo primer fruto fué un gran levantamiento popular en Polonia que se exteriorizó (25 de febrero de 1861) en una solemne manifestación en recuerdo y honor de sus compatriotas caídos en Grochow (19 al 21 de febrero de 1831) bajo el gobierno despótico de Nicolás I por culpa de los aristócratas polacos quienes temerosos de movimientos liberales se habían opuesto a la independencia de su patria.
El emperador se manifestó dispuesto a acceder al clamor del desdichado pueblo polaco, decretando la creación de un Consejo de Estado constituido por personajes de alta cuna, como así también otros consejos de gobierno y municipales, cuyos integrantes se nombraban por elección, incluyendo en esta organización un sistema especial de instrucción pública. Pero inútilmente nombró como gobernador de esa región al conde polaco Alejandro Wielopolski, pues los mismos autócratas polacos se encargarían de defraudar los pensamientos del emperador Alejandro. Superfluo sería mencionar las brutales represalias que se ejecutaron con ese motivo.
Se empeñaba el soberano a pesar de ello en su obra reconstructiva, creando en noviembre de 1861 un Consejo de Ministros para el previo examen y discusión de todos los asuntos de Estado, consejo del que él mismo era presidente.
Cuando en 1862 se dirigió al sur del país para asistir a la inauguración de la universidad de Odesa, viaje durante el cual visitó asimismo la de Crimea y el Cáucaso, estallaron graves tumultos y múltiples incendios en numerosas ciudades por obra de los exaltados nihilistas.
Alejandro respondió a todas esas provocaciones aboliendo con fecha 17 de abril de 1863 los castigos corporales. Este mismo año estalló una formidable insurrección en Polonia, la cual aún cuando brutalmente reprimida por los autoritarios funcionarios de gobierno, trató el soberano de mejorar la situación quitando nuevos estorbos como ser indultando a los deportados y declarando nula la ley impuesta por su padre que prohibía el uso del idioma polaco; pero nuevamente lograron los encumbrados imponerse impresionando a Alejandro por todos los medios para que no fuera tan generoso con sus súbditos incultos. El 20 de noviembre de 1864 decretó sin embargo se separara la administración de Justicia del Poder Ejecutivo y en 1866 creó a los Zemstvos o sea asambleas de distritos y provinciales, a los cuales dejaba encomendada la administración de los asuntos económicos locales.
Los primeros visos de libertad que de este modo se habían comenzado a asomar en el desgraciado imperio de los rusos, no sólo se veían amenazados por tan decidida oposición de los aristócratas, pues tampoco entre los ex vasallos faltaban fanáticos ni audaces ni orgullosos que a la sombra de la fraternidad bosquejaban pensamientos que redundaría en detrimento de los buenos ideales, circunstancia que desde luego había de ser aprovechada por el otro bando en sostén de sus intereses creados.
El emperador mismo, asustado por el giro de las circunstancias y presionado por sus eternos secuaces, comenzó a creer que toda liberalidad no conducía más que al desorden, como así lo expuso en una oportunidad a un grupo de intelectuales nihilistas que habían acudido a él en procura de libertades más amplias. “Firmaría ahora mismo la más amplia constitución si no supiera que llevaría con ello a mi país a la anarquía más absoluta” les respondió el soberano. Y aún cuando estas palabras le habían sido sugeridas indudablemente por los mismos que tenían interés en evitar la supresión de las clases, no le faltaba tampoco razón, porque el pueblo no se hallaba preparado para un paso tan gigantesco, y menos, desde que un emperador no estaba muy en condiciones por su abolengo para convertirse en mártir, como bajo otras circunstancias lo ha podido hacer Lenin, quien aparte de sacrificarse clamando paz y orden, hubo de presenciar el sacrificio de vidas humanas y derramamiento de ríos de sangre para que se estableciera un régimen que la necesidad ya había moldeado. “Sobre las ruinas de la sociedad destruída – ha dicho el conde Tolstoi con acierto – el nihilismo nada tiene que organizar. La naturaleza humana, por su propia bondad será capaz de todo y surgirán a la vez el orden y la libertad. El sentir común de la gente se opone a tales desagravios”.
Alejandro II, encadenado como casi todos los de su condición a las etiquetas y mandatos ya seculares, viéndose expuesto a las represalias de los bandos en pugna, optó por abandonar a la clase obrera, por lo cual cayó en las redes que le tendieron poderosos pero desalmados aventureros, que le confundieron e hicieron dar marcha atrás.
Los nihilistas, en lugar de actuar en forma más o menos aislada, sin más vínculos que la fraternidad fundada en la comunidad de ideas o aspiraciones, procuraron crear un partido secreto de resistencia, pero como en todos los hombres no imperan los mismos defectos, se dividieron en dos fracciones, tomando una el nombre de “Voluntad Popular” y la otra “Partido Negro”. Sin embargo es admirable el sacrificio que se imponían sus miembros, pues para poderse mezclar mejor con el pueblo, se conquistaban primero un título universitario, volviendo de las universidades de la Europa Central multitud de hombres y mujeres hechos médicos, parteras, maestros, etc., los que de acuerdo a las instrucciones de su comité central comenzaban la propaganda, admirable por su organización y disciplina, pero es lástima que una organización tan bien llevada no hubiese sido creada con el pensamiento de hacer obra constructiva, pues de este modo, aunque fuera inevitable que en Rusia misma corriera sangre, había dejado un ejemplo que tal vez hubiese cambiado el escenario social universal en los albores del siglo veinte, evitando la continuación de la vergonzosa guerra por los días cuando los hombres cantaron paz, y aún los horrores del momento actual.
El 16 de abril de 1866 se realizó el primer atentado contra la vida de Alejandro II llevado a cabo por un tal Dimitri Kora-Kosoff. El hecho fracasó por la oportuna intervención del campesino Kommosaroff, y las investigaciones policiales iniciadas con tal motivo demostraron que existían numerosas sociedades secretas de tendencias nihilistas.
Al año siguiente (9 de junio de 1867) hallándose en la exposición internacional de París que se celebraba bajo el patrocinio del emperador Napoleón III, consumose un segundo atentado a la vida del soberano ruso, esta vez llevado a cabo por un súbdito polaco que así quiso vengar el infortunio de su pueblo. Este hecho impresionó de tal manera al soberano que dispuso el restablecimiento de la censura en todo su rigor, disponiendo que se suprimiera el título de reino a Polonia, que el país se dividiera en gobiernos incorporados al imperio, que las tierras confiscadas pasaran a los rusos, que la lengua rusa fuese la oficial, y aún que se prohibieran el uso de ciertas prendas de vestir.
Bajo el reinado de Alejandro I (1821) se había Rusia apropiado autoritariamente de un extenso territorio americano (alrededor de un millón y medio de kilómetros cuadrados) que los esquimales denominaban Alaska (Tierra Grande), medida que en aquella oportunidad motivó grandes protestas por parte de Estados Unidos y Gran Bretaña, aún cuando España contaba con los mayores derechos sobre él. Los rusos situaron allí establecimientos de peletería, pero en vista del poco rendimiento y de las grandes dificultades financieras que aquejaban a las autoridades de San Petersburgo, cedió Alejandro II ante las ofertas de Estados Unidos firmando (20 de junio de 1867) la venta por algo más de siete millones de dólares de ese territorio que años más tarde se demostró tener incalculables riquezas.
En 1869 dictó disposiciones para propagar la instrucción primaria entre la población agrícola, dió nuevo armamento al ejército y aumentó la marina de guerra. Ese mismo año estallaron grandes motines y se descubrió un extenso complot que desde Suiza urdía el famoso anarquista Miguel Bakunin, tendiente a sublevar a los campesinos y asesinar al soberano, a los nobles y a todos los partidarios del régimen absoluto, pero cuyo desacertado propósito no trajo otra consecuencia que dar nuevas armas a los autócratas quienes a su vez tomaron las represalias más brutales a la vez que les proporcionaba la oportunidad para atraer aún más hacia la reacción al infeliz Alejandro II quien desde entonces pareció haber perdido todo control sobre sus deseos e intenciones liberales.
Durante la guerra franco-prusiana guardó el emperador su neutralidad, obteniendo del “Canciller de Hierro”, a cambio de esta actitud, la promesa de poder aumentar su influencia en los Balcanes, y después de ofrecer su mediación para que la paz se hiciera de la manera más conveniente para Alemania, firmó (septiembre de 1872) con los emperadores Guillermo I y Francisco José la llamada triple alianza. Al año siguiente visitó la capital del imperio Austro-Húngaro.
Este mismo año completaron sus armas la conquista del Turquestán con la forma del Kanato de Jiva, la empresa había comenzado en 1864, tomando sucesivamente a Joyen, Nau, Ura Tubé, Yisak y Samarkanda. Aparte del aumento territorial que le produjo la ocupación del Turquestán, le proporcionó asimismo nuevos fondos, pues además de obligar al Kan de Jiva a declararse un humilde servidor del imperio ruso, le exigió el pago de 2.200,000 de rublos, quedando en garantía de esta suma, hipotecado todo el territorio mencionado (24 de agosto de 1873).
En 1874 hizo reorganizar el ejército adoptando el sistema alemán del servicio militar obligatorio, sin distinción de razas, pero antes de terminar la nueva organización, estalló la insurrección de Bosnia y Herzegovina, moviendo los intereses al unirse a Austria y Alemania. Y aunque ninguna de estas potencias interviniera directamente en la contienda, permitió Alejandro II que oficiales y soldados de sus tropas pasaran a las filas del ejército serbio. Gran Bretaña estaba recelosa de la influencia que adquiere Rusia en Oriente; esto dió lugar a provocaciones pues cuando el emperador recibió los homenajes de la nobleza de Moscú, pronunció en respuesta a la actitud amenazadora del primer ministro inglés Benjamín Disraeli un discurso de tono belicoso (10 de noviembre de 1876) que hubiera podido tener graves consecuencias de no haberlo impedido la conferencia de Constantinopla. Pero como Turquía no quiso aceptar las condiciones de la corona de Rusia, estalló al año siguiente la guerra entre las dos potencias, la que luego de grandes acciones militares terminó con el pacto de San Stéfano que se firmó el 3 de marzo de 1878.
Alejandro II como vencedor impuso las condiciones que quiso, de lo cual protestaron varias naciones neutrales los que lograron finalmente cambiar el aspecto mediante un nuevo tratado. Inglaterra aparentemente no participó en estos actos, pero se supo más tarde que había estado en relación directa con Turquía y que con su sutil diplomacia logró desmembrar las ventajas conquistadas por Rusia para en cambio obtener para sí la compensación que le pareció más conveniente.
De regreso a su patria fué constante la preocupación del emperador para combatir la acción de los nihilistas, los que para realizar sus aspiraciones de reforma social y política apelaba al incendio y al asesinato y toda clase de violencia, pero también el gobierno empleaba las medidas más ignominiosas para reprimirlos, llegándose hasta el extremo de azotar a un hombre por el solo hecho de no haber hecho reverencias a un jefe de policía en la vía pública. Los nihilistas eran perseguidos sin cuartel, a veces ejecutados sin proceso o transportados en masa a Siberia. Sin embargo, en esta lucha a muerte quedó vencido el Zar. Los que lograron sustraerse a las batidas de los autócratas volvían a reunirse en secreto y trataban nuevas conspiraciones contra los desconsiderados funcionarios. Una de estas confabulaciones encabezadas por una mujer de porte varonil, Sofía, Perovskaia sentenció a muerte al emperador.
Comenzaron colocando una bomba de tiempo bajo los rieles por donde debía pasar el tren imperial, pero falló la explosión; en un segundo intento la explosión se produjo, pero el soberano no se hallaba en el tren; en un tercer atentado colocaron una bomba bajo el comedor del palacio de invierno, el que voló en gran parte, pero el zar no acudió ese día al mismo. Finalmente el 13 de marzo de 1881, mientras el emperador se trasladaba desde el cuartel Miguel al Palacio de Invierno donde debía firmar una nueva Constitución, en instantes en que se hallaba con su séquito en las inmediaciones del canal Santa Catalina que debía cruzar, surgió uno de los complotados de entre la multitud que presenciaba el paso, un tal Russakoff, quien le tiró al soberano una bomba oculta dentro de un pan. El extremista en su nerviosidad calculó mal la distancia, cayendo el explosivo fuera del coche matando sus fragmentos a un campesino e hiriendo a dos soldados de la escolta. Alejandro II sin perder su serenidad, mandó que se detuviera la comitiva y se dispuso a bajar del vehículo tal vez con la intención de disponer algunos auxilios a las víctimas. En este instante y aprovechando la confusión del momento, otro complicado, Grimevitzky, arrojó una segunda bomba que cayendo junto al emperador, le destrozó los miembros inferiores. De inmediato fué conducido al palacio donde falleció de la hemorragia producida antes de que los médicos tuvieran tiempo de cortala.
Este último atentado, fué dirigido personalmente por Sofía Perovskaia, quien señaló el instante oportuno haciendo una pequeña señal con un pañuelo. En medio de la perplejidad general no fué descubierta en esta escena su complicidad, pero iniciadas las investigaciones policiales cayó preso uno de los complicados a quien ella amaba, y por no abandonarle, quedó descubierta y fué presa, terminando sus días en la horca conjuntamente con otros cuatro extremistas.
Así ha sido a grandes rasgos la vida de un hombre a quien odiaban tanto los que él quiso en un principio proteger y que se vió obligado a abandonar movido por grandes acontecimientos, invocados tanto por los que le debían gratitud como por los que para convertirlo en instrumento dócil, realizaron todos los esfuerzos a su alcance. Su muerte en muchos hogares proletarios fué interpretada como una represalia de vengar con sangre a la sangre derramada, sin reparar con que ellos mismos más que nadie eran los culpables de su propia esclavitud.
Dejó seis hijos habidos con su esposa Maximiliana, hija del gran duque Luis II de Hesse (8 de agosto de 1824–3 de junio de 1880) la que al ingresar en la iglesia ortodoxa en la fecha de su casamiento (1841) tomó los nombres de María Alexandrova.
1° y 15 de Marzo de 1942.
BALANZA NÚMEROS. 220 y 221.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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