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Joaquín Trincado

Abderrahman III

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 5 días
  • 12 min de lectura

ABDERRAHMAN III (Abd-er-Rahman), nieto del califa Abdullah, nació en Córdoba hacia el año 891.


Es necesario echar una rápida mirada retrospectiva a fin de poder juzgar la actitud de este hombre memorable. Los califatos moros establecidos en España solían convertirse a menudo en centros de intransigencia religiosa y constituía el de Córdoba una honrosa excepción. Esto de intransigencia podría sin embargo ser calificado como un concepto parcial, pues el único motivo real que cabría contra éstos árabes era el ser un pueblo invasor en la península ibérica, pero portador de los grandes sentimientos que como pueblo antiquísimo había heredado y que sus hijos más preclaros llevaban a la práctica en las regiones españolas que alcanzaron a dominar y constituían los territorios que se habían mostrado reacios a la influencia bascuence, verdadera alma de España.


Ya el fundador de la dinastía de los Omeyas en España, Abderrahman I (emir desde 756 a 786) implantó en Córdoba una era de prosperidad liberal, que por la hermandad existente entre los pueblos mahometanos, convertíase en una seria amenaza contra el código de los retrógrados cuya base se convulsionaba entre las más arduas discusiones por los hombres que eran arrastrados o ansiaban completarlo. La cuestión es que este estado de cosas movió al naciente papado de Roma a pactar secretamente con el ambicioso y despótico Ibn al Arab, emir de Barcelona, incitándole no sólo para apoderarse de Córdoba, derrocar el régimen impuesto y procurar el mayor fanatismo entre el vulgo musulmán, sino que aún enviaría en su apoyo un ejército cristiano encabezado por el propio Carlomagno, rey de los francos, quien a su vez sería obsequiado con el Aragón.


Envalentonado con tan halagueñas promesas reunió el musulmán de Cataluña sus huestes y marchó contra Zaragoza donde fué derrotado por sus propios correligionarios que repudiaban a un musulmán que tan traidoramente se disponía entregar la ciudad a los cristianos, enemigos declarados de los islamitas. Contribuyó también a esa derrota que Carlomagno, al poner en ejecución la orden del papa Adriano I, no pudo dentro del tiempo prefijado reunir, adiestrar y armar a los libertinos y aventureros que habían de integrar ese famoso ejército, por lo cual encontró el rey franco a su vez cerradas las puertas de Zaragoza, terminando su expedición con la aplastante derrota en el paso de Roncesvalles, la que fué convertida en leyenda a fin de evitar el desmembramiento del imperio carolingio.


El hijo y el nieto de Abderrahman I, Himen y Al-Hakam I, continuaron la misma política de transigencia. El hijo de éste último, Abderrahman II, se ha hecho famoso por la firmeza con que pudo conjurar la amenaza de los normandos que pretendían saquear la Hispania tal como lograron hacerlo en el imperio franco y otras regiones de Europa. Según algunos, fueron durante el reinado de este emir ajusticiados muchos de los cristianos residentes en Córdoba, pero historiadores imparciales expresan sus dudas sobre esta interpretación de los hechos y dan a entender que los tenidos por mártires eran más bien empedernidos perturbadores. Además los concilios que se celebraron en esa ciudad andaluza demuestran claramente que la doctrina cristiana, como ideología de momento, no había salido aún de su período de gestación, viéndose por tanto reducida a un verdadero mar de ideas divergentes, antes de lograr un convencionalismo definido.


Muerto su abuelo Abdallah (año 912), ascendió Abderrahman III al trono del emirato de Córdoba. Disputas intestinas habían desintegrado durante el gobierno algo despótico de Abdallah, gran parte del dominio árabe en España que pasó a poder de los reinos de Asturias, León y Navarra. Se asegura que si entonces estos reinos hubieran aspirado en común a una verdadera unidad nacional, habrían sin grandes esfuerzos logrado poner fin a la dominación de los árabes en España. Esta circunstancia salvó la heredad de Abderrahman III que queriendo elevar el país a un progreso como no había conocido hasta entonces, comenzó por establecer la unidad en todo el territorio moro, para lo cual extendió su acción al África hasta poner a Marruecos entero bajo su férula. A continuación tomó resueltamente el título de califa con lo cual se independizó por completo del gobierno de Bagdad.


En su programa figuraba la más amplia tolerancia religiosa que permitía una completa libertad de cultos. Puso además fin al bandidaje que hasta entonces había asolado esos territorios, mediante una adecuada vigilancia policial que hacía cumplir con el mayor celo hasta en las regiones más apartadas. Diseñó un amplio sistema de riego. Anualmente invertía no menos de 500,000 monedas de oro para fomentar el desarrollo de las ciencias y las artes, con las cuales cosechó tanta fama que su Capital se convirtió en un centro donde acudían los sabios de toda Europa. Pero a pesar de tales gastos crecía el caudal del tesoro y con ello el bienestar general. El comercio, las industrias y la agricultura tomaron bajo su gobierno tal impulso que a pesar de ser España en aquel entonces el país más poblado del mundo conocido, no quedaban allí desocupados ni menesterosos.


Vióse sin embargo obligado en diversas oportunidades a tomar las armas, ya sea en levantamientos internos, ya contra los reinos del Norte de España; pero estas acciones según afirman los historiadores, con relatadas en forma tan confusa y contradictoria, que indudablemente deben haber quedado reducidas a la reconquista de territorios perdidos y tal vez a disidencias del momento, pues la rectitud del califa brillaba en todo el mundo, y el papado estaba demasiado ocupado en servir a los caprichos de las célebres aventureras toscanas Teodosia y Marozia.


Temiendo probablemente que el soberano alemán Otón I se dejara influenciar por el Vaticano y como Carlomagno lo había hecho, pudiera aquél a su vez intentar otra expedición armada para imponer el cristianismo en España, movieron a Abderrahman III a enviar una misión amistosa a la corte del rey germano. Éste, por motivos desconocidos detuvo a los emisarios árabes durante tres años en Alemania; según se afirma contenía la carta de que eran portadores aprecios lesivos para el cristianismo, pero sea como quiera, Otón resolvió por su parte enviar también una misión amistosa a Córdoba. Las curiosas incidencias que hubo de afrontar y que pintan la nobleza de sentimientos del poderoso califa, nos son relatados de la siguiente manera:


“Otón consideró conveniente enviar a su vez una misión a la corte del califa de Córdoba, a fin de neutralizar en primer lugar los conceptos del soberano árabe sobre el proceder de los cristianos, y en segundo lugar esperaba poder mover a Abderrahman para poner coto a los saqueos de los piratas moros, que reconocían su autoridad”.


“Los peligros para cumplir semejante misión eran muchos y por tanto no era fácil hallar personas dispuestas a aceptar su responsabilidad. Finalmente se presentó un monje lorenés llamado Juan, un hábil orador y teólogo obstinado, quien se declaró dispuesto para afrontar los mayores riesgos en defensa de su religión y marchar a la corte musulmana de Córdoba. Recibió como acompañantes al mercader Ermenhard de Verdún, el escritor Garaman y un sacerdote español que había acompañado la embajada de Abderrahman y ahora deseaba regresar”.


“A mediados del año 953 emprendieron Juan y sus compañeros el viaje. Otón les había entregado una carta, que contenía frases lesivas para el islamismo. Luego de un viaje lleno de aventuras arribaron los emisarios a las cercanías de Córdoba”.


“Cuando llegaron a media hora de distancia de la ciudad, se les indicó un palacio magnífico, perteneciente al hijo del califa, como lugar de reposo. Nada les faltaba aquí, pero a pesar de ello se disgustaron al no ser recibidos por el califa con la presteza que deseaban. Su inquietud fué en aumento cuando fueron informados por personas encargadas de servirles, que tendrían que esperar tres veces tres años en vista de que Otón había detenido durante tres años a los enviados moros. Parece que Abderrahman no tenía intenciones de llevar a cabo este plan, pero de todas maneras eran éstas las instrucciones. El sacerdote español que acompañaba a los emisarios había alcanzado a leer la carta, y adelantándose luego a sus compañeros hizo público en Córdoba el contenido de la misma”.


“La noticia ocasionó una honda impresión entre la población árabe, pues según una ley irrevocable no podía ningún mahometano percibir frases denigrantes para las doctrinas y mandamientos del Corán; si el califa se informara de tal lenguaje y no cumpliera al día siguiente con esta ley, quedaba él mismo réprobo. Los árabes más influyentes informaron al califa por escrito – que era la forma casi exclusiva de liquidar los asuntos en la corte – de la intranquilidad popular. El soberano, a su vez por escrito les respondió que había llegado una misión amistosa enviada por Otón, que se hospedaba en el palacio de su hijo; pero que en vista de que aún no había concedido audiencia a esos representantes estaba completamente ajeno a cuanto se refería a este asunto”.


“El califa estaba bien enterado del contenido de la carta, pero no quería arriesgar su propia vida ni la de los enviados con aceptar este mensaje. Por esto postergaba cada vez la recepción de Juan y sus compañeros tratando al mismo tiempo de moverles a no mostrar la carta y de abstenerse de hacer declaraciones ofensivas para la doctrina mahometana”.

Hacía recalcar seriamente que le entregaran los obsequios imperiales sin hacer alusión a la comprometedora carta. El monje sostenía a porfía que los encargos los debía cumplir tal cual habían sido dispuestos por su mandatario”.


“Ante esto comenzó el califa a usar un tono amenazante. Cuando un domingo – sólo en este día y festividades principales le era permitido visitar con sus acompañantes una iglesia próxima – y cuando se hallaban camino al templo, le fué entregada una misiva del califa. Estaba escrita en una piel de oveja de gran tamaño. Juan recelaba de malas nuevas, pero resolviendo no alterar su ánimo durante el ejercicio religioso, guardó el escrito sin leerlo en un bolsillo, desplegándolo recién después de abandonar el templo. La carta contenía las más enérgicas amenazas, indicando que si Juan no cedía, haría ajusticiar sin conmiseración alguna no sólo a él, sino también a todos los cristianos residentes en España. Una intensa angustia se apoderó del sacerdote. Repentinamente se acordó de una frase que dice: “encomendad todos tus pesares a Dios”. En esto se tranquilizó. Dispuso que Garaman tomara la pluma y pergamino y dictó una larga misiva redactada en términos amistosos. Hizo en ella saber al califa que había llegado en calidad de representante de su soberano y que cumpliría puntualmente su cometido, pues no estaba autorizado a introducir la más leve enmienda en el mismo, añadiendo una serie de acertadas consideraciones.


“Esta carta tuvo recepción más favorable de lo que Juan pudo suponer, pues Abderrahman sabía lo bastante del poder y la decisión de Otón que no dejaría impune ulteriores ofensas hechas a su representante, así mismo los más influyentes cortesanos le incitaban a buscar una solución amistosa. Uno de éstos propuso interpelar al mismo Juan en qué forma allanar esta dificultad. La propuesta fué aceptada. Se consultó por tanto al sacerdote mediante qué procedimiento se podría evitar la entrega de la carta fatal. El eclesiástico aconsejó enviar a una misión a Otón, asegurando que cumpliría fielmente las nuevas órdenes de su soberano. El califa consideró la idea aceptable”.


“Un cristiano llamado Recemundo, se ofreció para cumplir esta peligrosa misión. Como premio por esta actitud, le ofreció Abderrahman la sede obispal de Elvira, debiendo ser consagrado con todo apresuramiento, pues Recemundo no era sacerdote. Inmediatamente se puso en camino llegando en marzo del año 956 con toda felicidad a la corte imperial”.


“Otón le recibió amablemente y accedió a su pedido. Juan recibió ahora el encargo de retener la primera carta, entregar los regalos, insistir en que se pusiera fin a los actos de piratería en el mar Mediterráneo y regresar luego cuanto antes posible. Nuevamente envió el rey un representante con gran séquito al califa. Este enviado era un hombre de Verdún llamado Dudo; llevaba el encargo de entregar nuevos obsequios y una carta en la que Otón había omitido toda ofensa al Islam. Dudo y Recemundo apresuraron cuanto pudieron su viaje. Hacia fines de marzo partieron del monasterio de Gorza y en los primeros días de junio llegaron ya a Córdoba”.


“Cuando se quiso admitir a los nuevos representantes en el palacio del califa, prohibió éste su acceso con estas palabras: “Primero deben comparecer con sus obsequios los enviados que tanto tiempo me estuvieron esperando; recién luego recibiré a los otros, los que tampoco deben presentarse ante mí antes de haber alegrado a ese monje obstinado con las últimas disposiciones de su rey”. Juan hubo de acudir, pero se le indicó que para esta ceremonia debía afeitarse y vestirse convenientemente. Se negaba el religioso a mudarse de ropa. Cuando se informó al califa que esta resolución bajo la sugestión de que el monje carecía de dinero para adquirir nuevas prendas, le mandó el rey moro diez libras de plata. Juan aceptó el dinero, pero con la intención de distribuirlo entre los pobres, a la vez que declaraba: “Ponerme otras ropas lo prohíben las disposiciones de mi orden”. Al saberlo Abderrahman, respondió: “He aquí el carácter inflexible de un hombre; sin embargo, quiero verlo aunque estuviese cubierto de harapos, de este modo me agradará más”.


“El día de la recepción ostentó el califa todo el boato de su corte. Todo el camino que mediaba entre la residencia de Juan y el palacio real estaba de ambos lados ocupado por gente guerrera, de los cuales una parte, tanto infantería como caballería, ejecutaban ejercicios bélicos. Estupefactos y no sin temor presenciaban los representantes. Al llegar a la entrada del palacio fueron recibidos por prominentes cortesanos que les condujeron hacia el interior del mismo. En el patio como en los recintos interiores se hallaban tanto los pisos como las paredes cubiertos con ricos tapices. El más lujoso era la sala donde el califa recibía a los enviados. En medio de tanto fausto, digno de una deidad, era a muy pocos permitido aproximarse al soberano”.


“Cuando Juan penetró en el recinto encontró al califa en un riquísimo diván, y según la costumbre de su pueblo, con los pies cruzados debajo del cuerpo. Abderrahman alcanzó al monje la palma de la mano para que la besara, honor que sólo a contadas personalidades se concedía, luego le indicó se ubicara en un asiento preparado para tal efecto”.


“Después de algunos instantes de solemne silencio dijo el califa: “Yo sé que estais disgustado conmigo por habernos negado recibir durante mucho tiempo; pero no os será desconocido que no me fué dado quitar los motivos que a ello condujeron y que no fué por enemistad que yo procediera de ésta y no de otra forma. He conocido vuestro valor y prudencia y por ello no sólo os recibo con afecto, pero concederé además cuanto solicitáis”. Juan que había venido preparado para desahogar su disgusto por el trato recibido, se vió por estas frases completamente desarmado. Respondió entonces: “No puedo desmentir que las amenazas de los hombres que me enviasteis en repetidas oportunidades me colmaron de pesar, pero también he meditado muchas veces en que esas palabras no podrían ser tan mal intencionadas. Actualmente se han logrado vencer las dificultades que me obstaculizaron durante tres años; toda amargura ha partido de mi corazón y no siento más que gratitud hacia ti, oh califa, que te has dignado recibirme tan esplendorosamente; yo aprecio de feliz soberano que a su férrea voluntad sepa añadir tanta tolerancia”.


“La contestación de Juan agradó de sobremanera al califa y éste se dispuso a entablar una conversación más extensa con el monje. Éste, sin embargo, sostuvo con toda amabilidad se le permitiera entregar los obsequios de Otón, para así poder emprender de inmediato el viaje de regreso. El soberano se mostró por ello muy asombrado “¿por qué, dijo, queréis partir tan presto? ¿Hace tanto tiempo que hemos ansiado poder entrevistarnos y apenas nos hemos visto el rostro, nos debemos separar sin tener oportunidad de intimarnos? En esta primera reunión muy poco lograremos confiarnos, en una segunda entrevista nos entenderemos mejor, pero si nos veremos por tercera vez, nos entenderemos plenamente y sellaremos amistad sincera. Sólo entonces deseo enviaros de regreso a vuestro señor con tantos honores como él y vosotros merecéis”. Juan prometió prolongar su estancia. Ahora se condujo ante Abderrahman a Dudo y su séquito; en presencia de Juan ofrecieron al califa los nuevos obsequios de Otón. Juan permaneció aún una temporada en la corte del califa, con quien mantuvo varias entrevistas cordiales”.


Mientras lo ya relatado ocurría, tuvieron lugar graves acontecimientos en el reino de León, debido todo ello a maquinaciones de un conde castellano que se supone era Fernán González, el que ansioso de independizar sus predios, y no poseyendo fuerza para imponer tal deseo, echó mano a manejos oscuros, consistentes en provocar discordias dentro del reino. Comenzó haciendo fechorías contra el reino de Abderrahman III, obligando con ellas a la intervención del rey Ramiro II de León y Asturias, y dando lugar a procederes que la historia no ha podido poner en claro. Indudablemente obedecen a cuestiones dogmáticas por cuanto los gentiles del Norte español aparecen regidos por reyes cristianos o por lo menos, obedientes a las imposiciones de esa tendencia, en oposición a la verdadera inclinación hispana.


Hechos que se reservan, permiten suponer que las ambiciones del conde castellano se vieron acicateados por alguna incitación oculta y semejante a la que explotó el egoísmo de Ibn al Arab. Se afirma que el rey tuvo preso al irreverente Fernán González, el cual sin embargo no sólo consiguió recuperar su libertad sino que aún logró desposar a su hija Urraca con el hijo de Ramiro, Ordoñez III; y al repudiarla éste al parecer por apoyar la política de su padre, la volvió a casar con Ordoño IV, primo hermano del anterior, quien por algo llevó los apodos de el Malo y también el Intruso.


Reinando Ordoño III volvió el conde a conspirar valiéndose del bizarro hermano del rey, Sancho. Al fracasar no sólo el golpe sino también los sueños del encumbrado González de convertir al príncipe en instrumento de sus ambiciones, puso los ojos en Ordoño IV, quien, siendo rey Sancho I, se alzó contra éste logrando destronarlo.


Sancho I huyó a Córdoba, donde fué recibido por Abderrahman III como soberano legítimo de León, y con el fin de poder expulsar al intruso, le facilitó con el mayor desinterés un poderoso ejército musulmán que a las órdenes del propio Sancho invadió su reino. Virtualmente sin derramamiento de sangre y ovacionados por los leoneses paseaban las tropas islamistas por las ciudades del país al cual habían penetrado como amigos. Sancho en agradecimiento a este noble proceder, juró con Abderrahman III una paz perpetua que sólo ha sido violada luego que el gran califa expirara el 16 de octubre del año 961, después de un reinado de cuarenta y nueve años. Los sucesores del moro no poseían su moral ni su energía y fué por ello que frente a políticas ambiguas infiltradas a la sombra de la hidalguía hispana tuviera la dominación musulmana en España un epílogo sin honra para vencedores y vencidos hacia fines del siglo XV. (Véase Abd-Allah en LA BALANZA No. 210).

 

 

1° y 15 de Noviembre de 1942.

BALANZA NÚMS. 236 Y 237.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

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