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Joaquín Trincado

Virginia

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 3 días
  • 4 Min. de lectura

Hija del plebeyo Lucio Virginio, se distinguía de las demás jóvenes de su tiempo por sus buenas costumbres, lo que llamó la atención del decenviro Apio Claudio llenándole de impúdicos deseos, para con la deshonra manchar esa vida virtuosa.


Mientras el padre de la niña servía como centurión en el ejército, cortejábala Apio en forma insolente. La dignidad con que la joven rechazaba estos atentados a su pudor, lejos de llamar al sentimiento del decenviro, hizo tomarle la resolución de apoderarse de Virginia a viva fuerza. Uno de sus clientes, Marco Claudio, se ofreció para servirle en esta maniobra.


Cierto día, llegando Virginia a la plaza del Mercado para visitar la escuela que allí funcionaba, la trató Marco Claudio como si fuera una de sus esclavas. Sostenía que era hija de una esclava suya y que por lo tanto le pertenecía; le ordenó seguirle si no quería ser arrastrada violentamente. Virginia, dominada por el estupor ante exigencias tan descaradas no atinó a hacer resistencia alguna, pero su nodriza que la acompañaba apeló al pueblo.


Los plebeyos, que tanto respetaban a la niña por su conducta virtuosa, oyeron de boca de la nodriza que Virginio había comprometido su hija con el ex tribuno Icilio, agrupáronse alrededor de ella dispuestos a defenderle con sus cuerpos.


Marco Claudio, sin inmutarse, citó a Virginia ante el juzgado. Acompañada por el pueblo compareció ante el tribunal de Apio Claudio. El acusador, de acuerdo a lo fraguado con el decenviro sostenía que la acusada nació en su casa y que la nodriza la había robado para hacerla pasar por hija de Virginio; ofrecía confirmar esta falsa demostración con testigos y exigía a la muchacha que desde ese momento le siguiera como su esclava.


En vano apelaron sus defensores que le concedieran dos días de libertad hasta haber llamado a su padre ausente; Apio Claudio decidió como juez que su padre quedaba autorizado para venir, pero que el acusador no podía ser privado de sus derechos, facultando esta para llevarla bajo la sola condición de volver a comparecer ante el tribunal cuando se presentara el hombre que sostenía ser su padre, acto que indudablemente se hubiera consumido si Publio Numitorio, tío de la niña e Icilio, su novio, no se hubiesen opuesto a la decisión de Apio. Furioso exclamó Icilio, "estoy dispuesto a defender con mi vida la libertad de esta mi prometida". Tal desafío terminó por reaccionar el pueblo que aclamando al valiente joven se aprestaba para secundarle.


Apio Claudio al verse impotente para hacer frente a la situación creada declaró entonces que Virginia quedara en libertad hasta el día siguiente, pero si su padre no se presentara en ese lapso de tiempo sería entregada incondicionalmente a su pretendido amo.


Con toda urgencia envió Icilio llamar a Virginio; también el decenviro despachó a su vez un mensajero con la orden de que le fuera negado el permiso de abandonar el ejército, pero éste llegó tarde; Virginio ya estaba en camino a Roma. En las primeras horas del día llegó a su casa. Vestido de luto compareció con su hija ante el tribunal en la plaza del Mercado.


Una inmensa muchedumbre presenciaba la llegada del decenviro, la opinión pública era que en presencia del padre obraría con más justicia. Pero sin importarle derechos, leyes ni sentimientos humanos volvió con el mismo descaro a declarar que Virginia era una esclava de su cliente a quien autorizaba a llevarla consigo.


Cuando Marco Claudio quiso atravesar el círculo de mujeres que rodeaban a Virginia para apoderarse de la niña, rompieron todas a llorar, mientras que el padre levantando su puño crispado contra Apio, exclamaba: "¡No fué a tí, Apio, sino a Icilio a quien prometí mi hija; para ser esposa de éste y no vuestra concubina la que he criado; ignoro si los presentes han de quedar pasivos ante vuestros inicuos propósitos, pero os advierto, que los hombres de campaña, esos hombres que defienden nuestra patria con las armas no dejarán impune vuestro delito!''


El decenviro al ver que las mujeres rechazaban a Marco Claudio, ordenó a los lictores que dispersasen al pueblo. La muchedumbre, huyendo cobardemente dejó a Virginia abandonada a su suerte. Su padre, comprendiendo que nada podía hacer para salvarla, dirigióse al decenviro diciendo: "Perdonad, Apio, a un padre dolorido si con voz enojosa os dirigió la palabra, permitidme que interrogue en presencia de la niña a su nodriza, para poder retirarme con mayor calma si injustamente he creído ser su padre". Apio accedió inmediatamente a solicitud tan halagüeña.


Pero al pasar frente a un puesto de carnicería, arrancó el cuchillo de las manos del carnicero y hundiéndolo en el pecho de Virginia exclamaba: "¡Hija mía, sólo así os puedo salvar de la deshonra!" Luego dirigiéndose al decenviro, gritó, mostrándole el cuchillo ensangrentado: "¡Apio, en vuestra conciencia goteará esta sangre!"'


Icilio levantó en sus brazos el cuerpo inerte de su prometida y lo mostró al pueblo, que preso de un intenso furor, obligó a los decenviros a dimitir y echó a Apio Claudio en la prisión, donde éste se suicidó temeroso de sufrir uno de los suplicios que tantas veces había mandado aplicar

Enero 1° de 1937.

LA BALANZA NÚM. 97.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

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