Ulrico Zwinglio
- EMEDELACU

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(1484–1531) nació en el cantón suizo de Saint–Gall, cantón que debe su nombre al irlandés San Gall o Gallen que fundó por allí una abadía (siglo VIII) que había de resultar fatal para nuestro biografiado, porque los partidarios de la fe ciega entienden por honrar a Dios el perseguir, intransigir y destruir a los hombres, sus hermanos,
Ulrico Zwinglio era hijo de un rico labrador y mostró desde muy joven una precoz inteligencia. Uno de sus tíos era canónigo en Wisen, fue su primer maestro, quien le enseñó lenguas antiguas. Este tío que era dominico, al dar noticias de la piedad y del talento de su sobrino, fue éste llamado a Viena por la Orden (1499) para completar así su educación.
Una vez en la capital del entonces ducado de Austria – sobre el que reinaba el emperador alemán Maximiliano I, el primer soberano de este imperio que renunció a la consagración papal y que abolió el siniestro tribunal secreto que hacía morir ocultamente a los conspiradores contra el estado, medidas que sin duda alguna habrán originado comentarios de desaprobación entre los más feroces vividores de la caridad – trabó amistad con varios jóvenes que más tarde ejercieron influencia mayor o menor en Suiza, a favor o en contra de la reforma religiosa que desde más de un siglo tenía subdividida a la opinión pública. Esta reforma desde luego no nos puede extrañar desde que nada de los existente, y por lo tanto con más razón los dogmas religiosos, habían de ceder ante el avance de las ideas progresivas, a pesar de los mares de sangre humana que hicieron verter los dogmáticos con el innoble propósito de hacer mediante el terror, renegar aún más a la humanidad del mandato del autor de la vida.
Aprendió Zwinglio cuanto se sabía en su tiempo y cultivó la música en sus ratos de ocio, sin caer nunca en la disolución propia de casi todos los estudiantes de las Universidades en aquel período; este ejemplo de sobriedad es el más aleccionador, siempre que no es ejecutado con fanatismo o con una premeditación que gloria contra otras buenas costumbres.
De regreso a su pueblo natal (1502), no tardó en pasar a Basilea con el propósito de ampliar sus conocimientos. Allí fue profesor de lenguas antiguas en el colegio de San Martín y en la misma ciudad conoció (1505) a Tomás Wyttenbach, que dió a sus estudios un fuerte y definitivo impulso.
Ordenado sacerdote el año siguiente, no abandonó sus estudios y llegó a poseer el griego de modo que podía fácilmente leer en el idioma original a los más famosos filósofos y moralistas que florecieron en Grecia durante los siglos de su esplendor. Y tanta admiración se congratuló con este perfeccionamiento que Roma le concedió, para estimularle, una pensión de cincuenta florines. En calidad de capellán y bajo el partido del papa asistió a varias batallas, cargo que cumplió indudablemente para evitar ser señalado como indisciplinado. Con la experiencia de estas guerras comenzó a comprender que sus compatriotas comprometían su independencia poniéndose como mercenarios al servicio de intereses de extranjeros y contra tal costumbre comenzó a lanzar enérgicas prédicas.
De vuelta a su patria, reanudó el estudio de la Biblia, el que llevado a conciencia y con la moral y los juicios que en su pecho latían, se convenció no sólo que muchas ceremonias eclesiásticas eran posteriores a los tiempos apostólicos, sino también de que habían sido introducidas con malicia. Se hallaba ocupado en la tarea de comprobar sus sospechas cuando fué llamado por el abad de Einsiedeln para predicar en la capilla de la abadía donde se halla una colosal imagen llamada “nuestra señora de las ermitas” y donde gracias a la explotación del comercio religioso frecuentaban los peregrinos.
En este sitio “sagrado” halló hombres a quien el espectáculo de las supersticiones de que eran testigos tenía convencidos de la necesidad de una reforma en la iglesia. De acuerdo con ellos, quitó poco después las reliquias a la adoración de los peregrinos. En el púlpito y en el confesionario trabajó para rectificar las ideas religiosas de los que acudían a Einsiedeln llevados de una piedad mal entendida; es decir, censuró los abusos y escándalos a que daban ocasión las peregrinaciones o romerías, y de igual manera se expresó respecto del tráfico inmoral que se hacía con las reliquias, del lujo excesivo en las ceremonias del culto, de la corrupción en los conventos y de la inmoralidad de la corte pontificia.
Resulta por lo tanto, que precedió a Lutero, y que en orden cronológico fué el primero de los reformadores que surgieron en los comienzos del siglo XVI.
Dos años más tarde (1518) fue llamado a Zurich como misionero, ejerciendo también, gran influencia en la parte ilustrada de los habitantes de aquella ciudad, y externó sus doctrinas después de la llegada a Suiza del monje Samson, encargado de vender allí las indulgencias, poniendo de manifiesto el comercio y la superchería que con ello se realizaba.
Si hoy, en pleno siglo XX, las más altas autoridades eclesiásticas prometen sin ruborizarse y como haciendo competencia a los más vulgares embaucadores, amplias indulgencias a cambio de prácticas rutinarias, entonces no es de extrañar la furia que había de levantar en aquella época tales prédicas contra hombres que a más de privilegiados eran verdaderos omnipotentes en el concepto de las masas fanatizadas y brutales. El obispo de Constanza se levantó contra él y pidió al Consejo de Zurich en el año 1522 que se guardara de los que combatían la fe de sus padres. Los que habían vivido antes de las fechas en que fueron generalizándose las costumbres que el reformador atacaba y aún antes de Jesús, no dejaban de ser padres de los mismos a los que pretendía advertir el prelado; ésto empero no interesaba al obispo que buscaba sólo dar un golpe de efecto.
Zwinglio, aunque no era nombrado personalmente, salió valientemente a la arena, renunciando a la pensión que el pontífice de Roma le concediera, y contestó en dos escritos cuyo firme tono anunciaba para brevísimo plazo una ruptura con la autoridad eclesiástica.
Por las instancias del reformador, el Consejo de Zurich llamó a todos los eclesiásticos de los cantones suizos para una discusión pública (1523) terminada la cual el Consejo citado declaró que su misionero de la reforma no había predicado nada contrario a la santa escritura.
Ante este Consejo expuso ante todo, la abolición del celibato, el cual fue aceptado tras su pequeño estudio, pues a cualquier hombre que no esté víctima de pasiones inconfesables le es dado comprender que el celibato es el voto más subversivo y denigrante demostrado al autor de la vida universal; luego expuso y obtuvo la abolición de la misa en que es renovado y recordado el sufrimiento de un misionero que cayó víctima del odio religioso, en el que, como mofa, el sacerdote – haciendo alarde de su canibalismo refinado, o dicho más decentemente, “ultramoderno” – ingiere simbólicamente la carne y sangre de Jesús, sin preocuparse de su significado ni por el dolor que ocasiona; consiguió la supresión de las comunidades religiosas, cuyas rentas se aplicaron al pago de los profesores de una Universidad que Zwinglio organizó con prontitud y acierto, y de los templos desaparecieron las imágenes, cruces, altares, órganos y demás objetos del culto, dejando la cena por única señal de unión espiritual entre los fieles, al modo de los antiguo ágapes. Esta última medida era muy prudente, pues si bien es cierto que Jesús realizó esa cena como una medida de emergencia, que según el criterio de su época pudiera señalar una ruta a los que debía abandonar tan trágica ya repentinamente como víctima predilecta del odio religioso, sus apóstoles pudieran continuar la obra emprendida de enaltecer el sentimiento en detrimento de los sentimentalismos que tanto dolor y malestar han causado en todos los tiempos como instrumento en manos de hábiles alucinadores. Era acertada conservar la cena repetimos, pues serviría de lazo para estrechar más la unión y solidaridad siempre que los sedientos del fanatismo no desfiguraran su significado para convertirlo a su vez en una ridícula ceremonia.
Dos personalidades al servicio de la religión católica, que los eran Eckio, canciller de Ingolstadt y Juan Faber, gran vicario del obispo de Constanza, propusieron a Zwinglio una conferencia. El reformador sospechaba con fundamento que se trataba de una maniobra para apoderarse de su persona, por lo cual se negó a concurrir al llamado. De inmediato, fue lanzado el anatema sobre la doctrina y escritos del reformador.
Zwinglio se trasladó entonces a Berna (1528) donde a su vez tras varias conferencias, supo hablar a las conciencias, logrando se introdujera la Reforma.
Al año siguiente marchó a Marburgo, para asistir a la conferencia provocada por el Landgrave de Hesse, que deseaba el acuerdo entre los diferentes reformadores. Tras varios coloquios particulares y algunas discusiones públicas, todos ellos firmaron los 14 artículos referentes a los puntos discutidos; y aunque no se entendieron en la doctrina de la eucaristía, pues la mayoría de estos llamados reformadores obedecían más al fanatismo que a los dictados de su razón, hubieron de llegar a un acuerdo, aceptando una tregua en la discusión, y en la que decidieron que las diferencias entre los reformistas suizos y alemanes no debían turbar la armonía ni impedir que se trataran según los preceptos con los que se señalan a la beneficencia que debía encerrar su doctrina. Esto era fuera de toda duda un triunfo sublime que hubiera llevado los frutos más elevados si tantos de estos jefes no hubieran sido sacerdotes de profesión.
Para afirmar la reconciliación de los dos partidos formados por el desacuerdo citado, quiso el noble Landgrave que Lutero y Zwinglio declarasen que se miraban como hermanos. Zwinglio aceptó sin titubeos, más no así el orgulloso Lutero de quien sólo se pudo obtener la promesa de moderar en lo futuro sus expresiones.
Los partidarios de la iglesia católica no habían permanecido inactivos mientras tanto, iniciando una intensa propaganda para crear un ambiente de sed de exterminio en los cantones suizos donde tenían preponderancia, singularizándose en esta siniestra tarea los secularizados de la abadía de Saint Gall. Zwinglio hizo cuanto pudo por evitar este estallido del fanatismo; fué en vano, el odio religioso no entiende de clemencia. Tampoco pudo evitar que el mismo clamor bélico estallara en sus propias filas, donde a su vez formaron un ejército del cual nombraron jefe a Zwinglio. Ocurrieron choques armados que sembraron la desolación y el espanto por todas partes. Y al ocurrir a los años una pequeña tregua (1531) apeló el reformador a un último y supremo esfuerzo por poner fin a la lucha fratricida, sacrificándose a la paz pública: rogó al Consejo de Zurich para que le permitiera retirarse. El Consejo, lejos de autorizar tan humilde como generoso pedido, ordenóle nuevamente que tomara el mando del ejército que había sido puesto a sus órdenes.
Zwinglio obedeció dolorido, sea como un acto de debilidad o con el fin de dar un ejemplo de que sabía obedecer, y marchó con dos mil hombres contra el ejército católico que estaba integrado por 8,000 hombres mejor pertrechados y aleccionados en el crimen de matar. En Cappel se encontraron ambas armas. La lucha fué desesperada a pesar de la gran inferioridad numérica de los protestantes, los que al final habían de caer sacrificados, regando el suelo con su sangre.
Los católicos habían triunfado, más, ¿qué les importaban los cuerpos sacrificados ni la victoria obtenida? El anatemizado, el “monstruo” había de ser hallado, el que había osado señalar sus vicios y crímenes con miras de una conducta mejor. Como fieras se lanzaron a la caza revolviendo cadáveres, hasta que fué localizado el cuerpo aún palpitante del noble reformador.
Ebrios de una feroz alegría, sedientos de un mezquino y fantástico premio de indulgencia, condujeron los vencedores el cuerpo del agonizante al lugar del suplicio, donde fué ajusticiado, descuartizado y finalmente quemado, y como señal de repudio, mezclaron sus cenizas con las de un cerdo.
Así murió este reformador, que si hubiera sufrido el suplicio en el uso de sus sentidos habría podido sentenciar como Juan Huss: “Ante ese Dios que vosotros desconocéis quiero yo comparecer para demostrarle que cumplí su mandato”. Los monstruos que aclaman a los mercaderes del templo se conforman con golpearse los pechos y exclamar hipócritamente: “Señor, no soy digno”...”
Abril 15 de 1939.
LA BALANZA NÚM. 152.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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