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Joaquín Trincado

Publio Septimo Geta

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

(189–212) El hijo segundo del emperador romano Septimio Severo y de Julia Domna, era natural de la ciudad de Milán. Su padre, que con su conducta irreprensible se había congratulado los afectos de las legiones que mandaba, fué proclamado emperador por ellos al saberse que el trono había sido puesto en venta al mejor postor, y una vez en Roma pagó ampliamente la confianza que en él se había depositado, administrando recta justicia a todos los ciudadanos, aliviando las cargas de las provincias y procurando detener la creciente corrupción de las costumbres; pero en la vida íntima tuvo grandes disgustos con los desarreglos de su segunda mujer, Julia Domna, y el odio que su hijo primogénito Marco Aurelio Antonino Basiano, llamado Caracalla, demostraba a su otro hijo, Geta.


Geta, a pesar de la vida licenciosa que llevaba su madre, dió muestras de querer seguir las huellas de su padre. El mismo año de su nacimiento (189), cuando Caracalla fué proclamado “augusto", recibió Geta de los soldados el título de “césar", confirmado por el emperador y el Senado, y haciéndose amable por su carácter amable y humanitario, dieronle además del "'césar'' los títulos de “pontífice" y "príncipe de la paz'', antes del 205, época de su primer consulado.


Era cónsul por segunda vez cuando se sublevaron los Caledonios (208) y en la expedición que contra ellos llevó el emperador Septimio Severo se llevó a sus dos hijos. Tras una larga lucha fueron los sublevados dominados y extendidos los dominios de Roma. Septimio no sobreviviría sus últimos triunfos, pues cayó enfermo y murió poco después en Evoracum, Gran Bretaña (211).


Muerto el padre, fueron ambos hijos aclamados por el ejército y regresaron apresuradamente a Roma. Los dos poseían un carácter violento, pero Geta, por sus sentimientos y amor a las letras, ganábase cada vez más el afecto del pueblo, que se alejaba de su hermano, a quien aborrecían por sus impulsos sanguinarios y perversos.


El mismo Geta, viéndose el blanco de la furia de su hermano, comenzó a pagarle con la misma moneda, tratándole despectivamente. En su rápido viaje por la Galia a Italia tuvieron sus guardias respectivos, nunca comieron en la misma mesa ni durmieron en la misma casa.


En Roma se dividieron el palacio imperial; cada uno fortificó su parte como una plaza de guerra, y se encontraban en las ceremonias públicas con numeroso cortejo de soldados. Comprendiendo que amenazaba una guerra civil por esta rivalidad, propusieron los ministros de Septimio Severo dividir el Imperio, dando a Caracalla Europa y el África occidental, con Roma por capital, y a Geta el Asia y Egipto, debiendo tener su residencia en Antioquía o Alejandría.


Los dos hermanos agradecieron este arreglo, pero no así el Senado, que veía con malos ojos la idea de desmembrar el territorio. Al Senado se unió el pueblo y por fin fué desechada la propuesta.


Desilusionado Caracalla en sus anhelos de reinar solo, resolvió deshacerse de su hermano, mandándole quitar la vida. Para llevarlo a cabo fingió deseos de querer reconciliarse con Geta. Dirigióse con tal fin a su madre y le dijo que se sentía arrepentido de todo el odio que había demostrado a su hermano. Julia Domna, conmovida por la actitud de su primogénito, convino que ambos hermanos se entrevistaran en su habitación, a la que los dos se trasladarían sin comitiva.


Geta acudió gustoso a la cita, pero a una señal de Caracalla arrojáronse los centuriones que se habían escondido sobre su hermano, a quien asesinaron a pesar de los esfuerzos de la madre, de protegerlo con su cuerpo.


Los pretorianos preferían a Geta; el fraticida acalló las murmuraciones con un donativo de 2.500 dracmas a cada uno. Permitió además que se deificase a Geta, y consagró a Serapis la espada con que lo había traspasado. Cuando con todo esto no consiguió borrar de la opinión pública la monstruosidad de su crimen, mandó derribar las estatuas de Geta y degollar a 20.000 romanos que consideró amigos de éste.

 

Julio 15 de 1937.

LA BALANZA NÚM. 110.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado 

 
 

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