Miguel Servet
- EMEDELACU

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MIGUEL SERVET. Dicen algunos de sus biógrafos que nació en Villanueva de Aragón y aún no ha faltado quien intentara sacar a España la gloria de ser su cuna, pero de la investigación de muchos se saca por conclusión que vió la luz en Tudela (Navarra) 1511 y procedía de una antigua familia. Su padre era notario y otro de sus parientes era catedrático de Derecho. Dícese que su primera educación la recibió en un convento. En la Universidad de Zaragoza cursó hasta cinco años saliendo bastante bien en latín pero muy instruido en griego y hebreo, en matemáticas, geografía, filosofía y teología.
Estudió además, todas las ciencias que por aquel tiempo se estudiaban y de cuya difusión se ocupaba Pedro M. de Anglería y otros hombres significados.
Fué a Tolosa para estudiar leyes en su universidad a donde le envió su padre cuando contaba diez y nueve años y desde entonces no volvió a pisar suelo de España.
Era la época de las discusiones teológicas y filosóficas que absorbían todas las inteligencias y la de Servet no escapó a su influencia. Estudió las PANDECTAS y dedicó la mayor atención a la Teología, al Viejo y Nuevo Testamento, a los filósofos alejandrinos y griegos.
Su estudio de la religión empezó a hacerlo desde el punto de mira de su entendimiento y el examen hecho profundamente en los libros teológicos, comparados con la "Teología racional", lo que hacía resaltar los abusos del clero romano. No se trataba solamente de la idea aislada; muchos eran los que en aquella época habían manifestado sus inquietudes, a pesar de llamarse cristianos.
Sus inclinaciones al estudio de la Teología lo apartaron de los estudios del Derecho. Erasmo también había hecho sus críticas y apreciaciones sobre el descaro clerical, pero éste lo hacía en un sentido parcial y poco profundo. Servet en vez era un sincero creyente que analizaba para poder aceptar, era un libre pensador a la manera de los racionalistas; no encontró por eso, lugar entre los corifeos de la Reforma, ni era el secuaz de ninguna secta. No intentó ni levantar, ni sostener una iglesia frente a otra iglesia, tan llena de fanatismos e intransigencias una como otro; sólo se esforzó en probar la verdad de sus conceptos fundados en la razón.
Desde muy joven ocupaba el puesto de secretario de don Juan de Quintana, franciscano confesor de Carlos V, por lo que tuvieron que viajar por muchas ciudades de Italia y Alemania. En Bolonia asistió Servet a la coronación de Carlos V y tuvo ocasión de ver los más poderosos príncipes de la Tierra, arrodillarse y besar las sandalias del Papa.
Quintana murió en Segovia en Noviembre de 1534, pero ya en 1531 había publicado su obra sobre la Trinidad y parece que aún antes de la muerte de su amo había dejado la secretaría para tener más libertad de emitir sus opiniones.
Trató de aproximarse a aquellos que hablaban de la Reforma[1] y exponerle algunos de sus pensamientos que, como es de comprender rechazaron porque hablaba a sus conciencias y descubría sus patrañas.
Escolampio predispuso a los demás pastores, diciéndoles que Servet negaba la coexistencia eterna de Cristo como hijo de Dios. Sabedor de que los teólogos Escolampio Bucero y Capitón se habían unido para maldecir al "Malvado español" Servet, apeló al público de este anatema, publicando su obra De Trinitatis erroribus libri VII y sus Diálogos que trataban sobre el mismo asunto.
En Alemania se escandalizaron tanto de su doctrina que Servet para resguardarse hubo de adoptar el nombre de Miguel de Villanova y se trasladó a Francia, radicándose en París (1533) donde tuvo la desgracia de trabar conocimiento con Calvino, joven entonces, a quien expuso su doctrina esperando catequizarle, pero su sinceridad chocó contra la supremacía y fanatismo del otro que no contando con argumento optó por rehuir y despreciar la controversia.
En París había buscado Servet medios de vida amparándose en la imprenta donde se ocupaba de corrector de pruebas; pero no abandonó sus estudios cursando entre tanto Matemáticas, Física y Medicina.
En 1535 residió en Lyon ocupándose en la casa de los hermanos Trechsel, una de las más acreditadas de su tiempo, quienes le encomendaron la traducción de una Geografía de Ptolomeo. Servet hizo la traducción del Griego al Latín, corrigiendo los errores de las ediciones antiguas, ilustró los textos e hizo investigaciones para aclarar los puntos antiguos. Luego revisó y corrigió varias obras de Anatomía, Medicina, Farmacia y algunas de Ciencias Naturales.
Trabó amistad con el famoso médico lionés Sinforiano Champier, que por su ciencia y altruismo gozaba de mucha autoridad en su país; era galenista y asignaba toda importancia a la Astrología en las ciencias médicas sobre todo en los pronósticos.
En su amistad con Champier, surgió en Servet el deseo de dedicarse a la medicina lo que inició sobre los conocimientos que ya tenía adquiridos. Con tal propósito se dirigió a París e ingresó en el colegio de Calvi, siguiendo luego con Lombardo. Tuvo por maestros a Silvio, Ferriel y Günter, famosos en su tiempo, Silvio en sus INSTITUCIONES ANATOMICAS, escribió: "tuve por ayudantes a Andrés Vesalis, joven muy inteligente en la anatomía y después a Miguel Villanova, varón eminente en todas letras y a ninguno inferior en la doctrina de Galeno. Con ayuda de ellos examiné en muchos cadáveres las partes exteriores e interiores". Estudioso y diligente pronto obtuvo Servet el título de maestro en Artes y doctor en Medicina.
Luego se dedicó al profesorado de Matemáticas y Geografía, ciencias de las que abocó cursos públicos en el colegio de los Lombardo; su fama se extendió.
Sus aulas se vieron muy concurridas y tomaron sus lecciones personas de distinción y talento, entre ellas un sacerdote joven que se distinguía por su talento, llamado Pedro Paulmier que más tarde fué obispo de Vienne del Delfinado y protector de su maestro.
La enseñanza de la Geografía le hizo caer en los errores astrológicos.
Atacó a Galeno y a la Facultad de París en su libro titulado Syruporum universa ratio. La manera notable con que había escrito su libro, el éxito logrado en su cátedra, levantaron la envidia de parte de los médicos de la Facultad de París, quienes se querellaron ante la Universidad y el Parlamento, recayendo una sentencia que no conformó ni a los médicos ni a Servet, quien escribió la célebre apología que fué prohibida por el Parlamento.
Fué por esa época que tras breve conferencia con Calvino señalaron fecha para una pública discusión teológica que no se realizó y Servet tuvo que huir de Lyon, donde vivió de incógnito algún tiempo, ejerciendo el oficio de corrector de pruebas, pero más tarde obtuvo la plaza de médico de Charlieu, lugar donde residió tres años aproximadamente (1538); dícese que allí estableció una escuela de medicina, pero los ecos del asunto de la Facultad de París seguían molestándole aún en su retiro.
Agotada la edición de su Ptolomeo, tuvo que volver a Lyon, para dar una segunda con muchas mejoras, y la dedicó al arzobispo de Vienne del Delfinado. (Pedro Paulmier).
Entonces reimprimió también la Biblia latina de Santes Pagnino, añadiéndole notas aclaratorias que resultan el principio de la exégesis racional de tiempos posteriores. Esta Biblia se publicó en 1542 y Servet recibió 500 francos por su trabajo. La prensa reprodujo por aquellos días sus argumentos de la Suma española de Santo Tomás.
Su discípulo P. Paulmier, le invitó a vivir en su palacio del arzobispado de Vienne, lo que aceptó Servet, donde vivió los únicos años tranquilos de su existencia, pero su espíritu inquieto no le permitía callar ante los absurdos teológicos de Calvino y ya que no le era posible exponerle personalmente, tuvo el arrojo de escribirle provocándole a nueva polémica a lo que Calvino entró con mala fe y peor intención, todas sus respuestas eran solapadas y firmaba con pseudónimo.
Más de un año duró esta correspondencia sin que el uno quisiera claudicar de la razón ni el otro cediera un ápice en su fanatismo y aberración y en vez mientras más razones y verdades comprendiera más se llenaba de odio y rencor el corazón de Calvino, llegando así al insulto y la amenaza como lo prueba una carta autógrafa que se conserva en la Biblioteca Nacional de París, en la que termina diciendo a Servet: "Dice que va a venir si le recibo; pero no me atrevo a comprometer mi palabra; porque si viene le juro que no ha de salir vivo de mis manos o poco ha de valer mi autoridad".
Durante la controversia, Servet, deseoso de hacer conocer de todos, la verdad que él concebía, escribió la obra titulada CHRISTIANISMI RESTITUTIO, y envió a Calvino el manuscrito; quien no se lo devolvió pero como Servet conservaba copia quiso darle a la imprenta, empresa por demás difícil por lo peligrosa; varios impresores se negaron a realizarla. Al cabo ofreció cien coronas sobre el costo de la impresión que se hizo tomando muchas precauciones y medidas, entre ellas la de poner frente de la obra las iniciales M. S. V.
Bien pronto llegó a manos de Calvino un ejemplar y temiendo que la propaganda del español perjudicase los dogmas católicos y los protestantes aprovechó la ocasión para satisfacer su odio y deseo de venganza; Servet a instigación de Calvino fué denunciado a la Inquisición y al cardenal de Tournon, arzobispo de Lyon, para lo cual se valió del testaferro Guillermo Trie, que entregó cartas confidenciales que sirvieron de pruebas contra el acusado, que fué reducido a prisión, pero gozaba de tantas simpatías personales como animadversión inspiraba la indignidad del acusador y los encargados del juicio dejaron escapar a Servet; éste desconocedor de los caminos, anduvo errante cuatro meses y en vez de llegar a Italia, como lo deseaba, dió en Ginebra y una tarde entró en un templo donde precisamente predicaba Calvino, que tan pronto lo vió le reconoció y le denunció. Servet fué preso inmediatamente (Agosto de 1553). Su anterior prisión fué hecha en cuatro de abril del mismo año, tres días más tarde fué su fuga proporcionada por sus mismos jueces. No obstante fué condenado en Francia, a ser quemado vivo a fuego lento junto con sus obras, sentencia que ejecutaron en su efigie.
Es así que cuando Calvino le vió en Ginebra, temió que se le uniese el poderoso partido de los LIBERTINOS[2] y quiso cumplir la amenaza hecha siete años antes, pero trató de que no se evidenciara la nota de venganza en su denuncia y como en Ginebra según las leyes el denunciador debía constituirse en prisionero antes de hacer encarcelar al acusado, hizo llenar estas formalidades por Nicolás de Lafontaine, un francés secretario de Calvino, quien presentó una querella, dictada por su maestro, en la que acusaba a Servet de herejía, lo que para los protestantes como para los católicos era un crimen.
Dice un biógrafo francés que Calvino “no contento con haber hecho prender a Servet”, dirigió los debates, predicó contra él y le refutó en los impresos que tituló SENTENTIAE EXCERPTOE EX LIBRIS SERVETI Y BREVIS REFUTATIO ERRORUM.
Servet en el primer tiempo se defendió con energía, pero los debates llenos de falsedades, hipocresía y “pedantería feroz", lo enervaban y al final se negó a responder a Calvino que en su odio incitaba provocando a las Iglesias de los cantones Suizos para que pronunciasen sentencias desfavorables al prisionero.
Servet fué condenado el 26 de octubre a ser quemado vivo a pesar de los esfuerzos del presidente del Consejo de la República, Amied Perrin.
Servet permaneció inquebrantable en su fe y se negó a retractarse a pesar de las instancias de Farel que desde Lausana acudió para asistirle en sus momentos supremos.
Según Picatoste: "Servet fué maltratado y condenado sin defensa; no se le permitió ni aún mudarse camisa en la prisión. Sus cartas a Calvino pidiéndole ropa no tuvieron respuesta. Los cargos que le hicieron fueron supuestos. Lo que no se puede dudar cuando en respuesta a la acusación de haber dicho que no vivía el alma más que el cuerpo, Servet escribió en una carta desde la cárcel; "Esto es horrible y execrable: entre todas las herejías y entre todos los crímenes no hay ninguno tan grande como el de hacer mortal el alma. El que diga ésto, no cree que hay justicia ni Dios.... ni nada, sino que todo es muerte, y que el hombre y la bestia son una misma cosa. Me condenaría yo mismo a muerte".
El 22 de septiembre 1553 se dirigía al Consejo de Ginebra afirmando que moriría contento, si se le probaba que había dicho semejante cosa, cuya carta terminaba de este modo "¡Os pido, señores, justicia, justicia, justicia!"
Estas palabras y las de misericordia que formuló al morir fueron objeto de las burlas de Calvino.
El biógrafo francés Picatoste dice que marchó a la muerte "con paso firme, gritando”: ¡Dios mío salvad mi alma! ¡Jesús, hijo de Dios Eterno, tener piedad de mí! Último testimonio de su fe. Cuando debajo de él encendieron la hoguera, lanzó un grito desgarrador y expiró después de media hora de espantosos tormentos".
Comentando los extremados rigores del suplicio ha escrito F. Rubio "echaron leña verde. Así duró dos horas. Gracias a que apiadados algunos circunstantes añadieron leña seca".
Pereció exclamando: “Justicia y misericordia".
Se dice que fueron muchas las personas que instaron inútilmente para salvarle la vida.
Picatoste dice que: "una tradición popular presenta a Calvino oculto tras de una cortina gozando al ver el suplicio de su víctima".
Al comentar la doctrina de Servet como filósofo y como teólogo, dice: "la rareza del libro (Christianismi Restitutio) ha originado juicios contradictorios sobre la doctrina de Servet. He aquí en qué consiste: Lutero y Calvino han atacado el dogma católico en un punto, la redención; pero otros puntos del cristianismo primitivo han sido corrompidos por Roma; se necesita una revolución. Servet, aspiraba, pues a refundir el conjunto de todos los misterios; como el teólogo es a la vez filósofo explica el dogma religioso con ayuda de un sistema metafísico, con el panteísmo neoplatónico en moda desde el Renacimiento: admite la indivisibilidad absoluta de Dios, y niega por consecuencia toda diversidad necesaria, toda distinción de personas en él. Dios, uno, simple, entra en relación con el mundo por las ideas, a la vez tipos eternos y principios substanciales y activos de los seres contenidos en ellas.
Dios es todo, todo es Dios. Servet, así, se niega a reconocer dos naturalezas en Jesucristo, y sostiene que es el hijo de María el que es consubstancial con Dios. Es un intermediario entre Dios y el hombre, en el sentido de que Dios se manifiesta por él y que todos los seres emanan de él. Servet admite la encarnación, pero da una explicación racionalista que destruye este dogma. Ataca también la moral cristiana negando la transmisión del pecado original y no reconociendo la necesidad de la gracia ni de la fe para la salvación. Esta doctrina separada de sus principios filosóficos conducía prácticamente a las consecuencias del socinianismo y sublevaba a los cristianos de todos los partidos. No obstante, con Saisset puede decirse que ensayó, no sin genio una especie de deducción racional de los misterios del cristianismo, y que fué el inesperado precursor de Espinosa y de Strauss". Federico Rubio, hablando del tratado de Trinitatis erroribus, afirma que la doctrina de Servet en último término, resulta unitaria. Gran fama ha dado a Servet el haber descubierto la circulación de la sangre sesenta años antes de que fuera demostrada por Harley, y aquí conviene copiar las palabras de otro Francés, Flouréns, consignadas (abril de 1854) en el Journal des Savants: "¿Cómo un descubrimiento de pura y Fisiología se halla en un libro sobre la Restitución del Cristianismo? Cuando se echa una ojeada sobre los escritos de Servet, se nota bien pronto el partido que en Teología sacó de atenerse única y obstinadamente al sentido literal... La escritura dice que el alma está en la sangre, que el alma es la sangre misma. Entonces, dice Servet, para saber cómo se forma el alma, es preciso ver cómo se forma la sangre; para saber cómo ésta se forma, es preciso ver cómo se mueve, y así a propósito de la Restitución del cristianismo, llega a la formación del alma: de la formación del alma a la de la sangre y de la formación de la sangre a la circulación pulmonar".
Servet no ha sido estudiado como merece. Su obra tiene múltiples fases; filósofo, geógrafo, honesto teólogo, sabio honrado, políglota y principalmente médico fisiólogo, tanto que de su erudición se ha dicho que lo perjudicó su demasiado saber.
Examinados con detenimiento los pasajes de su libro Christianismi Restitutio, en que Servet habla de la circulación, "se ve perfectamente descrita y establecida la circulación del corazón a los pulmones y de los pulmones al corazón. Se encuentra, además, otro descubrimiento, aunque expresado con cierta indecisión, por ser contrario a la enseñanza de Galeno. Este suponía que el hígado era el centro de la circulación general de la sangre; Servet vió el verdadero origen de la circulación venosa propia del hígado, la circulación de la vena aorta, tomando su origen en las venas mesentéricas. Y ya que no pudo ni se atrevió a afirmar la circulación de la sangre por la aorta, dijo: "que los espíritus que por ella circulaban eran de color rojizo”. La circulación de la sangre ha sido para la Medicina un descubrimiento tan trascendental como para el comercio y la civilización el descubrimiento del Nuevo Mundo. Y así como Colón no descubrió toda la América, sino parte de ella, así Servet, descubriendo la mitad de la circulación, no es por eso menos digno de alto honor. Sin duda Servet era un genio que hubiera producido y descubierto muchas cosas más, si hubiera estudiado muchas cosas menos".
No puede decirse exactamente que Servet tuviera discípulos en su vida; luego no hizo una escuela, pero llamaron Servetistas a los que más adelante defendieron sus doctrinas y sus mismas creencias.
Sixto Senense dió este mismo nombre a unos anabaptistas de Suiza que pensaban como Servet. Pero no se ha podido profundizar en sus doctrinas porque fué quemado juntamente con sus libros antes de que ellas pudieran haberse extendido.
Se le atribuye ser el autor del Thesaurus animae christianoe. A pesar que su obra fué destruída por el fuego se encuentran de él bastantes noticias bibliográficas comprendiendo algunas notas que se le atribuyen sin mayores indicios de verdad.
Junio 1° de 1938.
LA BALANZA NÚM. 131.
[1] Escolampio, Farel, Viret, Corant y muchos otros no menos aberrados que Calvino, estaban empeñados en ello.
[2] Libertinos llamaban a los que no aceptaban todos los dogmas religiosos. Aparecieron en Flandes y extendieron sus doctrinas por Francia, especialmente por París, Ruan y luego por Ginebra, Brabante y Holanda; les decían herejes, pero en el fondo de sus creencias había tendencia al paganismo.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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