top of page
Joaquín Trincado

Miguel de Nostradamus

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • hace 3 días
  • 7 Min. de lectura

MIGUEL DE NOSTRADAMUS (1503–1566), famoso astrónomo  y astrólogo francés, cuyo apellido verdadero era Notredame, nació en Saint–Remi y murió en Salon. Pertenecía a una familia judía que había dado a Francia varios médicos distinguidos y que en los comienzos del siglo XVI se había convertido al catolicismo.


Nostradamus remontaba su origen a la tribu de Isacar (quinto hijo de Jacob y Lía, jefe de una de las doce tribus hebreas y que floreció en el siglo XVIII antes de Jesús), y se complacía en recordar que aquella tribu había poseído el don de la profecía.


Tuvo por primer maestro a su abuelo materno. Luego se educó en el colegio de Aviñón, en el que descubrió felices disposiciones para las Ciencias y más tarde ingresó en la Escuela de Medicina de Montpellier. De ella salió para asistir en Narbona, Tolosa, Burdeos y otras ciudades a los atacados de una terrible epidemia que asolaba la población (1525–1529), ejerciendo durante aquel tiempo la profesión de médico sin tener aún el título. Testimonio que obtuvo luego de su regreso a Montpellier y bien pronto se contó entre los profesores. Abandonó esta ciudad para dirigirse a Agen, donde, debido al renombre adquirido por los auxilios prestados durante la terrible peste, lo llamó Julio César Escalígero, médico italiano, que residía en esta ciudad. Aquí contrajo matrimonio y tuvo dos hijos. En breve plazo los perdió, como también a su esposa, y buscando lenitivo a su dolor, recorrió la Guyena, Languedoc, Italia y Provenza, en un viaje que duró más de diez años, fijando finalmente su residencia en la ciudad de Salon, donde se casó en segundas nupcias con una joven muy rica.  Cuando al año siguiente estalló otra epidemia de peste en Aix, prestó servicios tan eficaces, que al hacer el mismo mal su aparición en Lyon, fué llamado por las autoridades de esta ciudad, combatiendo la enfermedad, según aseguran los cronistas, con un remedio de su invención y que dió a conocer en una de sus obras. Pero pese a todos sus triunfos fué tal la persecución de que le hicieron objeto sus colegas que hubo de retirarse en silencio a Salon.


Desde esta fecha púsose a escribir gran número de obras de medicina como así sus famosas Profecías pero que se decidió hacer imprimir recién  en el año 1555, en que comenzó a editar en Lyon su celebérrimo Almanaque que siguió publicando hasta su muerte. 


Hizo preceder a la obra, que entonces sólo contenía siete centurias, una epístola–dedicatoria a César, uno de sus hijos que había nacido ese mismo año (1555–1629) y que durante su vida se dió a conocer como pintor y poeta, conservando el Museo de Aviñón un retrato que él pintó de su padre. El libro causó gran sensación y ahondó la subdivisión de pareceres, pues mientras unos calificaron a su autor de loco o de impostor, otros, en mayor número, le atribuyeron realmente el don de la profecía y consideraron cada una de sus centurias como otros tantos oráculos, procurando averiguar el sentido oculto de sus palabras. De tal modo creció su popularidad que trasladóse a París llamado por la reina Catalina de Médicis, que creyendo en la Astrología, le colmó de regalos y distinciones y le hizo pasar a Blois para obtener el horóscopo de sus hijos. Satisfizo los deseos de la reina, y animado por su triunfo reimprimió su libro, aumentado con tres centurias (1558). Creció su fama cuando al año siguiente falleció el rey Enrique II a consecuencia de las heridas recibidas en un torneo, coincidiendo con una de sus profecías, acabó de cimentar su reputación. En 1564 fue visitado por Manuel Filiberto, duque de Saboya, por la famosa princesa Margarita de Valois y del rey Carlos IX de Francia, que le prodigó grandes honores, le nombró su médico ordinario y le regaló 200 escudos de oro, suma duplicada por la reina madre. Pero a pesar de su real valer fue considerado, al menos de su patria, por muchos como un impostor y un charlatán, si bien su Almanaque fue traducido a todos los idiomas, existiendo una edición en castellano con el título de El talismán de los sueños y visiones nocturnas. Revelaciones.


Después de su muerte se dijo que Nostradamus se había hecho encerrar vivo en un sepulcro, desde el cual seguía escribiendo profecías. De esto se aprovecharon los libreros para aumentar el número de centurias en ediciones sucesivas. Afirmaban que el astrólogo dormía cuatro o cinco horas nada más, y que consagraba parte de las noches a la observación de las estrellas. Las profecías de Nostradamus dieron materia para numerosas publicaciones y se reimprimieron muchas veces.


Platón ha sentado magistralmente que “El hombre supersticioso tiene la tierra y el mar, el aire y el cielo, las tinieblas y la luz, el ruido y el silencio; teme hasta los sueños”, pero no hemos de olvidar que ese temor tiene su origen en que el temeroso  no sabe estudiar, igual que el demagogo, el sofista y el sistemático.


¿No se han visto personas que sin causa aparente temieron el mar en el que habían de hallar su tumba? Lo mismo sucede en tantas cosas en que una llamada “casualidad” ha evitado verdaderas catástrofes. Pero es innegable que en todos estos casos no era la superstición la que imperaba en el hombre a pesar de hallarse incapacitado para explicar la causa directa de ese temor. La astrología y la astronomía son en realidad una misma ciencia, aun cuando sólo al amparo de esta última denominación, se han podido sentar como axiomáticas, ciertas leyes que rigen el movimiento y en algunos casos con la ayuda del espectroscopio, también la composición de determinados cuerpos celestes; en cambio la señalada como astrología se refiere a otras leyes cuya existencia parecen asegurar múltiples hechos que por no haber sido observados ni interpretados por una unanimidad de concepto científico, han quedado siempre arrinconados y abandonados como pasto propicio para mercaderes sin conciencia, e indudablemente permanecería así convenientemente hasta que por la electricidad “fuerza omnipotente y madre de todo lo creado” puede a la luz de la experiencia, descubrir innegablemente la piedra angular en que descansa el inmenso edificio del universo infinito.


Muchos sabios, en diversas épocas han procurado, valiéndose de su experiencia y sano juicio, descubrir los efectos verdaderos de los astros sobre la vida humana. Así por ejemplo Hipócrates, el mayor de los médicos de la antigüedad (siglo V antes de Jesús) creía en la acción de los astros sobre la producción de las enfermedades, y entre las constelaciones cuyo influjo le parecía más marcado e importante, colocaba a las Pléyades, Arturo y el Perro; indica que debe prestarse gran atención a la salida y postura de esas estrellas porque los días en que ocurren son críticos, es decir, notables por la muerte o curación de las enfermedades o por alguna metástasis considerable. Claudio Galeno, el médico de Pérgamo (siglo II) se preocupa principalmente con la luna y a su entender los días críticos corresponden a las diversas fases de este satélite, imaginando un mes médico análogo al mes lunar. Admit también la acción de los demás astros, planetas y estrellas y su razón se basa en el siguiente razonamiento: “Si el aspecto de los astros no produce efecto alguno, y el Sol, fuente de vida y de luz, sigue sólo las cuatro estaciones del año, serían éstas siempre idénticas, no ofreciendo ninguna variedad en su temperatura, puesto que el curso del Sol siempre es el mismo, y toda vez que se observan tantas variaciones, hay que buscar alguna otra causa que no ofrezca igual uniformidad”. Paracelso, el célebre médico y químico suizo (siglo XVI) admite cinco clases de influjos mórbidos entre las cuales se cuenta el astral; según este autor, llegan los astros hasta nosotros obrando sobre la atmósfera de éter que envuelve, conserva y protege todos los elementos y todas las criaturas, y por el vicio de esa atmósfera misteriosa se explica  la producción de la peste, del tifus y de todas las epidemias que devastan al género humano.


Los efectos del influjo astral varían según la buena o mala disposición y según la fuerza o debilidad  de los seres ( animales y plantas) en los que se deja sentir; varían también estos efectos según la naturaleza del astro que obra. ¿Cuál es la acción especial de cada astro, de cada esfera celeste? Paracelso cree resolver el problema, observando y determinando la acción de los minerales sobre las diferentes partes del cuerpo. Lo que cura, dice, indica la naturaleza y la causa del mal.


El historiador Diógenes Laersio (siglo II antes de Jesús) ha dado a entender que los egipcios conocían ya la redondez de la tierra y la causa de los eclipses. No se les puede disputar su habilidad en la astronomía, pero en vez de mantenerse en las reglas seguras de esta ciencia, añadieron otras fundadas únicamente en su imaginación y estos han sido el origen de las de adivinar y sacar los horóscopos.


No podemos ir acordes con éste último juicio, pero sí es imperioso admitir que toda revelación del destino reservado para cada hombre aun en el caso de resultar real, como sucede por desgracia, constituye un delito criminal al cual se sienten atraídos todos cuantos han perdido el respeto y la noción del derecho universal a la vida y al bienestar común.


Sólo aquellos que emiten profecías resultantes de un razonamiento desinteresado y cuyo alcance no está limitado a sectarismo ni parcialidades, constituyen la única excepción, y aun cuando no creemos llegada la hora de profundizarnos  en sus causas que sin duda en época próxima quedarán sentadas y justificadas científicamente, nos debemos conformar con reconocer que hombres como Miguel de Nostradamus han contribuido a mantener latente ese sentimiento tan seriamente amagado por la sed de comercializar los progresos científicos en todos sus alcances y evitar que la humanidad no perdiera su derrotero por quedar ofuscada en sus propios triunfos que amenazaron como fruto de sus investigaciones.

 

1° y 15 de Noviembre de 1939.

LA BALANZA NÚMS. 164 Y 165.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado 

 

 
 

Entradas recientes

Ver todo
bottom of page