top of page
Joaquín Trincado

Mahoma

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 21 mar
  • 10 Min. de lectura

MAHOMA: Fundador de la religión mahometana, nació en la Meca, el 5 de mayo del año 571. Era hijo de Ablalla y de Amina, pertenecientes a la tribu de los Koreischitas, que remontaban su origen a Ismael, de quien se decía descendiente Mahoma, siéndolo así de Abraham, padre de Ismael.


Los Koreischitas tenían a su cargo la custodia del templo de la Kaaba.


Como casi todos los predestinados Mahoma tuvo una infancia llena de dolorosas incidencias. Siendo de muy corta edad perdió a su padre que estaba dedicado al comercio y que sólo dejó como intereses cinco camellos y una esclava.


Aseguran otros historiadores que Mahoma nació cinco meses después del fallecimiento de su padre y que en época cercana al alumbramiento, Amina, su madre, tuvo videncias y revelaciones. En una de ellas se le decía: ''El que llevas en tu seno será el hombre más grande de todos los hombres y la más noble de las criaturas. Le pondrás por nombre Mohamet". Alabadlo y pronunciaréis estas palabras: "Yo he recibido del Dios Único, para él, favor contra los maleficios de los espíritus envidiosos". Al nacimiento del profeta, vió que salía una luz que llegaba hasta la Siria y que su resplandor se extendía por el cielo y hasta obscurecía la luz de las estrellas.


Su ama, una mujer de los Beni Sid llamada Halima, le crió hasta los tres años de edad en que fué devuelto a su madre, a la que perdió cuando recién contaba cinco años, quedando entonces al cuidado de su abuelo Abdal Motaleb, persona muy considerada en la Meca, quien falleció al poco tiempo, sustituyéndole Abú Taleb, hermano de su padre.


Desde niño Mahoma demostró su espíritu reflexivo. A los trece años hizo su primer viaje a Siria con su tío Abú Taleb, quien pudo observar en esta ocasión el despejado talento de su sobrino. Un día fué llevado por un sacerdote judío a casa de una viuda llamada Cadija (Yadixa), a quien mucho le admiró y le pidió que quedase al frente de su comercio y luego casó con él. Empezó desde entonces Mahoma a figurar entre los principales ciudadanos de la Meca, pues su esposa era enormemente rica. En los principios Mahoma sólo pensó en su negocio; sólo salía todos los años una temporada al desierto, donde pasaba muchos ratos en contemplación. Poco a poco fué renunciando a toda operación comercial y fijó toda su actividad en el espectáculo espiritual que ofrecían sus compatriotas; pensó en aplicar la forma que él creía más eficaz para remediar ese estado de cosas. En su mente bullía un vastísimo plan: formar una religión que uniese a los dispersos pueblos de la Arabia y luego al mundo entero.


Ideaba una religión fácil, práctica, llena de ardiente fé, que no ofreciese misterios, ni complicados ritos en que llegara a perderse la razón o vacilase la fé.


El momento era propicio, los árabes en aquella época permitían el libre ejercicio de todas las religiones; así es cómo en la Arabia se encontraban gran número de judíos, cristianos, cismáticos e idólatras.


Bien se ve que en el fondo de la subconciencia de este misionero, había algo más intenso que el concepto de religión, pero debió analizar la falsedad de politeísmo y lo absurdo de los ritos de la religión que tanta analogía tienen con las prácticas de las tribus idólatras. El mismo recinto de la Kaaba estaba rodeado de ídolos. Había tratado con frailes católicos y sacerdotes cristianos y judíos, lo que le había permitido estudiar sus costumbres y analizar sus dogmas; esto le dió conocimientos que le sacaron de lo común entre sus compatriotas y le valió de mucho prestigio cuando se abocó formalmente a cumplir con la misión de mejorar el estado moral de su país y no encontró nada mejor que fundar una religión que presentara a la razón, cosa que pudiera comprenderse por sí sola y así ser aceptada por todos los pueblos de la Tierra. Llegó hasta los 40 años meditando y recibiendo las inspiraciones de lo que debía de poner en práctica. En 610, según la tradición, se le apareció el llamado arcángel Gabriel, quien le comunicó la misión que debía de cumplir y le dio los seis primeros versículos del capítulo XCVI del Alcorán.


La primera musulmana fué Cadija (Yadixa), luego le siguió Alí (primo de Mahoma) y Abuberque, que conocía al profeta desde su niñez. Siguieron así Hanza, Ahser, Oman, Sead, Zabur, Telha, Zaid, Zabair, Abdallah, Amar y Abú, quienes fueron los primeros creyentes de la nueva doctrina y se llamaron "musulmanes" y al cuerpo de doctrinas "islamismo".


Como a todos los que tratan de purificar costumbres y consolidar una moral sana y más allá del alcance de sus contemporáneos, Mahoma tuvo que hacer esfuerzos penosos y encontró su hora de desaliento, pues aparte de que pasó algún tiempo sin recibir revelaciones, se arredraba ante los obstáculos que se le oponían y que no sabía cómo resolver por lo que se retiró a las montañas cerca de la Meca, en donde permaneció algún tiempo abatido por la incertidumbre. Empezó a predicar su doctrina entre sus parientes que adoraban a los ídolos, haciéndoles ver los defectos y falsedades del politeísmo.


Predicó luego públicamente sin distinción de clases y condiciones procurando corregir las costumbres.


Recomendó la beneficencia para las clases inferiores que se encontraban en un estado miserable, cuyos consejos contrastaban con la avaricia de los aristócratas; esto hizo que se aumentara el número de sus prosélitos. Las clases acomodadas, como fué de práctica en todos los tiempos, queriendo mostrarse celosos por la religión que se profesaba desde tantos siglos, miraban con recelo las nuevas doctrinas y no sólo no las admitían, sino que amenazaban a los que las abrazaron.


No predicó Mahoma su doctrina solo en la Arabia sino que envió a su tío Abú Taleb con sesenta mahometanos a Etiopía con cartas al rey exponiéndole los principios de su religión; el rey de Etiopía se hizo mahometano y juró fidelidad a Mahoma. Para entrar en esta nueva religión solo exigía su fundador creer en un solo Dios único y en Mahoma su profeta, y prepararse en esta vida para otra nueva vida.


A medida que crecía el número de los adictos a Mahoma, crecía el enojo de sus adversarios. Llegaron a insultarle públicamente y con sus persecuciones obligaron al profeta a buscar refugio en una ciudad vecina donde fué desairado, lo que le obligó a volver a la Meca y vivir retirado por algún tiempo.


En la época en que acudían a la Meca numerosos individuos de todas las tribus, unos por asuntos mercantiles y otros por visitar el templo de la Kaaba, aprovechaba Mahoma para dar a conocer sus doctrinas a los extranjeros y luego de recitarles algunos capítulos del Alcorán, les decía como él era el enviado de Dios, que quería que le creyeran y le obedecieran y que las revelaciones que les hacía eran una prueba de la verdad de su misión.


Predominaban los idólatras sobre los judíos a los que les hacían sentir la dureza de su dominación; los judíos amenazaban a aquellos con sacudir el yugo de su tiraníacuando viniera el mesías les estaba prometido. En el año 621 después de Jesús, figuraban entre los peregrinos y que al oír hablar de un nuevo profeta creyeron que fuera el esperado por los judíos y trataron de atraerlo a su partido. Mahoma recibiólos con entusiasmo y luego de inculcarles sus doctrinas les sirvió de mediador para hacer desaparecer la rivalidad existente entre las tribus idólatras. Los Medinenses abrazaron con tal ardor la nueva fe que, a su regreso a su pueblo, cada uno estaba convertido en un apóstol. Al año siguiente se presentó a Mahoma otra multitud de idólatras de Medina, quienes abrazaron el islamismo y consideraron a Mahoma como jefe de una nueva sociedad, jurándole absoluta fidelidad. Mahoma les prometió que los que murieran por él entrarían en el paraíso. Esto aumentó el recelo de los sostenedores de la antigua religión, y temerosos los magistrados que se alterara el orden determinaron que fuese asesinado.


A este fin fueron a su casa un grupo formado por un individuo de cada una de las familias principales, pero Mahoma avisado a tiempo huyó en compañía de Abubequer.


Ya entonces estaba fallecida su esposa Cadija (Yadixa) y sus hijos.


Era el año 622 y este un hecho capitalísimo en la historia del islamismo, pues se conoce como la hégira o huida y sirve de punto de partida a la cronología musulmana.


Su llegada a Medina fué un triunfo pues no sólo pudo consolidar su poder, sino que derribó todos los ídolos y empezó la edificación de una mezquita para congregar al pueblo a dar culto a Dios. Estableció la purificación, la práctica del ayuno del mes de ramadán y añadió a la nueva religión formas y prácticas que permanecen aún inalterables.


Los habitantes de Medina, cambiaron a ésta su nombre de Yatreb por el de Medina Nabí o sea Ciudad del profeta. Los idólatras de la Meca estaban deseosos de vengarse, organizaron un ejército que a las órdenes de Abú Sodían se dirigieron contra Medina en el año tercero de la hégira (624–25 de Jesús).


Mahoma, aunque contaba con fuerzas mucho menores, aceptó la batalla, pero no habiéndose cumplido sus órdenes fué derrotado y se salvó con gran sacrificio.


Este desastre trajo dudas sobre el apostolado de Mahoma, quien les dijo que Dios había permitido ese desastre para conocer a los de verdadera fé. Victorias obtenidas luego, reanimaron la confianza entre los suyos y sometió a varias tribus de los confines de la Siria.

Mahoma intentó atraer a los judíos y no habiéndolo conseguido a pesar de sus esfuerzos les declaró su odio y exterminio (según la revelación de Gabriel) y en efecto atacó a la tribu de los Koraiditas, a la que dejó completamente destrozada.


He aquí recopilados brevemente los datos históricos de este hombre de quien sus comentaristas más fieles dicen que: "Era de talla mediana, de cuerpo recio y vigoroso, barba espesa, ojos negros, color sonrosado y noble rostro". Ese físico agradable se complementaba con sus dotes de talento natural, pues era analfabeto o aparentaba serlo quizá para dar más fuerza a sus revelaciones que decía le eran dadas por escrito. Uníase a su talento una feliz memoria y viva imaginación que le hacía tener respuestas y observaciones adecuadas a las circunstancias."


A pesar de que consideró y respetó a su esposa Cadija (Yadixa) a quien decía deber cuanto poseía y la comparaba por su virtud con Miriam, hermana de Moisés, y María, madre de Jesús. Luego de la muerte de ésta,  casó hasta con quince mujeres, por más que el Korán solo permite cuatro, pero como profeta se creyó exento de este precepto y aducía que todos los profetas que lo habían precedido tuvieron este privilegio.


Es indudable que la obra de este hombre fué prodigiosa, pero acaso habría sido universalmente más considerado si la hubiese presentado tal cual ella fué: obra patriótica.


La Arabia toda debe solo a él, su consolidación como nación y su predominio como raza. Pero si parece arriesgada y ardua la tarea de fundar una religión, el hacer una obra de la magnitud de la que él se propuso, habría sido poco menos que imposible, no solo dentro de aquel caos religioso sino también en aquella época de fanatismo. Pero no podía en aquellos tiempos hablarse de ninguna reforma que no estuviese fundamentada en un principio de religión. La verdad, el deber, la sana filosofía señalando serena e indiscutiblemente los caminos que conducen a la consecución del bien que deberían ser obtenidos por fuerza de la razón y del derecho necesitan del temor religioso (quizá la más definida forma de la superstición). Sócrates o Descartes habrían culminado si en vez de presentar lisa y llanamente sus principios, los hubieran aureolado de misticismo y de misterio (generador de la fe ciega). Por eso Mahoma fué bien inspirado al presentar sus proyectos como revelación divina, de otro modo habría fracasado.


No hay duda que se trataba de un espíritu misionero y que, como personalidad, estaba perfectamente preparado para la obra a que venía destinado; estos factores muchas veces descuidados en otros misioneros, en él eran minuciosos.


Su atracción física le daba ventaja sobre el medio, cosa con la que no contaban otros misioneros y profetas si se exceptúa a Jesús.


Su talento y feliz memoria suplían a su falta de instrucción.


Su actividad infatigable respondía a su ambición, que fué el acicate que le ánimo, tanto como sus adeptos, a no desistir en los momentos que las luchas, las contrariedades y las persecuciones le llenaron de desaliento y amargura. Por otro lado, la suerte le fué propicia, no solo porque tuvo lo que ningún otro mesías, bienes de fortuna, sino porque las rivalidades entre las ciudades de la Meca y Medina favorecieron grandemente sus planes.


¿Qué tuviera revelaciones? ¿Qué obtuviera directamente comunicaciones de Gabriel u otro? No hay duda ni puede causar asombro, en los que no desconocemos que todo está sujeto a una Ley, que muchos han sido los misioneros del Padre que han cumplido unos exactamente, otros con deficiencias voluntarias u obligados por las circunstancias del momento (lo que no les quita ni culpa, ni deuda).


¿Fué Mahoma uno de éstos? Por su justicia proverbial, sus dotes de organizador y dirigente, la obra es admirable en lo que se refiere a fortaleza espiritual y a sacrificio de amor al Creador[1] considerado como Único Dios del Universo, a pesar de que su religión adolece del pecado capital de todas las religiones: fanatismo y fe ciega.


Convenimos en que a su concepto religioso lo fundamentó en un dogma sencillo que ofrece a la razón lo que ella es capaz de concebir; creyó que por sencilla y práctica ella podría ser abrazada por todos los hombres. Pero el dogma al surgir es divinizado de inmediato y mientras más misterioso e indescifrable tanto más creído por la religión.


Refiriéndose a esta religión dice un comentarista: "Pero en esta misma grandeza inaccesible a la casi totalidad de los hombres que prefieren creer a razonar, estuvo su error. Desde que el mundo alberga a la criatura humana y desde que la ignorancia y el miedo hizo a los hombres levantar los ojos e inventar los dioses todas las religiones se han hecho a base no de razón, de verdad y de sencillez, sino de misterio, de terror de culto, de aparato, de pompa, de mitos. Todas se han sostenido precisamente embruteciendo la razón y encadenando el pensamiento. Todas han muerto, como es natural, cuando los hombres han abierto los ojos iluminados por una nueva creencia o por una nueva moral; bien que enseguida los hayan vuelto a cerrar al brotar junto a esta moral una religión, es decir, al aparecer el "sacerdote", la casta el culto, la obscuridad, el negocio".


En el breve espacio de que disponemos no es posible desmenuzar la vasta obra del profeta de quien si no podemos aceptar su obra religiosa, no dejamos de admirar su magnífica y grandiosa tarea de unificación nacional y reconstrucción social de su pueblo. No hay duda que en algunos momentos se dejó arrastrar por el convencionalismo y en otros se dejó vencer por el prejuicio, pero esto no es óbice para que reconozcamos en él a un misionero que, como tantos, tropezó, en el camino con el escollo de las religiones y las confusiones del Cristo.


Pero si él hubiese dado el ejemplo con la práctica, habría valido tanto como cualquier prédica, en vez aprovechó su situación preeminente para dar satisfacción a su concupiscencia, respaldándose en falaces revelaciones y sin siquiera el pretexto de probables sucesores.

 

Diciembre 15 de 1937.

LA BALANZA NÚM 120.

 

[1] No se trae aquí a tela de juicio su moral hogareña, aunque quizá si hubiese procedido de otro modo, según las costumbres orientales, habría causado disconformidad entre sus adeptos.



Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

Entradas recientes

Ver todo
bottom of page