Luis Pasteur
- EMEDELACU

- 21 mar
- 13 Min. de lectura

LUIS PASTEUR, una de las grandes columnas de la sabiduría humana, nació en Dole, Francia, el día 27 de Diciembre de 1822. Su padre era curtidor y desde muy joven se trasladó con su familia a Arbois, donde cursó sus estudios primarios. Reveló entonces aptitudes para el dibujo. Enviado a París, sintió nostalgia por su hogar paterno, por lo que fue a Besancon donde vivían entonces sus progenitores. En el colegio normal de ésta se graduó de bachiller, pero si en todas sus materias alcanzó notas elocuentes, no fué así en química, o sea en la materia a que había de destinar esta su existencia. Esto mismo ya nos demuestra que el detractor nunca deja de aprovechar todos los medios a su alcance para procurar, si no alcanza a anular las aptitudes de los educandos, por lo menos, el restar en lo posible todo brillo como fomento del desánimo. Y como el campo de las leyes humanas, en su egoísmo, ha sido circunscripto, no han sido estudiadas ni dictadas las medicinas espirituales que han de frenar ni menos defender a los educandos del abuso de la llamada transmisión del pensamiento, medida que sin embargo es tan necesaria como el pan de cada día.
Incitado por la circunstancia que al solicitar su ingreso en la Escuela Normal de París, le fué otorgado un puesto que creyó poco ventajoso y ofensivo para su propia dignidad, redobló sus energías y repitió sus exámenes logrando el número cuatro (1843). Nuevamente en París, concurría a las clases que en la Sorbona dictaban los maestros Antonio Gerónimo Balard y Juan Baustista Dumas, verdaderos pilares en el infinito ramo de la química y sería injusto no recordar aquí que el primero ha dejado recuerdo imperecedero en la historia de la ciencia por el descubrimiento del bromo y el segundo sentó la unidad de la materia al establecer que las cifras que representan los equivalentes químicos de los cuerpos simples pueden ser considerados como múltiples simples.
Iniciado como preparador en química bajo la dirección de los maestros arriba citados, llamósle la atención ciertas diferencias registradas entre los ácidos tártrico y paratártrico cuando expuestos se hallaban a la observación con el polariscopio. Y cuando a raíz de esta observación hace su primer descubrimiento, que condujo a la separación del paratrato doble sódico amoníaco en dos sales de disemetría inversa y acción inversa, fué tal su emoción que como preso de un delirio abandonó precipitadamente su gabinete de trabajo cayendo en brazos de uno de los condiscípulos suyos, a quien gritaba con frases entrecortadas: “He hecho un nuevo descubrimiento”. Pero cuando su compañero lo acompañó para participar de esa observación, no permitieron las lágrimas a Pasteur mirar nuevamente el polariscopio. En esas lágrimas descúbrase la real grandeza del hombre capaz de ser un sabio verdadero, sin mezquinos intereses, ni otro anhelo que los laureles a cosechar, sean laureles imperecederos para la humanidad entera. También encierran esas lágrimas la gran alegría de haber triunfado sobre sí mismo, cosa que en las leyes de la materia es de tan vital importancia y también podemos creer que esa emoción era de gratitud al Autor de todo lo grande, que no tiene más precio que la conquista con armas nobles de las infinitas arcas de sabiduría que amplían el campo del raciocinio y engrandecen el concepto de la vida. De seguro que si el gran Pasteur estuviera al lado del humilde autor de estas líneas, le encargaría de repetir esa grandiosa frase que dijo cuando los restos materiales de Emilio Littré fueron devueltos a la naturaleza: “Todo se ve claro a la luz de lo infinito”. ¿No encierran estas palabras en síntesis ese tesoro impagable que ha sido resistido por la reacción interna de muchos hombres ante el empuje arrebatador de materias desequilibradas? ¿No es poner un reto a los que con la desfiguración del concepto de la propiedad sagrada e inviolable se han impuesto como verdaderos dueños de vidas y bienes y que con el mal uso del dinero creado permitieron el desborde de pasiones horrísonas que encharcan de sangre humana los campos de cultivo y anestesian las conciencias con sugestiones fantásticas? ¡Luis Pasteur! Tú, más que nadie, has venido a justificar al misionero encargado de explicar la verdad de la vida en todos los campos de la ciencias, artes y oficios, porque sus axiomas graníticos no habrían encontrado eco si tus descubrimientos no hubieran confundido a todas las barreras que obstaculizan la genuflexión y respeto íntimo hacia la vida eterna y continuada que rige y administra a la Justicia del infinito.
La Academia de Ciencias exigió la comprobación del descubrimiento anunciado por el joven Pasteur y encomendó a sus dos maestros citados arriba, a los que fue agregado el no menos célebre Domingo Francisco Arago. Cuando estos tres sabios justificaron la emoción de nuestro biografiado, comenzó el nombre de Pasteur a correr de boca en boca; pero en esta misma popularidad tan sincera y noblemente conquistada germinaría también la funesta obra de calumnias que por todos los medios que ofrece la fecundidad en pos de circunscribir el alcance de los principios luminosos.
En 1847 ganó el título de doctor y al año siguiente fué nombrado profesor de Física en el Liceo de Dijón. Tres meses más tarde obtuvo el cargo de suplente de la cátedra de Química en la Facultad de Ciencias de Estrasburgo, cátedra que obtuvo en propiedad en 1852.
Dos años después y en calidad de decano fué encargado, por decreto imperial, de organizar la Facultad de Ciencias establecida en la ciudad de Lila y una vez cumplida su misión volvió a París (1857) donde durante diez años tuvo a su cargo la dirección científica de la Escuela Normal. Sus investigaciones sobre las fermentaciones dejaron estupefactos a los científicos de su tiempo, porque al comprobar y sentar indiscutiblemente que en todos los fenómenos que estudia la física y la química intervienen cuerpos microscópicos familiares a cada transformación, hizo tambalear el edificio de las suposiciones. A la cabeza de sus sinceros admiradores, se encuentra el anciano Biot, que fervorosamente aclama la grandeza de su humilde discípulo.
“En las ciencias experimentales – dice Pasteur a uno de sus más envidiosos contrincantes – se comete siempre una falta en no dudar, siempre que los hechos no obliguen a la afirmación”. Parece un sarcasmo esta respuesta a un hombre que parecía encabezar a los que sostenían la duda sobre los nuevos juicios surgidos, pero no son tal. Es que no todos los hombres saben dudar. La duda no es una obstinación ni un esquivo a penetrar de lleno en una materia, sino la pauta con que procura la sinceridad del estudioso sentar la indestructibilidad de un nuevo axioma y que justifica el juicio socrático de “El sabio nunca sabe; pero sabe estudiar y sabe”.
No es pues, extraño, que sobre una base tan firme marchara Pasteur de éxito en éxito. En 1868 ofreció el ministerio de Agricultura del entonces imperio Austro–Húngaro un premio de 10,000 florines al sabio que hallase un remedio eficaz que combatiera una terrible epidemia que había estallado entre los gusanos de seda, la pebrina que amenazaba a esa industria con la más completa ruina. Como en Francia el mismo flagelo había comenzado también a causar sus estragos, nombró el gobierno francés a Pasteur para que investigara sus orígenes del mal y hallara un remedio contundente. Esta medida hizo estallar en indignación a todos los pedantes. Pero a pesar de cuanto se habló en su contra, fué solo Pasteur quien encontró la medicina apropiada.
Digamos algunas palabras sobre la rabia. Esta enfermedad cuenta al parecer unos dos milenios de vida. El primero que hace mención de ella es Aristóteles y podemos aceptar que en esa época ha hecho su aparición debido a que él sostenía creer que el hombre no contrae tal enfermedad. El famoso médico romano, Celso, que floreció hace 19 siglos y que mereciera el título de Cicerón de la medicina, ha hecho ya una hábil descripción de esta enfermedad en la especie humana. Desde la edad media comenzó a tomar incremento extendiéndose poco a poco a todas las regiones civilizadas. Puede decirse que ninguna especie se halla libre de padecer la enfermedad, al menos en los animales de temperatura constante. A veces se multiplican de pronto casos de rabia, sin que se conozca la causa. Al hombre le ataca solamente accidentalmente, habiendo podido establecer Dobert y Koranyi, después de pacientes investigaciones que en general de cada 100 personas mordidas 14 se libran del terrible mal. Si bien se necesitarían muchos años de estudio para agotar cuanto se ha investigado ya sobre este mal, no será equívoco llegar a la conclusión que ésta, como todas las enfermedades, halla su origen en el ambiente en que el desequilibrio humano juega un importante papel. Sabemos que las enfermedades simbolizan la impureza y que ennoblecida la materia no desaparecen los gérmenes sino sus toxinas.
Pasteur llegó a presenciar algunos casos fatales de rabia y de inmediato puso manos a la obra para hallar el microbio causante. Él en aquel entonces como sus continuadores en la actualidad, tropiezan con no existir aún microscopios bastante potentes para distinguir sus gérmenes. Pero aún en este caso terminó por hallar remedio en la inoculación de médula desecada procedente de animales enfermos y en 1885 aplicó por primera vez con mano temblorosa la vacunación en un ser humano que había recibido numerosas y profundas mordeduras que hacían prever un cercano desenlace fatal. Desde entonces también han encontrado cura todos los atacados de este mal.
Ha quedado de manifiesto los impagables servicios que Pasteur prestó al progreso de la cirugía y no debemos omitir aquí de reproducir algunas de las magistrales palabras que sobre esta materia pronunció el renombrado doctor Gregorio Aráoz Alfaro en su magnífica conferencia disertada en el Instituto Popular de Conferencias el 2 de junio último en esta ciudad de Buenos Aires sobre Pasteur y su obra. Dicen así:
El mundo de hoy, señores, no tiene idea de los peligros que amenazaban la vida humana hace tan sólo setenta años. Vivimos en una hora propicia, en que se usufructúa como la cosa más natural y más simple las conquistas de la medicina y de la higiene que sólo fueron logradas tras arduas y dolorosas luchas. La situación era completamente distinta a mediados del siglo pasado. Las viejas prácticas quirúrgicas que hacían antisepsia sin saberlo, hierro al rojo para cauterizar las heridas, vino hirviendo y bálsamos aromáticos, habían sido abandonados. Y la cirugía, procurando hacerse más humana, habíase tornado más mortífera. Los operados sucumbían en enorme proporción. Las grandes amputaciones de miembros daban una mortalidad entre 60 y 85%, hacia 1868. En nuestro viejo Hospital de Hombres, las operaciones más insignificantes, hasta una uña encarnada, conducían a la gangrena, la podredumbre del hospital y las mortales septicemias.
Los cirujanos de conciencia se detenían aterrados. En París, el gran Gosselin había llegado a no osar abrir un absceso. Otro gran cirujano, Denonvillier, creía deber aconsejar a sus discípulos: “Fijaos bien antes de operar. Cuando decidimos una operación, demasiado a menudo firmamos una sentencia de muerte”.
Las madres sucumbían en un 25 y hasta un 50 por ciento, entre nosotros como en Europa, a la fiebre puerperal. Las enfermedades endémicas y epidémicas reinaban desoladoras en el mundo sin que una sola medida eficaz pudiera serles opuesta.
Es en tales circunstancias que Pasteur inicia su obra admirable, que había de revolucionar la ciencia y la práctica médicas.
Tiene, para ello, que vencer muchas resistencias y aún repugnancia. El no es médico y debe hacerse verdadera violencia para estudiar cadáveres y enfermos. Empero, siente también ahora, como cuando abordó la cuestión de la generación espontánea, que no puede quedarse ahí, que debe avanzar, cada día más, en los dominios de la vida.
Su seguridad y su confianza se ha hecho sorprendente en un hombre naturalmente tan modesto. Un día, en la Academia de Medicina, mientras algunos médicos disertan sobre fiebre puerperal, les pide permiso para dibujarles en el pizarrón el germen – cocos en forma de cadena – que a su juicio la produce. Otro día, en el pus de un forúnculo de su discípulo Duclaux, reconoce otro microbio – pequeños cocos en forma de racimo – y afirma su identidad con el que ha encontrado en el pus de la osteomielitis, dos afirmaciones que el porvenir confirmara plenamente.
¡Cosa curiosa! No es en su propio país que se aprovecha primero de estas enseñanzas. Es un gran cirujano de Edimburgo, Líster, más tarde Lord y grande del Imperio Británico, quien ha tenido la idea de utilizar los descubrimientos de Pasteur para crear todo un método de desinfección de los instrumentos, las manos del cirujano, los útiles de curación, las heridas y hasta el aire ambiente, que se llamó el método antiséptico, el cual le permite emprender todas las operaciones que quiere, sin temor a las terribles complicaciones que eran la regla en otras partes.
En Francia, Lucas–Championniere, había expuesto, en 1869, los principios y la práctica del método de Líster y Alfonso Guerín preconizaba curaciones con espesas capas de algodón para filtrar el aire según el procedimiento que usara Pasteur en sus experimentos, pero casi todos los cirujanos se mantuvieron indiferentes y hostiles.
Fue el método antiséptico de Líster el que permitió a nuestro gran Pirovano todas las audacias y todos los éxitos de la nueva cirugía, que admiramos los jóvenes estudiantes hacia 1888 y que había cambiado totalmente el panorama del mortífero hospital viejo. Más tarde vinieron los perfeccionamientos de lo que hoy llamamos “asepsia” y que nos trajeron aquí Alejandro Castro y Juan B. Justo, sustituyendo la desinfección por el calor a las soluciones fenicadas de Líster.
Es interesante ver como Pasteur había previsto hasta estos métodos más modernos. “Si yo tuviera el honor de ser cirujano, escribió, no me serviría sino de instrumentos de una limpieza perfecta, y después de haber limpiado mis manos con el mayor cuidado… no emplearía sino algodón, esponjas, vendas previamente expuestas en aire llevado a una temperatura de 130 a 150 grados, sino agua que hubiera sido calentada de 110 a 120 grados. Por lo demás, nada se opondría al empleo de los procedimientos antisépticos de curación, pero unido a las precaución que indicó, estos procedimientos podrían ser singularmente simplificados.
En verdad, este químico, que no era médico ni cirujano, hizo a la cirugía, según la expresión de Delbet, “el más magnífico regalo que haya recibido jamás la seguridad operaria”.
Las contundentes palabras que acabamos de transcribir de este gran médico argentino en su homenaje a Pasteur, llaman seriamente a la meditación; la comparación sólo de la incertidumbre de antaño, por falta de profilaxis, la angustia de grandes cirujanos cuya voluntad y amor no bastaba para encontrar una brújula que les condujera hacia un rumbo seguro. Elocuente testimonio nos dan las palabras exclamadas por un anciano médico mexicano al recordar aquellos tristes tiempos: "¡Cuántas veces he vertido lágrimas al presenciar impotente cómo expiraba ante mis ojos una parturienta!” Esos tiempos que señalan millones de siglos y corresponden a la época de la confusión en que la sinrazón tenía ambiente para su desenfreno. Pero después de Pasteur… que justificó a todos los profetas y filósofos habidos, que llevó al campo de la ciencia lo que aquellos sólo pudieron susurrar a esa voz interna que llamamos conciencia… Desde entonces no cabe ya la confusión ni el ensañamiento ni aun en nadie con simple instrucción primaria. Sin embargo, la miseria continua acorralando a inmensas multitudes, gentíos numerosos vuelven a tomar con entusiasmo las armas fratricidas, a los antagonismos no es puesto un freno convincente ni ha sido marcado el amplio campo de la realidad.
Pasteur sin embargo, ha volcado sobre la humanidad entera su gigantesca obra y la continúan también multitudes de hombres que saben comprenderlo, pero es doloroso que la humanidad entera no haya sabido extender los juicios de este prohombre a todos los campos de la vida universal para transformar el mundo entero en un hermoso jardín donde el dolor y las penurias sólo son recordados en los libros de historia.
Poseía Pasteur, todos los grados de la Legión de Honor y además varias condecoraciones otorgadas por Rusia, Dinamarca, Grecia, Brasil, Suecia, Turquía, Noruega y Portugal y, doctor honorario de distintas universidades. Era miembro honorario de la academia inglesa y secretario perpetuo de la Academia de Ciencias de París desde 1887.
Un ataque de hemorragia cerebral sufrido en 1868 y debido más como blanco de verdaderas olas de envidias destructoras que al cansancio de sus infatigables investigaciones no le privaron de continuar trabajando por ese motivo que hizo exclamar a tantos hombres de su temple: “No puedo estar sin trabajar”, pero ni aún este dolor que era una voz muda que clamaba a todas las conciencias tan sólo por un respeto para con este apóstol científico, contuvo a sus contrincantes.
En 1871 tras el bombardeo del museo y el jardín de plantas durante la guerra francoprusiana, devolvió el diploma de profesor honorario que la Universidad alemana de Bonn le había otorgado.
Cuando el 2 de marzo de 1886 dió lectura en el salón de actos del Instituto de Francia a su Memoria sobre la vacuna de la rabia, fué escuchado por 61 académicos numerarios y más de 100 profesores de medicina, contándose entre ellos Vulpián, Richer, Gosselin, Barón de Larrey, Charcot, y otros, que escucharon con grandes muestras de admiración el estudio de su docto colega; el primero de los citados, Vulpián, que había pedido la palabra para comentar la Memoria, hizo magnífico elogio de Pasteur, a quien todos los presentes tributaron en seguida una ovación entusiasta; votóse por unanimidad la instalación de un Instituto de vacuna en París, dirigido por el mismo Pasteur, quién emitió la idea de que ese centro debía ser universal, y creado, por lo tanto, en virtud de suscripción internacional; Freycinet, presidente del Consejo de Ministros e individuo libre de la Academia de Ciencias que se hallaba presente, aceptó la idea en el acto y prometió apoyarla en nombre del gobierno para que se ejecutase el proyecto en breve espacio de tiempo, porque ni el laboratorio de la Escuela ni la instalación posterior de Villeneuve–l'Etang (un castillo abandonado desde la guerra de 1870) eran ya suficientes para albergar a los enfermos que llegaban de todos los países del mundo a fin de someterse al salvador tratamiento del sabio doctor Pasteur. La suscripción, sólo en París, ascendía a 800,000 francos el 1° de mayo de 1886. Con el auxilio de suscripciones posteriores se le posibilitó el tratamiento de otras enfermedades, la producción de sueros y el desarrollo de la química biológica. El nombre de Pasteur se hizo popular en toda Europa y América. Sus discípulos se dispersaron y fundaron institutos de su nombre en todas las ciudades importantes del mundo y honran a su maestro con los grandes progresos que han venido obteniendo en enfermedades graves como la difteria, tuberculosis, tifus, etc.
En 1892 celebróse con gran solemnidad en París el septuagésimo aniversario del natalicio de Pasteur. Para felicitarle fueron a la Sorbona el presidente de la República, los ministros representantes de varias Academias, más de 50 comisionados de las sociedades científicas extranjeras, muchos doctores franceses y extranjeros, los parlamentarios de ambas cámaras legislativas, el cuerpo diplomático, los representantes de los municipios, los claustros de profesores y las delegaciones de estudiantes de Francia y otros países. Hablaron el presidente de la República y el ministro de Instrucción Pública, le fué entregada una medalla costeada por sus admiradores de todas las partes del mundo, un álbum costeado por la municipalidad de su pueblo natal y otras medallas, diplomas, etc., que le entregaron varias delegaciones extranjeras. Esta demostración sin igual en homenaje a un benefactor llegó a su meta cuando el ilustre cirujano inglés, Dr. José Líster, uno de sus más agradecidos discípulos, lo aclamó como el hombre a quien más debían las ciencias médicas.
Pasteur, el humilde sabio, quedó mudo de emoción ante tamaño homenaje, pero por boca de su hijo pronunció estas altisonantes frases: ”Creo en la ciencia y en la paz; creo que ambas triunfarán de la ignorancia y de la guerra; creo, por lo tanto, que el porvenir es de los bienhechores de la humanidad”.
Falleció el 28 de septiembre de 1895 de una enfermedad del corazón complicada de albuminuria, y fué enterrado por disposición expresa suya en el Instituto de su nombre, cuando el gobierno quería inhumarlo en el Panteón como francés ilustre.
Ha escrito Pasteur muchas Memorias y obras sobre los fermentos y los microbios.
1° y 15 de Octubre de 1939.
LA BALANZA NÚMS. 162 y 163.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
%2014_30_25.png)


%2014_30_25.png)


