Juana de Arco
- EMEDELACU

- 21 mar
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JUANA D'ARC. Si los falsos profetas – denunciados desde los tiempos de la antigüedad – se hicieron dueños del mundo y sus cosas mediante las más descaradas mixtificaciones, no faltaron en ningún momento seres que vinieron dispuestos a proclamar la fraternidad universal que el Padre Creador quiere para todos sus hijos. Y aun cuando estos seres abnegados, dignos de llevar el nombre de misioneros, hubieron de sufrir en su gran mayoría un ignominioso martirio impuesto por los mismos que luego les hacían adorar como "'santos" y "santas", sembraban la semilla de la verdad, desmintiendo a otros nombres que, en su soberbia, lloгaban “el silencio del Hacedor del Universo".
Juana D´arc, llamada “la doncella de Orléans'', nació en Domremy, condado de Armagnac (Francia), el año 1412. Sus padres, siervos como los demás vecinos, del señor de la comarca, podrían haber vivido en situación algo desahogada, si las calamidades originadas por la guerra de los Cien Años no les hubiera sumido en un estado próximo a la indigencia. En su niñez le fué inculcada la religión, como así lo era impuesto a toda la juventud. Piadosa en extremo, veía con gran dolor las desgracias causadas por la guerra civil entre los partidarios del rey de Francia y el de Inglaterra.
Exaltada su sensibilidad por las injusticias humanas, comenzó a desarrollarse en ella la facultad de la videncia (1425) e iba tomando cuerpo en ella la idea de socorrer a su patria y recordar a sus hermanos las palabras de Jesús de “amarse los unos a los otros". Sus padres trataron, por todos los medios, de disuadirla hasta el prohibirle salır de casa, y aun cuando logró huir debido a la intervención de un tío suyo, persuadieron sus padres a un joven para que ante los tribunales exigiera a Juana el cumplimiento de una fingida promesa de matrimonio; más ésta declaró que había consagrado su honestidad y su vida a la misión que trataba de cumplir, y ganó el pleito.
Estas discusiones entre padres e hija tuvieron una honda repercusión en las poblaciones vecinas, pues se recordaba la existencia de una antigua profecía por la cual una joven salvaría a la Francia. Fué así que muchos se unieron a ella cuando protegida por el duque de Lorena, partió armada y vistiendo loriga para ofrecer sus servicios a Carlos VII.
Once días tardó en recorrer las 126 leguas que la separaban de Chinon, donde residía el rey francés, quien recién al tercer día de su llegada consintió en darle audiencia. Después de someterla a repetidas pruebas para cerciorarse de que no se trataba de una embustera, y de las que salió ilesa, fué puesta al frente de un ejército con el que marchó contra Orléans, única esperanza de Carlos VII, obligando a los ingleses a levantar el sitio. Obtenido este triunfo, condujo al rey a Reims para ser coronado, siendo el soberano recibido con grandes honores. Carlos VII exigió de Juana que dejara libres las márgenes del Loira de la dominación inglesa, lo que consiguió en la memorable batalla de Patay.
Una vez obtenido de Juana lo que convino a la ambición de la Francia oficial, variose de conducta para con ella; poco se había tardado en comprender que el ideal perseguido por la heroína era poner fin al sistema feudatario y despertar en los humildes de corazón el verdadero sentimiento. ¿Podría consentirse tal herejía''?
Un día, combatiendo contra un grupo de rebeldes borgoñones vióse repentinamente abandonada de los suyos y cortada la retirada. Conservando toda su sangre fría trató de abrirse camino; pero la caída de su caballo frustró su intento y fué hecha prisionera. Al día siguiente de conocerse su prisión en París, escribió el vicario general o vicegerente del inquisidor de la fe reclamando al duque de Borgoña la causa de Juana por haber sido ésta acusada de "sembrar, dogmatizar y publicar diversos errores contra el honor divino y nuestra santa fe". Esquivándose del clamor que iba levantándose entre el pueblo, fué vendida, mediante una argucia legal, a los ingleses que, desde Inocencio III, constituían un Estado feudatario del Estado Pontificio.
El obispo Pedro Couchon fué encargado de acabar con la existencia material de la abnegada joven. Luego de hacerla sufrir las mortificaciones más indignas y las injurias de la soldadesca, consiguió atemorizarla haciéndole firmar una fórmula en la cual la hacían abjurar todos los principios austeros que había enseñado durante su dura campaña de liberación. Pero inspirada por su videncia, se arrepintió al instante de aquel momento de debilidad y declaró nula su retractación, y así satisfizo a los deseos de sus jueces, que pronunciaron la sentencia definitiva, que decía: "Te declaramos relapsa y herética, expulsada y excluida de la Iglesia, y te entregamos al poder secular..."
Al día siguiente, después de haber sido puesta en su cabeza una mitra en que se leía: "Herética, relapsa, apóstata, idólatra", fué llevada a un cadalso de gran altura, en el que en un cartel con gruesos caracteres se habían escrito las siguientes palabras: "Juana, que se hace llamar la Doncella, embustera, perniciosa, que abusó del pueblo, adivina, supersticiosa, blasfema de Dios, malcreyente de la fe de Jesucristo, jactanciosa, idólatra, cruel, disoluta, invocadora de los diablos, cismática y herética". Pocos instantes después acabaron las llamas con su existencia (año 1431).
Una vez desaparecida se iniciaron las gestiones para hacer “santa" a quien vino a ser "hereje", y en 1456 se nombró una comisión para revisar el proceso, en el cual se declaró encontrar solamente dolo, calumnia e iniquidad. El obispo de Orléans se apresuró a pedir a Calixto III la canonización, pero causas que no pueden escapar a ninguna persona de buen criterio no permitieron al pontífice acceder a ello entonces. Sólo después de cuatro siglos, cuando las leyendas habían desfigurado su actuación, fué pasado el expediente de su beatificación a la Congregación de Ritos, la cual tras largos trámites aprobó, el 13 de Diciembre de 1908, los decretos reconociendo los “milagros” de Juana de Arco. Finalmente, el papa Benedicto XV le incluyó en el catálogo de los “santos".
Octubre 15 de 1936.
LA BALANZA NÚM. 92.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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