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Joaquín Trincado

Juan Jaurés

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 21 mar
  • 9 Min. de lectura

JUAN JAURÉS, celebérrimo político, orador y sociólogo francés. Nació en la ciudad de Castres, departamento de Tarn, el 3 de septiembre de 1859.


Estudió en el colegio de su ciudad natal (1869–1876), distinguiéndose por su carácter grave y reflexivo, y al salir del mismo sabía el latín, el griego y el alemán. En 1877 ingresó en el colegio Sainte Barbe de París y, en el siguiente año en la Escuela Normal, sobresaliendo en seguida por su talento y su laboriosidad.


En 1880 fué nombrado catedrático de filosofía en el Liceo de Albi y en 1883, enseñó la propia asignatura en la Universidad de Toulouse;  al propio tiempo tomó inició su colaboración en la “La Dépéche” y tomó parte muy activa en las cuestiones sociales, alcanzando celebridad entre los obreros a raíz de su elocuente intervención en el congreso de Viticultura de dicho ciudad.


En aquella época figuró en la lista de “unión y concentración republicana” y a los veintiséis años fué elegido diputado por 48,040 votos en la legislatura de 1885–1889), sentándose en el centro izquierdo de la Cámara, pero en sus discursos había ya una marcada inclinación socialista.


El socialismo, podríamos decir, tomó incremento después de la revolución francesa, impregnandose desgraciadamente de aquel espíritu subversivo a que condujeron las pasiones que desbordaron en aquella hecatombe, de la cual se habían podido esperar los más hermosos frutos, si el pueblo en vez de venganza hubiera elegido el camino de la justicia. Pero a pesar de esa confusión de ideas y conceptos que en algunas oportunidades llegaban a excesos lamentables como por ejemplo en la Comuna de París de 1871 y que a un escritor idealista de esa época arrancó la famosa recriminación de ¡Avergonzaos! ¡Os habéis portado como cristianos!, a pesar de ese desorden en los pareceres, repetimos, no se había aún segregado con tanta saña el virus – que después invadiría con vehemencia destemplada todos los ámbitos sociales – haciendo que la reacción se debatiera angustiosamente contra el nuevo principio social, careciendo de la pérfida experiencia para neutralizar ese empuje emancipador mediante manejos políticos que después alcanzarían tanto éxito para la causa de los reaccionarios. Una muestra de ese desconcierto nos la brinda el rey Guillermo III de Holanda, quien, al ser elegido el primero y único representante socialista que durante su reinado apareció en la Cámara de los Diputados (1888), juró que no concurriría a la apertura del Parlamento mientras se encontrara allí “ese maldito socialista”, como así también que el Diario de Sesiones de ese mismo cuerpo legislativo se negaba a dar cuenta de la existencia del diputado socialista, y omitía publicar sus exposiciones, con lo cual brindaba respuestas de los otros noventa y nueve diputados “decentes”  (se componía de cien miembros) sin que los lectores pudieran saber a qué motivos obedecían.


Jaurés, era uno de esos grandes hombres que no habían de viciarse en una lucha en la que había de tomar experiencia sin convertirla en profesión. Demostró dominar ampliamente el plan de trabajo a que se sentía llamado y por ello había de recoger la admiración del mundo entero, sobre el que siempre pesaba a aún pesa la sentencia de Pilatos: “El pueblo es del último que llega”, siendo la cosmogonía entera testigo como a los pocos días de ser sacrificado el apóstol de su patria, se entregaba Francia a esa masacre horrorosa que Jaurés con tan sobrehumanos y convincentes esfuerzos trató de contrarrestar.


Por esa misma sinceridad, como sucedió a cuantos se han marcado idénticos rumbos, trataban los que odiaban, tenían o envidiaban su amplia capacidad intelectual de estrechar filas para halagar a la causa reaccionaria y a la que contribuyeron no pocos hombres que con otras miras y no desprovistas de pasiones procuraban ganarse la jefatura del socialismo al que terminarían por reducir a un partido el que, en calidad de fracción había de asumir un pobre aspecto dentro de la sociedad humana donde todo “partido” indica una división sistemática que por esto mismo se gloría contra el ideal que le dió vida. Si Jaurés luchaba y alcanzaba pisar el fuera legislativo con el apoyo de cuantos confiaban en su austeridad, no ignoraba ser uno de los vanguardistas venidos a salvaguardar los movimientos populares que pugnan por convertir a cada hombre en “señor de sí mismo y esclavo de su deber”, lo que no es de ningún partidista ni especulador apasionado cuyo lema es alcanzar los laureles de la popularidad y a su sombra asegurar su bienestar material. Cuando Jaurés terminó su primer periodo parlamentario durante el cual presentó su proyecto de ley sobre las cajas de retiros obreros y reivindicó para los pequeños municipios el derecho de crear independientemente del Estado, escuelas primarias, sufrió la inmerecida derrota de 1889, retirándose a Toulouse con esa nobleza que en 1916 demostrara el gran tribuno argentino, Dr. Lisandro de la Torre, que tan hondos recuerdos y tanta admiración ha dejado en el corazón de todos los ambientes políticos sin distinción. En Toulouse preparó Jaurés su tesis doctoral en una serie de lecciones que fueron muy concurridas. El año siguiente (1890) fue elegido teniente alcalde del ayuntamiento de esta ciudad, encargándose de los asuntos de cultura, debiéndose entre otras iniciativas la transformación de la Escuela de Medicina en Facultad, en cuyo acto inaugural, al que asistió el presidente Sadi Carnot, pronunció un notable discurso sobre los tres órdenes de enseñanza.


En 1892, en la elección parcial de Carmaux, fue nuevamente elegido diputado, así como en las elecciones generales del año siguiente. En 1898 fue nuevamente derrotado y en 1902, reelegido. Desde 1893 concurría ya al Parlamento con un carácter francamente socialista y desde esta fecha fué uno de los jefes de esta ideología en Francia.


El socialismo, como dijo el renombrado líder español, don Pablo Iglesias, es un efecto, no una causa, lo que equivale a reconocerle como un puente que conduce a una evolución superior, un medio para procurar apartar a la humanidad de imperfecciones seculares y errores de hondas raíces. Es por ello mismo que los verdaderos socialistas, esos hombres que vinieron encargados de procurar el mayor fruto – antes que los políticos profesionales modelaran su tergiversación – y hacer el oficio del maestro que en cada lección no expone todo cuanto sabe sino lo que es conveniente a la comprensión ascendente del alumno. Jaurés era uno de estos hombres; con su proceder demostraba conocer esa sentencia sublime que dice sacar bien del mal tomando del mal el menos, y esta misma es la llave que encierra el origen del sistema político que llamamos oportunidad y que debe esgrimir todo buen estadista. El fanático o sistemático que a sí mismo se cree acreedor del título de sabio y maestro odia esa pasividad que no alcanza a comprender y menos practicar, más no por eso deja de entrever los beneficios a que conduce esa política. Pero como a los aberrados les hace un efecto la buena moral como a las pulgas la ropa limpia, se empecinan más y para no confesar su derrota que les obligaría a empezar de nuevo para cimentar una base más firme,  llegan hasta conducir la discusión al campo personal. Esto mismo ha ocurrido dentro del socialismo.


Se ha dicho que nada puede estar mal dicho si no es mal interpretado y por ello mismo no cabría el concepto de reacción si no hubieran malversadores que desfiguran las ideologías con fines mezquinos. El socialismo como tantos otros principios ideales ha surgido a la vida como parte integrante de la comuna, pero tanto esta como su superlativo comunismo no pueden tener otra significación que la sociedad en  la que vivimos. Los sistemáticos empero, a la sombra de la evolución convirtieron ese sinónimo de sociedad en un tema especial que entraña una subversión que por su misma índole neutraliza el principio que le dió origen.


Ningún edificio puede levantarse sin comenzar por los cimientos y, éstos se colocan con la educación y no con la rebelión y por ello mismo no podía un hombre consciente como Jaurés plegarse a los sistemáticos para abandonar los principios entonces aún sin asentar por la legislación moderna pero que desde lo interno de su corazón le hablaban a su conciencia. Su amor a Francia le impedía entregarse de lleno a las doctrinas internacionalistas y con lo cual daba a entender que si el mundo entero es una patria grande del hombre, no deja de ser un escalón superior de las patrias pequeñas que como fruto del amor social bajo todas sus magnitudes, debe ascender del amor individual. No quisieron comprender y cuando el famoso Julio Guesde, que vociferó su odio a la razón con el sofisma: No hay sitio en nuestras filas para ninguna especie de oportunismo, consiguió imponer su punto de vista ante los delegados que en 1904 se reunieron en el Congreso Internacional de Amsterdam, respetó Jaurés la voluntad de la mayoría y se sometió disciplinadamente a la resolución impuestos, pero no por eso se dió por vencido y es aquí donde se conoce el valor y la conciencia que tiene formado cada hombre; su idealismo se inclinaba a Hegel y sobre este tema mantuvo una célebre controversia con el yerno de Carlos Marx, Pablo Lafargue. 


En el Parlamento francés pronunció Jaurés vibrantes discursos con motivo del asunto del Canal de Panamá, contra las intrigas imperialistas del general Boulanguer, contra la política  de conquista en el imperio de Marruecos y contra la ley de servicio militar de tres años, que, según él, comprometía la defensa nacional en vez de asegurarla. También fue uno de los más ardientes defensores del capitán Dreyfus. Su ascendente fue tan grande, que cuando el director de “Le Fígaro” acusó de defraudación al Ministro de Hacienda comenzando una campaña para arrojarlo de su empleo deshonrado, conflicto al que trató de poner fin la esposa del ministro matando al periodista de un disparo, (16 de marzo de 1914), pero que adquirió tal resonancia que el Parlamento y la opinión pública sintieron la necesidad de que la Comisión informativa fuese presidida por un hombre de toda confianza y por encima de toda sospecha, fué unánimemente elegido Jaurés.


Aprendió el inglés y en un memorable viaje a la América del Sur, el español y el portugués.

En 1904 fundó en París el diario socialista “L'Humanité”. Seguir a partir de este año la vida de Jaurés hasta 1914, sería como leer la historia política de Francia durante este período, pues no hubo acontecimiento político en que él no tomara parte activa.


Ya en 1905, previendo la guerra mundial, habían intentado ir a Berlín a hablar contra la conflagración que flotaba en la atmósfera; pero el gobierno imperial de Alemania no le autorizó, y el “Vorwarts”, órgano de la Social democracia alemana, publicó íntegro el discurso que Jaurés se proponía pronunciar. “De La guerra, – dijo en Basilea –, puede brotar la revolución, y las clases directoras harán bien en pensar en ésto; pero puede brotar también, por un largo período, crisis de contrarrevolución, de reacción furiosa, de dictadura que nos estrangule, de militarismo monstruoso, una larga cadena de violencias retrógradas y de bajos odios, represalias y de servidumbre”. Conturbado su espíritu por esta visión siniestra del porvenir, reanudó con fe más viva su campaña en la tribuna y en su periódico del que era director. Se desencadenó contra él una violenta oposición que hacía recordar sus palabras de Stuttgart: “Vivo entre una nube de ultrajes, con raros rompimientos”. Sin embargo, en aquellos momentos angustiosamente críticos, el gobierno francés no podía dejar de contar con él. Su influencia sobre determinantes elementos del gobierno alarmó hasta la exasperación a los exaltados que deseaban la guerra. Un instrumento de los realistas, Raúl Villain, sorprendió al gran estadista el 31 de julio de 1914 conversando con sus correligionarios Renaudel y Longueta en un pequeño restaurante de la calle Croissant, donde lo asesinó a balazos.


No podrán dejar de reconocer los fogosos fundadores de los regímenes totalitarios que ahora se glorifican con traer “ladrillos nuevos” que no estaban anunciados como fruto asiago de las pasiones destacadas. Tampoco tendrán disculpa los pueblos que no supieron aprovechar los frutos que para ellos derramó el gran tribuno.


Dos días antes de su muerte, Austria había declarado la guerra a Serbia y la intervención de Rusia era ya inminente, pero sobre los países Occidentales pesaba aún la promesa de León XIII y de Eduardo VII quienes habían jurado que no habría guerra mientras vivían ellos. Jaurés heredó esa promesa a la que quiso dar más realce con sus doctrinas y exposiciones; pero apenas hizo el plomo traidor cerrarle los ojos, olvidaron los franceses cuanto por ellos había sufrido y con dolorosa ferocidad se aprestaron para la lucha, (3 de agosto). Entonces pidieron el exterminio y hoy es la miseria y la opresión que les habla ya no sólo por boca del tribuno desaparecido sino por los hechos inicuos que no quisieron frenar ni frenará hasta que el dolor les doblegue. ¡Cuán deuda se ha contraído con Jaurés! ¡Cuán sonoras resuenan sus advertencias hoy convertidas en acusaciones de mártir! La humanidad entera sufre su ceguera; Jaurés por su convicción sufrió mucho más.


Es autor de numerosas obras doctrinales entre las que figuran: De premis socialismi germanici lineamentis apud Lutherum, Kant, Fichte et Hegel; De la réalité du monde sensible; Discours Parlementaires; Les preuves (affaire Dreyfus); Études Socialistes; Action Socialiste y L´armée nouvelle. Algunos de sus discursos y conferencias han sido publicadas en ediciones especiales: La gréve de Chaumoux; Introduction á le Morale Sociale de Benoît Malon; L'unité socialiste; L'Art et le Socialisme; L'idéalisme de L'Histoire; Bernstein et l'évolution de la méthode socialiste; Discours à la jeunesse; Le faux imperial; “Travail”, de Zola; Le Socialisme et la Patrie; Diplomatie et Démocratie; Socialisme et Internationalisme; L´impót sur révenu; L'action du partí socialisme; Politique et Socialisme; Le partí Socialiste et la crise postale; Politique d'avenir; Pour la Laïque; Sur Tolstoï; L'accord franco–allemand; La protestatión du droit; L'action syndicale et le partí socialisti; Contra les trois ans; Contre l'emprunt et le dificit; La Justice dans l'Humanité; y Bonaparte. Después de su muerte se publicó completa su voluminosa obra en ocho tomos Histoire Socialiste de la Révolution Française.


1° y 15 de Septiembre de 1939.

LA BALANZA NÚMS. 160 Y 161.

 

Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado 

 
 

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