Juan Jacobo Rousseau
- EMEDELACU

- 21 mar
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JUAN JACOBO ROUSSEAU. Este célebre filósofo descendía de una familia francesa, uno de cuyos miembros de nombre Desiderio, se estableció en Ginebra, huyendo de las persecuciones religiosas.
Juan Jacobo quedó huérfano de madre a la edad de nueve meses y estuvo al cuidado de su tía Susana, hermana de su padre, quien le crió con el mayor cuidado y cariño, empezando su instrucción a los siete años de edad.
Su padre, Isaac Rousseau, tuvo que huir a Nyon en 1722. Su hijo Juan Jacobo, quedó en casa del ministro Lambercier, pastor de Rossey, lugar cerca de Ginebra, pero durante los dos años que permaneció allí, fue víctima de rigurosos castigos que le sugirieron la primera idea de injusticia.
Después fué enviado a Ginebra, donde residió tres. años, en el dominio de su tío Bernard, hermano de la madre e hijo del ministro Bernard.
Cuando iba a cumplir los 15 años, le colocaron en el despacho de un escribano de nombre Masseron, que no tardó en despedirle, llamándole "inepto".
Le colocaron de aprendiz de grabador en el taller de un hombre rudo y violento de nombre Abel Ducommún, que llegó a inspirar verdadero temor a Juan Jacobo y en una ocasión, regresando de un pasco, al encontrar cerradas las puertas de la ciudad, pensando en las violencias de su patrón, resolvió escapar de una vida tan oprimida por medio de la fuga, hallando hospitalidad en casa del párroco de Canfignón (Saboya), quien luego lo envió a Mme. de Warens, la que le acogió con compasión y él tuvo siempre gran afecto por su joven protectora que deseaba que él regresara a Ginebra, y siguiendo los consejos de un malvado, le mandó a Turín, donde éste le despojó de una suma de dinero que su bienhechora le había facilitado; pero ingresó en el hospicio donde probó el horror de la reclusión y el absolutismo reinante allí, lo que le incitó a adjudicar solemnemente del calvinismo.
Gastó los pocos francos que tenía en conocer Turín y luego tuvo que ir de puerta en puerta ofreciéndose para hacer grabados en las vajillas de plata.
La Condesa de Vercellis quiso verle y él se presentó a esta señora que le admitió como lacayo. Esta dama falleció al poco tiempo y Juan Jacobo tuvo que volver a su antigua vida. Conoció a un joven sacerdote saboyano, de quién se aconsejó y entró a servir al conde Gouvón. En ocasión que un hijo de éste le nombraba su secretario, le visitó su compatriota Bacle y le decidió a recorrer pueblos, dejándolo solo en Annecy. Volvió entonces a casa de la señora Warens, quien resolvió protegerlo de cerca para evitar aquellos accidentes de su vida errante; le hizo también examinar de uno de sus parientes, quien declaró: "que el honor de ser un día cura de aldea, era la mayor fortuna a que podía aspirar el joven".
Rouseau fué enviado al Seminario de Annecy en el cual encontró al sacerdote Gatier, que se encargó de su instrucción. Su amable carácter e infortunio, dejaron en su ánimo una profunda impresión que influyeron en sus recuerdos, que aprovechó para la composición de su EMILIO. En el Seminario tomó afición por la música, pero el superior le devolvió a su protectora convencido de la nulidad de su alumno.
Ella dispuso que se marchara a Lyon con el maestro de capilla de la catedral de Annecy, donde abandonó al músico, asustado de verle en un ataque de epilepsia, hecho que se conoce por su propia confesión.
Después de algunas incidencias que le pusieron en peligro de la indignidad y la bohemia, supo que su protectora la señora Warens había regresado a Annecy y se apresuró a visitarla. Ella le consiguió un empleo en la Oficina de Catastro. Quiso luego dedicarse a la enseñanza de la música, lo que le proporcionó el trato con personas distinguidas que formaban la sociedad de Mme. Warens, cuyo roce le hizo modificar sus maneras vulgares y sus hábitos independientes, lo que no quiere decir que aun a los veintiún años conservaba toda la pureza de sentimientos y de costumbres.
Fué luego encargado de administrar los bienes de Mme, de Warens y tuvo así el pesar de conocer así la bancarrota que amenazaba a aquella fortuna; esta preocupación y otras inquietudes le produjeron una grave enfermedad, en la que fué atendido por su protectora.
En sus CONFESIONES, refiere los detalles de su estada en Chambery, donde fué a pasar su convalecencia, a la que sucedió una hipocondría, de la que curó en un viaje que realizó a Montpellier, en busca de un médico que le curara su supuesta afección cardíaca.
Quedó luego en Lyon desempeñando el cargo de preceptor en la casa Mably.
Inventó un sistema musical de anotaciones por cifras, con lo que esperaba realizar una revolución en este arte y marchó a París con objeto de ser presentado a la Academia de Ciencias y en sesión del 22 de Agosto de 1742, leyó una memoria sobre su descubrimiento, pero la asamblea declaró que el sistema de Juan Jacobo Rousseau aunque ingenioso, no era nuevo ni practicable.
Rousseau enfermó luego y durante su convalecencia compuso su ópera LAS MUSAS GALANTES. Una vez restablecido obtuvo el puesto de secretario de Montaigú, que había sido nombrado embajador de Francia en Venecia; pero era éste un hombre brutal, sin dignidad y de una incapacidad ridícula, por lo que su secretario, a pesar de la habilidad y celo en el desempeño de sus funciones, no se escapó de sus groserías e insoportables injurias, por lo que regresó a Francia tratando de obtener justicia contra tan indigno jefe. Para ayudarse procuró de que se publicase su ópera y logró que se representara delante del duque de Richelieu, a quien mucho agradó y habló de llevarla a la escena en Versalles, pero tuvo la desgracia de que el proyecto fracasara por la enemistad de Mme. Popeliniere, en cuya casa se ensayaba y de Romeau (1755).
Juan Jacobo trabó por esa época amistad con Diderot, Grimm, Holbach y Mme. d'Epinay. También conoció entonces a una joven obrera Heresa Le Vasseur, con la que al cabo contrajo matrimonio (1768) después de haber tenido con ella cinco hijos, que confió a la beneficencia del Estado, falta imperdonable que confió a Grimm y Diderot, los que se encargaron de publicar el secreto.
Fué secretario luego de Mme Dupin; tenía algunos recursos de la escasa herencia paterna, de los que parte había enviado a Mme Warens que se encontraba en la miseria.
En 1749 fué preso Diderot, y Rosseau que le profesaba gran estima, le visitaba diariamente. Por este mismo tiempo enfermó tan gravemente, que Mr. Morand, médico de quien era secretario Juan Jacobo, desesperaba de salvarle; estas circunstancias unidas a los serios estudios que hubo de hacer para la viva polémica que provocó su primer discurso, produjeron en sus sentimientos un extraordinario resentimiento. Desde entonces vistió con sencillez, renunció a los banquetes y reuniones sociales y todo cambió en su carácter.
Durante este período de austeridad, compuso su ópera EL ADIVINO DE LA ALDEA, que se representó en Fontainebleau y que obtuvo un éxito admirable. Se habló entonces de presentarle al rey, honor que rehusó, más por timidez que por modestia.
Sus triunfos le hicieron conocido y su modo de ser en la vida privada, que sus amigos ridiculizaban, le crearon la fama de orgulloso, charlatán e insociable.
Su obra CARTA SOBRE LA MÚSICA FRANCESA, produjo tal indignación entre los músicos de la vieja escuela, que su libertad y su vida estuvieron amenazadas.
Escribió luego su NARCISO y en seguida ORIGEN DE LA DESIGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES. Hizo un viaje a Ginebra (1754), donde reingresó en la comunión protestante y resolvió establecerse en su patria. Visitó a Mme. Warens, que se hallaba en la más completa miseria y a la que en muchas ocasiones había propuesto que fuera a vivir en su hogar, sin lograr que ella aceptara. Regresó a París para preparar su traslado definitivo a Ginebra, pero a instancias de Mme. d´Epinay, una de sus admiradoras, aceptó por residencia una de sus haciendas cerca de Montmorency, llamada "La Ermita" y que es hoy célebre por haber servido de residencia al gran filósofo. Empezaron verdaderamente la larga serie de infortunios que parecen aún mentira. Diderot, Holbach, Grimm, antes mostrados sus amigos, han empezado una cruzada contra el pensador, procurando ganarse a otros personajes. Aun llegaron sus enemigos hasta el hogar donde vivía con su esposa y la madre de ésta, procurando en todas formas enemistarles, lo que no era difícil con la suegra que tenía un carácter pérfido que al fin influyó para que su yerno la separase de su lado.
Esto fué arma para que Grimm y sus amigos le calificasen de tirano doméstico, padre desnaturalizado y misántropo, y habiéndose negado a acompañar a Ginebra a Mme. d'Epinay que se encontraba embarcada en una aventura no muy limpia, pudieron añadir los epítetos de ingrato, falso amigo y charlatán. Añádase que, debido a su negativa, Mme. d'Epinay le despidió muy políticamente de "La Ermita" y no será fácil comprender cómo en medio de tantas tribulaciones encontró tiempo para componer LA JULIA y la CARTA SOBRE LOS ESPECTÁCULOS.
Después de la publicación de EMILIO y CONTRATO SOCIAL, había decidido retirarse a una provincia, pero las instancias de los esposos Luxemburgo le hicieron desistir de su proyecto de retiro, pero estaba aleccionado por la dolorosa experiencia de sus anteriores amigos. Si bien las intrigas no partieron de sus elementos externos.
Grande fué su disgusto al enterarse que EMILIO se imprimía en Francia, a la vez que en el extranjero, pues él deseaba que la obra se publicara en Holanda.
En la noche del 8 de Julio de 1762, fué despertado para notificarle que el Parlamento había ordenado la prisión del autor del EMILIO. A la mañana siguiente emprendía la huida a Suiza, pero antes de que llegase a Ginebra un solo ejemplar, se motivó allí un proceso, siendo quemado el libro y decretada la prisión de su autor. Quiso establecerse en Iberdún, pero sabiendo que el Senado de Berna se proponía expulsarlo de allí, se retiró a un lugar del condado de Neufchatel donde Jorge Keith, gobernador de la provincia, le recibió con afecto estrechando una sincera amistad. El arzobispo de París había lanzado una injuriosa orden contra el EMILIO y su autor, el que contestó al prelado por una carta modelo de razonamiento y fina ironía.
En las CARTAS DE LA MONTAÑA, hace una refutación enérgica a la apología hecha al decreto dado por el Consejo de Ginebra, lo que originó una tempestad contra su autor. Este fué excomulgado por el pastor del pueblo en que residía, injuriado en las calles, perseguido a pedradas durante las noches por el populacho de Motiers, por lo que solicitó y obtuvo permiso del Senado de Berna para establecerse en la Isla de San Pedro en el lago de Vienne; pero a los dos meses recibió la orden de abandonar la isla y el territorio de Berna sin conseguir reconsideración, aun solicitando que su permanencia en la isla se convirtiera en cautividad perpetua. Expulsado de allí, residió en Berlín, regresando más tarde a París, donde fué hospedado en el Temple en las habitaciones del príncipe de Conti, (Diciembre de 1765). Poco después partió para Londres donde fue bien recibido, pero pronto sus antiguos enemigos de Francia iniciaron una campaña difamatoria, la que originó las persecuciones de Suiza. Perseguido por tantas maldades se vió obligado a regresar a París e instalado en el castillo de Trye, por el príncipe de Conti, siguió escribiendo, aunque olvidado en apariencia, en realidad acusado por sus enemigos, que le perseguían con sordas calumnias.
Su razón no pudo resistir tan terribles e incesantes pruebas; se notaba una gradual alteración de ella desde su salida de Inglaterra.
DIÁLOGOS y REVERIES, escritos en los últimos años de su vida, presentan huellas de una monomanía acentuada exagerando los males que le habían causado sus enemigos. En 1778, se retiró a Ermenonville, donde falleció el 2 de junio del mismo año. Su cuerpo fué inhumado en aquel pueblo y allí estuvo hasta el 11 de Octubre de 1794, en que fué trasladado al Panteón de París. Sus enemigos como todos los perversos y detractores sistemáticos, siguieron calumniándole aun después de muerto. Según la versión de unos, se había suicidado al conocer la infidelidad de su mujer; según otros, ella había contraído segundas nupcias inmediatamente después de fallecido misteriosamente él. Se comprobó pronto que las dos versiones eran absolutamente falsas.
Su memoria fué luego rehabilitada, pues con razón dijo en sus DIÁLOGOS, que para conocer su carácter bastaba imaginarse el tipo opuesto al Juan Jacobo pintado por sus calumniadores.
Es indudable que en el discurso sobre la CAUSA DE LA DESIGUALDAD ENTRE LOS HOMBRES, tiene puntos sumamente débiles y refutables; pero esto no podía jamás desmerecer el resto de sus obras.
Si en EMILIO hay desarrollado un problema de educación, en la NUEVA ELOÍSA, que tantas controversias originó, desenvolvió en la novela altas cuestiones morales.
Si en sus doctrinas impera su admiración por las sociedades primitivas, entusiasmo por el hombre salvaje y fastidio de la civilización, no puede negarse que, desde el punto de vista científico, fué superior a los demás filósofos de su siglo. En su prédica de la ley de la familia, el cumplimiento del deber y el rigor de las costumbres, es innegable que ejerció grandes influencias en su época y en la Revolución.
El libro CONFESIONES, hallado entre sus papeles después de su muerte, en el que dice de sí mucho bueno y no poco malo, le dan a conocer por entero. Su moral, fundada sólo en la conciencia, rechaza todo dogmatismo, pero es también la más viva protesta contra el escepticismo del siglo 18. Esta misma moral es intransigente contra la corrupción de su tiempo.
EMILIO y la NUEVA ELOÍSA, son dos enérgicas protestas contra el egoísmo de una sociedad frívola, es un esfuerzo señalando a sus contemporáneos la vida de la familia demasiada olvidada por los estultos entretenimientos de los salones.
La Revolución tomó del CONTRATO SOCIAL muchos de sus principios y hasta su nomenclatura política; nadie puede así suponer que su autor tratase una destrucción social, sino una reconstrucción más sólida de los elementos sociales. Da así nociones de los derechos del hombre como una necesidad de nuestra propia naturaleza, obligando al hombre a aceptar la imposición suprema de sus deberes, considerados como la carga natural de sus derechos.
Como todos los que señalaron pasos decisivos a la sociedad, sus contemporáneos necesitaban el holocausto de su descrédito social y de su destrozamiento moral para consagrar su obra y su nombre sobre el silencio de la tumba, sin pensar que no termina allí el hombre, ni el pensamiento, ni la acción.
Marzo 1°. de 1939.
LA BALANZA NÚM. 149.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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