José Garibaldi
- EMEDELACU

- 21 mar
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JOSÉ GARIBALDI. Llamado el "Cincinato del siglo diecinueve", después de ganar experiencia en las revueltas políticas de algunas naciones sudamericanas, fijó su atención en su infeliz patria que se retorció bajo la tiranía de los papas. En esa tierra, cuna de una civilización imperecedera, se había anidado la personificación del juramento de Lamel. Fué así que cuando la población del llamado Estado Pontificio se rebeló contra su singular soberano implantando el sistema republicano (1849), ofreció Garibaldi noblemente su espada para defenderlo contra una posible reacción de los países tributarios; misión que cumplió con toda la resignación que de él podía esperarse.
Cuando tropas extrañas pusieron sitio a la capital de la nueva República, fué tan heroica la resistencia que el invasor resolvió enviar un mediador en la persona del vizconde Fernando de Lesseps, quien como político honrado no pudo menos que reconocer que la República Romana encuadraba dentro de la justicia internacional. Pero ¿qué interesaba esto a Lamel? La fe ciega no entiende de derechos ni de justicia, por eso, al verse fracasar la sumisión del pueblo mediante un simulacro de mediación, fué decretada la continuación de la horrible guerra que por superioridad había de terminar con el triunfo de los invasores.
No desanimó este contraste sufrido ni la indecisión popular al valiente paladín. Dentro de él hablaba una voz más potente, más sonora, más profunda, más animadora que la que podría surgir de un simple deseo; una voz que eleva a todo misionero que quiere oírla. ¿Era el fundador de la Compañía de Jesús que susurraba a Garibaldi llegado el momento de un gran acontecimiento cuya hora señalaría el mismo pontífice al declararse a sí mismo fuera de la ley de los hombres? Sea como fuera, después de haber proclamado a Víctor Manuel II rey de Italia, – en cuya campaña recibió esa herida que emocionó al mundo entero – emprendió Garibaldi un viaje a Inglaterra. El inmenso entusiasmo popular que por todas partes le era tributado demostrábale que la voz pública reconocía la justicia de sus aspiraciones. ¿Podía aspirar a una credencial mayor? De vuelta a su patria volvió a poner en jaque al papado que solo con bayonetas extrañas se mantenía en su trono. Fué así que Pio IX – movido tal vez por un acto de desesperación – convocó el concilio en que la inmoralidad del propuesto dogma de la infalibilidad fué expuesta por el valiente Obispo Strossmayer. A los pocos días del estallido de la guerra franco-prusiana fué dejado el vicario del "Dios de los ejércitos" librado a sus propios medios. El día 20 de septiembre (1870) puso Garibaldi sitio a la ciudad. Una amistosa invitación del Libertador para ocupar la ciudad pacíficamente fué rechazada desdeñosamente, pero cuando las primeras granadas estallaron dentro del Vaticano, se entregó el "infalible" cobardemente. En vano se ha buscado destruir con el tratado de Letrán y otras medidas esta obra inmortal, pues al igual que la doctrina del mártir del Gólgota, ha repercutido en la conciencia de la humanidad haciendo estériles las arremetidas de los falsos profetas para obstaculizar por más tiempo el cumplimiento de la justicia.
Septiembre 15 de 1936.
LA BALANZA NÚM. 90.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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