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Joaquín Trincado

Jesús de Nazaret

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 21 mar
  • 4 Min. de lectura

JESÚS DE NAZARET. No fue el Cristo ni un engendro del milagro como lo pintan, sino el hermano mayor de los siete hijos de José (el Carpintero) y María de Jericó. Enviado a Jerusalén por orden de su padre, se inició en los estudios morales que se estudiaban en la ESCUELA ESCÉNICA fundada por Moisés y a medida que avanzaba en esos estudios empezó a hacer un estudio de los hombres que gobernaban, sublevándose cada día más contra las leyes arbitrarias. La situación en que vivía el pueblo obrero le inspiraba lástima y ésa lástima, no tardó en convertirse en un deseo de corregirle en sus errores. Los descontentos se unieron a él y desde entonces empezó a mezclarse en asuntos públicos pronunciando discursos propios para excitar las irritaciones populares.


Sus peroraciones encerraban los más altos principios; sostenía, por ejemplo, que:


“Todos los hombres Ilegarán a ser sabios y fuertes por el amor del Padre. Amaos los unos a los otros y amaos sobre todas las cosas. Todas las humanidades son hermanas. La verdadera patria del espíritu se encuentra espléndidamente decorada por las bellezas divinas y por los claros horizontes del infinito. Dios es vuestro Padre como es el mío. Consolaos los unos a los otros. No imitéis a los hipócritas que levantan los ojos al cielo y tienen una cara escuálida para demostrar a todos  que oran y que ayunan. Practicad el bien en las sombras y que vuestra mano izquierda no sepa lo que ha dado la derecha. Ofreced a Dios el homenaje de vuestras penas, mas no matéis lo que él ha creado.


Descubrid la verdad con coraje y marchad a la conquista de la libertad mediante la ciencia. La tempestad que surge en los corazones se anuncia con la necesidad de placeres ilícitos. La verdad ha de buscarse en la esencia de la enseñanza y no en su forma. Los que ya mucho han amado es porque ya mucho han sufrido. Es necesario nacer de nuevo, renacer y volver a nacer”.


A los veintinueve años de edad abandonó Jerusalén para conocer los pueblos circunvecinos y sustraerse de la ira de los sacerdotes y dominadores fariseos. Por la gran fraternidad que rebosaban todas sus palabras, encontraba gran acogida entre el pueblo proletario, sucediendo más de una vez que por devolver el ánimo a los afligidos creían estos, en su simpleza, que se había operado un milagro. Durante esta correría conoció Jesús a otro predicador de gran fama: Juan "el solitario". Bajo la protección de éste, arreciaba Jesús en sus prédicas. Al morir Juan, víctima de la impudicia de una mujer, quedó Jesús nuevamente librado a sus propias fuerzas. Para imponer más autoridad fué coronado rey de Jerusalén, pero renunció al ver correr la sangre de unos obstinados, lo que fué aprovechado por los sacerdotes para perseguirlo con más saña; la falsa devoción a que se dejaba arrastrar el pueblo comprometía cada día más a Jesús y éste previniendo su cercano fin, dio el título de Apóstoles a sus pocos discípulos, en una simple ceremonia que en nada se asemeja en su forma ni en su significado a la Eucaristía que esbozan algunas instituciones. Jesús no se había equivocado, pues esa misma tarde fué preso entregado por su discípulo Judas. Poncio Pilatos trató aún de salvarlo, pero al negarse Jesús, tuvo que entregarlo al pueblo. Después de una noche de humillaciones fué llevado al Calvario al día siguiente.


SU MUERTE NO OCURRIÓ EN LA CRUZ, pues desencarnó 88 días después en el seno de la Escuela Escénica y su llamada ascensión al cielo no fué más que una ceremonia para confundir a los dogmáticos, que empero carecieron de la virtud necesaria para sacar de ello una lección de moral.


Recordamos a Jesús el 22 de junio, fecha de su desencarnación.


En esta breve síntesis de algunos puntos de sus enseñanzas evocamos el recuerdo de su desencarnación, no de su vida ni de su obra, lo que necesitaría un largo espacio para definir y describir en toda su magnitud lo trascendental de su obra y la grandeza de los rumbos que supo imprimir a la humanidad y a la moral social. Si está dividida en dos tendencias fué sólo por el convencionalismo de los que diciendo seguir sus pasos, su moral y su obra, sólo trataron de hacerlo por la adoración del Cristo, como hijo del "Dios"; por la veneración a la cruz con que fundamentaron un dogma de imposición por el temor; creación de los que necesitarán y necesitan sostener por conveniencia la falacia y el sofisma, sin mirar a los términos medios que, en el andar del tiempo hicieron las disidencias (ignorancia de la materia, chispazos de luz, de la razón). No dejaremos de tocar la otra tendencia que partiendo de los principios de la Escuela Escénica siguió paso a paso a los instructores de todos los tiempos que se señalaron con la sabia doctrina moralizadora y precursora de Jesús. Pero es que las primeras etapas de su filosofía, de su moral, de su ética, empezaron en Antulio para seguir en Isaac y continuarla en Isaías y otros que debían coronar en Nazaret.

Junio 15 de 1936.

LA BALANZA NÚM. 84.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 

 
 

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