top of page
Joaquín Trincado

Francisco Renato, Vizconde de Chateaubriand

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 4 mar
  • 9 Min. de lectura

FRANCISCO RENATO, Vizconde de Chateaubriand. Éste célebre escritor y estadista francés, nació en Saint–Maló el 4 de septiembre de 1768 y murió en París el 4 de julio de 1848.


Fueron sus padres Auguste de Chateaubriand, Conde de Combourg y Apolina Juana Susana de Bedéc, recibiendo el título de caballero y destinándosele a servir en la Marina Real.


Se dedicó a las matemáticas, a las que no tenía gran afición, lo cual no fue un obstáculo para su éxito, pero estudió en cambio con placer, los clásicos griegos y latinos. Completó su instrucción en el Colegio de Rennes, donde tuvo por condiscípulo a Moreau y Linio, heredando en dicho instituto el lecho de Parny. Pasó luego a Brest, donde se debía embarcar y después de soñar por un momento con hacer un viaje a la Indias Orientales, partió para el Castillo de   Combourg, dejando de pertenecer a la marina.


Decidieron sus padres que siguiera la carrera eclesiástica y le enviaron a acabar sus estudios a Dinán, desarrollándose  en esos años que pasó en dicho punto y en Combourg su espíritu soñador y la independencia de su carácter. El mismo ha referido con una minuciosidad digna de interés la vida llevada por él en ese entonces y ha sido retratado por los literatos eminentes de nuestra época de acuerdo a aquellos datos.


Esa ociosidad no podía prolongarse indefinidamente; nombrado subteniente del regimiento de Navarra, marchó Chateaubriand, pasando por París, a Cambray, en donde aquel regimiento hacía el servicio de guarnición. En 1786 vuelve a Combourg por la muerte de su padre, de donde va a la capital y es presentado oficialmente en la corte, apareciendo así por primera vez en un documento público su nombre que fuera tan ilustre después. No aprovechó Chateaubriand su presentación a la corte para solicitar adelanto alguno; muy poco se ocupaba de su carrera militar y soñaba crearse un nombre por sus producciones literarias. Le sorprende la Revolución en Bretaña, y apresuradamente va a París para ver de cerca el movimiento que conmovía a dicha capital; presenció la toma de la Bastilla y las escenas de la Federación de 1790. Se inclinó por sus ideas por un momento por la causa de la revolución, más, indignado se separó de ella inmediatamente: “La Revolución me hubiese arrastrado, dice, si no hubiese comenzado por crímenes. Vi la primera cabeza colocada en una pica y retrocedí. Jamás los asesinatos fueron a mis ojos un objeto de admiración y un argumento de libertad. No conozco nada más servil, más miserable, ni de espíritu más estrecho que un terrorista”.


A fuerza de intrigas y de trabajos consiguió por medio de Delisle de Sales, hacer insertar en el “Almanaque de las Musas” de 1970, un idilio (El Amor del Campo) donde puede leerse este primer ensayo de un poeta de 22 años. En dicha poesía no es posible ver un talento, se echa de ver que en el momento en que Chateaubriand la escribía, no tenía conciencia de su genio poético, tan original, y algunas veces tan extraño. Entrada en la literatura por el camino de la imitación y copiaba sin éxito, modelos insignificantes. Felizmente no tardó en dejar París y así sus comienzos literarios no tuvieron las consecuencias a que hubieran podido llegar. La capital era agitada a diario por conmociones que hacían insoportables la residencia a quienes no compartieran las pasiones del momento. Chateaubriand, a quien ningún deber retenía, partió para descubrir el paso N.O., de la América hasta salir al Mar Polar. Este proyecto reunía en sí todo lo preciso para seducir a una imaginación jóven y se prepara a esta lejana peregrinación bajo las umbrías de Combourg. “En la primavera de 1791, refiere, me despedí de mi madre en  Saint–Maló, llevando para el general Washington una carta de recomendación del Marqués de la Rouerie”. Después de haber estado expuesto a ahogarse llegó a  Baltimore, e inmediatamente partió a Filadelfia, visitando luego Nueva York y Boston. Siguiendo después el río Hudson se hizo a la vela para Albany y de allí siguió al País de los iroqueses, recorrió los valles del Canadá, el interior de la Florida, la nación de los natchez, la de los muscogulgas y la de los hurones. Un día encontró en una granja construida con troncos de árboles un periódico inglés que le hizo conocer la huída de Luis XVI y su prisión en Varennes. Volvió a Francia sin haber encontrado ni el paso del N.O., ni el Mar Polar, pero había descubierto una nueva literatura, la literatura del siglo XIX. En presencia de una naturaleza virgen sintió despertar en él el genio, pues para tener conocimiento de sus fuerzas, para atreverse a producir con toda su originalidad, para poder, en una palabra, crear una nueva literatura, tenía una necesidad de diez años de pruebas y estudios.


Apenas regresó, se casó con Mademoiselle Savigne. Este matrimonio no impidió a Chateaubriand emigrar. La piadosa, virtuosa y espiritual madame de Chateaubriand, nunca ocupó sino un lugar insignificante en la vida del marido. Este marcha a Coblenza, escaso dinero, pues la dote de su mujer era entregada en asignados y obtuvo de un notario un préstamo de 12,000 francos de los cuales perdió en el jugo 10,500, partiendo con los 1,500 restantes.


Sale de París con su hermano (Conde de Chateaubriand) y llegados a Bruselas se separan y se reúne el menor, con el ejército prusiano que invadía Francia.


Se le objetó su tardía llegada a lo que alegó que de exprofeso venía de Niágara. No pudo volver a su regimiento de Navarra y así le vemos uniformado con la mochila y al hombro el fusil partir con sus camaradas en las filas de compañías bretonas que iban al sitio de Thionville.


Encontraron en la frontera republicanos bravos como ellos, pero más entusiastas y mejor mandados. La suerte no favoreció a los realistas pues después de algunas escaramuzas frente a Thionville tuvieron que seguir el movimiento prusiano de retirada en octubre de 1729 y así son licenciados.


Fue herido en dicho sitio en un muslo y atacado de enfermedad contagiosa abandonándosele por muerto en un foso en donde le encuentran gentes del príncipe de Ligne que le arrojan en un furgón dándole pan, vino y una manta, unas caritativas mujeres de Namur. Es abandonado a la entrada de Bruselas y el insigne poeta pide asilo sin conseguirlo de nadie y vienen a salvarlo 600 francos que su hermano le envía y con los cuales es admitido en la tienda de un barbero. Allí es cuidado sino bien, regularmente, y ya repuesto parte a reunirse a los realistas bretones congregados en Jersey. A tal efecto viajó en la bodega de un barco pequeño en el cual agota sus fuerzas y casi muerto es desembarcado en Guernsey donde es salvado milagrosamente por la mujer de un marinero, que le presta cuidados y lo hace acostarse en el lecho de un pescador. Se embarca al día siguiente y llega Jersey en un completo estado de delirio, recogiéndole un tío materno, el Conde Bedéc. Luchando así entre la vida y la muerte por espacio de varios meses llega la primavera de 1793 y creyéndose restablecido, vuelve a Inglaterra, donde creía encontraría protección de los príncipes, para tomar las armas, pero su salud empeora y enferma su pecho, pudiendo apenas respirar. Consultáronse los más hábiles médicos, quienes declararon que duraría quizá algunas semanas, tal vez meses o años, pero que debía renunciar a toda fatiga y no forjarse ilusiones de que llegaría a viejo.


Así en este destierro permaneció mucho tiempo sin dinero y sin recursos. Vienen a salvarlo algún dinero de su familia, y Pelletier, uno de esos hombres de grandes recursos que eran la fortuna de dos emigrantes, le ofrece el trabajo de ir a descifrar manuscritos antiguos en la casa de un ministro anglicano de una provincia. Ives, que necesitaba secretario. Vive íntimamente con la familia del ministro; leyendo a Dante y a Petrarca con la encantadora miss Carlota Ives, se hace amar de la joven y cuando se le ofrece formar parte de la familia, declara ser casado y parte dejando tras sí dolores que hubiera debido, sin lugar a dudas, prever y evitar. Vuelve a Londres para emprender sus traducciones para los editores y sus lecciones de francés, y a pesar de las dificultades de su posición reúne al mismo tiempo materiales para la gran obra que meditaba y que empieza a escribir en 1794, con el título de “Ensayo histórico, político y moral, sobre las revoluciones antiguas y modernas consideradas en sus relaciones con la revolución francesa”.


No obtiene su libro éxito en Inglaterra y pasa inadvertido en Francia.

Vuelve a su patria en los principios de la primavera de 1800, después de ocho años de destierro y publicar sus primeras páginas en “El Mercurio”. Su trabajo es un artículo a propósito de la obra “La literatura considerada en sus relaciones con la sociedad”, de madame Stael, y el feliz éxito de su artículo le impulsan a hacer conocer “El genio del Cristianismo”.


Es sobre esta obra, que no tuvo éxito en Francia y que pasó inadvertida en Inglaterra, que se han hecho comentarios contradictorios.


Chateaubriand había dedicado el libro a Delisle de Sales, filósofo materialista y a Gingene, escéptico republicano. “Apenas si se deja adivinar el realista y si se distingue siquiera un cristiano”, dice uno de sus críticos, pero encontrándose bajo la dolorosa impresión de la desaparición de su madre y de su hermana.


“Mi madre, dice, después de haber sido encerrada a los sesenta y dos años en un calabozo en el que vió perecer a varios de sus hijos, expiró en el sitio donde su desgracia le había relegado. El recuerdo de mis calaveradas le causaba una gran amargura”.


Es quizá por esto que en aquella obra, como en Atala y Rene que escribiera más tarde, pinta con elocuencia brillante las pasiones y expresa en forma sencilla y poética las más íntimas sensaciones del corazón.


En 1803 fue nombrado secretario de la legación de Roma y enseguida embajador en la República de Valais, empleo en el que no duró mucho tiempo.


Para escribir su obra “Los Mártires” resolvió visitar los lugares que sirvieran de teatro a las escenas de su obra, es así como recorrió Grecia, Asia Menor, Judea, las costas de África, las ruinas de Cartago y España. La verdad es que aquel libro produjo numerosas críticas y violentas y largas polémicas, tantas que el autor a pesar de la confianza en sí mismo perdió en un momento su valor y tuvo necesidad del apoyo moral de sus amigos, pero cuando llegó la hora del triunfo, este libro fué un monumento de la literatura francesa.


En 1811 Chateaubriand fue designado para ocupar en el Instituto la vacante dejada por la muerte de José María Chenier, la que no pudo aceptar por dificultades en el discurso que debía pronunciar al hacerse cargo de la misma, pero estas dificultades eran por los deseos expresados por el emperador. Este poco favor del emperador aumenta la simpatía del público, pero poco tardaron los Borbones en volver del destierro. Pronto el rey lo nombró ministro en Suecia. Iba a partir para Estocolmo cuando Napoleón se dirigió a París y Chateaubriand siguió a Luis XVIII a Gante, donde fue nombrado Ministro de Estado y redactó un informe sobre la situación de Francia en ese momento. Este trabajo es de un publicista y para nada aparece el poeta ni el literato. Pero la vida política de Chateaubriand durante la Restauración es la que le ha dado su verdadera personalidad. Su vida política le ha hecho un marco simpático con todas las vicisitudes y sufrimientos que ella le ocasionó.

Tres partidos eran en aquel entonces los que se debatían; los ultrarrealistas, que querían al rey; los liberales que querían a la Carta; los moderados al uno y a lo otra.


Chateaubriand se sentía inclinado a este último, pero a pesar de su verdadero odio al régimen imperial, viose primero alistado bajo la bandera de los más fogosos partidarios del trono y del altar. Sin embargo no abdicó por completo, siempre defendió la libertad de prensa y se colocó en condición de formar la educación constitucional de los hombres de la emigración; pero con la esperanza de arrancar concesiones a los tradicionalistas poco favorables a las nuevas instituciones y esto produjo una cantidad de inconvenientes que le fueron inculpados vivamente.


A eso se debe el apoyo que prestó en nombre de las libertades públicas a aquella Cámara de 1815 reaccionaria y enemiga de todas las libertades; ello fué también causa y motivo de aquel mosaico de doctrinas constitucionales que se le han enrostrado como sistemas decrépitos en su obra: De lo monarquía según la Carta.


Como periodista era poderoso. Decazes se sintió aturdido por los rudos golpes  que le asestaba desde su periódico. El asesinato del Duque de Berry, determinó su caída, pues un diputado le acusó en plena tribuna de complicidad con el asesino, es entonces que Chateaubriand dijo su famosa frase: “Los pies le han resbalado sobre la sangre”, la que jamás le perdonó su enemigo.


Villele, le tenía envidia; Luis XVIII no lo quería; se negó a sostener la conversión de la renta que desaprobaba.


La proposición de una ley que desterraba la rama legítima de los Borbón y ordenaba la prisión de la Duquesa de Berry, dieron lugar a que Chateaubriand escribiera varios folletos más o menos legitimistas.


En 1832 fue apresado y defendido por Berryer que consiguió que le absolvieses. Los últimos sucesos importantes de su vida política fueron sus peregrinaciones al destierro en 1833 y 34. Después se ocupó especialmente de la reacción y revisión de sus Memorias de Ultratumba.

Antes de morir pudo aun saludar el advenimiento de la república que tantas veces había predicho durante la Restauración y el reinado de Luis Felipe.


Los funerales fueron grandiosos y sus restos fueron sepultados en Saint–Maló en la sepultura que mucho tiempo antes había elegido él mismo junto a una pequeña isla llamada la Gran Be.


Sus obras literarias y de carácter intelectual y de estadista fueron numerosas; huelga decir que ellas han sido traducidas a todas las lenguas europeas.

 

Abril 1° de 1939.

LA BALANZA NÚM. 151.

Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado 

 
 

Entradas recientes

Ver todo
bottom of page