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Joaquín Trincado

Enrique Bullinger

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 4 mar
  • 5 Min. de lectura

ENRIQUE BULLINGER. (1504–1575) Fué uno de los confabulados con Calvino que se pronunció en favor de quemar vivo al sabio español Miguel Servet.


Como sucesor de Ulrico Zwinglio podía haber tenido los mejores principios, pues su maestro no figuraba en la lista de los fanáticos que se levantaban contra una religión para fundar otra, y como queda comprobada por sus obras, si fundó una secta protestante fue porque sabía de que la humanidad no estaba preparada para vivir sin un fetiche a cuya sombra pudieran desahogar las horribles pasiones que bullían en tantos pechos. Si Zwinglio hubiera querido formar una religión ¿por qué rechazó entonces la doctrina de la predestinación para sostener que “el reino de los cielos” se abría a todos los que vivieran conforme a la recta razón? Si hubiera tenido intenciones retrógradas, no habría sostenido que Sócrates, Aristóteles, Catón y Escipión son tan dignos como los profetas, los apóstoles y los mártires que los católicos hicieron famosos como santos, ni hubiera pedido para el culto una forma sencilla, alejada de cuanto pudiera ser inspirada por las supersticiones. Esta última medida, sola ya anularía todo fanatismo, reduciendo al dios religioso al único estado de utilidad para el hombre, es decir, que actúa como un regularizador en los desvaríos y excesos.


Tenía pues, Bullinger motivos para ser bueno con los ejemplos de semejante maestro, y tal vez lo hubiera sido si el desfogue de las pasiones, que rebosaron todas las medidas no hubieran confundido y acobardado a tantos que sinceramente los hubieran querido evitar. La iglesia católica que un siglo antes se había arrojado sobre Juan Huss, ahora se abalanzaba sobre Zwinglio, el cual si supo esquivar la trampa que le tendió el obispo de Constanza, no pudo evitar que sus obras fueran condenadas.


Si la Iglesia ha cometido el crimen de violar el secreto de conciencia mediante la confesión auricular y en el que puso la cúpula con la singular indulgencia que incita al hombre a delinquir y profanar, ¿qué obstáculos puede hallar el apasionado en cultivar el refinamiento de impulsos morbosos hasta caer en la más baja degradación si está convicto que con una pena impuesta por los sostenedores de una religión queda nuevamente puro y como si no hubiera cometido falta?


Los primitivos, mal llamados prehistóricos, no delinquían por ejemplo, al correr a la mujer para fecundizarla usando de su superioridad en fuerza bruta, porque cumplían la de las leyes que ellos mismos habían de humanizar en épocas posteriores cuando llegaban a hacer conciencia de la grandeza del Universo y la sabiduría infinita de su Autor. Leyes que dignifican a la vida en todos sus estados de progreso, para que lo grande y noble que se esconde en cada pecho, pueda señalar posiciones y ordenar los impulsos brutales que asemejaron a los hombres primitivos a las fieras.


Hora infeliz llegó cuando algunos hombres, poco afectos a sacrificar las pasiones de que habían hecho conciencia y que se anidaban en sus pechos, se confabularon contra el Autor de la vida universal, para crear dioses y santos a cuya sombra invocar “derechos divinos”. Y esta hora era tanto más infeliz desde que los que se unieron bajo esta fécula, eran conscientes de que delinquían convencidos de construir un castillo fantástico que podría durar siglos pero que jamás podría ser eterno. Pero como habían visto que la materia se extenúa y se gasta, se basaron en el principio innoble del despilfarro esperanzados en poder confundir la obra del Padre universal mediante el desgaste de la savia terrestre, reduciendo a la nada al mundo y a los hombres que lo habitan.


Vemos la monstruosidad de los que corrompen, de los que aman el sadismo y la lujuria ¿no han tenido sus maestros en los prelados y sus cohortes que usaron brutalmente y sin miramientos del derecho de primicias? Los que expolian ignominiosamente los bienes públicos como avaros insaciables o como derrochadores sin medida ¿no imitan acaso al principio religioso de “atar y desatar” fortalecido entre otros por el feroz padre de la iglesia Juan Cherlier Gerson al sostener que el bien y el mal no existen más que en la voluntad del dios de su religión? Los que anhelan conquistar territoriales o ideológicas y cantan a la guerra fratricida virtudes patrióticas ¿no tuvieron como ejemplo religioso el fuera de mi no hay salvación? ¿No lo confirma el singular Juramento de los Caballeros de Colón que firman con su sangre los juramentados y que en uno de sus párrafos dice: “Prometo y declaro que haré, cuando la oportunidad se me presente, guerra sin cuartel, secreta, abiertamente, contra todos lo herejes, protestantes y masones, tal como se me ordene hacer, extirparlos de la faz de la Tierra; y que no tendré en cuenta ni la edad, sexo o condición, y colgaré, quemaré, destruiré, herviré, desollar, vivos a estos infames herejes, abriré los estómagos, los vientres de sus mujeres, y con la cabeza de sus infantes daré contra las paredes a fin de aniquilar a esa execrable raza. Que cuando ésto no pueda hacerse abiertamente, emplearé secretamente la copa de veneno, la estrangulación, el acero, el puñal y la bala de plomo, sin tener en consideración el honor, rango, dignidad o autoridad de las personas, cualquiera que sea su condición en la vida pública y privada, tal como sea ordenado en cualquier tiempo por los agentes del papa o el superior de la hermandad del Santo Padre, o de la Sociedad de Jesús”? Aquellos que mediante artimañas llegaron a escalar posiciones públicas y que apartándose de la rectitud de las leyes constitucionales de su país amparan a los amorales a los que sirven como instrumento en sus inconfesables intenciones ¿acaso hacen más que imitar a los dioses religiosos que perdonan y extienden indulgencias plenarias? El pontífice que hoy ve con buenos ojos la obra de aquel hombre que mandó conquistar a la indefensa Albania, ¿no se muestra como un digno sucesor de aquel otro papa que entregó la cruz a Constantino para crucificar y exterminar a cuantos se oponían a su religión?


La humanidad entera debía haber detenido el brazo de aquellos hombres descarriados en vez apoyarlos y tomarlos de ejemplo, por ello cae la culpa de las monstruosidades enunciadas más sobre los colaboradores que sobre los impulsores mismos, y es por ello que esos otros hombres abnegados, que desafiaron las venganzas y los martirios, para proclamar lo que emana para todos los mundos del autor de todo lo grande, han acusado siempre más y sobre todo a la complicidad popular, a la que atacaban con nobles ejemplos y con orientaciones para librar a la humanidad de todo fanatismo y rituales sistemáticos.


Así también luchó el maestro de Bullinger, Zwinglio, hasta la triste e inevitable batalla en que halló la muerte.


Bullinger, que también tomó parte en esta batalla, consiguió escapar con vida, pero tuvo que huir y permanecer mucho tiempo oculto hasta que se calmó un tanto la ola de fanatismo desbordado. Volvió entonces a Zurich, donde fué recibido con gran entusiasmo, renovando desde entonces sus campañas a favor de la reforma. Como su conducta fue criticada por el implacable Lutero, publicó en 1543 las obras completas de su maestro.


De sus escritos, son los más notables la “Crónica helvética” y unas homilías sobre el Apocalipsis, según las cuales el papa de Roma es el Anticristo; escritos que hicieron gran ruido entre sus contemporáneos.


La mayor de sus obras es sin duda el de comparar al papa con el Anticristo, porque con ello pone de manifiesto la majestuosidad de la ley suprema que saca bien del mal y toma del mal el menos; no deja de ser un toque de atención por el que se advertía que todo cuanto obedece a una causa innoble cava su propia tumba y termina por convertirse en juez de sí mismo.

 

Mayo 1° de 1939.

LA BALANZA NÚM. 153.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

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