top of page
Joaquín Trincado

Don Miguel Hidalgo y Costilla

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 4 mar
  • 27 Min. de lectura

DON MIGUEL HIDALGO Y COSTILLA. El humilde sacerdote mexicano, a quien la posteridad recuerda con emocionante respeto e inefable cariño como uno de los grandes prohombres de la independencia americana y denodado luchador por emancipar a la humanidad de las cadenas impuestas por ella misma, era hijo de Don Cristóbal Hidalgo y Costilla y de Doña Ana María Gallaga, viendo la luz en el municipio de Pénjamo, Estado de Guanajuato, el día martes 3 de mayo del año 1753.


Era su padre, quien siempre se distinguió por su honradez a la sazón administrador de la hacienda de San Diego de Corralejo, situada en el mencionado municipio. Su madre, una hermosa joven mexicana que desde muy joven había conocido los pesares de la orfandad tenía un carácter afable y noble, y en su regazo arrojábase su hijo primogénito mientras ella invocaba todas sus fuerzas morales para inculcar la virtud de los sentimientos.


Estas dulces palabras que su progenitora le susurraba como si para él también temiera las amarguras que ella misma había sentido, ya que apenas recordaba la imagen de su madre, parece que despertaron en el joven ese estado de ánimo que señala al hombre de acción que, cualesquiera sean la política o los conceptos bajo los cuales se manifestara su actuación, tiene por encima de todo el emblema de traer ideas, de dar ejemplos que ennoblecen y dignifican y que demuestran una finalidad que jamás puede ser desechado ni contradicho por la posteridad.


A la edad de trece años (1766) le envió su padre para su instrucción al colegio de San Nicolás situado en la hoy ciudad de Morelia pero que entonces llevaba el nombre de Valladolid. En este instituto puso de manifiesto sus aptitudes cursando una carrera escolar brillante durante la cual llegó a sobrepasar en mucho a los más aventajados de sus condiscípulos los que le habían puesto el apodo de “El Zorro” por su gran perspicacia.


Continuó allí sus estudios hasta 1779 en que se dirigió a la ciudad de México, capital del virreinato, con el fin de ser ordenado sacerdote y obtener el grado de bachiller en teología. El año siguiente (1780) volvió al colegio de San Nicolás donde dictó cátedra de gramática latina y filosofía escolástica y de cuyo establecimiento llegó a ser director.


Sirvió luego en algunos curatos entre los que mencionaremos el de Colima y el de Felipe de Torresmochas, pasando finalmente (3 de octubre de 1803) al de la congregación de los Dolores.


Transcribiremos a continuación unas palabras del Ensayo Biográfico de Agustín Baz, que pintan de lleno el carácter de este hombre, que no retrocedió jamás ante la más refinada persecución de la malicia, pero que sobre todo tenía presente la utilidad común que es la que conduce a los fines impuestos por la vida universal.En este humilde cargo, ya en los umbrales de la vejez fué cuando empezó a llamar la atención del gobierno y de la Inquisición por sus útiles fundaciones, por su influencia y por sus ideas avanzadas. Hidalgo fué un verdadero Padre para los habitantes de Dolores, dejando al cuidado de un vicario las faenas de su ministerio, dedicose a la agricultura y a la industria. Siendo uno de los poquísimos que sabía el francés en aquella época, consagró sus noches a la lectura de obras condenadas por el Santio Oficio, y mientras que en el curso del día ponía en práctica sus conocimientos agrícolas, en la noche estudiaba con escéptico criterio la historia eclesiástica, los principios políticos que transtornaban al mundo y ya soñaba tal vez en los medios de realizar la emancipación de su país. ¿Cómo pudo adquirir sus obras? ¿Cómo se libró de la abyección a la que marchaban los espíritus? ¿Por qué era un tipo completamente diverso de todos los curas de su época? Todo esto se debe indudablemente a su carácter enérgico, a su profundo talento, a su instinto de investigación. Su trato afable, sus maneras de hombre de mundo, su genio alegre y su modesta sencillez, le conquistaron un poco la simpatía y el amor de sus feligreses, y con solo estos elementos, dió un sorprendente impulso a la agricultura e industria de su parroquia. HIdalgo no descansaba en esta noble tarea, ya fundaba una fábrica de lozas, ya establecía otra de ladrillos; ya levantaba pilones para curtir pieles y ya extendía el plantío de la uva, del cual no podía aprovecharse para hacer vino a causa de las prohibiciones del gobierno. Aún se conservan en Dolores, en un sitio llamado Las Moreras de Hidalgo, ochenta y cuatro árboles plantados por él para la cría de gusano de seda, industria con la que logró hacer algunas piezas de ropa para su uso particular y otras para su madrastra, a quien profesaba un verdadero cariño filial. Hidalgo, que buscaba en todo el bien de sus feligreses, los socorría con su peculio particular en sus necesidades y como una dulce distracción les hizo aprender la música, fundando una escoleta, y los reunía en su casa en agradables tertulias. Ese anciano de mediana estatura, de ojos azules, de frente despejada y de cabellos blancos, que vestido sencillamente de negro, con un modesto sombrero redondo y un rústico bastón recorría los campos y se confundía con los labradores, compartiendo sus faenas y consolando sus pesares, era el mismo que en la noche, en el estrado, expresaba sus sentimientos con una elocuencia ardiente y apasionada y revolucionaba las conciencias con avanzadas e innovadoras teorías. Labrador en el día, pensador en el crepúsculo, hombre de sociedad en la noche, por donde quiera hacía sentir la bondad de su corazón y la audacia de su talento. ¿Qué mucho la Inquisición se fijara en él? Las expresiones que vertían a cada paso, el análisis que acostumbraba hacer sin recato alguno de los hombres y las cosas, el despego con que veía el servicio de la iglesia, sus costumbres diversas en todo a la generalidad del clero, y el estado en que había puesto su curato, que más parecía una comuna en pequeño que una congregación de indios, es decir, de siervos en aquella época, despertaron al fin la suspicacia inquisitorial y promovieron contra él una causa secreta, que sobre poseía á poco, fué mandada continuar en 1810, cuando el reo figuraba ya como generalísimo de los ejércitos mexicanos… Si Hidalgo hubiera sido un hipócrita, si hubiera seguido la costumbre de su época, de seguro no hubiera desafiado el poder de la Inquisición, ni el más terrible todavía de las preocupaciones. Pensador, rebelde por instinto a todo lo que contrariaba a su modo de sentir, educado en las disputas del colegio, todo lo analizaba, todo lo sometía al crisol de una razón severa y fría. ¿Cómo es, se dirá, que más tarde transigió con las preocupaciones de los indios? ¿Cómo les habló en nombre de una religión en que no creía, cuando se trataba de atraerlos a sus filas? Esto no prueba más que en él se juntaban las cualidades del iniciador con las del hombre práctico; lanzado una vez a la arena de la política, pospuso sus propias ideas para conquistar el primer paso a la emancipación moral, la independencia, comprendía sin duda que antes de iluminar los espíritus, era preciso fundar la libertad para educarlos con ella; esto no fué más que un ardid político cuyos resultados inmensos están probados en la existencia de una nación libre y soberana que después realizó por sí sola el bello ideal de la libertad de conciencia y de la emancipación del pensamiento. Hombre superior, Hidalgo comprendió que no podía hacer más que dar el primer impulso; al darlo, sabía perfectamente que aquella misma libertad de espíritu que él había adquirido en el estudio, la adquirirían forzosamente sus conciudadanos en el ejercicio de la soberanía. Es necesario no confundir estas dos fases de la vida de Hidalgo; como reo de la Inquisición no era más que un pensador atrevido que seguía las inspiraciones de su genio y como rebelde, no fué sino el político que para lograr su intento tenía que aprovechar cuantos elementos se le presentasen y normar su conducta conforme al espíritu de los que le rodeaban. La causa iniciada contra él por denuncia de Fray Joaquín Huesca, monje del convento de la Merced de Valladolid, hecha ante el comisario de la misma ciudad el 16 de julio de 1800, siguió lentamente sus trámites y parece que no daba gran importancia al tribunal de la fe, ya bastante desacreditado en aquella época. Esta causa no le arrancó de Dolores y parece que algún oculto aviso le hizo ser más recatado, pues en las declaraciones de los últimos testigos se asegura que había mudado de conducta y la Inquisición no se volvió a ocupar de él. Siguió pues viviendo en medio de la tranquilidad de su curato, haciendo viajes periódicamente a Guanajuato y Querétaro para visitar a sus amigos, entre los que se contaban el intendente Riaño, hombre que participaba de sus ideas, el corregidor Domínguez y otras personas de elevada posición y captándose la simpatía del obispo electo en Michoacán, Abad y Queipo, por el estado floreciente de su curato. Entonces fué cuando vinieron a sorprenderle los proyectos de Allende, con quien antes había tenido ya conversaciones sobre lo necesaria que era la independencia para el país.


Antes de continuar con la historia de Hidalgo como emancipador de su patria, echaremos una mirada sobre la situación en que se hallaba el virreinato de México o Nueva España por tiempos de nuestro biografiado.


La revolución de Europa – dice don Gustavo Baz – no habían conmovido a las colonias de América; sus puertos permanecían cerrados como antes a otro comercio que no fuera el de la península; las ideas de la filosofía moderna no habían penetrado aún a los claustros ni a las salas donde se seguía discutiendo sobre el ombligo de Adán y donde se creía aún en los milagro y en los agentes sobrenaturales; aún no se escuchaba el acento de otro idioma que el español, lleno de multitud de modismos y el sacerdote, juez de todas las conciencias, depositario de todos los secretos y el alguacil, el inquisidor y el virrey, gobernaban todavía a la usanza del siglo XV. El poder, la riqueza, la influencia y el prestigio, pertenecía a los peninsulares, a los que salían de España para hacer fortuna en América y que esperaban acumular un gran capital tras largos años de infatigable trabajo, a los que agraciados con su empleo por el rey, venían a especular con la justicia; al clero alto que acumulando riquezas, estancaba paulatinamente la propiedad. Todos ellos se creían los dueños y amos en la tierra por derecho divino, todos fundaron su mayor orgullo en llamarse los amos de la Nueva España. Los descendientes de los antiguos indios reducidos a la más terrible servidumbre, sin otro horizonte ni otro porvenir, que lograr una onerosa substancia con un trabajo personal bastante duro, considerados como incapaces por la legislación de Indias, y fanatizados por los curas, formaban la gran mayoría del pueblo, mezclados con los esclavos negros, los mestizos y todas las razas a los que se debe el nombre de castas y a cuyos individuos se les consideraba infamados. Pero entre la riqueza y el pueblo, existían los criollos, los hijos o descendientes de los españoles que sólo por el hecho de haber nacido en América no gozaban ni los mismos fueros, ni las mismas prerrogativas que sus padres, y no podían aspirar ni a los empleos públicos, ni a las altas dignidades; era un clase social ilustrada tanto como lo permitían la época y las costumbres, porque en vez de dedicarse al trabajo rudo del comercio o de la explotación, poblaban las universidades y dilapidaban en placeres las fortunas de sus padres. El carácter del criollo tenía algo de la dulzura del clima; su imaginación viva, su precoz talento, se avenían mal con la laboriosidad española, crecían generalmente en la opulencia y morían pobres, y por lo común adoptaban las carreras del foro y de la iglesia.


Nadie podrá negar que España ha sido la cuna de las leyes más justas que se han conocido en la Tierra y que su misma tradición impuso decretos que encierran la más alta sabiduría como ser el mandato de que la sangre española se fusionara con la india y humanitario como el que dispuso Fernando V de que “Las cosas de esas partes las entiendo yo como las de Castilla”, pero tampoco es posible desmentir que a la sombra de esa generosidad que atribuimos  a los españoles, porque de su patria han surgido esos ejemplos, se han cometido los más degradantes abusos. Así encontramos que en México que es realmente un país privilegiado por su clima y todos los dones de la naturaleza, ejercían muchos de sus virreyes un poder ilimitado manteniendo una corte donde el lujo y el derroche contrastaba tristemente con la miseria moral y material de los naturales. Bajo sus indicaciones y consentimiento perseguía el tribunal inquisitorial con ardor infatigable a cualquiera que leía alguna obra filosófica que clandestinamente solía ser introducida desde la convulsionada Europa. Con este afán se allanaron domicilios, supliendo muchas veces el tormento la falta de pruebas materiales.


Uno de esos virreyes llegó a decretar públicamente que a la población colonial no debía darse otra instrucción que el catecismo. ¡Qué crasa ignorancia! Si se sabe positivamente que en el propio Vaticano se encuentra una célebre Academia de Ciencias ¿no resulta una maldad máxima de esos hombres que se atrevieron a condenar el estudio científico aunque sea en nombre de una religión? Esto mismo nos prueba que ninguna ideología o dogma, por retrógrada que fuese puede ser mala si la maldad no reside en los individuos que se amparan en sus filas. No podemos encontrar ningún principio ideológico, ni aún en el más desordenado como lo es la anarquía donde no haya aparecido en alguna época uno o varios hombres de la más noble y hermosa actuación y que como flor de loto surgieron majestuosamente por encima del caos.


La totalidad de las propiedades del clero mexicano tanto secular como regular, importaba la mitad del valor real de los bienes raíces del país; tan enorme era el número de personas que se dedicaban al estado eclesiástico que el propio ayuntamiento de México pidió al rey de España que prohibiera la fundación de nuevos conventos y rogaba a los obispos que no ordenaran más clérigos ya que millares de estos no podían siquiera obtener ocupación dentro de su ministerio.


También en el comercio y la industria hacían sentir esos virreyes esa influencia nefasta, pues con el fin de apoyar a ciertos industriales que desde España importaban sus productos, habían establecido un juzgado privativo llamado de bebidas prohibidas que vedaban el destilamiento de aguardientes, de la miel de caña, del maguey y demás plantas susceptibles de producirlos. Prohibieron así mismo el cultivo de la parra y el olivo, cuando se destinaba para la fabricación del vino y el aceite. La producción de hilados y tejidos de algodón era considerado un delito que se castigaba con rigor. ¿Cómo no había de reinar la miseria en un país por rico que fuese su suelo, ante decretos tan singulares?


En 1802 llegó a México el virrey José de Iturrigaray, quién ostentaba el grado de teniente general; pero que debió su nombramiento al famoso Manuel Godoy, favorito de la esposa de Carlos IV. Godoy le había brindado con este favor a fin de darle una oportunidad para hacerse de gran caudal. Comenzó por defraudar las rentas reales mediante un contrabando de efectos que le proporcionaron una ganancia de $119,125.00. Luego dispuso que cada cargo administrativo fuese entregado al mejor postor, como así también el de poner precios exorbitantes sobre determinados artículos de consumo, haciendo que todo el exceso sobre el precio normal fuese para su provecho personal; estas y otras ganancias ilícitas además de su sueldo de virrey que era de 60,000.00 pesos anuales, le permitían a él y a su esposa, la virreina Inés de Taurengue y sus hijos vivir en un pié de lujo provocativo. Este virrey – que hemos citado simplemente como un ejemplo – tuvo sin embargo su cuarto de hora de celebridad. cuando la invasión francesa en España, pues quiso convocar unas cortes semejantes a las que se reunían en cada provincia española. Los realistas españoles residentes en México estallaron en indignidad, todos ellos eran comerciantes y capitalistas que se habían enriquecido al margen de las leyes de opresión y temiendo que esta medida pudiera introducir cambios en la situación creada y resultar adversas para sus intereses, se confabularon contra su jefe y asaltaron la casa de gobierno, arrastrando al infeliz virrey brutalmente a la prisión e hicieron que la Audiencia eligiera como sucesor a Pedro Garibay quien a su vez fué reemplazado al poco tiempo, primero por Lizana y Beaumont (1809), y en 1810 por Francisco Javier Venegas.


El vergonzoso movimiento que provocó la caída de Iturrigaray ocasionó gran indignación entre la población del país, la que comprendió que su triste situación quedaría aún más ensombrecida si no se procediera enérgicamente contra los que sin ningún escrúpulo contribuian a aumentar el caos que amenazaba derrumbarse ante las ideas nuevas de la era napoleónica. Así fue que en Valladolid (Morelia) algunos vecinos entre los cuales figuraba el General Ignacio Allende, fraguaron en el mayor secreto un complot revolucionario el cual tenía por objeto derribar a las nuevas autoridades constituidas y reunir las Cortes propuestas por Iturrigaray y que gobernarían en nombre del rey Fernando VII. Pero como nunca faltan delatores, fue la maniobra denunciada y detenidos los complotados, pero ante la falta de pruebas fehacientes hubieron de quedar nuevamente puestos en libertad.


Don Miguel Hidalgo y Costilla que como ya dejamos dicho se había hecho famoso en esta ciudad como rector y catedrático del colegio de San Nicolás, en el que había variado los textos introduciendo la obra del P. Serri y algunos otros autores jansenistas, que en sus conversaciones particulares hacía ya el análisis frío y escéptico de las contradicciones de la historia eclesiástica y que interpretaba con poca rigidez las prevenciones de la disciplina eclesiástica. Él también había sido invitado para tomar parte en esa conspiración, pero rechazó el ofrecimiento por no acordar plenamente con tal procedimiento. Entre las personas con quien mantenía estrechas relaciones figuraba el Corregidor de Querétaro, Don Manuel Domínguez y su esposa Doña Josefa Ortíz de Domínguez.


Como sabemos era el cargo de Corregidor el de un alcalde que en las poblaciones importantes presidía el ayuntamiento y ejercía funciones administrativas. Domínguez, como particular y como autoridad mostrabase intachable; era odiado por los propietarios de los obrajes del pan por la decidida protección que había impartido a los obreros de los mismos, a él se debían los mejoramientos hechos en la policía de Querétaro y con la mayor honra desempeñó altos puestos en la administración colonial. A su casa acudían algunos de los que conspiraban en Valladolid, pero con miramientos más liberales pues, el tema que trataban era lisa y llanamente la independencia total de México. A fin de disimular sus fines celebrábanse las reuniones bajo el nombre de Academia literaria.


Quien se realzaba en estas reuniones era la esposa del Corregidor que con conceptos altisonantes animaba los auspicios de independencia como para que los cabecillas que en ellas solían inspirarse no se dejaran dominar por el abatimiento o la indecisión. Aun cuando estas entrevistas se celebraban con la mayor prudencia para evitar toda posible complicación, fueron sin embargo denunciadas. Domínguez hubiera por ello fácilmente podido neutralizar la acusación valiéndose de su autoridad y buen nombre, si nuevas denuncias y el hallazgo de municiones en casa de uno de los complicados, los hermanos Epigmenio y Emeterio González no hubiesen complicado la situación. Al Corregidor no le quedaba entonces más remedio que proceder contra los González e iniciarles un juicio. La noble Josefa Ortíz de Domínguez, comprendiendo la gravedad de la situación que amenazaba destruir todo el proyecto de independencia, resolvió sacrificar por la causa su hogar y posición, complicándose directamente con los confabulados al enviarles un emisario para ponerles sobre aviso del peligro que corrían. Domínguez conocedor del carácter de su esposa quiso evitar que tomara ese paso dejándola encerrada en su casa, pero la abnegada mujer supo a pesar de todo llevar adelante sus propósitos comunicándose con el alcalde de la cárcel que también era un entusiasta admirador del movimiento que ahora corría el riesgo de fracasar.


La recámara de su habitación – dice Alaman – caía sobre la del alcalde de la cárcel, la que, como en casi todas las capitales de provincia, estaba en los bajos de la casa de gobierno. Llamábase el alcalde Ignacio Pérez, y era uno de los más activos agentes de la conspiración. La seña convenida entre él y la Corregidora, para comunicarse en cualquier caso imprevisto, eran tres golpes con el pie sobre el cuarto del alcalde; dieronse en estas críticas circunstancias, y como que el Corregidor había dejado cerrada la puerta del zaguán, a través de esta impuso a Pérez de las ocurrencias de aquella noche, y le previno buscase persona de confianza que fuese con toda diligencia a San Miguel a instruir a Allende de todo. El empeñoso Pérez no quiso confiar a nadie encargo tan delicado; él mismo se puso en camino, y no habiendo encontrado a Allende en San Miguel, a donde llega al amanecer del día 15 buscó a Aldama a quien dió cuenta de objeto de su venida.


Dos días después (16 de septiembre 1810) fué detenido el Corregidor Domínguez por tropas del ejército lo mismo que su esposa la que fué sometida a un largo proceso durante cuyo tiempo estuvo encerrada en un inmundo calabozo desde el cual hubo de ver la destrucción de su hogar y sus hijos reducidos a la miseria en la que ella misma también tuvo que vivir, como precio a su patriotismo, una vez puesta en libertad.


El aviso enviado por Doña Josefa Ortíz cayó como una bomba entre los cabecillas de la confabulación los que se dirigieron apresuradamente a Dolores con el fin de tomar resoluciones. Eran estos Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Abasolo, los que opinaron que convenía apelar a la fuga abandonando sus posiciones y así esperar que renaciera la calma, pero Don Miguel Hidalgo opinaba todo lo contrario y aconsejaba obrar con rapidez antes que el enemigo tuviera tiempo de apoderarse de los efectivos con los que aún podían contar y proclamar cuanto antes la independencia.


Fue así que en el mismo día en que cayeron presos el Corregidor de Querétaro y su abnegada esposa, marchó al apuntar el alba acompañado por los tres citados jefes y otro puñado de partidarios a la prisión a cuyas autoridades obligó a poner en libertad a más de 70 presos políticos. Como ese día era domingo mandó tocar misa y arengando a los indios que habían acudido al servicio religioso les comunicó su proyecto y concluyó gritando “¡Viva la América! ¡Viva Fernando VII! ¡Muera el mal gobierno”! Más de doscientos de éstos repitieron el mismo grito y se aprestaron a recibir armas consistentes en lanzas, machetes, hondas, etc., y tal era el entusiasmo entre esa gente que aquellos para quienes no alcanzaban las armas, las procuraban por sus propios medios, como que no era tan fácil porque les estaba vedado poseerlas, pues solo a los europeos les estaba reservado ese derecho. Viéndose rodeado de este modo de unos 300 hombres marchó sobre San Miguel el Grande donde se le unió el regimiento de la Reina y mucha gente de campo, principalmente de indios. Al pasar por el santuario de Atomilco retiró de allí la pequeña imagen de Guadalupe que allí se veneraba y la proclamó la patrona de su ejército.


Algunos historiadores acusaron a Hidalgo por la energía con que atacaba el régimen español imperante y los excesos en que solían incurrir las multitudes que le seguían pero escuchamos lo que dice Don Manuel Orozco y Berra, afamado arqueólogo mexicano.


Las bandas indisciplinadas y rencorosas saqueaban las casas de los que creían sus enemigos; les daban despiadadamente muerte, si se quiere, y esto ni el número ni con la precisión con que se ha escrito; las ciudades quedaban enteras, los habitantes asustados; los desmanes cometidos eran idénticos a los que han tenido todas las guerras en que se quiso sacudir el yugo, las luchas que por precisión deben ser a muerte, porque los bandos se dividen en señores y esclavos, en opresores y oprimidos, en tiranos y rebeldes. El ejemplo no es nuevo; la historia está llena de recuerdos de estas cosas, y aún más horrorosas y llenas de crímenes que lo pasado entre nosotros. Ponen el grito en el cielo porque las revoluciones acarrean desastres, es quejarse de lo imposible, gritar por ganas de hacer ruido. En México la industria, el comercio, la minería, padecieron y casi se arruinaron; no fue porque la destruyeron los ladrones; era una consecuencia del estado de guerra; donde quiera que se interrumpe la paz sucede otro tanto, aun cuando sea por motivo de una cruzada.


El día 21 llegaron a Celaya y al día siguiente, a presencia del ayuntamiento hubo repartimiento de grados. Hidalgo fue nombrado generalísimo, Allende teniente general, etc. En solo 5 días se habían unido a Hidalgo 50,000 hombres atraídos por el ideal que proclamaba con tanto vigor. Y si no hubiera sido por la imposibilidad de proveer para tanta gente armas adecuadas ni forma de imponerles una disciplina que requiere un ejército para ser fuerte, habría necesitado pocos sacrificios para derrocar las autoridades coloniales. Las tropas de que disponía el virrey consistían en unos 10,000 españoles y 29,000 mexicanos de reserva al mando de oficiales europeos, de estos últimos habían ya pasado algunas a los sublevados.


El 28 de septiembre entró Hidalgo en Guanajuato. El intendente de Riaño intentó resistirlo en la Alhóndiga de Granaditas, pero a pesar del heroísmo con que se defendió no pudo resistir la enorme superioridad de los sublevados que tomaron la posición al asalto y pasaron a cuchillo a todos sus defensores. Hidalgo organizó el ayuntamiento, nombró empleados y estableció una fundición de cañones.


Ante la gravedad de la situación lanzó el gobierno una proclama ofreciendo 10,000 pesos para quien le presentara la cabeza de Hidalgo, el obispo expidió un edicto declarando a Hidalgo y a sus principales compañeros excomulgados por herejes, perjuros y sacrílegos. La Inquisición fulminó otro decreto contra los mismos, y a Hidalgo le hizo infinitos cargos, exhumando nuevamente el proceso que se había instaurado contra él hacía diez años. Entre otras acusaciones figuraba la de negar que castiga dios con penas temporales; el de no admitir la autenticidad de los libros sagrados; haber hablado con desprecio de los papas y del gobierno de la Iglesia, como manejado por hombres ignorantes, de los cuales uno, que acaso estaría en los infiernos, estaba canonizado; asegurar que ningún judío se puede convertir; pues no consta la venida del mesías; negar la perpetua virginidad de María; adoptar la doctrina de Lutero en orden a la Eucaristía; asegurar que no hay infierno, etc. Hidalgo contestó manifestando a sus compatriotas que jamás se había apartado de la Iglesia católica, y decía: Se me acusa de que niego la existencia del infierno, y un poco antes se me hace cargo de haber asentado que algún pontífice de los canonizados por santo está en este lugar. ¿Cómo, pues, concordar que un pontífice está en el infierno negando la existencia de éste? Se me imputa también el haber negado la autenticidad de los sagrados libros; y se me acusa de seguir los perfectos dogmas de Lutero: si Lutero deduce sus errores de los libros que cree inspirados por Dios, ¿cómo el que niega esta inspiración sostendrá los suyos deducidos de los mismos libros que tiene por fabulosos? Todos mis delitos traen su origen del deseo de nuestra felicidad. Sin embargo, no nos debemos asombrar de la singularidad de las acusaciones. ¿Acaso no hubo quienes sostuvieron que el mártir Juan Hus había dicho ser la cuarta persona de la santísima trinidad? Pero concedemos nuevamente la palabra al historiador Agustín Baz:


La aristocracia clerical se levantó también airada contra Hidalgo; la Inquisición sacó a luz el proceso comenzado en 1800, los obispos de Michoacán, México y Puebla, lo excomulgaron, los colegios, las sociedades literarias y particulares, hicieron públicas muestras de fidelidad a la causa de España y el púlpito se convirtió en una tribuna antirrevolucionaria. Todas estas armas quedaron pronto sin prestigio, cuando se vió que los insurgentes invocaban también la religión; que los cabildos y los prelados anatemizaban a Hidalgo hoy, y mañana lo recibían con Tedeums y repiques; pero por lo pronto; dividieron a la sociedad mexicana en dos bandos, cuyos odios implacables le llenaron de sangre y prolongaron durante once años una lucha a muerte entre las nuevas teorías y las antiguas preocupaciones, lucha entre el pasado y el porvenir, entre los amos y los esclavos, y en la que las pasiones se exasperaron hasta tal punto, que se llegó a olvidar el lenguaje de la razón entre los denuestos y los gritos amenazadores de muerte y venganza. No podía ser de otro modo, el clero alto veía que se escapaba su poder; los españoles vislumbraban su ruina total; los empleados temían que con la independencia se viniesen abajo todos los abusos con que hacían fortuna; los ricos y los grandes propietarios temblaban ante la idea de tener que considerar reconocer como hombres a los que no eran para ellos sino máquinas y todos se lanzaron a combatir a muerte esa idea que venía a destruir todas las prerrogativas; todas las injusticias, todos los abusos de trescientos años. La religión fue la que más hubo de padecer, aquella profusión de excomuniones de anatemas; de aquellas invocaciones sacrílegas de los dos bandos de los cuales cada uno tenía su deidad protectora, acabaron por cubrir de ridículo a los santos, al catolicismo y cosa hasta curiosa fue ver que los odios entre realistas e independientes se hicieran extensivas hasta en las vírgenes; en el curso de aquella guerra los realistas fusilaban las imágenes de Guadalupe y los insurgentes la de la virgen del Rosario, como si ambas representasen una misma deidad.


Parece que Hidalgo tenía escrito un plan político que se ha extraviado; por sus proclamas se ve que deseaba un Congreso que se compusiese de representantes de todas las ciudades, villas y lugares, que tuviese por objeto principal mantener la religión, dictar leyes suaves, benéficas y acomodadas a las circunstancias de cada pueblo, moderar la extracción de dinero, fomentar las Artes y avivar la Industria.


El 10 de Octubre de 1810 salió de Guanajuato y después de una marcha de siete días llegó a Valladolid, donde hizo que el canónigo conde de Sierra Gorda, que había quedado por Gobernador de la mitra, levantara la excomunión fulminada contra él, lo que se efectuó. Cuando de paso por Acámbaro le ratificó la Junta Nacional en el cargo de generalísimo con el tratamiento de Alteza Serenísima y casi poder para legislar. Entonces tomó del cofre de la catedral 400,000 pesos para gastos y salió en dirección para la ciudad de México, pasando por Maravatío, Ixtlahuaca, Tolima y Monte de las Cruces; en este último lugar le aguardaba el jefe realista Torcuato Trujillo, quien fue completamente abatido.


Con la derrota de esta tropa española no le quedaba otro estorbo hasta México, pero sabiendo que la ciudad misma estaba fuertemente custodiada por tropas bien armadas y disciplinadas, las que sería problemático poder vencer con sus patriotas mal armados y reunidos sin concepto de disciplina, no quiso exponerse a un seguro desastre, por ello con el fin de ganar tiempo y contra la voluntad de Allende que quería probar la aventura, se desvió hacia Querétaro para establecer allí, un orden de cosas como había dejado en Guanajuato, pero encontró la ciudad defendida por el general realista Félix María del Rey Calleja, que tan célebre se ha hecho por su arrojo y su crueldad durante la guerra de independencia mexicana. En la imposibilidad de retroceder hubo de presentar batalla y a pesar que contaba con 40,000 hombres y doce piezas de artillería no pudo hacer frente al disciplinado ataque de sus enemigos muy inferiores en número. Procuró retirarse entonces con las tropas que aún le quedaban, pero alcanzado nuevamente por Calleja en San Miguel de Acapulco (7 de noviembre de 1810) quedó desbandada toda su gente y acompañado por un puñado de fieles pudo escapar de sus perseguidores y dirigirse a Valladolid. Allende se encaminó hacia Guanajuato, ambos con el propósito de reforzar su contingente y reunir artillería.


Apenas habían pasado diez días (17 de noviembre) llegó a oídos de Hidalgo que otra columna de patriotas se había apoderado de la ciudad de Guadalajara hacia donde se encaminó aquel mismo día al mando de 7,000 hombres montados y unos 300 infantes, todos pésimamente armados, llegando al punto de destino el día 26.


En Guadalajara estableció Hidalgo un gobierno con dos Ministerios, uno de Gracia y Justicia y el otro denominado Secretario de Estado y del Despacho. Le fue concedida guardia de honor y el tratamiento de Alteza Serenísima. Nombró comisionados de su gobierno cerca del de Estados Unidos de Norte América con el que procuraba formar una alianza, cuya misión confió a Don Pascasio Ortíz de Letona.


En esto apareció Allende que no habiéndose podido esquivar de la persecución de Calleja hubo de huir de Guanajuato, siempre perseguido por el general español. Hidalgo, que con su incansable actividad había reunido a su alrededor unos cien mil naturales afectos a la causa de la libertad, casi todos sin armas adecuadas, desmoralizados por el ambiente de esclavitud y sin el menor concepto de disciplina, los que habían acudido a su voz de alerta, se mostraban rebeldes en cuanto a la sed de venganza que les devoraba y que saciaban en indefensas familias españolas que residían en la ciudad y alrededores. Algunos historiadores maliciosos quisieron con ello ver una mancha para el humilde cura de Dolores, ¿cómo era posible evitar tales excesos en la confusión, en la absoluta falta de tiempo y por la inmoralidad en que hubieron de vivir siempre esos pobres siervos que no conocieron otro ambiente que el que impusieron tantos amos desnaturalizados? Cien mil hombres que voluntariamente se habían agrupado febrilmente alrededor de un gobierno surgido espontáneamente, sin contar con medios adecuados para la alimentación, sin uniformes ni casi más armas que las que había sabido procurarse cada patriota por sus propios medios. Tomando en atención esta situación caótica y comparándola con las disposiciones que supo tomar aún Hidalgo, se puede decir con la mayor honra para él, que era un hombre cuya abnegación y amor a la libertad no conocían límites. Sabía que no contaba con más autoridad real que sus razonamientos y que la lucha brutal era el único medio en aquel ambiente para ser opuesto a las ambiciones de la lujuria reaccionaria.


Con la llegada de Allende creció también la preocupación por la presencia del enemigo que avanzaba cautelosamente. Allende quiso que saliesen a su encuentro las pocas tropas regularmente armadas que poseían dejando a los demás como una reserva que ampararía la retirada en caso de derrota. Hidalgo, aleccionado por los desastres de Querétaro y Acapulco sabía muy bien que las reducidas tropas a que se refería Allende eran demasiado escasas para hacer frente con buen éxito a los españoles y que una vez derrotados bastaría la sola presencia del temido Calleja para que se dispersara el resto. Por ello se opuso y resolvió otra medida más segura.


En la mañana del día 14 de enero de 1811 se puso Hidalgo en marcha con toda su gente, de los cuales 20,000 iban a caballo y noventa y dos piezas de artillería. Estaba tan seguro esta vez de la victoria sobre su peligroso enemigo que al iniciar la marcha dijo que iría a almorzar en Calderón, a comer en Querétaro y a cenar en México.


Eligió para la batalla las llanuras de Guadalajara, pues contaba con la acción del patriota Fray Servando Teresa de Mier al que había advertido sobre sus propósitos. Pero el astuto Calleja marchó primero contra Mier a cuya gente dispersó, obligando así a Hidalgo a variar su plan de combate. Este avanzó entonces hasta Puente de Calderón donde tuvo lugar la batalla decisiva. Calleja, cuyas tropas no pasaban de 8,000 hombres y 10 cañones, atacó resueltamente a los patriotas que sólo gracias a la energía de su jefe no habían iniciado ya el desbande. La batalla comenzó con gran encarnizamiento (17 de enero) vislumbrando el retroceso de los españoles una inminente derrota, cuando al explotar un depósito de municiones en la retaguardia patricia causó tal pavor y confusión que Hidalgo hubo de ver impotente el desbande de toda su gente. Solo a esta circunstancia debió Calleja su victoria y el virreinato unos años más de vida.


Abandonado de esta suerte por todos, huyó el patriota a Aguascalientes, donde se unió con una pequeña columna que estaba al mando del patriota Iriarte y con los cuales inició la marcha hacia Zacatecas. En la hacienda del Pabellón fué alcanzado por Allende (25 de enero) quien inexplicablemente le acusó de ser el causante de las derrotas sufridas. El abnegado Hidalgo no se ofuscó al ver que el orgullo dominaba en sus desdichados compañeros y en silencio sufrió la degradación como generalísimo y jefe político y militar, insignias con las que se invistió Allende.


No por ello abandonó a sus correligionarios en la desgracia y marchó con ellos a Saltillo. El virrey que supo de este distanciamiento y comprendiendo que sus adversarios no estaban en condiciones de oponer la menor resistencia, le envió cínicamente un mensaje con el que les ofrecía un indulto si desistían de sus propósitos de independencia. Fue contestado con un oficio que habla una vez más de la grandeza de alma de Hidalgo y que transcribimos a continuación. Dice así:


Don Miguel Hidalgo y Don Ignacio Allende, jefes nombrados por la nación americana para defender sus derechos, en respuesta al indulto mandado extender por el Sr. D. Francisco Javier Venegas, y del que se pide contestación, dicen: que en desempeño de su nombramiento y de la obligación que como patriotas americanos los estrecha, no dejarán las armas de la mano hasta no haber arrancado de los opresores la inestimable alhaja de su libertad. Están resueltos a no entrar en composición alguna, si no es que se ponga por base la libertad de la nación, y el goce de aquellos derechos que el Dios de la naturaleza concedió a todos los hombres, derecho verdaderamente inalienable y que deben sostenerse con ríos de sangre si fuese preciso. Han perecido muchos europeos y seguiremos hasta el exterminio del último, si no se trata con seriedad de una racional composición.


El indulto Sr. Excmo., es para los criminales, no para los defensores de la patria, y menos para los que son superiores en fuerza. No se deje V.E., alucinar de las efímeras glorias de Calleja; estos son como relámpagos que más ciegan que iluminan: hablamos con quien lo conoce mejor que nosotros. Nuestras fuerzas en el día son verdaderamente tales, y no caeremos en los errores de las campañas anteriores; crea V.E., firmemente que en el primer reencuentro con Calleja, quedará derrotado para siempre.


Toda la nación está en fermento, estos movimientos han despertado a los que yacían en el letargo. Los cortesanos que aseguran a V.E., que uno u otro solo piensan en la libertad. lo engañan. La conmoción es general y no tardará México en desengañarse si con oportunidad no se previenen los males. Por nuestra parte, suspenderemos las hostilidades, y no se le quitará la vida a ninguno de los muchos europeos que están a nuestra disposición, hasta tanto V.E., se sirva comunicarnos su última resolución.

Dios guarde a vuestra V.E., muchos años. Cuartel general de Saltillo.


Hidalgo sabía muy bien que esta advertencia no haría mella en el ánimo del virrey quien simplemente aprovecharía todos los medios para alargar un poco más la imposición del régimen realista y que las armas de Calleja serían su respuesta. Por ello aconsejó a sus compañeros que la única solución era huir a Estados Unidos y desde allí preparar las cosas de mejor manera. Indudablemente les habría resultado provechosa esta medida si repudiables acontecimientos no hubieran puesto un triste epílogo a la actuación del noble paladín.


Varios oficiales que pertenecían al dispersado ejército patriota, hicieron traición a la causa de independencia de su patria y se presentaron al comando de las tropas de dominación. Entre éstos se hallaba el Capitán Elizondo, quien como motivo de su renegación dijo que no había sido tratado como le correspondía, se ofreció para apoderarse del estado mayor revolucionario que con un pequeño ejército marchaba con dirección al norte. Habiendo sido advertido del itinerario de los patriotas, les esperó en las Norias de Acotita del Bazán, facilitando su tarea la disposición de la comitiva de subdividirse en lo posible para no llamar la atención de las autoridades españolas. De esta suerte fueron apresados uno tras otro los carruajes en que viajaban los familiares y efectivos de los emigrantes. Allende que marchaba al frente de la pequeña columna de soldados reconoció en Elizondo a uno de los suyos y salió a su encuentro para saludarlo y solicitarle algunas informaciones, pero al verse rodeado inesperadamente por tropas españolas comprendió que había estrechado la mano de un Judas. La sorpresa anuló todo intento de resistencia.


Hidalgo que seguía a unos kilómetros de distancia con los últimos efectivos nada supo de la estratagema hasta que igualmente se vió rodeado y copado por sorpresa. Esto ocurrió el 21 de marzo. Llevado a Chihuahua, le fue instaurado proceso y apenas cinco meses después (1° de agosto de 1811) fue fusilado luego de haber sido degradado, mostrando gran entereza de ánimo. Igual suerte tocó a sus compañeros de sargento para arriba.


Después de fusilado decapitaron el cadáver de Hidalgo sepultando el cuerpo en la capilla de la Tercera Orden de San Francisco de Chihuahua, no así la cabeza que fue encerrada en una jaula de hierro junto con las de Aldama y otros jefes y llevadas a Granaditas donde fué puesta a exposición en una casa pública destinada para compra y venta de trigo y otras mercaderías hasta 1824 en que por disposición del Congreso de la República fueron trasladadas con gran solemnidad a la Catedral de México donde recibieron sepultura con sus cuerpos en una bóveda destinada antes a los virreyes y después a los Presidentes de la República.


El nombre de Hidalgo se mandó inscribir con letras de oro en el salón del Congreso Nacional de México, quien le declaró benemérito de la patria en grado heróico. Esto ha sido la más hermosa confirmación de la advertencia dada por el patriota en Saltillo y la cual se habrá impuesto en la memoria de los jefes revolucionarios que vanamente trataron de ahogarla en sangre. 

 

1° y 15 de Abril de 1940

LA BALANZA NÚMS. 174 y 175


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado

 
 

Entradas recientes

Ver todo
bottom of page