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Joaquín Trincado

Demóstenes

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 4 mar
  • 3 Min. de lectura

DEMÓSTENES, el famoso orador griego que floreció entre los años 385 y 322 antes de Jesús, había quedado huérfano a los siete años. Sus tutores se encargaron de disipar la considerable fortuna que había heredado. La vergonzosa conducta de éstos, ejerció decisiva influencia en la vida de Demóstenes, pues se arraigó en su espíritu aquel sentimiento apasionado de lo justo y de lo injusto que le caracterizó siempre, aprendió a no contar con más recursos ni ayuda que los propios; fortificó la independencia y vigor naturales de su alma decisiéndose a luchar muy joven aun con los que le rodeaban y en suma, dirigió toda la actividad de su genio hacia la oratoria, único medio que veía para conseguir justicia.


No bien llegó a la mayoría de edad, persiguió a sus tutores y a fuerza de constancia logró que se les condenase a importantes restituciones.


Anhelante de luchar por el bienestar de sus compatriotas quería hablarles desde la tribuna de los oradores, pero el público lo hizo desistir en medio de un infernal griterío, pues en vez de escuchar sus palabras burlábase de sus imperfecciones. En efecto, parecía su estilo trabajoso y oscuro y a sus defectos físicos oponían un dique insuperable a la realización de sus deseos. Tartamudeaba, su voz era débil y un movimiento convulsivo y casi irresistible le obligaba a encogerse de hombros con frecuencia. Varios oradores que le oyeron hablar por primera vez en público, prorrumpieron en risas y le lanzaron motes satíricos, escarneciendo su temeridad.


Demóstenes, habiéndose visto acometido con las armas del ridículo, lejos de desanimarse se afirmó en el propósito de corregir a toda costa sus graves defectos. Conociendo que su voz, naturalmente débil, necesitaba adquirir fuerza y robustez. Para vencer aquel murmullo con que los atenienses solían acompañar las arengas que los oradores pronunciaban en la tribuna, iba a las orillas del mar y declamaba con violencia cuando le veía agitado y tempestuoso, procurando por este medio dar a su voz expansión y sonoridad. Introducía al propio tiempo en la boca piedrecitas a fin de que los nervios de su lengua adquirieran la elasticidad necesaria para una pronunciación clara y pronta. Con objeto de corregir el movimiento convulsivo de sus hombros se colocaba en un sitio muy angosto y suspendía en lo alto una lanza, cuya punta le lastimaba siempre que la irritabilidad de los nervios le hacía mover los hombros; escribía sus arengas con esmero y detención; se encerraba en un lugar subterráneo para entregarse a la meditación de estudios profundos y se afeitaba la cabeza y la mitad de la barba para verse obligado a no mostrarse en público.


Ejercicios tan penosos y su mucha persistencia en el trabajo corrigieron sus defectos físicos, le proporcionaron ruidosos triunfos y le colocaron en un puesto preferente entre sus contemporáneos.


Inició su carrera política con un discurso contra Aristócrates, contra la ley leptina y contra Androcio. Era partidario de que su patria, despreciando las mezquinas rivalidades que dividían a las ciudades helénicas, debía ser la protectora de los estados débiles. Aún cuando ganara la estimación de gran parte de sus conciudadanos que le confirmaron en la dignidad de miembro del Consejo, no consiguió mover a sus paisanos a seguir sus consejos. Consecuencia de esto fue que no pudieron detener la invasión de los ejércitos macedonios, los que se hubiesen apoderado de Atenas si Demóstenes no hubiese con su propio peculio fortificado esta ciudad de tal modo que obligó a Filipo a firmar una paz honrosa para la República.


Después de este triunfo puso nuevamente todo su empeño en engrandecer su patria con dignos principios, pero siendo el partido oligárquico partidario de la subyugación macedonia, no pudo defenderla contra las continuas traiciones que el pueblo apoyaba con eterna inconstancia y tuvo Demóstenes que huir después de sufrir un proceso ignominioso.

Muerto Alejandro Magno, volvió una vez más para continuar su obra patriótica, pero vencido por Antipater fue condenado a muerte. Viéndose perseguido, se envenenó en el templo Neptuno en Calauria.


Un sobrino de Demóstenes, Demócares, cuando Atenas tuvo un poco de libertad hizo aceptar una proposición por la que se reconocía en brillantes términos los servicios prestados a la patria por el gran orador y se le erigió una estatua con esta inscripción: “Si tu fuerza, Demóstenes, hubiese igualado a tu genio, el Marte macedonio nunca hubiese dominado en Grecia”.


La lucha que Demóstenes, ha sostenido con él mismo para perfeccionarse, es un verdadero reto hecho a la humanidad demostrando que cada hombre es un número real en la sociedad y por lo tanto culpable cuando un apasionado autócrata encuentra apoyo para dominar y tergiversar derechos y costumbres.


Febrero 1° de 1937.

LA BALANZA NÚM. 99.


Libro: Biografías de la Balanza

Autor: Joaquín Trincado


 
 

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