Situación de la mujer unida sin amor. Sus efectos
- EMEDELACU

- 14 jun 2025
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Examinemos aquí a la mujer, unida en matrimonio, por cualquier causa sin amor.
La mujer, unida sin amor en matrimonio, ha ocasionado, por su natural frialdad, el desvío del compañero, por las razones expuestas en el párrafo anterior, y producida ésta, causa los efectos tristes que hemos visto y que nadie puede negar. Pero la mujer no tiene la libertad que el hombre le ha quitado y él se la abroga y busca la expansión que la naturaleza le impone. Sí, señores: la naturaleza impone, porque es ley que nadie puede eludir, ni nadie debe torcer ni desoír y menos burlar.
La mujer, falsamente educada en la tiranía de leyes egoístas, prejuicios religiosos, prejuicios de sociedad y desconociendo en absoluto las leyes divinas de la creación y procreación, se le obliga a suicidarse moralmente siempre, y materialmente no pocas veces y muchas veces también a hacerse criminal.
Educada la joven en el más absurdo error de las conciencias sociales, en la mentira de las religiones y prohibiéndole en absoluto de la santa libertad de amar a lo que su corazón ama, se le obliga a matar lo más grande de su alma, que es el sentimiento. A la mujer no se le ha estudiado, porque el hombre no puede estudiarla; porque se la ha figurado un mueble de su capricho, un chiche del niño, que, cuando se cansará de él, lo tirará a un rincón y no se acordará de él hasta que, no teniendo otro con que entretenerse, lo saque y se entretiene hasta que otro le llame la atención y lo vuelva a arrojar. Esto es la mujer, en general; porque, aunque hay hermosas excepciones, no pueden hacer ley, porque están en minoría.
En la ley de los afines dije que la ley de afinidad tiene su mayor trabajo en la unión de los seres; y es así, porque todos tenemos el libre albedrío, aunque no absoluto. Pero como las leyes oprimentes y prejuicios puestos por el egoísmo y la supremacía hacen desviarse de su fin a los seres, hace que la ley de afinidad tenga que usar con rigor de la ley de justicia, a nuestro humano entender. Pero no hay tal rigor; el rigor está en nuestra ignorancia y en nuestra malicia; que si viviéramos la vida del amor, no nos sentiríamos heridos, porque veríamos en todo el exacto cumplimiento de las leyes divinas, que le han sido ocultadas al nombre por las religiones, desnaturalizando a los hombres.
El espíritu no tiene sexo, y el hombre y la mujer, en su espíritu, es espíritu y no hombre ni mujer; pero debe cumplir las leyes todas, y el espíritu toma alternativamente el sexo masculino y el femenino. Aquí tenéis el secreto de muchas degradaciones que veis, en algunos casos, del uso de la materia; porque el espíritu conserva las inclinaciones de su anterior existencia; y es culpa de la falsa instrucción de la humanidad, porque el espíritu viene siempre a corregirse y a cumplir un nuevo deber; si las leyes no son sabias, he ahí la causa del desequilibrio.
El espíritu no tiene sexo, y es alternativamente hombre o mujer y, por consiguiente, pensar que la mujer es inferior al hombre, es un error; pensar que la mujer no puede desarrollar su cerebro e inteligencia lo mismo que el hombre, es un error; pero educar a la mujer en la pusilanimidad, coartarle las libertades del hombre, es crimen de lesa humanidad.
En el consejo que cada espíritu tiene antes de tomar carne en cada existencia, se presenta con su solicitud, donde expone lo que se propone realizar en aquella prueba, y el consejo del Padre le pone en sus manos y en justicia, los talentos necesarios al triunfo; sus guías y protectores y el espíritu, también por consejo, pero dentro de la ley de afinidad y justicia, elige sus padres, sus hermanos y los medios a que en justicia debe ajustarse, para sufrir la prueba y, el sexo en el que se propone luchar, depende de la justicia, siempre.
Si la prueba ha de sufrirla en el sexo masculino, traerá la acción y la fuerza, unida al amor; si la prueba será en el femenino, traerá la delicadeza, la belleza y las cualidades necesarias a la armonía, la sensibilidad y mayor grado de sentimientos y fuerza moral; que, unido al amor, debe constituir la unidad de la familia. Saben los espíritus (al pedir su reencarnación) con quien o con quienes tiene que unirse y las vidas que tiene que dar, y ellos se buscan para cumplir su fin y viven ya en el amor el uno del otro.
Ahora bien. Ha llegado al mundo, y las leyes, los prejuicios, la errónea educación los separa y quedan por cumplir los propósitos que hicieron. El hombre toma la esposa por conveniencia o imposición y se produce el efecto que hemos visto en el párrafo anterior. La mujer es esclavizada y se le hace entregarse a un hombre que no es el que está en su corazón. ¿Se puede exigir amor donde no está la afinidad?
El amor de la mujer estará donde está el hombre que con él vino a cumplir una misión, así como el del hombre se va a su afinidad.
Pero el hombre se ha atribuido leyes más libres y busca y toma el néctar donde encontró su afín y, aunque a hurtadillas de una ley oprimente, satisface su aspiración, pero se ve obligado, por la absurda ley, a hacer lo que no haría de seguro si el absurdo y el prejuicio no le obligasen materialmente y no ocultaría ni el fruto de su amor, ni a la madre de aquel fruto, que por la ley de afinidad y justicia se unieron y produjeron el fruto prometido.
¡Más la mujer!... Unida por la conveniencia y la imposición, ¿en qué estado vive? Es un autómata; entrega su cuerpo, con displicencia al hombre que por la fuerza le dieron, pero no le entrega su corazón, porque en la ley pertenece a otro. ¿Es suya la culpa? Sí y no. Es suya la culpa porque tenemos el deber de ser fuertes, para imponer nuestros sentimientos a la imposición injusta de los padres y de la conveniencia. No es suya la culpa, porque la ley es de fuerza y tiranía y el prejuicio domina. Pero ambos son responsables; el que impone y el que obedece, y casi siempre pagan ambos, aun en la presente existencia su error, ya con la desgracia de la hija cuya historia y quejas llegan a los padres; ya con el abandono del esposo, que la frialdad de la compañera lo alejó y buscó y encontró su afín; y no pocas veces con lo que llaman deshonor, porque la mujer también encontró su afín y le entrega el corazón y… de la unión del verdadero amor dio el fruto que la ley suprema les impone y se producen pleitos, desavenencias, crímenes y el desequilibrio.
“La mujer es un arcano incomprensible", dicen los llamados sabios y fisiólogos. La mujer es un libro abierto en el que todo se puede leer, os dice el Juez. El arcano sois vosotros, pero arcano de ignorancia y de maldad. Educar a la mujer en la más amplia libertad de pensamiento; librarla absolutamente del prejuicio de sociedad y religión; hacerla vivir desde su infancia en la sociedad común y que no vea diferencia de clases; pero ser todos sabios en el puro amor y no temáis que se produzca lo que hoy teméis y que sucede, justamente, por la prohibición, por el prejuicio y por la errónea educación.
La mujer, unida a un hombre en las condiciones dichas y con el prejuicio social y religioso, se desnaturaliza, porque se le obliga a matar sus más bellas aspiraciones y los sentimientos puros que concibiera al venir al mundo; pero sueña y ve al adorado de su corazón, al prometido de su alma, porque sus espíritus saben dónde se encuentran y más tarde o más temprano se han de encontrar sus cuerpos y se entregan en toda su alma… No importa la clase y condición que ocupen; y aún si la unión, material, se hace imposible por muchas circunstancias y prejuicios, la ley de justicia está por medio y sus espíritus se unen y hacen muchas veces infecundos los deseos de las materias de los cónyuges, porque podría decirse que son dos cadáveres, porque los espíritus no toman parte cuando la afinidad no es la que los unió. Sólo los instintos brutales obran en ese caso.
Muchas veces veis una arrogante joven en que todo era vida, hermosura y belleza y que, a poco de contrariarla en una legitima aspiración, prohibiéndole hablarse y mantener una relación con el joven más modesto en posición y obligada por la imposición a desposarse con quien no enciende el fuego de su corazón, ponerse famélica, perder la vida en sus ojos, hacerse huraña e intratable. "Está enferma, quiere curársele y la medicina es impotente. El teatro la entristece, las amigas, las excursiones la hastían y acaba por encerrarse en un mutismo y soledad aterrador". “Es incurable, dice el doctor". No. No es incurable; dejadla en la libertad; que corra a los brazos del que ama su corazón y la veréis vivir y renacer sus alegrías; no importa que sea una princesa, si cabe, y él un rústico labrador o modesto artesano; son medios que ellos han elegido y sus espíritus lo saben y en esa diferencia aparente de clases venían a luchar y responde a un acto de justicia que solo en los principios redentores del espiritismo podréis explicaros.
¿Cuántas veces nos sorprende que una alta dama (como llamáis a las aristócratas) vive en el amor de un sirviente o de un artesano modesto (y esto que solo trasciende al público el uno por mil de los casos), llamándolo escándalo social? ¿Escándalo de qué? Justicia, os dice el Juez, es eso. El escándalo está en las leyes que habéis hecho, que no pueden hacerse, porque los espíritus no responden más que a las leyes divinas que vosotros ignoráis. Los espíritus responden a la ley de afinidad, a la justicia suprema; y cuando la justicia divina se cumple, el escándalo no existe más que para la ignorancia, para el egoísmo, para las leyes despóticas, que quieren sujetar a la ley absurda la divina ley de la procreación.
Escándalo social llamáis si el rico o poderoso unió su nombre con la modesta hija del pueblo, mostrando valor para arrostrar el prejuicio social. Justicia, virtud, valor, lo llama éste Código, porque ha sabido oír la ley de su corazón y lo demuestra al mundo con su satisfacción en el vivir y con los hermosos vástagos, fruto de su afinidad y amor, que le adelantan la felicidad que luego disfrutará mejor, por saber ser vencedor del error.
Yo conozco una alta dama (como llamáis) heredera de títulos nobles; de posición encumbrada de riquezas, que en paseo ha visto y sentido en su corazón los latidos de la afinidad, con uno de la más modesta posición. Los consejos, las amenazas, las proposiciones, el desheredarla; nada pudo acallar la potente voz de la afinidad; y por encima de toda conveniencia y rompiendo todos los prejuicios, la que a cada hora tenía un traje diferente y a su voz acudían una docena de sirvientes, todo lo deja y se une al hombre que su corazón amaba; y, unida con las mujeres del pueblo y vestida del humilde traje como ellas, va satisfecha, con la cesta al brazo, a llevar el alimento al que trabaja ganando mezquino jornal y en él se mira y en él se satisface y es dichosa, porque es su afín.
Es un caso aislado, se objetará: los héroes son pocos siempre os digo yo; pero la causa es el prejuicio, el error, la falsa educación, que, si no fuera así, este caso sería uno de los millones que se enumerarían, y esta verdad está en la conciencia de todos; y si no contestadme, hombres y mujeres; ¿El amor que bebéis a hurtadillas no lo beberíais con más satisfacción en libertad? Yo, que leo en las conciencias, en todas las almas ingenuas, leo el sí; pero también leo en muchas la duda y la negación. Estas son ruines y viciosas; malas e ignorantes. Pero yo les digo: ¿Por qué tomáis y aún robáis el amor y el honor, que no os debe pertenecer según los dogmas y falsas leyes? Y si lo tomáis y lo robáis, ¿por qué empleáis medios criminales para burlar la ley de la naturaleza? ¿Pensáis, acaso, que la naturaleza empleó para vosotros distintos materiales, o aparecisteis con más prerrogativas que los demás? No; porque la ley es una y la ignoráis por malicia. La Ley es Amor.
La ley de justicia, encargada de ejecutar los actos de la ley de afinidad, burla las trabas y absurdos de las leyes humanas y hace encontrarse a los afines, y no tiene en cuenta para nada que estos estén atados por las leyes sociales o religiosas y los une; ellos, luego, deben saber cumplir su deber. Pero el error, el prejuicio, la conveniencia social, el castigo de la ley hecha por los egoístas y supremáticos, tiene tal gravitación en la ignorancia de los individuos (sin la cual no podrían existir los absurdos), que obliga a cometer toda clase de crímenes y hechos delictuosos.
Sabe, la esposa, que, si es sorprendida por el esposo en los brazos de otro hombre, le arrancará la vida y la ley lo absolverá y aún el público lo coronará de laureles.
Sabe, el esposo, que, si es descubierto en los amores de otra mujer, la esposa lo acusará y pedirá el divorcio. ¿Por qué? ¿Por qué no hace la esposa la igual justicia criminal que puede hacer el hombre, amparado en una ley egoísta? ¿De modo que el hombre es dueño de la vida de su compañera, que es siempre una esclava por las leyes? ¿Dónde está aquí la justicia equitativa? La vida la da el Creador y no son los hombres los que pueden quitarla a un semejante. ¿Quién, papas, reyes, presidentes, jueces, ricos, pobres, curas, frailes, monjas, hombres de todas condiciones y mujeres de todas tallas, está limpio de cuerpo y alma para acusar a otro?
Nadie puede contestarme, y si alguno lo hiciese, lo llamaré hipócrita. Yo veo el mundo entero con solo mi pensamiento, y mi espíritu ve todos los millones de los hilos de todos los espíritus encarnados y sabe la confusa red que forman en la atmósfera, buscando cada uno su afín.
Yo veo cómo, sin temor, esos espíritus dejan sus cuerpos en el lecho y ellos descansan sobre la cama donde yace la mujer que ama, y, ésta verdad que os digo, debe poneros en conocimiento de que el espíritu de la esposa sabe dónde está el del esposo, al igual que el del esposo sabe dónde ama el de su esposa; pero la sabiduría del Creador, la ley de afinidad, la justicia de las cosas, hace que la materia no presienta los hechos en cumplimiento de la ley de las armonías, porque todo lo previó el Creador en sus leyes de Amor.
Pero cuando el amor que hoy se proclama sea la norma de los habitantes de la tierra, estas cosas las sabrá la materia, porque todos los seres vivirán en la afinidad.
De todo ese océano de errores, la mujer es el blanco, y para ella solo parece que ha querido el hombre hacerlos; y como las leyes del Creador se imponen, la mujer es llevada a su afín y le entrega el corazón y el depósito de amor que para él guardaba. ¿Es el esposo su afín? Pues será el depositario del amor de su esposa. ¿No es él? Pues otro será el que beba el néctar de su alma, aunque él posea el cuerpo; pero que puede estar seguro que cuando disfrute del cuerpo, de la materia, está bien lejos el espíritu y ni el alma hará parte en muchas ocasiones.
La mujer sabe las penas de la ley de los hombres; el prejuicio de la sociedad, la coarta; pero, con todo eso, entrega su alma y su cuerpo a su afín, que no es su esposo; del choque de amor de los cuerpos que por el error están separados y por eso hambrientos el uno del otro, necesariamente producirá fruto; la mujer, por el temor y por el prejuicio, tomará todas las medidas para evitarlo y ya no cumple el fin de la creación; más la ley se impone miles de veces, y, a pesar de las medidas, ha concebido; apelara a todos los bajos medios que la malicia de los supremáticos (pero en especial de los célibes religiosos) ha inventado, haciendo servir a la química para lo que no nos la confió el Creador y destruirá el feto; y si a pesar de eso no lo consigue, acudirá a otras malas artes, y, en caso extremo, lo sacrificará al nacer o la casa del baldón será su paradero.
Aquí hay tres víctimas del error de la ley; la primera, el infante, que correrá la suerte que ya señalé en el párrafo anterior; la segunda, el amante, que se ve obligado a tomar como robado lo que en ley divina le pertenece; y la tercera, la mujer, que se le llamara "adúltera", "infiel" y nada de esto es; pero la presión de las leyes y los prejuicios la han hecho desnaturalizarse, y esto es lo más lamentable; porque ésta mujer no dejará de unirse y entregarse, siempre que tenga ocasión, al que es su afín, y siempre tendrá que usar de los medios ilícitos para burlar la ley.
Estos son los efectos, en general, ocasionados por la imposición del matrimonio y cuyos casos los vemos a diario; hay mil y mil efectos más, pero que atacan a intereses materiales, y estos, a mí ni al Padre de Amor nos importan; pero diré que no carecen de justicia, pero en cuanto vienen a castigar, aún en vida, a los causantes de todas estas desgracias.
Voy a estudiar, en otro párrafo, otro efecto no menos doloroso, que ocasiona el matrimonio sin amor; pero lo uniré con otras causas que ocasionan el mismo efecto. Prevengo que todos estos efectos tienen su prueba indudable en millones de expedientes judiciales en todos los tribunales del mundo; pero para los más raros los he comprobado yo mismo, para escribir verdad, porque ese era mi doloroso y crudo deber.
Libro: Código de Amor Universal
Autor: Joaquín Trincado
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