Sentimientos estéticos estudiados
- EMEDELACU

- 13 oct 2023
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Los infantes en sus juegos, y al igual los salvajes, inician sus juegos con cierta estética innata en ellos; pero que tratan de imitar los movimientos de sus semejantes, fingiendo y simulando los donaires, chacotas, defectos y gracias, procurando acompasar lo innato con lo científico y artístico.
De aquí los simulacros guerreros y danzas, compás del movimiento acompañado de canciones, tarareos musicales, figuras y tatuajes imitando la pintura y la talla.
Los efectos agradables de esas manifestaciones rudimentarias del arte estético, es natural que procedan de una interrupción que se obró en la encarnación del espíritu y que trata de renovar la emoción revivida en el juego. También es causa del estudio de la estética la monotonía, con relieves que buscamos en la energía Psíquica, y estos nos causa placer porque elevó el tono de nuestras funciones.
Entonces, la fuente originaria de la Estética no radica solamente en el gesto de la actividad superflua y de la energía depositada como sobrante de nuestras funciones; sino que los sentimientos estéticos los fundamos en actos útiles que determinan placeres, también de naturaleza estética, decorativa, sujeta al arte.
La armonía de las formas y de los colores no la encontramos en la danza de los salvajes solamente, sino que también en sus armas, en sus utensilios y sus habitaciones, y sabemos que no han tenido universidades: lo que fundamenta la inactividad de la estética, que la lleva a mayor perfección por la necesidad de su exposición, lo cual forma una segunda etapa: la científica.
Pues bien; esta segunda etapa del sentimiento estético comienza con la emancipación de sus manifestaciones elementales, agregándose al placer activo de los movimientos, el placer contemplativo o necesidad de percibir más belleza. Este es el secreto de la estética.
Por este mismo secreto se independizan la pintura, la poesía y la música, de las danzas, de la indumentaria, de las armas, de los utensilios y de la arquitectura; pero es precisamente para engendrar emociones características, que, siendo más complejas, son más intensas porque se inmortalizan.
Aún hay una tercera evolución que es la simplificación la que debe tener el menor número posible de elementos representativos; y especialmente los que proceden de la imaginación son los esenciales. Ribot por esto define el carácter fundamental de la emoción Estética, como combinación de imágenes, cuya finalidad recibe en esas mismas creaciones.
En cuanto a la finalidad de los sentimientos estéticos tenemos que convenir con Schopenhauer en que “equivalen a una liberación transitiva que, aplazando las emociones violentas, nos hace gozar de una vida ficticia, pero ideal, en que predominan los sentimientos tiernos, compasivos y piadosos”.
En efecto; sabido es que la belleza, y sobre todo la sublimidad, se manifiesta mejor cuando surgen de las fuentes emotivas del sufrimiento reflejo o simulado.
Pero existen, sin embargo, sentimientos estéticos que sólo nacen de emociones placenteras, como los de la gracia y los de la hilaridad.
Esta es acompañada de su efecto característico, la risa, o una serie de movimientos finales, respiratorios y bucales, originados por una acumulación de causas múltiples, pero que son las principales el placer, o un estímulo ridículo, cómico.
En este caso último, lo que llamamos vis cómica, determina el sentimiento estético de la hilaridad que lo caracterizamos con la risa. Este vis cómico cree Spencer “que se produce cuando percibimos un contraste decente de imágenes e ideas”, pero también, y esta es la regla general, por los chistes graciosos, picarescos, sin inmoralidad, cuando son oportunos de ridiculizar armónica pero jocosamente.
Un incidente vulgar que interrumpe la sublimidad de una escena, un detalle grotesco que distrae un cuadro patético, la caída en el lodo de un elegante, la desfachatez de una vestimenta, son contrastes generados de un brusco cambio en lo deseos con descenso emocional y provocan el sentimiento de hilaridad: de lo que se deduce que de lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso.
Libro: Filosofía Austera Racional
Autor: Joaquín Trincado
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