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Joaquín Trincado

Prostíbulos aristocráticos y por la fuerza

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 30 jun 2025
  • 5 Min. de lectura

Hasta ahora los descriptos descubren la miseria y el desconocimiento absoluto de la moral. En los que entro a examinar ahora, veremos el horror de la supremacía y hasta la maldad sirviendo de patrón a los administradores de la cosa pública, que, siendo comunal, se la apropian... “Porque soy”.

   

Triste es tener que enumerar tanta inmundicia; pero no puedo menos, si he de sanear la tierra como he saneado el espacio, por cuya causa la atmósfera exterior terrestre se baña en la luz por primera vez. Ya comprendéis que ataco los vicios, sin atacar ni citar la individualidad, porque los hechos son efecto de las causas; y es a las causas las que quiero herir de muerte, en bien de la verdadera moral y del reinado del amor. Aquí las causas son el prejuicio y el orgullo, el “soy”; y yo os tengo probado que ante el Creador somos sus hijos iguales; y si pudiera tener preferencias, la tendría por los humildes que cumplen mejor su ley, por que trabajan y sufren, además, la imposición del “porque soy” que no trabaja y despilfarra, y en su holgazanería fragua el medio de arrebatarle el honor de la esposa, la inocencia de la hija; y, ¡si se queja!... ya habrá un medio de acallarlo y se apela hasta el encierro, cuando no sea cobardemente asesinado, que por desgracia tenemos miles de ejemplos que podríamos citar, si en esas citas pudiéramos prescindir de los nombres.

   

¿Quién es él, bestia del trabajo, para quejarse de que se le haya robado la hija o la esposa? ¿Para qué es él, rico y poderoso o tiene las leyes de la justicia en su mano? Él podrá faltar, al entender del ofendido; pero “ante todo y sobre todo ha de respetarse el principio de autoridad”, han sentado, y cállese y sufra, o haber nacido rico y potentado. ¿Es esto moral? ¿Es esto civilización y ni siquiera educación? Pues, por desgracia, esto pasa y nadie lo ignora; más ha llegado el día de rendir cuentas y establecer la verdadera moral bajo la Ley de Amor, y el legislador de este Código es el Juez que el Padre señaló y tiene que levantar hasta la última piedra de las carcomidas instituciones, para purificarlas; y tened presente que, antes de sanear la tierra, ha saneado los espacios de donde os venían las ideas inmorales y solo queda ahora vuestra malicia, que por desgracia es mucha.

  

Voy a dar una hojeada, rápida sí (porque también a mí me daña tanta podredumbre y mi alma está triste ante tanta vergüenza) por lo que me detendré poco en los prostíbulos aristocráticos y por la fuerza, entendiendo que sé que diréis que falto a la “caridad”; pero ya sabéis que la caridad es vuestro antifaz y que la he condenado, porque en vez de virtud es hipocresía. Yo traigo amor, pero amor del Padre. El amor sólo se alimenta de la verdad y la verdad es amarga, porque es medicina eficaz.

   

Si en un momento recogiese los secretos de las grandes y medianas damas y las carteras de los grandes señores y empleados altos y medios de la comuna (sin común) y las expusiese al público... ¡Qué decepciones! ¡Cuántos colores veríamos pasar por el rostro de todos!... Un momento de cólera saltaría en el amor propio y, luego..., el sopor del desengaño los sumiría en un letargo, y, por fin, una exclamación general resonaría: “Todos somos víctimas”.

 

Sí, señores; todos sois víctimas de vosotros mismos y unos de otros, amigos con amigos, jefes con subalternos, porque a todos les rige la misma ley suprema, a la que no engañáis con vuestra hipocresía. 

  

En esos secretos encontraríamos la carta amorosa del amigo del esposo, frecuente visitador; en la cartera del esposo leeríamos la tarjeta perfumada de la mujer del amigo; todos saben a qué horas no serán interrumpidos en sus coloquios amorosos y, en esas uniones, se sacan (el cuero) el esposo a su esposa y la esposa al esposo. Aquí el egoísmo juega su papel, el amante le cuenta a su amada que su esposo tiene una entretenida, por lo que ella debe excusarse todo lo posible, y así lo hace y así se entrega en todo su ardor al amigo de su marido tapadera; pero en esa misma hora, en la otra casa, se produce el mismo espectáculo y con los mismos resultados. Este ejemplo valga por más del cincuenta por ciento de los y las aristócratas. Se fraguan mil y mil viajes, excursiones y visitas que no tienen más objeto que engañarse mutuamente; esto es en el seno de las familias y en sus propios hogares, y su prostíbulo es nada menos que el servicio de correos… ¡Pobre progreso humano! ¡Hasta dónde llegan los efectos del error! De esto es causa, muchas veces, la imposición del matrimonio por conveniencia; pero otras muchas, el vicio y la holgazanería, y, principalmente, el estado de esclavitud en que se ha colocado a la mujer en todas las clases.

  

Hay otros prostíbulos de traición; en esos no veréis entrar muchas parejas y mejor dicho ninguna; pero allí veréis una mujer astuta con un gran archivo de retratos de bellas damas casadas y solteras y llega el opulento y se hace dueño del castillo; la astuta Celestina ya se arreglará para saber el nombre del visitante y quitará del álbum la dama que puede ser comprometida, quizás será la esposa del visitante; quizás una hija, y alguna vez, que no se ha precavido, se han encontrado frente a frente el padre con la hija, el hijo con la madre y el esposo con la esposa; y de que esto es cierto, hasta los tribunales nos darán razón.

 

Esas casas están muy bien custodiadas, porque los visitantes son ases de la baraja de la sociedad y la política, y el subalterno, el guardia de orden público, no solo está aleccionado, sino mandado por el “Soy yo”.

  

Ahí se hacen francachelas de renombre y a ellas acuden los que se han convenido, a donde acudirán unas cuantas “palomas”, que necesitan la influencia de aquellos hombres, que entre los vapores del champaña y el aroma de la juventud, extienden, en acuerdo, más de un título académico; no importa la absoluta ignorancia de la pretendiente, como tampoco importa la competencia de otras que no se rindieron, para desaprobarlas. ¿Es esto moral? ¿Es esto justicia? ¿Es esto civilización? De este punto hay muchos ejemplares que son las víctimas y, valiendo científicamente, no valen, porque no se rindieron; y muchas, ineptas en absoluto, por su disolución, merecieron un título. Hasta esto se ha llegado por la fuerza de la necesidad creada por las erróneas leyes de la supremacía.

   

Pero esto no es nada; con una bendición del cura, ya está perdonado; a ellos los guió la “caridad”; aquellas jóvenes no podrían atender a su subsistencia…; es cierto. Reconocen que han cometido una ligereza, pero es la carne es débil; pero para eso está el tribunal de la penitencia; confesando, el cura da la absolución y nada pasó... ¡Hipócritas! ¿Olvidáis que os dije que esas bendiciones, esos perdones, son la prueba de que sois parias unos de otros y los serviles de los prevaricadores del Creador?... Sabed, pues, que esa deuda la pagareis hasta el último cornado y en moneda de ley, porque el Creador no se paga de hipocresía. 

 

Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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