Nicolás Paganini
- EMEDELACU

- 1 abr
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(1784–1840), el genial violinista que mirado bajo diversos puntos de vista ha escrito una página singular en la historia del difícil arte que cultiva la expresión y maestría del arco, nació en la ciudad de Génova, en aquel entonces una república independiente. Su padre, Antonio Paganini, era según algunos un embalador de muebles, otros en cambio afirman que era comerciante en artículos de música, pero lo que parece cierto es que era un gran aficionado a la música.
Viendo una gran sensibilidad en el carácter de su hijo Nicolás, comenzó por enseñarle las primeras lecciones de solfeo y mandolino. Cuando un día arrancó sonidos sentidos al violín, a pesar de contar sólo seis años y sin haber realizado ningún estudio en este instrumento, decidió su progenitor que tomara lecciones y le envió a tomarlas del maestro Juan Servetto.
La energía de su joven discípulo dejó confundido al profesor, lo que indujo a su padre a confiar en la pericia de Santiago Costa, maestro de la capilla de Génova. Resoluto en sus actos, no titubeó Nicolás, cuyos progresos se veían crecer con cada día, en tomar parte en conciertos donde llamaba la atención su precocidad, lo que no dejaba de dejar ganancias para su padre, quien previendo indudablemente que explotando las facultades artísticas de su hijo ganaría más dinero, se apresuró a llevarlo a Parma (1796) para que tomara lecciones de contrapunto y luego acompañarlo para dar conciertos en las principales ciudades italianas.
El carácter original e independiente del joven Paganini le hacían prescindir en muchas ocasiones de los consejos de sus profesores, dando libre carrera a su instinto musical, con lo que empezó a cimentar su personalidad artística. Afírmase que ya en Parma componía sin instrumento, y sólo con el carácter de estudio 24 fugas a cuatro manos.
Con el crecimiento de sus dotes artísticas, destapáronse también los vicios que heredaba de sus antepasados. Tórnase violento y gran aficionado a los juegos por dinero. No es extraño que un artista del tipo de nuestro biografiado, dotado de una gran sensibilidad incomprendida y menos estudiado por sus contemporáneos, fuera también un gran receptor de los defectos imperantes, que amalgamaba a su manera para volverlos a reflejar en excentricidades rebosantes de maestría. Esto mismo ha caracterizado a tantas personas y constituye indudablemente una prueba elocuente de que tales seres aparte de su sinceridad están animados por un espíritu resuelto con nobles propósitos que luchan por no perder su derrotero señalado en la eternidad y en su impotencia buscan en las excentricidades sentar una moraleja convincente como llamada al sentido común de la humanidad inconstante y apática.
Dos años apenas habían transcurridos desde que abandonó su ciudad natal, en cuyo lapso de tiempo había devuelto con el producto de sus conciertos con creces las sumas de dinero que sus progenitores habían invertido en su educación musical, cuando ya procuró independizarse del control que sobre él ejercía su padre y aprovechando el permiso que le diera éste para asistir a las fiestas religiosas que anualmente celebraban en la ciudad de Lucca en honor de San Martín de Tours, acudió a dicho lugar y no volvió más a la casa paterna.
Las grandes sumas que ganaba en sus conciertos las evaporaba en las mesas de juego y tanto le dominaba este vicio que en una oportunidad, después de haber perdido todo y sin tener más para apostar que su violín no titubeó en jugarlo. Fue empero una pérdida con suerte porque uno de sus admiradores, conmovido por el revés sufrido por el genio, le ofreció un ejemplar de los famosos Guarneri de Cremona, el que Paganini cuidó siempre como una reliquia. La fama que iba adquiriendo en Lucca crecía de día en día, afirmándose que imitaba con su instrumento el canto de los pájaros, la flauta, la trompa, el cuerno y otros sonidos desconocidos en el violín como así también con el pizzicato con la mano izquierda convertíase en el pasmo de los profesionales.
En 1804 regresó a su ciudad natal y durante un año se dedicó con singular aplicación al estudio de su instrumento al cabo del cual volvió a Lucca, donde fue colocado como primer violín en la pequeña corte de este ducado creado por Napoleón Bonaparte y que ocupaba su hermana Elisa Bonaparte, que deseaba retenerle a su lado. Allí actuó durante cuatro años bajo la tutela del maestro Domingo Puccini, percibiendo en este empleo un sueldo de 25 escudos por mes.
En 1808 abandonó este puesto para iniciar una vuelta por Italia. En 1813 se trasladó a Milán, en donde permaneció tres años y los conciertos que dió en esta ciudad tuvieron tal éxito que le hicieron considerar como el primer violín del mundo. Sus ingresos pecuniarios crecieron de un modo tan asombroso que en poco tiempo se convirtió en uno de los hombres más ricos de su época; pero esta misma riqueza, según afirman sus enemigos, despertó en él el afán de la avaricia, concepto que sus amigos ni siquiera pudieron disimular cuando Paganini, que era un entusiasta admirador del celebrado compositor y crítico musical francés Luis Héctor Berlioz, después de haberle proclamado públicamente rival de Louis de Beethoven, le felicitaba por carta, en la que le incluía la suma de 20,000 francos (1838). También se cuenta que encontrándose en una oportunidad en París donde el famoso teatro de la Ópera estaba repleto de público ansioso de escuchar sus singulares dotes artísticas que ejecutaba sobre la cuerda de Sol.
Como se le había hecho muy tarde a causa de una travesura de su hijo, tomó apresuradamente un coche de alquiler. El cochero que reconoció a la popular figura, le exigió a pesar del corto trecho que debió recorrer la suma de 10 francos. Paganini indignado se encaró con el conductor preguntándole si no era una vergüenza pedir 10 francos por un viaje de cinco minutos. El cochero reconoció que la tarifa que exigía era realmente elevada pero argumentó: “¿Qué son diez francos para un hombre que gana sumas enormes tocando el violín sobre una sola cuerda?” a lo que habría respondido el artista; “El día que consigas que tu coche marche sobre una sola rueda, vuelve, que te daré los 10 francos”.
En 1823 trabó relaciones con la famosa cantante Antonia Bianchi, a la que unió su destino y realizó un viaje artístico. El pontífice de Roma le concedió en 1827 la Orden de la Espuela de Oro, marchando al año siguiente a Viena, donde fue recibido con enorme entusiasmo, nombrándole el emperador Francisco I de Austria, músico honorífico de su cámara. De aquí marchó hacia Alemania, donde fué aplaudido con el mismo delirio y recibió el título de conde. En 1831 se dirigió a Londres, siendo recibido aquí como en todas las ciudades que visitó; en Inglaterra, Escocia e Irlanda con el mismo entusiasmo, visitando Francia durante los años 1833 y 1834. Al final de éste último año regresó a su patria.
Una señorita apellidada Watson, que se había enamorado del talento de Paganini le siguió a Francia, por cuyo motivo el padre de aquella presentó una acusación ante los tribunales franceses, pero que no prosperó porque la joven declaró que lo había hecho voluntariamente y en oposición de la voluntad del artista que le aconsejó que se abstuviera de esta aventura amorosa. De vuelta a Italia compró en el ducado de Parma la quinta de Gajona. La vida excéntrica que llevaba aceleró el progreso de la tisis laríngea que padecía, y para atender su curación fue un tiempo a residir a Marsella cuyo clima suave era más conveniente para la salud de Paganini, trasladándose de allí a Niza para pasar el invierno de 1839 a 1840, pero la enfermedad hizo tan rápidos progresos en él que le llevó al sepulcro tras largos sufrimientos.
El compositor y musicógrafo belga Francisco José Fetis dice de Paganini en su famosa “Historia General de la Música”: “Después de haber tocado la música de los antiguos, comprendió que le sería muy difícil llegar a una nombradía en el camino que había seguido. La casualidad puso en sus manos la obra de Locatelli titulada El arte de la nueva modulación, y desde el momento vió allí un mundo nuevo de ideas y de hechos. Apropiándose los medios de su antecesor, reproduciendo antiguos efectos olvidados y añadiendo lo que su genio y su paciencia le hacían descubrir, llegó a aquella variedad, objeto de sus desvelos, y luego carácter distintivo de su genio. La oposición de las diferentes sonoridades, la diversidad en el acorde del instrumento, el empleo frecuente de sonidos armónicos, sencillos y dobles, los efectos de cuerdas punteadas unidos a los del arco, el staccato de diversos géneros, el empleo de la doble y hasta de la triple cuerda, una prodigiosa facilidad en ejecutar los intervalos con una precisión exacta y una variedad, en fin, de sonidos desconocidos de arco; tales eran los hechos cuyo conjunto formaba el carácter del talento de Paganini, medios que obtenían su premio de la perfección de la ejecución, de una exquisita sensibilidad nerviosa y de un gran sentimiento artístico”.
No solo se admiraba la magia de su arte, porque la interpretación lo hace cada oyente según su alcance mental, y por la misma superstición imperante se creía ver en él algo de diabólico y corrían los más extraños rumores acerca de la persona de Paganini. Los trastornos que producían cruelmente la veleidosa multitud siempre ávida de ver hundido en el fango de las pasiones a todo hombre que luce un talento que se presta para sugestión, procuraba el artista hallar un antídoto de medicamentos charlatanescos. Su sistema nervioso reflejaba sus grandes sufrimientos morales, señalando al hombre a que se apresurara para beber por completo la copa de la amargura. Esa fiebre moral, ese sobresalto de sus sentimientos que trocaban en arte los vicios que afean la moral pública, destrozaban su figura, su fisonomía. En su cara demacrada con las mejillas hundidas, destacábase espantosamente su nariz aguileña. Sus largos cabellos que caían sobre los hombros y se ondulaban con cada movimiento magistralmente ejecutado, no dejaban de ocultar esfuerzos grandes. Sus ojos negros despedían chispas fulmíneas cada vez que hacían blanco en él los pensamientos torvos que fuera de las horas de sus conciertos trataba de adormecer en la mesa de los juegos. Todo esto daba lugar a siniestros rumores, algunos tal vez no exentos de acierto y en ellos cumplía Paganini gran parte de su misión.
Los sistemáticos sospechaban esta finalidad del artista, por ello cuando exhaló el último suspiro, procuraron por el temor, la superstición, el “que dirán” y otros medios, desvirtuar cuanto ejemplar recuerdo pudo haber quedado del gran violinista. Fue así que lo señalaron como anómalo, amoral, corruptor e infiel, haciendo que el obispo de Niza prohibiera que recibiese sepultura digna de su persona. Sus amigos se dirigieron entonces en súplica al papa Gregorio XVI de Roma, quien prometió su intervención y encargó al arzobispo de Turín y a dos canónigos de Génova para que hicieran una investigación sobre la vida llevada por Paganini. Su cuerpo, que estuvo en un principio depositado en una cámara del hospital de Niza, fue transportado durante cinco años de un lado para otro, dos veces a Génova, a Marsella, a la península de Saint Jean sur Mer, etc., hasta que finalmente recibió sepultura en Parma, afirmándose que esta decisión final se debe principalmente al terror que causaban los ruidos singulares que a modo de lamentaciones emanaban durante las noches del ataúd, pero que a pesar de ello solo accedió el obispo de Parma a la inhumación de los restos al comprobar que el extinto poseía el título de caballero de Saint Jorge. En estas y otras investigaciones se comprobaron un cúmulo de injurias que habían sido arrojadas sobre su nombre. Entre estas se decía que debido a su vida licenciosa llegó a cometer verdaderos crímenes, purgando una condena de encarcelamiento durante el cual debido a que los carceleros se negaban a comprar las cuerdas que encargaba para su violín, vióse obligado a hacer sus estudios sobre una sola cuerda que su instrumento conservaba. Pero mientras más se ha investigado, no se ha podido menos que llegar a la conclusión de que Nicolás Paganini se condujo durante toda su vida como un perfecto caballero.
Fruto de sus amores con Antonia Bianchi nació un hijo al que dió los nombres de Aquiles Ciro Alejandro (1835). En este niño concentraba todo su cariño y por él puede justificar la posteridad cuanto pasaba en lo interno de este hombre para medir el mérito de su actuación y la culpa e influencia del ambiente social. Este niño heredó todos los títulos y el gran patrimonio de su padre quien hasta el día de hoy no ha sido sustituido por ningún otro genio de su talla ni ha encontrado un alma generosa que profundizara en toda su magnitud las causas reales de sus luchas, sus triunfos y su infortunio. Entre las muchas composiciones que llevan su nombre, muchas de las cuales se publicaron sin saberlo su autor, cítase 24 caprichos, 12 sonatas para violín y guitarra, 6 quatuor para violín, alto, guitarra y violoncello, su célebre “Motto perpetuo” un concierto en mi bemol y otro en si menor, variaciones sobre el himno nacional de Gran Bretaña, y 60 variaciones en todos los tonos sobre el aire popular genovés.
1° y 15 de Diciembre de 1939
LA BALANZA NÚMS. 166 Y 167.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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