Manuel Isidoro Belzú
- EMEDELACU

- 29 abr
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MANUEL ISIDORO BELZU, nació en la ciudad de La Paz, situada en la entonces Audiencia de Charcas, hacia el año 1808. Pertenecía a una familia pobre y por esta misma causa era muy limitada su instrucción, esto, empero no fue impedimento para que se desarrollara en él un carácter jovial y fogoso aunque un tanto autoritario, con el que se granjeaba el aprecio de cuantos lo trataban. Los acontecimientos que ocurrieron durante su primera niñez y comenzaron el 25 de mayo de 1809 con el levantamiento de Chuquisaca contra la dominación realista a la que se unió La Paz (16 de julio) ciudad ésta última que al año siguiente fue saqueada por los indios sublevados; la guerra sin cuartel en que realistas y patriotas se disputaban el terreno con suerte variada, continuó hasta que con la derrota y muerte del orgulloso general Antonio Pedro Olañele en la batalla de Tumusla (1° de abril de 1825) derrumbóse la dominación realista. Estos acontecimientos a los que había que agregar luego las disputas internas motivadas por antagonismos, incomprensiones y desfogues, contribuyeron a que Belzú se sintiera inclinado a elegir la carrera militar para así oír su voz en la política. Ascendiendo por méritos personales de grado en grado había alcanzado el de coronel cuando en 1847 por un acto de indisciplina fué degradado y obligado a servir en el ejército como simple soldado. Esta medida colmó su indignación y valiéndose de la ascendencia que había conquistado sobre muchos de sus connacionales, rebelóse contra el régimen imperante, haciendo que por primera vez apareciera su nombre en la historia de su país.
A fin de dar una vista sobre la situación interna de esta nación en la época de la que nos ocupamos, transcribiremos antes de profundizar en la biografía de Belzú, algunos interesantes párrafos de la obra. “Hechos históricos y Reflexiones económicas aplicables a la actualidad de Bolivia”, obra que vió la luz en 1862, de la que es autor el historiador boliviano don José Vicente Dorado, y en la que critica los conceptos en que se basaban los legisladores de aquel tiempo en su patria.
“... En Francia en el año 1843 el presupuesto de trabajos públicos en los caminos departamentales se elevaba a una suma de 110 a 120 millones de francos, es decir, 24 millones de pesos fuertes, suma que no era aún bastante. Las Municipalidades imponían además voluntariamente un gasto de diez millones de pesos fuertes para los caminos vecinales”.
“Mientras no veamos consignados en el presupuesto de gastos 100,000 pesos para las escuelas primarias y otros tantos para los caminos, Bolivia permanecerá en la inacción y el atraso, oyendo desde el lugar de su confinamiento del contacto del mundo y del comercio el ruido de los progresos que hacen las otras repúblicas vecinas, más favorecidas por su posición geográfica”.
“Los bolivianos debemos además tener presente que los países mineros no son los más favorecidos en la distribución de los dones con que la naturaleza ha dotado a las naciones del Globo. Los países mineros en la generalidad son pobres. Las fábricas de Inglaterra han producido en pocos años más de lo que han dado en tres siglos, los minerales de ambas Américas”.
“No se crea que la idea de ocupar el ejército es nuestra y original en su clase, ni que es la primera vez que se ven los ejércitos permanentes destinados a los trabajos públicos de esta naturaleza. Las famosas vías Romanas que han sobrevivido a la decadencia y ruina del Imperio, y que todavía se citan en Europa como modelo de arte y perfección, fueron construidos por las legiones militares que dejaban inscriptos en ellas, con caracteres indelebles para que se transmitiera la posteridad, la Legión que les había trabajado. De este modo sabemos que una de las vías Romanas que partían de la capital del Imperio para Estrasburgo fué obra de la 7a., legión, Soldados cargados en condecoraciones, de gloria y de laureles, que los habían adquirido ganando y conquistando pueblos y provincias para el Imperio, no desdeñaba dedicarse a trabajos subalternos en la apariencia y elevados y fecundos en resultados”.
“El Libertador Bolívar, inspirado de la elevación e importancia de esas mismas ideas, e impresionado que había sido de los portentosos efectos alcanzados en Italia por las vías Romanas, concibió el gran pensamiento de destinar todo el ejército de Colombia, después de la batalla de Ayacucho, que consumó la independencia de la América del Sud a la apertura del Istmo de Panamá; pensamiento grande como su autor y que como otros muchos murió entre los desastres y los estragos de la guerra civil de su patria”.
“Aleccionados nosotros con esta triste experiencia, y con los ejemplos de la historia, y sintiendo vivamente el inmenso vacío que dejan en nuestra organización política, económica y comercial, la incuria e indolencia de nuestros gobiernos por las vías de comunicación, llamamos la atención del actual y de los hombres que se encuentran en el poder, a este objeto y a la ejecución del plan que indicamos para ligar, cobijar el interior de la República toda”.
“El proyecto de federación es inaplicable en Bolivia. Los pueblos son como los individuos a quienes los primeros años de su educación influyen en el resto de su vida. A ninguno de ellos, le es lícito independizarse repentinamente de las ligaduras con que ha crecido, y de las costumbres que ha formado. Los pueblos no cambian ni pasan violentamente de una idea a otra, ni se hacen alternativamente unitarios o federales. Si así fuesen no habría cosa más fácil que cambiar la condición de su pueblo, combinado sobre el papel una nueva forma política en su organización. Ella debe desprenderse de por sí, en irse insinuando a medida que lo estén indicando las necesidades económicas y las condiciones vitales de su existencia. Para esto valdría más dividir Bolivia en dos Estados de Sur y Norte, iguales en población, en rentas y en territorio.
“La federación en Bolivia haría de pueblos hermanos un pueblo de rivales, cuya nacionalidad iría a perderse en desmembraciones y fracciones insignificantes para el rol que hoy juega en la escena política de Sud América. ¿Y es en los momentos en que todos los pueblos federales tienden a la unión y a la centralización, en vista de los desengaños que ese sistema les presenta, que nosotros nos acogemos a él abandonando el sistema bajo el cual hemos vivido por más de 300 años?”.
“El aspecto de desorganización permanente que presentan los pueblos de América, no lo atribuyamos a la falta de inteligencia y capacidad bastantes para comprender el sistema representativo que han adoptado para la forma de su gobierno, sino el abuso que hacen de la libertad; y a que los gobiernos no siendo bastante fuertes para contenerlos en esas tendencias tocan en el despotismo para dirigirles; haciendo de aquí un estado de lucha permanente entre el pueblo y el poder”...
“Bajo el sistema unitario no podemos tener un presidente que reúna los talentos, los conocimientos y las virtudes que se necesitan para gobernar un país convenientemente, ¿y encontramos bajo el sistema federal de egoísmo, de aislamiento, de antagonismo de pueblo a pueblo, cinco individuos que los reúnan?”.
“Sí es difícil conseguir uno, más lo será encontrar cinco, y si entre los cinco individualmente se encontrasen las cualidades que no es posible encontrar reunidas en uno solo ¿cómo hallaríamos el medio de armonizarlos, para que sin choque ni contradicción concurran todos a formar ese conjunto de perfección que deseamos? ¿Cada uno de ellos no lucharía por absorber los otros? ¿Cada uno de ellos no se atribuiría las buenas acciones dejando las malas para sus colegas? En nuestro concepto, la idea de un directorio de 5 individuos, sería el foco permanente de la contradicción y de la anarquía, pero no reflejarán sobre los pueblos sino el funesto ejemplo del desorden descendido del alto puesto, que debiera reflejar la imagen del saber y de la paz”.
“Bien pueden cansarse los hombres inquietos y aspirantes sin mérito, sin patriotismo; pero su cansancio se estrellará ante el buen sentido de los pueblos, que no se cansarán con el gobierno, cuyas bondades verán y conocerán, por los efectos y resultados prácticos de la administración”.
“Si son tan escasos los hombres que reúnan las eminentes cualidades que se necesitan para gobernar, que su escasez nos obliga a buscarlos en un directorio de 5 individuos y suplir con ellos, las faltas que notamos en uno; la duración de diez años señalada al presidente no mortificaría a la ambición de individuos capaces, que no existen ni privaría a la Nación de servicios, que no se le pueden prestar, porque no hay esas personas competentes. Por el contrario, diez años de acción de un gobierno, dejarán huellas de unidad en la administración, sistema en la Hacienda, formará empleados prácticos e inteligentes en los diferentes ramos que hubiesen desempeñado con tranquilidad y sosiego y habrá lugar para concebir un sistema, desarrollarlo, aplicarlo al país, modificarlo o alterarlo según que la experiencia esté indicando sus ventajas e inconvenientes”.
“Si desgraciadamente nuestros presidentes han de salir sólo de la clase militar procuraremos que esta clase se forme y eduque en la experiencia y en las lecciones que puede adquirir en una escuela de diez años de estabilidad y orden. Que el sucesor no salga sólo de los cuarteles con las ideas de obediencia pasiva del soldado, que quiera exigir y aplicar a la sociedad civil. Que no crea que la sociedad existe y se mueve, sino que comprenda que en su organización entran otros de orden preferente, cuya existencia y movimiento es preciso armonizar y respetar. Eduquemos a nuestros militares, por los hechos, ya que no por los colegios”.
”Los autores del proyecto de la Constitución que se nos ha dado, nos recuerda aquellos exaltados restauradores que forjaron la Constitución del 39, que fué una traba para ellos mismos que monopolizaron el poder y que sucumbieron bajo sus propios inconvenientes porque no se inspiraron de ella, pero teniendo en cuenta la administración despótica, como la llamaban del general Santa Cruz, y temiendo su regreso. Se asemejan a aquellos hombres y a aquellos tiempos que tuvieron por misión, proclamar y establecer en América el dogma de la soberanía radical del pueblo, nada aparentes en el dia para constituir la más exótica, cuanto que la triste experiencia de los 40 años que los separan de aquella generación y de los amargos desengaños que ofrecen a la vista ese periódo, debía curarlos de la inoportunidad de aquel principio, y convencerles de que la alternativa por la que van pasando las repúblicas de la América del Sud entre anarquía y el despotismo trae su origen en que nuestros presidentes no pueden constituir gobiernos respetables y fuertes”.
“Hemos de confesar sin embargo que si es bueno centralizar, es menester no centralizar demasiado; que el gobierno no debe mezclarse de pequeños y numerosos detalles para no embarazarse él mismo, él debe dejar un poco de latitud a los Departamentos y Municipalidades y dejarlos obrar muchas veces, con cierta independencia en sus asuntos locales”.
“Una política altamente generosa y moderada, honrada, privada, inteligente y emprendedora, podrá levantar a Bolivia de la postración y decadencia moral y política en que se encuentra, inspirarnos confianza en el porvenir, fe en nuestra nacionalidad, y revivir el patriotismo que se extingue y muere, en vista de las decepciones que han causado a los pueblos los hombres y los acontecimientos, que hace treinta años se agitan entre nosotros”.
Corría el año 1847 en medio de ambiciones desmedidas en los que no sólo diversos caudillos se disputaban el poder sino que en Perú buscábase en algunos círculos de los departamentos del Sur atraer a los departamentos del Norte de Bolivia mediante la dificultación del tránsito comercial a los puertos del Pacífico, y en Bolivia se intentaba hacer lo mismo con esa región del Perú mediante otros manejos políticos. Mediante estas arbitrariedades comenzaron los pueblos así soliviantados a mostrarse un mudo antagonismo, especialmente en Bolivia cuyo presidente José Ballivián contemplaba pasivamente esta red de desórdenes. Fué en esta circunstancia que el coronel Belzú, degradado a simple soldado, como ya habíamos referido, se sublevó contra Ballivián.
Como esta disciplina tiene también su historia, es preciso relatarla en breves palabras: En el Perú ocupaba la presidencia una persona eminentísima, el general Ramón Castilla, quien con la política ampliamente unitaria y próspera para los tiempos de su época, no podía ver con buenos ojos que el presidente de Bolivia, en vez de cooperar también en tal sentido, parecía consentir los manejos políticos que atentaban contra el progreso y la seguridad en ambas naciones. Sabedor que el coronel Belzú contaba con la simpatía tanto militar como civil en algunos sectores de su patria y que su concepto personal, aún cuando un tanto hosco, era de miras progresistas, comenzó a tener algunas relaciones con él a fin de hacerle servir como contrapeso a la tolerancia oficial y de paso abrir el camino a Belzú para el inmediato período presidencial. Ballivián receloso del coronel, dispuso su retiro inmediato de los círculos de su influencia, dándole orden de marchar sobre la frontera del Perú, ya que las circunstancias hacían prever la posibilidad de una acción militar del vecino país. Comprendiendo Belzú cuanto con ésto se pretendía, negóse rotundamente a obedecer, por lo cual pensó Ballivián cercenar su influencia degradándose para que se integrara como simple soldado a la guarnición de Villa Obrajes, población situada en la entonces provincia de Cercado.
Desprovisto de toda autoridad militar no tuvo más remedio que aceptar este último destino, pero dando suelta a su justa indignación supo sublevar a la guarnición que le reconoció como su jefe y a cuyo frente marchó sobre la capital y penetró resueltamente dentro de la Casa de Gobierno. Ballivián preso del más hondo terror ante la intrepidez de este hombre, buscó su salvación huyendo por los tejados. Pero como Belzú no aspiraba con esta acción a otro propósito que dar una lección al presidente, abandonó inmediatamente la empresa para expatriarse al Perú, quedando el orden por sí sólo restablecido sin más consecuencia que el ridículo en que se había colocado el presidente y que fué celebrado en todos los ambientes del país.
Indudablemente esperaba Belzú un cambio favorable en la política interna de Ballivián, pero los desórdenes y abusos políticos continuaban sin variante alguna. Belzú, cuyo prestigio había aumentado considerablemente, dispuso entonces derrocar al presidente mediante una revolución, ya que fuera del imperio militar era imposible organizar nada en suelo boliviano. Así fué que luego de una corta tregua comenzó la lucha con la sublevación del batallón 10 (1847). Ballivián, dispuesto a dominar el movimiento sedicioso tomó el mando supremo del ejército luego de entregar la presidencia interinamente al presidente del Consejo del Estado, general Eusebio Guilarte, pero viendo que la posibilidad de éxito se volvía cada día más problemática debido a que la revolución se extendía como un rayo por todo el país, resolvió entregar también la jefatura militar a Guilarte y renunciar definitivamente a la política. Hecho ésto, se repatrió voluntariamente al imperio del Brasil en cuya capital falleció en 1852.
Mediante algunos decretos y medidas militares trató Guilarte de asegurarse la presidencia en que tan inesperadamente se había visto colocado, pero virtualmente abandonado por todos, no le quedó otro camino que refugiarse en el extranjero luego de un gobierno de diez días. La revolución había triunfado.
Caído Guilarte, proclamó la soldadesca hilarante a Belzú presidente de la república. Éste empero, ansioso de dar un ejemplo de civismo a su desdichada patria, negóse a aceptar la primera magistratura en circunstancias tan dramáticas, por lo cual ofreció el cargo al general José Miguel Velasco con miras de emplearlo como neutralizador y precaver en lo posible al país de una u otra forma de una inevitable cadena de crímenes y saqueos en masa.
Velasco era un hombre de escasas dotes para mandatario, pero de un valor innegable, tal vez por carecer de malicia, hecho que le permitía amoldarse a todas las circunstancias. Pero en el caso presente fué tal el odio de la reacción contra Belzú que ocupaba en el gobierno el ministerio de Guerra, que tal de confabulaciones creaban una situación de completa confusión. Belzú presionaba a Velasco para que sobre todo convocara a la realización de un Congreso Constituyente, el cual después de mil tropiezos e inconvenientes logró reunirse. Sus miembros, al servicio de la reacción si bien reformaron la constitución de 1839 y confirmaron a Velasco como presidente, dispusieron todas las medidas posibles para que el ministro de guerra apareciera como enemigo de la patria y trataron de cercenar su influencia con la reducción del ejército a solo 1,200 soldados. Belzú comprendióse derrotado si no obraba con gran energía y presteza; marchó a Oruro desde donde hizo los más amargos reproches, señalando como anárquicos al presidente Velasco, su gobierno y el congreso. Acto continuo plantó la bandera de la rebelión.
Velasco soliviantado por los diversos políticos quienes se consideraban triunfantes, púsose en campaña, comenzando su corta acción con su triunfo sobre una columna insurgente en Quirpinchaca, pero al sufrir poco después una aplastante derrota en Yamparaez (6 de diciembre de 1848), vióse obligado a buscar su salvación en el exilio luego de un año de gobierno.
Belzú nuevamente dueño del campo ya no podía confiar en nadie, debiendo por lo tanto, a la usanza de los déspotas, ocupar la primera magistratura sin otro privilegio que el triunfo de las armas. Con mano firme restableció la rígida Constitución de 1839; pero aún así habían pasado apenas algo más de tres meses (10 de marzo de 1849) estalló un serio conato revolucionario en la ciudad de Cochabamba, que pretendía restablecer al general Bellivián aun cuando está probado por la vía moral y pacífica que llevaba el citado ex político, que nada tuvo que ver con ello y que era completamente ajeno a cuento se pretendía realizar al amparo de su nombre. Pero lo más curioso del caso era que el jefe de esta sedición era un militar francés llamado Juan Laffaye, quien en 1847 intervino activamente en la conspiración contra Ballivián y fué de los que más frenéticamente aclamaron a Belzú.
El presidente no tardó en contar con la cooperación de fuerzas voluntarias para desbaratar el movimiento y fusilar a su jefe. Apenas había quedado la paz restablecida regresó del exilio el general Guilarte y mediante un hábil manejo político supo captar la amistad de algunos militares de alta graduación, aprovechando entonces intentar un golpe de estado con el propósito de establecer en la presidencia al doctor José María Linares. Al enterarse las mismas tropas que el movimiento iba dirigido contra el prestigio de Belzú, de quien eran sinceros adictos abandonaron a su flamante jefe, quien imposibilitado de huir una vez más, murió acribillado a balazos luego de unos instantes de desesperada lucha (junio de 1849).
Los revoltosos decían luchar contra una tiranía, pero en realidad eran agentes secretos del partido político de Manuel Ignacio de Vivanco, ex Director Supremo del Perú, que quería derribar el gobierno del general Castilla para organizar luego una república federal; como carecían de la influencia necesaria esperaban con una caída estrepitosa de Belzú provocar un conflicto con Bolivia y en esta circunstancia hacer triunfar sus planes. Este propósito para la felicidad de ambos países no prosperó.
A pesar de las continuas conspiraciones que obligaron a Belzú a organizar una especie de policía secreta, consiguió reunir a mediados de 1850 un congreso que le proclamó presidente constitucional. Este triunfo consolidó enormemente su prestigio, pues demostraba que su verdadero afán era actuar constitucionalmente, es decir, con el verdadero concepto de encauzar la política interna de su patria por el camino de la legalidad. Pero como en algunas oportunidades había manifestado su desaprobación sobre los abusos de que los pudientes hacían víctima a la población obrera, ocasionando un malestar a cuya sombra se gestionaban todos los desórdenes y atentados, acusóle la reacción de anarquizante. Uno de los saqueos, tal vez organizado por los mismos reaccionarios, hizo víctima al tempestuoso coronel Agustín Morales, quien desde luego, decidió vengar su desgracia en la persona del presidente. En unión con tres o cuatro cómplices se dirigió al Paseo de Sucre donde se paseaba en ese instante el primer magistrado en compañía del presidente del congreso, coronel Laguna (6 de septiembre de 1850).
Cuando Belzú cayó gravemente herido de un certero balazo disparado por uno de los complicados, pisoteó Morales con el caballo que montaba el cuerpo del hombre caído quien recibió magulladuras de tal magnitud que parecía imposible poderlas sobrevivir. Casi cadáver fué conducido a su residencia mientras Morales se dirigía a los cuarteles para anunciar la muerte de Belzú y procurar encabezar una revolución que le llevaría a la presidencia. Cuando empero se convenció que sólo alcanzaba provocar una indignación general, apeló a la huída.
Mientras tanto fué el herido interinamente reemplazado por un Consejo Ejecutivo compuesto de los ministros José Gabriel Téllez, Rafael Bustillo, Agustín Tapia y Tomás Valdivieso, quienes tomaron medidas un tanto exageradas contra todos cuantos suponían posibles cómplices. Una de las víctimas fué el propio presidente del Congreso por haber presenciado impasible el atropello y sin haber hecho nada en defensa de su superior jerárquico.
Belzú, el “León del Norte” como le llamaba orgulloso el pueblo y el ejército, se repuso de sus heridas y cuando pudo tomar nuevamente el mando (1° de mayo de 1851) mandó publicar un manifiesto en que hacía saber al país que había llegado el momento de establecer el orden dentro de la República sobre bases sólidas, garantizando la libertad, la inamovilidad de los jueces ordinarios, la protección de los extranjeros residentes y la convocatoria de una Asamblea Nacional que revisara la Constitución. Y el presidente cumplió dignamente su palabra empeñada, pues con fecha 18 de julio del mismo año reunión se la Convención de La Paz que ratifica lo antes dicho y votó una Constitución en la que se suprimieran las municipalidades, prolongaba por dos años la reunión de las Cámaras y se extendía el período presidencial a cinco años. En eso originóse un conflicto con el Perú sobre el tratado comercial de 1847 firmado por Domingo Elías, ministro plenipotenciario en Bolivia, con el gobierno del entonces presidente Ballivián. Ante la intransigencia peruana decretó Belzú la expulsión del encargado de negocios. Las autoridades de Lima respondieron con la guerra, pero Belzú, quien asumió inmediatamente el mando supremo del ejército, expulsó nuevamente a los invasores y ocupó a su vez varias ciudades del Perú hasta obligar a este país a ceder ante las exigencias bolivianas.
Dispuesto como estaba de conducir a su patria hacia el camino de la legalidad, hizo cuanto estaba a su alcance por fomentar los intereses de la industria y la agricultura, dispuso también la realización de un plebiscito, el cual aún cuando llevado en forma desordenada a consecuencia de los trastornos que ocasionaban los casi ininterrumpidos conatos sediciosos, arrojó los siguientes totales; blancos y mestizos; 634,345; indígenas; 931,781 e indios bárbaros (calculados sobre el censo (de 1846): 760,000 lo que sumaba un total de 2´326,126 habitantes.
En noviembre de 1854 estalló una revolución en Potosí que amenazó tener fatales consecuencias por encabezar personas de ascendencia y de reconocidas aptitudes políticas y vasta cultura, como ser el ilustre general José María de Achá, director del Colegio Militar de La Paz y el doctor Mariano Terán, ambos propuestos a llevar a la presidencia al doctor José María Linares.
A Belzú le sorprendió la infausta nueva en circunstancias que se dirigía a la ciudad de Oruro. Sin embargo, una vez en el lugar del alboroto, bastó su presencia para que el pueblo le aclamara, hecho que señaló el fracaso de la sedición.
El 15 de agosto de 1855 expiraba su período presidencial; con tal fin convocó a elecciones generales, obteniendo la mayoría el general Jorge Córdova, yerno de Belzú. ¿Cometió este error al admitir la candidatura de su hijo político? Córdova era un hombre de escasa cultura, sin embargo siguiendo el rumbo trazado por Belzú actuó con marcada nobleza. Como presidente dejó grato recuerdo por su carácter pacífico, pues no fusiló a nadie, en los dos años que pudo administrar el poder decretó cuatro amnistías y perdonó a veintiséis condenados a muerte convictos de haber atentado contra el orden social y el gobierno. En 1857 se sublevó contra él el doctor Linares, quien echó así por tierra el régimen constitucional restablecido con tantos esfuerzos por Belzú. Por ambiciones políticas no tuvo resignación para esperar hasta el siguiente período legislativo como había sido su deber. Por ello, aún cuando con energía trató de conjurar nuevos abusos e introducir reformas legales, había el mismo a su vez de caer víctima de la ley de las compensaciones, al ser derribado del poder por una formidable insurrección encabezada por el general Achá (23 de octubre de 1861) en cuya ocasión ocurrió una tristemente célebre matanza entre cuyas víctimas figuraba Jorge Córdova como símbolo de esa injusticia humana.
Belzú en la ceremonia de la trasmisión del mando a su sucesor, tuvo amargas frases contra las desmedidas ambiciones políticas de tantos hombres, que debían haberlo apoyado. En la parte culminante de su mensaje de despedida exclamó: “Revoluciones sucesivas, revoluciones en el Norte, revoluciones fomentadas por mis enemigos, encabezadas por mis amigos, combinadas con mi propia morada, surgidas de mi lado… ¡Dios Santo!... me condenaron a un estado perpetuo de combate”.
Luego de abandonar la presidencia ausentóse por varios años a Europa. Hallándose en París (1859) fué invitado en una oportunidad conjuntamente con otros distinguidos ciudadanos sudamericanos a un banquete que les ofrecía un conocido escritor europeo.
Este señor estaba sumamente embebido en el concepto erróneo de la latinidad de Hispanoamérica. Belzú que indudablemente nunca había oído tema tan singular, después de haber escuchado parte de la exposición del erudito intelectual, le interrumpió ingenuamente para decirle que Bolivia no podía ser incluída entre los pueblos latinos debido a que allí el único que hablaba latín era el doctor y escritor José Manuel Loza. Esta ocurrencia ha sido humorísticamente comentada, sin embargo encerraba una profunda verdad. El latín no nació siendo idioma ni tampoco constituye una raza.
Hacia fines de 1864 abandonó Belzú nuevamente el Viejo Mundo, llegando de regreso a su patria por los días en que el general Mariano Melgarejo acababa de ocupar violentamente la presidencia luego de derribar al general José María de Achá.
Según algunos conceptos era Melgarejo un hombre desalmado, aún cuando constituye una injusticia señalar a nadie de desalmado, desde que todo individuo tiene su lado bueno y el mal sólo se puede ejecutar siendo esclavo de una o muchas pasiones, de cuya regla ni siquiera escapan aquellas personas que parecen traerlo de nacimiento o por herencia ni los que aparentan meditar planes infames a toda conciencia y sangre fría. Y si no fuera así no podrían los sentimientos humanos inducirnos a compadecer a todos cuantos delinquen. Aclaremos: Melgarejo era un hombre vicioso, beodo consuetudinario y amante a entregarse a actos de libertinaje que le convirtieron en muchas ocasiones en cruel y despiadado. Dícese que cuando estaba de mal genio hacía martirizar y ejecutar en su presencia a enemigos políticos para que a la vista de la sangre vertida le volviera el buen humor. Por otro lado dicen de él algunos biografistas: “La administración de Melgarejo en los seis años que presidió como caudillo, como dictador y como presidente de la República de Bolivia, tuvo mucho que se le censurase como malo, sin que faltasen bastantes actos importantes dignos de recomendación como bueno”... “El gobernante que fué lo que Melgarejo, será, a pesar de todas las pasiones, de todas las injusticias y de todas las calumnias e ingratitudes, un eminente ciudadano a quien su patria no debe negar lo que no le negaron los extraños: el reconocimiento y la gratitud”.
Sea como sea, el pueblo odiaba a Melgarejo y apenas puso Belzú los pies en su patria fué aclamado unánimemente y llevado en marcha triunfal a la Casa de Gobierno. Melgarejo fuera de sí movilizó las tropas para desalojar por las armas a su rival, pero tan pronto trascendió a los soldados la noticia que habían de luchar contra Belzú, desertaron como un sólo hombre. Sin haberse disparado un sólo tiro sufrió Melgarejo la más completa de las derrotas. Acobardado quiso poner fin a su vida mediante el suicidio cuando la única persona de figuración que le había quedado fiel, el general Narciso Campero, le reanimó proponiéndole un plan que podía conducirle al triunfo mediante una trama infamante. Enviaron un emisario a Belzú anunciándole se dignara recibir a Melgarejo para una entrevista. Para su desgracia accedió generosamente, pudiendo Melgarejo, Campero y algunos complicados llegar a palacio sin ser molestados. Viendo aparecer al vencido salió Belzú a su encuentro dispuesto a estrecharle la mano, cuando un certero balazo de uno de los confabulados le ocasionó una muerte repentina.
Tan rápida e inesperada fué esta escena que dejó atónitos a todos los presentes, circunstancia que aprovechó Melgarejo para asumirse cínicamente a uno de los balcones y gritar al pueblo aglomerado en la calle: “Belzú ha muerto ¿quién será ahora presidente?.
Atónito por esa tan inesperada pérdida quedó el pueblo tranquilo durante algún tiempo hasta que con el fin de vengar a su jefe desaparecido alzóse parte de la población, encabezando la sedición los generales Arguedas y Flores. Estos se apoderaron de La Paz, poniendo a Melgarejo en serio apuro. Pero luego de una guerra de triunfos y desastres alternativos fueron finalmente vencidos. Pero aún cuando Melgarejo, nuevamente dueño del poder supo asegurarse en el gobierno durante seis años, no escapó a la ley de las compensaciones. Derrocado por una revolución encabezada por el general Agustín Morales (15 de enero de 1871) fué perseguido por el pueblo. LLegado a Chile luego de inenarrables sacrificios pasó a Perú, en cuya capital fué asesinado por su yerno José Sánchez en el curso de ese mismo año.
Afírmase que aún muchos años después quedaban viejitos que vertían amargas lágrimas de añoranza cuando alguien les recordaba el para ellos tan querido nombre de Manuel Isidoro Belzú.
1° y 15 de Marzo de 1941.
BALANZA NÚMS. 196 Y 197.
Libro: Biografías de la Balanza
Autor: Joaquín Trincado
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