top of page
Joaquín Trincado

Los títulos nobiliarios son ficticios e injustos y ocasionan la división de clases

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 10 jul 2025
  • 4 Min. de lectura
ree

¿Cómo persuadir a la inflada dama de títulos nobiliarios que no valen lo que una escoba y que sólo es señal de que han prevaricado de la ley divina de igualdad? ¿Cómo hacerle pensar que a la existencia siguiente o en la anterior estuvo o estará fregando escusados? Mientras haya una mitra, un capelo y una tiara que mientan, esto no puede ser; y, sin embargo, esto es cierto como la verdad eterna y está confesado y contenido en la Filosofía Universal por los espíritus de todos los grados que han actuado en la tierra, y, además, os lo dice el que ha venido a traer la verdad desnuda.

  

Ni aún era necesario este párrafo en el “Código de Amor”; pero gravita con tanta densidad en lo que os ha dado la gana de llamar “alto mundo”, que no sería completo este Código que durará hasta el fin de la tierra, si faltase esta declaración; no por lo que importa en sí, sino por lo que atañe al desequilibrio social.

  

Si todos fuesen duques, marqueses o condes, habría menos disolución, aunque habría el desequilibrio de la mayor fortuna; pero resulta que hay tal cúmulo de títulos, que esa clase o alto mundo se divide casi atómicamente y el título inferior se subyuga al inmediato superior, el otro al de más arriba y todos a una simple dignidad eclesiástica o religiosa hasta el pontífice y santón, que no lo subyuga a, el nadie ni a Dios, porque es hechura suya (por esto se quiso declarar infalible Pío IX).

  

Pero aun dentro de cada título se subdivide en unidades, según los cargos públicos que desempeña o los millones que muestra o aparenta y los despilfarros que hacen en saraos, que son las bacanales más vergonzosas donde la honra de cada uno rueda por el fango y no sin razón; porque también sus cuerpos se entregan a la lujuria de un tenorio lascivo, porque la lujuria de esos… esclavos del prejuicio se muestra insaciable; para lo cual no se perdona medio ni gasto para el disfraz, siendo cada uno de esos ejemplares nada más que un fardo de inmundicia, que habría que quemarla siguiendo las leyes de la higiene, para que no infectase a los humildes.

   

Pero todo esto es santificado por las religiones, cuyos pontífices, entre los que han sobresalido los cristianos, han dejado tamañitos a los más grandes escándalos del alto mundo, pudiéndose tomar éstos casi como una, pantomima de los celebrados en el Vaticano como algunos que anoté, cuando iba “Buscando a Dios” y su asiento.

   

Si estas bacanales no tuvieran más trascendencia ni ocasionaran más daño que los despilfarros para castigo de los asistentes, no había de tomarlas en cuenta; pero… esos millones… que se derrochan, ¿de dónde salen? Tendrán que trabajar diez mil obreros un mes, produciendo diez pesos por día, aparte de dos pesos míseros que se la pagarán y aún tendrá que pagar de ellos diezmos y primicias, no quedándole para comer sino un mendrugo de duro pan, dormir sobre paja y desabrigado en pestilente y húmeda habitación, para que aquella desvergonzada y aquel vampiro lo derrochen tan lujuriosa y miserablemente, aparte de que el crimen, el suicidio y todas las venganzas más bajas se fraguan en esos… prostíbulos.

  

¿Veis para qué sirven los títulos nobiliarios? Para llevar al desconcierto y la miseria a todos los hogares y para encender las pasiones más bajas entre ellos, tramando por necesidad, la venganza, provocando al fin la revuelta en el pueblo, a quien se le ofende de palabra y obra, y, por fin, se le asesina por protestar

   

¿Y son esas damitas coronadas las que miran a la hija del pueblo que las servía y con su ejemplo la corrompieron las que hacen ascos en la desgracia que ellas provocaron? ¿Y son esos caballeros los que te administran y te piden, ¡Oh, pueblo! sumisión?

  

¡Tanto no puede ser ya, Padre mío! Venga, venga cuanto antes tu justicia y purifique el fuego y cubran las aguas tanta maldad, porque sólo así es posible la paz y la armonía; no esperes, Padre mío, que oirán estos avisos de su amor; yo cumplo tu voluntad señalándoles el camino que conduce a tu luz; pero son ciegos de voluntad y no quieren ver. Si no los señalara, yo me haría cómplice.

   

Aún tenéis, hombres y mujeres de títulos ficticios y falsamente heredados que os pierden por el orgullo y el prejuicio y os hacen esclavos unos de otros, esta existencia de tregua para enderezar vuestros pasos; tomad al pie de la letra este Código, que es el último que se da a la humanidad en la tierra; al instante de la desencarnación no habrá lugar; las bendiciones, las indulgencias que os concede quién del Dios Amor no recibió el poder, porque desconocen a Eloí y os han hundido hasta hoy y más os hundiréis con ellos ahora que se os declara la verdad.

   

Solo el arrepentimiento interno; sólo la confesión al Padre en el secreto de vuestra conciencia dolorida; sólo su reconocimiento en el asiento que os lo he señalado hay rehabilitación; pero nada conseguiréis ni el Padre os oirá si antes no amáis a vuestro semejante, pero sin ficción, con amor fraternal y universal; entonces el Padre os oirá y no de palabra oraréis, sino en espíritu y verdad lo habéis de llamar, como Jesús lo enseñó y el Juez por tercera vez os lo recuerda. Oídlo y os oirá el Padre a vosotros.


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 
 
bottom of page