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Joaquín Trincado

Los tribunales y los jueces

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 10 jul 2025
  • 5 Min. de lectura

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Los tribunales de justicia, en general, son lo contrario de lo que indican; pero son así porque son dependientes del poder religioso, y basta, para cerciorarse, ver constituido un tribunal, cuyo ritual, ceremonias e insignias son los de la religión y los del poder feudo de las religiones.

   

Afortunadamente, de pocos años acá es libre el acusado de jurar o no; pero se le pide promesa de verdad y sabéis que Jesús decía y la ley de Moisés manda no jurar en vano, y en el tribunal (que necesariamente el reo a de negar) se le pide juramento o promesa de decir verdad, con lo que se obliga a jurar mentira y entonces, el tribunal es de injusticia.

   

Se ha conseguido también en muchos países el tribunal por jurados y esto es un triunfo de la democracia; pero se ven tales absurdos, que causa lástima, y, al fin, prevalece la malicia de la ley.

   

Los tribunales que juzgan a los hombres por faltas que cometen o pueden cometer los mismos hombres que lo componen, no son tribunales de corrección, sino de exterminio, aun cuando no existiera la pena de muerte; y en la justicia divina están condenados esos tribunales donde se aniquila al delincuente, sin corregirlo, porque se le inutiliza para redimirse.

   

Pero lo que exalta al espíritu es la parcialidad que reina en esas instituciones inquisitoriales; porque allí sólo se castiga al débil, al oprimido por todas las clases sociales; y si de vez en cuando se sienta en el banquillo un plutócrata, todo se modifica; es una fórmula, una parte mínima, cuando a ese debería aplicarse todo el rigor de la ley que los suyos y tal vez el mismo amañó para oprimir. Si es una sotana el que ha sido acusado por la voz pública porque ha sido descubierto en uno de los mil crímenes que comete, no habrá juez que tome su causa, aunque se amotine el pueblo; ya se le hará callar a balazos. Esto se presencia muy a menudo, como en el célebre caso del Padre Manuel y la infeliz Rosa Tuso, a quien se la sacrificó en vergonzoso calvario después de haber sido estuprada y se la declaró demente; pero ya lo veréis, jueces que os negasteis en aquel y otros casos en el mundo todo; no porque debáis condenar, porque esto no lo podéis hacer ni con el padre Manuel ni con ningún otro hombre; pero tenéis obligación de dar satisfacción al perjudicado y hacer pagar con un buen ejemplo de amor la falta cometida, reparando el mal en lo posible; pero en aquel caso sois responsables de la muerte de aquella joven y de la parcialidad y miedo al coco iglesia con lo que confirmáis que los tribunales son la mordaza manejada por la religión, por lo que los condenó a su desaparición en el forma y mala aplicación de la justicia con la misma iglesia o religión.

   

Los tribunales están hechos en la tierra sólo para castigar al humilde, al oprimido por todas las sanguijuelas que chupan la sangre dulce del trabajador, pero no para el déspota y tirano que abusa de autoridad, supremacía que no le da el pueblo, sino que se la robó descaradamente bajo una ley que no sancionó el pueblo, porque no puede el pueblo sancionar lo irracional que corrompe y estupra a la hija del pueblo abandonándola y haciéndola rodar al prostíbulo, o asesina y aún se ríe de su hazaña, porque sabe que su influencia está sobre el Juez.  Pero, en cambio, un padre que se ve precisado a tomar un pan, porque no se lo dan y sus hijos mueren de hambre a pesar de trabajar todo el día y le pagan mísero jornal, a éste se le aplica todo el rigor de la ley; es un ladrón y se le separa de sus hijos y lo lleváis donde sólo vosotros deberíais estar, porque el ladrón verdadero es el que come sin producir. Esto es un delito en la ley del Padre y se os invita a gustar la amargura del trabajo, para que sepáis ser jueces.

   

El obrero no necesita tribunales; el obrero necesita que todos trabajen y le den ejemplos de amor, porque él los da y trabaja; y cuando todos trabajéis como obreros, tendréis derecho a comer de vuestro trabajo, de vuestro producto. Hoy alegaréis que trabajáis; es cierto; pero ese trabajo no produce ni es necesario más que para el supremático, por lo que es, sí, el verdugo ejecutor que los vampiros chupones del sudor tienen para unos pocos que trabajan, para esa multitud de vagos criminales, que afortunadamente en la justicia suprema tienen contados los días que mancharán la tierra e irán a donde les pertenece; al mundo donde reina su afición; a donde todos lucharán por el mismo predominio, y por ese se despedazarán con rabia y seréis vosotros y os conoceréis en vuestros espíritus, hasta que, vencidos por el desengaño, os acordaréis de las verdades duras que os dice el que en la tierra es el Juez del Padre y acatéis esta ley única: El Amor.

   

Allí veréis lo que hacéis hoy llevando a la cárcel a la pobre madre que se atrevió a tomar unos míseros trapos (que no han podido ser valuados) para envolver a su niño porque carecía de ropa y le imponéis dos años de reclusión; allí veréis el delito de vuestra parcialidad y sometimiento a la religión apócrifa y seréis sentenciados tantas veces como vosotros sentenciasteis; temblad, temblad, “porque juicio será hecho sin misericordia a quien no usó de misericordia”. Agradecer al Padre, que en el día de la justicia os de este aviso para vuestro provecho y no penséis en oponeros a su poder, porque sus decretos se cumplen y la sentencia está decretada, dando el tiempo de salvarse en la transición concedida; luego no habrá lugar, porque sus sentencias son inapelables; pero tenéis libertad hasta el último momento.

   

Mas el tiempo máximo está señalado con el paso de tres generaciones, en 90 años; durante los que, dulcemente, se cambiará la faz de la tierra y ya dio principio; pero si vuestro despotismo provocase las fuerzas de la naturaleza, el hermano que las maneja y que tiene órdenes concretas haría toda la obra en pocos minutos y la tierra parecería perder su equilibrio y el horror os haría pedir que la tierra os tragase y no lo conseguiríais; porque la tierra no quiere ya retener las partículas que se le han corrompido y hasta vuestros cuerpos saldrían de la atmósfera para ser purificados de la maldad, en el “Pantógeno”, único que tiene suficiente calor para matar vuestra putrefacción infecciosa. 

   

En verdad de verdad os digo por la justicia del Padre, que estas cosas pasarán en el tiempo prefijado; y para que los obcecados no aleguen ignorancia de que el día de la justicia llegó y porque se les dijo y no lo creyeron, para constancia y acusación se escriben. Entonces ya no servirán lloros ni clamores, porque se os llamó y no contestasteis; porque se os dio luz y la apagasteis; “id a la morada que habéis ganado”, os dirá el Espíritu de Verdad y se adelanta a su voz por su representante en señal de amor y se os pide que contestéis en amor.


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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