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Joaquín Trincado

Los estados civiles; Los estados civiles feudos de las religiones

  • Foto del escritor: EMEDELACU
    EMEDELACU
  • 3 jul 2025
  • 8 Min. de lectura
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Extiendo mi vista y mi pensamiento por toda la redondez de la tierra; paso mis ojos sin necesidad, pero sí para recibir testimonio, por historias, leyes y códigos, teologías y cánones, y el dolor raja mi corazón de hombre; pero no mella al espíritu del Juez que anima mi ser, al tener que confesar a mi Dios de Amor que no ha habido estado civil, ni sociedad libre aún en la tierra, porque todo, colectivo e individual, ha sido y aún es feudo de las religiones.

  

Desde oriente a occidente y desde el septentrión al mediodía, desde la primera iniciativa de religión por sacerdotes hasta el más soberbio emperador de los actuales, todo, todo ha caído bajo su férula en nombre siempre de Dioses tan tiranos y faltos de razón como sus sacerdotes ministros.

 

Estos, por su imposición sobre el pueblo y el guerrero, provocaron desde sus comienzos el odio a las otras religiones; fanatizados unos y otros hombres de todos los pueblos, nunca se levantaron con más ardor de odio y de muerte que cuando fue invocado su Dios, por los tiranuelos, declarando guerras sin cuartel, ya con el nombre de santas, ya de cruzadas o bien al nombre de patrias, aparte de otros estilos modernos que son aún más criminales, porque son realizadas con más conocimiento de causa; pero estos puntos son posteriores a este párrafo y aquí sólo los anoto como pie de justificación al apotegma con que encabezo éste, y voy a estudiar un solo momento lo que debería ser el estado civil y la causa porque no lo es y cómo ya no puede ser.

 

El estado civil debió ser siempre, en absoluto, independiente de las religiones, pudiendo tener, cada individuo, la religión en su interior y militando libremente, como creyente, en la religión o fe de su convicción.

  

Si hubiera sido así, las religiones no hubieran prevalecido, porque ninguna tiene cimientos para prevalecer sobre el estado, que lo deben componer los hombres civiles, absolutamente separados de los ministros religiosos. “Porque no se puede servir a dos señores a la vez”, como claro lo dijo Jesús, que siendo un mesías moralista que nadie puede negar, pero por quien lo niegue, lo justifica como tal el Juez en los autos del Juicio de Mayoría, con lo que declaraba la incompetencia del estado civil en la religión y de ésta en el estado civil. Desde el momento que la religión formó estado moral y material, que es cuando tiende al predominio de las conciencias, porque son dos poderes y el uno al otro se anulan, ya que los dos estados están sujetos a los principios físico-metafísicos y esto es una ley precisa y fatal: “dos principios iguales se anulan”.

  

El estado civil, porque lo compone el pueblo, es soberano y responde a una necesidad de gobierno de disciplina con el principio de autoridad, en el que se ha de respetar el derecho de todo individuo; y si no es así, no es estado ni cosa que lo parezca; y porque no es así, ni ha sido, ni lleva camino de serlo, no ha habido, ni hay, ni puede haber estado, porque en todo momento los poderes están divorciados de la opinión y sentir general, no existiendo más que la trampa y la intriga, y en todo caso la fuerza, para reprimir desmanes que los mismos poderes provocan con sus locas administraciones en mil casos vergonzosas y penables.

   

El estado religioso, hoy eclesiástico, es soberano y se apoda ¡divino!... Esto es una falsedad probada en todo momento por un tercer estado que surgió a despecho del estado eclesiástico religioso y vino a salvar al estado civil, y este estado, que se llama ciencia, le ha demostrado al estado religioso que no es divino, ni es estado más que de errores, de intrigas, criminal y usurpador de lo material y moral a los hombres y del respeto al verdadero Dios a quien niega en sus hechos, por lo que y porque la conciencia libre lo rechaza, ese estado eclesiástico no existe más que para los que no tienen valor de abrazar la verdad, la civilización, el progreso y la libertad en la soberanía de Estado Civil, sin admitir otro estado dentro de su estado.

   

Las religiones todas, fuera de la católica, forman estado; pero no están en divorcio absoluto con el pueblo que gobierna, porque éste es soberano y la religión tiene su imperio, sólo moral; nunca material, y forma parte secundaria y depende, en absoluto, del estado civil; pero aun así es causa muchas veces de encender guerras por las divisiones que fraguan en el sentimiento público y logran, muy a menudo, el derrocamiento de gobiernos y monarquías, por el fanatismo que encienden en sus secuaces y no les importa el tiempo; esperarán la ocasión propicia que por medio de la intriga van preparando, porque ellos no perdonan ni renuncian nunca al dominio de la tierra; lo que contradice al principio religioso que enarbolan, que todas dicen que es de paz y armonía.

  

Todas las religiones, hasta en los países más retrasados al progreso humano, están bajo la férula del poder civil, pero en los dominios de la religión católico-cristiana todos los estados civiles están bajo la dominación del pontífice católico-cristiano y lleva el sello de destrucción, porque el cristo, contra todo lo que se sostenga en su favor, que es todo sin fundamento racional, es destrucción; y remito al mundo al examen de todos los pueblos de la antigüedad donde se ha tenido por ídolo al cristo y verán que han perdido su imperio y han caído al fin en el embrutecimiento; y hoy, que el signo de lo que Jacob llamó cristo lo posee una potencia, está sentenciada a su desaparición[1] (1).

   

De cómo llegó esta religión a constituirse católica o universal, como ha pretendido, no hay más que registrar la historia y verán que el soborno y la falsificación fue primero, con las mentidas donaciones de Constantino y Carlomagno, y las decretales de San Isidoro; escritas algunos siglos antes de la existencia de Isidoro; pero ya, con esto, dieron principio a su obra de sujetar al cetro pontificio a los monarcas y emperadores, a los que tenía el pontífice siempre en jaque unos contra otros, bendiciendo a unos y excomulgando a otros, arma (la excomunión) también robada a los brahmanes, como todos los sacramentos y trinidades y otras menudencias.

  

Espanta la doblez, la malicia, el escándalo, el robo al descubierto y por la fuerza bruta de los pontífices, contra emperadores, reyes y príncipes, y no ha habido uno solo que no sea víctima de sus intrigas, hasta que el tercer estado, la ciencia vino y con su frialdad, se puso del lado de la razón, que es el pueblo y a su empuje va desalojando a la déspota Iglesia; pero en realidad es ella sola el estado en todos los continentes donde sentó su maldita planta, pero que no la pudo sentar firme en ninguna parte hasta que desnaturalizó a sus ministros, declarando el celibato y la confesión y demás sacramentos.

   

Impuesto el pontífice a todas las testas coronadas, menos de oriente, de donde huía el cristo símbolo (no Jesús, persona realmente), absorbió como suyo todo; basta decir hasta el registro puramente civil, y no se somete sino por la fuerza, aun en naciones ya independientes, a la justicia civil; y en esto tienen razón; porque ese estado y sus ministros no son seres racionales, porque se han excluido del derecho de gentes, por el celibato.

   

Pero la ciencia los somete, porque son fieras cometiendo crímenes como lo estudié en su lugar, llegando, ahora, entre los dos estados, civil y eclesiástico, al cuadro vivo del primer día del mundo tierra, es decir, el primer día del hombre en la tierra, el que tenía que luchar con las fieras para que no sucumbiera la humanidad; las fieras son las Iglesias célibes y el hombre es el anticristiano y antirreligioso.

   

Durante su dominio, los poderes y los pueblos vivían por voluntad de los pontífices y comían de limosna dada por ellos; pues según muchas bulas y documentos, ellos tenían derecho a todo y el pueblo y los monarcas a nada, y así llegó a ser.

   

Como encendió el odio entre unos y otros monarcas; como declaraba ilícito y aún premiaba la matanza de los que no comulgaban con ellos, las guerras no tuvieron fin; los pontífices, desde la silla apostólica, han dirigido el fratricidio de la humanidad. Impusieron diezmos y primicias, con la pena del infierno al que no pagara; levantó soberbios templos; y hoy aún hay reyes y presidentes que son dirigidos por el pontífice, hasta en los actos más insignificantes de política y se hacen pagar muy caros estos servicios de embrutecimiento; pero los monarcas y jefes de estado son todos sus subalternos y marchan bien en ese burro, autorizados a todo por quien no tiene poder de autorizar, y, al fin, la víctima propiciatoria es el “pueblo perro” que tiene la obligación de trabajar y el derecho de no comer; y si protestan, un balazo por uno que el mismo pueblo paga y el plomo de la bala también lo pagó el asesinado. ¡Pueblo, Pueblo! Resurge, que tú sólo eres el soberano; sacude tu pereza y no te dejes arrastrar más; haz justicia en nombre del Dios Amor, dando ejemplo que mil veces diste de cordura; pero ahora lo has de dar de amor, pero con plena justicia.

   

¡Sólo un estado existe: el eclesiástico! Abajo para siempre y sacar hasta la piedra más profunda de sus cimientos, conforme a la profecía: Derribar la causa y respetar los efectos, que son vuestros hermanos; pero ser inflexibles; oponer el espiritismo que es del Padre y es la base de la Comuna Universal.

   

Tu estado, pueblo, es la ciencia, la sabiduría y el amor; si el estado civil no reniega del estado eclesiástico, no es de justicia equitativa; derrócalo, pero no ataques las personalidades, que son tus hermanos; pero someterlos al trabajo común, porque es la ley y ley común es el usufructo.

   

El estado civil, hijo hoy de la imposición del estado eclesiástico, está maniatado por el prejuicio; le conviene la ignorancia del obrero para seguir triunfando en mentidos plebiscitos, y por la fuerza bruta consiguen mayoría en los comicios ilegales, y así, fuera del derecho racional, triunfa siempre la supremacía, el improductor, el que no conoce el trabajo ni su ley y es vampiro con el estado eclesiástico; imbuyen, por tiranía y por odio, el fanatismo de patria; hacen clases que se odian entre sí individual y colectivamente y esto indica que no puede haber estado sin una renovación absoluta de las costumbres; pero esto no podéis, hijos del trabajo, hacerlo sin ilustraros, y no necesitáis las universidades en las que por siglos la universidad de verdad es el universo, cuyo preceptor único es el Dios de Amor y su escuela es el Espiritismo puro, como os lo expone el Juez, cuyo prefacio lo tenéis en el Dante y el Quijote, el Prólogo en Kardec y la obra en la “Escuela Magnético-Espiritual de la Comuna Universal” con toda la pléyade de sabios que hoy se ocupan de las investigaciones de las leyes naturales y la astronomía, las ciencias exactas, cuyo resumen es este Código de Amor, máximum de la ley del Padre; y cuando en él hayáis aprendido y mejor dicho, rememorado lo que vuestros espíritus saben, todo estará en las manos de todos; la paz será un hecho y los estados no serán feudos del estado déspota eclesiástico o religioso.

   

Siento en mí el clamoreo, las blasfemias, las maldiciones de cada uno de los secuaces del estado eclesiástico y sus corifeos de muerta conciencia, que se le dirigen al Juez del Padre; pero éste se ríe de todas las amenazas; cumple su deber y, en cambio, les manda amor; amor del Padre. Siento también las bendiciones del trabajador y de las madres libertas; pero éstas tampoco me ufanan, pero me satisfacen, porque no tengo ocasión de decirles por todos al Padre: Gracias, fui tu instrumento y mis hermanos te conocen; en su felicidad está la felicidad de tu enviado; la palma es del Espíritu de Verdad, porque el Juez, sólo es su representante y no hace más que pagar una deuda contraída con el universo, por el amor de todos.


(1)  En este momento no debe el juez ser más explícito, porque es oponerse a la voluntad del Padre que me mandó.


[1] En este momento no debe el juez ser más explícito, porque es oponerse a la voluntad del Padre que me mandó.


Libro: Código de Amor Universal

Autor: Joaquín Trincado

 
 
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