Los ejércitos y las guerras
- EMEDELACU

- 3 jul 2025
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Las guerras nacieron con la primera religión que el hombre inventó sobre la tierra; pero no acaeció hasta que bajo cualquier forma se inició el sacerdocio, en el que la supremacía del hombre encontró la concupiscencia, que nunca se ha podido saciar y nunca podría saciarse, sino en un cambio de ambiente y posición de trabajo, y la justicia tiene ese medio.
Hasta entonces los hombres luchaban por desconocimiento de su ser; pero individualmente y en defensa propia; mas llegando la emigración adámica con el principio del Dios único, la guerra debió cesar porque Adán, hijo del sacerdote, y Eva, hija del guerrero, se unieron en matrimonio, uniendo, moral y materialmente, los dos antagonistas; y duró largos siglos la paz allí en su centro y donde había aparecido toda la emigración, según describí en su lugar; pero el sacerdote no se doblegaba a aquella ley de igualdad, que aunque fuera respetado por mayor sabiduría, porque era obligado por el guerrero y por el pueblo a ser sabio en las escrituras, éstas las fue mixtificando y adulterando, como se ve claramente en las leyes védicas, para hacer mantener la casta sacerdotal y con astucia fue revestido el guerrero en muchas ocasiones de prerrogativas. En esto se ve que el sacerdote necesitaba tener contento al guerrero para tener garantizada su actuación, y de la misma casta guerrera crearon los reyes, que eran jueces de la ciudad; y por este hecho era obligado a poseer conocimientos de las leyes y, en unión del sacerdote, dominaban a la clase de comerciantes y trabajadores; todo lo cual dice que, para sostenerse, el sacerdocio no podía menos de tener un paria que lo encubriera y castigara al pueblo, aunque sólo fuese por una falta de respeto, que en realidad no la merecía, y ya tenéis el odio entre la clase productora y el guerrero, cuyo juez o rey era de su casta y bajo la guía del sacerdote, que no era tan malo como el cristiano católico, porque era padre y esposo y tenía que sentir el amor a los demás, por su propia familia.
Pero ya quedaba instituido el sacerdocio y el ejército; dos parásitos consumidores sin producir; y ya el hombre era obligado a trabajar más rudamente para quien ningún bien le proporcionaba sino era el odio, porque el sacerdote le enseñaba que el Dios de su vecino era peor que el suyo y lo excitaba con mentidas recompensas; el guerrero lo arengaba con la misma doctrina del sacerdote, más el derecho de conquistar para su Dios el territorio del Dios vecino; y allá iban los hombres a matarse. ¿Qué beneficio sacaba el pueblo? Morir de hambre, porque los trabajadores habían ido a la guerra de Dioses, que no eran más que las creaciones del sacerdote. ¿Ha mejorado algo el mundo en este punto? ¡Oh, horror! Entonces la guerra era cuerpo a cuerpo; hoy es todo un asesinato del fuerte contra el débil y hoy, los ejércitos, son la locura del final de la obra destructora de las religiones, sin las cuales no existirían los ejércitos, y así no existiría la guerra.
El sacerdote, entendido con el guerrero, hacían de un territorio una posesión propia y unidos levantaban un rey, que hasta se le concedió investidura y dignidad sacerdotal; pero eso sí, bajo siempre del sacerdote, al que no le era posible mancharse las manos de sangre; pero esto era de la astucia, del deseo de predominio hasta sobre el rey y para no privarse el sacerdote del continuo goce de la concupiscencia. A él le bastaba orar y rogar al Dios de los ejércitos, al Dios de las batallas que pedía sangre, mucha sangre, y aún no se ha hartado de tan precioso líquido con los miles de millones de seres que han sucumbido en las guerras, encendidas sólo con la fundación del sacerdocio y que no terminarán más que con la desaparición de todos ellos, acabando con las religiones todas.
No podrá decirse que eso fue de los tiempos incultos, porque ayer aún, el año 70 del gran siglo XIX, siglo de las luces, pero que la Iglesia católica encendió los odios de Alemania con Francia, y aun cuando el gran Bismarck quiso evitar a toda costa el flagelo de una guerra sangrienta, yo sé, y documentos hay que lo prueban, que el odio de la Iglesia contra Francia forzó a Alemania, y las páginas de aquella epopeya no pueden ser más tristes y aún se acentúan hoy los rencores entre los dos pueblos, temiéndose en todo momento una ruptura[1] (1).
Esto es una página de los hechos de las religiones; pero todas, sin exceptuar ni una sola de las guerras en todo el mundo, son promovidas por las religiones, cuando debería ser su papel contrario al que han desempeñado; pero donde se acentúa hasta el horror la imposición de las religiones es donde dominó la cristiana desde su principio hasta nuestros días; y esto es bastante, aún sin apelar a su falsedad, para derribarla para siempre y derribada será, quiera y no, con gran estrépito.
El fin que persiguió esta religión, que es el predominio de los hombres hasta de los monarcas, es su supremacía y concupiscencia; y como el criminal Constantino se dejó investir por el pontífice cristiano entregándosele de pies y manos, ahí estuvo el mal que se ha perpetuado cerca de 17 siglos, sometiéndose los monarcas al impostor pontífice, que debía saber explicar el fenómeno atmosférico que Constantino vio, y en amor a la verdad debía la Iglesia que pretende ser depositaria de la paz de las almas, decirle a Constantino lo que podía significar, caso de ser cierta su visión de la cruz, que no quiero decir que no pudo ser aquel fenómeno, porque está en lo posible; pero es un efecto natural como mil otros fenómenos que la ciencia explica hoy hasta materialmente, y no hay más que ver las múltiples explicaciones de todos los astrónomos sobre los “anthelios” “Halos” y la reflexión de la luz en la atmósfera y queda desmentido el prodigio de la cruz; y caso de que esto hubiese sido obra de los espíritus que pueden hacerlo, sería para anunciar lo aborrecible que llegaría a ser aquel patíbulo; pero como Constantino ignoraba que aquello fuese objeto de los cristianos, Constantino, por su fanatismo y medios, ganase aquellas siempre injustas batallas; el pontífice supo tocarle en el flaco y abdicó; se entregó; y dio poder a los tiranos pontífices, que ya sabe todo el mundo cuál ha sido su política y su fin; el predominio absoluto, como lo muestran las palabras del testamento de Pío IX, que dice a sus sucesores: “Salvad a la Iglesia, aunque sea a costa de la sangre de toda la humanidad”.
Como los estados, pueblos y aun tribus veían que a menudo tenían que defenderse de la provocación de otros pueblos, se vieron forzados a ejercitar el manejo de las armas, de lo que resultó la formación forzosa de los cuerpos de ejército; y como éstos son formados por los hombres jóvenes, son brazos robados al trabajo y a la producción, siendo causa del hambre y la miseria en todas las naciones, no sólo porque han de mantenerse estos hombres y sus armas, sino por la inmoralidad que necesariamente ha de despertarse y propagarse entre todos ellos, la que llevarán luego a sus pueblos, sí que también por los enormes gastos que ocasionará la protección u obras de defensa, y, por último, el derroche de las armadas por el mar, lo que constituirá el siguiente párrafo y luego llevaré a conclusiones.
(1) Eso se escribía por marzo de 1912. Esa ruptura y la conflagración europea hizo irrupción en julio de 1914. Y… ¿qué hay de temores en estos momentos? 20 de septiembre de 1934.
[1] Eso se escribía por marzo de 1912. Esa ruptura y la conflagración europea hizo irrupción en julio de 1914. Y… ¿qué hay de temores en estos momentos? 20 de septiembre de 1934.
Libro: Código de Amor Universal
Autor: Joaquín Trincado
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