Los duelos y el suicidio
- EMEDELACU

- 10 jul 2025
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La humanidad está más que loca, hidrófoba, porque no ama; y su locura y fobia está arraigada criminalmente en la destrucción de los seres.
El duelo entre dos personas es un crimen premeditado y radica en el odio escondido en los corazones.
El duelo, provocado por una frase hiriente, por un roce desagradable en el que se pide una reparación por las armas, hay criminales y cómplices y cometen el mismo delito los protagonistas y los padrinos.
Pero cuando el duelo es ocasionado por la preferencia de las caricias de una mujer, se extiende el delito a una infinidad de personas y pone de manifiesto el error de la ley opresora y de conveniencia y la inmoralidad de la sociedad y las costumbres.
Un hombre, en una crítica mordaz, ya por escrito, ya en un discurso, dice una palabra (si entendiera de amor no la diría) ofende al que le dirige el epíteto; y éste, que habla de honor y no sabe de amor tampoco, le manda dos… caballeros, como llamáis en la sociedad mal constituida y por lo tanto prostituida, para que repare la falta y pide sangre que lave la mancha al difamador, que lo es aunque diga verdad, porque nos está prohibido por la Ley de Amor descubrir los defectos del hermano en particular. Se puede atacar a las causas y acusarlas y destruirlas en justicia, pero nunca los efectos de las causas, que son los hombres individualmente; pero os digo: ¿Quién de vosotros es limpio de corazón? Y si ninguno sois limpio de corazón y podéis ser acusados de una y muchas faltas, ¿con qué derecho acusáis al que no amáis? Y tú, que te crees ofendido por una palabra o un leve hecho, ¿por qué has de premeditar el asesinato, si tu conducta puede ocasionar que otros muchos te puedan pedir esa misma reparación? El difamador, repito, en su sátira o provocación, ya ha medido sus probabilidades y piensa en quitarse un enemigo político o rival en amores, aunque sea el marido de su amante y ha premeditado el asesinato aun antes de lanzar la ofensa; pero quiere legalizar su crimen por lo que llamáis reglas de honor, para mayor baldón vuestro.
Pues bien; en cualquiera de los casos el duelo es un asesinato premeditado y son culpables el ofensor y el ofendido, los mediadores, la sociedad, los poderes y la religión que sembró el odio y la venganza en vez de la tolerancia por el amor, porque el perdón no existe y sería ofensa grave perdonar, el que cometió o puede cometer aquello que dice perdonar.
Más la reparación no llega, aunque se batan; porque, en general, el comprometedor, como dije, ha medido las probabilidades del triunfo; y sobre haberlo ofendido, lo derribará de una estocada o de un pistoletazo y se queda tan fresco como si hubiera matado un ratón y queda dueño del campo; quizás de los besos de la esposa del vencido y carga baldón sobre baldón. ¿Dónde está la reparación? Y aunque sucediera que el ofendido venciera al ofensor, ¿borrará la memoria de los que leyeron la acusación que originó el lance? La mancha a su conducta queda latente, con la agravante de un asesinato que le seguirá todos los momentos de su vida; y si fue ocasionado por los besos de su esposa, ésta no se los dará ya, porque en su corazón se habían grabado los del vencido, que quizás eran los que pertenecían a su alma por la ley de afinidad.
Ya veis el error en que vivís; ya veis de cuán distinta manera tenéis que pensar y cómo el odio se abriga en vosotros con la hipocresía del honor. Amar en verdad a vuestro hermano; acusar y derribar a las causas, pero respetar las individualidades porque son efecto de causas que a todos afectan y todos tenéis el deber de defenderos del enemigo común, que es la causa.
El suicidio: Es otro efecto de las mismas causas del error, del odio, del egoísmo y de la imposición y de la malicia, pero, en general, es una pusilanimidad, una cobardía y siempre, como todos los crímenes del asesinato, se quebranta la justicia del Padre.
Hay algunos casos en que el suicidio es provocado por la maldad inaudita de un hombre o de varios que se ceban en destruir a un individuo moral o materialmente y aun las dos cosas a la vez y se le acorrala por todas partes y se le hostiga y se le hace imposible la vida y ve que no le queda más camino que matar a su enemigo y morir él encerrado en la cárcel. Sabe que es responsable de la muerte de su enemigo y no quiere vivir aprisionado; sabe que, aunque pida auxilio a la justicia y aun siendo atendido por ésta, no se librará de la persecución de los malignos que se han cebado en él; viendo lo imposible, se ofusca un momento y se despacha a sí mismo.
Aquí hay un caso que puede ser hasta virtud, si el espíritu es consciente y con su sacrificio quiso evitar mayores males; pero debe una vida al Padre, que la tiene que pagar y son responsables de esa vida también sus causantes, que odiaron y tendrán que amar; más en este caso, el menos responsable, el espíritu, sufrirá aquellos mismos horrores, porque no tuvo valor de arrostrar todo el tiempo que en la tierra le hubieran durado, porque en ningún caso, el hombre, puede disponer de su vida y todo lo que le pasa es justicia; y si seríais sabios, sabríais que eso mismo hicisteis antes sufrir vosotros.
Los demás casos del suicidio entran en la ley del asesinato y representan siempre una cobardía para la lucha de la vida, y son responsables no sólo de su vida, sí que también del bien que todo hombre tiene que reportar a la comunidad, porque ésta es la ley divina que tenemos que cumplir queramos y no queramos, porque las leyes del Creador son inflexibles y tenemos que pagar hasta el último cornado de nuestras deudas al Padre y a sus hijos nuestros hermanos.
Es pues, el duelo y el suicidio un asesinato premeditado, en el que son culpables todas las partes que actúan con conocimiento o los provocan por sus imposiciones y errores, que es la raíz de estos hechos; y es la sociedad, los poderes y la religión los responsables, que encienden el odio y fomentan la ignorancia en vez de la sabiduría y el amor, y os acuso por todos estos asesinatos que habéis de pagar al Padre, único señor de nuestro ser y propietario de la vida universal y de nuestras vidas corporales.
Libro: Código de Amor Universal
Autor: Joaquín Trincado
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